Gawain. ¿por qué usar una cinta verde?
La Nochevieja, cuando el año se retira a su lecho de muerte, y la vida, después de haber pasado por sus noches más largas, comienza a soltarse de las garras de la muerte invernal; durante ese lapso entre las fiestas de Navidad y de Epifanía en el que se supone que los duendes y los espectros se han marchado, el Caballero Verde hizo su aparición no anunciada en la corte del rey Arturo. Entró a caballo directamente en el salón principal, y era un hombre de estatura gigantesca; su armadura y su caballo, su rostro y sus armas eran verdes, y lo que empuñaba no era una espada sino una arcaica hacha de combate. Lanzó un desafío a los Caballeros de la Tabla Redonda, que estaban reunidos allí, intimándolos a trabarse en combate con él o quedar deshonrados ante los ojos del mundo.
Pero los términos del desafío eran muy extraños. El caballero que se atreviese a presentarse y convertirse en el paladín de la honra de la corte del rey Arturo debía tomar el hacha de la fantasma y tratar de decapitarla de un solo golpe. A trueque de ello, el mismo paladín debería presentarse en la “Capilla Verde” y enfrentar nuevamente al retador, pero esta vez sería él, y no el Caballero Verde, quien presentara el cuello al golpe del hacha.
El vestiglo(1) formuló sus condiciones, y todo el círculo de la Tabla Redonda permaneció sentado, transido de asombro. A este asombro sucedió una desazón general, porque ninguno de los caballeros se había levantado para aceptarlo. Entonces, el propio rey Arturo se levantó para salvar el honor de la corte, pero su sobrino, sir Gawain, se interpuso rápidamente. El joven se adelantó hasta quedar enfrente del preternatural visitante y se comprometió a cumplir las estipulaciones.
El Caballero Verde desmontó, entregó a sir Gawain su hacha, inclinó y desnudó el cuello, y esperó. Gawain empuñó y sopesó la poderosa arma, y entonces, finalmente, de un solo poderoso tajo, cercenó la cabeza, que cayó al suelo, rodó un poco y se detuvo. Pero el Caballero Verde procedió como si nada hubiera acontecido. Deteniéndose calmosamente, tomó otra vez la cabeza, aferrándola por sus cabellos sueltos y, recuperando otra vez el hacha de las dóciles manos de su rival, montó con agilidad su gran caballo verde. La cabeza, que chorreaba sangre, movió lentamente los labios, y se escuchó otra vez la voz, que conminaba a Gawain a no dejar de presentarse el próximo año en la capilla. Luego el decapitado vestiglo se puso la cabeza bajo un brazo y se marchó.
Cuando el año se acercaba otra vez a su término, poco después de la víspera de Todos los Santos, sir Gawain estaba pronto para encaminarse a la desconocida Capilla Verde. Montó su corcel en medio de las lamentaciones de la corte, porque nadie esperaba que regresase. No obstante ello, el joven caballero estaba, por su parte, bastante alegre: “¿Qué he de temer?”, preguntaba. “¿Qué otra cosa puede acontecerle al hombre fuera de afrontar su destino?” Y así diciendo, picó su caballo y se marchó.
Gawain cabalgó solo. Se encaminó hacia el norte, a través del yermo y del invierno. Ninguna de las personas que encontró en la desolada campiña le pudo mostrar el camino ni decirle nada sobre la capilla. Nunca la habían visto ni sentido hablar de ella. Se vio obligado a seguir su propia voz interior. La aventura fue larga y el frío cada vez más severo, de suerte que Gawain pronto se encontró en un gran aprieto y cabalgando irremediablemente descarriado.
