Nomenclaturas toponímicas ¿capricho o razón?
. Puerto Madero a vista de pájaro. Una sensación extraña la de mirar la Reserva Ecológica custodiada por torres de cemento que van poblando la zona. En la vera de las dársenas restaurants, boutiques, farmacias y tiendas. Cruzando el Puente de la Mujer con su calzada de madera, llegamos a edificios de Oficinas y un lujoso Hotel.
He tenido el raro privilegio reservado para unos pocos cientos de ver la ciudad desde 25 pisos de altura. Por varios meses algunas noches de la semana asistía a una obra en calidad de supervisor. Cada mañana las ventanas que miran al este me atraían inexorablemente y llenaban mi vista del cobrizo Rio de La Plata besando el barrio que más me gusta de esta ciudad.
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Un lugar soñado para los amantes de la ciudad, con su belleza especial. Sin embargo al preparar mi cámara veo reflejado en el ventanal un ramo de flores blancas en su jarrón. Ni siquiera pensé en cambiar el ángulo de la fotografía o en retirar las flores porque esa belleza tan simple contrastando con la ingeniería del hombre me cautivaba aún más.
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Algo que seduce mi mente es el conocer el origen de los nombres de lugares y nombre de las cosas. Y me preguntaba que llevó la simplificación del nombre Puerto de Nuestra Señora del Buen Ayre impuesto por Pedro de Mendoza en 1536, a la denominación actual de Puerto Madero.
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Nada tan simple como la costumbre tan extendida de honrar con el nombre de su creador o impulsor a las grandes obras. En esta caso corresponde a Eduardo Madero, quien logró imponer un diseño de diques cerrados, intercomunicados, cuando en 1887 se aprobó la ampliación del puerto.
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Puerto Madero es solo un ejemplo de los tantos que pueblan la historia de la ciudad en lo que a cambio de nombres topográficos se refiere. Plazas, Avenidas, estaciones de subterráneos, calles y barrios han recibido por imposición, herencia o costumbre nuevas designaciones con el devenir de gobiernos y habitantes.
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Por ejemplo lo que hoy transitamos como Avenida Córdoba en la zona del barrio de Almagro se conocía en el siglo pasado como calle Rivera, y la Avenida Medrano antes era General Mansilla. Inclusive algunas calles sufrieron varios cambio de designación. Venezuela fue llamada SantoDomingo, Basualdo, Rosario y Santa Catalina. La actual Gascón fue conocida como Gazcón, Saenz, Vélez Sarsfield y San Francisco.
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En la ciudad de Buenos Aires la variación toponímica de las calles casi siempre tiene que ver con caprichos políticos impulsado por quienes veían una afrenta a sus ideales en la glorificación de personajes a través de la imposición de nombres en lugares públicos.
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Tal es el caso de la Avda. Monroe que recordaba a quien fuera Presidente de la Estados Unidos. Mediante una ordenanza del año 1974 se cambió su nombre por Brigadier Juan Manuel de Rosas, aunque en 1976 el gobierno militar restituyó el nombre Monroe.
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Hablando de Rosas es notorio como alguien con tanta influencia en la historia de Argentina ha sido prácticamente omitido a la hora de poner nombre a lugares públicos en la capital. Hay un monumento en el barrio de Palermo, su rostro está impreso en los billetes de 20 pesos y sus restos fueron repatriados desde Inglaterra hace algún tiempo.
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Sobre el particular me queda una reflexión. La finalidad de la nomenclatura urbana es facilitar a los vecinos y transeúntes una mejor orientación. Esgrimir razones históricas, culturales o políticas para promover u oponerse a ciertos nombres no deja de ser válido para algunos, pero no cambia en nada la calidad de vida de los habitantes.
