La Derecha andaba nerviosa, tensa… temblaba. La necesidad de hacerlo la acuciaba y no podía reparar en nada más. Tenía que calmarse…integrarse a la Sociedad. Después de todo… ¡siempre había dado buenos frutos!
Cuando notó su presencia, notó también al opuesto, ¿al enemigo?.
Al que ocupaba el otro hemisferio en esa guerra fría por la supremacía, por el Poder.
Sin embargo, en algún momento, juntó esfuerzos con la Izquierda y manufacturaron esas maravillas que encandilaron al resto. Democráticamente, censaron a sus adeptos, obligados adeptos, y midieron sus fuerzas… Se subieron ambas y comenzaron a hacer todo eso que el mundo puede ver, si quiere.
Y parecían unidas… hasta que la Derecha saltó otra vez, cediendo a su necesidad de inmediatez.
Cortar y pegar…cortar y pegar…
Se abrazó al Mouse, su moderno amigo…y la Izquierda sólo miró para acompañar esporádicamente.
MIF
Es verdad, pues: reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe
y en cenizas le convierte
la muerte (¡desdicha fuerte!):
¡que hay quien intente reinar
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte!
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí,
destas prisiones cargado;
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
La Nochevieja, cuando el año se retira a su lecho de muerte, y la vida, después de haber pasado por sus noches más largas, comienza a soltarse de las garras de la muerte invernal; durante ese lapso entre las fiestas de Navidad y de Epifanía en el que se supone que los duendes y los espectros se han marchado, el Caballero Verde hizo su aparición no anunciada en la corte del rey Arturo. Entró a caballo directamente en el salón principal, y era un hombre de estatura gigantesca; su armadura y su caballo, su rostro y sus armas eran verdes, y lo que empuñaba no era una espada sino una arcaica hacha de combate. Lanzó un desafío a los Caballeros de la Tabla Redonda, que estaban reunidos allí, intimándolos a trabarse en combate con él o quedar deshonrados ante los ojos del mundo.
Pero los términos del desafío eran muy extraños. El caballero que se atreviese a presentarse y convertirse en el paladín de la honra de la corte del rey Arturo debía tomar el hacha de la fantasma y tratar de decapitarla de un solo golpe. A trueque de ello, el mismo paladín debería presentarse en la “Capilla Verde” y enfrentar nuevamente al retador, pero esta vez sería él, y no el Caballero Verde, quien presentara el cuello al golpe del hacha.
El vestiglo(1) formuló sus condiciones, y todo el círculo de la Tabla Redonda permaneció sentado, transido de asombro. A este asombro sucedió una desazón general, porque ninguno de los caballeros se había levantado para aceptarlo. Entonces, el propio rey Arturo se levantó para salvar el honor de la corte, pero su sobrino, sir Gawain, se interpuso rápidamente. El joven se adelantó hasta quedar enfrente del preternatural visitante y se comprometió a cumplir las estipulaciones.
El Caballero Verde desmontó, entregó a sir Gawain su hacha, inclinó y desnudó el cuello, y esperó. Gawain empuñó y sopesó la poderosa arma, y entonces, finalmente, de un solo poderoso tajo, cercenó la cabeza, que cayó al suelo, rodó un poco y se detuvo. Pero el Caballero Verde procedió como si nada hubiera acontecido. Deteniéndose calmosamente, tomó otra vez la cabeza, aferrándola por sus cabellos sueltos y, recuperando otra vez el hacha de las dóciles manos de su rival, montó con agilidad su gran caballo verde. La cabeza, que chorreaba sangre, movió lentamente los labios, y se escuchó otra vez la voz, que conminaba a Gawain a no dejar de presentarse el próximo año en la capilla. Luego el decapitado vestiglo se puso la cabeza bajo un brazo y se marchó.
Cuando el año se acercaba otra vez a su término, poco después de la víspera de Todos los Santos, sir Gawain estaba pronto para encaminarse a la desconocida Capilla Verde. Montó su corcel en medio de las lamentaciones de la corte, porque nadie esperaba que regresase. No obstante ello, el joven caballero estaba, por su parte, bastante alegre: “¿Qué he de temer?”, preguntaba. “¿Qué otra cosa puede acontecerle al hombre fuera de afrontar su destino?” Y así diciendo, picó su caballo y se marchó. Gawain cabalgó solo. Se encaminó hacia el norte, a través del yermo y del invierno. Ninguna de las personas que encontró en la desolada campiña le pudo mostrar el camino ni decirle nada sobre la capilla. Nunca la habían visto ni sentido hablar de ella. Se vio obligado a seguir su propia voz interior. La aventura fue larga y el frío cada vez más severo, de suerte que Gawain pronto se encontró en un gran aprieto y cabalgando irremediablemente descarriado.
La Nochebuena, cuando estaba perdido en un bosque sombrío, rogó a Cristo y a la Virgen que le mostraran algún cobijo donde pudiera celebrar el nacimiento de su Salvador. Entonces llegó inesperadamente a un poderoso castillo, en lo profundo del yermo, donde le dieron la bienvenida con muy hospitalaria recepción. El castellano, hombre de descomunal estatura y semblante siniestro, se mostró muy solícito por hacer que se sintiera cómodo; y su esposa, mujer de deslumbrador encanto, como también una imponente dueña que residía con ellos en el castillo, parecían deleitarse por igual en tratar como huésped a un tan nombrado caballero. Su acuciante afán por conocer el camino a la Capilla Verde quedó resuelto, porque le dijeron que el lugar se encontraba muy cerca, en un valle angosto y perdido, al que se podía llegar con facilidad. Si se ponía en marcha la mañana de Año Nuevo, podría llegar a tiempo para la cita; entretanto, le instaron, debía permanecer en el castillo, Y así pues se quedó, y lo hicieron objeto de grandes honores y lo agasajaron gratamente.
Tres días antes de la mañana en la que debía partir Gawain, su huésped salió de mañana para una partida de caza. Ambos habían acordado amigablemente la noche anterior, mientras bebían juntos frente al hogar, en que cualquier pieza que cobrara el cazador durante su jornada correspondería al visitante, y, a cambio de ello, el castellano recibiría el botín que Gawain obtuviera quedándose tranquilamente en casa. El pacto había sido bastante divertido, y ambos se rieron mucho.
La salida del cazador a la mañana siguiente fue bulliciosa: aullaban los perros, piafaban los caballos; resonaban las trompas de caza y gritaban los numerosos acompañantes. Luego, cuando el castillo, despoblado de sus moradores, quedó tranquilo, Gawain volvió a dormirse. Pero pronto lo despertó suavemente el advertir que alguien estaba sentado en el borde de su cama. Era la esposa de su alojador. Cuando el castillo quedó vacío, la hermosa mujer había entrado a hurtadillas en la cámara y se había instalado en la cama de Gawain, dentro de las cortinas.
Le hablaba con voz baja, amable, rica y hermosa, y Gawain se sintió irresistiblemente atraído. Pero al ser, como era, un cumplido caballero, se sentía también inamoviblemente ligado por el deber para con su huésped. Con un dominio casi sobrehumano de sus impulsos, resistió lo irresistible, y la magnífica mujer tuvo que contentarse con el otorgamiento de un beso desvaído.
El señor del castillo retornó al atardecer, y sus hombres venían abrumados bajo el peso de las piezas que había cobrado. Las colocaron en filas en el piso del gran salón, y el huésped las presentó a Gawain, el cual en cumplimiento del pacto devolvió al descomunal cazador el beso que había recibido. Y entonces ambos, nuevamente, rieron de todo corazón. ¡Qué mezquino botín, si se lo comparaba con las presas capturadas en ese día!
A la mañana siguiente, el señor del castillo volvió a salir, y otra vez la castellana pasó detrás de las cortinas. Estuvo más apremiante que el día anterior, y el autodominio de Gawain se hizo más precario. Pero el caballero era hábil; no sólo resistió los apremios de su insistente huésped, sino que también la confortó y la apaciguó, de manera que ella, aunque rechazada, no se sintió humillada; y esta vez dio dos besos a Gawain antes de despedirse.
El castellano regresó un poco tarde ese día. Había matado un robusto oso, que presentó al caballero. Y cuando, a cambio, recibió los dos rápidos besitos en la mejilla, los hombres se rieron otra vez de todo corazón.
La tercera y última mañana antes de la partida de Gawain, las cosas transcurrieron con un poco menos de cortesanía detrás de las cortinas del lecho. La mujer insistió con una desesperación que hizo parecer absurdamente arbitraria la sostenida caballerosidad del convidado. La situación se tornó más aguda por el hecho de que el joven y gallardo Gawain tenía considerable reputación como amante. “Dime por lo menos”, imploró la mujer, “que estás enamorado de otra dama y que le has jurado serle fiel”. Pero el joven respondió que no existía en su vida ninguna tal señora de sus pensamientos.
Entonces la mujer pareció buscar alguna prenda, algo que, de alguna manera, aunque fuera intangible, lo hiciera suyo; y se quitó del dedo una pesada sortija, que le instó a aceptar. Pero él se resistió nuevamente, porque un anillo es un símbolo de la personalidad, y ofrecer un anillo significa la entrega del propio ser. Dar el anillo que se lleva es conferir un poder, la autoridad para hablar o actuar en nombre del que lo entrega. Así, un rey entrega su anillo al funcionario autorizado para dar órdenes y sellar las leyes en lugar de él, y una dama entregará su anillo al caballero que es su caballero. Aceptar un presente tal implica fidelidad, alguna clase de vínculo; y sir Gawain, de acuerdo con su carácter de caballero de la Tabla Redonda del rey Arturo, era muy estricto consigo mismo en lo referente a cualquier relación que lo comprometiera. Como se ve, el joven venía siendo sometido durante esas últimas horas de su vida a una prueba muy delicada y significativa. Al alba del día siguiente tenía que enfrentarse con el Caballero Verde y resignarse a la pérdida de su cabeza. Entretanto, disponía de un día, un día en el momento del prematuro y radiante ocaso de su juventud. Y si su juvenil cuerpo hubiera podido crear una respuesta viviente a su propio y ahora furiosamente exacerbado deseo de vivir, no hubiera suscitado nada más deseable que esa hermosa y apremiante mujer que se había presentado ante él. Por última vez, el hechizo del mundo estaba delante de él, brindando a sus labios un gusto final, comparativamente breve pero suntuoso, de la vida que demasiado pronto habría de perder. A pesar de ello, el caballero – ese experto amador de nobles y hermosas damiselas, de ninguna manera insensible a sus encantos y demandas – estaba rechazando la dádiva, esa copa de placer llena hasta el borde.
Las razones aducidas y reales de sir Gawain para su acto antinatural eran su obligación caballeresca para con su huésped ausente, y si queremos apreciar el simbolismo de este predicamento, tenemos que tratar de comprenderlas de la misma manera que él. Se lo tentaba a que renunciase, a cambio de un momento de indulgencia consigo mismo, a su dedicación de toda la vida a la perfección de la caballería. Si cedía, su falta no sería la licencia carnal (podemos creer que no la habría rehuido) sino la falta de sinceridad y la infidelidad, y eso hubiera significado la desintegración de la consistencia de todo su ser. Porque sir Gawain era un iniciado, uno de los principales iniciados, en el círculo sagrado de la Tabla Redonda, dedicado solemne y seriamente a la vida modelo del ideal caballeresco. El haber sucumbido a la atracción de una aventura de amor episódica a costa de la coherencia de su carrera hubiera significado traicionar no sólo a su huésped sino a sí mismo. Su vida estaba destinada a terminar pronto; que continuara, pues, hasta el final. Que no se derrumbara en una hora transitoria de azar lujurioso. Pero la frustrada mujer tenía en juego ahora un problema antagónico de honor, y no había que negarle por completo su requerimiento de que por lo menos se hiciera alguna concesión a su solicitación no encubierta. Gawain no quería aceptar su persona. Gawain no quería aceptar su anillo. ¿No habría, entonces, por ventura, algo menos comprometedor que él quisiera dignarse a recibir de ella, alguna bagatela, algo que ni llegara a ser un presente, una nadería, pero que de todos modos fuera una partícula de su existencia, que pudiera constituir un vínculo secreto entre ellos? Al bajar los ojos, su vista se posó sobre un angosto ceñidor verde, un trocito de cinta, que llevaba en torno de su cintura. Las temblorosas manos la desataron, y ofreciéndosela con instancia al renuente héroe que se encontraba en el lecho, le susurró como si las paredes pudieran oírlos: “Por favor, tomadlo. Es una nadería, pero posee un poder milagroso”. Gawain no había permitido aún a la tentadora que cerrase la mano. “Quienquiera llevare este trozo de cinta sobre su persona”, le dijo, “no puede recibir daño alguno”. Esta fue una estocada elocuente. La resistencia de Gawain, durante un momento, aflojó algo, y la persistente mujer comenzó a apretar sus dedos para que los cerrase. Renunciando a conquistarlo, había recurrido a un soborno, una apelación a cualquier partícula diminuta de temor que pudiera subsistir aún en el corazón de este valerosísimo mancebo que había viajado desde tan lejos para enfrentar la muerte cara a cara. Poco habría, o quizá nada, en contra de los intereses de su alojador si aceptara tan oportuno talismán. La mujer argüía con un aire de amorosa preocupación, ansiosa por la seguridad del joven: con provisión, exenta de egoísmo, maternal, sin tratar ya de forzar su voluntad por medio de la seducción. Y Gawain fue tomado desprevenido por esta estrategia. Sus dedos comenzaron a cerrarse por sí mismos sobre el frágil cíngulo verde. Luego, de pronto, lo asió y lo recibió, y la mujer, en el ardor de su gratitud y satisfacción, lo besó con entusiasmo tres veces. El joven caballero cabalgaría con mayor confianza la mañana siguiente para llevar a cabo su empresa, un poco menos franco y esplendoroso, menos consciente de su valor, menos recto de lo que hubiera sido de no haber sustraído al huésped una cosilla en la ceremonia de su diario trueque, pero de todos modos sería un jinete extraordinariamente heroico.
El cazador regresó aún más tarde que el día anterior, y sólo pudo exhibir como botín un zorro, flaco y maloliente. Su morral se había ido vaciando día a día, en tanto que el del invitado, dentro de las murallas del castillo, se había ido ensanchando cada vez más. En el momento del intercambio, el huésped, encogiéndose de hombros como para excusarse, presentó su mezquina ofrenda, y el invitado, con apenas una huella de incomodidad, sus tres besos. El trozo de cinta verde no apareció, y la mujer, que había permanecido de pie, vigilando con ansiedad, se esponjó con una mirada de agradecida alegría.
La mañana siguiente, un escudero guió a sir Gawain hasta el valle descarriado, y cuando le señaló el camino hacia la Capilla Verde, le instó con ahínco a que se volviera. Jamás nadie, dijo, había regresado después de entrar en esa capilla. “Por eso, noble señor Gawain, dejad en paz a ese hombre. Idos en otra dirección, y os prometo guardaros el secreto”. Pero el joven caballero no tenía miedo, y con la cinta verde ceñida, confiaba en sobrevivir donde los otros habían perecido.
Siguió solo adelante, y a su debido momento llegó a una bóveda sombría, hundida en el suelo, estropeada por el tiempo y recubierta de musgo, un lugar ominoso para una cita, desolado y silente. Tiró de las riendas de su caballo y se puso a escuchar; y no llevaba mucho tiempo haciéndolo, cuando un ruido que parecía el de una piedra de amolar, como si alguien estuviera afilando un hacha, llegó a través del aire invernal desde la ladera boscosa, del otro lado del torrente. Gawain pronunció en alta voz su nombre y anunció su llegada. Una voz le respondió que aguardara, y volvió a escucharse el horripilante ruido del hacha afilándose. El ruido cesó abruptamente, y en un instante el corpulento Caballero Verde salió de una cueva y se lo vio descender por la ladera.
El saludo fue breve, y como en un encuentro de negocios. Gawain fue conducido al lugar de la ejecución. Imitando a su modelo del año anterior, se mantuvo inmóvil con el cuello inclinado y dispuesto, pero en el momento en que el otro blandió el hacha, instintivamente “encogió un poco los hombros”. Podría decirse que éste fue un segundo síntoma del rasgo que lo había impulsado a aceptar el trozo de cinta, y es interesante notar que, aunque ahora estaba protegido por el talismán, no pudo aceptar plenamente el mandoble inminente.
El Caballero Verde, al verlo titubear, detuvo el golpe y echó en cara a Gawain su cobardía. El joven protestó. El no tenía la suerte, expresó, de poder recoger su cabeza una vez que cayera cercenada. Pese a ello, se puso otra vez en posición, con la promesa de que ahora no temblaría.
