Cruzada es poco (Reflexiones sobre la gripe y la puta que los parió).

Que ponete el barbijo, que no te lo pongas que es peor. Que la veda escolar empieza el lunes por decreto, como si hoy, tres días antes, el riesgo fuera menor. Que son menos de 50 los muertos, que se muere la gente como moscas. O como cerdos. Que el remedio no sirve para nada, que es infalible, que igual no hay. Que tosas en el codo, en el tuyo digo, que no te reunas con mucha gente pero si laburás en un supermercado jodete. Qué las embarazadas, gracias a Dios, están dispensadas de ir a trabajar, ahora si el marido se contagia y la contagia problema del tipo, un desgraciado, no del gobierno. Que solo se mueren los que ya se iban a morir de otra cosa, que después de todo morir nos vamos a morir todos. Que el gel mata el virus, que en las góndolas no queda ni gel íntimo. Qué los niños no son target del bicho, que el bicho no vuela, que se mueren en las salas de neonatología, los nenes, no los bichos, que te contagias en el subte. Y en el bondi, Y en Retiro. Que no hay dos diarios que digan lo mismo. Ni dos mails. Ni dos radios. Ni dos noticieros. Ni dos médicos. Que no comas cerdo, que comé tranquilo pero sólo si lo podés pagar. (SIGUE)
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M de Mínimas (1)

Pocas cosas más irritantes que un boludo alegre. Los cultores del buen humor sin motivo me resultan tan nefastos como los malhumorados eternos. Y los felices por decreto me sacan, al contrario del contrario, los depresivos, que me dan pena.

Se te murió tu vieja, te acaban de despedir, tenés hemorroides y colon irritable y se te venció el contrato de alquiler y en lo que era tu casa van a poner un shopping. Llega entonces uno de estos personajes ridículos y te dice: “Pero mirá que lindo día es”. Y claro, está lloviendo.

Lo bueno es que despierta en vos los instintos asesinos más profundos. Y para la tercera recreación mental del acto ya hiciste un poco de catarsis.

No defiendo el bajón ni la tristeza. No postulo el mal humor como opción. Pero creo realmente que lo que duele tiene que doler, sino se enquista. Y entonces, requiere de una gran valentía enfrentarte a las cosas feas, molestas, sufrientes, y hacerlas carne. Y bancarte lo que se viene sin poner cara de promotora de calditos en el super.

Luego habrá tiempo buscarle el lado positivo, si es que lo hay. No siempre ocurre. A veces sólo se trata de pasar el duelo con dignidad. La dignidad es todo lo contrario a transitar por la vida salpicando como la abejita Maya (Dios, cuántos años tengo que me acuerdo de la abejita Maya?).

Porque entérense, manga de positivos al pedo, que si huele a mierda, se ve como mierda y sabe a mierda (Porque esta gente seguro que prueba) es mierda. Y si, podés ponerle un moño (rosa seguro, porque lo bueno de los boludos es que por lo general son coherentes), si le ponés un moño decía, será mierda con un moño, pero nunca otra cosa. Y lo podés dejar como adorno, pero creéme, en algún momento te va a llegar el olor.

M de Menos es Más.


Tenés cintura! Exclamó mi madre. Iba yo caminando unos pasos delante de ella y estaba tan contenta la tipa que me guardé la puteada que tenía para espetarle en el rostro. Fue hace unos días, una tarde de sol, 45 días después de haber comenzado, por primera vez en mi vida, una dieta.

Tengo amigas que viven a dieta. Tengo amigas que comen cualquier cosa y no engordan. Tengo amigas que comen poco y amigas que no comen nada. Tengo de todo. Sobre todo tengo de todo encima, y acá estamos, ingresando a un nuevo mundo. Hermoso eh.

Lo venía anticipando, hasta le dediqué un post. Los 35 pegaron duro y finalmente, era el momento. El problema es de percepción. Una amiga me contaba que cuando tenía 17 años pesaba 58 y quería pesar 52. Y ahora, varios años después, si pesa 10 kilos más no quiere llegar a 52, quiere llegar a 62. Y se ve como de 52. Sospecha que con los años suma peso pero no volumen. Aprovecho para decirte que es la experiencia, querida, que tiene peso propio pero que no siempre está a la vista.

Y hablando de percepciones, contrario a lo que me decía la balanza, yo siempre me vi divina. Qué problema no. No negaba el numerito, yo no niego nada, solo que lo llevaba con cierta gracia (Rodando pero con onda). Pensando en la salud física, y sin saber que en realidad iba a atacar la salud mental (La poca que me quedaba y la tanta que ya no estaba) emprendí un viaje, en el que aún transcurro, hacía el fascinante mundo de las dietas.

Y como a medias nada, pasé de nunca en mi vida hacer dieta a meterme en un centro con psicóloga – nutricionista – médico clínico – recetas especificas, actividad física (que aún no hago) y “grupo” dos veces por semana.

La elección del lugar no fue sencilla. Yo sabía que esas dietas tan de moda que salen de debajo de las baldosas con ingestas de 600 calorías diarias no eran para mi. Los gatos correrían peligro de ser desayunados. Y las nenas. Tampoco esos lugares a donde vas, te sentás, mirás y con lágrimas en los ojos confesás que chupaste la cuchara del yogurt de la tu hija. No tenía ninguna intención de condenarme a una vida de almuerzo compuesto por manzana y gelatina y los fines de semana un permitido de dos hojas de lechuga.

Este lugar al que voy me lo recomendó una amiga que a su vez fue por otra amiga, y así. Pero me molestaba el grupo. Lo bauticé Vulnerables, en honor al programa de Televisión y luego fui un poco más allá y le digo la Secta. Pero voy. Y mientras adelgazo y me hago la canchera, porque como de todo y no logro comprender en dónde está el secreto, pero tampoco me desvela.