La Nochebuena, cuando estaba perdido en un bosque sombrío, rogó a Cristo y a la Virgen que le mostraran algún cobijo donde pudiera celebrar el nacimiento de su Salvador. Entonces llegó inesperadamente a un poderoso castillo, en lo profundo del yermo, donde le dieron la bienvenida con muy hospitalaria recepción. El castellano, hombre de descomunal estatura y semblante siniestro, se mostró muy solícito por hacer que se sintiera cómodo; y su esposa, mujer de deslumbrador encanto, como también una imponente dueña que residía con ellos en el castillo, parecían deleitarse por igual en tratar como huésped a un tan nombrado caballero. Su acuciante afán por conocer el camino a la Capilla Verde quedó resuelto, porque le dijeron que el lugar se encontraba muy cerca, en un valle angosto y perdido, al que se podía llegar con facilidad. Si se ponía en marcha la mañana de Año Nuevo, podría llegar a tiempo para la cita; entretanto, le instaron, debía permanecer en el castillo, Y así pues se quedó, y lo hicieron objeto de grandes honores y lo agasajaron gratamente.
Tres días antes de la mañana en la que debía partir Gawain, su huésped salió de mañana para una partida de caza. Ambos habían acordado amigablemente la noche anterior, mientras bebían juntos frente al hogar, en que cualquier pieza que cobrara el cazador durante su jornada correspondería al visitante, y, a cambio de ello, el castellano recibiría el botín que Gawain obtuviera quedándose tranquilamente en casa. El pacto había sido bastante divertido, y ambos se rieron mucho.
La salida del cazador a la mañana siguiente fue bulliciosa: aullaban los perros, piafaban los caballos; resonaban las trompas de caza y gritaban los numerosos acompañantes. Luego, cuando el castillo, despoblado de sus moradores, quedó tranquilo, Gawain volvió a dormirse. Pero pronto lo despertó suavemente el advertir que alguien estaba sentado en el borde de su cama. Era la esposa de su alojador. Cuando el castillo quedó vacío, la hermosa mujer había entrado a hurtadillas en la cámara y se había instalado en la cama de Gawain, dentro de las cortinas.
Le hablaba con voz baja, amable, rica y hermosa, y Gawain se sintió irresistiblemente atraído. Pero al ser, como era, un cumplido caballero, se sentía también inamoviblemente ligado por el deber para con su huésped. Con un dominio casi sobrehumano de sus impulsos, resistió lo irresistible, y la magnífica mujer tuvo que contentarse con el otorgamiento de un beso desvaído.
El señor del castillo retornó al atardecer, y sus hombres venían abrumados bajo el peso de las piezas que había cobrado. Las colocaron en filas en el piso del gran salón, y el huésped las presentó a Gawain, el cual en cumplimiento del pacto devolvió al descomunal cazador el beso que había recibido. Y entonces ambos, nuevamente, rieron de todo corazón. ¡Qué mezquino botín, si se lo comparaba con las presas capturadas en ese día!
A la mañana siguiente, el señor del castillo volvió a salir, y otra vez la castellana pasó detrás de las cortinas. Estuvo más apremiante que el día anterior, y el autodominio de Gawain se hizo más precario. Pero el caballero era hábil; no sólo resistió los apremios de su insistente huésped, sino que también la confortó y la apaciguó, de manera que ella, aunque rechazada, no se sintió humillada; y esta vez dio dos besos a Gawain antes de despedirse.
El castellano regresó un poco tarde ese día. Había matado un robusto oso, que presentó al caballero. Y cuando, a cambio, recibió los dos rápidos besitos en la mejilla, los hombres se rieron otra vez de todo corazón.
La tercera y última mañana antes de la partida de Gawain, las cosas transcurrieron con un poco menos de cortesanía detrás de las cortinas del lecho. La mujer insistió con una desesperación que hizo parecer absurdamente arbitraria la sostenida caballerosidad del convidado. La situación se tornó más aguda por el hecho de que el joven y gallardo Gawain tenía considerable reputación como amante. “Dime por lo menos”, imploró la mujer, “que estás enamorado de otra dama y que le has jurado serle fiel”. Pero el joven respondió que no existía en su vida ninguna tal señora de sus pensamientos.
