Poeta español nacido en Sevilla en 1908 en el seno de una familia de alta burguesía. Desde niño estudió en colegios privados de órdenes religiosas y en 1926 ingresó a la Universidad de Granada para iniciar sus estudios de Derecho, trabando amistad allí con Federico García Lorca cuyo estilo poético marcó toda su carrera. La obra poética de Rafael de León está dividida en dos grandes apartados: poesías propiamente dichas, y letras para canciones. En casi toda su obra, inspirada en ambientes muy típicos de Andalucía, se refleja el gracejo popular andaluz. Entre sus obras más destacadas figuran: «Pena y alegría del amor», «Profecía» y «Romance de la serrana loca».Falleció el poeta en la ciudad de Madrid, en 1982.
ESTE SÍ QUE ES TEMA DE ACTUALIDAD… LOS INVITO A LEER Y MEDITAR
Ensayo para ser leído y discutido en reunión del club de historiadores y anticuarios
de Hartford, propuesto para el premio de treinta dólares (1).
Ahora publicado por primera vez.
OBSERVEN BIEN, NO PRETENDO insinuar que la costumbre de mentir haya sufrido
decadencia o interrupción algunas… no. Y es que la mentira, en tanto virtud y principio, es
eterna; la mentira en tanto recreación, respiro y refugio en tiempos de necesidad, la Cuarta
Gracia, la Décima Masa, la mejor y más segura amiga del hombre, es inmortal, y no
desaparecerá de la faz de la tierra mientras exista este club.
Mi queja se refiere sólo a la decadencia del arte de mentir. Ningún hombre de principios,
ninguna persona en sus cabales, puede ser testigo de la forma de mentir torpe y descuidada
de la época presente, sin dolerse de ver tan noble arte así prostituido. En presencia de tan
nutrido grupo de veteranos, naturalmente abordo el terna de manera tentativa; soy como
una solterona tratando de enseñar puericultura a quienes han sido madres por milenios. No
me quedaría bien criticarlos a ustedes, caballeros, pues todos son mayores que yo —y
superiores a mí en este asunto— y, por ende, si de vez en cuando parezco hacerlo, confíen
en que, en la mayor parte de los casos, lo hago con espíritu de admiración más que por
buscarles los defectos. Es más, si ésta, la más bella de las bellas artes, hubiera recibido en
otras partes la atención, el aliento, la práctica consciente y el desarrollo que ha recibido en
el presente club, no necesitaría yo pronunciar este lamento o derramar lágrima alguna. No
lo digo para adularlos: lo digo en un espíritu de reconocimiento y apreciación justos.
(En este punto había tenido la intención de mencionar nombres y dar ilustraciones de
especimenes precisos, pero los indicios observables a mi alrededor me aconsejaron evitar
los detalles y ceñirme a las generalidades.) No existe hecho más firmemente establecido que el de considerar la mentira como una
necesidad de nuestras circunstancias…por tanto, la deducción de que es una virtud, por
sabida se calla. Ninguna virtud puede llegar a su máximo esplendor sin ser cuidadosa y
diligentemente cultivada…; por ende, se cae de su peso que ésta debería enseñarse en las
escuelas públicas, al calor del hogar, y hasta en los periódicos. ¿Qué posibilidades tiene un
mentiroso ignorante y poco cultivado al lado de un experto educado? ¿Qué posibilidades
tengo yo con Mr. Pe…. un abogado? Mentiras juiciosas es lo que el mundo necesita. A
veces pienso que sería aún mejor y más seguro no mentir en absoluto, que hacerlo con falta
de juicio. Una mentira torpe y poco científica suele ser tan poco efectiva como la verdad.
Veamos ahora qué opinan los filósofos. Observen este venerable proverbio: “Los niños
y los tontos siempre dicen la verdad”. La deducción es obvia: “Los adultos y los sabios
nunca la dicen”. Parkman, el historiador, comenta: “El principio de la verdad se puede
llevar hasta el absurdo”. En otro lugar del mismo capítulo escribe: “Es viejo el dicho de que
no se debe decir la verdad todas las veces, y aquéllos cuya conciencia enferma los preocupa
y los lleva a la violación habitual de la máxima son imbéciles y latosos”. Las palabras son
fuertes, pero verdaderas. Nadie podría vivir con alguien que todo el tiempo ande diciendo la
verdad; pero, gracias a Dios, nadie tiene que hacerlo. Alguien que a toda hora dice la
verdad es simple y llanamente un ser imposible e inexistente; jamás ha existido.
Claro que hay quienes piensan que jamás mienten: pero se equivocan… y esta ignorancia es
uno de los aspectos que nos hacen sentir vergüenza de nuestra mal llamada
civilización.Todo el mundo miente, todos los días, a toda hora; despierto, dormido, en los
sueños, en medio de la dicha, en su hora de dolor; aunque no mueva la lengua, ni las
manos, ni los pies, ni los ojos, con la actitud expresa el engaño… y lo hace ex profeso. Aun
en los sermones… pero basta ya de la cantinela.
