24 Octubre 2011 | Por Juan Solernó | # Enlace permanente
Libros deuterocanónicos
Con este nombre de “deuterocanónicos”, que en griego significa “segundo-canónicos”, se agrupa una cantidad de libros del Antiguo Testamento que la Iglesia Católica reconoce como pertenecientes a la Sagrada Escritura, pero que no se han conservado en la Biblia hebrea y sólo se hallan en la traducción griega de la Biblia. Es importante saber que los judíos no los consideran libros sagrados, y por eso no se encuentran en la Biblia hebrea.
El Concilio de Trento (1546) reconoció algunos de los textos de la Biblia griega como pertenecientes a la Sagrada Escritura. Al ser designados como “segundo-canónicos”, sólo se quiere indicar que entraron en la lista de los libros sagrados (el “canon”) en un segundo momento, pero tienen igual dignidad e importancia que los demás.
Los libros que componen la lista de los “deuterocanónicos” son: Baruc, Judit, Tobías, Sirá o Eclesiástico, Sabiduría y libros 1 y 2 de los Macabeos.
Judit
Se trata de un libro didáctico. En él se narra una guerra contra Israel en la que participan todos los pueblos de la tierra. Incapaces de defenderse, los judíos están por rendirse, pero son salvados por intervención de una mujer muy piadosa y observante de la Ley: Judit. Ella seduce y termina matando al enemigo del pueblo de Dios.
Como en la literatura apocalíptica, el imperio del mal está representado por el gran ejército y por su jefe. Judit, que en hebreo significa “la judía”, representa al pueblo de Israel, que no vence a los enemigos por las armas sino con la piedad.

Tobías
Este también es un libro didáctico. Tobías es un israelita deportado a Nínive que debe vivir su fidelidad a la Ley en medio de un clima hostil. Al mismo tiempo, un familiar suyo que vive en otra ciudad de Asiria se encuentra con serios problemas en su vida. Dios interviene por medio del Ángel Rafael y soluciona los problemas de ambos.
Como obra didáctica, el libro enseña a ser fiel aun en medio de las dificultades, confiando en la providencia de Dios. Cabe mencionar que interviene en la obra uno de los Ángeles, subrayando la trascendencia de Dios y su actuar en la creación a través de intermediarios.
Sirá o Eclesiástico
Este libro recibe el nombre de “Eclesiástico” porque en los primeros siglos de la Iglesia, los cristianos lo utilizaron frecuentemente este libro, sobre todo en la instrucción de los catecúmenos que se preparaban para el bautismo.
El autor de este libro es un “maestro de sabiduría” (un escriba) muy fervoroso que se empeña en describir los valores del judaísmo, en un momento en que los judíos sienten la tentación de abandonarlo para correr tras las novedades que aportan los griegos. Si los griegos traen su sabiduría, Ben-Sirá, que es el protagonista del libro, dice que la Sabiduría viene de Dios, y que para poder adquirirla es necesario cumplir los mandamientos.
Cuando quiere resumir su pensamiento sobre la sabiduría, Ben-Sirá afirma que este no es otra cosa que la Ley de Moisés y que cumplir la Ley es practicar el culto.
A pesar de los grandes valores que contiene el libro, también contiene algunas carencias que es necesario mencionar: en primer lugar, no tiene expectativas de un mesías; tampoco demuestra tener esperanza en una vida futura; y por último, en varios lugares muestra tener muy poco aprecio por el sexo femenino.
Sabiduría
En griego la obra lleva como título “Sabiduría de Salomón”, porque el autor habla como si fuera aquel rey que con su experiencia, su sabiduría y su autoridad habla a los gobernantes de la tierra.
La primer parte de este libro es un análisis sobre la sabiduría. El autor describe a la sabiduría mediante una figura femenina que tiene su trono junto a Dios. Se afirma que no se puede alcanzar la sabiduría si Dios no la concede, y por eso es necesario pedirla.
La segunda parte de esta obra es una larga meditación sobre la actuación de la sabiduría en la historia. Pasa con rapidez desde Adán hasta Moisés, pero se detiene largamente en los relatos de las plagas de Egipto y los milagros del Éxodo, para comparar la diferente forma de obrar que ha tenido Dios con Israel y con los egipcios.
22 Octubre 2011 | Por Juan Solernó | # Enlace permanente
Libros didácticos y sapienciales
En Israel existió el interés por alcanzar la sabiduría. El término hebreo equivalente a “sabiduría” puede designar distintas formas de habilidad: la capacidad para tareas manuales, el buen sentido en la conducción política, el buen criterio para juzgar, la astucia para comportarse en situaciones comprometidas, etc. Se dice que Salomón investigaba sobre toda clase de plantas y de animales, y por esa razón era reconocido como sabio. La adquisición de esta sabiduría promete una vida larga y feliz, libre de contratiempos. Aquel que no tiene sabiduría es el “necio”, el que no sabe manejar bien sus negocios ni solucionar de manera acertada sus problemas.
La literatura sapiencial apareció en Israel durante el reinado de Salomón. En aquel tiempo era muy apreciada la sabiduría de los paganos. Por eso en algunos escritos aparecen enseñanzas que se encuentran también en los libros sapienciales egipcios.
Había una mirada negativa de la sabiduría humana en la época de los profetas, ya que estos se habían opuesto muchas veces a los sabios de las cortes porque aconsejaban soluciones contrarias al plan de Dios.
Esto provoca que más tarde se considere a la sabiduría de los hombres como opuesta a la sabiduría de Dios. Por eso la reflexión sapiencial se orientará hacia la sabiduría de Dios.
Proverbios

La enseñanza de la sabiduría, tanto en Israel como en el resto de los países vecinos, se realizaba principalmente por medio de oraciones breves, que tenían una comparación y se expresaban en forma de paralelismos. En hebreo, la palabra que significa “comparación” es “mashal”. Este término puede indicar distintas clases de comparaciones: proverbios, sentencias, parábolas, enigmas, etc. En latín se tradujo como proverbium y de allí pasó a ese nombre al castellano.
Los proverbios muestran paralelismos que a veces son:
- Sinonímicos: dice dos veces lo mismo, pero con distintas palabras o figuras, por ejemplo: “el que tarde en enojarse vale más que un héroe, y el dueño de sí mismo, vale más que un conquistador” (Proverbios 16, 32).
- Antitéticos: muestran casos opuestos, por ejemplo: “el malvado huye sin que nadie lo persiga, pero el justo está seguro como un cachorro de león” (Proverbios 28, 1).
- Sintéticos: reúnen una idea y una figura que la describe, por ejemplo: “como el perro vuelve sobre su vómito, así el insensato reincide en su necedad”.
Job
Este libro es considerado el más importante de los libros sapienciales. Este escrito se ocupa del interrogante sobre la causa del sufrimiento del hombre justo.
La enseñanza de la tradición afirmaba que los que cumplen atentamente los mandamientos de Dios recibirían las bendiciones divinas y estarían al cuidado y abrigo de Dios ante cualquier problema, mientras que los que no cumplían con ellos sufrirían toda clase de males. El libro de Job, en cambio, afirma que también los justos sufren y que el sufrimiento no es un castigo por algún pecado.

