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M de mujer que escribe (La génesis)

Aprendí a leer y a escribir mucho antes de entrar a primer grado. No era superdotada, era hincha pelotas. Estaba absolutamente fascinada por todo lo que tuviera letras. Y mi santa madre, harta, realmente agotada, de tener que leerme todo, decidió que era mucho más productivo para su sanidad mental (Y para mi integridad física) enseñarme a leer y a escribir. Y como mi progenitora es de una fortaleza indescriptible, lo logró.

Luego arremetí yo con todo lo que se pudiera leer. Lo que debía y lo que no. La revista Humi que me compraban mis papás y la revista Humor que se compraban ellos y que me prohibían. Y también la revista Perfil que me escondían.

No sabía mamá (Una de sus frases favoritas hoy es “Te deseo con tus hijas la mitad de los fuiste vos, con eso estoy satisfecha”) que se sacaba un problema de encima pero se ponía otros.

En primera fila estaba cuando yo, de 6 años, pronunciaba un poema (Espantoso) de mi autoría (De quién más sino) a la bandera en el patio del colegio Socorro de San Pedro. Un momento hermoso. Ah… porque escribía poesía, no les comenté?? No, si era una joyita…

A mediados de cuarto grado nos mudamos a Buenos Aires. A la semana de estar cursando la señorita (Violeta se llamaba) la citó a Eleonora y le dijo, muy seriamente: “Usted sabe que su hija escribe?!”. Esta mujer pensaba que el trauma de traerme de la zona rural a la urbanización había generado en mi una depresión literaria, o algo así y que por eso todo en el cuaderno tenía métrica y rimaba. Ella una ilusa, yo una niña insoportable.

A esta altura ya estaba convencida yo de que escribía más o menos bien. Y cómo por contraposición la mayoría del resto de las cosas que te enseñan en el colegio me interesaban un bledo (Aún hoy hay cosas básicas como la división que casi no comprendo) me dediqué a explotar la pluma y la lectura.

En el secundario fue practicamente igual y por supuesto mis redacciones se destacaban. El punto culmine llegó cuando para un trabajo práctico yo agarré y me escribí una novela completa (Toma, chupate esa mandarina). Lazos se llamaba el adefesio, y empezaba narrando la muerte de la que aún hoy es mi indiscutible mejor amiga. Es además la madrina de mis dos hijas y mi socia. Ahora que lo pienso, y a la distancia, como en definitiva soy una buena mina, se ve que la mataba básicamente para salvarla de mí.

Lazos pasó de mano en mano, lo leyeron todos los profesores, varios de mis compañeros, los padres de algunos (Incluyendo a los de la muerta), mi familia… Y todo eran felicitaciones y augurios de un futuro en las letras.

El libro (porque es uno solo, con tapa de cartulina) sigue en mi poder. He fantaseado con reescribirlo. Pero también he fantaseado con pesar 30 kilos menos, con volar y con tener sexo con algún hombre famoso, pero una de las virtudes que tengo es que distingo bastante claramente el terreno de la realidad y el de la fantasía.

Aún me pregunto como nadie tuvo la valentía para decirme: No nena, busquemos otro kiosco.

Capaz fue piedad, porque hasta ahí duró el romance. Entré a la Facultad. Y bastaron un par de días. Ahí si que había, y estoy hablando de compañeros, monstruos gigantes de la pluma. De los que aún tengo muy cerca, puedo nombrar a un amigo que escribe poemas que te parten en dos (Y no necesita rimar canción con emoción) y una amiga que hay Dios mío, si yo escribiera como ella no haría otra cosa nunca. Ni siquiera comprarme zapatos. Escribiría y escribiría.

Sin embargo, acá me tengo, en esta especie de regreso al mundo de las palabras. Y públicamente, que no es poco. Me someto, aunque no es el fin, a la mirada de los que seguramente tendrán mucho que criticar. Y sin embargo, ocurre en un momento en el que tengo la madurez suficiente como para saber que no hace falta ser bueno (o un genio, o un iluminado) para hacer las cosas que te dan placer. Alcanza con hacerlas.

Y sospecho que hicieron falta el poema a la bandera, los cuentos obvios y el best seller Lazos para poder hoy, de modo terapéutico, balbucear en este Blog mientras me divierto horrores y esperar que si alguien lo lee, se ría.

Y que el resto, literalmente hablando, me chupe un huevo.

M de Me están cargando.

