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Gawain. ¿por qué usar una cinta verde?

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La Nochevieja, cuando el año se retira a su lecho de muerte, y la vida, después de haber pasado por sus noches más largas, comienza a soltarse de las garras de la muerte invernal; durante ese lapso entre las fiestas de Navidad y de Epifanía en el que se supone que los duendes y los espectros se han marchado, el Caballero Verde hizo su aparición no anunciada en la corte del rey Arturo. Entró a caballo directamente en el salón principal, y era un hombre de estatura gigantesca; su armadura y su caballo, su rostro y sus armas eran verdes, y lo que empuñaba no era una espada sino una arcaica hacha de combate. Lanzó un desafío a los Caballeros de la Tabla Redonda, que estaban reunidos allí, intimándolos a trabarse en combate con él o quedar deshonrados ante los ojos del mundo.
Pero los términos del desafío eran muy extraños. El caballero que se atreviese a presentarse y convertirse en el paladín de la honra de la corte del rey Arturo debía tomar el hacha de la fantasma y tratar de decapitarla de un solo golpe. A trueque de ello, el mismo paladín debería presentarse en la “Capilla Verde” y enfrentar nuevamente al retador, pero esta vez sería él, y no el Caballero Verde, quien presentara el cuello al golpe del hacha.
El vestiglo(1) formuló sus condiciones, y todo el círculo de la Tabla Redonda permaneció sentado, transido de asombro. A este asombro sucedió una desazón general, porque ninguno de los caballeros se había levantado para aceptarlo. Entonces, el propio rey Arturo se levantó para salvar el honor de la corte, pero su sobrino, sir Gawain, se interpuso rápidamente. El joven se adelantó hasta quedar enfrente del preternatural visitante y se comprometió a cumplir las estipulaciones.

El Caballero Verde desmontó, entregó a sir Gawain su hacha, inclinó y desnudó el cuello, y esperó. Gawain empuñó y sopesó la poderosa arma, y entonces, finalmente, de un solo poderoso tajo, cercenó la cabeza, que cayó al suelo, rodó un poco y se detuvo. Pero el Caballero Verde procedió como si nada hubiera acontecido. Deteniéndose calmosamente, tomó otra vez la cabeza, aferrándola por sus cabellos sueltos y, recuperando otra vez el hacha de las dóciles manos de su rival, montó con agilidad su gran caballo verde. La cabeza, que chorreaba sangre, movió lentamente los labios, y se escuchó otra vez la voz, que conminaba a Gawain a no dejar de presentarse el próximo año en la capilla. Luego el decapitado vestiglo se puso la cabeza bajo un brazo y se marchó.
Cuando el año se acercaba otra vez a su término, poco después de la víspera de Todos los Santos, sir Gawain estaba pronto para encaminarse a la desconocida Capilla Verde. Montó su corcel en medio de las lamentaciones de la corte, porque nadie esperaba que regresase. No obstante ello, el joven caballero estaba, por su parte, bastante alegre: “¿Qué he de temer?”, preguntaba. “¿Qué otra cosa puede acontecerle al hombre fuera de afrontar su destino?” Y así diciendo, picó su caballo y se marchó.
Gawain cabalgó solo. Se encaminó hacia el norte, a través del yermo y del invierno. Ninguna de las personas que encontró en la desolada campiña le pudo mostrar el camino ni decirle nada sobre la capilla. Nunca la habían visto ni sentido hablar de ella. Se vio obligado a seguir su propia voz interior. La aventura fue larga y el frío cada vez más severo, de suerte que Gawain pronto se encontró en un gran aprieto y cabalgando irremediablemente descarriado.
La Nochebuena, cuando estaba perdido en un bosque sombrío, rogó a Cristo y a la Virgen que le mostraran algún cobijo donde pudiera celebrar el nacimiento de su Salvador. Entonces llegó inesperadamente a un poderoso castillo, en lo profundo del yermo, donde le dieron la bienvenida con muy hospitalaria recepción. El castellano, hombre de descomunal estatura y semblante siniestro, se mostró muy solícito por hacer que se sintiera cómodo; y su esposa, mujer de deslumbrador encanto, como también una imponente dueña que residía con ellos en el castillo, parecían deleitarse por igual en tratar como huésped a un tan nombrado caballero. Su acuciante afán por conocer el camino a la Capilla Verde quedó resuelto, porque le dijeron que el lugar se encontraba muy cerca, en un valle angosto y perdido, al que se podía llegar con facilidad. Si se ponía en marcha la mañana de Año Nuevo, podría llegar a tiempo para la cita; entretanto, le instaron, debía permanecer en el castillo, Y así pues se quedó, y lo hicieron objeto de grandes honores y lo agasajaron gratamente.
Tres días antes de la mañana en la que debía partir Gawain, su huésped salió de mañana para una partida de caza. Ambos habían acordado amigablemente la noche anterior, mientras bebían juntos frente al hogar, en que cualquier pieza que cobrara el cazador durante su jornada correspondería al visitante, y, a cambio de ello, el castellano recibiría el botín que Gawain obtuviera quedándose tranquilamente en casa. El pacto había sido bastante divertido, y ambos se rieron mucho.
La salida del cazador a la mañana siguiente fue bulliciosa: aullaban los perros, piafaban los caballos; resonaban las trompas de caza y gritaban los numerosos acompañantes. Luego, cuando el castillo, despoblado de sus moradores, quedó tranquilo, Gawain volvió a dormirse. Pero pronto lo despertó suavemente el advertir que alguien estaba sentado en el borde de su cama. Era la esposa de su alojador. Cuando el castillo quedó vacío, la hermosa mujer había entrado a hurtadillas en la cámara y se había instalado en la cama de Gawain, dentro de las cortinas.
Le hablaba con voz baja, amable, rica y hermosa, y Gawain se sintió irresistiblemente atraído. Pero al ser, como era, un cumplido caballero, se sentía también inamoviblemente ligado por el deber para con su huésped. Con un dominio casi sobrehumano de sus impulsos, resistió lo irresistible, y la magnífica mujer tuvo que contentarse con el otorgamiento de un beso desvaído.
El señor del castillo retornó al atardecer, y sus hombres venían abrumados bajo el peso de las piezas que había cobrado. Las colocaron en filas en el piso del gran salón, y el huésped las presentó a Gawain, el cual en cumplimiento del pacto devolvió al descomunal cazador el beso que había recibido. Y entonces ambos, nuevamente, rieron de todo corazón. ¡Qué mezquino botín, si se lo comparaba con las presas capturadas en ese día!
A la mañana siguiente, el señor del castillo volvió a salir, y otra vez la castellana pasó detrás de las cortinas. Estuvo más apremiante que el día anterior, y el autodominio de Gawain se hizo más precario. Pero el caballero era hábil; no sólo resistió los apremios de su insistente huésped, sino que también la confortó y la apaciguó, de manera que ella, aunque rechazada, no se sintió humillada; y esta vez dio dos besos a Gawain antes de despedirse.