En un país distante, donde viví hace tiempos, las mujeres solían salir a hacer visitas con el pretexto humanitario y noble de quererse ver, y cuando regresaban a sus casas exclamaban con voz de contento: —Hicimos dieciséis visitas y he aquí que catorce personas habían salido. Con ello no querían decir que les había parecido malo que las catorce hubieran salido;
no, ésta era sólo una manera de querer decir que no estaban en casa… y su modo de decirlo
expresaba lo mucho que les había gustado el hecho. Ahora bien, su pretensión de querer ver
a las catorce —y a las otras dos con las que habían tenido menos suerte— es la forma de
mentira más común y más suave, que se ha descrito muchas veces como desviación de la
verdad. ¿Fue justificable? Claro que sí: fue hermosa y fue noble, pues su objetivo no fue
obtener beneficios propios sino procurar un placer a las dieciséis personas.
El traficante de verdades empedernido manifestaría con franqueza que no quería ver a
esas personas… y sería un burro, pues infligiría un dolor del todo innecesario. Y, además,
esas mujeres de aquel lejano país… pero, no importa, tenían miles de agradables maneras de
mentir, producto de sus impulsos nobles, que daban crédito a su inteligencia y honor a sus
corazones. Qué importan los detalles. Los hombres de aquel lejano país eran, sin excepción, mentirosos. Hasta su saludo era
una mentira, porque a ellos no les importaba cómo estuviera uno, a no ser que fueran
empresarios de pompas fúnebres. Al preguntón normal le daban una respuesta mentirosa
también, pues uno no hace un diagnóstico concienzudo de su estado sino que contesta al
azar, y por lo general se equivocaba de cabo a rabo. Le mentían al empresario de pompas
fúnebres, diciéndole que la salud les estaba flaqueando… mentira totalmente loable, pues no
cuesta nada y complace al otro. Si un extraño lo visitaba a uno y lo interrumpía, con los
labios uno pronunciaba un caluroso: “Encantado de verte” y con el corazón, un más
caluroso: “Ojalá estuvieras con los caníbales y fuera hora de la cena”. Cuando se iba
alguien, se decía con lástima: “í,Ya te tienes que ir?”, seguido por un ‘Volvemos a hablar”,
pero no se hacía ningún daño con ello, porque no se engañaba a nadie ni se infligía lesión
alguna, mientras la verdad los habría hecho desgraciados a los dos. Me parece que esta forma cortés de mentir es un arte amable y fascinante, que debe
cultivarse. La perfección más elevada de la cortesía no es más que un hermoso edificio,
construido, desde la base hasta el techo, con las modalidades doradas y graciosas dcl
embuste altruista y caritativo.
Lo que me parece execrable es la incidencia, cada vez mayor, de verdades brutales.
Hagamos lo que esté en nuestras manos para erradicarlas. Una verdad injuriosa no vale más
que una mentira injuriosa. Ninguna debe ser enunciada jamás. El hombre que dice una
verdad injuriosa por miedo a que no se salve su alma si hace lo contrario, debería pensar
que esa clase de alma estrictamente hablando no vale la pena salvarse. El hombre que dice
una mentira para sacar a un pobre diablo de un lío, es aquel del que los ángeles sin duda
dicen: “Loor, he ahí un alma heroica que pone en peligro su propio bienestar para socorrer
al vecino; exaltemos a este mentiroso que muestra tanta magnanimidad”.
Una mentira injuriosa no es digna de encomio; así como, y también en el mismo grado,
no lo es una verdad injuriosa.., hecho reconocido por la ley del libelo.
Entre otras mentiras comunes tenemos la silenciosa: el engaño que se hace simplemente
quedándonos callados y ocultando la verdad. Muchos defensores a ultranza de la verdad
caen en tal defecto, al imaginarse que no están siendo mentirosos si no dicen expresamente
una mentira. En aquel país lejano donde alguna vez residí, existía una persona encantadora,
una dama cuyos impulsos eran siempre elevados y puros, y cuyo carácter les hacía honor.
Un día que estaba comiendo allí, comenté, de modo general, que todos mentimos. Ella se
sorprendió y dijo:
—No todos.
Como esto sucedía en tiempos posteriores al Pinafore, no respondí lo que naturalmente
liaría, sino que dije con franqueza:
—Sí, todos.., todos somos mentirosos; no hay excepciones.
Aparentando estar muy ofendida, dijo:
— ¿Me incluyes también a mí?
—Ciertamente –dije—, creo que tú hasta clasificas como experta.
Entonces respondió;
—¡Cá1late! ¡Los niños! —de modo que cambiamos el tema en consideración a la
presencia de los infantes, y seguirnos hablando de otras cosas. Pero tan pronto se retiraron
éstos, la dama muy entusiasmada volvió al tema y dijo:
—Tengo por regla de vida nunca decir una mentira, y jamás me he apartado de ella ni en un
solo caso.
Yo le contesté:
—No quiero herirla o faltarle al respeto de ninguna manera, pero es imposible haber
dicho más mentiras que las suyas desde que ha estado aquí. Y mc ha ocasionado mucho
dolor, porque yo no estoy acostumbrado a eso.
Ella me pidió un ejemplo.., sólo uno. Entonces dije:
—Bien, aquí tiene el duplicado vacío de un formulario que el hospital de Oakland le
envió con una enfermera que vino aquí a cuidar a su sobrinito en su grave enfermedad. En
este formulario hacen toda clase de preguntas relacionadas con la conducta de la enfermera:
¿Se durmió alguna vez en su vigilia? ¿Alguna vez olvidó dar la droga?, etc. Le advierten
que sea muy cuidadosa y explícita en sus respuestas, porque la buena marcha del servicio
depende de que las enfermeras sean multadas o se las castigue por las faltas cometidas.