La realidad es que dispuesta a alivianarme ya me saqué varios kilos y ahí vamos. Y en este camino fascinante, en donde para decir la verdad, tanto no estoy sufriendo, si voy descubriendo verdades maravillosas que, posiblemente, todas las mujeres normales que si han hecho dieta, ya saben. Me veo sin embargo, presa del asombro, obligada a detallarlas. Tal vez alguien lo encuentre útil. Y esté advertido para enfrentar semejante situación.

La primera experiencia traumática fue el mismísimo primer fin de semana luego de haber comenzado la dieta. Casamiento. Los mozos que te sirven, las bandejas que te pasan. Barra de tragos (me gustan los tragos) y yo ahogándome en Coca Light. Luego la inspección casi arqueológica del plato de comida para ver que me podía incorporar y que no. Toda una prueba. Ahora, la realidad es que apenas uno se llama al recato alimenticio la agenda se puebla de eventos y cenas. Y como no estoy dispuesta a convertirme en un hongo solitario, voy de acontecimiento en acontecimiento habiendo comido en casa, por las dudas y abrazada a la botella de gaseosa Light, mi mejor amiga por estos tiempos.

Si va a comenzar una dieta con condimento grupal, procure que no haya hombres. Los va a odiar. Llega Usted al control luego de una semana dura en la que no se salió no una sola vez del plan y baja unos gramos. Llegan los hombres y repiten como un mantra algo que suena así: “Si, está buena la dieta, mirá, desde el control pasado bajé 1 kilo y medio, y eso que no le puede decir que no al pechito de cerdo del domingo eh”. Odio profundo.

En cualquier dieta seria, si Usted está bien alimentado, hambre no sentirá. Parece que si siente hambre la cosa viene mal. Yo hambre no tengo, a veces tengo ansiedad, que es otra cosa, pero hambre no eh. Lo que tampoco va a tener es sed, ya que vivirá tomando agua y comiendo gelatina. Tampoco tendrá mucho tiempo libre, ya que la mayoría lo ocupará yendo al baño por el agua innumerable cantidad de veces, durmiendo aunque sea de a ratitos por el cansancio que conlleva ir al baño a las tres de la mañana, y a las cuatro y media, y antes fue a la una, y sobre todo, se la pasará haciendo gelatina, ya que de repente toda la familia querrá gelatina, aunque Usted intenté con todos los gustos, con la esperanza de que alguno no les guste.

Otro tema no menor es la cuestión de la ropa. Usted hace dieta, entre otras cosas, para verse mejor. Ahora, a medida que comienza a adelgazar la ropa le va quedando grande y mal, y si bien esto tiene un costado de regocijo y festejo, cuando ya no tiene nada más para ponerse y la ropa ya no le queda mal, sino que le queda para el orto, comienza a convertirse en un problema. Ocurre que la dicotomía se presenta entre comprarse ropa, porque en bolas no se puede estar y además ya hace frío, o esperar a bajar más. Y además, para reponer vestuario, aunque sea básico, todos los meses durante varios meses, deberíamos haber tenido la previsión de ahorrar durante todo el tiempo que engordamos. Claro que no lo hicimos porque obviamente gastamos el dinero en comida y bebida. Y mientras, uno se va disfrazando con lo que más o menos no se le cae y puede ocurrir que de repente uno se vea con un pantalón de vestir pinzado de cuando era joven. Y es riesgoso, porque de ahí al jean nevado que guardó Dios sabrá por qué en la misma valija en el mismo altillo que el pinzado, hay muy pocos pasos.

Luego, cuando la ropa se te cae y de repente te mirás te encontrás con cosas sorprendentes. Por ejemplo, con tu gordura, que casualmente antes de empezar con la dieta capaz no habías notado. En mi caso he descubierto, asombrada, que tengo panza. No es que antes no tuviera, claro, solo que no la veía porque estaba rodeada de los 10 kilos que ya no tengo. Y así. Es como que se va redefiniendo el contorno. Por ahora las tetas no se me achicaron, porque ahí si que mando todo a la mierda y vuelvo a la cerveza y a la pizza.

Una dieta bien equilibrada, controlada por profesionales, supone la incorporación de alimentos a tu dieta que tal vez antes no tenías. Y entonces ahí vas en busca del eneldo para el lomo, llenás el freezer de bolsas de verdura congelada (porque tampoco la pavada no me voy a pasar la vida hirviendo espinaca) y te hacés amiga de brócoli con un inusitado entusiasmo. Se te genera una adicción a las sopas Light y en la dieta mental te encontrás de repente pensado: Huy, cómo me comería una arrocita!.

En mi caso en particular este cambio de paradigma en la compra del súper ha traído dos consecuencias inmediatas. La primera es que mi familia ha decidido que va a comer tan sano como yo. Estoy no sería un problema si no fuera porque ahora la mayor y el padre quieren “vianda mamá” para llevarse durante el día. La menor obviamente siempre se iba con la comida preparada por mi, pero ahora se sumó el padre que mi mira con el tupper abierta y la mayor que descarta sin ninguna vergüenza el buffet del colegio y a la señora que prepara viandas más sanas y me pide que se la prepare yo. Estoy pensado seriamente en que para cumplir con semejante demanda, en el caso de que lo quiera hacer, deberé disponer del tiempo libre que me queda, a la tres de las mañana. De todos modos me levanto para hacer pis, así que no es tan difícil.

La otra cuestión referida al cambio de menú es que sospecho, la dieta me está arruinando el estómago. En Semana Santa me comí dos empanadas de vigilia y casi me muero. Y antes de que alguno saque conclusiones erradas, no fue la culpa. A mi no me da culpa comer y no como a escondidas ni sola, y mucho menos vomito (Enumero recordando las preguntas que me hicieron antes de comenzar el tratamiento y por las cuales casi salgo corriendo). Acostumbrada a tantos años de tener un estomago de amianto, no quiero ni pensar lo que debo estar haciendo con mi cultura alcohólica. Un espanto, años de excesos tirados al tacho, todo para que me entre el pantalón de cuero.

