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M de Musicalmente hablando

El viernes me alcanzó forrando un cuaderno para mi hija mayor. Habilidades tengo, manuales ninguna. La señorita Laura debe pensar que el cuaderno lo forró la nena de 6 años. Y que lo hizo bastante mal para su edad.

En fin, a dos horas de haber comenzado el viernes me fui a dormir. Apenas 4 horas y media después me levanté y me bañé. Me tomé la taza que gracias a Dios me prepara mi marido todas las mañana de café negro expreso, amargo. Me vestí de persona.

Mientras me vestía levanté a la mayor, desayunó, se bañó mi marido, despertamos a la menor, rezamos para que estuviera de buen humor y partimos. Hormigas marchando hacia las tareas diarias.

Nos subimos al auto y noté que en mi cartera, un depósito que mezcla tecnología y pañales, no estaba el maquillaje. Los viernes no voy a la oficina, voy a la Facultad. Mi socia me anotó en un posgrado. Lo pagó y luego me avisó. Básicamente lo que hizo fue ponerme una patada en el culo y depositarme en un aula, como para ver si después de mi segundo parto puedo volver a poner en funcionamiento alguna neurona. Tan optimista ella siempre. Y tan práctica.

La mayor al colegio, la menor a lo de mi suegra, yo a buscar el maquillaje (realmente no podía presentarme socialmente con esa cara de viernes). Tren, colectivo. Una barrita de cereal, el pasquín El Argentino y un libro de Tom Sharpe. De paso, iba yo en el 130 a las casi 9 de la mañana leyendo, cuando veo al lado mío, parado, a un joven universitario de pelo largo con los ojos como dos huevos duros leyendo mi libro. Claro, yo me estaba riendo del humor inglés Sharpe, que hablaba llanamente del sexo anal, con la crudeza propia del sarcasmo. Pobre pibe, demasiada estimulación para esas horas. Y difícil de contextualizar si no leíste el libro. Dura le debe haber resultado la mañana.

Luego, ya no hay tanto que decir: Clase, luego almuerzo, luego taller de posgrado, luego colectivo y tren. En el medio, llamados a la oficina, a mi marido, a mi suegra, a mi madre, a mi marido y a la oficina otra vez. Después mi casa, las nenas, cambiarlas, la comida. Y al final, ya casi la hora de ir al recital. Me gustan los recitales. He ido a muchos recitales. Intento seguir yendo, sólo que debo ser más selectiva.

Me saqué los tacos y el pantalón, me puse un jean y zapatillas. Me dejé la remera de vestir. Me saqué el collar pero olvidé sacarme los aros de gente seria. Y decidí que no me iba a sacar el maquillaje que tanto me había costado hacía ya tantas horas. Aunque sólo quedaran restos. Era un cadáver exquisito mi apariencia, pero de taller literario de barrio.

Como todavía no pude olvidar del frío que pasé en el recital de Soda Stereo, me puse polar (Yo no uso pouloveres y me pongo polar únicamente en la nieve) y encima un chaleco inflado. Casi muero sofocada, pero estaba demasiado cansada como para sacarme nada. Redonda, con el chaleco, rodeada de mis amigos todos varones, parecía un satélite.

Un kilombo estacionar. Finalmente, 7 cuadras después, un pibe nos indicó un lugar sobre un cordón amarillo. Y nos cobró 12 pesos. Caminamos tres cuadras, mi marido, un poco estresado, empezó a dudar sobre si había cerrado el auto o no y regresó a cerciorase. Claro que lo había cerrado. Nos encontramos con nuestros amigos y entramos.

Gente grande toda. Está bueno eso de dar con el promedio de edad de los asistentes a un recital. No siempre ocurre. Empezó a sonar la banda. Un sonido de la puta madre. Y de repente, se cortó todo. Un silencio que choca conmigo. Hasta las pantallas se apagaron. Eso es un problema, porque con mi metro casi sesenta lo único que yo veo en los recitales son las pantallas. Y es gracioso, porque en este mundo raramente globalizado, en lugar de rebajar a puteadas al sonidista o de pedir que les devuelvan la plata, la multitud comenzó a corear la marca competencia de la marca que organiza el evento. Imagino a los departamentos de marketing luego haciendo focus group para evitar semejante barbaridad en el próximo festival. Y me da una risa.

