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La última galleta…

 

Llegué unos veinte minutos antes. Había entendido mal la hora del tren. Aunque supongo que es igualmente posible añadió tras un momento de reflexión que los Ferrocarriles Británicos confundieran la hora del tren. Nunca me había pasado eso.

Sigue -le animó Fenchurch, riendo.

Así que compré el periódico, para hacer el crucigrama, y fui a la cafetería a tomar una taza de café.

¿Haces el crucigrama?

Sí.

¿Cuál?

El del Guardian, normalmente.

Me parece que se las da de gracioso. Prefiero el de The Times. ¿Lo resolviste?

¿Qué?

El crucigrama del Guardian.

Ni siquiera tuve la oportunidad de echarle una ojeada -dijo Arthur- . Todavía estoy tratando de pedir el café.

Bueno, vale. Pide el café.

Lo pido. Y también unas galletas.

¿De qué clase?

Rich Tea.

Buena elección.

Me gustan. Cargado con todas esas nuevas pertenencias, me dirijo a una mesa y me siento. Y no me preguntes cómo era, porque hace mucho tiempo y no me acuerdo. Probablemente era redonda.

Muy bien.

Permite que te explique cómo organicé la mesa. Me senté. A la izquierda puse el periódico. A la derecha, la taza de café. En medio, el paquete de galletas.

Lo veo con toda claridad.

Lo que no ves, porque aún no te lo he mencionado, es al tío que ya estaba sentado a la mesa justo enfrente de mí.

¿Qué aspecto tiene?

Completamente normal. Maletín. Traje. No parecía que fuese a hacer nada raro.

Ya. Conozco el tipo. ¿Qué hizo?

Lo siguiente. Se inclinó sobre la mesa, cogió el paquete de galletas, lo abrió, cogió una y…

¿Qué?

Se la comió.

¿Qué?

Se la comió.

Fenchurch le miró asombrada.

¿Y qué demonios hiciste tú?

Pues, dadas las circunstancias, hice lo que cualquier valeroso inglés haría. Me vi obligado -dijo Arthur- a ignorarle.

¿Cómo? ¿Por qué?

Bueno, no es una de esas cosas para las que estés preparado, ¿verdad? Rebusqué en mi interior y no descubrí nada en mi educación, ni experiencias, ni instintos primarios que me dijeran cómo reaccionar ante alguien que, sentado frente a mí, me robara una galleta con toda calma y naturalidad.

Bueno, podías… -Fenchurch meditó sobre ello-. Debo confesar que yo tampoco estoy segura de lo que hubiera hecho. ¿Y qué pasó?

Miré curiosamente el crucigrama prosiguió Arthur . Como no me salía ni una palabra, tomé un sorbo de café, que estaba demasiado caliente, así que no había nada que hacer. Me dominé. Cogí una galleta intentando con todas mis fuerzas no darme cuenta de que el paquete ya estaba abierto de misteriosa manera…

Pero estás contraatacando, adoptando una línea dura.

A mi modo, sí. Comí la galleta. Lo hice despacio, de manera ostensible, para que no cupiese duda de lo que estaba haciendo. Cuando me como una galleta -sentenció Arthur , me la como.

¿Y qué hizo él?

Cogió otra. Eso es lo que pasó -Insistió Arthur- , de verdad. Cogió otra galleta y se la comió. Tan claro como el día. Tan cierto como que ahora estamos sentados en el suelo.

Fenchurch se removió, incómoda.

Y el problema era -continuó Arthur- que como no dije nada la primera vez, era más difícil iniciar el tema la segunda. ¿Que podía decir: «Disculpe… no he podido dejar de observar que…»? Eso no vale. No, lo ignoré incluso con más fuerza que antes, si era posible.

iQué tío!…

Volví a dedicarme al crucigrama, aunque seguía sin salirme nada, así que mostré un poco del espíritu del que Enrique V hizo gala en el día de San Crispín…

¿Qué?

Volví a la brecha -contestó Arthur-. Cogí otra galleta y por un instante nuestras miradas se encontraron.

¿Cómo ahora las nuestras?

Sí. Bueno, no. Exactamente así, no. Pero se encontraron. Sólo un momento. Y los dos desviamos la mirada. Pero debo asegurarte -añadió Arthur- que había un poco de electricidad en el aire. En la mesa se estaba creando cierta tensión. Era sobre esta hora.

Me lo imagino.

Así nos comimos todo el paquete. El, yo, él, yo…

¿Todo el paquete?

Bueno, sólo había ocho galletas, pero entonces parecía que llevábamos toda la vida comiendo galletas. Los gladiadores no podían llevar vida más dura.

Los gladiadores lo habrían hecho al sol -puntualizó Fenchurch- . Se habrían zurrado más físicamente.

Eso es. Bueno, cuando el paquete quedó vacío entre los dos, el hombre se marchó, después de haber hecho su barrabasada. Di un suspiro de alivio, claro. Anunciaron mi tren poco después, así que terminé el café, me levanté, cogí el periódico y, debajo de él…

¿Sí?

Estaban mis galletas….

Extracto del libro “Hasta Luego y Gracias por los Peces” (Douglas Adams)

 

 



Este cuento lo dedico al lector Fuser… si alguien lo ve ¿le avisa por favor?. Gracias

Ah! Y que pase por mi cocina a buscar su pedido http://blogsdelagente.com/cocinaprender