Luego, en todo este proceso, como si no fuera suficiente con la propia mirada, y como si no fuera yo mi censora más cruel, tenemos en continúo la mirada de los demás. Y ahí se abre, como en todos los aspectos de la vida, un abanico gigante conformado por un crisol de colores. Y están entonces los que te quieren hacer comer a toda costa porque tienen miedo de que te desnutras (como si existiera semejante posibilidad), los que te quieren hacer comer porque quieren que engordes, los que juzgan lo que comés porque consideran que eso no es hacer dieta, los que te dicen que estás divina, los que te dicen que ahora se te notan las arrugas, etc. De todos modos, cierta concentración (para no comer lo que no debes, para tomar lo que corresponde, para que no se te caiga la ropa, para no hacerte pis encima, para llevar el control de cuántas gelatinas quedan, para no mandarle la vianda del padre a la nena y viceversa) te garantiza un cansancio tal que todo esto te chupa un huevo. Y no está mal.

Y mientras me dispongo a ir por otros diez kilos, y veo si luego de hacer las viandas a las tres de la mañana me queda tiempo para hacer la actividad física que aún no hago, aunque sea de 4 a 5, pienso en que también me han sorprendido aspectos que no me esperaba y que circundan a la cuestión.

El más destacable ha sido la incorporación de pescado a la dieta. Menos kilos es igual a más pescado. Y no es que sea destacable por el salmón, los camarones o los langostinos. Se destaca por el pescadero moreno de voz grave, que está para partirlo en dos. Pero eso, queridos compañeros de infortunios, sin lugar a dudas, es tema para otrao post.

M de Marzo (ahora que ya es Abril)



Marzo es un mes espantoso. Para los que hemos tenido cría, esa es una verdad absoluta.

No se trata solo de tener que enfrentarte con la dura realidad del largo año que comienza luego de las vacaciones (Que además te dejaron agotado). No se trata tampoco, o por lo menos únicamente, del comienzo de las clases. Si, es cierto, para hacerte de todos los útiles necesarios para que el niño se forme tenés que vender un riñón, y como tenés dos pero uno es necesario para vivir (La máquina de diálisis es más cara que el riñón) y suponiendo que tu pareja colabore con uno de sus órganos, tenés sólo dos años asegurado de escolaridad para el primer retoño. Y luego vamos viendo.

Pero no es eso sólo decía, el verdadero problema que hace de Marzo un mes deleznable son las actividades extracurriculares. Esas a las que mandás a los niños esperando que se cansen. Y claro, la que se cansa sos vos. Deporte, música, arte. Y todas las combinaciones de estas tres variables que se te ocurran se confabulan para hacerte mierda la agenda y cada minuto libre que pensaste que tenías y que debes ceder en pos del pool (el juego no, el llevar y el traer si) de turno. Y si te parece tremendo, te advierto, te puede pasar que lo tengas que hacer en remis. 4 nenas, 4 destinos, lo suficiente como para que el remisero, pedazo de desgraciado con mal gusto, te destroce el día con el CD completo de los grandes éxitos de Valeria Lynch. Pasaron diez días y aún me sorprendo cantando “Despacito, suavemente…”. Espero que le saquen la licencia al muy turro.

Este año entonces, resignada ya, finalmente me convencieron. Y la mayor empezó hockey. Por un lado me entusiasmaba la idea de que no siga mis pasos con años de taller literario y canto y una sobrealimentación considerable. Por otro lado, no voy a hacerme la boluda justo acá, estaba harta, HARTA, de los festivales de danzas que veníamos soportando en los últimos años, y esto era una opción.

Un párrafo se merecen esos maratones interminables, en día de semana porque el teatro es más barato, en donde ves bailar, mal, a millones de nenas que no te importan en lo más mínimo para ver bailar, también mal, cinco minutos, a tu hija, que no es que no te importe, pero que, mentalmente agotados de tanta música con fritura, apenas podés apreciar y enternecerte rapidito para ir a comer cualquier cosa y a dormir que mañana es día laborable.

Volvamos al hockey entonces. Venían insistiendo las mamás de otras nenas del colegio que ya iban y nosotros resistiendo. Este marzo nos ganaron, a pesar del malestar de mi marido que no quiere que haga hockey porque teme que en los años venideros se la curta un rugbier conocido en el tercer tiempo. En casa nos van más las remeras de Megamuerte que las chombas rosas. Intenté explicarle que curtir la nena en algún momento iba a curtir igual, independientemente de la actividad extracurricular que practicara, y aunque cambié el término curtir por “tener relaciones” el tipo se puso pálido y me pareció prudente cambiar de argumento. Bastó con la amenaza de que al próximo festival de danza iba solo y que además era el encargado de procurar todo el vestuario para que se diera por vencido.

Llegó el sábado y partimos al primer partido. El marido vencido había llegado del exterior hacía unas horas antes. Estoico se baño y se vistió y salimos con las nenas y todo lo necesario para pasar una mañana en el club. Cuando miré bien, el volumen de los bártulos era similar al de las vacaciones, pero bueno, hay cosas en las que ya no nos detenemos a reflexionar porque todo no se puede.

La vi jugar con alegría, me dio placer. Eso mezclado con un cierto temor porque no tiene incorporado aún el concepto del palo en el piso y reconozco que varias veces pensé que desnucaba a alguna compañerita. También tuve lugar para el estado de alerta general porque la menor andaba suelta, y sería triste que tengamos que volver a la danza porque la bebe incendió el club y fuimos echados. Además me tomé el tiempo de observar como mi consorte miraba de reojo y con la mirada turbia a los pequeños pichones de rugbier. Sospecho que nuestros sábados, por lo menos los que vayamos a los partidos, van a ser, como decirlo… si, complicados. Pero ahí estamos.

Y como dato, cuando mi hija entró a la cancha, volvió gritando que no tenía puestos los protectores “mentales”. Yo, que soy de piola y de cínica, le dije que eran dentales, que sus protectores mentales éramos nosotros. Y ella, que es mucho más piola que yo pero de cínica nada, se dedicó a mirarme. Cualquiera desde afuera podrá pensar que la mirada no era otra cosa que una señal de no haberme entendido. Yo, que la parí, traduzco su silencio contemplativo como un total descreimiento frente a semejante aseveración.