Al final volvió el sonido. Y dos horas y pico de rock con aire sureño, algo de funk y algo de jazz. Y seguramente otras cosas que mi oído no supo distinguir. La banda era la DAVE MATTHEWS BAND por primera vez en la Argentina. Impecable. Una Celebración, como debe ser.

Yo al menos, luego de semejante día, no me merecía menos.

(Nota: Y si aún no votó y quiere hacerlo, yo quiero escribir el cuento de Navidad, así que dentro y vote en Clarin Novedades. Se agradece).

M de Mañanero.

Si bien no soy precisamente un solcito tengo ciertas bondades, como todos, que hacen que la convivencia conmigo sea, por lo menos, llevadera.

Voy por la vida con un humor ácido constante, hablo a los gritos, hasta por los codos y hasta con las piedras. Me río fuerte, soy buena compañera para las penas y para la diversión, tengo una charla amplia y razonablemente interesante, soy un tanto escandalosa, brutalmente honesta, considerablemente juguetona y extremadamente útil para resolver crisis y conflictos (más ajenos que propio, obvio). En fin, un paquete un tanto llamativo pero divertido y hasta cariñoso.

Ahora, el racimo de virtudes desaparece a la mañana. Cuando me despierto odio al mundo y el mundo me odia. Profundamente en ambos casos.

Mi humor mañanero es deleznable, como si el mal aliento matinal de todos los mortales hubiera hecho metástasis en todo mi organismo. Tengo que admitir que de todos modos, una vez que arranco ya está. Es que no es que me guste dormir exactamente. Pero no me gusta acostarme, me acuesto tarde, muy tarde, y sobre todo no me gusta levantarme. Nunca me gustó.

De pequeña jugaba incluso a ver las letras cuando mi mamá ya me había apagado la luz. Divino el astigmatismo actual, pero bueno, quién puede asegurar que sea por eso… De más grande el colegio fue una tortura. Recuerdo haberme puesto el uniforme adentro de la cama (Se ve que a mi madre ya no le quedaban fuerzas para seguir educándome a esas alturas, o a esas horas…). Tan temprano entraba al colegio, teníamos “pre hora”. Pedazo de brutos literales, así le había puesto. Que poco marketing. Por lo pronto era “pre” a mi tiempo de despertarme. Eso ocurría entrada la mañana, incluso a veces hasta me peinaba para festejar el acontecimiento.

Luego la Facultad. En San Telmo. Una hora y media para ir, una hora y media para volver. Si no hubiera sido porque no me alcanzaban las horas de año para estudiar podría haber escrito un libro. O varios. “Mi vida en el 130”, “Nacer, crecer y morir en el 130”, “La fauna del 130”. Y varios más. Sabía quien se bajaba, quien se subía, quien se había comprado zapatos nuevos o se había depilado las cejas. En el 130 me pintaba las uñas, estudiaba, escribía, desayunaba, y claro dormía.

Luego la vida en general y justo cuando la cosa se había acomodado y mi empresita ya estaba lista como para poder empezar el día sin mí, ahí nomas agarro y tengo hijos. Porque nadie me puede acusar de poco osada. Un poco masoquista, pero cobarde no. Y entonces, arrancamos el colegio. Actualmente nos levantamos a las 6.30. Hasta el gato se levanta a esa hora. Y si nos quedamos dormidos nos rasca histéricamente la puerta (Como si yo necesitara un motivo más para detestar el inicio del día).

Los despertadores me resultan inhumanos, así que nos despierta la radio. Una vez mi marido sin querer movió el dial y se me mezclo en el entresueño la voz de Laje. Día perdido. Imposible de remontar.

Ahora que lo pienso, tengo que sumar a la historia que justo cuando yo ya había decidido que si mi pareja me amaba me tenía que soportar así y se acabó, y que ya iba yo a ceder otras cosas, pero eso no, ahí llega la venganza de los dioses, y nos nace una criatura que se despierta cantando. Es que a uno le dicen que por los hijos se dejan de lado ciertas cosas, que uno se sacrifica, que se relega. Si, si, todo muy bonito, yo no tengo drama, un riñón les doy si es necesario, pero nadie me avisó sobre el innegable hecho de que tenía que superar el mal humor matutino.