Vivimos en la Argentina. Entonces, en este bendito país nadie la abre la puerta a una persona encapuchada. Y nadie permite que sus hijos anden tocando timbres de casas desconocidas detrás de las cuáles puede haber asesinos seriales, vendedores de efedrina, participantes de Bailando por un sueño y tantas otras cosas.

Y sin embargo, desde hace diez días en los negocios hay calabazas por todos lados. Y en mi imaginario, una calabaza puede relacionarse con el puré de los bebes, la dieta, la comida de hospital (Que es casi como la dieta pero sin nada de sal) y con algo de esfuerzo, con alguna película de terror gringa.

Y por si fuera poco, fantasmas, calaveras, calabazas y brujas se mezclan en las vidrieras con árboles de navidad, pesebres y renos dorados. Una depresión… Primero porque ya estamos en Noviembre, y a esta altura del año un mes pasa en un respiro. Y segundo porque tengo tanto que hacer de acá a diciembre que quedo extenuada de sólo pensarlo. Esta Navidad tempana me exaspera. Y esta decoración ciclotímica esquizoide me pone ídem.

Intenté entonces abstráeme de está fiesta a la que no pertenezco y que no me interesa. Y bastante bien venía, porque como hago 800 millones de cosas por día hay cosas que puedo elegir dejar de lado. También hay cosas que me dejan de lado a mi y cosas que olvido. Incluso cosas que olvido dejar de lado, pero para qué vamos a adentrarnos en detalles.

Bastante bien venía entonces hasta que la invitaron a mi hija a una fiesta de Halloween. Y durante toda la semana me avisó que se quería disfrazar de fantasma. Bastante fácil me la puso, pero ni cinco de bola le di. Y eso que ella tiene una capacidad particular para la insistencia y la perseverancia… Por ejemplo, cuando estaba embarazada de la segunda leímos en voz alta que los bebes en la panza disfrutaban de los sonidos metódicos y sistémicos, como el retumbe de un tambor. Empezó entonces a seguirme con un tambor que el tío le trajo del Norte por toda la casa. Hasta que se dio cuanta de que peligraba mi sanidad mental. Y su integridad física.

Llegó el viernes entonces, y yo consecuente con eso que me dijo alguna vez un profesor de que hay que nombrar para que sea, yendo por el opuesto como siempre, evité Halloween, el festejo de mi hija y por supuesto el disfraz de fantasma con la esperanza de que desaparezca. Error. Empezó la nena a decirme: “Necesitamos una sábana blanca, pero blanca”. Y yo a revolver. Y mientras buscaba pensaba, y no hacía falta que pensara, porque ya sabía, que en mi casa no hay ninguna sábana blanca. Y cada vez que yo tocaba una sábana (Hueso, gris, de leopardo, con muñequitos, celeste, a cuadritos, etc) la nena, sin mirar, decía: Blanca, blanca. Estaba yo dispuesta a hacerle dos agujeros para los ojos a una sábana de hilo egipcio. Pero tampoco tenía eso. Y si, tengo guardado mi vestido de novia, que por la cantidad de tela hubiera servido para que se disfrazara todo el curso. Eso si no fuera que es de cuero. Y gris.

Mire entonces el arcon de los disfraces de la criatura. Y por primera vez recordé con cariño el vestido, espantoso, blanquísimo, pero sucio, que le regalaron, y que por supuesto no le compré yo, de Barbie novia. Desesperada, al ritmo del cántico enfermo de mi primogénita de: blanco, blanco, fantasma blanco, blanco, empecé a sacar los 800 millones de disfraces que tiene hasta que di con el vestido. Hecho pelota. Descocido. Muy sucio. Y entonces vi que tenía la solución: “Te vas a disfrazar de una de tus películas favoritas: El cadáver de la novia!”. Se le iluminaron los ojos… Y gracias a Dios, a todos los Santos, al gusto particular de mi niña por el cine, y por supuesto, gracias a Tim Burton, teníamos el tema solucionado.

Claro que el disfraz era talle 4 y la nena, que claramente sale a mi marido porque yo soy un corcho, tiene seis años y talle 12. Pero la semilla ya estaba. Usamos el tul del disfraz, buscamos prendas blancas arrugadas y sucias, guantes, un collar, maquillaje. Una hermosura.

Volvió de su fiesta muy contenta. Con la ropa más sucia si eso es posible. Sólo comentó que una nena le había dicho que así vestida no asustaba a nadie. La misma nena cuya madre hoy, a la salida del colegio, nos grito, ahí va el cadáver de la novia, mi hija no paró de hablar de tu hija, que buena idea!