Usted me contó que estaba fascinada con esa enfermera, pues tenía mil cualidades y un solo
defecto: que no podía confiarse en que arropara a Johnny lo suficiente mientras él esperaba
en el aire frío a que ella le tendiera la cama caliente. Usted llenó el duplicado de este papel
y lo envió al hospital por conducto de la enfermera. Cómo respondió usted a la pregunta
“¿Fue culpable alguna vez la enfermera de un acto de negligencia que pudiera dar como
resultado que el paciente se resfriara?”. Vamos, aquí en California…, todo se decide con
una apuesta: diez dólares contra diez centavos a que usted mintió cuando contestó esa
pregunta. —¡No la contesté; la dejé en blanco! —dijo ella. —Eso mismo… usted dijo una mentira silenciosa; dejó que se infiriera que no había
encontrado ningún defecto en ese punto. -¿Oh, era eso una mentira? ¿Y para qué mencionar su único defecto siendo ella
tan buena…? Habría sido cruel —dijo ella. Contesté:
—Uno siempre debe mentir cuando puede hacer un bien con la mentira, y su impulso
fue correcto, pero su juicio pobre; esto es el producto de una práctica poco inteligente.
Ahora observe el resultado de esta desviación inexperta suya. Usted sabe que Willie, el hijo
de Mr. Jones, está gravísimo, pues padece de fiebre escarlata. Resulta que su
recomendación fue tan entusiasta que esa muchacha está allá cuidándolo, y sus familiares,
que estaban exhaustos, se confiaron y se quedaron profundamente dormidos las últimas
catorce horas, dejando a su hijo querido con plena confianza en esas manos fatales, porque
usted, al igual que el joven George Washington, tiene reputación de… sin embargo, si usted
no tiene mejor programa, mañana vengo para que asistamos juntos al entierro, porque, claro
está, supongo que usted sentirá un peculiar interés en el caso de Willie…; un interés
personal, de hecho, como la persona que lo llevó a la tumba. Pero todo eso se perdió. Antes de que yo llegara a la mitad de lo que iba a decir, la
mujer se montó en un coche y a treinta millas por hora se embocó hacia la mansión de los
Jones para salvar lo que quedara de Willie y relatar cuanto sabía de la enfermera fatal. Todo
lo cual era innecesario, pues Willie no estaba enfermo; yo había mentido. Pero en todo
caso, ese mismo día envió unas palabras al hospital para llenar el espacio vacío que había
dejado sin contestar, y estableció los hechos, además, de la manera más franca y directa.
Bien; como ustedes pueden ver, el problema de esta mujer no estaba en que mintiera,
sino en que no lo hiciera de manera juiciosa. En ese caso debió haber contado la verdad, y
haberle compensado a la enfermera con una alabanza fraudulenta más adelante. Podría
haber dicho: “En un aspecto, la enfermera es el non plus ultra de la perfección: cuando está
de guardia, jamás ronca”. Casi cualquier mentirilla agradable le habría sacado el veneno a
esa complicada pero necesaria formulación de la verdad. La mentira es universal.., todos mentimos; todos tenemos que hacerlo. Por tanto, lo
sabio es educarnos con diligencia a fin de mentir de manera juiciosa y considerada; a fin de
mentir con un buen propósito y no con uno pérfido; a fin de mentir para ventaja de los
demás y no para la nuestra; a fin de que nuestras mentiras sean aliviadoras, caritativas y
humanitarias, y no crueles, letales o maliciosas; a fin de mentir de manera agradable y
graciosa, no torpe y tonta; a fin de mentir con firmeza, franqueza y desfachatez, con la
cabeza en alto, sin vacilaciones ni torturas, sin actitudes pusilánimes, como si nos
avergonzara el gran deber que tenemos de hacerlo. Sólo así nos desharemos de la verdad
hedionda y pestilente que está corroyendo la tierra; sólo así seremos valiosos, buenos y
bellos, moradores meritorios de un mundo en el que incluso la naturaleza benigna suele
mentir, excepto cuando promete mal tiempo. Sólo entonces…, pero no soy más que un
pobre estudiante nuevo de este arte gracioso, y no soy nadie para instruir a este club.
Hablando en serio, creo que es imprescindible examinar con inteligencia qué tipos de
mentiras son las mejores y más saludables, dado que todos tenemos que mentir y que todos
mentimos; y qué tipo de mentira es mejor evitar. Considero que esto es algo que con toda
confianza puedo poner en las manos de este club de expertos, una entidad madura, a la que
puede ponérsele el epíteto a este respecto, y sin adulación inmerecida, de “Maestra
Emérita”. (1) No acepté el premio.
♪♫☼☺♀☻♥♦ Te deseo primero que ames, y que amando, también seas amado. Y que, de no ser así, seas breve en olvidar y que después de olvidar, no guardes rencores. Deseo, pues, que no sea así, pero que sí es, sepas ser sin desesperar.