Le compré el uniforme y por suerte el padre está de viaje, así que se infartará luego, cuando la vea, a ella con sus 7 años y su minifalda talle 12 (porque la nena es gigante).

Mientras, relajo la mano, contenta porque vuelvo a escribir. No es casual que sea sobre Marzo ahora que ya es Abril. Y sirva de excusa todo esto para aquellos que me han pedido, solicitado y exigido palabras frescas.

No se si frescas, pero palabras hay. Y no es falta de ganas, es falta de tiempo. Y definitivamente no es falta de tema. En este mes tan ajetreado, empecé una dieta por primera vez en mi vida, mi padre me enganchó para organizar el cumpleaños de mi abuela la que no se murió, me sale el laburo por las orejas, tengo que aprender a manejar urgente, mi marido sumó un par de viajes que me dejaron viuda varias semanas de este marzo, no dejan de aparecer malcogidos para convertir la trilogía (aún incompleta) en un clásico, empezó el otoño que es la estación que más me gusta y tal vez por eso acabo de descubrir que el pescadero de mi barrio es uno de los hombres más lindos que vi en mi vida.

Además, tengo que prepararme psicológicamente para cuando a la mayor le enseñen a dividir y poner toda mi capacidad de abstracción (Yo, que promocioné con 10 semiología en el CBC) para no confundirme con la organización de las idas y venidas y de a quién le toca llevar a quienes, a dónde y a qué hora. Una de mis mejores amigas se casa a mediados de año y tenemos que castrar a la gata y cambiar el piso del living.

Por si fuera poco, estoy diagramando concienzudamente el estropicio que voy a hacer con las tarjetas de crédito cuando baje lo suficiente de peso, y el tatuaje que me voy a hacer de auto premio cuando llegue a mi peso “saludable”. Pegué vinilos circulares en una pared de mi casa, odio a todos los fabricantes de botas por los precios que les han puesto este año (Y porque el riñón ya lo vendí para lo útiles, puta madre, haberlo sabido), pienso mucho en un amigo al que se le acaba de morir el papá, ahora que, por la edad que tenemos, ya es “natural” y organizo un festival de rock para mediados de año. Porque si.

Temas hay, dejo detalle y garantía. Gracias por pedir, creo que vuelvo pronto. Porque lo disfruto horrores. Porque quiero escribir sobre todo esto. Y porque debo hacerlo antes de que vuelva a ser Marzo, que es cuando me quedo sin hojas.

M de Malcogida (Dos de tres…)

Yo quería continuar con esta saga antes. Lo juro. Sobre todo por la lluvia de peticiones al respecto. Ocurre que desde el último post, allá lejos, hace ya más de una semana, la mayor empezó segundo grado. Y yo me metí en un centro que te ayuda a adelgazar. Como aliciente puedo decir que imaginarán la cantidad de tópicos que tengo listados para escribir…

Ahora si, a lo nuestro. Irse de viaje está buenísimo y volver a casa también. A mi me gustan casi las dos cosas por igual. En mi caso tiene además un condimento extra. El regreso digo. Decir que con la maternidad vienen aparejados cambios es una obviedad. Ahora, decir que algunos de esos cambios te toman por sorpresa y te estrolan contra la pared es como un secreto guardadísimo en pos de la preservación de la especie.

He pasado, sin escalas, de estar dispuesta a viajar por el mundo en pelotas a desarrollar una fobia tremenda al armado del equipaje. Y cuando consigo finalmente llenar las valijas nunca son menos de 5. Entonces, volver tiene un gustito adicional: Se trata únicamente de meter, no necesariamente de modo ordenado, todo lo que más o menos se parece a cosas de tu familia en cualquiera de los bolsos que llevaste.

Vuelvo entonces feliz. No le temo a la ruta ni a las demoras. En este caso en particular, habiendo ya hecho la mitad del camino, decidimos, en un acto de amor filial profundo, almorzar en MacDonalds. La mayor se había portado taaaan bien (Sobre todo en comparación con la menor) que se lo merecía. Estacionamos el auto y, tal como suponíamos, había una multitud. Pero bueno, lo sospechábamos, y como me dijo una vez la mamá de mi mejor amiga, los hijos duelen. Además para hacerte pelota el estomago tampoco tenés tanto apuro.

Enfilamos derecho cuando, por supuesto, la mayor declaró que necesitaba ir al baño. Larga la cola. Muy larga. Nos paramos derechitas, y al rato ya hacíamos el ingreso triunfal a las instalaciones. De entrada nomas llamaba la atención la limpieza. Baño de estación de servicio, en la ruta, con toda esa rotación de gente… Un olor a desinfectante. Una agradable sorpresa, una joya en el camino. A los 5 minutos, adentro del baño pero como con 10 personas por delante aún, aparece la señora que limpia. Con un atomizador en una mano y un trapo en la otra. La cara roja de tanto andar entre lavandina. Pelo corto, gordita, con el uniforme de la empresa de limpieza y unos 60 y casi 70.

Cada vez que alguien salía de alguno de los baños, ella entraba, revisaba, y solo después dejaba pasar a otra persona. Si tuviera que jugarme la vida en esto, apostaría a que es mucho más de lo que le exigen en su trabajo. Dos o tres lugares delante de mí, una mujer y su hija. Debía tener mi edad. Y menos onda que un pan lactal. Medio mosquita muerta, de esas que tiene puesta la alianza como único ornamento y sandalias que priorizan, claramente, la comodidad a la estética. Parecía muy pulcra ella. Colores pastel en su ropa y ni el pelirrojo natural de su pelo llamaba la atención. De esas personas que pasan como sin hacer ruido. Ahora, hay que estar de atentos… los malcogidos toman formas de lo más disímiles. Y sorprenden.