El castellano regresó un poco tarde ese día. Había matado un robusto oso, que presentó al caballero. Y cuando, a cambio, recibió los dos rápidos besitos en la mejilla, los hombres se rieron otra vez de todo corazón.
La tercera y última mañana antes de la partida de Gawain, las cosas transcurrieron con un poco menos de cortesanía detrás de las cortinas del lecho. La mujer insistió con una desesperación que hizo parecer absurdamente arbitraria la sostenida caballerosidad del convidado. La situación se tornó más aguda por el hecho de que el joven y gallardo Gawain tenía considerable reputación como amante. “Dime por lo menos”, imploró la mujer, “que estás enamorado de otra dama y que le has jurado serle fiel”. Pero el joven respondió que no existía en su vida ninguna tal señora de sus pensamientos.
Entonces la mujer pareció buscar alguna prenda, algo que, de alguna manera, aunque fuera intangible, lo hiciera suyo; y se quitó del dedo una pesada sortija, que le instó a aceptar.
Pero él se resistió nuevamente, porque un anillo es un símbolo de la personalidad, y ofrecer un anillo significa la entrega del propio ser. Dar el anillo que se lleva es conferir un poder, la autoridad para hablar o actuar en nombre del que lo entrega. Así, un rey entrega su anillo al funcionario autorizado para dar órdenes y sellar las leyes en lugar de él, y una dama entregará su anillo al caballero que es su caballero. Aceptar un presente tal implica fidelidad, alguna clase de vínculo; y sir Gawain, de acuerdo con su carácter de caballero de la Tabla Redonda del rey Arturo, era muy estricto consigo mismo en lo referente a cualquier relación que lo comprometiera.
Como se ve, el joven venía siendo sometido durante esas últimas horas de su vida a una prueba muy delicada y significativa. Al alba del día siguiente tenía que enfrentarse con el Caballero Verde y resignarse a la pérdida de su cabeza. Entretanto, disponía de un día, un día en el momento del prematuro y radiante ocaso de su juventud. Y si su juvenil cuerpo hubiera podido crear una respuesta viviente a su propio y ahora furiosamente exacerbado deseo de vivir, no hubiera suscitado nada más deseable que esa hermosa y apremiante mujer que se había presentado ante él. Por última vez, el hechizo del mundo estaba delante de él, brindando a sus labios un gusto final, comparativamente breve pero suntuoso, de la vida que demasiado pronto habría de perder. A pesar de ello, el caballero – ese experto amador de nobles y hermosas damiselas, de ninguna manera insensible a sus encantos y demandas – estaba rechazando la dádiva, esa copa de placer llena hasta el borde.

