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Navegantes de cometas

A mis tres hijos, navegantes de la vida

Desde tiempos muy, muy, muy lejanos los navegantes habían recorrido el mundo de los sueños buscando ese lugar tan, tan pero tan especial que uno quisiera quedarse para siempre. Recorrieron todas las estrellas y los planetas con príncipes, rosas, corderos y baobabs. Todos los soles de oro, y todas las lunas de plata que tantos enamorados prometían regalar

Para recorrer el universo habían construido naves de madera, con postes largos y velas gordas, sogas suaves y anclas negras. Nada de naves espaciales de metal y vidrio, con formas de agujas, peces o mariposas, frías, lisas, blancas. Ningún traje espacial con una pecera en la cabeza, mangueras en la espalda y ese extraño humos saliendo de los pies.

Cada nave llevaba escrito en su costado un sueño en letras doradas y luces de neón en los mástiles. Así todos los sueños juntos iluminarían el camino que llevaba a ese lugar tan, tan, pero tan especial que uno quisiera quedarse para siempre. Desde tiempos muy, muy, muy lejanos los navegantes habían descubierto que los sueños se construían con palabras y las palabras con letras. Por eso cada una de las 27 naves tiene pintada en su vela mayor una letra y cada uno de los tripulantes tiene un libro y un nombre que empieza con la letra de su nave.

Y como los sueños no tienen orden ni comandante la flota de navegantes va recorriendo el camino de los cometas sin ponerse una detrás de otras como si se recitara el alfabeto. A veces la “Z” con la punta de la lengua afuera los guía, otras veces la “M” de labios apretados o la “H” que no necesita hablar, porque es muda.

Pero fue de pura casualidad que el día que llegaron a un río grande como un mar, la nave de la “A” con la boca abierta arribó primero al puerto. Dormían en él otras naves, grandes, pequeñas, con velas dormidas y apagadas. No transportaban letras, ni sueños, ni conejos blancos, ni gatos sonrientes.

Por decisión de todos, los mejores navegantes; Any, Alex, y Alan, fueron nombrados exploradores visitantes y enviados a recoger sueños nuevos y regalar sueños viejos. A cada uno se le dio un morral tejido lleno de origami, molinetes de papel, canicas de colores, acuarelas y montones de palabras con libertad de uso sin restricciones ni condiciones. Cuando la luna en menguante llegó a su cénit descendieron de la nave

Pero su recorrido por esa nueva tierra estuvo lejos de ser una aventura. Sus habitantes vivían cada día sin buscar o inventar algo diferente, sin sonrisas o aplausos. Los tres exploradores, y las naves que esperaban en el puerto, eran invisibles a sus ojos cargados, acostumbrados a solo ver sus muchas ocupaciones, que apretaban su garganta con nudos de corbatas inglés, llenaba sus manos de papeles o herramientas y sus días de preocupación.

Hasta que el pequeño Alan distraído dejó caer algunas canicas. El tintineo de las bolitas de cristal contra el suelo llegó a oídos de algunos niños que solo conocían ruidos de batallas con rayos laser, golpes en peleas callejeras y motores rugiendo en las autopistas, de extraños juegos que los inmovilizaban durante horas frente a pantallas multicolores.

Ahora los tres exploradores dejaron de ser invisibles. Any usó hábilmente sus acuarelas y dibujó caminos, castillos y corceles en las esquinas de las calles. Alex plantó molinetes de papel en las ventanas y dejó volar las grullas de papel. Ahora los niños se arrimaban a los exploradores y empujados por esa nueva sensación, la curiosidad, querían saber todo de los navegantes y sus viajes.

Y cada uno descubrió su sueño. Y compartieron sus ilusiones de ser bomberos, bailarines, astronautas, médicos o pilotos, cantantes, dibujantes y navegantes. Encontraron en los morrales para cada anhelo una letra, empezando por la “A” hasta llegar a la “Z”.

Juntos recorrieron la ciudad buscando nuevos sueños que recoger y viejos sueños que regalar, mientras las estrellas los guiaban y la luna los miraba. Y al regresar cada uno a su hogar encendieron las luces y despertaron a los soñolientos adultos, que, lleno de asombro, veían ese nuevo brillo en los ojos de sus hijos, los molinetes que giraban sin viento y las grullas de papel que se movían inquietas en sus manos.

Y así fue que los navegantes que tanto habían recorrido el mundo de los sueños, desde tiempos muy, muy, muy lejanos buscando ese lugar tan, tan pero tan especial que uno quisiera quedarse para siempre, aprendieron que ese lugar no existe en un cuadrante determinado del universo, sino que está allí donde habitan quienes pueden compartir sueños, anhelos y juegos. Que todos pueden encontrar ese lugar si abren los ojos y ven los elefantes adentro de las boas, escuchan hablar a los juguetes, descubren la bondad de un ogro o ríen sin razón en medio de la calle.

Al amanecer aquellas naves de madera, con postes largos y velas gordas, sogas suaves y anclas negras, estaban listas para partir. Y por primera vez en tanto tiempo zarpaban adornadas con recuerdos de metal y vidrio, con dibujos de peces o mariposas, y de regalo un traje espacial con pecera en la cabeza, mangueras en la espalda y ese extraño humo saliendo de los pies.

Velero3

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