Le tocó el turno y se metió en el baño con la nena. Era chico el compartimiento. Ni se las oyó. Luego, pasó otra y otra a otros baños, y justo cuando salía la pelirroja insípida me tocaba a mí. Me adelanté a la señora que limpiaba mientras le decía que dejara, que estaba todo bien. Por el angosto pasillo azulejado nos cruzamos mi hija y yo con la señora anodina y su retoño. En ese pasaje estrecho noté que, más allá de la pulcritud a la que ya hice mención, la mina tenía las uñas de los pies largas. No sucias. Cuidadosamente largas. Horror. No es un presagio, es una clara e inequívoca señal.

Mi hija pasó al cubículo de la derecha, impoluto como el resto del baño. Yo entré en el de la malcogida de uñas de los pies largas que seguramente hacen a su malograda vida sexual. Un asco. Pis en la tabla. Pis en la tapa del inodoro levantada. Pis en el piso. Creo que adentro del inodoro no había caído ni una gota. Pedazo de mugrienta.

Acá si me di el gusto de gritar. Igual no se si me escuchó. Capaz huyó despavorida, o para ser consecuente, ni se lavó las manos y salió derechito a la ruta. Salí del baño hecha una tromba (y soy grandota, así que era una gran tromba). La señora de la limpieza me agradecía avergonzada, el resto de la gente asentía y mi hija me miraba en silencio, sospecho que resignada. Debe aventurarse una adolescencia complicada con semejante madre (Igual peor ser la nena de la sucia insatisfecha, ya le voy a decir cuando me reclame algo).

Sobre el respeto a una mujer, mayor, que labura mientras vos meas, prefiero ni hablar. Me parece tan obvio que despierta en mí el instinto asesino más profundo. Si puedo relatar que salí, camino a mi almuerzo, con el firme propósito de enseñarles a mis hijas a usar correctamente un baño publico. Primero eso, y luego si me queda tiempo, les hablaré sobre su virtud, el voto femenino, la importancia de no usa medias con sandalias, etc.

Ocurre que, en un baño publico ideal, si la primer mujer que entra no se comporta como una cerda pelirroja desabrida con menos onda que un termo y con las uñas de las patas como cuchillas, capaz se llega al final del día sin necesidad de recibirte de equilibrista para hacer pis sin pisar las toallitas usadas tiradas afuera del tacho, mirando que en donde apoyas la mano no haya “nada” e intentando no tocar el pis de tantas en la tabla, mientras embocas en el inodoro. Y sin pito, que es mucho pero mucho más difícil.

Mirá que, aprovechando la cercanía del día de la mujer, tenés que hacer mierda siglos de avances del género a fuerza de chorros de pis eh.

Mantener el baño limpio es como pasar la antorcha de la dignidad a la que sigue. Claro que si sos una MC entendemos que o la apagues con el chorro o te la metas en el orto. A la antorcha digo.

Relatada la segunda, me queda un cierre de la serie. Una señora que merece que le dedique tiempo. La frutilla de la torta. Posiblemente en el medio surjan otros textos, pero no me preocupo. Ella no se va a ir fácilmente. Los malcogidos siempre están. Y no cejan en su esfuerzo por ser.

M de Malcogidos (Empezamos con el primero, después seguimos…)

Cómo ha pasado tiempo desde mi último post muchos pensarán que el título es una estrategia, un gancho para regresarlos a este lugar. Pero no.

Desde hace mucho tengo una teoría que se corresponde con esto. La mayoría de la gente es como normal. Buena gente. Con luces y sombras, con días buenos y días malos. La gran mayoría va por la vida sin joder a los demás (Principio básico de la convivencia, no?). Y luego, hay una minoría de criminales. Bestias asesinos y violadores. Violentos con el cuerpo y/o con la palabra. Aprovechadores y abusadores. Monstruos.

Hasta acá ninguna novedad. Pero en el medio, afirmo, hay una zona como más gris. Más gris porque cuesta trabajo distinguirlos. Disimulan. Hablo de un grupo difuso de turros, falsos, hipócritas, etc. Y en ese subrgrupo entran los malcogidos. Aquellos que cogen mal para ser más claros. No coger siempre es una opción y no creo que, si es una opción, traiga consecuencias nocivas. Cada uno con su mambo. Ahora, los que cogen mal van por el mundo resentidos. Jodiendo a los demás. Y por las dudas aclaro que a esta altura del partido por coger mal entiendo coger de modo diferente al que te gusta o con la persona que no es con la que quisieras. Todo el resto lo dejo en la conciencia de cada uno. Suficiente ya con el abuso que estoy haciendo del término como para además ahondar en el significado del mismo.

Y tanta reflexión viene a cuenta de que, en esta última semana, semana de vacaciones y de relax, he tenido tres brutales encuentros con este tipo de personas. Se han dejado ver sin ningún pudor. Y casi les saco fotos para ilustrar el post, no pude por la furia que me inundaba. Pero hubiera esta bueno eh… casi un servicio a la sociedad.

Al MC1 debo darle un marco de referencia. Mar de las Pampas es como un gran barrio privado. Sabiendo eso fuimos. Nadie nos obliga. Y la pasamos bien. No usamos chomba pero la pasamos bien. A la nochecita estábamos listos para un show infantil (gratis) en el anfiteatro (Al aire libre) de uno de los paseos (Shoppings sin techo en dónde siempre hay un local de Cardón). Llegamos 15 minutos antes para sentarnos cómodos. Las dos crías en la grada de abajo, nosotros en la de arriba, ellas apoyadas en nuestras piernas. 15 minutos después, cuando empezó muy puntual el show, no entraba nadie más en ningún lado.

Después de la segunda canción la menor pide upa, el padre la levanta y queda el espacio libre. Se sienta una señora, rápida ella y su camisola hippie chic. Está perfecto, el lugar había quedado libre. Estaba yo muy ensimismada pensando en que se le podía cantar a los chicos sobre temas de chicos y que no hacía falta tener a una insoportable con trenzas desafinando con Juan Darthes o a una joven siliconada pululando con pre adolescentes hormonalmente confundidos que revolean las partes mientras bailan de modo esquizofrénico, cuando noto que un señor, a claras vistas el marido de la camisola hippie chic, se sienta en el piso delante de mi hija mayor, que aclaro, tiene 7 años recién cumplidos. Con el megáfono con el que nací en lugar de garganta le pregunté si veía y como es casi más alta que yo me dijo que si.