Y bueno. Según parece, por mi culpa en algún momento irá al psicólogo, pero no por esto. Por lo pronto, voy a agendar dos cosas. Irme de vacaciones para esta fecha el año que viene, y por las dudas, poner en la lista del súper comprar un juego de sabanas blancas.

Halloween porteño… como si no tuviéramos bastantes cuentos de terror autóctonos… me están cargando…

(pero nadie puede decir que yo no tenga la capacidad de reírme de ello).

M de Madre yo.

Un día después del día de la madre, con la resaca alimenticia y el jet lag del cambio de horario (A quién se le ocurrió que un buen regalo para el día de la madre era una hora menos de sueño, ta que los parió), pensaba en cómo había llegado yo a este lugar. Al del día de la madre digo.

Mi marido se había ido a un recital de Living Colour y yo me hice un evatest. Dos rayitas, y ahí nomás me recibí de Madre. Luego un embarazo tipo lavarropas (porque hay gente que se embaraza toda, como yo), un parto más bien complicado y un bebe. Y arreglate.

Seis años después me olvidé de todo y reincidí. Pero ya era madre, la segunda bebe vino al mundo con una madre experimentada. O usada, que no es lo mismo.

Me recibí de madre decía, que nada tiene que ver con el despertar del instinto maternal. Creo yo, y si tengo que apostar me juego al todo o nada, que yo no tengo tal cosa. Digo, estoy dispuesta a dar la vida por mis dos hijas (por separado o en conjunto, como quieran. Mejor en conjunto porque vida tengo una sola y no quiero hacer diferencias). El problema es en el día a día. Ahí es en donde sospecho que estas dos nenas van a tener problemas serios.

A mi el amamantamiento me parece casi una tortura, soy incapaz de hablarle a mis hijas con media lengua, mis embarazos fueron una letanía insoportable, les hago burla cuando hacen caprichos, les exijo en todo como su tuvieran 34 años, las dejo libres en un sentido y las ahogo en otro. Soy estricta y divertida, casi ciclotimica. Hay días en los que me iría peregrinando a Tailandia. Sola.

Sentencio máximas del estilo de “Lo que no se comparte se tira por la ventana” y rubrico sentencias del estilo de “Aunque no estés de acuerdo haces caso primero y después lo discutimos”. Hay momento en los que mis hijas me miran, lo juro, como si estuvieran dudando de mi cordura.

Soy de las que declaman en las reuniones de padres. Soy de las que no tienen problemas en calzar tacos rojos y escote profundo si se me antoja. Soy de las que odian la voz impostada de Cantando con Adriana y detestan a la barbie. Soy de esas madres imposibles para una hija adolescente. Estas chicas no saben lo que les espera.

A pesar de todo pero sobre todo a pesar de mi, pareciera que no venimos haciendo las cosas tan mal. Las nenas son elogiadas por todos nuestros amigos. Son educadas, buena onda, ubicadas, simpáticas y la mayor hasta cultiva, desde pequeña, una cierta ironía que me hace hinchar de orgullo (Para los que piensan que todo lo que tengo adentro es comida, tomá). Debo confesar, sin embargo, que nacieron así. No registro ningún mérito personal es esto. Capaz es instinto de supervivencia, el de ellas digo. Y además está el padre, que es casi un lujo en casi todos los sentidos.

Esto no es falsa modestia. No será peor para ellas que para otros hijos con otro tipo de madres. Pero seguro será distinto. A cambio les ofrezco a ellas la pasión que pongo en todo, incluso en ellas pobrecitas, una fuerza que puede mover un mundo si lo necesitan, un optimismo a prueba de balas y la seguridad de que serán lo que deseen, y que no importa si se caen, van a poder levantarse. Y sino, las voy a levantar yo a fuerza de patadas en el culo y de abrazos.

Mientras, puedo dejar lo que estoy haciendo para ponerme a bailar con ellas, les leo desde que nacieron, organizamos visitas multitudinarias de amiguitas, escribo las obras de teatro que se representan en el colegio, las puedo llevar a recitales y a muestras de arte, y podemos ir disfrazadas al supermercado.

Aclaro, lo mío no es falta de ejemplos. Mi mamá es la mejor mamá del mundo. Ella siempre me dice: “Te deseo con tus hijas la mitad de lo que vos fuiste para nosotros”. Y no son buenos deseos, hace clara referencia a mi capacidad para hablar sin parar durante años y a mi tremenda rebeldía adolescente. Y nunca se lo dije, pero yo varias veces he pensado: “Le deseo a mis hijas la mitad de madre de lo que vos fuiste para mi”. Y eso si, lo juro, son buenos deseos.


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