Este escrito consta de tres partes. En la primera de ellas, se presenta la situación de Job, que es una persona correcta que es puesta a prueba por Satanás. Pierde a sus hijos, sus riquezas y, finalmente, su salud. En la segunda se narra la rehabilitación de Job después de sus pruebas.
La tercera parte comienza con Job lamentándose por lo ocurrido. Luego acuden a consolarlo varios amigos, conversando con él acerca de la razón de sus sufrimientos. Aquí vemos que en medio de sus dolores, Job está totalmente desconcertado porque sabe que no ha cometido ningún pecado y, por eso, no se explica la razón de los males que padece.
Luego de los discursos de sus amigos, habla Dios. El discurso de Dios no da la solución al problema, no responde a lo que le sucede a Job, sino que lo sitúa a él en su lugar: la sabiduría de Job no es suficiente como para pedirle a Dios razones. La razón de ser del dolor queda en el misterio. Las dos enseñanzas de este libro son:
- La sabiduría de Dios supera los razonamientos de cualquier ser humano y no se le puede pedir razones a Dios.
- El sufrimiento humano no está necesariamente ligado al pecado. En el caso de Job era sólo una prueba. En el Nuevo Testamento se encuentra un testimonio de que esta enseñanza no había sido asumida por algunos judíos de la época de Jesús: los discípulos de Jesús vieron a un hombre ciego y preguntaron quién habría pecado para que él tuviera que padecer este mal.
Eclesiastés
El autor de este libro muestra a un predicador que se presenta como Salomón. El interés de identificarse con el rey sabio proviene de que le interesa mostrarse como aquel que ha tenido todo: gloria, riquezas, sabiduría, bienestar… pero después de las experiencia de la vida y de la reflexión ha llegado a la conclusión de que todo es “vanidad”, es decir, “vaciedad”. No hay nada que sea duradero, sino que todo pasa y no deja nada más que sensación de vaciedad. Ni aun la sabiduría llega a colmar el corazón, porque el saber “trae aflicción”. A todo esto se suman los males que vienen por las injusticias que se comenten en la sociedad.
El sabio que reflexiona de esta manera supone que después de la muerte no hay ninguna retribución. Ellos todavía vivían con la convicción de que “de polvo eres y al polvo volverás”, y no tenían esperanza de una resurrección. Esta esperanza sólo aparecerá en los últimos años del Antiguo Testamento y será proclamada definitivamente por Nuestro Señor Jesucristo.
Hay que hacer una observación sobre este libro: el pesimismo del autor puede explicarse por el momento histórico en que es escrito. Es la época en la que los griegos comienzan a expandirse y llevan su cultura por todo el mundo. El pensamiento y la vida de los griegos (el arte, los deportes, las formas de vida…) ejercían un fuerte atractivo sobre los jóvenes judíos, que se sentían arrastrados a abandonar la Ley de Dios y las tradiciones del judaísmo. El autor de este libro, sabiamente, pone al descubierto la vaciedad de todas estas cosas: nada de eso es permanente. Sólo se debe poner la mirada en Dios.
20 Octubre 2011 | Por Juan Solernó | # Enlace permanente
Salmos
Los salmos son oraciones poéticas o cantos con que el pueblo de Israel expresaba a Dios sus sentimientos, ideas y peticiones. En ellos los salmistas hacen de la historia del pueblo y de su propia historia una oración. Los salmos formaban parte de toda la liturgia judía, siendo parte esencial de la vida religiosa del pueblo.
Jesús oraba con los salmos, como se ve en los evangelios. Los apóstoles transmitieron a los primeros cristianos su cariño especial por los salmos. Las primeras comunidades cristianas descubrieron la presencia oculta de Cristo en varios de ellos. Por eso, además de dar al texto su sentido original, damos una interpretación cristiana a los salmos:
- Recordamos la alianza del Sinaí y pensamos en la alianza nueva y eterna instituida por Cristo.
- Exaltamos la Ley y consideramos la ley de amor que nos dio Jesús y cómo nos enseñó a vivir con libertad el espíritu de la Ley.
- Valoramos la intervención de Dios en la historia de Israel y su presencia en el templo, y afirmamos nuestra fe en Cristo, presente en la comunidad, y en los sacramentos.
- Adoramos a Dios como rey del universo y proclamamos a Jesús, que hizo presente el reino de Dios en la tierra.

Con el tiempo, los salmos se convirtieron en cánticos de la iglesia y pasaron a ser parte de la celebración eucarística y Liturgia de las Horas. Al orar con ellos, nos unimos a la alabanza incesante de los cristianos y de la comunidad judía.
El cantar de los cantares
Este es un canto en el que dos enamorados se buscan, se encuentran, se anhelan, sufren por la ausencia y gozan la posesión mutua total, en una trama donde la voz de la mujer se escucha el doble de veces que la del varón.
Aunque el Cantar no habla para nada de Dios, los judíos lo leían en la celebración del matrimonio, por ser inspirado por Él. Su sentido radico en expresar el amor de una pareja, pues todo amor proviene de Dios y es reflejo de su amor apasionado y bello. Sin este canto, la revelación contenida en la Biblia estaría incompleta, pues el resto de sus libros enfatiza el amor entre Dios y nosotros, y el amor entre nosotros, como hermanos, hijos del mismo Padre.