♣♠◘○◙♂♀♪♫☼►☺↕‼ Te deseo también que tengas amigos, y que, incluso malos e inconsecuentes sean valientes y fieles, y que por lo menos haya uno en quien confiar sin dudar
♫☼☺♀☻♥♦ Y porque la vida es así, te deseo también que tengas enemigos. Ni muchos ni pocos, en la medida exacta, para que, algunas veces, te cuestiones tus propias certezas. Y que entre ellos, haya por lo menos uno que sea justo, para que no te sientas demasiado seguro
♣♠◘○◙♂♀♪♫☼►☺↕‼ Te deseo además que seas útil, más no insustituible. Y que en los momentos malos, cuando no quede más nada, esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie.
♪♫☼☺♀☻♥♦ Igualmente, te deseo que seas tolerante, no con los que se equivocan poco, porque eso es fácil, sino con los que se equivocan mucho e irremediablemente, y que haciendo buen uso de esa tolerancia, sirvas de ejemplo a otros.
♣♠◘○◙♂♀♪♫☼►☺↕‼ Te deseo que siendo joven no madures demasiado de prisa, y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer, y que siendo viejo no te dediques al desespero. Porque cada edad tiene su placer y su dolor y es necesario dejar que fluyan entre nosotros.
♪♫☼☺♀☻♥♦ Te deseo de paso que seas triste. No todo el año, sino apenas un día. Pero que en ese día descubras que la risa diaria es buena, que la risa habitual es sosa y la risa constante es malsana.
♣♠◘○◙♂♀♪♫☼►☺↕‼ Te deseo que descubras, con urgencia máxima, por encima y a pesar de todo, que existen, y que te rodean, seres oprimidos, tratados con injusticia y personas infelices.
♪♫☼☺♀☻♥♦ Te deseo que acaricies un perro, alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero erguir triunfante su canto matinal, porque de esta manera, sentirás bien por nada.
♣♠◘○◙♂♀♪♫☼►☺↕‼ Deseo también que plantes una semilla, por más minúscula que sea, y la acompañes en su crecimiento, para que descubras de cuantas vidas está hecho un árbol.
♪♫☼☺♀☻♥♦ Te deseo, además, que tengas dinero, porque es necesario ser práctico, Y que por lo menos una vez por año pongas algo de ese dinero
♪♫☼☺♀☻♥♦♪♫☼☺♀☻♥♦♪♫☼☺♀☻♥♦ frente a ti y digas: “Esto es mío”. sólo para que quede claro quién es el dueño de quién.
♣♠◘○◙♂♀♪♫☼►☺↕‼ Te deseo también que ninguno de tus defectos muera, pero que si muere alguno, puedas llorar sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.
♪♫☼☺♀☻♥♦ Te deseo por fin que, siendo hombre, tengas una buena mujer, y que siendo mujer, tengas un buen hombre, mañana y al día siguiente, y que cuando estén exhaustos y sonrientes, hablen sobre amor para recomenzar.
Pasaron cinco años, y todo era amor, felicidad en el reino de Sigfrido. En cambio, en Burgundia, Brunilda continuaba amargada por su situación. Ya no deseaba a Sigfrido como antes, ahora lo que deseaba era vengarse de él, por envidia. Así que sugirió, mandó a su marido que invitara a su más querido vasallo, Sigfrido, a pasar una temporada a Burgundia. Gunther, que aunque era el rey, ni tomaba parte en las decisiones, así hizo. Acudió la adorable pareja, y su primer acto fue asistir a misa en la capital de Burgundia. Para la ocasión, Crimilda se puso el cinturón de la Valquiria, que llevaba años poniéndose por coquetería y por orgullo, y lo escondió bajo su manto. En la entrada de la catedral, se produjo uno de los episodios más bochornosos de la la Historia de la Diplomacia. Crimilda quiso entrar la primera a la catedral, cosa que no gustó a Brunilda. Así entre cuñadas se inició una sucia pelea verbal, hasta que Crimilda confesó el origen de su cinturón para demostrar que su marido era el más macho. Brunilda, sintiéndose tan avergonzada juró que se vengaría de Sigfrido.
Le pidió la Valquiria a su marido que matara a Sigfrido, ya que le había deshonrado revelando la historia del cinturón. El rey no quería hacerlo, pero al final se vio envuelto en una conspiración urdida por el envidioso Hagen. Al día siguiente del episodio de la catedral, se iba a organizar una cacería. Hagen, muy astuto, fue a confesarle a Crimilda que su marido tenía enemigos, y que durante la cacería se atentaría contra su vida. Crimilda, que era tonta del bote, le pidió a tito Hagen que lo protegiera, y él accedió, pero a cambio debía saber cuál era su famoso punto débil. Crimilda, se lo dijo, y para facilitar las cosas, cosió en su túnica una equis roja que indicaba el punto exacto. Y pasó lo que tenia que pasar. Mientras Sigfrido bebía agua en un manantial Hagen lo hirió de muerte con la lanza en el hombro. Sigfrido murió, pero con él no acabaron las desgracias del anillo. Gunther creyó que con esta “hazaña” ganaría el favor de Brunilda, pero no fue así, sin embargo. Ella, fue a la iglesia, y a los pies del féretro murió de dolor.
La venganza
Crimilda consagró entonces su vida a vengarse de los asesinos de su esposo. Hizo traer el tesoro de los Nibelungos desde la isla donde se encontraba, y lo empezó a gastar en comprar el apoyo de los soldados de Gunther. Hagen se dio cuenta de esto, y un buen día, fue con su guardia en busca del tesoro y lo tiró al Rhin. De aquí el mito de que en el fondo del Rhin brilla aún el oro del tesoro de los Nibelungos.