Las razones aducidas y reales de sir Gawain para su acto antinatural eran su obligación caballeresca para con su huésped ausente, y si queremos apreciar el simbolismo de este predicamento, tenemos que tratar de comprenderlas de la misma manera que él. Se lo tentaba a que renunciase, a cambio de un momento de indulgencia consigo mismo, a su dedicación de toda la vida a la perfección de la caballería. Si cedía, su falta no sería la licencia carnal (podemos creer que no la habría rehuido) sino la falta de sinceridad y la infidelidad, y eso hubiera significado la desintegración de la consistencia de todo su ser. Porque sir Gawain era un iniciado, uno de los principales iniciados, en el círculo sagrado de la Tabla Redonda, dedicado solemne y seriamente a la vida modelo del ideal caballeresco. El haber sucumbido a la atracción de una aventura de amor episódica a costa de la coherencia de su carrera hubiera significado traicionar no sólo a su huésped sino a sí mismo. Su vida estaba destinada a terminar pronto; que continuara, pues, hasta el final. Que no se derrumbara en una hora transitoria de azar lujurioso.
Pero la frustrada mujer tenía en juego ahora un problema antagónico de honor, y no había que negarle por completo su requerimiento de que por lo menos se hiciera alguna concesión a su solicitación no encubierta. Gawain no quería aceptar su persona. Gawain no quería aceptar su anillo. ¿No habría, entonces, por ventura, algo menos comprometedor que él quisiera dignarse a recibir de ella, alguna bagatela, algo que ni llegara a ser un presente, una nadería, pero que de todos modos fuera una partícula de su existencia, que pudiera constituir un vínculo secreto entre ellos? Al bajar los ojos, su vista se posó sobre un angosto ceñidor verde, un trocito de cinta, que llevaba en torno de su cintura. Las temblorosas manos la desataron, y ofreciéndosela con instancia al renuente héroe que se encontraba en el lecho, le susurró como si las paredes pudieran oírlos: “Por favor, tomadlo. Es una nadería, pero posee un poder milagroso”. Gawain no había permitido aún a la tentadora que cerrase la mano. “Quienquiera llevare este trozo de cinta sobre su persona”, le dijo, “no puede recibir daño alguno”.
Esta fue una estocada elocuente. La resistencia de Gawain, durante un momento, aflojó algo, y la persistente mujer comenzó a apretar sus dedos para que los cerrase. Renunciando a conquistarlo, había recurrido a un soborno, una apelación a cualquier partícula diminuta de temor que pudiera subsistir aún en el corazón de este valerosísimo mancebo que había viajado desde tan lejos para enfrentar la muerte cara a cara. Poco habría, o quizá nada, en contra de los intereses de su alojador si aceptara tan oportuno talismán. La mujer argüía con un aire de amorosa preocupación, ansiosa por la seguridad del joven: con provisión, exenta de egoísmo, maternal, sin tratar ya de forzar su voluntad por medio de la seducción. Y Gawain fue tomado desprevenido por esta estrategia. Sus dedos comenzaron a cerrarse por sí mismos sobre el frágil cíngulo verde. Luego, de pronto, lo asió y lo recibió, y la mujer, en el ardor de su gratitud y satisfacción, lo besó con entusiasmo tres veces. El joven caballero cabalgaría con mayor confianza la mañana siguiente para llevar a cabo su empresa, un poco menos franco y esplendoroso, menos consciente de su valor, menos recto de lo que hubiera sido de no haber sustraído al huésped una cosilla en la ceremonia de su diario trueque, pero de todos modos sería un jinete extraordinariamente heroico.
El cazador regresó aún más tarde que el día anterior, y sólo pudo exhibir como botín un zorro, flaco y maloliente. Su morral se había ido vaciando día a día, en tanto que el del invitado, dentro de las murallas del castillo, se había ido ensanchando cada vez más. En el momento del intercambio, el huésped, encogiéndose de hombros como para excusarse, presentó su mezquina ofrenda, y el invitado, con apenas una huella de incomodidad, sus tres besos. El trozo de cinta verde no apareció, y la mujer, que había permanecido de pie, vigilando con ansiedad, se esponjó con una mirada de agradecida alegría.

La mañana siguiente, un escudero guió a sir Gawain hasta el valle descarriado, y cuando le señaló el camino hacia la Capilla Verde, le instó con ahínco a que se volviera. Jamás nadie, dijo, había regresado después de entrar en esa capilla. “Por eso, noble señor Gawain, dejad en paz a ese hombre. Idos en otra dirección, y os prometo guardaros el secreto”. Pero el joven caballero no tenía miedo, y con la cinta verde ceñida, confiaba en sobrevivir donde los otros habían perecido.
Siguió solo adelante, y a su debido momento llegó a una bóveda sombría, hundida en el suelo, estropeada por el tiempo y recubierta de musgo, un lugar ominoso para una cita, desolado y silente. Tiró de las riendas de su caballo y se puso a escuchar; y no llevaba mucho tiempo haciéndolo, cuando un ruido que parecía el de una piedra de amolar, como si alguien estuviera afilando un hacha, llegó a través del aire invernal desde la ladera boscosa, del otro lado del torrente. Gawain pronunció en alta voz su nombre y anunció su llegada. Una voz le respondió que aguardara, y volvió a escucharse el horripilante ruido del hacha afilándose. El ruido cesó abruptamente, y en un instante el corpulento Caballero Verde salió de una cueva y se lo vio descender por la ladera.
El saludo fue breve, y como en un encuentro de negocios. Gawain fue conducido al lugar de la ejecución. Imitando a su modelo del año anterior, se mantuvo inmóvil con el cuello inclinado y dispuesto, pero en el momento en que el otro blandió el hacha, instintivamente “encogió un poco los hombros”. Podría decirse que éste fue un segundo síntoma del rasgo que lo había impulsado a aceptar el trozo de cinta, y es interesante notar que, aunque ahora estaba protegido por el talismán, no pudo aceptar plenamente el mandoble inminente.
El Caballero Verde, al verlo titubear, detuvo el golpe y echó en cara a Gawain su cobardía. El joven protestó. El no tenía la suerte, expresó, de poder recoger su cabeza una vez que cayera cercenada. Pese a ello, se puso otra vez en posición, con la promesa de que ahora no temblaría.