El Caballera Verde levantó otra vez el hacha. El imponente verdugo ya había comenzado a descargar el golpe, cuando al advertir que esta vez el caballero no flaqueaba, se interrumpió otra vez deteniendo el impulso de sus dos brazos y comentó con aprobación: “Así me gusta que seáis. Esta vez sí daré el tajo. Pero primero quitaos esa capucha que el Rey Arturo os dio, para que yo pueda dar en vuestro cuello de la manera exactamente debida”.
Gawain se exasperó: “Golpead fuerte de una vez, o de lo contrario pensaré que no os atrevéis a dar el golpe”.
Tomó el hacha por tercera vez, lo alzó todo lo que le permitían los brazos y lo dejó caer; pero fue de tal manera que casi erró, pues sólo arañó la piel con el filo, haciendo en el cuello una delgada raspadura que sangraba ligeramente.
Gawain, cuando sintió eso, saltó a un lado, asió las armas y se preparó para el combate. “¡Os reto!”, exclamó, “¡lo convenido fue un golpe, y nada más!” El Caballero Verde sonreía, apoyado tranquilamente en su hacha. “No os exaltéis”, dijo, “habéis recibido el golpe que merecíais. No haré nada más para dañaros. Por dos veces me contuve. Estos golpes fueron inocuos porque por dos veces guardasteis la fe que me habíais prometido y me devolvisteis los besos que habíais recibido de mi esposa. Pero la tercera vez faltasteis, y por eso os marqué con mi hacha. El ceñidor verde que lleváis me pertenece; mi mujer lo hizo para mí. Fui yo quien la envié a vos con sus caricias, sus besos y la verde tentación. Yo sabía todo lo que habría de pasar. Y entre todos los caballeros del mundo sir Gawain es como una perla entre guisantes. Fallasteis un poco cuando fuisteis sometido a prueba por tercera vez, pero no por concupiscencia o autocondescendencia, sino porque amabais vuestra vida y os sentíais desdichado de abandonarla”.
Sir Gawain enrojeció de vergüenza: “¡Malditos seáis ambos, el Temor y el Deseo! Sois los destructores del valor viril y del heroísmo.” Se sacó el cíngulo(2) y lo alargó para devolverlo, pero el Caballero Verde se negó a recibirlo. Confortó al joven héroe, encareciéndole que conservara la cinta verde como un presente, y luego lo invitó a compartir otra vez la hospitalidad de su castillo.
Gawain rehusó acompañarlo, pero consintió en guardar el ceñidor, que ató con un nudo oculto debajo de su brazo. Debería servirle siempre de recordatorio de cómo había fallado. Y así volvió indemne a la Tabla Redonda de la corte del rey Arturo, donde contó su aventura. Los caballeros hicieron poca cuenta de su falla, pero mucha del heroísmo de su victoria. Y en memoria del extraordinario suceso, decidieron unánimemente llevar siempre, a partir de entonces, un trozo de cinta verde.
Heinrich Zimmer
El Rey y su Cadáver
Cuentos psicológicos sobre la conquista del mal.
Compilación de Joseph Campbell
Estábamos 10 o 12 personas en el interior de la sucursal bancaria de la esquina, cuando entró un tipo fuera de sí blandiendo una pistola.
Tras ordenar que nos sentáramos en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y las manos sobre las rodillas, exigió la combinación de la caja fuerte. Supe de súbito que aquel atracador era yo. Lo supe de un modo intuitivo, claro, no racional, pero sin lugar a dudas de ninguna de clase. Lo malo es que el resto de los clientes debieron de notarlo también, lo digo por la forma en que comenzaron a mirarme.
Se me ocurrió, para disimular, interpelar con dureza al atracador, que me respondió con un tiro en el pie derecho. La bala atravesó el zapato, rompió los huesos que halló a su paso y salió por la suela, incrustándose en el suelo. No me dolió, pero me incomodó ver el agujero, del que comenzó a salir perezosamente una sangre más negra que roja.
El tiro, lejos de disipar mi convicción de que yo era el que empuñaba la pistola, me afianzó en ello, igual que al resto de las víctimas, por lo que volví a encararme con el atracador, esta vez llamándole hijo de perra. La respuesta fue un nuevo disparo, en el otro pie. A ver si de este modo, me dije, he logrado desviar la atención de mí.
Pero eché una ojeada a mi alrededor y comprobé, por el modo en que continuaban mirándome, que no. ¿Qué hacer? Sentía una vergüenza enorme. Pensaba en mi familia, en mis amigos; también, absurdamente, en los críticos literarios. Entonces me abrí teatralmente la camisa y pedí a gritos al atracador que me matara, suponiendo que mi muerte disiparía todas las sospechas. El tipo se volvió hacia mí, me pegó un tiro en el pecho y me morí.
No supe qué dijeron al día siguiente los periódicos, ni los críticos. Pero di por bien empleado el sacrificio si sirvió para que nadie se diera cuenta de que yo era él.
La vi aquella primavera en Campino, con el conde de Capra —el que lleva bigote—, entre la tercera carrera y la cuarta, bebiendo Campari junto a las pistas del hipódromo, con las montañas a lo lejos y, más allá de las montañas, una masa de nubes que en América hubieran significado una tormenta para la hora de cenar capaz de derribar árboles, pero que allí terminaría por quedarse en nada. Volví a verla en el Tennerhof de Kitzbühel, donde un francés cantaba canciones de vaqueros ante un público que incluía a la reina de Holanda; pero nunca la vi en las montañas, y no creo que esquiara; iba allí, al igual que tantos otros, para estar con la gente y participar en la animación. Más tarde la vi en el Lido, y de nuevo en Venecia algo después, una mañana en que yo iba en góndola a la estación y ella estaba sentada en la terraza de los Gritti, tomando café. La vi en la representación de la Pasión de Erl; no exactamente en la representación, sino en el mesón del pueblo, donde se suele comer aprovechando el intermedio, y la vi en la plaza de Siena con motivo del Palio, y aquel otoño en Treviso, cuando cogía el avión para Londres. Exagero, pero todo esto podría ser verdad. Era una de esas personas que vagabundean incansablemente, y luego, noche tras noche, se van a la cama para soñar con bocadillos de beicon, lechuga y tomate. Aunque procedía de una pequeña ciudad industrial del norte donde se fabricaban cucharas de palo, uno de esos lugares solitarios de donde surge, paradójicamente, la sociedad internacional, eso no tuvo nada que ver con su vida errante. Su padre era el gerente de la fábrica, que pertenecía a la familia Tonkin: grandes propietarios, dueños de regiones enteras, por lo que la tramitación de su divorcio fue seguida con gran interés por los periódicos sensacionalistas; el joven Marchand Tonkin pasó un mes allí para adquirir práctica en los negocios, y se enamoró de Anne. Ella era una chica normal, dulce y modesta, por naturaleza —cualidades que nunca perdió—, y se casaron al cabo de un año. Aunque eran inmensamente ricos, Tonkin no amaban la ostentación, y la joven pareja vivió discretamente en un pequeño pueblo desde donde Marchand se trasladaba todos los días a Nueva York para trabajar en el despacho familiar. Tuvieron un hijo y vivieron una vida feliz y sin historia hasta una húmeda mañana del séptimo año de su matrimonio. Marchand tenía una reunión en Nueva York y debía tomar el tren a primera hora de la mañana. Pensaba desayunar en la ciudad. Eran alrededor de las siete cuando se despidió de su mujer. Anne no se había vestido, y estaba echada en la cama cuando lo oyó pelearse con el motor del coche que solía usar para ir a la estación. Después oyó cómo se abría la puerta principal y la voz de su marido que la llamaba mientras subía la escalera. El coche no se ponía en marcha, ¿le importaría llevarlo a la estación en el Buick? No le daba tiempo a vestirse, de manera que Anne se echó una chaqueta por encima de los hombros y lo llevó a la estación. De medio cuerpo para arriba estaba correctamente vestida, pero de la chaqueta para abajo el camisón seguía siendo transparente. Marchand le dio un beso de despedida y le recomendó que se vistiera en seguida; Anne abandonó la estación, pero en el cruce de Alewives Lane y Hill Street se quedó sin gasolina. Como se hallaba delante de la casa de los Bearden, pensó que podrían proporcionarle un poco de gasolina, o, al menos, prestarle un abrigo. Tocó el claxon una y otra vez hasta darse cuenta de que los Bearden estaban de vacaciones en Nassau. Todo lo que podía hacer era esperar en el coche, prácticamente desnuda, a que alguna compasiva ama de casa pasara por allí y se ofreciera a ayudarla. Mary Pym fue la primera, y aunque Anne la saludó con la mano, pareció no darse cuenta. Después pasó Julia Weed, que llevaba a Francis al tren a toda velocidad, pero que iba demasiado de prisa para fijarse en nada. A continuación cruzó por allí Jack Burden, el libertino del pueblo, y sin que nadie lo llamara, pareció sentirse magnéticamente atraído hacia el automóvil. Se detuvo y preguntó si podía ayudar en algo. Anne se trasladó a su coche —¿qué otra cosa podría haber hecho?—, pensaba en lady Godiva y en santa Águeda. Lo peor de todo fue que no acababa de despertarse: de cruzar la distancia entre las sombras del sueño y la luz del día. Y era un día sin luz, sombrío y opresivo, como el ambiente de una pesadilla.
Se cumple este año el 110 aniversario de la colonia Yaddo para artistas. En 1900 el matrimonio formado por Spencer y Katrina Trask después de perder en una semana a sus 4 hijos pequeños, decidió dedicar la residencia que tenían en Saratoga Springs, (estado de Nueva York) a apoyar desinteresadamente a artistas de diferentes disciplinas. La leyenda dice que la tierra sobre la que está construida la casa que da cuerpo a Yaddo emana inspiración creativa. Se cree que en esos terrenos había entre 1830 y 1840 una taberna donde iban a cenar muchos escritores, entre ellos Edgar Allan Poe que parece que terminó allí The Ravern. El nombre “Yaddo” es una invención de una de las hijas pequeñas de los fundadores que buscaba una palabra que rimara con “Shadow”.
El sendero hasta su casa quedaba oculto desde la carretera gracias a unos cuantos arbustos, y cuando Anne se apeó del coche y le dio las gracias a Jack Burden, él la siguió escalones arriba y se aprovechó de ella en el vestíbulo, donde fueron descubiertos por Marchand cuando volvió en busca de su cartera. Marchand abandonó la casa en aquel mismo momento, y Anne nunca volvió a verlo. Murió de un ataque cardíaco diez días después en un hotel de Nueva York. Sus suegros fueron a los tribunales para solicitar la custodia del niño, y durante el juicio, Anne —en su inocencia— cometió la equivocación de echarle la culpa de su extravío a la humedad. Las revistas sensacionalistas lo sacaron a relucir —no fui yo; fue la humedad—, y aquello se extendió por todo el país. Inventaron una canción que se hizo muy popular, y, dondequiera que iba, parecía que Anne estaba condenada a escucharla: La pobrecita Isabelnunca besaba a un doncel si faltaba la humedad, pero si estaba nublado, no se podía contener, convertida en un tornado… A mitad de juicio, Anne retiró sus demandas, se puso unas gafas de sol y se embarcó de incógnito para Génova, catalogada como persona indeseable por una sociedad que sólo parecía capaz de suavizar su puritanismo con un procaz sentido del humor. No le faltaba dinero, claro está —sus sufrimientos eran sólo espirituales—, pero la habían herido, y sus recuerdos eran amargos. Por lo que sabía de la vida, Anne tenía derecho al perdón, pero no se lo habían concedido, y su propio país, al recordarlo desde el otro lado del Atlántico, parecía haber dictado contra ella una sentencia salvaje y poco realista. Se la había utilizado como cabeza de turco; se la había puesto en ridículo, y precisamente porque su pureza de corazón era auténtica, estaba profundamente ofendida. Basaba su expatriación en razones morales más que culturales. Al interpretar el papel de europea, quería expresar su desaprobación por lo que había pasado en su país. Vagabundeó por toda Europa, pero finalmente compró una villa en Tavola-Calda y pasaba allí por lo menos la mitad del año. Aprendió italiano, así como todos los sonidos guturales y gestos de manos que acompañan al idioma. En el sillón del dentista decía ¡ay!, en lugar de ¡au!, y podía espantar a un abejorro de su vaso de vino con gran elegancia. Se sentía muy dueña de su expatriación —su territorio personal, conseguido con grandes sufrimientos—, y la irritaba oír a otros extranjeros hablando italiano. Su villa era encantadora; los ruiseñores cantaban en los robles, las fuentes susurraban en el jardín, y ella, desde la terraza más alta, con el cabello teñido del peculiar tono bronceado que estaba de moda en Roma aquel año, saludaba a sus huéspedes: «Bentornati. Quanto piacere!», pero la escena no era nunca del todo perfecta. Parecía una reproducción, con las leves imperfecciones que se encuentran en las ampliaciones: una disminución de calidad. El resultado no era tanto que estuviera de verdad en Italia como que se había marchado completamente de Estados Unidos. Anne pasaba gran parte del tiempo con gente que, como ella, aseguraban ser víctimas de una atmósfera moral represiva y raquítica. Sus corazones estaban en los muelles de los puertos, siempre escapándose de casa. Anne había pagado su continua movilidad con cierta dosis de soledad. El grupo de amigos que esperaba encontrar en Wiesbaden desapareció sin dejar ninguna dirección. Los buscó en Heidelberg y en Munich, pero no consiguió encontrarlos. Las invitaciones de boda y los partes meteorológicos («La nieve cubre el nordeste de Estados Unidos») le producían una terrible nostalgia. Siguió perfeccionando su interpretación del papel de europea, y, aunque sus logros eran admirables, no dejaba de tener una especie de alergia a las críticas, y detestaba que la confundiesen con una turista. Un día, al final de la temporada en Venecia, tomó el tren en dirección al sur, y llegó a Roma en una calurosa tarde de setiembre. La mayor parte de los habitantes de la Ciudad Eterna estaban durmiendo, y el único signo de vida eran los autobuses de los turistas rechinando cansadamente por las calles, como si fueran una pieza básica en el funcionamiento de la ciudad, igual que el alcantarillado o la conducción de la luz. Le dio el talón del equipaje a un mozo y le describió sus maletas en un excelente italiano, pero él no se dejó engañar y murmuró algo acerca de los norteamericanos. ¡Eran tantos!Esto irritó a Anne, que replicó con aspereza: —Yo no soy norteamericana. —Disculpe, signora —dijo el otro—. ¿De qué país es usted, entonces? —Soy griega —respondió. La enormidad, la tragedia de su mentira fue un terrible golpe para ella. «¿Qué he hecho?», se preguntó a sí misma con incredulidad. Su pasaporte era tan verde como la hierba, y viajaba bajo la protección del Gran Sello de Estados Unidos. ¿Qué la había impulsado a mentir sobre una faceta tan importante de su identidad? Tomó un taxi par a ir a un hotel de Via Veneto, mandó subir las maletas a la habitación, y se dirigió al bar para beber algo.
Me irrita mi falta de volumen físico y me irrita sentir esta preocupación. No hay muchas pruebas de ello en las fotografías que poseo, pero temo que me tomen por un viejo contramaestre, por un amable empleado de ferretería que sabe dónde están los clavos de todos los tamaños, por un secretario de fábrica de escopetas, por un vigilante de pequeño museo con uniforme raído que susurra: “Es hermoso, ¿verdad?”. Me veo en Berlín Occidental, maestro de ceremonias en la boda de Iole: bang-bang, una llama dinámica, brillante. A falta de volumen, uno tiene ánimo. Patino, saco la nieve y creo ver en un árbol desconocido un rastro de verdor y luz. Me parece que es lo que buscaba. Pero al acostarme a dormir la siesta, en el extremo oscuro o misterioso de las cosas imagino que estrecho entre mis brazos a un amante indigno.