De esta época era también Atila, rey de los Hunos, llamado por muchos “el azote de Dios”. Atila era un pobre viudito, como Crimilda, y le pidió matrimonio a ésta última. Ante la sorpresa de todos, Crimilda no rechazó a este despreciable individuo, y se casó con él para consumar su venganza. Después de varios años de matrimonio, Crimilda le dio a Atila un hijo que, gracias a Dios, a Odín y a Mahoma, se parecía a su dulce madre. Crimilda entonces pidió a su marido un favor especial, que invitara a su familia al reino de los Hunos. Así lo hizo, y aunque Hagen desconfiara, partieron todos, Gunther, Hagen y un ejército de 300 burgundios a ver a Crimilda. En el camino se toparon con el Danubio, y como no todos sabía nadar, Hagen se ofreció para buscar una forma da cruzar. Bordeando el Danubio se encontró con unas ondinas, ninfas de río que predecía el futuro. Le predijeron que nunca nadie de su expedición cruzaría el Danubio de vuelta a casa, excepto el sacerdote. Hagen prsentía esto desde hacía tiempo, pero antes la muerte que ser tachado de cobarde. Encontró finalmente un barco, y lo llevó donde esperaban los burgundios. A bordo del barco puso a prueba el destino, y arrojó al agua al sacerdote. El cura, del golpe, murió, pero fue lentamente llevado por la corriente a la orilla de la que venían. Hagen supo entonces que iba a pasar lo que iba a pasar y que no se podía torcer el destino.
Llegaron a la corte de Atila y mientras comían, el rey insistió en enseñar su joven hijo a sus invitados. Hagen se las dió de brujo, y dijo que le podía leer el futuro al niño. Lo agarró bien y dijo que le quedaba poco tiempo de vida al hijo de Atila y Crimilda. En ese momento, entraron unos guardias burgundios, y gritaron a la sala que los suyos estaban siendo aniquilados por los guerreros hunos. Hagen entonces levantó al niño, lo cogió por un pie y con su espada, le cortó la cabeza, como venganza por sus soldados. Se produjo una carnicería en el salón del banquete. Todos se pegaron con todos, y Crimilda con un hacha mató a todos sus familiares, a Gunther, al traidor Hagen, incluso a sus hermanitos inocentes a los que tanto quería. Atila, horrorizado ante el espectáculo, decidió acabar con su carrera de barbarie y cedió sus tierras al emperador romano Teodosio.
A Sigfrido se le había subido lo del dragón a la cabeza, y decidió que un héroe como él había de casarse con la princesa de sangre más azul que pudiera encontrarse. Por aquel entonces la princesa más princesa que había era Crimilda, la hermana del rey Gunter, que vivía en el reino de Burgundia. Sigfrido emprendió su viaje al tiempo que reconquistaba las tierras de su padre, y dicen que recorrió todo el mundo (aunque “todo el mundo” por aquellos tiempos eran un par de hectáreas alrededor del Rhin) hasta llegar a Burgundia. Tras ese año, Sigfrido era un héroe de renombre, y Gunter estaba encantado con que se casara con Crimilda, pero decidió sacarle provecho a la situación. Le dijo que accedería a que se casara con su hermana si le conseguía a la valquiria Brunilda. Sigfrido aceptó y se fueron todos a Islandia, donde habitaba su madre Brunilda.
Allí fueron Gunter, Sigfrido, Hagel (un guerrero malo y envidioso) y el trovador Volker. Al llegar a Islandia, vieron unos muros de fuego en la playa. Cuando Sigfrido se iba acercando, las llamas disminuían, dejando al descubierto una árbol de plata que crecía en el interior de una hoguera. Sigfrido se siguió acercando, y la última hoguera se apagó y apareció, dormida, la valquiria Brunilda, madre de Sigfrido. Había sido castigada por Odín a dormir envuelta en llamas hasta que llegara el poseedor de la Balmunga.
Brunilda es salvada por su hijo Sigfrido, ella le tira los tejos a su retoño y pasa olímpicamente de Gunter, que al fin y al cabo, es el que ha financiado el crucero a Islandia. Pero Gunter no se dio por vencido tan facilmente, y le dijo a Brunilda que haría lo que fuera para conseguirla. Ella, convencida de la inutilidad de su pretendiente, le impuso tres pruebas: la prueba de la piedra, la del escudo y la del salto.
1. La prueba del salto
Todos los asistentes a la prueba se colocaron en la fortaleza de Brunilda. La primera participante, Brunilda la Valquiria, en representación de Islandia, ejecuta un salto brillante que la hace volar por encima de la fortaleza hasta un campito cercano. El segundo participante, el rey Gunter , en representación de Burgundia, salta aún más lejos que la islandesa ante la incredulidad de los jueces, que creían que ese era el día en que se consumaría el suicidio del monarca. Lo que ellos no sabían es que Sigfrido, usando su anillo, se había vuelto invisible y había saltado con Gunter entre sus brazos, limitándose este último a poner posturita de superman saltador.
2. La prueba de la piedra
Bajo un nombre prometedor, esta prueba consistía básicamente en tirar una roca lo más lejos posible desde el promontorio famoso. La delicada Brunilda agarra la roca de dos toneladas y la tira a varios kilómetros de allí. Gunter, que debía de estar algo fondón, levanta la piedra también, con la ayuda invisible de Sigfrido la mandar a tomar viento fresco. Brunilda se tira de los pelos ante la perspectiva de matrimonio con Gunter.
