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INCENDIO

Se decía que Don Emilo era tan viejo como la isla. Nadie sabía cuando construyó su cabaña en la cima de la colina con su puerta mirando al mar y recibiendo la luz de cientos de amaneceres.

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Era un hombre amable y de andar pausado. Bajaba a la aldea regularmente para aprovisionarse. No hacía uso del dinero, la electricidad o la radio. Sin embargo con sus manos grandes y callosas tejía cestos, bolsos, y sombreros de una calidad exquisita. Además conocía los secretos de toda la madera que producían los árboles de la isla y sus trabajos de carpintería estaban en cada hogar aldeano. Nunca ningún comerciante se negó a aceptarlos como moneda de pago y el nunca quiso comprar excentricidades.
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A pesar de su aislamiento de alguna forma estaba enterado de todo lo que ocurría en la aldea, así fuera la muerte de algún pescador de corales en las fauces de un tiburón o del casamiento de la hija del alcalde con el comerciante viajero que decidió quedarse al mirar a esos ojos color del tiempo.
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Los pocos pobladores que vinieron del continente al principio pensaban que era un ser huraño. Pero a los pocos días las historias de los aldeanos sobre las muchas veces que tendió su mano para ayudar a un necesitado les hacía olvidar su primera impresión.
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Don Emilio era el consejero natural al que todos recurrían a la hora de sembrar porque interpretaba asombrosamente las señales del cielo y del mar prediciendo con exactitud cuales serían las condiciones climáticas en pocas horas y en los días subsiguientes. Un brillo pícaro se notaba en sus ojos cuando veía a algún chacarero muy interesado en los partes metereológicos que transmitía la Marina y era transcripto por un joven y entusiasmado radioaficionado.
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No había nadie que pudiera evitar subir por el sendero serpenteante hasta la cima de la colina para admirar la “cabaña” de Don Emilio. Asentada sobre una base de roca y construida completamente con maderas de diferente dureza y colores era sin duda la obra maestra de este carpintero. Y era su mayor causa de orgullo. Sin ninguna falta modestia recibía hospitalariamente a quien quisiera ir a visitarlo y pasar una tarde escuchando embelesado las historias que acompañaban a la explicación de cada detalle de construcción y su decoración.
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Sin embargo ese día no llegó hasta su mecedora. Con paso enérgico y apresurado siguió su recorrido hasta el pequeño cobertizo que había detrás de la cabaña y regresó con un bidón de combustible. Con una expresión seria y en total mudez comenzó a rociar sus muebles, las repisas, la cama, los pisos, las cortinas y las paredes de su casa. Tomó una antorcha que encendió en el rescoldo del hogar y con un frénesi extraño en él inició un incendió devastador.

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Luego fue a sentarse en su mecedora, contemplando el mar. A su espalda la columna de humo negro del incendio se elevaba por varios metros. Inmediatamente en la aldea se corrió la voz y todos los hombres dejaron sus labores. Las mujeres con sus niños los acompañaron y como una sola masa subieron jadeando hasta la casa de Don Emilio.

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El estupor los envolvió. El bidon arrojado a un costado era un acusador mudo que develó la identidad del incendiario. No había señal de lamento ni dolor en la cara del viejo. Al contrario, su rostro estaba surcado por enorme sonrisa de satisfacción. El alcalde fue el primero en reaccionar. Tomándolo de los brazos lo sacudía fuertemente y le gritaba.

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-¿Se ha vuelto loco Don Emilio?… ¡Mire lo que ha hecho!… ¡¿Por qué? !

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-Para salvarles la vida – dijo sonriente el anciano mientras con un gesto amplio de su mano señalaba hacia la Aldea

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Entonces todos se dieron vuelta justo a tiempo para ver avanzar en una vorágine de destrucción macabra, implacable y poderosa a la enorme ola del tsunami que sepultó para siempre sus hogares.