No había más que un norteamericano: un hombre de cabellos blancos con un audífono. Estaba solo y parecía sentirse solo; finalmente se volvió hacia la mesa donde se encontraba Anne y le preguntó muy cortésmente si era estadounidense. —Sí. —¿Cómo es que habla italiano? —Vivo aquí. —Me llamo Stebbins —dijo él—. Charlie Stebbins, de Filadelfia. —Encantada —dijo ella—. ¿De qué parte de Filadelfia? —Bueno; nací en Filadelfia —dijo él—, pero no he vuelto allí desde hace cuarenta años. Mi verdadero hogar es Shoshone, en California. Lo llaman la puerta del valle de la Muerte. Mi mujer era de Londres. Londres en el estado de Arkansas, ja, ja. Mi hija se educó en seis estados de la Unión: California, Washington, Nevada, Dakota del Sur y del Norte y Louisiana. Mi mujer murió el año pasado, y decidí que tenía que ver un poco de mundo. Las barras y las estrellas parecían materializarse en el aire por encima de la cabeza del señor Stebbins, y Anne se dio cuenta de que en Norteamérica las hojas estaban cambiando de color. —¿Qué ciudades ha visitado? —le preguntó. —¿Sabe? Es un poco cómico, pero no lo sé demasiado bien. Una agencia de California planeó el viaje y me dijeron que iba a hacerlo con un grupo de norteamericanos, pero tan pronto como llegué a alta mar descubrí que viajaba solo. No volveré a hacerlo nunca. En ocasiones me paso días enteros sin oír hablar a nadie en un inglés de Estados Unidos decente. Fíjese que algunas veces me siento en la habitación y hablo conmigo mismo por el placer de escuchar norteamericano. No sé si me creerá, pero tomé un autobús de Frankfurt a Munich, y no había nadie allí que supiera una palabra de inglés. Después tomé otro autobús de Munich a Innsbruck, y tampoco había nadie que hablara inglés. Luego otro de Innsbruck a Venecia y tres cuartos de lo mismo, hasta que se subieron unos norteamericanos en Cortina. Pero de los hoteles no tengo ninguna queja. Normalmente hablan inglés en los hoteles, y he estado en algunos francamente buenos. A Anne le pareció que aquel desconocido, sentado en un taburete de un sótano romano, había conseguido redimir a su país. Un halo de timidez y de hombría de bien parecía rodearlo. En la radio, la emisora de las fuerzas armadas de Verona lanzaba a las ondas los compases de Stardust. —Eso es Stardust —señaló el norteamericano—. Aunque supongo que ya habrá reconocido la canción. La escribió un amigo mío, Hoagy Carmichael. Sólo con esa pieza gana todos los años seis o siete mil dólares de derechos de autor. Es un buen amigo mío. No lo he visto nunca, pero nos escribimos. Quizá le parezca extraño tener un amigo al que no se ha visto nunca, pero Hoagy es realmente amigo mío. A Anne le pareció que sus palabras eran mucho más melodiosas y expresivas que la música. El orden de las frases, su aparente falta de sentido, el ritmo con que habían sido pronunciadas le parecieron como la música de su propio país y se vio andando, todavía muchacha, junto a los montones de serrín de la fábrica de cucharas, camino de la casa de su mejor amiga. A veces, por las tardes, tenía que esperar en el paso a nivel, porque iba a cruzar por allí un tren de mercancías. Primero se oía un sonido a lo lejos, como de un huracán, y después un trueno metálico, el ruido de las ruedas. El tren de mercancías cruzaba a toda velocidad, como un rayo. Pero leer los carteles de los vagones solía emocionarla; no es que le hicieran imaginarse maravillosas posibilidades al final del trayecto: tan sólo la grandeza de su propio país, como si los estados de la Unión —estados trigueros, estados petrolíferos, estados ricos en carbón, estados marítimos— se deslizaran por la vía muy cerca de donde ella se había parado, y desde donde leía Southern Pacific, Baltimore & Ohio, Nickel Plate, New York Central, Great Western, Rock Island, Santa Fe, Lackawanna, Pennsylvania, para ir después perdiéndose paulatinamente a lo lejos. —No llore, mujer—dijo el señor Stebbins—. No llore. Había llegado el momento de volver a casa, y Anne cogió un avión para París aquella misma noche; al día siguiente tomó otro con destino a Idlewild. Temblaba de nerviosismo mucho antes de que vieran tierra. Volvía a casa, volvía a casa. El corazón se le subió a la garganta. ¡Qué oscura y qué reconfortante parecía el agua del Atlántico después de aquellos años en el extranjero! A la luz del amanecer, desfilaron bajo el ala derecha del avión las islas con nombres indios, e incluso llegaron a entusiasmarla las casas de Long Island, colocadas como los hierros de una parrilla. Dieron una vuelta sobre el aeropuerto y aterrizaron. Anne tenía pensado buscar una cafetería allí mismo, y pedir un sándwich de beicon, lechuga y tomate. Agarró con fuerza su paraguas (parisino), y su bolso (sienés), y esperó su turno para abandonar el avión, pero cuando estaba bajando la escalerilla, antes incluso de tocar con los zapatos (romanos) su tierra nativa, oyó cantar a un mecánico que trabajaba en un DC-7 muy cerca de allí: La pobrecita Isabel nunca besaba a un doncel… No llegó a salir del aeropuerto. Tomó el siguiente avión para Orly y se reunió con los cientos, con los miles de norteamericanos que circulaban por Europa, alegres o tristes, como si realmente fueran gentes sin un país. Se los ve doblar una esquina en Innsbruck, en grupos de treinta, y esfumarse. Llenan un puente de Venecia, e inmediatamente ya se han ido. Se los oye pidiendo ketchup en un refugio del macizo Central por encima de las nubes, y se los ve curioseando entre las cuevas submarinas, con sus gafas y sus aparatos para respirar, en las aguas transparentes de Porto San Stefano. Anne pasó el otoño en París. También estuvo en Kitzbühel. Se trasladó a Roma para los concursos de equitación, y fue a Siena para ver el Palio. Seguía viajando sin descanso, soñando siempre con sándwiches de beicon, lechuga y tomate.
Supe enseguida que era un sueño porque encontré una vaca bebiendo agua del fregadero. Lo confirmé al asomarme por la ventana: había cuatro lunas. Tomé las llaves del auto. Zavala me había hecho la vida imposible primero en la universidad y luego en la oficina. Era mi oportunidad. Me desquitaría aunque fuera durante un sueño. Llegué a su casa y toqué la puerta. Me abrió él. Antes de que pudiera decir algo, me le fui encima y cerré mis manos en su garganta. Fue un placer indescriptible mirar sus ojos desorbitados. Pude incluso patearlo.
Al regresar a casa, encontré abierta la ventana de mi dormitorio. Me asomé: Raquel, mi esposa, estaba en la cama con cuatro hombres. Mi primer impulso fue gritar, pero las palabras no sonaban y Raquel siguió revolcándose con el cuarteto. En ese instante desperté. Estaba sudando. Consulté el reloj: ya eran más de las ocho. Me di un baño y entonces fui a la cocina. Después de servirme un plato con huevos, Raquel dijo: “Te tengo una noticia terrible: acaban de decir en el noticiario que tu amigo Zavala amaneció muerto; su esposa asegura que mientras dormía comenzó a forcejear con el aire y que luego se agarró la garganta como si se estuviera asfixiando”. Se me atoró el huevo en el cogote del puro susto. Miré a Raquel: a pesar de que se esforzaba por ocultarla, una sonrisa amplia le atravesaba el rostro.
George Bernard Shaw nació en Dublín, Irlanda, el 26 de julio de 1856 y falleció en Ayot St. Lawrence, Hertfordshire el 2 de noviembre de 1950. Este irlandés se ganó el premio Nobel de Literatura en 1925 y además el Oscar en 1938.
Shaw nació en Dublín, en una familia pobre y protestante. Se educó en el Wesley College en Dublín, y emigró a Londres en 1870, para comenzar su carrera literaria.
Allí, escribió cinco novelas que fueron rechazadas por los editores. Comenzó a escribir una columna de crítica musical en el periódico Star. Mientras tanto, comenzó a involucrarse en la política, y sirvió como concejal en el distrito de St. Pancras a partir de 1897. Fue un socialista notable, destacado miembro de la Sociedad Fabiana, que buscaba la transformación de la sociedad a través de métodos no revolucionarios. El trabajo periodístico ejercido durante sus primeros años, comprendía desde la crítica literaria y artística hasta colaboraciones sobre temas musicales que firmó, entre 1888 y 1890, con el seudónimo de Corno di Bassetto.
Shaw se volvió vegetariano cuando tenía veinticinco años, después de una lectura de H. F. Lester. En 1901, rememorando la experiencia, dijo “Fui caníbal durante veinticinco años. Por el resto de tiempo, he sido vegetariano”. Como convencido vegetariano, fue un firme anti-viviseccionista y antagonista de deportes crueles por el resto de su vida. La creencia en la inmoralidad de comer animales fue una de las causas más cercanas a su corazón y es un tópico frecuente en sus obras y prefacios. Su posición, mantenida sucintamente, fue “Un hombre de mi intensidad espiritual no come cadáveres”.
En 1895, Shaw se convirtió en el crítico teatral del periódico Saturday Review, lo cual fue el primer paso hacia la carrera de dramaturgo.
En 1898, Shaw se casó con Charlotte Payne-Townshend.
Candida, su primera obra exitosa, se estrenó ese mismo año. Le siguieron The Devil’s Disciple (1897), Arms and the Man (1898), Mrs. Warren’s Profession (1898), Captain Brassbound’s Conversion (1900), Man and Superman (1903), Caesar and Cleopatra (1901), Major Barbara (1905), Androcles and the Lion (1912), y Pigmalión (1913), por la que en 1938 obtuvo el Óscar al mejor guión adaptado.
Después de la Primera Guerra Mundial produjo varias obras, incluyendo Heartbreak House (1919) y Saint Joan (1923). Una de las características de las obras de teatro de Shaw es la larga introducción que las acompaña. En estos ensayos introductorios, Shaw daba su opinión —normalmente controvertida— sobre los temas que eran tratados en la obra. Algunos de estos ensayos son inclusive más extensos que la obra misma.
La turbulencia política en Irlanda no le fue indiferente. Acerca del levantamiento de Pascua, Shaw abogó en contra de la ejecución de los líderes rebeldes, argumentando que todos los hogares que se destruyeron podían ser siempre reconstruidos. Shaw fue amigo personal del líder Michael Collins, a quien invitó a cenar a su casa cuando Collins negociaba el tratado anglo-irlandés con David Lloyd George en Londres.
Shaw se preocupó por las inconsistencias en la escritura de la lengua inglesa, a tal grado de que en su testamento destinó una parte de sus bienes a la creación de un nuevo alfabeto fonético para el inglés. Tal proyecto nunca pudo comenzar, pues los bienes monetarios que Shaw dejó no eran suficientes. Sin embargo, las regalías obtenidas por los derechos de Pigmalión y My Fair Lady (obra musical basada en la obra de Shaw) fueron significativas.
Los herederos desarrollaron entonces el denominado alfabeto Shaviano.
Shaw tuvo una larga amistad con el escritor británico Gilbert Keith Chesterton y con el compositor Sir Edward Elgar. Shaw es la única persona que ha ganado un Premio Nobel y también un Óscar (en la categoría de mejor guión, por Pigmalión, en 1938).
Desde 1906 hasta su muerte en 1950, Shaw vivió en Shaw’s Corner, en el poblado de Ayot St. Lawrence, Hertfordshire. La casa se encuentra abierta al público visitante. El Teatro Shaw en Londres se abrió nuevamente en 1971, en su honor.
Escribió un poco como verán…un poco de todo. Los enlaces llevan a la Wiki para que uds. abran la puerta al mundo que se les antoje. Hay más de una muy atractiva. Cincuenta o cien años no son nada en lo que se refiere a la sociedad.
Tchaikovsky hizo este hermoso ballet basándose en el cuento de E.T.A. Hoffmann,
“El Cascanueces y el Rey de los Ratones”.
La familia de Clara celebra la Nochebuena con una gran fiesta para sus invitados. Clara y su hermano Fritz esperan con impaciencia que el excéntrico Tío Drosselmeyer llegue con su regalo especial. Éste resulta ser un gran castillo de juguete automático, con soldados que se mueven y cisnes que nadan en su foso. Además, trae para Clara un regalo especial, un cascanueces, y además le cuenta la historia de cómo el Cascanueces llegó a ser Rey de los Muñecos.
La Historia Del Cascanueces
En un Reino muy lejano, había un Rey y una Reina que tenían una preciosa hija, la Princesa Perlipat. Para celebrar el cumpleaños del Rey, la Reina preparó una tarta especial de queso azul, el favorito del Rey. Sin embargo, el olor del queso atrajo a todos los ratones, que se comieron la tarta. El Rey se encolerizó y ordenó a su inventor Drosselmeyer que capturase a todos los ratones. Drosselmeyer y su sobrino Hans consiguieron atrapar a todos excepto a la Reina de los Ratones y a su único hijo.
Como venganza, la Reina de los Ratones hechizó a la Princesa Perlipat hasta volverla insoportablemente fea. Entonces el Rey ordenó a Drosselmayer que buscase una cura. Drosselmayer averiguó que la Nuez Krakatooth podría invertir el hechizo, siempre que fuese abierta con los dientes de un hombre joven que no llevase botas. El Rey llamó a todos los príncipes y nobles, prometiendo que el que lograra abrir la nuez se casaría con Perlipat. Sin embargo, la nuez era tan dura que todos los hombres se rompieron los dientes intentándolo.
Entonces intervino el sobrino de Drosselmeyer, Hans, que consiguió abrir la nuez y curar a Perlipat. La Reina de los Ratones, furiosa, le lanza un hechizo para convertirlo en un Cascanueces, Príncipe de los Muñecos. Después, una columna cae sobre ella y muere, convirtiéndose su hijo en el Rey de los Ratones. Drosselmeyer es expulsado del Reino por “intentar hacer pasar un Cascanueces por yerno”.
La Venganza del Rey de los Ratones
Clara se queda triste por el final de la historia, pero el Tío Drosselmeyer la consuela diciéndole que el hechizo puede romperse. Esa noche, cuando todo el mundo se ha ido a dormir, Clara baja a la salita para bailar con el Cascanueces. De repente llega el Rey de los Ratones, que quiere vengarse del Cascanueces por haber herido su cola al caer la columna que mató a su madre. Todos los muñecos de la sala cobran vida y pelean contra el ejército de los ratones. La batalla termina cuando Clara lanza una zapatilla al Rey de los Ratones, que termina herido y sale huyendo. Clara tropieza y se golpea la cabeza contra el reloj, quedando inconsciente. A la mañana siguiente, le cuenta a su madre lo ocurrido, pero ella le manda descansar y olvidarse de cuentos de hadas.
La noche siguiente, el Rey de los Ratones vuelve, enfadado con Clara. Entonces pelean el Cascanueces con el Rey de los Ratones, mientras el resto de juguetes pelean contra los ratones. El general Pantaloon, un viejo muñeco, resulta herido y han de revivirlo en el País de los Muñecos. Entonces Clara encoge hasta tener el tamaño de una muñeca, gracias a la magia de Drosselmeyer.
El País de los Muñecos
Clara sigue a los juguetes hasta el País de los Muñecos, que resulta ser el castillo de Drosselmeyer. Allí, Clara baila con el Cascanueces y él le pide que se quede y sea Princesa, pero ella responde que tiene que volver a casa y crecer. Entonces los muñecos empiezan a volverse juguetes inanimados y aparece el Rey de los Ratones, herido y buscando una última venganza. Cuando se abalanza sobre Clara, termina cayendo al foso del castillo.
De Vuelta a Casa
Clara despierta y nada parece haber ocurrido, salvo que su familia ha encontrado un ratón muerto cerca del castillo de juguete. Ella corre al taller del Tío Drosselmeyer y llorando le pide saber si es cierto todo lo que ella vivió. De repente aparece un chico joven llevando un reloj, y ella enmudece. Drosselmeyer lo presenta como su ayudante Hans, pero ella ha reconocido en él al Cascanueces.
Es un hombre que está solo pero no espera. Se nota que no espera. Tiene una mueca en los labios que intenta o pretende ser una sonrisa, pero no lo es. Con las manos entrelazadas sobre la mesa, mira cantar a la chica de vestido largo azul. Todo el restaurante la mira, y también lo mira a él. Pero no parece que por una secreta historia de amor.
En el “Jardín Iguazú” la fauna de esa noche, 24 de diciembre, es por lo menos llamativa. Los chinos están en la larga mesa del fondo, contra las verjas, y desde allí llega un suave murmullo como de palomas. Su extraña lengua entremezcla vocablos del guaraní y del castellano, particularmente en los más chicos, que llaman la atención por su comportamiento serio, casi adulto.
El patio es grande, como para cincuenta mesas o algo más. Casi todas están ocupadas por una legión de rostros peculiares que parlotean como pájaros de hablar diverso: las chicas que parecen alemanas, o austríacas, comen tan discretas como rubias; los dos franceses de camiseta y shorts que parecen gemelos, o pareja gay, tragan como si ésa fuese la última cena antes de subir al patíbulo; una barra de cordobeses grita cerca de los chinos y suelta procacidades cada tanto, pidiéndole a la chica del vestido largo azul que cante temas cuarteteros onda Mona Jiménez.
