EDITORIAL 23-5-08: Alimentos o medicamentos; esa es la cuestión


Todos los días, la TV, la radio o los diarios muestran a supuestos especialistas médicos (nutricionistas, pediatras, dentistas, etc.) recomendando tal o cual producto para mejorar la salud, las defensas, para crecer sano o para simplemente llevar una vida mejor. Esta tendencia, que tiene sus abanderados en el yogurt, parece más una derivación de la idea de entender la salud como un aspecto más de la sociedad de consumo (ya analizada en MP con la forma de publicitar medicamentos en Argentina) que el avance de una industria puesta al servicio de la sociedad.


La alarma de esta creciente medicalización de los alimentos como una estrategia de venta la prendió una cadena de emails que ponía en duda las propiedades del Actimel, el yogurt de La Serenísima que según su publicidad “actúa sobre las defensas reforzando el organismo”. Con la cara visible del conductor Pancho Ibáñez, la empresa difunde las propiedades de su producto con un concurso llamado “el desafío Actimel”, que busca que las personas prueben por un mes los beneficios de este alimento, aunque nadie aclara la base científica de estos. El correo que circuló por Argentina y Europa (Danone, de capitales franceses, es la propietaria de La Serenísima) denunciaba la siguiente situación: “El Actimel provee al organismo una bacteria llamada Lactobacillus Casei. Esta sustancia es generada normalmente por el 98 por ciento de los organismos, pero cuando se le suministra externamente por un tiempo prolongado, el cuerpo deja de elaborarla y paulatinamente olvida que debe hacerlo y cómo hacerlo, sobre todo en personas menores a 14 años”.


A esta denuncia, que generó la polémica entre especialistas con dudosas motivaciones, agregaba que “la secretaria de Salud de Argentina obligó a Actimel (La Serenísima) a indicar en su publicidad que el producto no debe consumirse por un tiempo prolongado; y cumplieron, pero en una forma tan sutil que ningún consumidor lo percibe (por ejemplo Desafío Actimel: consúmalo durante 14 días o haga de agosto su acti-mes)”. Si bien la acusación fue desmentida categóricamente, y el mail de hecho tiene errores bastante básicos como el tema de la supuesta “secretaría de Salud” (en Argentina la encargada de vigilar la acción de los alimentos y los medicamentos es la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT), y no existe una secretaría de Salud), lo que deja ver que no hay un control estricto y específico para este tipo de información que circula libremente por los medios, y que algunos especialistas llamaron “boom publicitario de los productos alimenticios de venta libre que garantizan efectos terapéuticos”. En el caso de Actimel, desde España desmintieron que el consumo prolongado del producto cause los efectos denunciados en el mail, o cualquier otro tipo de perjuicio para la salud. Pero lo que no pudieron demostrar es que la presencia de esta bacteria en el intestino pueda proteger frente a una infección sistémica como pudiera ser, por ejemplo, una gripe. En Argentina, en el sitio de la Sociedad Argentina de Nutrición no existe ningún tipo de información sobre este tema o ninguno relacionado. La incógnita se revela cuando se ve el pie de la página: “este sitio es auspiciado por La serenísima-Danone”.


El auge de los productos que actúan como reguladores intestinales, que puso de moda el eufemismo “tránsito lento”, desnuda una nueva forma de alimentarse en un mundo donde los tiempos se acortan y la necesidad de mayor “rendimiento” se hace patente. Abandonar los hábitos alimenticios que pueden entenderse como tradicionales (desayuno, almuerzo, merienda y cena) por una sobresalta forma de comer es parte de esta nuevo ritmo que impone la solidad, que muy bien describe Jorge Veraza Urtuzuastegui en su libro Los peligros de comer en el Capitalismo. “Algunos alimentos característicos de la dieta moderna, como el azúcar refinada, la carne roja, los aditivos, la comida chatarra, la comida rápida, el agua embotellada, las llamadas “drogas legales” (café, tabaco y anfetaminas) y los transgénicos están asociados a algunas enfermedades y al auge de la industria farmacéutica, como obesidad, diabetes y cáncer”.