Lamentaciones
El libro de las Lamentaciones expresa el drama de los israelitas al perder su templo, su ciudad, sus hogares y su libertad.
La ciudad es comparada con una joven o una madre fecunda que sufre el agravio de su maternidad y el dolor de su viudez. Jerusalén era sede de las promesas de Dios, de su presencia y justicia, y el pueblo se pregunta ¿les había fallado el Señor? ¿eran los extranjeros más fuertes que Dios? ¿Ya no había esperanza?
En su reflexión, el pueblo reconoce que su pecado causó la caída de Jerusalén y que sólo le queda presentar la dolorosa realidad a Dios y confiar en su misericordia, que perdona al pecador y purifica a su pueblo.
Los católicos leemos este libro en la liturgia de Semana Santa. Con ellos manifestamos nuestro dolor y nos apoyamos en la espera de la llegada del día del Señor, en que vencerá el pecado y la muerte.
2 Octubre 2011 | Por Juan Solernó | # Enlace permanente
Profetas posteriores
Dentro de los profetas posteriores, reconocemos a los tres profetas mayores (Isaías, Jeremías y Ezequiel) y los doce profetas menores. La distinción en mayores y menores es de acuerdo a la extensión de la obra. A continuación veremos a los tres profetas mayores y a algunos de los profetas menores.
Profetas mayores
1. Isaías
El libro de Isaías, así como se lo encuentra en la Biblia, es el resultado de la unión de distintos escritos pertenecientes a diversos autores de diferentes épocas. Por esta razón, conviene hacer una distinción inicial y señalar que en este libro nos encontramos con un “pimer Isaías”, un “segundo Isaías” (o “Déutero-Isaías”) y un “tercer Isaías” (o “Trito-Isaías”). Estos tres Isaías corresponden a distintos tiempos históricos.
Este libro es el que mejor prepara la recepción de la Buena Noticia de Jesús, por lo que se lee con frecuencia en la liturgia. Los tres Isaías insisten en la santidad de Dios, la gravedad del pecado contra Él y los hermanos, el valor de la conversión, la fidelidad de Dios hacia el pueblo elegido, y los anuncios del Mesías.
El primer Isaías fue llamado por Dios en el templo. Declaró el peligro de aliarse con poderes extranjeros, ya que Dios quería que confiaran solamente en Él; denunció la injusticia y la opresión de los pobres, y fomentó la esperanza al anunciar la venida de un rey perfecto.
El segundo Isaías profetizó durante el exilio en Babilonia. Retomó los temas del primer Isaías para orientar y animar a los cautivos en tierra extranjera. Su mensaje creaba conciencia del pecado nacional y proclamaba la esperanza que viene con la conversión. Entre sus profecías están los célebres poemas del siervo del Señor y la promesa de que Israel regresará a su tierra.
El tercer Isaías profetizó en Jerusalén, durante el tiempo de la reconstrucción del templo y la ciudad. Reavivó la exigencia de justicia y fidelidad ante las prácticas injustas y la apatía religiosa, y abrió horizontes universales en esa época en que nacía el judaísmo. Sus últimas profecías anuncian un Israel perfecto y “un cielo nuevo y una tierra nueva”, promesa que se repite en el Apocalipsis.
2. Jeremías
Jeremías fue un profeta tímido y violento, delicado y terrible, dedicado a proclamar el mensaje de Dios. Su vida y su ministerio fueron difíciles, dolorosos y variados.
La vocación de Jeremías surge desde muy joven. Durante la reforma religiosa del rey Josías, Jeremías insiste al pueblo que se convierta y le anuncia el castigo de manos del enemigo si no lo hace.
Además, Jeremías denuncia la política corrupta de los sucesores de Josías, los motiva a permanecer bajo Babilonia y se lamenta ante la conducta del pueblo. Por ello es perseguido y obligado a ocultarse para salvar su vida.
También el profeta acusa al rey, a los sacerdotes y a los falsos profetas, que engañan al pueblo en lugar de guiarlo hacia Dios. Su denuncia causa que lo persigan, arrojen a un pozo y encarcelen.
Por último, Jeremías realiza juicios contra varias naciones extranjeras, describiendo sus sufrimientos y proclamando esperanza. Jeremías escribe a los deportados y les promete la restauración de Judá, el regreso a su tierra, un porvenir bueno y una salvación duradera.
3. Ezequiel