3. La prueba del escudo
Esta es la prueba definitiva que Gunter tendrá que superar para llevarse a Brunilda a casita. Otra prueba de fuerza en la que hay que derribar al adversario que se protege con un escudo haciendo uso de una lanza. Gunter es el primero en sujetar el escudo, con la ayuda de Sigfrido claro, y sale airoso de la brutal acometida de Brunilda. Sin embargo, Sigfrido es herido en el labio, y una gota de sangre cae al suelo, gota que parece proceder de ningún sitio. Finalmente, Gunter derriba a la valquiria con la lanza, y a esta no le queda más remedio que declararse vencida.
Las bodas
Finalmente Gunter y Brunilda se casaron, muy en contra de la voluntad de esta última, y a Sigfrido por fin se le dio la mano de Crimilda. Brunilda, mortificada por estar casada con tal calzonazos, en vez de con el héroe Sigfrido, le preguntó una y otra vez por qué había permitido que su hermana se casara con un plebeyo como Sigfrido. Gunter se hacía el loco, hasta que Brunilda se cansó y lo ató de pies y manos con su cinturón y lo colgó por la ventana. Ella se fue tranquilamente a dormir y por la mañana lo sacó de allí. Esto lo repitió tres noches, hasta que Gunter decidió tomar medidas, es decir, chivarse a Sigfrido. El héroe pensó que lo mejor sería usar el anillo, que permitía mutar de forma, y hacerse pasar por Gunter la próxima noche. Así lo hizo, atizó bien a Brunilda y además se llevó el famoso cinturón, que escondió en un cajón. Pero este cinturón fue encontrado por su esposa, Crimilda, y creyendolo un regalo, se lo puso un buen día. Cuando Sigfrido lo vio, se puso muy nervioso y le dijo a su esposa que se lo diera, rápido, para tirarlo al Rhin. Ella le pidió una causa, y el dijo que era un secreto. Ella se puso celosa, ya que no era uso de aquellos tiempos que los hombres guardaran cinturones de mujer en los cajones, y Sigfrido se vio obligado a revelar el secreto.
Hay muchas maneras de contar una saga … a mí me gustan las risueñas y ésta es lo bastante fiel y completa como para disculparle cualquier modismo. Como es un poco larga la voy a dividir arbitrariamente en tres partes, para el almuerzo, la merienda y la cena.
PARTE I
Cómo fue encontrado el Anillo de los Nibelungos
Iba un día el dios Odín paseando por el país de los gigantes, cuando en un arroyo vio como una enorme nutria se comía un salmón. Odín la cazó y se la llevó a casa de Reidmaro, el gigante. Allí se disponían a cenar, cuando Reidmaro descubrió que la nutria era su hijo perdido, que había sido encantado y transformado en animal hace tiempo. Odín, que por alguna extraña razón, no quería problemas con aquel individuo de tres metros, le ofreció lo que pidiera a cambio de la vida de su hijo. Reidmaro y sus hijos, Fafner y Mime, pidieron riquezas para cubrir el cuerpo de la nutria muerta. Odín fue entonces en busca del tesoro de los nibelungos.
Los nibelungos eran una raza de enanos que vivían en las entrañas de la tierra, dedicando su vida y su existencia a guardar el fabuloso tesoro. Odín fue a la caverna donde estaba el rey nibelungo Alberico, y le pidió “amablemente” su tesoro. Alberico no tuvo más remedio que acceder. Mientras Alberico veía con lágrimas en los ojos, como la compañía de mudanzas se llevaba su tesoro querido, Odín se dio cuenta de que el enano escondía algo en su puño. El dios se lo arrebató y vio que era un anillo finamente labrado. Alberico le dijo que tenía extraños poderes, pero que para vengar su agravio, una maldición pesaría sobre quien lo llevara a partir de entonces. A Odín le trajo al fresco, que para algo era el padre de los dioses, y se lo llevó.
Odín llevó el tesoro a Reidmaro, y cubrió el cuerpo de la nutria con él. Fafner y Mime pidieron a su padre parte del tesoro, pero este se negó. Fafner optó entonces por la vía diplomática, vamos que mató a Reidmaro, y se apoderó del tesoro. Fafner se negó a compartirlo con su hermano y además se transformó en dragón para poder custodiar mejor sus riquezas. Desde entonces consagró su vida a guardar el tesoro Nibelungo.
Cómo Sigfrido acabó con el dragón.
Odín tuvo un buen ejército de hijos con mujeres mortales, por lo que los germanos nunca pudieron quejarse de falta de héroes. A Sigmundo, su hijo predilecto, le dio la espada Balmunga, que le hacía absolutamente invencible. Sigmundo, que estaba muy ducho en todo eso de la muerte y la destrucción, empezó a hacer buen uso de su arma diezmando la población. Odín bajó a la tierra para impedir que esto sucediera, pero Sigmundo le atacó como a todos los demás. El dios golpeó con su vara la espada de su hijo y ésta se rompió en dos cachos. La valquiria Brunilda (las valquirias eran una guerreras muy bastorras que se encargaban de llevar a los muertos en combate al cielo. Fisicamente sería algo así como un equipo de natación femenino hormonado con piernas de futbolista) mujer de Sigmundo, bajó de Valhalla para ayudarle, y por su osadía fue castigada posteriormente. Antes de morir, Sigmundo le entregó la espada Balmunga a su esposa para que se la diera a su hijo que iba a nacer. Ese hijo, Sigfrido, que pronto fue arrebatado a su madre , fue a vivir con el gigante Mime.