Pero además, el marketing de las propiedades medicinales de los alimentos, advirtiendo que la calidad de alimentación era notable, dio un paso más allá. Así, creó a través de la publicidad una necesidad de prevención casi paranoica. La industria está enfilando sus cañones propagandísticos e ideológicos para persuadir a sectores crecientes de población de que ingieran ya no medicamentos para curarse (algo que ha resultado por lo menos problemático, porque cada año crece los daños por la automedicación o los trastornos por la mala utilización de los medicamentos) sino medicamentos o “pre-medicamentos” para no enfermarse. Una vez afinado el mercado de los medicamentos, la industria entró al de alimentos. Así, comenzó a crear la necesidad (a través de la publicidad, entendida como un aparato encargado de reparar la situación de angustia por la no posesión de un producto, que ella mismo creo) de prevenir a la hora de comer.


Todo esto se da en el marco de una sorprendente ausencia del Estado, ya no para crear herramientas para concientizar a la sociedad a la hora de comer, sino para, por lo menos, controlar que la legislación actual sobre este tipo de publicidad, no se vuelva engañosa.


El Código Alimentario Argentino dice, en su artículo 235, que “en los rótulos o anuncios, por cualquier medio (propaganda radial, televisiva, oral o escrita) queda prohibido efectuar indicaciones que se refieran a propiedades medicinales, terapéuticas o aconsejar su consumo por razones de estímulo, bienestar o salud”. Clarísima la norma, clarísima la violación. Para profundizar la polémica, muchas de las publicidades se apoyan en la palabra de médicos y especialistas, que utilizan la palabra autorizada que les da un título para darle el marco legal a la creación de necesidad de consumo. Con el producto Danonino pasa algo muy llamativo. Este producto, destinado a los niños en edad de crecimiento, es promocionado por un pediatra. Sin embargo, colegas suyos emitieron opiniones contrarias. “El Danonino es una bomba de vitaminas y minerales que un bebé no puede procesar ni eliminar su exceso”, dijo un nutricionista infantil del hospital británico, según otro correo electrónico que circula.


Mientras tanto, las mesas de los argentinos cada vez están más pobladas de productos de elaboración casi médica, de productos “farmacéuticos” para prevenir males o simplemente para estar mejor. Ambigüedad y falta de respuestas claras del Estado están dejando a la sociedad presa del marketing de las comunicaciones. Los nuevos alimentos que curan son los modernos mitos alimenticios, que apoyado en la supuesta base científica modifican los hábitos de consumo. Mitos que por más especialistas que hablen -y consumidores que crean -no dejan de ser eso, mitos. Como la mortalidad de mezclar sandía y vino tinto, que no mata pero generara miedo. Y consumo.


MIRADA PROFESIONAL


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Claudio
Agosto 21, 2009, 1:47 pm, Reportar este Comentario Claudio dijo

Muy claro pero nadie hace nada!!!!!!

Maitena2
Octubre 8, 2009, 12:14 pm, Reportar este Comentario Maitena2 dijo

Todo bàrbaro ! pero, por ejemplo, un diabético lo puiede tomar ?????
El envaso dice que comtiwne edulcorantes y 0 grsasas, es asi ?????

jacintocantalapiedra

creo que esto te puese interesar, saludos!

Obesidad, fármacos psiquiátricos y niños
Paula J. Caplan *
14/02/10

Mientras los estadounidenses bregan por mantener las decisiones de fin
de año para perder peso, las alarmas de los expertos sobre la obesidad
zumban en nuestros oídos. Estamos obsesionados por el control de las
raciones, acudimos en tropeles al gimnasio, y no nos hartamos nunca de
The Biggest Loser (un programa de televisión que premia la pérdida de
peso. NdT). Ahora que las escuelas, los subcomités del Congreso e
incluso la primera dama Michelle Obama –que ha hecho de la cuestión
algo de primera prioridad− han asumido el problema, el punto de
atención se dirige a los sospechosos habituales: comida rápida,
raciones inmensas y vida sedentaria. Para algunos que luchan contra
problemas de peso, esos factores son sin duda importantes. Pero se
pasa por alto en todo eso uno de las principales causas de la epidemia
de obesidad en EEUU: el elefante en la sala es el acelerado uso de los
fármacos psiquiátricos. Muchos de ellos, que son usados para tratar
problemas emocionales como la depresión y la ansiedad, causan el
aumento de peso –a menudo de forma rápida y cuantiosa− como uno de sus
“efectos secundarios”, este brillante término de márquetin para lo que
son llanamente efectos negativos de un fármaco.