Ezequiel fue sacerdote y profeta. Ejerció su sacerdocio en el templo de Jerusalén antes de ser destruido. Fue exiliado a Babilonia en la primera deportación, junto con los notables de la ciudad, y desde allá supo de la ruina de su patria, la cual interpretó a la luz de Dios.
Su libro cubre dos épocas. En Jerusalén llama a Judá a convertirse y denuncia la opresión de otras naciones. Después, en el destierro, da un mensaje de consuelo y restauración. Sus principales contribuciones pertenecen a la segunda época, y son cuatro:
- Ve la gloria de Dios presente en el mundo de Israel, la cual consiste en una realidad luminosa que se percibe cuando las personas se arrepienten de sus pecados, aceptan la liberación de Dios y lo adoran en el templo.
- Introduce el concepto de la responsabilidad personal en el cumplimiento de la ley de Dios, al enfatizar que cada individuo puede y debe dirigir su vida según la alianza con Dios.
- Manifiesta gran interés en el culto, pues sueña con una comunidad organizada alrededor del templo y con la ley de Dios inscrita en el corazón de cada uno.
- Visualiza un nuevo Israel, donde el único rey es Dios. Gobernará a través de un “príncipe” que vendrá de la casa de David y que como pastor alimentará sus ovejas, las sanará y reunirá a las que están perdidas, restaurando así la unidad de Israel. Este príncipe, quien es el Mesías esperado, buscará la santidad la pureza de vida y el culto, más que el poder político y las conquistas militares.
Profetas menores
1. Miqueas
Miqueas es portavoz apasionado de Dios. Su relación con la gente que trabaja la tierra lo obliga a denunciar a quienes codician y roban sus campos y sus hogares. Proclama que el Señor mostrará su justicia castigando la infidelidad a la alianza, que causa una separación cada vez más profunda entre ricos y pobres.
Miqueas anuncia al Mesías apuntando las características que tendrá Jesús. En tanto Israel esperaba un mesías guerrero y triunfador, el profeta lo presenta procedente del pequeño resto: fiel, humilde y pacífico; que nacerá en Belén, la pequeña ciudad de David. La salvación viene de Dios y Él quiere que se dé a partir de lo pequeño y lo humilde, no de lo grande, poderoso y esplendoroso.
2. Zacarías
El libro de Zacarías fue escrito por varios autores, en épocas y situaciones muy distantes. Se distinguen en él tres Zacarías.
El primer Zacarías ayudó a forjar la identidad del pueblo, centrándolo en el templo, el culto y la ley. Zacarías promueve la reconstrucción del templo, el cual ve clave para restaurar la alianza.
El segundo Zacarías fortalece la identidad nacional con visiones y discursos proféticos. Da importancia a los sacerdotes como pastores del pueblo, insiste en la responsabilidad de los dirigentes y destaca el trabajo de los profetas.
El tercer Zacarías, y el segundo también, dan esperanza al pueblo con su fuerte contenido mesiánico. Hablan del pastor bueno, el Mesías humilde y el reinado de la verdad, la justicia, el amor y la paz.
25 Septiembre 2011 | Por Juan Solernó | # Enlace permanente
Libros históricos o profetas anteriores
1. Josué
El libro de Josué recibe su nombre del héroe israelita que continuó la misión de Moisés y organizó al pueblo para la conquista de la tierra prometida. Al principio del libro, Josué promete a los israelitas que conquistarán la tierra de Canaán y se apoderarían del territorio si eran fieles a la alianza. Ellos respondieron con entusiasmo: “Igual que obedecimos en todo a Moisés, te obedeceremos a ti”. Bajo su guía, tomaron posesión de la tierra, se establecieron con sus familias y sus ganados, y trataron de seguir su alianza con Dios.
El mensaje profundo detrás de este libro es que Dios cuidó a los israelitas todo el tiempo que obedecieron los mandamientos. Dios es nuestra esperanza más segura en los problemas y altibajos de la vida y de la historia.
2. Jueces
El libro de los jueces narra las dificultades que enfrentaron las tribus de Israel para vivir en fidelidad a Dios y en paz con los pueblos extranjeros. Nos muestra cómo Dios es atento a sus oraciones y les envía hombres y mujeres extraordinarios para ayudarlos y apoyarlos. A estos líderes famosos, como Sansón, se les llama jueces. No son jueces responsables de dictar sentencias en la corte, sino líderes elegidos por Dios para dirigir a los israelitas en tiempos de crisis religiosas y políticas.