El Caballera Verde levantó otra vez el hacha. El imponente verdugo ya había comenzado a descargar el golpe, cuando al advertir que esta vez el caballero no flaqueaba, se interrumpió otra vez deteniendo el impulso de sus dos brazos y comentó con aprobación: “Así me gusta que seáis. Esta vez sí daré el tajo. Pero primero quitaos esa capucha que el Rey Arturo os dio, para que yo pueda dar en vuestro cuello de la manera exactamente debida”.
Gawain se exasperó: “Golpead fuerte de una vez, o de lo contrario pensaré que no os atrevéis a dar el golpe”.
Tomó el hacha por tercera vez, lo alzó todo lo que le permitían los brazos y lo dejó caer; pero fue de tal manera que casi erró, pues sólo arañó la piel con el filo, haciendo en el cuello una delgada raspadura que sangraba ligeramente.
Gawain, cuando sintió eso, saltó a un lado, asió las armas y se preparó para el combate. “¡Os reto!”, exclamó, “¡lo convenido fue un golpe, y nada más!”
El Caballero Verde sonreía, apoyado tranquilamente en su hacha. “No os exaltéis”, dijo, “habéis recibido el golpe que merecíais. No haré nada más para dañaros. Por dos veces me contuve. Estos golpes fueron inocuos porque por dos veces guardasteis la fe que me habíais prometido y me devolvisteis los besos que habíais recibido de mi esposa. Pero la tercera vez faltasteis, y por eso os marqué con mi hacha. El ceñidor verde que lleváis me pertenece; mi mujer lo hizo para mí. Fui yo quien la envié a vos con sus caricias, sus besos y la verde tentación. Yo sabía todo lo que habría de pasar. Y entre todos los caballeros del mundo sir Gawain es como una perla entre guisantes. Fallasteis un poco cuando fuisteis sometido a prueba por tercera vez, pero no por concupiscencia o autocondescendencia, sino porque amabais vuestra vida y os sentíais desdichado de abandonarla”.

Sir Gawain enrojeció de vergüenza: “¡Malditos seáis ambos, el Temor y el Deseo! Sois los destructores del valor viril y del heroísmo.” Se sacó el cíngulo(2) y lo alargó para devolverlo, pero el Caballero Verde se negó a recibirlo. Confortó al joven héroe, encareciéndole que conservara la cinta verde como un presente, y luego lo invitó a compartir otra vez la hospitalidad de su castillo.
Gawain rehusó acompañarlo, pero consintió en guardar el ceñidor, que ató con un nudo oculto debajo de su brazo. Debería servirle siempre de recordatorio de cómo había fallado. Y así volvió indemne a la Tabla Redonda de la corte del rey Arturo, donde contó su aventura.
Los caballeros hicieron poca cuenta de su falla, pero mucha del heroísmo de su victoria. Y en memoria del extraordinario suceso, decidieron unánimemente llevar siempre, a partir de entonces, un trozo de cinta verde.

Heinrich Zimmer
El Rey y su Cadáver
Cuentos psicológicos sobre la conquista del mal.
Compilación de Joseph Campbell

(1) vestiglo.

(Del lat. besticŭlum).

1. m. Monstruo fantástico horrible.


(2) cíngulo.

(Del lat. cingŭlum, de cingĕre, ceñir).

1. m. Cordón o cinta de seda o de lino, con una borla en cada extremo, que sirve para ceñirse el sacerdote el alba.

2. m. Cordón que usaban por insignia los soldados.

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Adelantándonos…para no quedar atrás. V


CUENTO DE NAVIDAD

CUENTO DE NAVIDAD

-¿Quiénes sois? –preguntó Lucas, retrocediendo aterrado.

-Somos los Espíritus de las Matemáticas –contestó uno de los tres espectros que habían aparecido de improviso ante el joven que estudiaba en su cuarto.

-Yo soy el Primero de los Tres Espíritus de las Matemáticas –añadió el espíritu que había hablado. Y señaló a sus compañeros, que dijeron:

-Yo soy el Segundo de los Tres Espíritus de las Matemáticas.

-Y yo el Tercero de los Tres Espíritus de las Matemáticas.