Así que acá estamos, levantándonos tan temprano que no lo puedo ni repetir. Mi marido se levanta y así, en bolas y dormido, lo primero que hace es prender la cafetera. Es que el tipo es sabio, y a fuerza de un café negro grande y express que me sirve todas las mañana me mantiene al menos neutralizada. Y sobrevivimos como en los grupos de autoayuda: “Una mañana a la vez”.

Y para los que están acá por el título, y antes de que me acusen de hacer proselitismo engañoso para difundir mi post, no tengo empacho en decir que para ESE tipo de mañanero no tengo problema alguno. Nunca.

Es lógico, porque además de otros muchos beneficios que no negaré, después de todo se trata de quedarse un rato más en la cama.

M de Mujer Castradora.

Navidad le debía el nombre al día en que llegó a casa. Se instaló por decisión propia. Y nos adoptó. Sin consultarnos. Era una gata hermosa, blanca. Navidad hacía cosas de gato: Se iba sin avisar y volvía sin preguntar (Tengo amigas que tienen novios así, pero con menos glamour que el que tenía Navidad). Se refregaba contra cualquier cosa que tuviera más o menos calor cuando requería un mimo, maullaba cuando quería entrar, así como indignada.

Navidad es una de los quichicientos gatos que vivieron en la casa de mis padres. Con esa impronta, y con esa experiencia, me pareció bueno tener un gatito para que mi hija supiera lo que era tener una mascota. Queríamos algo intermedio entre un pez (Para eso mejor una de esas lámparas chinas que tienen peces de plástico adentro y que las enchufás cuando querés) y un perro, que iba a requerir de todo el cuidado que nosotros no lo podemos dar porque laburamos todo el día. Un gato era ideal. Son las nenas lo único que hemos logrado mantener con vida, se nos mueren hasta los cactus, así que era todo un desafío.

Mi marido nunca tuvo gato, no estaba muy convencido.

Un amigo (el de sex & the city) tiene a su vez un amigo que tiene gatos que tienen gatitos y los regala. Le pedimos uno, nos preguntó si no queríamos dos, le dijimos que no, y llegó Suárez a casa. Un siamés.

Le puse Suárez porque es mi apellido. Para ponerles mi apellido a mis hijas la ley necesitaba la aprobación de mi marido. Para ponérselo al gato no tenía que pedirle permiso a nadie, así que me di el gusto.

Suárez es divino. Un pelo… Tiene los ojos color de mar. Hermoso. Esbelto. Señorial. Muy inteligente. Bah, un turro como todos los siameses. Y como todos los siameses, está más loco que una cabra loca, sólo que nadie nos avisó.

Anoten, los siameses no son gatos. Son otra cosa.

Algunas de las perlitas de Suárez: Te acecha atrás de la puerta para saltarte a la pierna como si fuera lo último que va a hacer en su vida, grita como un loco al lado de la puerta de nuestra habitación a las 4 de la mañana. Pero no quiere entrar, quiere que nos levantemos. Suárez corre 6 metros salta y tira un sillón al demonio. Por lo menos una vez por día. El tipo decidió que mejor toma agua de la pileta del baño, come de la mesa en la que comemos todos, tira con su manito mi pincita de la mesa de luz, sólo eso, mi pincita! (Que es tan vital como el aire que respiro). Suárez para festejar la navidad bajó veloz la escalera, rebotó en una silla y se tiro de llenó (con las garras afuera) en el medio del arbolito de Navidad. Con las lucecitas prendidas y todo.

Empezó entonces nuestra batalla diaria para educarlo. Yo quería directamente matarlo (Me gustan las soluciones rápidas y radicales) pero la verdad es que ya le había tomado cierto cariño (Me atrae la gente complicada). Pero el problema real era mi marido, el que estaba reticente a sumarlo a la familia. Lo ama. Está enamorado del loco de mierda este. El gato se acomoda en mi cama, boca arriba, recostado contra mi marido. Mi marido le pasa el brazo por los hombros. Y nunca lo escuché quejarse del síndrome del amante. Mi marido, la estrella de rock, agarra al gatito y le dice “papito” mientras le da besos. Un asco.