El hombre que está solo ha terminado de comer. Antes de las once de la noche ya se ha pasado dos veces una blanca servilleta de papel por los labios y ha bebido un par de copas de sidra helada con que la casa invita a los comensales. Chun Li, el patrón que vigila que nada escape a su control, ha dispuesto que la sidra se incluya en el precio del tenedor libre chino-argentino: veinte pesos, o dólares, por persona y con toda otra bebida aparte. Mientras María Paula, la mesera que nos toca, nos sirve la sidra e informa sobre la mesa de comidas, calculo que hay más de cien personas en el local: un negocio redondo sobre todo porque hay gente como esos cuatro europeos de nacionalidad indefinible que ya van por la octava botella del mejor tinto nacional, o ese grupo de estudiantes norteamericanos con camisetas de NYU y otras universidades que desde las ocho de la noche están bebiendo cerveza con un apasionamiento como el de la Quinta Flota cada vez que ataca un país árabe.
La chica canta ahora boleros de Luis Miguel y es difícil decidir si es mejor mirarle las piernas bellísimas que asoman por el tajo del vestido largo azul, o seguir la conducta tan extraña de Solari, como hemos bautizado al hombre de la mueca en la boca que parece sonrisa pero no es sonrisa. Su comportamiento es por completo educado, o quizás habría que decir medido. Como una representación de lo discreto, no es tristeza lo que define su estado. Es más bien un transcurrir a contramano de todos, el cual, finalmente, resulta patético.
Es un hombre apuesto, ciertamente: andar por los cuarenta largos, quizás cincuenta muy bien llevados, con algunas canas sobre las orejas, lomo trabajado en gimnasio, manos de campesino o de obrero: bastas, fuertes, grandes. Viste con sencillez, como casi todos esa noche abrasadora de Navidad y en ese punto caliente de la frontera: jean y camisa de mangas cortas en tono pálido, nada para destacar.
Lo que destaca es que está solo y su soledad es absoluta, insólita para esa noche y ese sitio, una solitariedad, se diría, tan llamativa como la joroba del de Notre Dame, indiscreta como un comentario del inolvidable Max Ferrarotti de Soriano.
Imposible no mirarlo. Es casi agresiva su desolación. Preside una mesa vacía con restos de pavo y un trozo de pan dulce a medio comer. Ha pedido ahora una botella de vino blanco que beberá solo, quizás como lo ha hecho toda su vida, y lo bebe parsimonioso y lento como haciéndolo durar hasta las doce, cuando la chica del vestido largo azul anuncia que es la hora del gran brindis y los besos y los buenos deseos, y estallan las mesas de los argentinos, los cordobeses y unos rionegrinos de más allá, y también un grupo de brasileños que se lanzan a bailar como siempre hacen los brasileños para que todo el mundo los quiera, y de modo más contenido los europeos, y con asiática frialdad los chinos: todos se besan, se abrazan, se saludan, nos besamos, brindamos de mesa a mesa, alzamos copas, algunos le hacen guiños a la chica del vestido largo azul que canta algo de Caetano. Chun-Li vigila la caja y que todo esté en orden, y luego de cinco minutos yo advierto, y creo que todos advertimos, que el hombre solo sigue solo, impertérrito, alzando su copa apenas hasta la altura de sus labios y como para brindar con nadie. De una mesa vecina un matrimonio mayor se le acerca para brindar con él, acaso conmovidos por su desamparo; cambian saludos y otra mujer, de unos cuarenta años y a la que imagino solterona, va y le zampa un beso y un abrazo como diciéndole oiga, che, no joda, venga a divertirse un rato que aquí estoy yo y la noche es propicia. Pero el hombre, tras devolver, gentil y educado, los saludos, retorna a su mesa, a su soberbia, a su patética soledad sin esperanzas.
Hacia la una de la madrugada y después de tangos, cumbias y hasta chacareras a pedido, la chica del vestido largo azul se toma un respiro con sus músicos, algunos turistas se retiran a descansar, y con Daniel, que ha mantenido sus cámaras colgadas del cuello como un médico de terapia intensiva su estetoscopio, decidimos que es hora de ir a dormir pues mañana será un día de trabajo. Pagamos a María Paula y saludamos a Chun-Li y los suyos. Yo le doy un beso fraternal a María Paula, que no ha dejado de bailar cumbias desde que terminó la cena, y antes de salir miro por última vez al hombre solo y le pregunto a María Paula qué onda con el que sigue allí, sentado, con su mueca que pretende ser sonrisa pero no lo es y que intenta ser agradable sin lograrlo.
—¿Ése? —dice con desprecio María Paula—. Es un gendarme retirado que torturó y mató a un montón de gente. Hace años era el hombre más temido de la frontera; ahora es sólo eso que ves: menos que un pobre infeliz, una mierdita.
Y me da un beso y otro a Daniel, y sigue bailando. Nos vamos al hotel, pensando en el día siguiente. Y sin mirar atrás.
Giardinelli, Mempo. «Un cuento de Navidad». Brecha Nº 684 (Montevideo), 8 de enero de 1998: contratapa. Ahora en Cuentos Completos. Buenos Aires: Seix Barral, 1999. 389-392.
PALABRAS DE MOHAMED
En el Sahara, en un campamento de refugiados, un niño sordomudo llamado Mohamed, vivía en la pobreza. Su profesora le enseñaba a escribir, pero a él le costaba mucho debido a su invalidez. Cuando llegaba a casa salía al corral a dar de comer al camello y pasaba las horas con él. El camello al comer movía la boca y él creía que le estaba hablando. Todo lo que creía que decía el camello lo escribía y así se convirtió en uno de los mejores poetas de su país. Jorge Gómez Rodríguez
Asociación Juvenil el Torreón
Segovia
Catedral de Segovia
EL ABETO DE NAVIDAD
En un lejano bosquecillo, tiempo ha, nació un abeto llamado Chris; con él, un pino, de nombre Rito. Se hicieron muy amigos; lo pasaban estupendamente. Un día, Rito despertó con unas pequeñas protuberancias. Un viejo pino, explicó que aquello eran piñas.
Rito presumía orgulloso de ellas, y Chris admiraba desconcertado tales adornos.
Acudieron al bosque unos niños a jugar, pero estalló una tormenta, y salieron corriendo, olvidándose sus juguetes. Chris los recogió y se los colgó cual piñas.
Volvieron los niños por sus juguetes, mas no quisieron quitárselos. Trajeron nuevos adornos, y extendieron la tradición de los Abetos de Navidad.
Marta Romero Bermejo
Asociación Juvenil el Torreón
Segovia
بارا اِنتيندير اِل كوراسون ج لا مينتي دي اُنا بيرسونا, نو تي فيخيس اِن لو كي ا اِجو نو تي فيخيس اِن لو كي ا لوغرادو سينو اِن لو كي اسبيرا ا اسير.
Para entender el corazón y la mente de una persona, no te fijes en lo que ha hecho, no te fijes en lo que ha logrado, sino en lo que aspira a hacer.
Khalil Gibrán
Poeta Libanés
Clavel Azul (flor nacional de El Líbano)
EL OJO
Un día dijo el Ojo:
-Más allá de estos valles veo una montaña envuelta en azul velo de niebla. ¿No es hermosa?
El Oído oyó esto, y tras escuchar atentamente otro rato, dijo:
-Pero; ¿dónde está esa montaña? No la oigo…
Luego, la Mano habló, y dijo:
-En vano trato de sentirla o tocarla; no encuentro ninguna montaña.
Y la Nariz dijo:
-No hay ninguna montaña por aquí; no la huelo.
Luego, el Ojo se volvió hacia el otro lado, y los demás sentidos empezaron a murmurar de la extraña alucinación del Ojo. Y decían entre sí: ” ¡Algo debe de andar mal en el Ojo!”
De acuerdo a su personalidad y a como le funcione el equipo, elija…
Espero que el caballo se canse
para que llegue al puerto
de las aguas quietas,
donde el mar silba
su saliva de labios secos y agonías
Espero que las tempestades
se estrujen
con la fuerza de los años
y los truenos se retiren;
y los ruidos se ensordezcan.
Que este cuerpo
esté presente
para beber del sol
En paz. ODA PARA LA VEJEZ Silvia Angélica Sánchez GENERAL ROCA,
RIO NEGRO – PATAGONIA,
Argentina
o bien…
Efraín Wachs (91), Lorenzo Escobar (95), Manuel Rajas (95) y Andrés Costilla (93) disputarán mañana una prueba inédita de 4×100 metros en la Plaza Independencia de Tucumán.
Nota de Clarín del día de ayer, por Horacio Ortelli
“Caminar es salud, correr es vivir”
es el lema de Efraín.
“Cuando era joven no corría como ahora. Hacía una vida más sedentaria por eso ahora intento recuperar el tiempo perdido”. Lo que no ha perdido el gran Efraín Wachs a sus 91 años es la fuerza para conseguir los objetivos que se propone. Luego de brillar en el Mundial de Atletismo de veteranos de Lathi, Finlandia, este rosarino radicado en Tucumán se trazó como meta armar una posta con otros tres integrantes de más de 90. Mañana, a las 9, cuando inicie el recorrido por la Plaza Independencia de San Miguel de Tucumán, Efraín verá su sueño hecho realidad.
¿Cómo se juntó Wachs con Lorenzo Escobar (95 años), Manuel Rajas (95 años) y Andrés Costilla (93 años), los otros integrantes de la posta? En diálogo con Clarín.com, Efraín lo cuenta: “Ahora son mis amigos. Pero no los conocía desde antes. Sucede que hace dos o tres años puse un aviso en el diario pidiendo que la gente mayor de 70 años viniera a entrenar y de a poco se fueron sumando”.
No conformes con los 100 metros que recorrerán cada uno en esa inédita posta, los cuatro abrirán la segunda competencia de la jornada, en la que Efraín asegura que participarán 100 personas (veteranos en su mayoría) en homenaje al mutualismo, y luego, a las 18, repetirán la posta de 4 x 100 metros, “de manera oficial, con cronómetro y controlados”.
Pero Efraín no se queda ahí. Ya trabaja, en colaboración con el PAMI, para lograr que más personas se vuelquen a la actividad deportiva. “Les dije que en un año vamos a tener cien Efraínes más y eso los motiva mucho”, revela. Así es Efraín Wachs, un buen espejo para todos.
Juan pedalea tranquilo.
Las tres sombras sin vida lo cuidan, lo protegen de los grandes peligros, esos que traen los vivos y que lo han dejado sin sus hermanas.
Esta parte del recorrido será húmeda y silenciosa. Propicia para recordar el aspecto de las dos. No ha olvidado la rubia cabellera de Sissy y la postura peleadora de Leonarda.
Ellas lo esperan, tal vez. O quizás sea tarde y sus infancias se hayan ido. Ya se verá…
Este relato participa en el 3º concurso de relatos cortos.
CANTOS A BERENICE (I) Si la casualidad es la más empeñosa jugada del destino,
alguna vez podremos interrogar con causa a esas escoltas de
genealogías
que tendieron un puente desde tu desamparo hasta mi exilio
y cerraron de golpe las bocas del azar.
Cambiaremos panteras de diamante por abuelas de trébol,
dioses egipcios por profetas ciegos,
garra tenaz por mano sin descuido,
hasta encontrar las puntas secretas del ovillo que devanamos
juntas
y fue nuestro pequeño sol de cada día.
Con errores o trampas,
por esta vez hemos ganado la partida.
OLGA OROZCO
Éste es un fragmento del poema CANTOS A BERENICE de la poeta argentina Olga Nilda Gugliotta Orozco, (Toay, La Pampa, 17 de marzo de 1920 – 15 de agosto de 1999).
Poco recordada hoy en día, OROZCO fue una gran figura de las letras argentinas con buenos reconocimientos:
«Primer Premio Municipal de Poesía» (1963)
«Premio de Honor de la Fundación Argentina» (1971)
«Premio Nacional de Teatro a Pieza Inédita» (1972) por Y el humo de tu incendio está subiendo
«Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes» (1980)
«Premio Esteban Echeverría»
«Gran Premio de Honor» de la SADE
«Premio Nacional de Poesía» (1988)
«Premio Gabriela Mistral» de la OEA (1988)
«Láurea de Poesía de la Universidad de Turín»
«Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo» (1998).
La segunda se refiere a nuestra casa más grande, el Universo, y es la constelación de la Coma de Berenice…
Constelación de la Coma de Berenice
Berenice era la esposa del rey de Egipto, Ptolomeo III, Evergetes (El Bienhechor), de la dinastía Ptolemaica.
Cuando Ptolomeo subió al trono, su primera misión consistió en ir a Siria para luchar contra el rey Seleuco II y vengar el asesinato de su hermana y de su sobrino (que era el heredero al trono de esta región de Asia).
Combatió largamente y obtuvo muchas victorias, pero en su ausencia, su esposa Berenice languidecía y estaba llena de temores por la vida de su esposo.
En su desconsuelo, un día fue al templo de Afroditay allí juró ante la diosa que sacrificaría para ella su hermosa cabellera (que era la admiración de todos cuantos la conocían), en el caso en que Evergetes regresara vivo y vencedor. Así fue, y ese mismo día, el día de su regreso, Berenice cumplió su promesa.
Pero por la noche alguien llegó hasta el templo y robó la cabellera. Se rumoreó que lo hizo un sacerdote del templo de Serapis, dios egipcio, indignado por el hecho de que la reina hiciera un sacrificio a una deidad griega. La desesperación de Berenice y el furor de Ptolomeo ante el hecho del hurto fueron grandes.
Pero ante ellos llegó el astrónomo Conón de Samos para calmarlos. Su ciencia era muy venerada; había escrito siete libros sobre astronomía y todo el mundo conocía su gran amistad con el famoso Arquímedes de Siracusa.
Conón mostró a los reyes una agrupación de estrellas, y les contó que esa agrupación acababa de aparecer en el firmamento y que sin duda se trataba de la cabellera de Berenice, que había sido transportada allí por la diosa Afrodita, a quien se le había ofrecido.
Después, el sabio Conón dibujó una larga melena de estrellas en el globo celeste del Museo de Alejandría.
Galaxia NGC 4565, descubierta por Herschel en 1785, en la constelación Coma Berenices (Berenice’s Hair)
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La tercera Berenice de hoy, y quizás la más conocida, es un cuento de Edgar Allan Poe, que empieza aquí, en traducciòn de Julio Cortázar, y sigue en los comentarios (que Morganita me perdone).
Berenice
Edgar Allan Poe Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas
Ebnaiat
La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. …
Todos los que escribimos esperamos que nos lean. Que nos comprendan, que nos apoyen. A veces es sólo la necesidad de sacar lo que se tiene muy adentro o de decir lo que nadie escucha a nuestro alrededor, con la esperanza de que alguien recoja el guante. Hay muchos, que de verdad tienen talento, y algunas veces hasta se dan cuenta de ello. Entonces se dedican a escribir. A imaginar y plasmar en un papel, en un teclado de computadora, eso que les quita el sueño y los sustrae del mundanal ruido. Para las personas que han hecho de esto su forma de vida el reconocimiento es fundamental. Y si viene acompañado de una moneda, mejor…son necesarias para comer diariamente. Sin embargo, aunque muchos lo crean, no se está fuera del mundo por escribir. Y si se tiene cierto prestigio es necesario adoptar alguna postura con respecto al afuera…a ese mundo del que sacamos las historias y al que pertenecemos junto con nuestra gente. Con toda la gente. Es entonces cuando aparecen las encrucijadas, porque la moneda no siempre viene de donde querríamos, ni limpia. Si Ud. se viera en la disyuntiva de Goytisolo, ¿qué haría? La noticia aparece en el diario El País y es una muestra de dignidad:
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“El pasado mes de julio fui informado, primero por teléfono y luego a través del correo electrónico del Instituto Cervantes de Tánger, de que acababa de ser galardonado con el Premio Internacional de Literatura dotado de 150.000 euros. Mi interlocutor, el hispanista egipcio Salah Fadl, es una de las figuras más respetadas del mundo intelectual de su país y cuyas convicciones democráticas no dejan lugar a dudas.
La financiación por la Yamahiriya Libia de Gaddafi es la razón política y ética de mi renuncia al galardón
En respuesta a mis preguntas sobre la composición del jurado que me concedió el premio, la noticia de que el presidente del mismo era el gran novelista libio residente en Suiza, Ibrahim El Kuni, aumentó mi satisfacción. Admiro profundamente al autor dePolvo de oro: el insólito y conmovedor relato de la pasión amorosa de un beduino por un raro ejemplar de camello moteado, pasión a causa de la cual vende a su mujer al dueño del mismo y emprende la huida con él a desierto traviesa, hasta un final trágico que suspende al lector, como si la pareja fuera la de Romeo y Julieta, es en mi opinión una de las mejores novelas árabes contemporáneas. El libro, traducido al español y con un prólogo mío, apareció hace unos pocos años con el sello editorial de Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores.