Entonces la mujer pareció buscar alguna prenda, algo que, de alguna manera, aunque fuera intangible, lo hiciera suyo; y se quitó del dedo una pesada sortija, que le instó a aceptar.
Pero él se resistió nuevamente, porque un anillo es un símbolo de la personalidad, y ofrecer un anillo significa la entrega del propio ser. Dar el anillo que se lleva es conferir un poder, la autoridad para hablar o actuar en nombre del que lo entrega. Así, un rey entrega su anillo al funcionario autorizado para dar órdenes y sellar las leyes en lugar de él, y una dama entregará su anillo al caballero que es su caballero. Aceptar un presente tal implica fidelidad, alguna clase de vínculo; y sir Gawain, de acuerdo con su carácter de caballero de la Tabla Redonda del rey Arturo, era muy estricto consigo mismo en lo referente a cualquier relación que lo comprometiera.
Como se ve, el joven venía siendo sometido durante esas últimas horas de su vida a una prueba muy delicada y significativa. Al alba del día siguiente tenía que enfrentarse con el Caballero Verde y resignarse a la pérdida de su cabeza. Entretanto, disponía de un día, un día en el momento del prematuro y radiante ocaso de su juventud. Y si su juvenil cuerpo hubiera podido crear una respuesta viviente a su propio y ahora furiosamente exacerbado deseo de vivir, no hubiera suscitado nada más deseable que esa hermosa y apremiante mujer que se había presentado ante él. Por última vez, el hechizo del mundo estaba delante de él, brindando a sus labios un gusto final, comparativamente breve pero suntuoso, de la vida que demasiado pronto habría de perder. A pesar de ello, el caballero – ese experto amador de nobles y hermosas damiselas, de ninguna manera insensible a sus encantos y demandas – estaba rechazando la dádiva, esa copa de placer llena hasta el borde.
Las razones aducidas y reales de sir Gawain para su acto antinatural eran su obligación caballeresca para con su huésped ausente, y si queremos apreciar el simbolismo de este predicamento, tenemos que tratar de comprenderlas de la misma manera que él. Se lo tentaba a que renunciase, a cambio de un momento de indulgencia consigo mismo, a su dedicación de toda la vida a la perfección de la caballería. Si cedía, su falta no sería la licencia carnal (podemos creer que no la habría rehuido) sino la falta de sinceridad y la infidelidad, y eso hubiera significado la desintegración de la consistencia de todo su ser. Porque sir Gawain era un iniciado, uno de los principales iniciados, en el círculo sagrado de la Tabla Redonda, dedicado solemne y seriamente a la vida modelo del ideal caballeresco. El haber sucumbido a la atracción de una aventura de amor episódica a costa de la coherencia de su carrera hubiera significado traicionar no sólo a su huésped sino a sí mismo. Su vida estaba destinada a terminar pronto; que continuara, pues, hasta el final. Que no se derrumbara en una hora transitoria de azar lujurioso.
Pero la frustrada mujer tenía en juego ahora un problema antagónico de honor, y no había que negarle por completo su requerimiento de que por lo menos se hiciera alguna concesión a su solicitación no encubierta. Gawain no quería aceptar su persona. Gawain no quería aceptar su anillo. ¿No habría, entonces, por ventura, algo menos comprometedor que él quisiera dignarse a recibir de ella, alguna bagatela, algo que ni llegara a ser un presente, una nadería, pero que de todos modos fuera una partícula de su existencia, que pudiera constituir un vínculo secreto entre ellos? Al bajar los ojos, su vista se posó sobre un angosto ceñidor verde, un trocito de cinta, que llevaba en torno de su cintura. Las temblorosas manos la desataron, y ofreciéndosela con instancia al renuente héroe que se encontraba en el lecho, le susurró como si las paredes pudieran oírlos: “Por favor, tomadlo. Es una nadería, pero posee un poder milagroso”. Gawain no había permitido aún a la tentadora que cerrase la mano. “Quienquiera llevare este trozo de cinta sobre su persona”, le dijo, “no puede recibir daño alguno”.
