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Emprendedores: nuevas ofertas en economía informal

El gobierno K ha logrado reducir los altísimos índices de desocupación que provocó el festival privatizador de los 90 y su conclusión forzosa, el estallido del 2001. Pero falta mucho para volver al 6% de un país “normal”, y se va amesetando la línea de la demanda laboral.

Aunque siempre hay anuncios y campañas tendientes a reducir el empleo en negro, la llamada informalidad es un aspecto estructural de la economía de mercado que no puede combatirse sólo con discursos o amenazas verbales. El propio Estado paga salarios que no cuentan para jubilaciones y obras sociales.

En ese orden, cada uno debe aprender a ser empresario de sí mismo.

A continuación, algunos testimonios de quienes tomaron ese desafío y se convirtieron en emprendedores o entrepreneurs.

Una larga cola a las puertas de una dependencia cualquiera. Un hombre se acerca a uno de los que aguardan. Intercambian unas pocas palabras; el recién llegado despliega un pequeño biombo y alcanza un pequeño envoltorio a su ocasional entrevistado. Después de unos minutos, el biombo es plegado nuevamente y los interlocutores se separan.

–¿Te imaginás lo que puede pasar si estás haciendo una cola de dos o tres horas y te agarran ganas de mear?

Quien nos habla no es otro que el misterioso visitante. Se trata de un ex empleado de 46 años, quien, como tantos otros, luchó por reconquistar un puesto de trabajo en la gran ciudad.

–Un día cualquiera yo andaba pateando la calle cuando pasé por la puerta del Colón. El teatro, ¿viste?, y lo veo a un tipo que se retorcía. Me llamó y, bueno, así empezó todo: casualmente yo iba con una bolsita del súper en la mano. Me había comido un sánguche y no había tirado la bolsita, ¿viste? Tendrías que haber visto la cara de alivio del tipo. Había invertido muchas horas preciosas en esa cola, y no las iba a perder. Me acuerdo que me dijo “Lleva mis aguas, hijo, y ten este óbolo”.

Hoy en día Hugo R., que nos ha contado los inicios de una nueva carrera, ya no deambula con bolsitas de supermercado bajo el brazo. Además del biombo, su fiel e imprescindible compañero, se auxilia de un maletín en el que porta instrumental adecuado a su pequeña empresa.

–Con las bolsitas no se podía, te salpicaban todo, y con los tiempos actuales, te podés agarrar cualquier porquería. A mí me salvó el gringo, que estaba en una cola cuando yo atendía un cliente. Me conversó y a mí me convenía. Ahora, además de la plata que me dan los clientes, el gringo me tira unos mangos por llevarle las muestras.

Una tarde acompañamos a Hugo hasta las oficinas del gringo misterioso.

Incluso lo ayudamos a cargar la heladerita. Había sido un día productivo, y el artefacto pesaba bastante.

Llegamos por fin a unas dependencias espaciosas que se abrían a un interior ocupado por un laboratorio al que la presencia de computadoras y sofisticado material daban el aspecto de lo más avanzado en medicina de alta investigación.

H.G. Welbes, bioquímico y zoólogo nos dio una sencilla y cordial bienvenida.

–No imagine nada raro acá, mi amigo– nos dijo en un tono condescendiente mientras nos palmeaba cariñosamente la espalda– Nuestras investigaciones apuntan a un desarrollo armónico de la convivencia entre los pueblos. Mire usted: entre el ADN del chimpancé y el del hombre hay una diferencia de tres puntos porcentuales. La fundación que me emplea quiere investigar cuál es el porcentual de diferencia de los argentinos, ese gran pueblo.

Mientras Welbes nos explicaba, Hugo, el orinero, entregaba las muestras recogidas durante la agotadora jornada a una voluptuosa morocha con un escotado uniforme rosa.

Ya nos despedíamos, pero antes de irnos, el doctor H. G. Welbes, un concienzudo científico, nos solicitó una muestra personal. Algún día veremos en las pantallas de nuestros televisores cómo le entregan a este gran hombre alguna distinción internacional.

Secretamente nosotros compartiremos, en el porcentual que nos corresponde, una parte del galardón.