Pero la explicación no tranquilizó al asustado estudiante. Y aunque no creía en fantasmas, la presencia de aquellos tres misteriosos espectros que habían aparecido de improviso flotando a un palmo del suelo e irradiando una extraña fosforescencia que iluminaba con una intensa luz amarillenta la habitación, le había sobresaltado. Dos de ellos vestían con ropa parecida, lo que demostraba que pertenecían a la misma época, más o menos, calculó Lucas, de los siglos XVII o XVIII: chaqueta larga y calzón de terciopelo hasta la rodilla, camisa blanca de amplios puños y pañuelo también blanco al cuello, medias blancas y zapatos negros de cuero con ligero tacón y hebilla de plata, y peluca empolvada y rizada cayendo sobre los hombros en el caso del Segundo Fantasma, y más sencilla, peinada hacia atrás y recogida en cola de caballo en el caso del Tercer Fantasma. Y también les distinguía el hecho de que el Tercer Fantasma ocultaba sus ojos tras unas gafas con cristales ahumados y llevaba un fino bastón en la mano con el que tanteaba el suelo al desplazarse, al modo de los ciegos. En cuanto al que se había presentado como el Primer Fantasma no tenía nada que ver en cuanto a indumentaria con sus compañeros, ya que vestía una amplia túnica de algodón blanco con una banda azul recorriendo el borde y calzaba unas sencillas sandalias de cuero, era calvo y mostraba una gran barba blanca y rizada, con todo el aspecto de ser un filósofo griego o un patricio romano. Lo único que les unía es que los tres cargaban con libros, cuadernos, hojas sueltas y rollos de pergamino que se les caían continuamente provocando un trajín de agacharse para recogerlos para volverse a agachar al minuto siguiente, sobre todo el que se había presentado como el Tercer Espíritu, que cargaba con un montón de libros y carpetas que llegaban hasta el techo.

A Lucas, el asustado estudiante de Matemáticas, le eran familiares sus fisonomías, auque a pesar de ello siguiera inquieto ante la inesperada aparición… hasta que recordó que sobre su mesa estaba el libro titulado “Canción de Navidad”, el clásico de Dickens que había leído de pequeño y que ahora estaba releyendo. Entonces es cuando cayó en la cuenta de la similitud entre la escena que estaba viviendo y el argumento del libro. Así que, dudando si estaría soñando o no y haciendo un esfuerzo para superar el temor que aún sentía, preguntó:

-¿Son ustedes los tres espíritus de las navidades que se le aparecen a Evenezer Scrooge?

-¿A quién? –preguntaron a su vez los tres espíritus.

-A Scrooge, al protagonista de “Canción de Navidad”, el cuento de Charles Dickens que estoy leyendo. Al avaro más miserable, cicatero, ruin, tacaño, roñoso, cutre, egoísta, usurero y despreciable del mundo.

-Se ve que le tienes aprecio –dijo, chusco, El Tercer Fantasma.

-Pues no, no somos los tres espíritus de las navidades que dices –dijo el Tercer Espíritu.

-Es que como estamos en Navidad… A Scrooge, por si no lo sabían, que me da la impresión que no lo saben, se le aparecen tres espíritus en Navidad para darle un escarmiento por su inhumana avaricia. Y estos tres espíritus son el Espíritu de las Navidades Pasadas, el de la Navidad Presente y el de las Navidades Futuras. Por eso, al verlos ahí a los tres plantados, pues pensé que podían ser los Tres Espíritus que buscaban a Scrooge… y que se habían equivocado de dirección.

-En primer lugar, y tal como has insinuado, no conocíamos el cuento del tal Charles Dickens; en segundo lugar nosotros no somos los espíritus de las navidades y en tercer lugar… bueno… en tercer lugar… pues… no se me ocurre nada para ponerlo en tercer lugar –dijo el que se había presentado como el Primer Espíritu, un tanto avergonzado.

-Pues en tercer lugar… podríamos añadir que nosotros no somos los espíritus que dices porque somos, como te dijimos al principio, los Espíritus de las Matemáticas, o al menos tres de sus grandes espíritus, ya que hay tantos grandes espíritus de matemáticos como grandes matemáticos ha habido. –añadió el Segundo Espíritu, saliendo en ayuda de su compañero.

-Porque eso sí: para ser espíritu de matemático tienes que ser un matemático muerto –añadió, a modo de explicación innecesaria, el Tercer Espíritu.

-Entonces, si no os habéis equivocado de dirección y no habéis venido a mostrarme las navidades pasadas, presentes y futuras, ¿a qué habéis venido? –preguntó Lucas, algo más tranquilo, y añadió: -Por cierto, ¿no estaré soñando?

-No, hombre, no –contestó el Primer Espíritu- Ese es el recurso de los malos escritores o de los malos guionistas de cine, es el cuento de siempre: al protagonista le suceden una serie de acontecimientos fantásticos y de pronto se despierta y todo ha sido un sueño. No, eso sería demasiado fácil. Esto que te está pasando es real. Y si nos hemos aparecido precisamente a ti es porque tú, aunque ahora no lo sepas, serás un gran matemático. Y nosotros, que todo lo sabemos, nos aparecemos para animar a los jóvenes futuros matemáticos.