Es llamativo que el peso de muchos estadounidenses se ha inflado al
compás del aumento de los fármacos prescritos. La Sociedad de la
Obesidad clasifica en cerca de dos tercios los adultos estadounidenses
con sobrepeso, el promedio de peso de un adulto ha aumentado desde
1960 unas 25 libras (unos 11’5 quilos. NdT), mientras que solamente
entre 1996 y 2006 las prescripciones de fármacos psiquiátricos para
los estadounidenses adultos aumentaron el 73 por ciento. El valiente
abogado de Alaska James Gottstein expuso en 2006 la ocultación que
hizo la compañía farmacéutica Eli Lilly del conocimiento que se tenía
sobre los efectos de su fármaco Zyprexa3 (aprobado para tratar la
esquizofrenia y el desorden bipolar pero también prescrita para otros
usos) sobre el aumento de peso, y posteriores informes han puesto de
manifiesto tales efectos para una amplia gama de fármacos
psiquiátricos. Pero casi todos los investigadores y periodistas que se
centran en la obesidad no mencionan la conexión con los fármacos.

Es difícil no preguntarse por qué ocurre esto. ¿Es que las compañías
farmacéuticas son mucho más poderosas que las cadenas de comida
rápida, o es que las primeras precisan más tiempo para que los
fármacos no produzcan estos indeseados efectos que el que precisa
McDonald’s para producir comidas más saludables en porciones más
pequeñas? ¿Es tal vez el miedo de los médicos de no saber hacer otra
cosa que prescribir estos fármacos? Si es eso, entonces es hora de
ampliar su formación para que conozcan mejor la amplia diversidad de
otras posibilidades de actuación que pueden ayudar a muchos que sufren
problemas emocionales, tales como el ejercicio, la meditación, cambios
en la ingesta de vitaminas y minerales, participación en las artes,
trabajo voluntario y el desarrollo o el mantenimiento de amistades
íntimas. Cualesquiera que sean las razones, el resultado es que
demasiada poca gente conoce que muchos de estos pacientes
emocionalmente atribulados ahora tendrán problemas añadidos.

Lo peor es que la conexión entre los fármacos psiquiátricos y la
obesidad incluye a los menores también. En las últimas dos décadas el
número de adolescentes obesos se ha triplicado, al tiempo que en los
10 años posteriores a 1996 las prescripciones de los fármacos
psiquiátricos para los menores de EEUU aumentaron el 50 por ciento. Y
un nuevo estudio federal muestra que los niños pobres son más
proclives que otros niños a que les sean administrados fármacos
comercializados como los antipsicóticos, uno de los mayores
responsables de causar aumento de peso así como problemas metabólicos
permanentes. Si se añade la humillación a la que son sometidos por
sus compañeros, los potenciales daños psicológicos a los niños y niñas
con sobrepeso son aterradores.

Otro vínculo inquietante podría encontrarse en el camino. La quinta
edición del importante manual de diagnóstico psiquiátrico, el
Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-V), se
espera que se publique en el año 2013. Una propuesta que se está
examinando: incluir la obesidad como enfermedad mental. Sería un
error, puesto que la obesidad puede estar causada por problemas
metabólicos y de tipo físico que a menudo no son diagnosticados. Y
porque la obesidad puede también ser resultado de los fármacos
psiquiátricos, incluirla como enfermedad mental crearía un círculo
vicioso: alguien está atribulado, démosle fármacos, se vuelve obeso,
por lo tanto diagnostiquémosle como enfermo mental, démosle más
fármacos.

En general, hay mucho que hacer. La primera dama debería hablar de la
conexión obesidad-fármacos. La Food and Drug Administration debe
vigilar –con dureza− a las compañías farmacéuticas que ocultan esta
conexión. Cada médico debe alertar a los pacientes de este efecto
potencial y explorar otros remedios no farmacológicos para tratar los
problemas emocionales. Editores y redactores deberían insistir que
esta conexión debe abordarse en los artículos sobre la obesidad. La
Asociación Psiquiátrica de EEUU debería rechazar la clasificación [de
la obesidad] como enfermedad mental en su DSM-V. Y todo ciudadano
debería poner fin al acto reflejo de culpar a la gente con problemas
de peso por carecer supuestamente de autocontrol.

* Paula J. Caplan es psicóloga clínica e investigadora de la Universidad
de Harvard. Es autora de They Say You’re Crazy: How the World’s Most
Powerful Psychiatrists Decide Who’s Normal.

Traducción para http://www.sinpermiso.info: Daniel Raventós

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