LA ANGUSTIA DE BRUNO

No podría medirlo estrictamente, pero es un lapso de tiempo especial.  Horas o minutos no entrarían en los parámetros para hacerlo.  Es un breve espacio en el tiempo en donde se genera una grieta y los fantasmas comenzaban a visitarlo.

Era feliz la mayor parte del tiempo, casi todo el tiempo.   Incluso en esos momentos, en un espectro más amplio también era feliz.  Pero la duda invadía el cuerpo de Bruno.  La angustia se apoderaba de su pecho y aparecía ese nudo fatal que lo ahoga, que le impedía respirar, que lo hacia reflexionar y que amagaba todo el tiempo en salir.  Lo resistía casi siempre.  Lo contenía aunque le doliera en el pecho.  Aunque le lastimara en las entrañas.  “Porque es un lapso, pensaba, es un tiempo corto.  Es relativo, es verdad, pero es corto.”

Entonces cavilaba sobre ser ese que no era él, añoraba intentar serlo, pero no lo era.  Sentía ganas de poder levantarse, ir a caminar por ahí, en dejarla sola, en dejar que el tiempo corra y que el lapso se termine, pero era mas fuerte.  Era un  imán que anula, que adormece las piernas, que hace flaquear cualquier intento de escape.  Una telaraña que atrapa y no lo deja moverse.  Y la mente comienza su revolución y las neuronas explotan en preguntas. “¿Cómo puede alguien cansarse de que lo elogien? ¿Cómo es posible que le guste el sentimiento de extrañar? ¿Por qué tengo que quedarme callado, mirando el techo, en soledad, si lo único que hago es quererla?”

Entonces vienen las explicaciones de siempre.  Los análisis internos que siempre derivan en lo mismo y lo único que tenía que hacer era intentar no caer en la trampa de ese lapso.  “No debo dejar ganar la angustia”, se repetía así mismo, confiado que aunque dolorosa, era pasajera.  Pega profundo, hiere, lastima.  Pero pasajera al fin.

Luego recordaba que no eran muchos los lapsus, que a la sazón eran cada vez mas aislados, quizás por esa circunstancias era sorpresivos, “porque uno se acostumbra, se atonta, se confía en que desaparecieron y de repente pegan el zarpazo sorpresivo y te agarran mirando el farol de la esquina” repetía.

Las variantes son muchas, pero nunca se hacen efectivas.  “¿Convendría decirle que no me gusta que me tomen por sorpresa? Evidentemente no van a mandar un telegrama de aviso pero si podría trabajar en aislarlos para siempre.  Cosa difícil.  Huir entonces, dejar de lado todo y no aceptar pasar por esos transes.  Una posibilidad.” Y entonces lo que el llamaba la “meta reflexión”, el análisis del análisis mismo: la paradoja de siempre ¿como hacer aquello que genera angustia si aun angustiado la felicidad ahonda?  “Estoy ahí en el mejor de los casos, alzo la vista y mis ojos se funden en esos ojos, tan únicos.  La angustia es pasajera, ella continua ahí.  La angustia duele  y mucho pero los lapsos felices aun continúan vigente.”

Entonces si aceptaba la idea de que no podía dejarse ganar por la angustia, tampoco es lógico pedirle a ella un cambio.  “Es el combo, viene así.  Con sus momentos.  Con su ciclotimia.  Con sus días y sus no tan días.  Pero esta allí.  Continua allí a pesar de todo, y eso no tiene comparación.” Sentenciaba mirando la nada misma.

En algunos momentos ella entraba a la sala, lo miraba, y pregunta como se sentía y la respuesta era siempre la misma “bien”. Hubiera preferido contestar “Estoy con vos, me siento bien”, pero era consiente de que no se podía contestar así, porque el problema es ese.  En esos lapsos los elogios están mal visto.  Incluso la presencia de él en el mismo espacio-tempo también.  Las caricias y todo lo que sea cariño es imposible.  Ella prefiere la soledad, quiere aislarse.  Pero la cara no es un “por favor, me dejarías sola un instante”, no hay un pedido protocolar que haga mas llevadero el transe.  Sus ojos dejan de ser sus ojos y transfieren una especie de desprecio.  Una ignorancia plena.  Ellos los que no mienten, los que miran con amor, los que contradicen las palabras (que ella utiliza y utilizara siempre como coraza para no mostrarse débil), ellos también se acoplan al momento.  Eso lo hace terrible, eso lo convierte en un verdadero caos interno para Bruno.  Porque, se decía callado, “Si ellos aun fueran ellos, si aun mirarían con la ternura de siempre, con la sencillez, con la bondad con la que me tienen acostumbrados, la cosa seria mas afable”.