-¿Y ganaré la Medalla Field? –preguntó Lucas.

-Hombre, tampoco te pases. De momento confórmate con saber que serás un gran matemático, que ya es algo, ¿no? Por cierto, ¿qué es esa cuadrícula que tienes sobre la mesa?

-Un problemilla muy fácil que le estaba preparando a un amigo mío. Es que nos inventamos problemas y nos los ponemos…

-Para fastidiaros el uno al otro… –dijo el Primer Espíritu, sonriendo.

-No, no, qué va; lo hacemos porque nos gustan las matemáticas.

-A ver, a ver, déjame verlo –dijo el Primer Espíritu, cogiendo el papel de encima de la mesa, a la vez que se le caían de las manos unos cuantos pergaminos que llevaba enrollados… y leyó:

“Completa el cuadrado”

1

3

?

13

1

5

8

21

2

-Bueno, tienes razón, este problema es sencillísimo. Y eso que yo soy ante todo geómetra… y la verdad es que con la numeración indo-arábiga no me llevo muy bien ya que la he tenido que aprender ya de espíritu, que cuando yo estaba en activo en mi Siracusa natal ni siquiera teníamos la numeración romana. También me ha ayudado que, como espíritu, he seguido atentamente la trayectoria de mis trabajos en particular y de las matemáticas en general, desde mi siglo hasta ahora, por eso sé que la numeración indo-arábiga, que tengo que reconocer que está muy bien, la trajo a Europa el gran Fibonacci. Y con todo, como los humanos somos muy brutos no tuvo autentica divulgación hasta por lo menos el siglo XV.

-Pues sí, más de 300 años después de que él la trajera –dijo Lucas, para que el anciano de la túnica se diera cuenta de que sabía de lo que estaba hablando.

-Pero, en fin, lo dicho: que este problema es un problemilla. Por cierto, señor Newton, le podríamos facilitar a este alevín de matemático algún problema un poco más difícil que el de la cuadrícula, para que fastidie a su amigo, ¿qué le parece?

-Muy bien, le podríamos poner el de… -contestó el aludido.

-Un momento, un momento… ¿Usted es Isaac Newton? –preguntó Lucas, sin poder reprimir la sorpresa. Y antes de que el Segundo Espíritu le respondiera, se volvió hacia el Tercer Espíritu de las Matemáticas y preguntó: -¿Entonces usted, por su aspecto, seguro que es…?

-Leonhard Euler, a su disposición –contestó, haciendo una historiada reverencia.

-Y usted, así, por el atuendo, yo diría que es Arquímedes, ¿no?

-Has acertado… y eso que mira que me representáis mal. Como de Newton y Euler hay retratos y grabados, pues os podéis hacer mejor una idea de cómo fueron, pero de mí… -contestó el Espíritu de Arquímedes.

-Y yo que creí en un primer momento que eran ustedes los Reyes Magos que venían disfrazados. Esta situación empieza a ser surrealista. Ahora sí que estoy seguro que estoy soñando.

-¿Por qué? –preguntó el Espíritu de Newton- O sea, que te crees que somos los Espíritus de las Matemáticas, incluso que somos los Reyes Magos disfrazados… y no te crees que somos Arquímedes, Euler y yo.

-Porque estaba influenciado por el cuento de Dickens… y porque estamos en Navidad –contestó Lucas, y añadió, ya bastante más tranquilo- Pero, ¿de qué problema hablaban?

-Bueno –dijo el Espíritu de Arquímedes- ponedle el problema, señor Newton. Y ya que vos sois también astrónomo, ponedle un problema planetario.

Y el Espíritu de Newton, escribió sobre un papel un breve texto y un dibujo, entregándole el papel a Lucas, que leyó el enunciado en voz alta:

“Dos planetas giran alrededor de una misma estrella. El exterior tarda doce años en completar una órbita y el interior, diez. Ahora mismo se encuentran alineados con la estrella. ¿Cuándo volverán a alinearse otra vez?”

imagen planeta

-¿No será demasiado difícil para un joven del siglo XXI? Tened en cuenta que ahora los jóvenes, con tanta televisión y tanta PlayStation, tienen las neuronas un tanto… -dijo el Espíritu de Arquímedes.

-¿Difícil? A mi me parece bastante normal… y hasta propondría otro más difícil. Cualquiera de mis trece hijos sabría resolver ese problema de los planetas a la primera -dijo el Espíritu de Euler, agachándose de nuevo para recoger, una vez más, tanteando el suelo ayudado por sus dos compañeros, unas libros que se le habían caído al suelo.

-Me están poniendo nerviosos con el trajín que se traen recogiendo libros, papeles y rollos del suelo. ¿Por qué llevan tantos libros y papelotes en las manos?