Los restantes miembros del jurado, profesores de renombre en diversas universidades de Europa, Estados Unidos y Australia, mostraban también a las claras la solvencia e integridad moral del mismo.
Las razones por las que me fue otorgado en su primera convocatoria eran asimismo estimables y las acogí con agradecimiento: la creatividad literaria y artística, mi nunca desmentida, atracción por la cultura árabe, la defensa de las causas justas. Como escribí al doctor Salah Fadl, “la honradez y valía de todos los miembros del jurado que me recompensó es la prueba indiscutible de la independencia que ha guiado su elección”. Soy en efecto uno de los raros novelistas europeos interesados por la cultura arabomusulmana -un interés que extiendo al ámbito turco e iranio- y he defendido en la medida de mis medios tanto la causa palestina de acuerdo a las resoluciones de Naciones Unidas, como la lucha por la democracia y la libertad de los pueblos árabes cruelmente privados de ellas.
Esto me ha valido muchas enemistades y ataques por los “occidentalistas” a ultranza, que niegan contra toda evidencia demostrable el importante componente árabe (y judío) de la lengua y la cultura hispanas.
Mi modesto conocimiento del árabe dialectal de Marruecos -ni mejor ni peor, pienso, que el del Arcipreste de Hita- me ha procurado una perspectiva preciosa para captar nuestra singular identidad, compleja y mutante como lo son todas las identidades culturales y humanas abiertas y ricas.
Pero…
Pues hay un pero. La dotación económica del premio -los 150.000 euros- procede de la Yamahiriya Libia Popular Democrática, creada en 1969 por el golpe militar de Gaddafi. Tras un breve debate interior entre aceptar el galardón o rehusarlo, por razones a la vez políticas y éticas, me decidí por la segunda opción.
El brutal desequilibrio existente entre Europa y los países árabes no responde únicamente a razones de índole religiosa sino a causas sociales, políticas y culturales que debemos analizar cuidadosamente. No carguemos todas las culpas sobre nuestros hombros. Las suyas son tan graves como las nuestras. La corrupción de las élites gobernantes, las dictaduras que se perpetúan en el poder, la farsa electoral que se repite en la casi totalidad de los Estados de la Liga Árabe, no valen de muralla para impedir la expansión del islamismo: al revés, lo fomentan y lo convierten en alternativa viable.
La democracia, asociada por muchos a los suculentos negocios de los países de Occidente con las petromonarquías del Golfo y a los magnates y emires que exhiben indecentemente su riqueza en Casablanca, El Cairo, Beirut o Marbella ha perdido la fuerza imantadora de antaño para las masas pobres y analfabetas, a las que se cierra también en la espita de la inmigración.
Como escribí al doctor Salah Fadl, “le ruego que comprenda los motivos que me aconsejan tomar esta resolución. No soy incondicional de ninguna causa y precisamente por respeto a los pueblos árabes y a su admirable cultura, he criticado siempre que he podido a las teocracias y dinastías republicanas que los gobiernan y mantienen en la pobreza y la ignorancia. El espectáculo de vacuidad e impotencia que ofrecieron durante la salvaje invasión israelí en Gaza me indignó, como indignó a toda persona decente. La dificultad de acceder al estatus de ciudadano es la causa principal de su frustración y de su refugio en una versión extremista del credo religioso. En conclusión: la coherencia conmigo mismo pesa más fuerte que todas las consideraciones de agradecimiento y afecto a personas de tanta integridad como la suya y la de los demás miembros del jurado”.
Escribí este correo de un tirón y me sentí liberado al punto de un peso agobiante. Nunca he corrido tras los premios y si los he aceptado ha sido por cortesía hacia quienes me los concedieron. En este caso concreto era del todo imposible.
Añadiré por fin que tanto Ibrahim El Kuni como el doctor Salah Fadl han comprendido mis razones y me han reiterado su valiosa estima y amistad.
Juan Goytisolo es escritor.”
No era poca guita ¿verdad? ¿O sí? ¿Cuánto vale su convicción escritor amigo?
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto, y el temor de haber sido y un futuro terror… Y el espanto seguro de estar mañana muerto, y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos, y la carne que tienta con sus frescos racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos, ni de dónde venimos!…
Rubén Darío
Pilar Centeno
Nació el 8 de diciembre de 1979 en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina.
Desde temprana edad manifestó un interés particular por las actividades plásticas, en especial por el tratamiento de la figura humana: observa en la diversidad de miradas y expresiones corporales un detalle que remite a lo universal, un instante que revela la eternidad. Sus retratos tienen como propósito hablar de la subjetividad de un hombre que se constituye en la paradoja, desde sus soledades y multitudes. Se trata de una intervención, a través de la experimentación con la materia, que permite que el detalle se revele ante el todo y confirme, en la transitoriedad de lo cotidiano, esa inmaterialidad de la materia y esa humanidad del hombre solo.
If ever two were one, then surely we. If ever man were loved by wife, then thee; If ever wife was happy in a man, Compare with me, ye women, if you can.
I prize thy love more than whole mines of gold
Or all the riches that the East doth hold.
My love is such that rivers cannot quench,
Nor ought but love from thee, give recompense.
Thy love is such I can no way repay,
The heavens reward thee manifold, I pray. Then while we live, in love let’s so persevere That when we live no more, we may live ever.
NO TE TOMES A TÍ MISM@ TAN EN SERIO…NADIE MÁS LO HACE…
…
La clase de historia resultaba un poco más divertida que de costumbre. El viejo profesor, en el afán de interesar un poco más a sus estudiantes, contaba algunas historias de su experiencia en las guerras de consolidación del imperio. Parecía funcionar: los alumnos no mostraban las caras de tedio de todos los día, ni jugaban entre ellos ni leían la lección de la materia siguiente.
-Cuando ya estaba por terminar mi carrera en el ejército, me asignaron la conquista de un planeta curioso: era de los pocos en los que la vida se había diversificado en especies, y la continuidad de todo el sistema dependía de las interacciones entres estas especies.
Como siempre antes de cualquier misión, nos dedicamos a estudiar los detalles de la vida en este planeta:sus puntos débiles, su capacidad de respuesta, cómo reaccionarían frente al ataque.
-Pero en esos tiempos todavía no podían modelizar el sistema y planear las alternativas- acotó una pelirroja pecosa, sentada en la segunda fila del aula.
El profesor estaba satisfecho: todos los alumnos seguían la charla sin impotarles cuánto faltaba para el recreo.
-Es verdad. En esa época lo único que quedaba por hacer era enviar misiones de reconocimiento y basarnos en los datos que traían de vuelta. El problema era que, entre misión y misión, las condiciones de vida en el planeta cambiaban, y pasó mucho tiempo hasta que una de las especies se volvió dominante en forma estable y ahí sí pudimos establecer la estrategia.
No sólo los estudiantes seguían la clase con atención; el mismo profesor iba posesionándose con el relato, y volvía a ser el joven oficial galardonado con la medalla al valor durante la conquista del imperio, sus facciones brillaban con el entusiasmo que había sido oscurecido por los años de vida académica.
Un chico preguntó como había sido el contraataque de los aborígenes. El profesor recordaba vívidamente algunas de las escenas de su última guerra: el olor y el gusto de las batallas, los momentos en que la derrota parecía el futuro más seguro.
-Se organizaron como nunca lo habían hecho antes, lo que nos sorprendió mucho Desarrollaron distintas técnicas para hacernos frente, y nos causaron más bajas que las que habíamos sufrido en cualquiera de las otras campañas.
Además, nos obligaban a cambiar de táctica cada tanto, porque desrrollaban algún tipo de arma nueva contra la que no estábamos preparados.
Pero bueno, lo que pasó después ustedes ya lo conocen bien: la mayor ofensiva de nuestra historia terminó venciéndolos, y el planeta es hoy parte de nuestro imperio.
Pero de eso ya vamos a hablar la clase que viene.
-Profe, ¿pero nos tenían miedo?.
¿Y cómo nos llamaban?- quiso saber uno de los alumnos de la última fila, que soñaba con medallas y viajes por el espacio.
El maestro se rascó la cabeza y dio una larga pitada a la pipa antes de contestar. Justo cuando respondía comenzó a sonar el timbre del recreo.
Me mudé a una casa en pleno territorio gatuno. Es un barrio de casas viejas con angostos jardines tapiados. Por nuestras ventanas traseras se divisan una docena de tapias en una dirección y otra docena de tapias en dirección contraria, de todos los tamaños y alturas. Árboles, hierba, arbustos. Hay un pequeño teatro con tejados a distintas alturas. Aquí los gatos están en su elemento. Siempre se les ve sobre las tapias, los tejados y en los jardines, llevando una complicada existencia secreta, como las vidas de los chavales de barrio, regidas por unas normas particulares e inimaginables que los adultos nunca aciertan a descubrir.
Sabía que acabaríamos teniendo un gato en casa. Tal como se sabe que si tu casa es demasiado grande al final llegará alguien a instalarse en ella, hay ciertas casas que no se conciben sin un gato. Durante algún tiempo espanté a diversos gatos que se acercaban a husmear, queriendo averiguar qué tipo de sitio era aquél.
Durante todo el espantoso invierno de 1962, un viejo macho blanco y negro estuvo paseándose por el jardín y el tejado que cubría el porche trasero. Se sentaba sobre la nieve medio derretida del tejado; iba de aquí para allá sobre la tierra helada; cuando abríamos la puerta trasera apenas un instante, lo encontrábamos plantado delante, mirando hacia el cálido interior. Era francamente feo, con un parche blanco sobre un ojo, una oreja desgarrada y la boca siempre medio abierta con la mandíbula caída. Pero no era un gato callejero. Tenía un buen hogar en esa misma calle y nadie parecía entender por qué no se quedaba allí.
Aquel invierno tuve ocasión de instruirme más sobre las asombrosas penalidades a las que se someten voluntariamente los ingleses.
Las casas de ese barrio londinense son en su mayoría de protección oficial y, al cabo de sólo una semana de frío, las cañerías se habían helado y habían reventado, dejando cortado el suministro. Nada se hizo por remediar la situación. Las autoridades abrieron una boca de riego en una esquina y durante varias semanas mis vecinas se dirigían allí provistas de jarras y latas, recorriendo en zapatillas las aceras cubiertas de fango helado para coger agua. Calzaban zapatillas para que no se les enfriasen los pies. En ningún momento se retiró el fango ni el hielo de las aceras. Las mujeres abrían el grifo, que se estropeó unas cuantas veces, y comentaban que llevaban una semana, dos… y hasta tres, cuatro y cinco semanas sin más agua caliente que la que hervían en la cocina. Como es natural, no había ni que pensar en darse un baño caliente. Cuando les preguntabas por qué no se quejaban, dado que, al fin y al cabo, estaban pagando un alquiler y también pagaban por el suministro de agua fría y caliente, respondían que el ayuntamiento ya estaba al tanto de la situación de las cañerías pero no había hecho nada al respecto. El ayuntamiento había señalado que estaban atravesando una racha de frío; y ellas convenían en que era un diagnóstico acertado. Hablaban con voz lúgubre, pero se sentían plenamente realizadas, tal como se siente esta nación cuando sufre las consecuencias de un cataclismo que podría haberse evitado con suma facilidad.
Un anciano, una mujer de mediana edad y un niño pequeño pasaron los días de aquel invierno en la tienda de la esquina. Allí las cámaras frigoríficas creaban un ambiente más gélido que el impuesto por los rigores de una temperatura inferior a los cero grados; la puerta estaba siempre abierta sobre la nieve acumulada en la calle. No había calefacción de ningún tipo. El anciano sufrió un ataque de pleuresía y estuvo hospitalizado un par de meses. Cada vez más debilitado, hubo de vender la tienda la primavera siguiente. El niño pasaba el día llorando de frío acurrucado sobre el suelo de cemento y recibía bofetones de su madre, quien, ataviada con un vestido de lana ligero, calcetines de hombre y un jersey fino, atendía desde detrás del mostrador comentando la horrible situación mientras las lágrimas y los mocos resbalaban por su rostro y los dedos se le cubrían de sabañones. Nuestro anciano vecino, que trabajaba de recadero en el mercado, resbaló en el hielo a la entrada de su casa, se lesionó la espalda y pasó varias semanas viviendo del subsidio de desempleo. En aquella casa con nueve o diez habitantes, incluidos dos niños, el único sistema para combatir el frío era una estufa con una sola resistencia eléctrica. Tres de ellos acabaron hospitalizados, uno con neumonía.
Entretanto las tuberías seguían reventadas y envueltas en melladas estalactitas, las aceras continuaban siendo pistas de patinaje, y las autoridades persistían en no hacer nada. Como es lógico, en los barrios de clase media la nieve se retiraba de las calles en cuanto caía y las autoridades atendían a los enardecidos ciudadanos que reclamaban sus derechos y amenazaban con demandar al ayuntamiento. En nuestro barrio, la gente sufrió los efectos de las nevadas hasta la llegada de la primavera.
Rodeados de seres humanos tan afectados por las inclemencias del invierno como los cavernícolas de hace diez mil años, las peculiaridades de un viejo gato que escogió un tejado helado para pasar la noche quedaron relegadas a un segundo plano.
Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo.
Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperdaor lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.
Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron:
‑Cayó del cielo.
Wei Cheng, que había despertado, lo miró con perplejidad y observó:
Los mostradores del cinc pasan por las cloacas,
la lluvia vuelve a ascender hasta la luna;
en la avenida una ventana
nos revela una mujer desnuda.
En los odres de las sábanas hinchadas
en los que respira la noche entera
el poeta siente que sus cabellos
crecen y se multiplican.
El rostro obtuso de los techos
contempla los cuerpos extendidos.
Entre el suelo y los pavimentos
la vida es una pitanza profunda.
Poeta, lo que te preocupa
nada tiene que ver con la luna;
la lluvia es fresca,
el vientre está bien.
Mira como se llenan los vasos
en los mostradores de la tierra
la vida está vacía,
la cabeza está lejos.
En alguna parte un poeta piensa.
No tenemos necesidad de la luna,
la cabeza es grande,
el mundo está atestado.
En cada aposento
el mundo tiembla,
la vida engendra algo
que asciende hacia los techos.
Un mazo de cartas flota en el aire
alrededor de los vasos;
humo de vinos, humo de vasos
y de las pipas de la tarde.
En el ángulo oblicuo de los techos
de todos los aposentos que tiemblan
se acumulan los humos marinos
de los sueños mal construidos.
Porque aquí se cuestiona la Vida
y el vientre del pensamiento;
las botellas chocan los cráneos
de la asamblea áerea.
El Verbo brota del sueño
como una flor o como un vaso
lleno de formas y de humos.
El vaso y el vientre chocan:
la vida es clara
en los cráneos vitrificados.
El areópago ardiente de los poetas
se congrega alrededor del tapete verde,
el vacío gira.
La vida pasa por el pensamiento
del poeta melenudo.
Noche
Por Antonin Artaud
Oeuvres complètes (tome I)
Cantata de Puentes Amarillos Intérprete: Pescado Rabioso
Todo camino puede andar
Todo puede andar…
Con esta sangre alrededor
no sé que puedo yo mirar
la sangre ríe idiota
como esta canción
¿ante qué?
Ensucien sus manos como siempre
Relojes se pudren en sus mentes ya
y en el mar naufragó
una balsa que nunca zarpó
mar aquí, mar allá
En un momento vas a ver
que ya es la hora de volver
pero trayendo a casa todo aquél
fulgor
¿y para quién?
Las almas repudian todo encierro
las cruces dejaron de llover
sube al taxi, nena
los hombres te miran
te quieren tomar
ojo el ramo, nena
las flores se caen, tienes que parar
Ví las sonrisas muriendo en el
carrousell
Vi tantos monos, nidos, platos de
café
platos de café, ah
Guarda el hilo, nena
guarden bien tus manos
esta libertad
ya no poses, nena
todo eso es en vano
como no dormir
Aunque me fuercen yo nunca voy a decir
que todo tiempo por pasado fue mejor
mañana es mejor
Aquellas sombras del camino azul
¿dónde están?
yo las comparo con cipreses que ví
sólo en sueños
y las muñecas tan sangrantes
están de llorar
y te amo tanto que no puedo
despertarme sin amar
y te amo tanto que no puedo
despertarme sin amar
¡No! nunca la abandones
¡No! puentes amarillos
Mira el pájaro, se muere en su jaula
¡No! nunca la abandones
Puentes amarillos, se muere en su jaula
Mira el pájaro, puentes amarillos
Hoy te amo ya
y ya es mañana
Mañana
Mañana
Mañana
una pequeña fábula “Ay”, dijo el ratón, “el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer”.