Otra actividad informal que se multiplica es la de los emprendedores que, a falta de mejores denominaciones en inglés, llamaremos cococheros, babucheros, o sujetos encargados de llevar a cuestas a ocasionales pasajeros.

La ciudad engendra toda suerte de destinos. Algunos se ocultan en las sombras de los despachos. Otros, como el que les presentaremos ahora, se asoman tímidamente a los nuevos tiempos.

José Manuel F., reciente desempleado, padre de dos hijos, no puede resignarse a la angustiosa situación y ha concebido planes que, gustoso y propagandístico, nos cuenta.

–Acá como me ve, yo sólo fui inventando, un poco por azar, mi actual ocupación. En realidad –confiesa un tanto tímido–, la casualidad me dio la idea. Porque yo estaba parado en la vereda de un hospital, cuando apareció una viejita que ni podía acercarse al cordón para tomar el colectivo… ¿Va lejos, abuela? le pregunté. Y no, iba ahí nomás a unas cuadritas. Y la llevé a cococho. Desde entonces, ese es mi trabajo. Y no sólo caminando, no vaya a creer. Por ahí nos tomamos un colectivo y no hay asiento. ¿Qué hago yo? ¿Los voy a dejar parados? No. señor. Me pongo en cuatro patas, la espalda bien derechita y el cliente se sienta lo más cómodo, vea. Usted se reirá, pero lo mío es una pyme, y dicen que van a dar créditos blandos para las pymes y los emprendedores ,¿no? Mi sueño es una gran empresa de cococheros, que además de que lo llevan adonde quiera ir, es una compañía, una seguridad.

¡Qué inventiva: serían una suerte de remiseros de un país emergente!

Coco, el sobrino de José Manuel, también es cocochero.

–El laburo te muestra lo mejor y lo peor –dice–. Cuando vas en el colectivo llevando un cliente sentado, los turros se aprovechan y te pisan los dedos de las manos. Y uno se tiene que quedar quieto. Pero otras…

La mirada de Coco se vuelve soñadora y su relato prosigue.

–Una vez me tomó una mujer que ya desde el vamos me miraba raro. Como loca estaba. No bien se subió, entró a sacudirse que casi me tira al piso. Se revolvía toda y gritaba ‘hico, hico’ y medio que me apuraba. Diga que vivía a la vuelta y que llegamos enseguida. Bueno, al final me invitó a pasar a la casa.

Pensando que los cococheros, como otrora el colectivo, pueden hacernos ingresar en la historia de las invenciones, con la cara azotada por el viento, nos alejamos hacia la redacción en las fuertes espaldas de José Manuel, que nos lleva con un suave trotecito.

Sea por las campañas proactivas que impulsan la CNN y la fundación de la senadora Estenssoro, o por propia iniciativa, constatamos la existencia de una verdadera corriente laboral, no una salida individual, surgida casi espontáneamente, que agrupa a una gran cantidad de personas. No hemos podido precisar su exacta magnitud, pero alguna ong, o el ministerio de Trabajo, ya se ocuparán de contarlos.

Son los autodenominados “Testigos de la tele”.

Hemos acompañado a uno de los grupos de “testigos” en sus recorridos diarios por la ciudad.

José María M., 45, ex empleado de una compañía telefónica, nos explica el meollo de la cosa:

–Mirá, cuando pasa algo en la calle, ya sea un choque o un robo, la gente de los noticieros puede tardar horas en llegar. Pero nosotros no; nosotros llegamos enseguida y hablamos con los testigos. Imagináte que la gente no se puede quedar ahí esperando que a los noticieros se les ocurra llegar. Nosotros tomamos los datos, hablamos con los testigos oculares, anotamos la hora y cuando llegan los cámaras, nos filman a nosotros para que el público tenga una información exacta de lo ocurrido.

Los testigos tienen generalmente la edad de los que en la impiadosa ciudad ya no pueden albergar la esperanza de recolocarse en ningún empleo: son los nuevos “viejos” del sistema.

Nos lo explica Graciela Noemí V., 51, tres hijos.

–Nosotros vivíamos en el interior. Al principio estábamos llenos de proyectos. Pero a mi marido le agarró algo, no sé, y lo tuvimos que internar. Yo me volví para acá con los chicos y ahora trabajo en la calle.