-Es que siempre viajamos con lo más esencial de nuestra obra, por si acaso. Y claro, en mi caso he elegido los tres tomos de la primera edición de mi opera magna: mis Philosophiae naturalis principia matematica. En el caso de Arquímedes es más complicado, ya que como en su época no encuadernaban los trabajos en forma de libro pues viaja con todos esos rollos, lo cual es incomodísimo. Y no digamos Euler, míralo, se empeña en viajar con su obra completa encima. Y por si no lo sabías, publicó más de 500 libros y artículos, ya que se calcula que escribió una media de 800 páginas al año lo que le hace el matemático más prolífico de la Historia de las Matemáticas –y añadió, bajando la voz y aprovechando que a Euler se le habían vuelto a caer un montón de libros y que Arquímedes le ayudaba a cogerlos –Además, como está ciego, que así pasó los últimos años de su vida terrenal, pues tenemos que ayudarle y acabamos agotados de tanto agacharnos y levantarnos… y es que ya no tenemos cuerpo para esto, bueno, ni para esto ni para nada, dado que somos espíritus.

En cuanto estuvieron todos los papeles de Euler recogidos, dentro de lo que cabía, se hizo un incómodo silencio en la habitación, hasta que el Espíritu de Newton, dijo: -Bueno, pues nosotros nos vamos.

-¿Tan pronto? –preguntó Lucas, que ya se había acostumbrado a la presencia de los espíritus.

-Es que tenemos que aparecernos aún a otros tres estudiantes de matemáticas para decirles, como te hemos dicho a ti, que serán grandes matemáticos en el futuro. El problema es que uno vive en Francia y otro en Alemania, que por lo menos nos quedan cerca… pero es que el tercero vive en Australia. Además, tenemos que contar con la diferencia horaria, que no te creas que esto de aparecerse es tan sencillo, sobre todo porque nos aparecemos de noche, ya que la aparición es más espectacular que de día –añadió el Espíritu de Arquímedes.

Entonces, el Espíritu de Euler preguntó: -¿Quieres o no quieres un problema más difícil para ponerle a tu amigo?

-De acuerdo, puede ser una buena idea.

-Muy bien, pues anota el enunciado, que es muy fácil de copiar, aunque el problema sea difícil.

“Hallar todos los números naturales de 4 cifras, que sean iguales al cubo de la suma de sus cifras.”

-¿Ya está? –preguntó Lucas, asombrado -¿Y este enunciado tan sencillo es de un problema difícil?

-Prueba a hacerlo –contestó Euler, sonriendo.

Y el Espíritu de Newton, adelantándose y dando la aparición por terminada, extendió la mano para que Lucas la estrechara, a la vez que le decía:

-En fin, Lucas, mucha suerte en tus estudios y que no se te suba a la cabeza lo que hemos dicho de que serás un gran matemático, que si lo llegas a ser será porque te has preparado convenientemente.

Lucas estrechó las manos de los espíritus de Arquímedes y de Newton, y no pudo hacer lo mismo con el de Euler ya que no tenía manos más que para sujetar su inmensa obra. Y en un momento, tal y como habían aparecido, desaparecieron dejando tras de sí el resplandor fosforescente que tardó prácticamente toda la noche en desaparecer y un tan penetrante como extraño olor mezcla de incienso, nuez moscada, queso de roquefort y vainilla.

Al día siguiente, la madre de Lucas, al entrar a su dormitorio para despertarlo para que fuera a la facultad, torciendo el gesto, le dijo:

-Por Dios, Lucas, esta habitación huele a rayos. Te he dicho mil veces que saques tus zapatillas al balcón por la noche… y que ventiles la habitación de vez en cuando.

P.S: A Lucas le fue concedida la Medalla Field en el ICM del 2032… y los espíritus de Arquímedes, Newton y Euler, aunque ya lo supieran de antemano, aplaudieron entusiasmados.

FIN


Autor: Joaquín Collantes
Asesor matemático: Antonio Pérez Sanz

Hermosa fuente

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Adelantándonos…para no quedar atrás. III

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Es un hombre que está solo pero no espera. Se nota que no espera. Tiene una mueca en los labios que intenta o pretende ser una sonrisa, pero no lo es. Con las manos entrelazadas sobre la mesa, mira cantar a la chica de vestido largo azul. Todo el restaurante la mira, y también lo mira a él. Pero no parece que por una secreta historia de amor.

En el “Jardín Iguazú” la fauna de esa noche, 24 de diciembre, es por lo menos llamativa. Los chinos están en la larga mesa del fondo, contra las verjas, y desde allí llega un suave murmullo como de palomas. Su extraña lengua entremezcla vocablos del guaraní y del castellano, particularmente en los más chicos, que llaman la atención por su comportamiento serio, casi adulto.

El patio es grande, como para cincuenta mesas o algo más. Casi todas están ocupadas por una legión de rostros peculiares que parlotean como pájaros de hablar diverso: las chicas que parecen alemanas, o austríacas, comen tan discretas como rubias; los dos franceses de camiseta y shorts que parecen gemelos, o pareja gay, tragan como si ésa fuese la última cena antes de subir al patíbulo; una barra de cordobeses grita cerca de los chinos y suelta procacidades cada tanto, pidiéndole a la chica del vestido largo azul que cante temas cuarteteros onda Mona Jiménez.