Ya estaba en guardia yo (porque los huelo, lo juro, los huelo) cuando veo que todos se paran respondiendo a la invitación de los del espectáculo a seguir una coreografía. Mi niña se para. Y que hace el MC 1?? Eh???? Qué hace???? Se sienta en el lugar de mi hija. Apoya el orto enfundando en bermudas caquis pinzadas. Nos miramos con mi marido y supusimos que apenas terminara la canción el tipo se iba a levantar. Supusimos mal. Mientras yo estiraba la mano para agarrarlo del cogote (recuerden que tenía su cabeza casi apoyada en mis rodillas) nuestra hija nos dijo que se sentaba en el piso. Ella quería desde antes, estaba más cerca del show, con otros nenes, etc. Yo no. Yo quería parar la musiquita, agarrar el cable de uno de los micrófonos y ahorcarlo lentamente. Me veía haciéndolo y pasándola bomba.

Mi consorte estaba como asombrado y yo estaba ciega. Y cuando digo ciega, digo ciega. Tal vez por eso no le dije nada. Porque hay momentos en los que sencillamente no tengo punto medio. Entonces, sin darme cuenta, agarré a la menor que, coherente con todo el comportamiento que ostentó durante las vacaciones, a esas alturas no quería estar ni a upa ni en el piso ni en el show ni en Mar de las Pampas y la senté en mi regazo. Y se dedicó entonces a patearle la espalda (literalmente) al malcogido hasta que terminó el show. Yo hubiera preferido patearle los testículos, pero seguro iba presa. La bebe en cambio es inimputable.

Son una raza, son cagones y se hacen los boludos (Es todo un arte, tengo que escribir sobre esto de hacerse el boludo), nunca, nunca en todo el show el tipo se dio vuelta a ver quien le estaba arruinando la chomba rosa. Y el hombro. Se movió para poner un par de billetes de dos pesos en la mochila que pasaban los artistas, era un espectáculos a la gorra. Previsiblemente era un ratón. Estás veranendo en un lugar caro, vestís bien, no sabés lo que sale una entrada, eh??? Te vas a acostar y anotás en tu diario íntimo de cuero de carpincho, bajo el título “logros del día”: Le saqué el asiento a una nena de siete años y puse solo dos pesos en la colecta del show al que llevé a toda mi familia. Y después apagás la luz, cogés mal y te dormís. A que si.

Igual me quedó el sabor amargo de no haberlo rebajado a puteadas. No se trata de magnificar la situación. En mi pueblo dicen que no es el valor intrínsico sino la acción que lo involucra. Son sabios en mi pueblo.

Nuestra hija soportó luego estoicamente el discurso paternal sobre sus derechos, la defensa de los mismos, no dejar que se aprovechen de ella, pelear por lo que crea que le corresponde, y nunca nunca aprovecharse de nadie más débil, etc. Pobre hija, creo que la próxima vez se sienta directamente en el piso para no tener que escucharnos.

Dejo para mañana a la MC 2 (esta es mujer, les adelanto). Y me voy a dormir, no sin antes advertirles: Cuidado, los malcogidos si, se van de vacaciones. Pero nunca descansan.

M de Mañosa.



Como el sol del 25 vienen asomando. Pero no es el sol, son los años. Y terminan con un 5, pero de 20 nada. Se acercan los temidos 35. Todos juntos y de repente. La verdad verdadera es que a mi muchooo no me importa el tema. Habrá quien me diagnostique inconciencia, pero no creo. Es falta de tiempo nomás.

Una amiga me decía el otro día que no me molestaba la edad porque “yaestabacasadaconhijosdosgatosuntituloyunaempresa”. Casi le pego un cachetazo. Como si yo no me llevara puesta en todo ese transitar. Odio a los que te miran con cara de sufridos y esa expresión reduccionista de “Vos ya tenés todo resuelto”. Yo ya se, por ejemplo, que en mi lista nunca tacharé lo de plantar un árbol. Porque pobre árbol, qué culpa tiene si a mi se me mueren hasta los cactus. Y hay otra infinidad de cosas que tampoco tacharé nunca. Y qué? Eso tampoco me quita el sueño. Con lo poco que duermo mira si me voy a andar desvelando por árboles que ni conozco.

Si bien es cierto que a mi me gusta cumplir años y me gusta festejar y le pongo onda a la circunstancia, pareciera que, para no escapar a la regla de la treintena más cinco, este año el entorno se ha empecinado en arrastrarme a la crisis. Por ejemplo, a la gente se le ha dado por morirse, o al menos por intentarlo. Y entonces aparece la propia fragilidad, o peor, la de la gente que uno quiere. Pocas cosas más temidas en el universo. Al menos para mí.

Mi retoño mayor lee sola y ya no quiere ni que le cepille el pelo. La menor me agota. En la calle me han dicho tantas veces señora que ya ni me revelo. Hay alimentos que me caen mal y necesito dormir más que antes para sobrellevar el día. Mis amigos tienen colesterol y esas cosas de grandes. En las reuniones multitudinarias los niños nos superan en número y si divido mi edad en dos obtengo dos personas que ya terminaron el secundario y están en Gesell de vacaciones. Teniendo sexo.

Me encuentro analizando si ese zapato que me encanta es cómodo (Casi una herejía) y si realmente tengo ganas de salir a comer afuera. Miro con distancia a las nuevas tribus urbanas (Yo que pertenecí a varias, incluso al mismo tiempo) y pongo en mi boca frases que me hacen sentir que no soy yo, soy mi mamá. Y por si los signos fueran pocos, podría jurar que este año mi padre me ha pedido sincera opinión sobre algo. Y no sólo eso, sino que la ha tenido en cuenta. Un espanto.