Empezó nuestra batalla decía, pero desde el inicio supe que era una batalla perdida. El bicho este hace lo que quiere. Y si tiene dudas lo tiene a mi consorte como para reafirmar su reinado en el grupo familiar.

Se presentaron sin embargo dos soluciones prometedoras para atenuar el drama. La primera es que según parece, no hay nada mejor para un siamés que otro siamés. Me da pavura la sola idea de tener dos de estos cosos en casa. Temo que se confabulen contra nosotros, y no me extrañaría encontrarme un día durmiendo en el lavadero mientras ellos se estiran en mi sommier. Le comentamos a nuestra hija mayor la idea y nos respondió: “Va a ser duro”. La chica es hija mía, y además, los niños son sabios. Conclusión, ni en pedo.

La otra solución, bastante obvia, es castrarlo. Castrarlo con la esperanza de que se convierta en una señora gorda. En un almohadón con patas. Un paraíso. Yo pregunté si además se le podía hacer una lobotomía, pero la veterinaria, que después de todo ama a los animales, me miró mal.

Mi marido está deprimido. Mi padre que es del campo, me espetó en la cara: “Por que no lo capás a tu marido y dejás en paz al gato”. (El hombre nuca pierde oportunidad, recuerden que es el mismo que dice que cuando mi esposo está de viaje yo estoy viuda).

De todos modos, y a pesar de todos, ya tenemos fecha. Tengo una emoción. Es un horizonte. Mientras, a diario, lo miro a mi marido, que a su vez mira al gato como si hubiera fallecido y sólo mirara su recuerdo, y le digo, no ya para levantarle el ánimo, sino para dimensionar la cuestión: Corazón tranquilo, que a vos no te van a cortar nada.

El por las dudas, ya se pidió el día en el trabajo. Ya me voy agendando yo que me voy a tener que tomar el día siguiente. Para contenerlos a los dos. Al fin y al cabo, la castradora soy yo.

M de mujer inadvertida.

Con las últimas generaciones el legado viene complejo. Resulta que los cambios de los roles, los signos de los tiempos y la mar en coche hacen que lo único más o menos concreto que podamos heredar sea la receta de la tarta de jamón y queso. Y eso no significa que realmente la podamos cocinar.

Ocurre que nuestras madres estaban muy ocupadas liberándose del yugo del machismo y del mandato paternal, entonces hay cosas sobre las que nadie nos advirtió. Me puse a pensar en algunas cuestiones elementales de los tiempos que corren que no nos enseñaron a nosotras, las mujeres sobre ellos, los hombres. Ahora resulta que:

1. Es factible que los hombres lloren.
2. Los hombres, además, se deprimen.
3. Los hombres de hoy no tienen ningún conflicto en vivir con una mujer que gane más que ellos.
4. Los hombres de hoy no tienen ningún conflicto en vivir con una mujer que trabaje y ellos no.
5. Los hombres de hoy cocinan. Muchas veces mejor que nosotras.
6. A los hombres de hoy, a veces, les duele la cabeza.
7. Ellos usan crema para la cara.
8. Ellos pueden tener casi tantos pares de zapatos como nosotras.
9. Hacen dieta. Y genéticamente adelgazan más rápido y más kilos que nosotras.
10. Están abiertamente dispuestos a ser el sexo débil.
11. No tienen problemas en lavar los platos, pero tampoco tiene problemas en que vos cambies la rueda del auto. De hecho, hacen los primero esperando que vos hagas lo segundo.
12. Los hombres disfrutan cuando las mujeres los encaran.
13. Algunos hombres, pudiendo evitarlo, se depilan. (¡!)
14. No hay objeciones para que seas vos la que maneja. Al centro. 7.45 de la mañana.
15. Ellos tardan más que nosotros en la ducha. Y la góndola de belleza para hombres del Super es tan grande como la nuestra.
16. Creen en la igualdad de los sexos, y en algunos casos, oportunamente, la defienden a muerte.

Y muchas otras cosas más, algunas que se y no se me ocurren ahora y otras que iré descubriendo… porque acá estamos, las nuevas mujeres aprendiendo sobre la marcha cómo son estos nuevos hombres… Y a los golpes, claro.


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