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CONSEJOS NO SOLICITADOS



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Los farmacéuticos no se distinguen por su sentido del humor. Su trabajo les exige poner cara seria, incluso grave, porque tratan con enfermos, y la enfermedad no es o no debiera ser cosa de broma.

Sin embargo, yo conocí a un farmacéutico canadiense con tan buen humor que ni se alteró cuando lo llevaron preso por vender remedios sin receta. Por encima de su diploma universitario había colgado un letrero aún más grande, que decía:

Tarifa
Dar un consejo: $ 5
Recibir un consejo: $ 10


No me refiero al consejo que se pide al médico, abogado, maestro, asistente social u otro consejero profesional, quien ha sido debidamente entrenado para aconsejar sobre asuntos especializados. Me refiero a los consejeros aficionados, los que se empecinan en dar gratuitamente consejos no solicitados sobre el estilo de vida que debiéramos adoptar.

Entre estos consejeros espontáneos se distinguen los arquitectos, dictadores, sacerdotes y suegros de ambos sexos. Yo lo afirmo con autoridad, porque tengo parientes arquitectos, he vivido bajo dictaduras, he escuchado sermones, y me he oído a mí mismo aconsejar a mis infortunados yernos y nueras.

Los consejeros aficionados suelen tener buenas intenciones: creen sinceramente saber cómo deberían vivir los demás, aunque a ellos mismos no les vaya muy bien, tal vez porque no les queda tiempo para examinarse a sí mismos. Yo he sufrido a editores que me decían qué libros tendría que escribir; a alumnos que me enseñaban qué y cómo enseñar; y a colegas que criticaban mis planes de investigación, aunque ellos mismos no investigaban.

De todos los consejeros, los más peligrosos son los que abusan de su poder económico o político para instruir a pueblos íntegros sobre la forma en que debieran gobernarse o dejarse gobernar. Por ejemplo, los gobernantes y embajadores de grandes potencias han pretendido dar lecciones de democracia al resto del mundo, aunque ellos mismos no hubieran sido electos democráticamente, y aún cuando toleraban o apañaban a dictadores amigos. Ejemplos famosos: Henry Kissinger y Condy Rice.

Para no ser menos, grandes banqueros internacionales y famosos economistas les han dictado a sus clientes nacionales recetas pretendidamente universales para desarrollarse con independencia de los recursos, historias y aspiraciones de sus pueblos. Sólo una profunda y amplia ignorancia de la historia, unida a la soberbia que confiere el poder, puede producir tales disparates. ¿Qué puede saber el burócrata sentado en su despacho en Washington, Londres o París sobre lo que necesita y lo que quiere y puede hacer una persona que vive en un mundo lejano y ajeno?

De todos los consejeros, los más ridículos son los que pretenden planear en detalle la vida de todo un pueblo. Entre ellos descuellan los teólogos integristas y los utopistas sociales. Los primeros han pretendido regular las vidas privadas sin tocar la sociedad, como si las virtudes y los pecados fueran totalmente independientes de las circunstancias sociales.

No hay costumbre tan arraigada que no sea afectada por una revolución social, tal como la abolición de la esclavitud o la emergencia de la producción en masa. Ni hay santo que salga incólume de un campo de concentración, ni delincuente que prospere en una aldea.

En cambio los utopistas sociales, tales como Fourier, Owen y Saint Simon, se propusieron cambiar la sociedad de raíz, arrancando las causas de la injusticia social. Imaginaron sociedades perfectamente justas, y al mismo tiempo tan perfectamente ordenadas y reglamentadas que hacían imposibles tanto la iniciativa individual como la invención de nuevas instituciones.

Se explica: ninguno de esos pensadores se enteró de la única lección que puede enseñar la historia, a saber, que todo cambia. Además ninguno de ellos tuvo la experiencia necesaria para afrontar problemas prácticos. (Robert Owen fue excepcional: era empresario industrial y fundó dos comunas que funcionaron durante un tiempo: Lanark en Gran Bretaña y New Lanark en los E.E.U.U.)

Aunque muy diferentes entre sí, tanto los fanáticos religiosos como los utopistas sociales compartieron una característica: pretendieron encuadrar bajo un régimen y en detalles las vidas privadas. O sea, se propusieron eliminar la libertad individual: la libertad de conciencia y de palabra, de elegir ocupación, residencia y esposo, de concebir niños e ideas, de comer y beber, etcétera. Todo estaba previsto minuciosamente. En otras palabras, unos y otros fueron antiliberales.