Entonces la angustia gana terreno, camina por el cuerpo de Bruno como si nada, se desliza conocedora de cada rincón, se adueña de cada centímetro de su alma, pisa ancho en la profundidad de su ser, contagia su estado, lo anula, lo debilita.  Lo hace pensar en que no quiere mas sentirse así, que desea con todas sus fuerzas que se vaya de una vez por todas (la angustia no ella).

Y luego, de la nada, una palabra, un gesto, una sonrisa en su rostro, hace que el segundo (antes eterno) retome la energía de siempre, se haga fugaz, la calma se adueñe del ambiente, la paz de a poco vaya  mutilando a la angustia y todo vuelve a ser.  Al principio el cuerpo sigue alerta, luego adormece y quedara ingenuo, pasivo, torpe, distraído.  Para que el zarpazo, en algún momento lo tome por la espalda, mientras mira margaritas en el jardín y todo vuelva a ser, por los tiempos de los tiempos.

EL CARNAVAL: La alegría se mezcla con la tradición.


Llega Febrero y el paisaje urbano va tomando diferentes matices, aunque el espíritu tiene un denominador común: el baile, la música, la alegría, el regocijo. Los colores inundan las verdeas, las lentejuelas de los trajes destellan en las noches veraniegas, las serpentinas dibujan abstractos paisajes en un vuelo incierto por los aires, y la espuma o el agua cubre las caras de los feligreses que se olvidan por un rato de la rutina y se prestan para celebrar una de las  fiestas populares de mayor tradición de la humanidad: el carnaval.

Tan añejo es su origen que para saber de ellos es menester remontarnos a diversos momentos de la historia.  Algunos estudiosos reconocen los primeros carnavales en la antigua Sumeria, hace más de cinco mil años.  Otras teorías citan su génesis en los rituales paganos a Baco, el dios del vino; en los festines que se realizaban en honor al buey Apis en Egipto; o en las “saturnalias” romanas, en honor al dios Saturno.

Independientemente de cual fuera el primer lugar del mundo que lo vio nacer, el ritual se propagaría, como otros tantos aconteceres del mundo, a través del Imperio Romano por  toda Europa, siendo traído a América por navegantes españoles y portugueses en época de colonización y conquista a partir del siglo XV.

Con el correr del tiempo, el carnaval fue incorporado por los pueblos de tradición cristiana, precediendo a la cuaresma.  La etimología del  término proviene del latín medieval  carnelevarium (”quitar la carne”) refiriéndose a la prohibición religiosa de consumir carne durante los cuarenta días que dura la misma.

Mascara, típico disfraz del carnaval

Durante la época colonial, con los Reyes Católicos en el apogeo de su reinado, se adoptaría la costumbre de utilizar un disfraz para celebrarlo, por entonces los lugareños ocultaban su rostro en determinados días con el fin de realizar bromas en los lugares públicos.

La idea estuvo opacada durante un tiempo, ya que en 1523 el rey Carlos I dictó una ley prohibiendo los antifaces y enmascarados, que rigió hasta que el reinado de Felipe IV que se encargo de restaurar el esplendor de las máscaras.

A través de los años, el carnaval fue adoptando estilos diferentes según cada país. En América incorporó elementos aborígenes y hasta alcanzó ribetes místicos precolombinos.

En la actualidad esta expresión popular se celebra en distintas partes del mundo.  En muchos de ellos (como el Carnaval de Río de Janeiro en Brasil, el de Oruro en Bolivia, el de Venecia en Italia, o el de Gualeguaychú) implica un espectacular montaje de escenarios, despliegue de comparsas, convirtiéndose en un espectáculo que atrae a miles de turistas de otras latitudes para sentir, vibrar y disfrutar de una ceremonia llena de brillo, luz y sonido sin precedentes.

Pese a que se festeja en lugares diferentes del orbe, existe en todos los desfiles ciertas similitudes.  De esta forma es común la presencia de carrozas, comparsas formadas por grupos de bailarines vestidos con un mismo estilo que caracteriza a cada una de ellas, máscaras representando a distintos personajes reales o alegóricos, así como bailes de disfraces y diversión con cotillón, típico de esta fecha.

En algunos lugares se estila que las máscaras persigan a los paseantes con vejigas que se utilizan para asustar, dar golpes no demasiado fuertes, o hacer reír.

Es distintivo además el  uso de serpentinas, papel picado, espuma molesta, y hasta mojar con agua, en pomos, globos y recipientes.

Independiente del carácter religioso o pagano, condimentado de grandes comparsas o modestos transitar de “mascaritas”, con espuma o con agua, lo cierto es que el carnaval convida a la celebración en familia.  Al salir a las calles en el caer de la tarde para disfrutar con júbilo, para mover el cuerpo al compás de los tamboriles, contagiarse de música, color y alegría.  Una mezcla de historia y tradición.  Una interesante excusa  para alimentar al cuerpo de sentimientos agradables.

Q.E.P.D


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