Esta fue una estocada elocuente. La resistencia de Gawain, durante un momento, aflojó algo, y la persistente mujer comenzó a apretar sus dedos para que los cerrase. Renunciando a conquistarlo, había recurrido a un soborno, una apelación a cualquier partícula diminuta de temor que pudiera subsistir aún en el corazón de este valerosísimo mancebo que había viajado desde tan lejos para enfrentar la muerte cara a cara. Poco habría, o quizá nada, en contra de los intereses de su alojador si aceptara tan oportuno talismán. La mujer argüía con un aire de amorosa preocupación, ansiosa por la seguridad del joven: con provisión, exenta de egoísmo, maternal, sin tratar ya de forzar su voluntad por medio de la seducción. Y Gawain fue tomado desprevenido por esta estrategia. Sus dedos comenzaron a cerrarse por sí mismos sobre el frágil cíngulo verde. Luego, de pronto, lo asió y lo recibió, y la mujer, en el ardor de su gratitud y satisfacción, lo besó con entusiasmo tres veces. El joven caballero cabalgaría con mayor confianza la mañana siguiente para llevar a cabo su empresa, un poco menos franco y esplendoroso, menos consciente de su valor, menos recto de lo que hubiera sido de no haber sustraído al huésped una cosilla en la ceremonia de su diario trueque, pero de todos modos sería un jinete extraordinariamente heroico.
El cazador regresó aún más tarde que el día anterior, y sólo pudo exhibir como botín un zorro, flaco y maloliente. Su morral se había ido vaciando día a día, en tanto que el del invitado, dentro de las murallas del castillo, se había ido ensanchando cada vez más. En el momento del intercambio, el huésped, encogiéndose de hombros como para excusarse, presentó su mezquina ofrenda, y el invitado, con apenas una huella de incomodidad, sus tres besos. El trozo de cinta verde no apareció, y la mujer, que había permanecido de pie, vigilando con ansiedad, se esponjó con una mirada de agradecida alegría.
La mañana siguiente, un escudero guió a sir Gawain hasta el valle descarriado, y cuando le señaló el camino hacia la Capilla Verde, le instó con ahínco a que se volviera. Jamás nadie, dijo, había regresado después de entrar en esa capilla. “Por eso, noble señor Gawain, dejad en paz a ese hombre. Idos en otra dirección, y os prometo guardaros el secreto”. Pero el joven caballero no tenía miedo, y con la cinta verde ceñida, confiaba en sobrevivir donde los otros habían perecido.
Siguió solo adelante, y a su debido momento llegó a una bóveda sombría, hundida en el suelo, estropeada por el tiempo y recubierta de musgo, un lugar ominoso para una cita, desolado y silente. Tiró de las riendas de su caballo y se puso a escuchar; y no llevaba mucho tiempo haciéndolo, cuando un ruido que parecía el de una piedra de amolar, como si alguien estuviera afilando un hacha, llegó a través del aire invernal desde la ladera boscosa, del otro lado del torrente. Gawain pronunció en alta voz su nombre y anunció su llegada. Una voz le respondió que aguardara, y volvió a escucharse el horripilante ruido del hacha afilándose. El ruido cesó abruptamente, y en un instante el corpulento Caballero Verde salió de una cueva y se lo vio descender por la ladera.
El saludo fue breve, y como en un encuentro de negocios. Gawain fue conducido al lugar de la ejecución. Imitando a su modelo del año anterior, se mantuvo inmóvil con el cuello inclinado y dispuesto, pero en el momento en que el otro blandió el hacha, instintivamente “encogió un poco los hombros”. Podría decirse que éste fue un segundo síntoma del rasgo que lo había impulsado a aceptar el trozo de cinta, y es interesante notar que, aunque ahora estaba protegido por el talismán, no pudo aceptar plenamente el mandoble inminente.