“Sólamente tienes que cambiar tu dirección”, dijo el gato, y se lo comió.
DEDICADO A ISABEL Y AL HERMOSO PUEBLO DE CAPIOVÍ (¡¡¡ vamos MISIONES !!!!)
La evolución de la lengua castellana observada en los últimos años, debida sobre todo a las aportaciones realizadas por los jóvenes, ha impulsado a la Real Academia de la Lengua a realizar una paulatina reforma de la ortografía española. El objetivo será unificar el español como lengua universal de los hispanohablantes.
Será una enmienda en etapas que entrarán en vigor pausadamente, para evitar confusiones.
La reforma hará más simple el castellano, pondrá fin a los problemas de otros países y hará que nos entendamos de manera universal quienes hablamos esta noble lengua.
*Primera etapa:
Supresión de las diferencias entre c, q y k.
Komo despegue del plan, todo sonido parecido al de la k será asumido por esta letra. En adelante pues, se eskribirá: kasa, keso, Kijote…
Simplifikación de los sonidos de la c y z
Esto korresponde a la necesidad de igualarnos a nuestros hermanos hispanoamerikanos ke convierten todas estas letras en un úniko fonema “s”. Kon lo kual sobrarán la c y la z: “El sapato de Sesilia es asul”.
Desapareserá la doble c y será reemplasada por la x:
“Tuve un axidente en la Avenida Oxidental”.
Grasias a esta modifikasión, los españoles no tendrán desventajas ortográfikas frente a otros pueblos, por su estraña pronunsiasión de siertas letras.
**Segunda Etapa:
se funden la b kon la v
Ya ke no existe diferensia alguna entre el sonido de la b y la v, a partir del segundo año, desapareserá la v. Y beremos kómo bastará kon la b para ke bibamos felises y kontentos.
Pasa lo mismo kon la elle y la y
Todo se eskribirá kon y: “Yébeme de paseo a Sebiya, señor Biyar”.
Esta integrasión probokará agradesimiento general de kienes hablan kasteyano, desde Balensia hasta Bolibia.
Supresión kompleta de la hache
La hache, kuya presensia es fantasma, kedará suprimida por kompleto: Así, ablaremos de abas o alkool.
No tendremos ke pensar kómo se eskribe sanaoria y se akabarán esas komplikadas y umiyantes distinsiones entre “echo” y “hecho”.
Ya no abrá ke desperdisiar más oras de estudio en semejante kuestión ke nos tenía artos.
***Tersera etapa
Konsistencia de la doble r
A partir del terser año de esta implantasión, y para mayor konsistensia, todo sonido de erre se eskribirá kon doble r: “Rroberto me rregaló una rradio”.
Fusión de g y j
Para ebitar otros problemas ortográfikos, se fusionan la g y la j, para ke así, jitano se eskriba komo jirafa y jeranio komo jefe. Aora todo ba kon jota: “El jeneral jestionó la jerensia”.
No ay duda de ke esta sensiya modifikasión ará ke ablemos y eskribamos todos kon más rregularidad y más rrápido rritmo.
****Cuarta etapa
Supresión de tildes o asentos
Orrible kalamidad del kasteyano, en jeneral, son las tildes o asentos.
Esta sankadiya kotidiana jenerará una axión desisiba en la rreforma; aremos komo el inglés, ke a triunfado universalmente sin tildes.
Kedaran ellas kanseladas desde el kuarto año, y abran de ser el sentido komun y la intelijensia kayejera los ke digan a ke se rrefiere kada bokablo. Berbigrasia: “Komo komo komo komo!”
Simplifikasion de konsonantes st, ps o pt
Las konsonantes st, ps o pt juntas kedaran komo simples t o s, kon el fin de aprosimarnos lo masimo posible a la pronunsiasion iberoamerikana.
Kon el kambio anterior diremos ke etas propuetas okasionales etan detinadas a mejorar ete etado konfuso de la lengua.
Proibision de consonantes finales
Seran proibidas siertas konsonantes finales ke inkomodan y poko ayudan al siudadano.
Asi, se dira: “¿ke ora es en tu relo?”, “As un ueko en la pare” y “La mita de los aorros son de agusti”.
Entre eyas, se suprimiran las eses de los plurales, de manera ke diremos “la mujere” o “lo ombre”.
eliminasion de la d del partisipio pasao y kanselasion de lo artikulo
El uso a impueto ke no se diga ya “bailado” sino “bailao”, no “erbido” sino “erbio” y no “benido” sino “benio”.
Kabibajo asetaremo eta kotumbre bulgar, ya ke el pueblo ya no manda, al fin y al kabo.
*****Kinta etapa
Supresion de la interbokalika y de artikulo
Dede el kinto año kedaran suprimia esa de interbokalika ke la jente no pronunsia.
Adema y konsiderando ke el latin no tenia artikulo y nosotro no debemo imbentar kosa ke nuetro padre latin rrechasaba, kateyano karesera de artikulo. Sera poko enrredao en prinsipio y ablaremo komo fubolita yugolabo, pero depue todo etranjero beran ke tarea de aprender nuebo idioma resultan ma fasile.
Profesore terminaran benerando akademiko ke an desidio aser rreforma klabe para ke sere umano ke bibimo en nasione ispanoablante gosemo berdaderamente del idioma de “Serbante y Kebedo.”
Eso si:
Nunka asetaremo ke potensia etranjera token kabeyo de letra eñe.
Eñe rrepresenta balore ma elebado de tradision ispanika y primero kaeremo mueto ante ke asetar bejasione a simbolo ke a sio korason bibifikante de istoria kastisa epañola unibersa.
A la concha de Venus amarrado
y al recio galopar de los tritones,
por formar comités para elecciones
cual César, cruza el mar alborotado.
Neptuno, que estará subvencionado,
en redes de cristal tiende traiciones,
y del agua salobre cien montones
arroja sobre el nauta atribulado.
Mas todo su furor aquí no basta;
toca por fin las playas españolas
débil barquilla en forma de canasta
adornada con lindas bandoleras,
y brota al punto el inmortal Sagasta(*)
cual Venus de la espuma de las olas.
Leopoldo Alas, España, 1852
Leopoldo García-Alas y Ureña «Clarín» fue un célebre escritor español, nacido el 25 de abril de 1852 en Zamora y fallecido el 13 de junio de 1901 en Oviedo.
Parece ser que la pesadilla de todos los amigos y conocidos de Clarín era su letra ininteligible. Por ello recibía bastante a menudo críticas constructivas, alguna mofa o alguna queja, por ejemplo la de Benito Pérez Galdós. En una carta dirigida a Clarín le dice, «¡Cuán más hermoso recibir un papel lleno de garabatos y prepararse a los goces puros de la adivinación! Ir conquistando sílaba a sílaba el reino misterioso de su escritura caldea».
(*)Práxedes Mateo Sagasta y Escolar
(Torrecilla en Cameros, 21 de julio de 1825 – Madrid 5 de enero de 1903) fue un ingeniero de caminos y político español, miembro del Partido Liberal, de matiz progresista, siete veces Presidente del Gobierno en el período comprendido entre 1870 y 1902 y famoso por sus dotes retóricas.
Escribir es humano
Comentar es divino
Votar no tiene precio
Playa de la Concha-Donostia (http://www.flickr.com)
Apenas desembarcado en el planeta Faros, me llevaron los farenses a conocer el ambiente físico, fitogeográfico, zoogeográfico, político-económico y nocturno de su ciudad capital que ellos llaman 956.
Los farenses son lo que aquí denominaríamos insectos; tienen altísimas patas de araña (suponiendo una araña verde, con pelos rígidos y excrecencias brillantes de donde nace un
sonido continuado, semejante al de una flauta y que, musicalmente conducido, constituye su lenguaje); de sus ojos, manera de vestirse, sistemas políticos y procederes eróticos hablaré alguna otra vez.
Creo que me querían mucho; les expliqué, mediante gestos universales, mi deseo de aprender su historia y costumbres; fui acogido con innegable simpatía. Estuve tres semanas en 956; me bastó para descubrir que los farenses eran cultos, amaban las puestas de sol y los problemas de ingenio. Me faltaba conocer su religión, para lo cual solicité datos con los pocos vocablos que poseía pronunciándolos a través de un silbato de hueso que fabriqué diestramente.
Me explicaron que profesaban el monoteísmo, que el sacerdocio no estaba aún del todo desprestigiado y que la ley moral les mandaba ser pasablemente buenos. El problema actual parecía consistir en Illi. Descubrí que Illi era un farense con pretensiones de acendrar la fe en los sistemas vasculares («corazones» no sería morfológicamente exacto) y que estaba en camino de conseguirlo. Me llevaron a un banquete que los distinguidos de 956 le ofrecieron a Illi. Encontré al heresiarca en lo alto de la pirámide (mesa, en Faros) comiendo y predicando. Lo escuchaban con atención, parecían adorarlo, mientras Illi hablaba y hablaba. Yo no conseguía entender sino pocas palabras. A través de ellas me formé una alta idea de Illi. Repentinamente creí estar viviendo un anacronismo, haber retrocedido a las épocas terrestres en que se gestaban las religiones definitivas. Me acordé del Rabbi Jesús. También el Rabbi Jesús hablaba, comía y hablaba, mientras los demás lo escuchaban con atención y parecían adorarlo.
Pensé: ¿Y si éste fuera también Jesús? No es novedad la hipótesis de que bien podría el Hijo de Dios pasearse por los planetas convirtiendo a los universales. ¿Por qué iba a dedicarse con exclusividad a la Tierra? Ya no estamos en la era geocéntrica; concedámosle el derecho a cumplir su dura misión en todas partes. Illi seguía adoctrinando a los comensales. Más y más me pareció que aquel farense podía ser Jesús. «Qué tremenda tarea», pensé. «Y monótona, además. Lo que falta saber es si los seres reaccionan igualmente en todos lados.
¿Lo crucificarían en Marte, en Júpiter, en Plutón..?»
Hombre de la Tierra, sentí nacerme una vergüenza retrospectiva. El Calvario era un estigma coterráneo, pero también una definición. Probablemente habíamos sido los únicos capaces de una villanía semejante
¡Clavar en un madero al hijo de Dios..! Los farenses, para mi completa confusión, aumentaban las muestras de su cariño; prosternados (no intentaré describir el aspecto que tenían) adoraban al maestro. De pronto, me pareció que Illi levantaba todas las patas a la vez (y las patas de un farense son diecisiete).
Se crispó en el aire y cayó de
golpe sobre la punta de la pirámide (la mesa). Instantáneamente quedó negro y callado; pregunté, y me dijeron que estaba muerto.
Buenos Aires, la temperatura máxima fue de 33,1° y llovió varias veces. A las 10 de la noche apenas teníamos 20°. Una jornada normal en Baires. ¿Normal ?
Pancho entra con mi hijo a las 23.30. No les damos mucha bola porque estos adolescentes entran y salen tantas veces…Estamos terminando de cenar y nos alborotan…”Ma, me parece que acaban de chorear en la otra cuadra…” suelta Bru en su lenguaje teen (no se le entiende nada)
Pancho es más chico y está más movilizado…”Sí…eran dos tipos que salieron rajando de la panadería o de al lado…no sé”…
“Se subieron a un coche y se vinieron de contramano para acá…Y le pegaron un tiro a alguien…Nos guardamos justo…”
Notablemente…no les brotó una sola de las palabras güasas de las que suelen usar. El evento los sacudió y los emancipó de la boludez crónica imperante. El resto de nosotros, la family en amable cena, quedó duro.
Y esto es normal…pasa todos los días. Y estoy en una buena zona, en la capital de la República. Civilización y barbarie. ¿Cómo lo protejo?…
¿hago una manifestación? ¿Tengo que esperar que el tiro llegue a nosotros?
El Servicio Meteorológico Nacional (SMN), no obstante, mantiene un alerta que abarca la zona del Río de la Plata, el sur de Santa Cruz, sudoeste de Buenos Aires y Tierra del Fuego.
“Continúan registrándose vientos intensos del sudoeste con ráfagas sobre Tierra del Fuego y sur de Santa Cruz. se prevé que sobre el resto del área de cobertura se incremente la velocidad del viento, estimándose que la intensidad de los mismos alcance valores de hasta 70 km/h con ráfagas entre 70 y 100 km/h. Esta situación continuará por lo menos hasta la mañana del domingo 15 de marzo”, advierte el último parte, emitido a las 20:30.
El Servicio Sociológico Nacional, mantiene un alerta que abarca tu zona de interés, tu vida, las vidas de lo que vos querés. Mientras tanto, se preveé que se incremente la voracidad fiscal y el indecente desinterés por la vida digna de los habitantes de la nación. Esta situación continuará…y nuestra vida tranquila ya no existe. Hasta su voz ha muerto…
Para poder dormir leo…
LA LLUVIA
Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto
Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.
Un lindo tío mío…médico de los mejores anque Director del Hospital de Tisiología en mi infancia…le decía siempre a sus hijos y a sus sobrinos…
“Hablar bien no cuesta un carajo y da un beneficio de la san puta…!!”
(Angelito Dixit)
Siempre me acuerdo de esta frase que he sabido poner en práctica en incontables ocasiones…En aras de (locución prepositiva que significa en honor o en interés de) su difusión hago este pequeño aporte…
En español existen los participios activos como derivados verbales.
El participio activo del verbo atacar, es atacante,
el de sufrir, es sufriente,
el de cantar, es cantante,
el de existir, existente.
¿Cuál es el participio activo del verbo ser?
El participio activo del verbo ser, es ‘ente’.
El que es, es el ente. Tiene entidad.
Por ese motivo, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad
para ejercer la acción que expresa un verbo, se agrega al final de su raíz la terminación ‘ente’.
Por lo tanto, a la persona que preside, se le dice presidente,
¡¡¡NO PRESIDENTA!!!, independiente del sexo (poco o mucho) que tenga.
Se dice estudiante, no estudianta.
Se dice adolescente, no adolescenta.
Se dice paciente, no pacienta.
CONCLUSIÓN: Cuando se refieren a la PRESIDENTE llamándola presidenta (ella misma lo hace) puede ser que estemos ante la concreción de un ataque subliminal (por debajo del umbral de conciencia de ingreso de información) hacia la persona a la que no se le reconoce capacidad para ejercer la acción que expresa el verbo.
No hace falta comentar, si querés sumarte a la campaña posteá la imagen y el vínculo en tu blog.
GRACIAS
HACE FALTA (TOME NOTA)
AGUA POTABLE
LECHE LARGA VIDA
PAÑALES DESCARTABLES
ALIMENTOS NO PERECEDEROS.
DESAFIO…FASE UNO
Don Adrián Paenza tiene la culpa…
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Entre muchas otras cosas, tiene la culpa de que en Argentina se haya masificado el conocimiento del basquet, de los Chicago Bulls, de Michael Jordan…
Tiene la culpa de que muchos asustados por las matemáticas ahora te escuchen 2 minutos seguidos cuando se les plantea un problema…
No es poca cosa.
Pero además, tiene la culpa de que Don Diego Golombek, por muchísimos méritos propios, ahora sea reconocido en todas partes.
Puede ser que a muchos les resulte más entendible (y digerible) leer:
<< …Recién en el siglo XVII se hacen populares los caramelos de azúcar duro, mientras el duque Plessis-Praslin, comandante de la armada francesa bajo Luis XIII y Luis XIV, dedicaba sus tiempos libres a cocinar una pasta de nuez en jarabe hirviendo que se conoció luego como praliné…(*)
(*) Nada más fácil: cocinar 100g de azúcar y un poco de vainilla en una cacerolita a fuego fuerte hasta que el azúcar tome una coloración oscura. Agregar 100g de almendras previamente tostadas en el horno y mezclar bien. >>
(El cocinero científico, Golombek y Schwarzbaum)
O conocer audiovisualmente la Tabla Periódica de los Alimentos y enterarse el por qué, las hojas de aluminio que compramos en el súper tienen una cara opaca…
Pero no se puede negar el encanto del siguiente desafío:
<<…13. Cien monedas, diez “caras”: el desafío El siguiente problema es uno de los más lindos que conocí para testearse personalmente. Téngame confianza: lea el enunciado pero no lea la solución. Tómese un tiempo. Llévelo con usted. Al principio le va a parecer imposible de resolver. Y después, cuando haya encontrado la solución, va a pensar “¿cómo puede ser que no se me haya ocurrido antes?”.
Por otro lado, aunque ya sea redundante en estas páginas, créame que no hay trampa, no hay nada que usted no pueda hacer ni entender. Sólo hace falta pensar. Y disfrutar al hacerlo, por supuesto.