3. Libros 1 y 2 de Samuel
Los dos libros de Samuel relatan el fin de la etapa de Israel como federación de tribus y el principio de la monarquía acompañada de profetas. Ante las amenazas de los otros pueblos, los israelitas deseaban un gobierno que los fortaleciera políticamente y los ayudara a seguir fieles a la alianza de Dios. Vieron la solución en la monarquía, donde el rey sería un representante del Señor y cuidaría de los intereses de Dios y del pueblo.
El primer libro se centra en Samuel, que era sacerdote, juez y profeta. El pueblo le pidió a Samuel que se comunicara con Dios para tener un rey que se hiciera cargo de la nación. Samuel hizo esto, y Dios le comunicó que el rey sería Saúl
El segundo libro se centra en David, segundo rey. Fue militar y gobernador poderoso, al mismo tiempo que pecador frágil dispuesto a la conversión. Más tarde, llegó a ser símbolo del rey ideal y del Mesías. Su reinado se convirtió en signo y promesa de que un día Dios establecería un reino de vida, santidad y gracia, de justicia, amor y paz.

4. Libros 1 y 2 de Reyes
El comienzo del libro 1 de Reyes narra la gloria del rey Salomón, quien acumuló riquezas, construyó un bello templo y engrandeció Jerusalén. Al morir él, el reino se dividió en dos. El reino del Norte se llamó Israel, y el del Sur recibió el nombre de Judá. Ambos reinos fueron gobernados por una serie de reyes débiles y pecadores. Su falta de competencia y rectitud tuvo consecuencias desastrosas: los dos reinos cayeron en manos de extranjeros (Israel cayó ante Asiria y Judá ante Babilonia).
Estos libros continúan la historia de los libros de Samuel. En esta época aparecen los grandes profetas de Israel y de Judá, como Elías y Eliseo. Ambos, en lugar de atender con intereses personales al poder, se opusieron con fuerza a las decisiones y acciones de los reyes cuando eran injustas.
En las terribles crisis que enfrentaron los reinos de Judá e Israel, aprenderemos con el pueblo elegido una gran verdad: sólo en Dios hay esperanza. Todo pasa, lo único que permanece es la promesa de Dios.
18 Septiembre 2011 | Por Juan Solernó | # Enlace permanente
Deuteronomio
“Deuteronomio” significa “segunda ley” en griego, pero en realidad se trata de una nueva presentación de la misma Ley de la alianza. Siglos después de que el pueblo de Israel se instaló en la tierra prometida, se instauró la monarquía, que más tarde se dividió en dos reinos: el reino del Norte y el reino del Sur. Cuando el reino del Norte fue vencido por Asiria, los levitas escondieron estos escritos sobre la Ley en Jerusalén; años después, al encontrarlos, los llamaron “segunda ley”.
Con este libro se trata de inculcar el amor a la Ley. No es cuestión de imponerla desde afuera, sino de arraigarla y hacer que crezca desde lo más profundo del corazón. Su finalidad es hacer de Israel una comunidad de “hermanos”. La idea de la unidad domina todo el Deuteronomio: un Dios, un Pueblo, un Templo, una Tierra y una Ley.
El Deuteronomio adapta la Ley a la nueva situación que vive el pueblo, presentándola a sacerdotes, reyes y profetas. Hay dentro de esta obra tres discursos de Moisés, que tratan los siguientes temas:
- El monoteísmo: un solo Dios escoge a un solo pueblo por propia iniciativa.
- Dios es santo, bueno, justo, providente y no hay otro ante él.
- El señor libera y guía al pueblo elegido para darle la tierra prometida.
- Israel debe a Dios un amor total y exclusivo, lo que implica el predominio del amor sobre las otras leyes y una separación de las naciones extranjeras.
- La comunión con Dios exige pureza y fidelidad en el cumplimiento de la Ley.
- La fe de Israel debe ser única y mantener la unidad del culto en un solo santuario.
I. Primer discurso de Moisés
En este primer discurso, Moisés recuerda la experiencia vivida por los israelitas en el desierto. Esta experiencia está llena de enseñanzas. En los acontecimientos de su propia historia, Israel debe ver el signo más grande de amor del Señor: eligió a Israel gratuitamente. Y también debe reconocer el poder de su Dios, que los liberó de todos los peligros. Por ello hay que dar absoluta fidelidad al Señor.
En este discurso, se muestra lo que le sucedió a la primera generación de israelitas en el desierto. Por su pecado de incredulidad, ellos fueron condenados a morir sin entrar en la Tierra prometida. También este hecho debe servir de advertencia. El amor del Señor es exigente. La fidelidad a Él abre el camino de la felicidad: la infidelidad separa al Pueblo de su Dios, única fuente de vida, y lo lleva necesariamente a la ruina.
II. Segundo discurso de Moisés
La atención en este discurso también se centra en los hechos del pasado: la promesa del Señor a los Patriarcas, la salida de Egipto, el don de la Ley en el Sinaí y la travesía en el desierto. En la meditación de su propia historia, Israel debe encontrar los motivos para mantenerse fiel a la Alianza. Él es el Pueblo de Dios, y esa elección es una gracia y un testimonio de amor de Dios. Y ese amor exige una entrega, que excluye todo compromiso con los pueblos paganos y sus dioses.
III. Tercer discurso de Moisés
En este último discurso se vuelve sobre el tema de la Alianza del Señor con su Pueblo. Se muestra que Dios no puede pactar en términos de igualdad con el hombre, porque la Alianza es siempre una iniciativa de su gracia. Pero Él no impone su Alianza, sino que la ofrece como un don y una responsabilidad. Así quedan abiertos dos caminos: el de la fidelidad y la vida, o el de la rebeldía y la muerte. A cada uno le toca decidir libremente, comprometiendo en esa decisión todo su futuro.
Los profetas
Un profeta es una persona que habla de parte de Dios. Los profetas eran personas llamadas por Dios para ser sus portavoces ante el pueblo, sobre todo en tiempo de crisis. Su mensaje se conoce como profecía u oráculo. Los profetas realizaron con valentía su misión y con frecuencia tenían problemas, pues su mensaje era duro, sobre todo para los poderosos y los dirigentes del pueblo.
En la antigüedad, los profetas eran simplemente adivinos que estaban al servicio de la corte. Por medio de signos de la naturaleza averiguaban las cosas ocultas o predecían el futuro. Los profetas de Egipto, por su parte, se encargaban de interpretar los sueños (como el patriarca José). En la tierra de Canaán eran conocidos los profetas que se reunían en grupo y procedían a estimularse por medio de música. De esta forma entraban en un “trance profético”.
Los profetas de Israel, en un principio, tuvieron características semejantes a las de los otros pueblos. Pero rápidamente se fueron diferenciando y adquiriendo rasgos propios, por ejemplo:
- Mientras que los profetas de los paganos eran profetas por decisión propia, los profetas de Israel, en cambio, eran llamados por Dios. Los profetas narran con frecuencia su vocación, para mostrar que no hablan por iniciativa propia. Más aun, en muchos casos lo destacan relatando que ellos se resistían al llamado.
- Los profetas de Israel eran hombres de la palabra. No se dedicaban a adivinar ni a interpretar sueños. Mucho menos a tener “trances proféticos”. Lo característico de estos profetas es que hablaban para transmitir la palabra de Yahvé. En los libros proféticos encontramos las frases “esto es palabra de Yahvé” y “así dice Yahvé”.
- Eran hombres profundamente religiosos y eran muy cercanos a Dios. Esta cercanía con Dios era lo que les permitía hablar en nombre de Yahvé como lo hacían.
- Así como eran intermediarios para llevar a los hombres la palabra de Dios, de la misma forma eran intercesores por el pueblo delante de Dios.