De todos modos, no me puedo quejar, o si pero no debería. La vida, hasta aquí, ha sido justa conmigo. Cómo a todos, me ha quitado y me ha dado. Por ejemplo, me quitó firmeza en las carnes pero me sumó kilos. Me quitó resistencia física pero me agregó mucha de la otra. Me restó altura en las tetas pero gracias a Dios me sumó seguridad porque sino que problema no… Me quitó memoria inmediata pero me sumó tantas cosas para hacer que ni tiempo he tenido para preocuparme.

Hablando en serio, los amigos, la familia y el amor no me han esquivado. Tengo cartón lleno. No soy (tan) idiota, puedo darme cuenta, agradecerlo y disfrutarlo. Además tampoco estoy cumpliendo tantos años.

Y sin embargo, a días del onomástico, estoy tan cansada. Si es la crisis de los 35 o no me importa un pito. Es lo que hay y por las dudas, y en un hito insospechado en mi vida, me deprimí desde ahora. Estoy quemando, apurada, tristeza y agotamiento acumulados.

No es grave, me estoy alivianando para que, cuando finalmente llegué mi cumpleaños, me encuentre como siempre: Con una copa en la mano, y brindando por mas.

M de Madrina de Bodas (Con vestido gris)

Nadie que me conociera podía suponer que yo me iba a casar vestida de blanco. Primero porque tengo cierto sentido estético, y si bien he sabido estar más delgada, siempre tuve mucho busto (Bueno, tetas tengo sólo dos, pero de un tamaño considerable) y no quería parecer un kohinoor . Segundo, porque no me iba a vestir del mismo color que la mayoría. Y tercero para llevar la contra. Estos dos últimos puntos podrían merecer un post cada uno. O un blog cada uno. Pero antes necesito pasar por el consultorio de alguna psicóloga. Y tengo tanta intención de hacerlo como la tuve de vestirme de blanco.

Cómo mi madre andaba por lo rincones (Ella que se la da de transgresora) pidiéndole a todos los Santos conocidos que por el amor de Dios yo no me hiciera un vestido negro, le comuniqué, por caridad y para que dejara en paz al Santoral, que iba a ser gris. A ella, a mi suegra y al resto del universo.

No alcanzó parece, porque la madre de mi futuro consorte, un día, un mes antes de la boda, apenas crucé el umbral de su puerta, me llevó hacia un rincón y sacó un pedazo de tela gris. Gris como mi gris. Me mostró el retazo y me dijo que a ella le quedaba bien eses color, que ya lo había comprado y que de todos modos, seguro no era como mi gris, etc. etc. etc. Era un cacho de tela de su vestido gris de madrina. Gris como mí vestido gris de novia.

Como soy buena onda, y sobre todo como era más joven, y además el hijo se acostaba conmigo y no con ella, y no sabía yo si mi primogénito iba a ser varón y lo iba a sufrir como lo sufría ella, le dije que si, que se haga el vestido del color que quisiera. Y ahí se fue ella, hecha un cascabel y la remató diciendo: “Y entonces se va a poder casar con las dos”. Instantáneamente la mandé al psicólogo. Porque yo no voy, pero tengo una facilidad para mandar al resto del universo…

En fin, semejante comienzo sólo podía augurar un suegrazgo complicado. Pero no. La mina al final me cae bien. Y eso que a veces lo intento, porque bueno, es mi suegra. Es como querer a tu dentista. Ah, no les conté. Mi suegra es dentista. Yo odio a los dentistas. Cada vez que tengo que hacerme algo en la boca cambio de dentista porque me da vergüenza volver al anterior. Y terror también. Así que es doble el desafío.

Ocurre que la comprendo en su contexto. Es madre de cuatro varones y está casada con un varón. Y estos cuatros varones que parió son hijos del varón con el que se casó. Esto último no es un detalle menor, aunque no entremos en detalles. Y si ha sobrevivido a semejante situación merece de mí, aunque más no sea, respeto.

La tipa ha madurado entre calzones sucios y hormonas adolescentes. Le ha pasado que los 5 en conjunto se han olvidado de su cumpleaños, le critican a menudo la cena que (aún) les prepara, se banca las burlas (reiterativas) porque ella no sabe manejar una computadora. Todo esto sin asesinarlos. Es una santa. Pero algo de culpa debe tener porque, por ejemplo, estando ya recontra casados, me llama, si, a mi, y me dice que por favor le diga a su hijo que se abrigue porque hace frío. Lo bueno es que yo no filtro (Lo debo tener en los genes). Le he respondido todo lo que se les ocurre. Y un poco más.

Con el tiempo incluso ha sabido comprender que, aunque me llevé a su hijo mayor, no soy tan mala. Sin lugar a dudas debe haber ayudado el nacimiento de mis hijas. Sus nietas. No tiene la más puta idea de cómo poner una hebilla, pero las ama con locura.

Mi hija mayor se parece físicamente a ella, revanchas del destino, se lo merece después de tanto olor a huevo. Y mi suegra de a poco se ha ido soltando y está más cariñosa y más sensible. Nos prestamos ropa, tiene en mí a quien confiarle algún comentario femenino (porque hablo como un camionero pero soy mujer eh) y hasta ha dejado, en algunas honrosas ocasiones, de cocinarle el plato preferido a su delfín para cocinar algo que me gusta a mí. (Otro acto de justicia, harta estaba yo de ir a comer a lo de mis suegros el plato preferido de mi marido y a la casa de mis padres, obvio, el plato preferido de mi marido).

Ahora que lo pienso, el temita del vestido (Gris) ha sido un buen entrenamiento. Digo, si no contraté un sicario en ese momento no lo iba a contratar nunca. Y nuestro días, años, pasan plácidos, con una suegra ubicada que ha tenido a su vez, según ella misma cuenta, una suegra ejemplar. Agradezco entonces y recibo el legado. Lo que no prometo es continuarlo.