Acá va.
Hay 100 monedas apoyadas en una mesa. De ellas, 10 son “caras”.
Las otras 90 son “cecas”. Las monedas son todas iguales, salvo que hay 10 apoyadas de una forma, y las restantes, de la otra.
Ahora, le voy a tapar los ojos con un pañuelo. Revuelvo las monedas para que usted no pueda recordar ni saber dónde estaban unas y otras (caras y cecas). El problema a resolver es el siguiente: tiene que separar las monedas en dos grupos, no necesariamente iguales, de manera tal que quede el mismo número de “caras” en los dos grupos. Está permitido dar vuelta las monedas (siempre sin mirar ) tantas veces como uno quiera, de cualquiera de los dos grupos.
Pero lo que tiene que garantizar es que, cuando termine el proceso, haya tantas “caras” en un grupo como en el otro. Ahora, lo dejo a usted. Le anticipo de todas maneras que, aunque no parezca posible (sin “espiar” o “hacer trampa”), el problema tiene solución. Eso sí: es muy poco probable que a uno se le ocurra de entrada, pero, como escribí más arriba, tiene una solución sencilla y al alcance de todos. …>>
jajaja ¿ se enganchó no? Bueno no sufra ahí va la solución…
<<
…Solución. Si pensó mucho y al final se aburrió, o no le salió, le propongo que haga lo que hacemos los matemáticos cada vez que tenemos un problema de este tipo: tratar de simplificarlo. Es decir, considerar “casos particulares”, con menos monedas. Intente con 4 monedas, de las que sólo una sea “cara”, o con 6 monedas y 2 “caras”. Pero no se dé por vencido. ¿Qué gracia tendría, si no, leer lo que sigue? Ahora, claro, si ya llegó a un punto en que está dispuesto a explotar (o a romper el libro), siga leyendo. Yo voy a proponer una solución. Puede que no sea la única, pero es la que se me ocurrió.
Empiece por elegir cualquier grupo de 10 monedas. No importa la forma en que uno las elija. Sólo separe 10 monedas de un lado (o sea, deja las otras 90 en el otro grupo). Ahora, dé vuelta las 10 que eligió (es decir, las que eran “caras” pasarán a ser “cecas”, y viceversa).
¿Qué pudo haber pasado? Muchas cosas. Usted podría haber dejado las 10 “caras” entre las 90 monedas que están en uno de los grupos. En ese caso, las 10 que eligió para el otro grupo serían cecas. ¿Qué pasa, entonces, si las da vuelta?: esas 10 serán todas caras. Y del otro lado, usted ya sabía que había 10 caras también. O sea, que este sistema, en este caso , funcionó para obtener la solución.
Pero me lo imagino pensando: “Sí, funcionó, pero justo en este caso porque dejé las 10 caras en el grupo de las 90 monedas”.
Ahora, esa solución, ¿servirá siempre? Por ejemplo, si al separar las 10 monedas hubiera incluido cuatro que fueran caras, ¿funcionaría también? (Aquí, le propongo que siga por su cuenta otra vez.) Continúo: si usted eligió 10 monedas de las cuales 4 son caras, quiere decir que en el grupo de 90 quedaron las otras 6 (caras).
Pero también significa que en el grupo de 10 hay 4 caras y 6 cecas. Entonces, si las da vuelta, como yo hice en el ejemplo anterior, van a quedar ¡6 caras en el grupo de 10 y 6 caras en el grupo de 90! Es decir, el problema vuelve a quedar solucionado. ¿Qué le parece que puede pasar si, al elegir las 10 monedas, se queda con 7 caras? ¿Quiere pensarlo un poco? Como se advierte (si es que siguió el razonamiento), el problema también está solucionado. Todo lo que hay que hacer es separar (en cualquier caso) 10 monedas de cualquier forma, y darlas vuelta. Eso garantiza que haya tantas caras de un lado como del otro.
¿Es anti-intuitivo? No sé. Creo que no. Lo que a uno le pasa es que pelea contra la noción de que el problema no tiene solución y, por lo tanto, no quiere pensar. Pero no me parece que sea anti-intuitivo.
¿No le resultó interesante? Muchas veces la solución está ahí, enfrente de nuestra nariz, pero uno, como intuye que debe ser muy complicada , se resiste a pensar. Abandona antes de empezar (casi).
En particular, si uno tiene la tendencia a no creerse capaz ni potente para resolver problemas. Eso, piensa quizá, queda para los otros.
Pero usted, ¿no forma parte de “los otros”?…
(Matemática…¿estás ahí?, Episodio 100, Paenza)
Sí, Adrián Paenza tiene la culpa de este post…
Pero como todo tiene que ver con todo y la asociación libre a mí me recontragusta…ahí va una “yapa”
Los otros es un película del año 2001 inspirada en la obra Otra vuelta de tuerca de Henry James dentro del género del thriller por el director español Alejandro Amenábar, protagonizada por Nicole Kidman. Es una coproducción hispano-franco-estadounidense. Se grabó en localizaciones de Cantabria (Las Fraguas) y Madrid, aunque la historia está ambientada en la isla de Jersey. En su momento, fue la película española más taquillera de la historia, con más de 68.000.000 $ recaudados sólo en Estados Unidos.
Ganó ocho Premios Goya incluyendo premios a la mejor película y el mejor director, y Nicole Kidman fue candidata a la mejor actriz.
ARGUMENTO
La película se desarrolla en la isla de Jersey, poco después del final de la Segunda Guerra Mundial.
Grace Stewart (Nicole Kidman) es una joven madre católica, quien vive con sus dos pequeños hijos en una casa de campo remota. Los niños, Anne y Nicholas, tienen una extraña enfermedad que incluye fotofobia (pudiendo ser, quizá, porfiria eritropoyética), por lo que sus vidas están estructuradas alrededor de una serie de reglas complejas diseñadas para protegerles de cualquier exposición a la luz del sol.
La llegada de tres sirvientes a la casa (una niñera, un jardinero y una joven muda) coincide con un número de eventos extraños, y Grace comienza a temer que no estén solos. Anne comienza a hacer dibujos de cuatro personas: un hombre, una mujer, un niño llamado Victor y una anciana, sobre los cuales había escrito el número de veces que los habia visto poniendo sobre la anciana el numero 14 .
Un día, comienza a oírse un piano, el cual estaba siendo tocado en una habitación cerrada y vacía. Cada vez que Grace entraba en la habitación y dejaba la puerta abierta, esta se cerraba, pero cuando trata de descubrir por qué, la puerta se cierra bruscamente, golpeándola y arrojándola contra el suelo. Grace trata atrapar a los “intrusos” con una escopeta, pero no logra encontrarlos. Mientras tanto, regaña a su hija por sus comentarios sobre fantasmas que, según ella, vivían en la casa. Cuando finalmente Grace se convence de que hay una presencia más allá de sus hijos y los sirvientes en la casa, sale de la misma, en medio de la niebla, a buscar al sacerdote para conseguir que la bendiga. Mientras tanto, los sirvientes, liderados por Bertha Mills, claramente planean hacer algo. El jardinero cubre con hojas secas tres tumbas, y, más tarde, la Sra. Mills escucha religiosamente las peleas de Anne con su madre por sus opiniones diferentes.
En el bosque que rodea su casa, Grace se pierde en medio de la niebla, pero milagrosamente descubre a su esposo Charles regresando a su hogar. Sin embargo, Charles se ve distante, solo, y permanece recostado la mayor parte del tiempo.
Anne, mientras tanto, preparaba su comunión, la cual se llevaría a cabo en pocos días. Grace, que le estaba haciendo el vestido, debía probárselo de tanto en tanto para ver si el trabajo avanzaba bien. Un día, mientras Charles descansa en su habitación y Grace está con Anne en otra sala probándole el vestido, la madre debe salir y la niña se queda sola. Cuando Grace vuelve, ve a su hija con la cara de una anciana, por lo que comienza a atacarla y a decir “¡Tú no eres mi hija!”. Sin embargo, pronto descubre que había atacado a su hija, y que la visión de la anciana sólo había sido una especie de alucinación. Anne se niega a estar con su madre, aunque Grace jura haber visto a la anciana. La Sra. Mills, por su parte, le dice a Anne que ella también había visto a los “intrusos”, pero que no se lo decía a su madre porque Grace no estaba lista para aceptar la verdad.
Charles se sorprende al oír lo que le cuenta Anne sobre lo que su madre le había hecho. Al otro día, le dice a su esposa que debía regresar a la guerra, por lo que se va, desapareciendo por completo. Después de la partida de Charles, Anne continúa viendo cosas, incluyendo a la familia completa de Victor y a la anciana. Grace se quiebra con la Sra. Mills, quien le dice que “a veces el mundo de los muertos se mezcla con el de los vivos”. Las dos mujeres también encuentran y examinan un “libro de los muertos”, el cual muestra fotografías tomadas en el siglo XIX a cuerpos sin vida, ubicados como si les estuviesen tomando un retrato.
Una mañana, Grace se despierta tras oír gritos de sus hijos: todas las cortinas de su casa, que los protegían de la luz del sol, habían sido quitadas. Cuando los sirvientes se niegan a ayudar a Grace a buscarlas, ésta se da cuenta de que ellos estaban involucrados en el asunto. Escondiendo a sus hijos de la luz, despide a los sirvientes de su casa.
Esa noche, Anne y Nicholas escapan de su casa para buscar a su padre, y encuentran las tumbas semiocultas. Al mismo tiempo, Grace va a las habitaciones de los sirvientes, en donde encuentra una fotografía del “libro de los muertos” para ver, horrorizada, que las personas de la foto eran los tres sirvientes. Mientras tanto, los niños descubren que las tumbas pertenecían a la señora Mills, al jardinero, señor Tuttle y a Lydia, los tres sirvientes. Estos aparecen y comienzan a perseguir a los niños, quienes entran a la casa y se protegen tras su madre, quien dispara contra los sirvientes con una escopeta. Los niños suben a su habitación y se esconden, pero son hallados por una extraña anciana. En la puerta de la casa, los sirvientes siguen hablando con Grace, diciéndole que tenían que aprender a vivir juntos. Pronto comienza a entender a qué se referían. En su habitación, Anne y Nicholas descubren que la anciana era una médium, quien estaba en una sesión espiritista con los padres de Victor. Es en ese momento cuando descubren la verdad: la anciana no era un espíritu que había fallecido y rondaba por la casa; los espíritus eran Anne, Nicholas y su madre. Grace pierde la calma y comienza a atacar a los visitantes. La secuencia se corta constantemente entre la visión de Grace y el de la familia de Victor.
La verdad queda clara finalmente tanto para Grace como para el público: ella comienza a llorar con sus hijos y recuerda qué había pasado antes de la llegada de los sirvientes: sola y enloquecida por la ausencia de su marido y superada por la situación de sus hijos, los había ahogado con una almohada y, luego, dándose cuenta de lo que había hecho, se había suicidado. Cuando se había despertado, había supuesto que Dios le había concedido a ella y a su familia un milagro. Grace y los niños se dan cuenta de que Charles también estaba muerto, pero no estaban atemorizados por este hecho. En ese momento, aparece la Sra. Mills, quien le dice a Grace que debían aprender a convivir, y que en ocasiones ni siquiera notarían la presencia de gente viva en su casa. Fuera de la misma, se muestra a la familia de Victor, empacando y yéndose del lugar. Grace termina diciendo junto a sus hijos que “nadie los haría dejar la casa”.
Madam Mim es una bruja de ficción creada por T.H. White y popularizada por la película de Disney “La Espada en la Piedra” basada en la novela homónima de este autor.
Terence Hanbury White (29 de mayo de 1906 – 17 de enero de 1964). Escritor británico nacido en Bombay, India.
Después de su graduación en la Universidad de Cambridge en Lengua Inglesa, pasó algún tiempo trabajando como profesor en Stowe, antes de dedicarse completamente a la escritura. Sus intereses eran la caza, la aviación y la pesca.
La obra cumbre de T.H. White es “The Once and Future King”, conocida en España como “Camelot”, una serie de novelas que reescribían la obra de Thomas Malory sobre el Rey Arturo. La serie incluye:
La Espada en la Piedra (The Sword in the Stone) (1938) Sobre la juventud de Arturo, su educación y como llegó a ser rey. La Reina del Aire y las Tinieblas (The Queen of Air and Darkness), originalmente titulada The Witch in the Wood (1939) Novela que narraba la parte del ciclo artúrico que trataba de la búsqueda del Grial. El Caballero Malhecho (The Ill-Made Knight) (1940) Sobre Lancelot, el gran caballero y amigo de Arturo que lo traicionaría con su esposa Ginebra. Una vela en el viento (The Candle in the Wind) (1958) Que trataba de los últimos años de reinado de Arturo y la relación con su hijo Mordred. El Libro de Merlín (The Book of Merlyn) Encontrado el manuscrito entre sus documentos fue publicado póstumamente en el año 1977. Un alegato pacifista y anárquico, contra los nacionalismos que solo saben librar batallas y contra el comunismo que según el autor es antinatural.
White escribió muchos libros más, algunos bajo seudónimo. Entre ellos se incluyen:
“Mistress Masham’s Repose” un libro para niños en el cual una niña descubre un grupo de liliputienses (personas diminutas del libro “Los viajes de Gulliver”, de Swift) que viven cerca de su casa. “The Master”, un libro para niños. “The Goshawk”. “The Godstone and the Blackymor”, un libro de viaje sobre Irlanda. “England Have My Bones”, una novela histórica “The Age of Scandal and The Scandalmonger”, colección de ensayos sobre Inglaterra del siglo XVIII. Murió en el Pireo, Grecia, a bordo de un barco, cuando retornaba a su hogar después de un viaje a América.
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Mi otro blog estará contento de ser visitado por Ud. querido lector
Imagina dónde estás, en este momento. Imagina quién eres.
Eres simplemente una cámara oscura cuyo diafragma se abre a la negrura de la noche. Tu cámara es un fragmento de lava lanzado al espacio, y ese fragmento de lava es llevado en un círculo alrededor de una estrella cuya potencia es tal que ningún cuerpo en su vecindad puede escapar a su atracción. La estrella misma huye en el vacío a una velocidad incalculable, hacia un destino que no conoceremos jamás, forma parte de un lago de otros soles que conforma la galaxia, que se aleja de los otros lagos, de las otras Vías Lácteas, cada una hacia un punto del espacio a una velocidad incalculable, y cada uno de esos soles, cada una de esas Vías Lácteas están tan lejos que aun si los miráramos durante mil años nos parecerían inmóviles. Imagina todo eso. Mira el cielo. Los lagos de estrellas, los soles, las nebulosas, los cúmulos, las nubes, los racimos de escarcha adheridos a los cometas. Piensa en el cortejo de los astros y de sus satélites, Júpiter, Saturno, Marte, Venus, Mercurio. Piensa que todo lo que acabo de decirte pasa por ese orificio minúsculo de tu pupila, un rayo tan fino como uno de tus cabellos, que entra en la cúpula de tu cráneo, en la casa de tu cuerpo, en el tiempo de tu vida tan breve, de tu tiempo que no dura más que la cigarra que escuchas en el mismo instante, colgada de la rama del algodonero, que adivina el mundo con un solo grito.
Imagina que esta noche es la más larga de tu vida. Déjate arrastrar a otro mundo, adivínalo a la manera de la cigarra, por los poros de tu piel, no solamente con las cámaras oscuras de tus ojos, sino con todo tu cuerpo. Respíralo, bébelo. Si crees saber algo, olvídalo.
Jean-Marie Gustave Le Clézio
Premio Nobel de Literatura 2008
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Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
-El mundo es eso- reveló.
-Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.
Borges me ha llamado…
y la memoria del reloj
muestra que no fue el primero.
El caos de las nubes del desierto
habita en la forma de mis alas
y Chuang Tzu me ha soñado.
Crece la entropía entre mis versos
desconfiando del Paraíso ordenado, crece en la casa de Bohr…
donde sí se juega a los dados
Las abejas provienen de la mansión de los Dioses.
Las primeras se instalaron según cuentan, en el monte Himeto, y se saciaron allí de los dulcísimos tesoros que engendra el soplo de los céfiros.
Cuando les robaron la ambrosía que guardaban esas hijas del cielo en las celdas de su palacio, o para hablar claro, cuando a los panales, desprovistos de miel, sólo les quedo la cera, comenzó la fabricación de los cirios.
Uno de estos, viendo que la tierra convertida en ladrillo por la acción del fuego, resistía las injurias del tiempo, quiso lograr aquel privilegio, y como nuevo Empedocles (1) condenado al fuego por su insensatez, lanzóse al horno.