El Caballero Verde, al verlo titubear, detuvo el golpe y echó en cara a Gawain su cobardía. El joven protestó. El no tenía la suerte, expresó, de poder recoger su cabeza una vez que cayera cercenada. Pese a ello, se puso otra vez en posición, con la promesa de que ahora no temblaría.
El Caballera Verde levantó otra vez el hacha. El imponente verdugo ya había comenzado a descargar el golpe, cuando al advertir que esta vez el caballero no flaqueaba, se interrumpió otra vez deteniendo el impulso de sus dos brazos y comentó con aprobación: “Así me gusta que seáis. Esta vez sí daré el tajo. Pero primero quitaos esa capucha que el Rey Arturo os dio, para que yo pueda dar en vuestro cuello de la manera exactamente debida”.
Gawain se exasperó: “Golpead fuerte de una vez, o de lo contrario pensaré que no os atrevéis a dar el golpe”.
Tomó el hacha por tercera vez, lo alzó todo lo que le permitían los brazos y lo dejó caer; pero fue de tal manera que casi erró, pues sólo arañó la piel con el filo, haciendo en el cuello una delgada raspadura que sangraba ligeramente.
Gawain, cuando sintió eso, saltó a un lado, asió las armas y se preparó para el combate. “¡Os reto!”, exclamó, “¡lo convenido fue un golpe, y nada más!”
El Caballero Verde sonreía, apoyado tranquilamente en su hacha. “No os exaltéis”, dijo, “habéis recibido el golpe que merecíais. No haré nada más para dañaros. Por dos veces me contuve. Estos golpes fueron inocuos porque por dos veces guardasteis la fe que me habíais prometido y me devolvisteis los besos que habíais recibido de mi esposa. Pero la tercera vez faltasteis, y por eso os marqué con mi hacha. El ceñidor verde que lleváis me pertenece; mi mujer lo hizo para mí. Fui yo quien la envié a vos con sus caricias, sus besos y la verde tentación. Yo sabía todo lo que habría de pasar. Y entre todos los caballeros del mundo sir Gawain es como una perla entre guisantes. Fallasteis un poco cuando fuisteis sometido a prueba por tercera vez, pero no por concupiscencia o autocondescendencia, sino porque amabais vuestra vida y os sentíais desdichado de abandonarla”.
Sir Gawain enrojeció de vergüenza: “¡Malditos seáis ambos, el Temor y el Deseo! Sois los destructores del valor viril y del heroísmo.” Se sacó el cíngulo(2) y lo alargó para devolverlo, pero el Caballero Verde se negó a recibirlo. Confortó al joven héroe, encareciéndole que conservara la cinta verde como un presente, y luego lo invitó a compartir otra vez la hospitalidad de su castillo.
Gawain rehusó acompañarlo, pero consintió en guardar el ceñidor, que ató con un nudo oculto debajo de su brazo. Debería servirle siempre de recordatorio de cómo había fallado. Y así volvió indemne a la Tabla Redonda de la corte del rey Arturo, donde contó su aventura.
Los caballeros hicieron poca cuenta de su falla, pero mucha del heroísmo de su victoria. Y en memoria del extraordinario suceso, decidieron unánimemente llevar siempre, a partir de entonces, un trozo de cinta verde.
Heinrich Zimmer
El Rey y su Cadáver
Cuentos psicológicos sobre la conquista del mal.
Compilación de Joseph Campbell
(1) vestiglo.
1. m. Monstruo fantástico horrible.
(2) cíngulo.
(Del lat. cingŭlum, de cingĕre, ceñir).
1. m. Cordón o cinta de seda o de lino, con una borla en cada extremo, que sirve para ceñirse el sacerdote el alba.



