La Virgen María

María Virgen en la vida del cristiano

En nuestra vida de cristianos y en la vida de la Iglesia, la Virgen María tiene un lugar destacadísimo. Miles de personas, de distintas condiciones sociales, económicas y culturales, son fieles devotas de las más variadas advocaciones marianas, buscando en la Virgen consuelo y refugio. Conozcamos los rasgos más sobresalientes de esta hermosa y excepcional figura de nuestra fe.

Virgen María, sin pecado concebida

Para salvarnos, Dios envió a su Hijo amado al mundo. Para ello, eligió desde siempre a una joven judía de Nazareth, “de nombre María” (Lc. 1, 26-27) como madre del Redentor. Para tarea tan digna e importante, Dios libró a la Virgen de toda mancha de pecado, incluso la del pecado original; la hizo “llena de gracia”, por eso la advocación de la Inmaculada Concepción, cuya fiesta es el 8 de diciembre.

María, Madre de Dios

Sin embargo, Dios quiso la aceptación libre y voluntaria de María para dignidad tan extraordinaria; fue así que envió al Ángel Gabriel para ofrecer la maternidad divina, aceptando la Virgen con estas palabras: “He aquí la esclava del Señor, que se haga en mí según tu Palabra” (Lc. 1, 37-38). Todos los años recordamos este encuentro y este “Sí” en la fiesta de la Anunciación, el 25 de marzo.

Es el misterio que rezamos en el Ángelus tres veces al día (mañana, mediodía y atardecer): el cumplimiento de la voluntad del Padre. Es aquí donde la Virgen se muestra como modelo de creyente, dócil y obediente.

Nuestra fe nos enseña que María concibió a Jesús virginalmente, por obra y gracia del Espíritu Santo, y es Cristo “verdadero Dios y verdadero hombre”, reservando su virginidad para ser exclusiva Madre de Dios (los “hermanos” de Jesús que habla el Evangelio de Mt. 13,55 se refiere a parientes cercanos, seguramente primos). Todos los 1 de enero los miembros de la Iglesia celebramos la fiesta de María, Madre de Dios. Es que gracias a la aceptación de la Virgen, Dios se hizo hombre. San Pablo nos dirá en Fil. 2,6-8: “Él, que era de condición divina, (…) se hizo semejante a los hombres, presentándose con aspecto humano”.

Tanto María como José, su fiel esposo y padre adoptivo de Jesús, forman un ejemplo singular de familia, la Sagrada Familia. Lo cuidan entrañablemente (Lc. 2), lo protegen de la matanza de Herodes huyendo a Egipto (Mt. 2), lo lloran al perderlo y se alegran al encontrarlo (Lc. 2, 41). Estas breves pinceladas familiares son un estímulo y un aliento para nuestros hogares.

María, la primera evangelizadora

María es sin duda, la primera anunciadora del Reino que vino a instaurar Jesús. Ella es la que le pide a Jesús que realice su primer milagro en las Bodas de Caná (Jn 2, 1-11) y le insiste a los servidores que “Hagan lo que Él les diga”. Acompañará a Jesús en todo momento, y sobre todo permanecerá fiel, dolorida pero firme al pie de la Cruz. En ese momento sublime de Amor, Jesús nos la regala como Madre cuando le dice: “Madre, aquí tienes a tu hijo” y al discípulo a quien amaba, que nos representa a todos: “Aquí tienes a tu Madre” (Jn. 19, 26-27).

La Virgen permanecerá unida a los Apóstoles formando la primera comunidad de creyentes a la espera de Pentecostés, cuando reciben al Espíritu Santo como Jesús lo prometió (Hch. 1,13). Luego será llevada en cuerpo y alma a los Cielos, ya que al carecer de todo tipo de pecado no estuvo sujeta a la muerte como todos nosotros, misterio tan excepcional que celebramos el 15 de agosto en la fiesta de la Asunción.

María, madre de todos

¡Cuántas oraciones, poemas, libros y canciones se han escrito en honor a María! ¡Cuántos devotos de Nuestra Señora de la Paz, o de la Virgen de San Nicolás, o de Nuestra Señora de Fátima, o de la Virgen de Schoenstatt, o de Nuestra Señora de Itatí, o de la Virgen María Auxiliadora, o de Nuestra Señora de Lourdes, o de la Virgen de Pompeya, o de tantas otras advocaciones!

Sin embargo, queda muy claro que María siempre mantuvo un papel sencillo, mostrándonos que el protagonista es Jesús, el Salvador. Ella es “la servidora del Señor” (Lc. 1,38), está a total disposición de Él. Y como buena madre, se pone a nuestro auxilio y a nuestros ruegos. Por María llegamos a Jesús, ya que su Hijo la ama y la escucha, y por eso la elegimos como mediadora o intercesora, ya que es camino a Jesús, como le pedimos en cada Avemaría: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores”.

Estas son las razones que hacen que la amemos profundamente, y a ese amor de hijos lo llamamos veneración, palabra que significa gran respeto y cariño; sólo un escalón más debajo de la adoración, el culto que merece nadie más que Dios, y que es disponerse en total obediencia, gratitud y amor a Él, alabándolo sin cesar por su Bondad infinita, como lo hacemos todos los miembros de la Iglesia junto a María, a los ángeles y a los santos.

En síntesis, María es modelo de fe del creyente y de obediencia perfecta a Dios; es ejemplo de esperanza para los momentos difíciles; es mirada tierna y maternal al pecador; es consuelo del que sufre; es vía segura para encontrar a Jesús. Es la madre de todos, y por eso le pedimos que todos los hombres seamos verdaderos hermanos, ya que Jesús se hizo nuestro Hermano y quiere que seamos hijos de un Dios que es Padre bueno y generoso, para así podamos cumplir lo que pidió el Señor en Jn. 17, 21: “Que todos sean uno, para que el mundo crea”.

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