En resumen, desconfiemos de los consejos no solicitados que nos ofrecen personas que no están capacitadas para darlos, y que acaso sólo se propongan manipularnos para acrecentar su autoestima o su poder político, económico o cultural. Éste es mi consejo.

Y puesto que mis lectores no me lo han pedido, harán bien en desconfiar de él.

100 Ideas
El libro para pensar y discutir en el café
Mario Bunge

Mario Bunge, nacido en Bs.As. en 1919, se doctoró en ciencias físicomatemáticas, obtuvo quince doctorados honoris causa y pertenece a cuatro academias. Fundó la Universidad Obrera Argentina, la revista Minerva, la Society for Exact Philosophy y la Asociación Mexicana de Epistemología. Fue profesor titular en las universidades de Buenos Aires, La Plata y Nacional Autónoma de México, así como profesor visitante en cuatro universidades norteamericanas y cinco europeas. Es autor de más de quinientos artículos y más de cincuenta libros sobre ciencias y filosofía, entre ellos Foundations on Physics, La investigación científica, Ciencia, técnica y desarrollo, Treatise on Basic Philosophy (en 9 tomos), Filosofía de la Psicología (con Rubén Ardila), Fundamentos de la biofilosofía (con Martín Mahner), Buscando filosofía en las ciencias sociales, Las ciencias sociales en discusión, La conexión sociología-filosofía, Diccionario filosófico, Crisis y reconstrucción de la filosofía, Emergencia y convergencia y Chasing reality. Algunas de sus obras han sido traducidas a doce lenguas. Actualmente prepara un libro sobre filosofía política.
Está casado con la matemática Marta Cavallo y tiene cuatro hijos, todos ellos profesores universitarios: Carlos (físico), Mario (matemático), Eric (arquitecto) y Silvia (psicóloga).

XXX Alabado sea el seno que rompió un amor impaciente.

La luna

    Hay tanta soledad en ese oro.
    La luna de las noches no es la luna
    Que vio el primer Adán. Los largos siglos
    De la vigilia humana la han colmado
    De antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.

    J.L.B.


            Moon Moon Moon Moon Moon Moon Moon Moon

            Cuando ella le pidió la Luna, él pensó:

            ¿ Hasta dónde tendré que ir ? ¿A cuántos km de distancia estará?

            Pero la mina estaba muuuuuuy buena y él no era tipo de achicarse…así que se dijo a sí mismo: si en la escuela primaria lo pueden hacer…
            ¡¡ YO TAMBIÉN!!

            Sabía que necesitaba el radio del Sol y lo midió…bueno, medirlo lo que se dice medirlo no…pero como tenía ángulos a mano, probó y le calzó un ángulo f.

            Por suerte para el enamorado estaba por ocurrir un eclipse de Luna, cuando la sombra de la Tierra se interpone y la deja oscurita. Y lo esperó y le midió el radio a la Luna. Bueno, medir…medir no…pero le ajustó un ángulo h.

            También tenía un esquemita como el de la figura, que pertenecía al libro de astronomía de su sobrino y se dio cuenta de que la suma de los ángulos f y h, que había medido eran en realidad la suma de los ángulos g e i.

            Como la distancia Sol-Tierra es muuucho mayor que la distancia Tierra-Luna, el ángulo g.
            era muuuy chiquito, casi cero.

            De modo que el hermoso ángulo i, bajo el cual, un hipotético observador que estuviera en el centro de la Luna vería el radio de la Tierra,

            en realidad ya lo tenía

          i = f + h


          Entonces agarró el radio de la Tierra R, que había sido medido por Eratóstenes con una maderita alrededor del año 200 a.c. y dividiendo por el seno del ángulo i…(sí claro, lo tomó de las tablas trigonométricas del nene), calculó

          D = R / seno(i)

          ¡¡ y encontró la distancia a la Luna !!!

          Cuando volvió…la mina ya se había ido.

          Butterfly 4Butterfly 4Butterfly 4Butterfly 4Butterfly 4Butterfly 4Butterfly 4Butterfly 4


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