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POTRERO

Verano de 1978. Por fin la seguidilla de días aciagos que se prolongaron desde mediados de semana hasta la siesta sábado, dejo pasó a un sol brillante, amarillo y vengativo que castigaba la tierra húmeda. Una brisa suave que venía del lado del río ayudaba a borrar rápidamente los vestigios del aguacero pasado.

El domingo amaneció bochornoso y húmedo. Para Pepper y su barra de amigos luego de tantos días sin jugar al fóbal no había mas excusas. Sin cita previa todos se encontraron a las 10 de la mañana en “Chacarita”. No se está hablando aquí del conocido barrio homónimo de la ciudad de Buenos Aires, tampoco del gran camposanto que alberga, y mucho menos del estadio construido por el club de ese barrio: “Chacarita Juniors”

Esta “Chacarita” era el terreno baldío mejorado por las manos sudorosas de los pibes de barrio que con tesón y entusiasmo arrancaron los yuyos, se deshicieron de gran cantidad de basura acumulada durante el año y alisaron el polvo. El reemplazado de la red eléctrica barrial con postes de cemento les dio la oportunidad de conseguir varios postes de madera, conocidos como “palmeras” para construir y plantar los rudimentarios arcos sin red en las puntas del baldío. A las palmeras que no usaron para los arcos las cortaron y dieron forma a dos juegos de bancos largos donde esperaban los suplentes, se acumulaban las remeras, zapatillas, remeras o bolsas o algún hermanito menor o hermana mayor oficiaba de hinchada durante los encuentros

Había sido bautizado “Chacarita” porque a Willy, conocido hincha de Boca desde siempre una mañana se levantó diciendo que era fana de Chacarita Junior y se le ocurrió escribir la palabra “Chacarita” en el paredón del fondo que daba a la fábrica de pastas. Para esto usó un poco de pintura verde que le había sobrado al padre luego de pintar el garaje haciendo gala de su pésimo mal gusto.

A partir de ahí “la canchita” pasó a tener nombre propio, insólitamente impuesto por los equipos adversarios, que venían de visitante. Ellos comenzaron a decir “hoy tenemos desafío en Chacarita” o “el domingo jugamos en Chacarita”. Pasaron varias semanas hasta que el equipo de Pepper se dio cuenta de que ese “estadio” era conocido con tal nombre .Sin embargo no tardaron en rendirse al uso y costumbre y para el fin del verano absolutamente todos se referirían al baldío mejorado como “Chacarita”

En ese predio la barra de Pepper era protagonista de los clásicos enfrentamientos “barrio contra barrio” en condición de local. De visitantes iban a la cancha del club “La Perlita” o al de la Sociedad de Fomento. Los torneos de verano, cuadrangulares, interbarriales y juegos en general, se sucedían uno tras otro. Nunca faltaban romances fugaces entre jugadores y visitantes femeninas y enemistades futboleras entre muchachos de distinto origen. De vez en cuando había alguna leve escaramuza en defensa del honor, por algunos de esos dos motivos, pero nunca pasaba a mayores.

Esta tarde era la final. Los dos equipos habían puesto sus mejores jugadores en la cancha y cada pelota era defendida como si fuera la última. Ataca el equipo de Pepper, donde su posición era siempre de 9. Le llega una pelota llovida al borde del área, de espaldas al arco. La mató con el pecho, giró y sacó un brutal derechazo con destino a la red. Pero se interpuso la pierna del jugador más veloz del equipo de La Perla, a quien contradictoriamente todos llamaban Tortuga, y el disparo se fue al corner.

Pepper fue a buscar la pelota entre los matorrales que supervivían detrás de ese arco, porque aunque el terreno de juego se mantenía limpio, nadie tenía ganas de mantener libre el área detrás del arco. El esférico estaba dos pasos delante aún, entre unas totoras .Dio un paso y contuvo un grito producido por un dolor extraño e intenso en la planta del pie Como pudo volví al borde de la chacha y miraba extrañado una madera debajo de la zapatilla.

La madera estaba adherida al calzado y su pie por una hilera de largos clavos oxidados. Se dejó caer paralizado por el dolor sin siquiera tratar de desclavar la trampa en la que había caído. Todos lo rodearon sin saber qué hacer. Incluso muchos contrarios se apiadaban de él, aunque, por lo bajo, algunos se regodeaban de su segura exclusión del partido puesto que les había hecho 2 goles.

Parecía una muerte segura hasta que, Miguelito, el arquero contrario, comenzó a desatar la zapatilla, la aflojó bien y con un certero tirón la liberó. Obviamente Pepper no continuó jugando el partido, pero haciendo acopio de valor animó al resto a que sigan. Después de todo era una final y el tan mal no estaba.

Se quedó el resto del encuentro sentado en uno de los bancos de palmera y vivió el triunfo de su equipo 8 a 5 que le daba el título de “Campeón interbarrial” y gozaba por anticipado el consiguiente premio de Coca Cola fría para todos pagadas por el equipo perdedor. Al finalizar, todos lo rodearon nuevamente e hicieron toda clase de conjeturas que iban desde amputación hasta mágica curación con jugo de cardo, pasando por la aplicación indefectible de la antitetánica.

Pepper agradeció con todo el corazón a Miguelito, a quien dejó de considerar un enemigo desde ese preciso día. Con los años Pepper abandonó su vocación futbolística y se recibió de Contador, mientras Miguelito se convirtió en enfermero…

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