Mime era un guarro celoso, que solo quería venganza contra su hermano Fafner. Cuando Sigfrido hubo pasado la infancia y hubo forjado la, por otro lado, inforjable Balmunga, Mime lo intentó utilizar para consumar su venganza. Le habló de un dragón que guardaba una caverna llena de riquezas y de la gloria que ganaría quien lo matara, y Sigfrido partió a buscarle. El chico no sólo lo encontró, sino que luchó violentamente con Fafner y entre los dos montaron una carnicería de sangre tripas y bilis bastante repulsiva. Cuando Sigfrido hubo acabado con el bicho, se chupó la sangre de las manos, sangre mágica, y a partir de entonces pudo entender el lenguaje de las aves. Precisamente fue un pájaro quien le dijo que si se bañaba en la sangre de un dragón se haría invulnerable. El chaval no lo dudó y se metió bajó una humeante herida del dragón para darse un relajante baño caliente de sangre. Durante la ducha Sigfrido no se dio cuenta de que una hoja de tilo cayó sobre su hombro derecho, dejándolo seco de sangre de dragón (parecido a la leyenda de Aquiles)
Después del baño, Sigfrido entró en la caverna para hacerse con el tesoro. Allí se encontró primero con Mime, que le reclamó el tesoro que le correspondía por herencia. Sigfrido le atravesó un par de veces con la Balmunga y siguió su camino adentrándose más en la caverna, hasta que finalmente, encontró el tesoro. Escondido en una esquina, se encontraba Alberico, el rey Nibelungo, que no había podido olvidarse de su bienamado tesoro y seguía allí haciéndole compañía. Al descubrir a Sigfrido, intentó estrangularle por detrás, pero el héroe, que se las sabe todas, le mató con su todopoderosa espada. Al ser muerto, Alberico se convirtió en una estatua de piedra. Sigfrido entonces vio el anillo maldito, y se lo llevó. A la salida, un amable pájaro le informó de que le anillo que se llevaba le haría invisible y le permitiría cambiar de forma (se le olvidó contarle el pequeño detalle de que también traería la penuria, la desgracia, la agonía, la muerte a su portador)
La Nature est un temple où de vivants piliers
Laissent parfois sortir de confuses paroles;
L’homme y passe à travers des forêts de symboles
Qui l’observent avec des regards familiers.
Comme de longs échos qui de loin se confondent
Dans une ténébreuse et profonde unité,
Vaste comme la nuit et comme la clarté,
Les parfums, les couleurs et les sons se répondent.
Il est des parfums frais comme des chairs d’enfants,
Doux comme les hautbois, verts comme les prairies,
- Et d’autres, corrompus, riches et triomphants,
Ayant l’expansion des choses infinies,
Comme l’ambre, le musc, le benjoin et l’encens,
Qui chantent les transports de l’esprit et des sens
La Naturaleza es un templo donde pilares vivientes
Deja salir a veces confusas palabras;
El hombre pasa a través de bosques de símbolos
Que observan con miradas familiares.
Como largos ecos que se confunden a lo lejos
En una tenebrosa y profunda unidad
Vasta como la noche y como la claridad,
Las fragancias, colores y sonidos de responder.
Hay perfumes frescos como carne de los niños,
Dulces como los oboes, verdes como praderas,
- Y otros, corrompidos, ricos y triunfantes,
Con la expansión de las cosas infinitas,
Como el ámbar, el almizcle, el benjuí y el incienso,
Que cantan los transportes de la mente y los sentidos
Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.
Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.
Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso.
Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle. Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.
Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:
—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.
Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie. Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.
Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.
—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.
Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.
A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?
Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.
No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.
—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.
Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.
—Fue en el verano del setenta y dos —dijo.
Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.
“Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?
Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.
La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta. “Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega. “—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad. “Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.
“Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.
No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.
No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.
Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.
Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar,
donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.
“Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar. “No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo.
Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.
—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
—Probablemente había muerto.
—Sí, probablemente.
—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
—Todo por el arte, ¿eh, Paul?
—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
—Sí —dije—. Supongo que sí.
Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había divertido conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.
—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
—Supongo que estoy en deuda contigo.
—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
—Excepto el almuerzo.
—Eso es. Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.
El cuento de navidad de Auggie Wren
Paul Auster
Tomado de Smoke & Blue in the face
Editorial Anagrama
La Navidad está muy cerca, sólo faltan dos días para que nazca el niño Dios. Javier y Ana son dos pequeños de nueve y siete años, que viven en un barrio muy pobre en la parte alta de la ciudad, a los dos les gusta ver los lindos escaparates llenos de juguetes, no les importa bajar unas empinadas cuestas que les llevan hasta el centro, allí pasan desapercibidos en medio de las personas que hacen las últimas compras antes de la Nochebuena. Esa tarde hace mucho frío, a los dos les quedan pequeños sus zapatos, su madre le ha dicho a la niña que se ponga los de su hermano, pero estos le quedan grandes y le molestan, por lo cual prefiere andar descalza.
