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shâh mâta

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Chaturanga, el juego de las cuatro partes.

En la India del siglo VI existía cierto juego, el chaturanga, del que se  cree que se usaba para representar una batalla y de esa manera idear estrategias en el campo. Por eso su  nombre, que en sánscrito  significa  juego de cuatro partes, señalando las cuatro partes en las que se dividía el ejército en el juego.

Tal vez Tutankamón (1300 aC) ya lo conociera porque en su tumba se halló un tablero cuadriculado y piezas con significativa semejanza al ajedrez que conocemos.

Lo que sí parece seguro es que del chaturanga derivó el shatranj,

shatranj

variante del chaturanga jugada principalmente en Persia alrededor del 600.  La Alferza, predecesora de la Reina;  el Elefante, predecesor del Alfil moderno, («al pil» en persa, «el elefante»); la Torre o Carro de Guerra;  el Caballo; el Rey, que define el final del juego y los peones, soldados o infantería, son las identificaciones más claras con nuestro actual ajedrez. La expresión  shâh mâta proviene de la situación de acoso al Rey, el Sha de Persia, y significa EL REY NO TIENE ESCAPATORIA (nuestro actual jaque mate).

La historia de cada pieza se cuenta en un  estudio interesante, casi psicológico, de sus movimientos.

Resulta que  aún siendo el Rey lo más importante del juego, su pequeña movilidad se explicaba porque el Rey era un gobernante sabio y no un guerrero. En una guerra librada por generales, el juego terminaba cuando el Rey era capturado por el enemigo. Para contrarrestar tamaña debilidad de movimiento, de sólo un escaque por vez, en el siglo XVI se inventó el enroque.

La Reina tiene la historia más interesante de todas las piezas de ajedrez. En primer lugar, esta figura representaba a un hombre, el consejero del rey llamado “Firzan”.  Se podía mover un campo en diagonal y servía para la seguridad del rey. Para cuando el ajedrez ingresó a Europa, los españoles,  que no conocían el significado de ”Firzan”,  la asimilaron a una Reina, por estar de pie junto al rey y la dotaron de todos sus movimientos  actuales haciéndola la pieza más poderosa del tablero.

La Torre era conocida ya en el chaturanga, pero no como tal, sino como un carro de guerra llamado “Rukh”. En el año 1527 Vida, obispo de Albay, publicó un poema que relataba una partida de ajedrez entre Apolo y Mercurio donde las torres eran fortificaciones en la espalda de un elefante. A partir de allí, el carro se  identificó con una torre.

El Obispo era representado como un asistente armado sentado en el lomo de un elefante y por lo tanto los árabes llamaron a esta figura “al-fil”, que significa “elefante”. Sin embargo, en el centro de Europa no se conocían los elefantes y entonces los obispos fueron interpretados de manera diferente por las distintas naciones. Es por eso que el obispo es un “Läufer” (corredor) en Alemania, un “fou” (loco) en Francia y un “Alfiere” (estandarte) en Italia. El movimento de esta pieza cambió en el siglo XV, de poder saltar sólo un  campo en diagonal terminó pudiendo moverse en diagonal todo lo que se quisiera.

El Caballero cambió muy poco a través de la historia. En el chaturanga ya tenía su salto especial y los indios lo representaban como un guerrero a caballo con un escudo y una espada.

El Peón tuvo el papel de un soldado desde el comienzo, pero en la Edad Media los monjes trataron de representar a los peones como ciudadanos. Así, el primer peón (por encima de la torre izquierda) era un trabajador agrícola, el segundo un herrero, el tercero, un tejedor, el cuarto un hombre de negocios, el quinto un médico, el sexto un posadero, el séptimo un policía y el octavo un jugador. También en el siglo XV, esta  pieza cambió su movimento permitiéndosele un primer avance doble.

Fascinante juego es el AJEDREZ que inspira versos como el de Borges

En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?