El hombre que está solo ha terminado de comer. Antes de las once de la noche ya se ha pasado dos veces una blanca servilleta de papel por los labios y ha bebido un par de copas de sidra helada con que la casa invita a los comensales. Chun Li, el patrón que vigila que nada escape a su control, ha dispuesto que la sidra se incluya en el precio del tenedor libre chino-argentino: veinte pesos, o dólares, por persona y con toda otra bebida aparte. Mientras María Paula, la mesera que nos toca, nos sirve la sidra e informa sobre la mesa de comidas, calculo que hay más de cien personas en el local: un negocio redondo sobre todo porque hay gente como esos cuatro europeos de nacionalidad indefinible que ya van por la octava botella del mejor tinto nacional, o ese grupo de estudiantes norteamericanos con camisetas de NYU y otras universidades que desde las ocho de la noche están bebiendo cerveza con un apasionamiento como el de la Quinta Flota cada vez que ataca un país árabe.

La chica canta ahora boleros de Luis Miguel y es difícil decidir si es mejor mirarle las piernas bellísimas que asoman por el tajo del vestido largo azul, o seguir la conducta tan extraña de Solari, como hemos bautizado al hombre de la mueca en la boca que parece sonrisa pero no es sonrisa. Su comportamiento es por completo educado, o quizás habría que decir medido. Como una representación de lo discreto, no es tristeza lo que define su estado. Es más bien un transcurrir a contramano de todos, el cual, finalmente, resulta patético.
Es un hombre apuesto, ciertamente: andar por los cuarenta largos, quizás cincuenta muy bien llevados, con algunas canas sobre las orejas, lomo trabajado en gimnasio, manos de campesino o de obrero: bastas, fuertes, grandes. Viste con sencillez, como casi todos esa noche abrasadora de Navidad y en ese punto caliente de la frontera: jean y camisa de mangas cortas en tono pálido, nada para destacar.


Lo que destaca es que está solo y su soledad es absoluta, insólita para esa noche y ese sitio, una solitariedad, se diría, tan llamativa como la joroba del de Notre Dame, indiscreta como un comentario del inolvidable Max Ferrarotti de Soriano.

Imposible no mirarlo. Es casi agresiva su desolación. Preside una mesa vacía con restos de pavo y un trozo de pan dulce a medio comer. Ha pedido ahora una botella de vino blanco que beberá solo, quizás como lo ha hecho toda su vida, y lo bebe parsimonioso y lento como haciéndolo durar hasta las doce, cuando la chica del vestido largo azul anuncia que es la hora del gran brindis y los besos y los buenos deseos, y estallan las mesas de los argentinos, los cordobeses y unos rionegrinos de más allá, y también un grupo de brasileños que se lanzan a bailar como siempre hacen los brasileños para que todo el mundo los quiera, y de modo más contenido los europeos, y con asiática frialdad los chinos: todos se besan, se abrazan, se saludan, nos besamos, brindamos de mesa a mesa, alzamos copas, algunos le hacen guiños a la chica del vestido largo azul que canta algo de Caetano. Chun-Li vigila la caja y que todo esté en orden, y luego de cinco minutos yo advierto, y creo que todos advertimos, que el hombre solo sigue solo, impertérrito, alzando su copa apenas hasta la altura de sus labios y como para brindar con nadie. De una mesa vecina un matrimonio mayor se le acerca para brindar con él, acaso conmovidos por su desamparo; cambian saludos y otra mujer, de unos cuarenta años y a la que imagino solterona, va y le zampa un beso y un abrazo como diciéndole oiga, che, no joda, venga a divertirse un rato que aquí estoy yo y la noche es propicia. Pero el hombre, tras devolver, gentil y educado, los saludos, retorna a su mesa, a su soberbia, a su patética soledad sin esperanzas.

Hacia la una de la madrugada y después de tangos, cumbias y hasta chacareras a pedido, la chica del vestido largo azul se toma un respiro con sus músicos, algunos turistas se retiran a descansar, y con Daniel, que ha mantenido sus cámaras colgadas del cuello como un médico de terapia intensiva su estetoscopio, decidimos que es hora de ir a dormir pues mañana será un día de trabajo. Pagamos a María Paula y saludamos a Chun-Li y los suyos. Yo le doy un beso fraternal a María Paula, que no ha dejado de bailar cumbias desde que terminó la cena, y antes de salir miro por última vez al hombre solo y le pregunto a María Paula qué onda con el que sigue allí, sentado, con su mueca que pretende ser sonrisa pero no lo es y que intenta ser agradable sin lograrlo.

—¿Ése? —dice con desprecio María Paula—. Es un gendarme retirado que torturó y mató a un montón de gente. Hace años era el hombre más temido de la frontera; ahora es sólo eso que ves: menos que un pobre infeliz, una mierdita.

Y me da un beso y otro a Daniel, y sigue bailando. Nos vamos al hotel, pensando en el día siguiente. Y sin mirar atrás.

Giardinelli, Mempo. «Un cuento de Navidad». Brecha Nº 684 (Montevideo), 8 de enero de 1998: contratapa. Ahora en Cuentos Completos. Buenos Aires: Seix Barral, 1999. 389-392.


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