Con respecto a su predicación profética, es decir, de qué hablaban y qué anunciaban, se puede decir lo siguiente:
- Los profetas hablaron sobre Dios. Como se encontraban en una gran cercanía con Dios, estaban mejor capacitados para hacer conocer a los demás los rasgos del verdadero Dios y diferenciarlo de los dioses falsos que otros intentaban introducir en el pueblo. De esta forma, los profetas fueron los primeros que hablaron claramente sobre el monoteísmo.
- Otro tema del que hablaron los profetas es el de la alianza. Todos los profetas explicitan al pueblo en cada situación lo que significa “ser el pueblo de Dios” y cuáles son las exigencias de esta pertenencia a Yahvé.
- De las enseñanzas sobre la alianza se desprenden las exigencias morales. En los textos proféticos se encuentran enseñanzas muy claras sobre el proceder que debe asumir el hombre que quiere vivir de acuerdo con la voluntad divina.
- Finalmente, los profetas introducen la noción del “día de Yahvé”. Anuncian para el futuro un día en el que Dios se hará presente (por sí mismo o por un intermediario) para realizar un juicio, castigar a los impíos e instaurar el tiempo de felicidad definitiva para los justos.
11 Septiembre 2011 | Por Juan Solernó | # Enlace permanente
Levítico
Este es el tercer libro del Pentateuco. El nombre que recibe es debido a su contenido: consta de las indicaciones sobre los rituales que debían poner en práctica los sacerdotes de la tribu de Leví. Los sacerdotes levitas eran mediadores entre Dios y su pueblo. Su misión era bendecir al pueblo en nombre de Dios, enseñar la ley y ofrecer sacrificios del culto. También ungían a los reyes, presidían las fiestas y purificaban a los enfermos. Fueron llamados a una santidad especial.
Al leer este libro vemos que lo que dice pertenece a una cultura lejana y extraña al hombre de hoy en día. Esto es verdad, pero visto en su contexto histórico, el libro muestra un sentido muy profundo de trascendencia divina y de la preocupación por formar un Pueblo santo, consagrado al culto del verdadero Dios.
La referencia al Levítico es necesaria para entender muchos pasajes del Nuevo Testamento, que nos hablan de Cristo y de su Sacrificio redentor.
I. El ritual de los sacrificios
El sacrificio es el acto de culto por excelencia. Es una expresión natural y espontánea que reconoce la soberanía absoluta de Dios. Se ofrece a Él algo valioso para uno, consagrándolo al Señor y colocándolo sobre el fuego del altar. El humo que sube de la ofrenda es como un lazo de unión entre el cielo y la tierra.
El ritual israelita saca de los sacrificios todo tipo de elemento mágico, resaltando el aspecto personal. Pero estos ritos estuvieron en peligro de convertirse en prácticas puramente exteriores, sin darle importancia a su significado y sentido. Los profetas tuvieron que alzar su voz para denunciar este tipo de prácticas sin espíritu.
Las ofrendas que hacían los israelitas para obtener el perdón o expiar sus pecados eran muy importantes, ya que consideraban las catástrofes y enfermedades como castigo por su infidelidad a Dios. El Levítico indica, como se dijo, toda clase de ritos de expiación; muchos de ellos incluyen la ofrenda de un animal, pues el pecado era considerado tan serio que justificaba sacrificar a un ser vivo. Estos sacrificios ayudan a entender la ofrenda de Cristo por nuestros pecados.
II. La investidura de los sacerdotes
III. Legislación sobre lo puro y lo impuro
Aquí, lo “puro” y lo “impuro” se refiere a “estados” que afectan al hombre y le permiten o le impiden acercarse a Dios para rendirle culto. Lo “impuro” es una fuerza misteriosa y temible, que se transmite por simple contacto, incluso involuntario. Por ejemplo, basta tocar un cadáver para quedar impuro. En algunos casos, el estado de impureza es inevitable, como en los enfermos de lepra.
Para salir de este estado y reintegrarse a la comunidad del culto, es preciso someterse a ciertos ritos de purificación. Se destaca entre las distintas purificaciones el ritual del gran Día de la Expiación, que consistía en enviar cada año al desierto el “chivo emisario”, portador tanto de las impurezas como de los pecados del pueblo. En el día de la expiación, el sacerdote colocaba sus manos sobre un chivo mientras confesaba en público los pecados del pueblo. Ese chivo era mandado al desierto, simbolizando que se llevaba los pecados perdonados por Dios (de ahí la costumbre de llamar chivo expiatorio a las personas a quienes se les echa la culpa por algo que no hicieron, que es una hipocresía y causa daño a la persona acusada).
Estas prácticas antiguas sirvieron para mantener vivo en Israel el sentido de la santidad y la absoluta trascendencia de Dios. El punto más débil de este segmento está en no distinguir suficientemente el mal físico del mal moral y en identificar algunas enfermedades con el estado de impureza. Por eso Jesús declara abolida esta cuestión, al afirmar que nada de lo que está fuera del hombre puede mancharlo, sino sólo el mal y la impureza que brota de su corazón.
IV. La ley de santidad
La santidad de Israel es una cualidad que proviene de Dios, que lo eligió y lo separó de las demás naciones para consagrarlo a su servicio. Pero esa santidad es también una meta y un ideal que es preciso realizar. El Pueblo de Dios está llamado a ser en la tierra la imagen viviente de la santidad divina. En este apartado denominado “Ley de Santidad” se encuentran leyes y costumbres recopiladas por sacerdotes para llevar a cabo este ideal.
Se menciona en esta parte las relaciones sexuales. La sexualidad debe ser vista como un regalo especial. Este regalo de la vida debe ser bien utilizado si queremos ser santos, ya que ser santos integra todas las dimensiones de la persona, incluida la sexualidad. No es bueno adquirir malas costumbres sexuales. Hoy en día es común presentar la sexualidad como algo vulgar y las relaciones sexuales independientes del amor. La sexualidad es un regalo maravilloso de Dios para la realización personal en el amor, la complementariedad entre el hombre y la mujer, y la colaboración en la obra creadora de Dios.
Números
Este libro es llamado “Números” porque empieza con un censo de las tribus del Sinaí. Se muestra el proceso continuo de pecado-castigo-conversión-gracia que vivía el pueblo de Dios. Fue escrito para fortalecer la fe al recordar el peregrinar a la tierra prometida, un caminar que se asemeja a una procesión litúrgica, con el arca y las tablas de la alianza al frente, y el armar una y otra vez la tienda del encuentro, donde la colocaban y daban culto a Dios.
Los judíos de lengua hebrea llamaban a este libro “En el desierto”, porque estas son las palabras más importantes del versículo inicial. Este título muestra uno de sus temas característicos: la marcha de los israelitas a través del desierto, desde el Sinaí hasta las fronteras de la Tierra prometida.

El orden que puede establecerse a lo largo del libro, teniendo en cuenta el marco geográfico de los acontecimientos narrados, es el siguiente:
- La partida desde el Sinaí se prepara con un censo del pueblo y con las ofrendas presentadas con motivo de la dedicación del Santuario.
- Después de celebrar la segunda Pascua, los israelitas salen del Sinaí y llegan a Cades, donde realizan un intento desafortunado de entrar en Canaán por el sur.
- Tras una larga permanencia en Cades, vuelven a ponerse en camino y llegan a las estepas de Moab, frente a Jericó.
Durante su marcha por el desierto, Israel vivió sus primeras experiencias como Pueblo de Dios. Allí los que habían salido de Egipto bajo la guía de Moisés comenzaron a tomar conciencia de su destino común.
Es importante el lugar del desierto también en el Nuevo Testamento: allí predicó y bautizó Juan el Bautista, para preparar el camino del Señor. Y allí Jesús fue llevado por el Espíritu para prepararse a cumplir su misión de iniciador y consumador de nuestra fe.