Javier le pregunta a su hermana si se anima a dar un paseo. La niña, que cubre sus pies con una vieja manta, de un salto se pone en pie y le dice que sí con un gesto de cabeza. Al salir se miran en un trozo de espejo que hay junto a la puerta, recuerdan que su madre les dice que no salgan con la cara sucia, los dos la tienen, cierran la puerta y cruzan hasta una pequeña acequia donde recogen el agua para la casa. Ana introduce su manita en el agua y la saca muy rápido al tiempo que dice:
- Está muy fría.
Los dos de nuevo se miran y echan a correr con una amplia sonrisa, mientras Ana se restriega la mano helada sobre su ropa.
Antes de llegar al centro hay una pequeña ermita. Está abierta. Los niños se asoman a la puerta. El Belén está encendido. Los dos se acercan a verlo. Ana sonríe satisfecha, cuando ve que el hermoso niño Jesús también está descalzo, se mira los pies, y piensa que no debe de ser tan malo ir descalzo, si el niño Jesús tampoco lleva zapatos. No puede remediar acariciar el pie del niño y este parece volver sus ojitos hacia ella, al tiempo que le sonríe.
Continúan su paseo hasta las calles más céntricas. Siempre se paran a ver los mismos escaparates. Ana mira las hermosas muñecas de largos cabellos y Javier mira embelesado los lindos soldaditos de alegres uniformes. De paso a otra calle donde hay más juguetes, cruzan delante de una pastelería, está llena de gente y hasta ellos llega un rico aroma a dulces. Se acercan al escaparate, pegan sus caritas al cristal, ven los deliciosos pasteles, se miran los dos y piensan lo que darían por comer uno de ellos. El exquisito olor no les deja separase del cristal. De espaldas a ellos, una niña algo más grande, está con su madre esperando que las atiendan, de pronto se vuelve y sus miradas se cruzan, la niña le dice algo a su madre y ella se vuelve a mirarlos. La señora le susurra algo a su hija y esta se dirige a la puerta. Cuando llega a ella, los llama con un gesto de la mano, los dos hermanos se miran y no saben qué hacer, piensan que han hecho algo malo, pero la niña les sonríe y ellos se acercan. Les dice que entren y que elijan un dulce que su mamá se los compra. Ana piensa en la mirada del niño Jesús y entra decidida, Javier tiene miedo, pero la niña le empuja suavemente hasta el mostrador. La señora les pregunta cuál quieren y ellos, que no tienen ni idea de elegir, le dicen que uno, pero que por favor se lo den envuelto en un papel para compartirlo con su madre. La señora emocionada pide una bandeja con seis hermosos pasteles, se los da a los pequeños junto a un beso y les desea feliz navidad, igual que la niña.
Catedral de Santa Ana-Las Palmas de la Gran Canaria
Los pequeños salen de la pastelería apretando muy fuerte aquel pequeño tesoro, que es la bandeja de dulces. Javier le dice a la niña:
- Ana, será nuestra primera navidad con dulces.
La pequeña no deja de pensar en la mirada del niño Jesús. De pronto empieza a llover muy fuerte, los dos corren, tratando de cubrir con sus cuerpos los dulces, pero la lluvia es torrencial y se meten en un portal. Ana empieza a sentir el frío en los pies y tirita un poco, pero sigue agarrada a la mano de su hermano. Se pregunta si les dieron las gracias a la señora y la niña. Todo ocurrió como un sueño, y no lo recuerda. La fuerte lluvia hace que el agua corra por la acera como por la acequia de su barrio, flotando sobre el agua pasa un trozo de papel, la niña se agacha a recogerlo, se ve la foto de un pesebre, hay unos números, se lo enseña a su hermano y este con algo de dificultad lee:
- Lotería Nacional.
Y una fecha:
- 22 de Diciembre, esto es de hoy -dice Javier, quien recuerda que por la mañana escuchó la radio de un vecino, y allí unos niños cantaban números y premios.
Se asoman a la calle a ver si se le ha caído a alguien, pero no hay nadie, todos se han refugiado en portales o tiendas. Ana mira al niño del dibujo en el pesebre y le dice a su hermano
- Mira, Javier, tiene la misma sonrisa del niño de la Ermita.
Javier trata de secar el papel, pero curiosamente está seco. Lo guarda con mucho esmero en su bolsillo. Muy cerca de donde están él sabe que hay un lugar donde se venden esos papelitos. Cuando deja de llover se acercan a la pequeña tienda. En la puerta hay un cartel que anuncia que allí fue vendido El Gordo. Javier no sabe qué significa, pero el número está en letras grandes: 1947. Saca el papelito de su bolsillo y comprueba que es el mismo número. Él no entiende de premios, pero cree que el que tiene en su bolsillo es El Gordo. Agarra muy fuerte la mano de su hermana, mientras sujeta con la otra los dulces y le dice
- Ana, vamos de prisa a ver al niño Jesús, creo que a partir de hoy tendremos una Navidad distinta.
Y se alejan corriendo dispuestos a subir la empinada cuesta como si tuvieran alas en sus pies descalzos.
Soy como quiero ser. A veces me sale, a veces no. Tengo que sacar lo que pasa por mi mente, tengo que sacar afuera todo lo que sé. Cuando encuentro algo desconocido, lo estudio, lo enseño, lo transmito. Sólo muestro los peldaños que subo para que les sirvan a los demás en el mismo ascenso...Soy.
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