y religiosidad como la de Pérez Reverté

Soy un mal jugador; pero crecí entre libros, marinos y ajedrecistas, y mis primeros recuerdos están unidos a la imagen de mi padre y sus amigos inclinados sobre un tablero, entre humo de cigarros y pipas. Me acerqué a ese juego desde muy niño, incluso antes de comprenderlo, intuyendo en él claves útiles sobre los misterios insondables o estremecedores de la vida. Después, los cuadros blancos y negros, las piezas en sus escaques, me ayudaron a entender mejor el mundo por donde eché a andar temprano, mochila al hombro. Gracias al ajedrez, o a los perfectos símbolos que lo inspiran -repito que soy jugador mediocre, a menudo torpe-, encajé de modo razonable el miedo al aguzado alfil, el horror de la torre devastadora, la soledad del peón aislado en su casilla, los cuadros blancos, negros, fundidos en grises, de la turbia condición humana. Y mientras estuve -todos estamos alguna vez, tarde o temprano- en el vientre del caballo de madera esperando mi turno para degollar troyanos dormidos, y luego, cuando al regreso con sangre en las uñas la vida me despobló el cielo de dioses, el ajedrez me dio respuestas, consuelo, sosiego y media docena de certezas útiles con las que ahora envejezco, leo, navego y escribo novelas. Otros van a la iglesia, y yo voy al ajedrez. De puntillas, con humildad y respeto, a ver oficiar los misterios de la vida. Como quien asiste a misa.


El secreto de Wilhelm Storitz

trebejos-tribunahispana
trebejos-tribunahispana

******** No se lo pierda

    http://blogsdelagente.com/morgana/2010/07/27/los-primeros-cuatro-mexicanos-de-buenos-aires/

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Repasando mi historia, mis lecturas infantiles, me encontré con esta novela:

 El ingeniero Enrique Vidal recibe una carta de su hermano, el pintor Marcos, invitándolo a visitarlo en Gartz, Hungría, donde vive.

La señorita Myra Roderich, hija del distinguido Dr. Roderich y novia de Marcos le  ha sugerido a éste que lo haga.

Durante el viaje de París a Gartz, Enrique ve algunos sucesos extraños, no muy trascendentes pero que lo hacen reparar en el detalle  de que la señorita Myra fue pretendida por Wilhelm Storitz.  

 

Otto Storitz, extraño químico fallecido en los últimos años, es el padre de Wilhelm y aún después de muerto envuelve con su halo misterioso su tierra natal, Prusia.

 

Algunos creen que  era un brujo.

Los extraños sucesos continúan: la caída de un hombre que afirma haber sido empujado, advertencias del viento, que pronosticaban las desgracias de la feliz pareja si el enlace se realiza. 

 

Estos hechos tienen su punto culminante en la ceremonia de compromiso, misteriosamente estropeada, donde además se oye  música prusiana,  un insulto para los húngaros.

Enrique Vidal y el hermano de la señorita, el ilustre capitán Haralan, investigan lo sucedido y finalmente se devela el misterio: Wilhelm Storitz ha bebido  la fórmula de su padre, una extraña mezcla que conduce  a la invisibilidad del que la toma, y en ese estado secuestra a Myra.

El capitán Haralan obtiene ayuda de la policía y de los soldados con los que  requisan la casa de Storitz.

Al no encontrarlo, crean dos círculos contenedores, donde recluyen al desdichado ser. En medio del círculo, el capitán Haralan se enfrenta al invisible en un desigual duelo y  sin embargo lo vence.

De un certero golpe hunde su arma en el ser invisible y al brotar la sangre, recupera su estado normal.

Sin embargo, Myra Roderich ha sido  “contagiada” y al quemar la casa de Storitz, no existe el remedio para volverla visible.

Myra en una demostración de valor y persistencia y continúa su vida lo más normal que puede, hablando en cualquier momento y cantando ( excelente cantante) para hacer sentir su indomable espíritu y en ese estado, contrae nupcias con Marcos Vidal.

A Enrique Vidal, ya de regreso en París, es a quien se le ocurre que en la sangre se encuentra el medio que cambia de estado el cuerpo, por lo que una pequeña cirugía que permita drenar la sangre podría devolver al estado normal a la joven. 

Esta empresa  no puede llevarse a cabo,  la señora Myra está embarazada.

Enrique cae en la cuenta de que lo que pensaba proponer se hará de manera natural.

Y así ocurre, Marcos Vidal ve nacer a su hijo al mismo tiempo que a su encantadora esposa.  

Esta novela, El secreto de Wilhelm Storitz,  fue escrita por Julio Verne.
O tal vez no, pues su hijo Miguel, tocaba y retocaba la obra de su padre.

Después de muerto Julio Verne, Michael Verne “generó” muchos escritos de su padre.

 

Lo que sí parece cierto es que el personaje principal, Wilhelm Storitz, fue inspirado por aquél que dijo:

“Puedo jugar con Dios y darle un peón de ventaja”.

¿Sabe Ud. quién era? 
Pista: era un ajedrecista muuuuuuuuuuuy  importante.  



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