3 Septiembre 2011 | Por Juan Solernó | # Enlace permanente
La pascua judía
El término “pascua” se asocia a “pasar por encima”, “saltar” y también “librar”. Esta fiesta estaba ligada, en sus inicios, al sacrificio que los pastores ofrecían en primavera para proteger sus ganados. Pero en la liturgia de Israel la Pascua adquirió una significación y un sentido totalmente nuevos: era el “memorial” del Éxodo, del acto salvador de Dios que puso fin a la esclavitud de Israel y lo condujo a la libertad. Esta salvación alcanzará su pleno cumplimiento en el cristianismo con Cristo.
Las fiestas de la Pascua y de los Panes Ácimos tienen origen en el paganismo, y posteriormente fueron asumidas por el Pueblo de Israel dándoles una nueva significación.
La Pascua, como ya se ha dicho, era celebrada por los pastores de ganado en primavera. Consistía en el sacrificio de un animal nacido en el último año, cuya sangre se rociaba en el ganado y las carpas. Su carne era comida por la comunidad. Este sacrificio tenía como finalidad liberar al ganado de malas influencias y peligros.
La fiesta de los Panes Ácimos era una fiesta propia de los agricultores, que se realizaba cuando se cortaban y ofrecían a la divinidad las primeras espigas de la cosecha. Con estas primeras espigas se preparaba el primer pan, que por no tener levadura para fermentar la masa debía ser necesariamente ácimo, es decir, sin levadura.
Con el correr del tiempo, Israel conservó estas dos celebraciones y las fundió en una sola: la Pascua. Además, la Pascua adquirió un sentido religioso relacionado con la salida de Egipto. No sólo se recordaba el acontecimiento sino que se lo “revivía”. Hasta el día de hoy, los judíos, cuando celebran la Pascua, siguen repitiendo unas palabras que definen muy bien el espíritu de esta celebración.
Con estas fiestas se dio un cambio muy importante. Israel conservó estas fiestas pero las llenó de un nuevo sentido, reviviendo los hechos de la historia de la salvación.
La pascua judía y la pascua cristiana
Los judíos han celebrado la pascua como un memorial por generaciones, porque en esa “noche de las noches” el pueblo de Dios fue rescatado de la esclavitud. Como buen judío, Jesús celebraba todos los años la pascua en conmemoración de la salvación de su precio.
Los cristianos reconocemos la última vez que Jesús celebró la pascua como la Última Cena, en la cual reunió a sus apóstoles, se despidió de ellos e instituyó una nueva alianza. En lugar de cordero, él mismo se ofreció como víctima; bendijo el pan y el vino, los transformó en su cuerpo y sangre, y los dio a comer a sus discípulos. Después les mandó hacer lo mismo en “memoria” suya.
Para los católicos, la pascua es más que un recuerdo celebrado en honor de Dios. La cena de Jesús con sus apóstoles es al mismo tiempo sacrificio y banquete; rito y sacramento, para todo tiempo y lugar, y para todas las personas. Jesús da su sentido definitivo a la pascua judía y anticipa la pascua final de la iglesia en la gloria del reino. Esta celebración tiene lugar en cada misa, particularmente los domingos y durante la Semana Santa.
La alianza
La alianza, antiguamente, se trataba de un juramento de fidelidad en el que uno más poderoso se comprometía a dar cierta protección o ayuda a uno más débil, mientras que este se obligaba a cumplir determinadas condiciones.
El término “alianza” puede indicar un acuerdo entre iguales, y también significa lo mismo que “testamento”. Tanto la alianza como el testamento son compromisos, pero en el testamento hay uno que se obliga y otro que solamente recibe beneficios. De allí surgió el nombre que se utiliza con frecuencia: “El Antiguo Testamento”, en lugar de “La Antigua Alianza”. Pero en esta alianza que Dios hizo con los israelitas también había compromisos por parte del pueblo.
Desde tiempos muy antiguos, el recuerdo de la salida de la esclavitud de Egipto fue vinculado con el de la institución de la alianza. Con este nombre de “alianza” se designa en este caso el solemne juramento con el que Dios se comprometió a ser el Dios de los israelitas, formando con ellos su propio pueblo. De esta forma se ve que la salida de Egipto no es el paso de una situación de esclavitud a una libertad absoluta, sino el paso de una condición de esclavos a la de miembros del pueblo de Dios. Antes estaban sometidos a la realeza egipcia que los denigraba. A partir de la alianza están sometidos a Dios que los trata de otra manera.
La alianza debía sellarse por medio de un sacrificio y de un banquete. Moisés tomó la sangre de los sacrificios y roció con ella al pueblo. Y en el Sinaí Dios les dijo las exigencias de la alianza, que fueron escritas en un texto llamado “Código de la alianza”. Las tablas de este texto fueron guardadas en un cofre llamado “Arca de la alianza”.
Tanto la alianza hecha con Abraham como la del Sinaí y sus renovaciones implicaba una exigencia de fidelidad de aquellos que recibían las promesas divinas. Dios, por su parte, se comprometía a protegerlos como a su propio pueblo. En cuanto a la Biblia, sólo se puede a hablar de “pueblo de Israel” a partir de la alianza.
27 Agosto 2011 | Por Juan Solernó | # Enlace permanente
Éxodo
Este libro ocupa un lugar muy importante dentro de la Biblia. Tal es así que ha sido llamado el “Evangelio” del Antiguo Testamento. Su importancia se debe a que narra aquellos acontecimientos que hicieron de Israel el Pueblo de Dios: la salida de Egipto, el paso del Mar Rojo y la Alianza del Sinaí. El nombre de este libro, Éxodo, justamente significa “salida”.
Una novedad de este libro es que presenta la liturgia pascual de los judíos, que rememora y actualiza aquellos grandes hechos del pasado, así todas las generaciones de israelitas pueden revivir la salida de Egipto y renovar el compromiso asumido por el Pueblo de Dios en el Sinaí.
Por eso, el libro del Éxodo es un testimonio nacido de la fe, ya que reconoce que la existencia de Israel como nación no es obra de los hombres, sino una creación de Dios.
Los grandes temas del Éxodo están presentes en toda la Biblia. Los profetas se referirán a ellos al anunciar un nuevo Éxodo y una nueva Alianza más admirables que los primeros (es decir, los que son narrados en el libro del Éxodo). Este nuevo Éxodo vendrá con Jesucristo. Y el Nuevo Testamento presenta al antiguo Éxodo como una prefiguración de la obra redentora de Cristo, la verdadera “Pascua”, que selló con su sangre “una Alianza más excelente”.
I. Situación inicial de Israel en Egipto – Moisés
Los israelitas no sólo padecían la opresión y explotación de los egipcios, sino que el faraón mandó matar a sus primogénitos para evitar que siguieran creciendo y adquiriendo poder.
Moisés es el personaje más representativo del Éxodo. Fue salvado de morir de pequeño y educado como egipcio en la corte por la hija del faraón, pues Dios lo había elegido para que le ayudara en la liberación de Israel. Además, Moisés fue un maravilloso instrumento en la formación del Pueblo de Dios. A través de él Dios liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto y los invitó a hacer.