Si tengo que decir que, errores endémicos, yo bajo la guardia y entonces ingreso a su casa, apenas hace un par de días, y me dice sonriente que tiene algo para mi. Y sale contenta a buscar una bolsa y me espeta en la cara: “Me regalaron una remera gigante, a vos te va a quedar perfecta”. Y estira la mano para darme el “regalo” que me va a quedar “perfecto” porque es “gigante”. Me mira cándida. Abraza a mi hija, nos despedimos y nos vamos.

Después de todo yo también me debo mandar nueradas. No está mal, de vez en cuando, recordar cuál es nuestro parentesco. Confieso sin embargo, que entre evento y evento, la quiero. Mucho.

Aunque sea dentista. Y aunque sea mi suegra.

M de Mamama. Otra vez.

Hay algo que me cayó mal y anoche me acosté con retorcijones. Puteando a medio mundo porque no me gusta el dolor de panza.

Mi marido de viaje, la menor no entiende de ausencias y extraña. La menor y la mayor en mi cama, que está bien que mide 2 x 1,80 pero igual tres éramos muchas.

Logré dormirme, entre las tripas revueltas y las patadas de la criatura y a la madrugada la pequeña escaló a la hermana y se fue de cabeza al piso. Puta madre. Llanto, luz, inspección para descubrir golpes y a dormir otra vez. Y un ratito después, el despertador.

Arrancamos el día. Repartija de hijas, llegué a la oficina. Los lunes son días complicados. La panza dolía un poco menos y tenía mucho sueño yo. Así que como suelo hacer en esas situaciones, di vuelta la cosa y me dispuse a ponerle onda a la cuestión. Y cuando la energía renovada inundaba mi accionar, ahí nomas, sonó el teléfono.

Era mi hermana, la menor. Mamama está tirada en el piso, me dijo. Mamá y Papá ya salieron para ahí, aclaró. Sin mucha preocupación porque la habíamos encontrado desmayada una vez. Yo, porque si, sin ninguna premonición extraña, porque si, agarré los anteojos de sol, me olvidé la cartera y salí para la casa de mi abuela.

Llegué y la ambulancia, mi madre, mi padre, el gasista que justo tenía que terminar un trabajo y la señora que la cuida. Cuidaba. Mi padre reflexivo, el gasista angustiado, la novata Dra. del SAME asustada y mi mamá y la señora que la cuidaba llorando a los gritos. Porque viste que nosotros si no parecemos una película de Fellini no somos nosotros.

Y en el medio de todo eso, tirada en el piso, de espaldas, Mamama muerta.

Hace poco ella había amenzado con no hacerlo nunca. Morirse digo. Pero parece que le falló el oráculo.

Después el kilombo propio de todas las muertes. Y como yo soy mejor haciendo que sufriendo, me puse a hacer. Llamados, la cana (muerte dudosa porque estaba sola), la cochería, el pami, el certificado de defunción, que dónde carajo está la libreta de casamiento. Hermoso todo.

Descubrí que uno se muere como es. Mamama se murió de espaldas porque se golpeó la cara y con lo coqueta que era no iba a permitir que la viéramos amoratada. Y con la ropa prolija y planchada. Todo ordenado y los aritos puestos. Descubrí también que la orfandad no tiene edad. Mi mamá, tan grandota y con tanta polenta, tan sobreviviente de su propia vida, ella, estaba ahí llorando, abrazando a su hermano (Otro boludo grandote) y ahí, ellos dos, se recibían de huérfanos con un dolor intimo e incompartible.

No todo fue reflexión, por suerte puede pelearme con la doctora del Pami que muy suelta de cuerpo me dijo que iba a buscar el bisturí. Y cuándo le pregunté para qué me dijo que para sacar el marcapasos. Bestia, ahí, en su propia casa, sacarle a mi abuela la pila, delante de sus hijos. Ya se yo que esa no era mi abuela, pero anda a explicármelo a mi en ese momento. Pobre doctora no sabia con quien se cruzaba, casi me la como cruda.

Con todo listo, cuando ya eran las 5 de la tarde. Volví a casa con las dos nenas, una abuela menos y una tristeza nueva. Y sin querer, lloré. En el baño sin que me vean mis hijas. Si comparto un dolor con ellas tengo que estar tan fuerte como para poder absorber su propia angustia y dejarlas limpias. Y no era el caso. Millones de llamados de amigos. Pero se preocupan, porque no tengo el llanto fácil y hay muchos que me deben haber oído llorar por primera vez. Y bueno, lo que duele tiene que doler. Sino te enfermás.

Me saqué los zapatos y de a poco dejé atrás esa casa llena de cosas pero vacía porque ella ya no está. No pude dejar el llanto de mi mamá ni el de mis hermanas. Tengo la cara de las tres en mi cabeza. Me duele la muerta y me duelen las vivas. Cosas del amor.

Me bañé tranquila, porque mi amiga del alma, omnipresente, se carga a mis hijas y a mi angustia y me permite esos espacios hasta cuando no me corresponden.

Es rara la tristeza. Hacía mucho que no la sentía. No te deja lugar para muchas otras cosas. Y ya sé yo que Mamama tenía 90 años, tres marcapasos y un alzheimer galopante. Pero nada de eso tiene que ver con el dolor.

Es raro este post también. Es que el hábito de la escritura se me hizo carne, también hacía mucho que no lo sentía. Lo lamento por los lectores en este caso. Yo ya le había escrito a Mamama. Ahora tengo la necesidad de repetirlo en un burdo y remañido intento de hacerla perdurar. Luego, pronto, volverá el humor.

Me dijo una de mis mejores amigas hace un rato que yo ya sé que la muerte no existe. Y si es cierto, agotada y con ganas de un té, mientras escribo, empiezo a creer que después de tantos años de olvidos y alucinaciones, de enfermedad, desconocimiento y confusión, justamente hoy, el día de su muerte, yo recuperé a Mamama.

Cosas de la vida y de la muerte. Son lo mismo. Estoy en paz. Y ya no me duele la panza.


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