Nos mira con una sonrisa pícara como esperando nuestra complicidad, mientras se aferra a su mano el menor de sus hijos, de unos doce años

A él prefiero llevarlo conmigo, con todas las cosas que pasan hoy por hoy en los colegios.

Pero lo que a primera vista pareciera un simple rebusque, ha llegado a constituir la base de una actividad estable, dando origen a cierto orgullo profesional. Tal lo que se desprende de lo relatado por Edith B., una rubia cincuentona, ex enfermera, que cansada de los extenuantes turnos nocturnos se zambulló en la estructura de los “testigos”.

–Una vez me pasó algo que me conmovió, y mirá que todo el día trajinando ves dramas, eh. Bueno, yo había terminado un turno y me había metido en un mercadito para comprar las cosas para la casa. No te digo que entran unos muchachos y nos asaltan. ¡Por primera vez yo iba a ser un testigo directo, digamos! Me emocioné, te juro. No podía creer que tuviera tanta suerte. Pero al final ese día hubo un secuestro con toma de rehenes en el centro y los de la tele ni vinieron.

Ciclomotores y bicicletas les permiten desplazarse por todos los barrios. No es el caso de Diego G., de edad indescifrable, antiguo ayudante de laboratorio, que es además vendedor ambulante:

–Así, de paso, mientras voy a atender un caso cualquiera, un choque ponéle, me agarro un bondi y voy vendiendo. Y como voy vendiendo no pago boleto, mirá vos: negocio redondo.

La situación cruel de la ciudad les muestra a todos sus habitantes miles de destinos, a veces imposibles de cumplir.

Es el caso de Marita B., una morocha que habrá sabido romper corazones en otras épocas.

–Te lo tengo que decir, yo antes era prostituta en Plaza Constitución, pero me estaba arruinando la salud. Y, sí, soñaba con ser modelo, actriz , conductora de un programa de modas, qué sé yo. Y ahora, como sea, estoy en la tele y en el barrio me reconocen y me dicen chau, Natalia. Ese es mi nombre artístico, ¿viste?

Pero no todas son rosas en esta profesión.

Hubo un caso que llegó hasta los estrados judiciales. Nos lo cuenta Alfredo F., 65, un jubilado docente que según dice se aburre en su casa.

Se trató de un asalto en el que resultó seriamente herido un custodio. Lo cierto es que intervino un juez, y debo decir que con ciertas aptitudes para la investigación. El magistrado secuestró la cinta donde aparecía yo dando a la TV ciertos detalles del robo. Fui citado. En ese momento se me cruzaron por la cabeza mis hijos, toda mi carrera, en la que llegué a director. Me pasé una noche sin dormir y al final fui al juzgado, pensando que terminaría en la cárcel o algo peor. Por suerte había anotado los datos de mis informantes y se los di al juez. Era un caso de conciencia.

Todo el tiempo nos preguntábamos cuál sería la participación de los canales de televisión en estas actividades.

–Muchas veces nosotros llamamos a los noticieros –nos cuenta Melchor M, curiosamente joven entre tantos personajes maduros– pero les avisamos después, no como otros, que les avisan antes. Esos son unos grupitos medio pesados que andan armando sobre todo accidentes de tránsito, que son los más fáciles de armar. Los reconocés porque andan con celulares, ¿viste?. Pero esa gente denigra la profesión. Aunque, claro, cuando no pasa nada, ningún robo, un asalto, un miserable choque de colectivos ¿me querés decir de qué se van a ocupar en la tele?

Algunos “testigos de la tele” sueñan con agruparse orgánicamente, pero no saben cómo resolver el asunto de la denominación: los de Jehová tienen reserva de nombre como marca registrada para todas las categorías.

La noche es una descarga súbita de negrura contra los perfiles densos de la gran ciudad. Las luces se encienden poco a poco. Y junto con ellas van apareciendo grupos heterogéneos de personas como las que hemos acompañado durante todo el día. Ellas se encargarán del turno nocturno de los incendios, de los choques y los robos.

Estratégicamente ubicados, se encargarán de seguir siendo los testigos de la nueva realidad.

(Idea, realización, entrevistas y redacción: Luis Arias)


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