II. Las plagas
Las plagas son signo de la intervención de Dios para que los israelitas se liberaran de la esclavitud. Las primeras nueve plagas son fenómenos naturales en Egipto, vistos como causados por Dios. El agua del río Nilo que se convierte en sangre corresponde al tiempo en que el agua se vuelve rojiza por la contaminación del limo acumulado y los microbios, de modo que huele mal y no se puede beber. El pueblo de Israel ve un milagro en las plagas, ya que suceden en el momento y la forma que ordena Moisés, portavoz de Dios.
Dicho esto, las diez plagas son:
- El agua convertida en sangre.
- Las ranas.
- Los mosquitos.
- Los tábanos.
- La peste sobre el ganado.
- Las úlceras.
- La tormenta.
- Las langostas
- Las tinieblas.
- La muerte de los primogénitos.
III. Noche de pascua y paso del mar Rojo
La palabra “pascua” significa “paso”. Es el paso de la esclavitud a la libertad; de una vida angustiosa a una vida nueva. Paso que empezó a preparar la cena del cordero y terminó al cruzar con éxito el mar Rojo librándose de los egipcios. De ahí que el paso del mar Rojo sea figura del Bautismo que nos libra de la esclavitud del pecado y nos da una nueva vida con Dios.
IV. La alianza con el Pueblo de Dios
Dios se reveló al pueblo de Israel en la montaña humeante, entre relámpagos y estruendo de trompetas. Dios le prepuso ser su pueblo y establecer una alianza con Él. Las revelaciones en que Dios se da a conocer, como en este caso, mediante signos visibles, se llaman teofanías.
La revelación de Dios en la Nueva Alianza es muy distinta. Dios se manifiesta pequeño y humilde; solidario con los pobres y salvador de pecadores; invitándonos a adorarlo entre cariños maternos y cantos de ángeles. La alianza del Sinaí es figura de la nueva alianza establecida con Cristo como mediador y con la Iglesia como nuevo Pueblo de Dios.
V. El decálogo o los diez mandamientos
Dios nos ofrece los diez mandamientos como camino de vida. Se les llama decálogo, que significa “diez palabras”, y los pone literalmente en nuestras manos, pues podemos contarlos con los dedos. Son principios morales universales en el tiempo y en el espacio. Las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islamismo) los consideran cimientos de la comunidad humana.
El decálogo fue para los israelitas un mensaje de libertad, una ley que regía su relación con Dios y con quienes tenían cerca. Los diferenciaba como pueblo consagrado a Dios, al enfatizar el amor a Dios sobre todas las cosas, y los protegía del culto a dioses falsos y de lastimarse unos a otros, para poder construir una comunidad libre y solidaria.
Jesús habló de los mandamientos en varias ocasiones y con sus enseñanzas los renovó y llevó a plenitud su sentido. Basta recordar “ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Los diez mandamientos son:
- Yo soy el Señor tu Dios… no tendrás otro Dios fuera de mí.
- No tomarás en vano el nombre del Señor, tu Dios.
- Acuérdate del sábado para santificarlo.
- Honra a tu padre y a tu madre.
- No matarás.
- No cometerás adulterio.
- No robarás.
- No darás falso testimonio contra tu prójimo.
- No desearás a la mujer de tu prójimo.
- No codiciarás los bienes ajenos.

22 Agosto 2011 | Por Juan Solernó | # Enlace permanente
Los Orígenes del Pueblo de Dios
I. Abraham

Abraham y Sara, su mujer, son los padres de la promesa. Dios les pide que dejen su tierra y sellen con Él una alianza, a lo cual ellos aceptan. Dios se compromete a hacerlos padres de “una muchedumbre de pueblos”, y les concede un hijo, Isaac, quien cumplirá su promesa. Posteriormente, Dios pide a Abraham que sacrifique a Isaac. Abraham se dispone a hacerlo fielmente, pero Dios impide el sacrificio y añade otra promesa: “Todas las naciones de la tierra obtendrán la bendición a través de tu descendencia, porque me has obedecido”. Dios manifiesta de nuevo que es un Dios de vida y no de muerte, y que si somos fieles a Él, esta fidelidad dará frutos de vida; esto es parte de la base de la fe de Israel.
Abraham se distinguió por su gran corazón, su obediencia amistosa y sus actitudes de hospitalidad, generosidad y solidaridad. Por ello, el Nuevo Testamento lo presenta como el gran patriarca de la alianza con Dios e instrumento de salvación. Abraham es patriarca de tres grandes regiones: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo.
II. Jacob

Jacob es nombrado “Israel” por Dios. Fue hijo de Isaac y nieto de Abraham. Tuvo doce hijos que llegaron a ser los líderes de las doce tribus de Israel. Jacob era astuto y en ocasiones poco honesto. Su nombre significa “el impostor” o “el que suplanta”, por robar a su hermano gemelo, Esaú, la bendición y la primogenitura.
Dios elige a Jacob tal como es y lo bendice a pesar de sus faltas. Con paciencia espera encontrarse con él para impulsarlo a cambiar, hasta que esto sucede en un sueño en el que Jacob renueva su alianza con Dios. En otro momento, Jacob lucha contra el mensajero del Señor. Posteriormente Jacob se convierte a Dios y se arrepiente de todas sus trampas al comprender que Dios prefiere la honradez y la verdad a la astucia. Dios le cambia el nombre por “Israel”, que significa “el que lucha con Dios”, al darle su misión. De aquí que sus descendientes sean conocidos como “israelitas”.
III. José

José es presentado en la Biblia como el modelo de perdón y de hospitalidad. Su historia es muy conocida. En el relato, se narra un cambio vivido por los israelitas: dejaron de ser nómades, es decir, de cambiar continuamente de lugar para convertirse en trabajadores y vivir en Egipto. Más tarde serían esclavizados en esa nación, y Dios manifestará su poder liberador.
José era amado con preferencia por Jacob, su padre. Sus hermanos mayores le tenían tal envidia que lo vendieron como esclavo a los egipcios. En Egipto tuvo que rechazar intentos de seducción y padecer en la cárcel. Pero Dios lo bendijo y llegó a convertirse en primer ministro; mientras desempeñó este puesto, tuvo que acoger a sus hermanos que viajaron a Egipto para buscar alimentos. José perdonó su ofensa, pues seguía amándolos a pesar de todos los sufrimientos causados por su traición.
José refleja el amor que Dios tiene a Israel. Es figura de Jesús porque, de manera similar, tuvo sabiduría para interpretar la voluntad de Dios, fue traicionado y perdonó generosamente a sus ofensores.