Mala idea tuvo, aquel Cirio no entendía ni pizca de filosofía.
Todo es distinto en el mundo.
Sácate de la cabeza, amigo lector, que los demás seres sean de la misma pasta que tú.
El Empédocles de cera se fundió en las brazas, tan loco fue como el otro.
(1)Empédocles, no pudiendo comprender las maravillas del Etna, se echó dentro del volcán, y para que la posteridad no ignorase aquel arrojo, dejó las sandalias al pie de la montaña.
El mundo es una prisión y nosotros somos los prisioneros: ¡haz un boquete en el muro de la prisión y sal de ella! Jalal al-Din Rumi. (Masnavi I, 982).
Imagínate a un hombre que tiene que rescatar a gente de cierta prisión. Se ha decidido que sólo hay un modo plausible de llevar esto a cabo. El libertador tiene que entrar en la prisión sin atraer la atención. Debe permanecer allí relativamente libre para actuar durante cierto período. La solución escogida es que entrará como convicto.
Por consiguiente, hace los preparativos, oportunos para que le capturen y le sentencien. Como otros que han caído víctimas de este sistema, se le envía a la prisión que es su meta.
Cuando llega, sabe que se le ha despojado de cualquier posible dispositivo que le pudiese haber ayudado en una escapada. Todo lo que posee es su plan, su ingenio, su habilidad y su conocimiento. Por lo demás, tiene que arreglárselas con equipo improvisado, adquirido en la propia prisión.
El mayor problema es que los prisioneros sufren de psicosis carcelaria. Esto les hace pensar que su prisión es el mundo entero. Otra característica es el olvido de partes esenciales de su pasado. Por consiguiente, casi no poseen memoria alguna de la existencia, perfil y detalle del mundo exterior.
La historia de los compañeros de prisión de este hombre es una historia carcelaria. Sus vidas son vidas carcelarias. Piensan y actúan en base a ello.
Por ejemplo, en vez de acumular pan como provisión para la huida, lo moldean y hacen dominós con los cuales juegan. Saben que alguno de estos juegos son diversiones, pero otros los consideran reales.
A las ratas, que podían entrenar como medio de comunicación con el exterior, las tratan como animales domésticos.
Beben el líquido de limpieza que contiene alcohol, el cual les produce alucinaciones placenteras. Considerarían una triste pérdida, incluso un crimen, si alguien lo usase para drogar y dejar inconscientes a los guardianes, haciendo posible la huida.
El problema se agrava, ya que los desdichados han olvidado el significado de algunas de las palabras normales que hemos estado usando. Si les pides una definición para palabras tales como “provisiones”, “viaje”, “huida”, obtendrías una lista de significaciones como “rancho carcelario”, “caminar de un bloque de celdas a otro”, y “evitar el castigo por parte de los guardianes”.
“El mundo exterior” sonaría a sus oídos como una extraña contradicción: “Ya que éste es el mundo, este lugar donde vivimos -dirían-, ¿cómo puede haber otro fuera?”.
El hombre que está trabajando en el plan de rescate, al principio, sólo puede actuar mediante analogía.
Hay pocos prisioneros que acepten sus analogías, ya que a ellos les parecen locos balbuceos. Cuando dice “necesitamos provisiones para nuestro viaje de huida al mundo exterior”, por supuesto, a ellos les suena como el absurdo siguiente: “Necesitamos provisiones -alimentos para usar en la prisión- para nuestro viaje -trasladarnos de un bloque de celdas a otro- de huida -evitar el castigo de los guardianes- al mundo exterior -a la prisión exterior…”
Algunos de los prisioneros de mente más seria puede que digan que quieren entender el significado de sus palabras, pero ya han olvidado el lenguaje del mundo exterior.
Cuando este hombre muere, algunos de los prisioneros hacen de sus palabras y actos un culto carcelario. Lo utilizan para consolarse a sí mismos y para encontrar argumentos contra el siguiente libertador que se las ingenie para llegar hasta ellos.
Sin embargo, una minoría, de vez en cuando, escapa.
Mausoleo del santo sufí Shah Rukn-e-Alam, en Multan (Paquistán)
Sufismo (en idioma árabe تصوف taṣawwuf) es una de las denominaciones que se han dado al aspecto esotérico del Islam.
Al término taṣawwuf, derivado de la raíz ṣ/w/f, se le han asociado varias etimologías.
La primera de ellas parece relacionarse con la ‘lana’ (ṣūf), debido a que los primeros en ser descritos como sufíes vestían sólo prendas simples de lana, que era considerado un tejido humilde y barato.
Otra de las etimologías lo asocia a pureza (ṣafā), pues consideran que ese es el elemento distintivo del sufí.
Aún otra relaciona sufí con la «gente del sofá» (ahl al-ṣufa), que eran los compañeros del Profeta que se aposentaban en una estructura cercana a su casa mezquita en Medina, donde permanecían en adoración separados del mundo durante largos periodos.
Por encima de estas denominaciones Huŷwiri (m. 1077), autor de uno de los tratado de sufismo persa más antiguos, comenta:
Para los sufíes el significado de taṣawwuf está más claro que la luz del sol y no necesita ninguna explicación o indicación. Como sufí no admite ninguna explicación, todo son conjeturas, tanto si reconocen la dignidad del nombre como si no, cuando tratan de comprender su significado.
Los perfectos de entre ellos son llamados sufíes, y los aspirantes de rango inferior (šalibūn) entre ellos son llamados mutaṣawwif; porque taṣawwuf pertenece a la misma forma de tafa’aul, que implica ‘afrontar los problemas’ (takalluf), y es una rama de la raíz original.
La diferencia entre ambos en significado y etimologia es evidente. La pureza (ṣafā) es una santidad con un signo y una relación (riwāya), el sufismo es una resignada imitación de pureza. La pureza, entonces, es una resplandeciente y evidente idea, y el sufismo es una imitación de esa idea. Sus seguidores en este nivel son de tres tipos: los sufíes, los mutaṣawwif, y los mustaṣwif.
El sufí es aquel que está muerto para sí mismo y vive por la Verdad; ha escapado de las ataduras de las características humanas y realmente alcanzado (a Dios). El mutaṣawwif es aquél que trata de alcanzar este rango mediante el esfuerzo (muŷahada) y en su búsqueda rectifica su conducta de acuerdo con su ejemplo (de los sufíes).
El mustaṣwif es el que trata de hacerse pasar como uno de ellos persiguiendo el dinero y la riqueza y el poder y la prosperidad material, pero no tiene conocimiento de estas dos cosas.
A. Hujwiri
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El Otro Lado del Espejo. The other side of a mirror, Mary Elizabeth Coleridge.
Me senté frente al cristal un día,
y evoqué ante mí una imagen desnuda,
negando las formas de la alegría y la razón,
aquella sombría figura fue reflejada allí:
La visión de una mujer, exhalando
salvaje y femenina desesperación.
Su cabello caía hacia atrás en ambos lados,
el rostro, privado de toda hermosura,
ya no tenía envidia para ocultar
lo que ningún hombre supo adivinar,
y formó entonces su espinosa corona
de áspera y profana desgracia.
Sus labios estaban abiertos, ni un sonido
brotó de esos marchitos pétalos rojos,
cualquiera haya sido, aquellas deformes heridas
en silencio y secreto sangraron.
Ningún suspiro alivió su inexpresable dolor,
no poseía aliento para vaciar su miseria.
Y en sus espeluznantes ojos brilló
la moribunda llama del deseo de vivir,
hecha locura al diluirse toda esperanza,
y ardió en el fuego crepitante
de los celos y la sedienta venganza,
con una cólera que no puede apaciguarse.
Sombra de una Sombra en el cristal,
libera ya la superficie del espejo!
Pasa, como las fantásticas formas pasan.
No retornes jamás para ser
el fantasma de las horas vanas.
Entonces me oyó susurrar: “Yo soy Ella”
Mary Elizabeth Coleridge.
Novelista y poetisa británica
(23 September 1861 – 25 August 1907)
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I?m Gonna Make A Change,
For Once In My Life
It?s Gonna Feel Real Good,
Gonna Make A Difference
Gonna Make It Right . . .
As I, Turn Up The Collar On My
Favourite Winter Coat
This Wind Is Blowin? My Mind
I See The Kids In The Street,
With Not Enough To Eat
Who Am I, To Be Blind?
Pretending Not To See
Their Needs
A Summer?s Disregard,
A Broken Bottle Top
And A One Man?s Soul
They Follow Each Other On
The Wind Ya? Know
?Cause They Got Nowhere
To Go
That?s Why I Want You To Know
I?m Starting With The Man In
The Mirror
I?m Asking Him To Change
His Ways
And No Message Could Have
Been Any Clearer
If You Wanna Make The World
A Better Place
(If You Wanna Make The
World A Better Place)
Take A Look At Yourself, And
Then Make A Change
(Take A Look At Yourself, And
Then Make A Change)
(Na Na Na, Na Na Na, Na Na, Na Nah)
I?ve Been A Victim Of A Selfish
Kind Of Love
It?s Time That I Realize
That There Are Some With No
Home, Not A Nickel To Loan
Could It Be Really Me,
Pretending That They?re Not Alone?
A Willow Deeply Scarred,
Somebody?s Broken Heart
And A Washed-Out Dream
(Washed-Out Dream)
They Follow The Pattern Of
The Wind, Ya? See
Cause They Got No Place To Be
That?s Why I?m Starting With Me
(Starting With Me!)
I?m Starting With The Man In The Mirror
(Ooh!)
I?m Asking Him To Change His Ways
(Ooh!)
And No Message Could Have
Been Any Clearer
If You Wanna Make The World
A Better Place
(If You Wanna Make The
World A Better Place)
Take A Look At Yourself And
Then Make A Change
(Take A Look At Yourself And
Then Make A Change)
I?m Starting With The Man In The Mirror
(Ooh!)
I?m Asking Him To Change His Ways
(Change His Ways-Ooh!)
And No Message Could?ve
Been Any Clearer
If You Wanna Make The World
A Better Place
(If You Wanna Make The
World A Better Place)
Take A Look At Yourself And
Then Make That . . .
(Take A Look At Yourself And Then Make That . . .)
Change!
I?m Starting With The Man In The Mirror,
(Man In The Mirror-Oh Yeah!)
I?m Asking Him To Change
His Ways
(Better Change!)
No Message Could Have
Been Any Clearer
(If You Wanna Make The World A Better Place)
(Take A Look At Yourself And Then Make The Change)
(You Gotta Get It Right, While You Got The Time)
(?Cause When You Close Your Heart)
You Can?t Close Your . . . Your Mind!
(Then You Close Your . . . Mind!)
That Man, That Man, That Man, That Man
With That Man In The Mirror
(Man In The Mirror, Oh Yeah!)
That Man, That Man, That Man
I?m Asking Him To Change
His Ways
(Better Change!)
You Know . . .That Man
No Message Could Have
Been Any Clearer
If You Wanna Make The World
A Better Place
(If You Wanna Make The World A Better Place)
Take A Look At Yourself And
Then Make A Change
(Take A Look At Yourself And Then Make A Change)
Hoo! Hoo! Hoo! Hoo! Hoo!
Na Na Na, Na Na Na, Na Na, Na Nah
(Oh Yeah!) Gonna Feel Real Good Now!
Yeah Yeah! Yeah Yeah!
Yeah Yeah! Na Na Na, Na Na Na, Na Na, Na Nah
(Ooooh . . .) Oh No, No No . . .
I?m Gonna Make A Change
It?s Gonna Feel Real Good!
Come On!
(Change . . .)
Just Lift Yourself
You Know
You?ve Got To Stop It.
Yourself!
(Yeah!-Make That Change!)
I?ve Got To Make That Change,
Today!
Hoo!
(Man In The Mirror)
You Got To
You Got To Not Let Yourself . . .
Brother . . .
Hoo!
(Yeah!-Make That Change!)
You Know-I?ve Got To Get
That Man, That Man . . .
(Man In The Mirror)
You?ve Got To
You?ve Got To Move! Come
On! Come On!
You Got To . . .
Stand Up! Stand Up!
Stand Up!
(Yeah-Make That Change)
Stand Up And Lift
Yourself, Now!
(Man In The Mirror)
Hoo! Hoo! Hoo!
Aaow!
(Yeah-Make That Change)
Gonna Make That Change . . .
Come On!
(Man In The Mirror)
You Know It!
You Know It!
You Know It!
You Know . . .
(Change . . .)
Make That Change.
tu gimnasia de jaula no es el vuelo,
el sublime tramonto soberano,
ni nunca podrá ser anhelo humano
tu miserable personal anhelo.
¿Qué saben de lo eterno las esferas?
¿de las borrascas de la mar, las gotas?
¿de puñetazos, las falanges rotas?
¿de harina y pan, las pajas de las eras?…
¡Detén tus pasos Lógica, no quieras
que se hagan pesimistas los idiotas!
Pedro B. Palacios (Almafuerte)
Lo Fugaz
La rosa temblorosa
se desprendió del tallo,
y la arrastró la brisa
sobre las aguas turbias del pantano.
Una onda fugitiva
le abrió su seno amargo
y estrechando
a la rosa temblorosa
la deshizo en sus brazos.
Flotaron sobre el agua
las hojas como miembros mutilados
y confundidas con el lodo negro
negras, aún más que el lodo, se tornaron,
pero en las noches puras y serenas
se sentía vagar en el espacio
un leve olor de rosa
sobre las aguas turbias del pantano.
Ricardo Jaimes Freyre
El dulce niño pone el sentimiento
entre la pompa de jabón que fía
el lirio de su mano a la extensión.
El dulce niño pone el sentimiento
y el contento en la pompa de jabón.
Yo pongo el corazón -¡pongo el lamento!
entre la pompa de ilusión del día,
en la mentira azul de la extensión.
El dulce niño pone el sentimiento
y el contento. Yo pongo el corazón…
Porfirio Barba Jacob
Último brindis
Lo queramos o no
sólo tenemos tres alternativas:
el ayer, el presente y el mañana.
Y ni siquiera tres
porque como dice el filósofo
el ayer es ayer
nos pertenece sólo en el recuerdo:
a la rosa que ya se deshojó
no se le puede sacar otro pétalo.
Las cartas por jugar
son solamente dos:
el presente y el día de mañana.
Y ni siquiera dos
porque es un hecho bien establecido
que el presente no existe
sino en la medida en que se hace pasado
y ya pasó…
como la juventud.
En resumidas cuentas
sólo nos va quedando el mañana:
yo levanto mi copa
por ese día que no llega nunca
pero que es lo único
de lo que realmente disponemos.
Nicanor Parra
Detente Sombra
Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
Sor Juana Inés de la Cruz
Poda ornamental o arte topiario
El origen etimológico de esta palabra proviene del latín ‘topiarius’, que se refiere a aquellas personas que, en la antigua Roma, se dedicaban a cuidar los jardines.
Ya en el siglo I se puede leer, en diversos escritos, cómo los propietarios de varias villas romanas paseaban por sus jardines rodeados de figuras esculpidas en arbustos. Los setos eran recortados a diferentes alturas, y por todo el jardín se repartían pequeños obeliscosvegetales. Estos singulares jardineros romanos gozaron de gran prestigio entre los diversos ámbitos artísticos, incluso aquellos que eran esclavos. Con el fin del Imperio Romano, parte de su población se extendió por toda Europa, llevando a muchos países el noble arte del topiario, que tuvo su apogeo varios siglos más tarde.
En el siglo XV, Italia se convierte en la cuna del renacentismo europeo. Sus artistas miran hacia el pasado y se inspiran en la cultura clásica para desarrollar sus creaciones. Los jardineros no son ajenos a esta corriente, y vuelven a poner de moda los jardinesordenados, con pasillos y figuras bien marcadas, arcos majestuosos y volúmenes geométricos nunca vistos anteriormente. Francia e Inglaterra son también dos de los máximos exponentes de este arte durante el Renacimiento. La nobleza comenzó a organizar grandes fiestas en los jardines de los palacios y villas, por eso cuidaban al máximo su apariencia. Uno de los juegos favoritos de las clases más altas consistía en jugar al escondite entre laberintos tallados esculturalmente sobre impresionantes setos.
En otras regiones como los Países Bajos, el topiario derivó hacia formas más relacionadas con la mitología, con figuras que representaban a gigantes y personajes imaginarios, con una atención por el detalle nunca vista anteriormente. En España, el jardín del Palacio de los Duques de Alba fue uno de los mejores ejemplos renacentistas durante esta época, con un estilo topiario inspirado en el diseño italiano. En el siglo XVIII, toman el relevo los jardines del Palacio Real, creados por orden de Felipe V, y que hoy en día aún conservan sus magníficos laberintos y cipreses con formas rectangulares.
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