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Pulgarizando los índices

En 2003, un equipo quirúrgico del Hospital Garrahan de Buenos Aires operó con éxito a una niña británica afectada del Síndrome de Holt-Oram, una rara enfermedad congénita que produce malformaciones cardíacas y del miembro superior. La patología de la pequeña implicaba una grave deformidad de ambos dedos pulgares, que le impedía el uso de los mismos. Como la mano humana es, ni más ni menos, una pinza de dos ramas (el pulgar es una, y los restantes dedos la otra), la falta de una de ellas destroza la funcionalidad de la mano. La niña, británica de madre argentina, fácil es imaginarlo, nunca había podido dibujar, alimentarse por sí misma ni siquiera tomar sus juguetes.
La solución del problema —en el caso del defecto en el pulgar— es, como es obvio, quirúrgica, y la operación sólo puede realizarse antes de que el infante cumpla los dos años de edad. La salud pública británica se negaba a operar a la nena, por lo que, ante el inminente cumplimiento del plazo, la madre decidió traerla a su país de origen y buscar ayuda en el Garrahan.
Por supuesto, la encontró.

La mano humana, íntegra y perfecta en sí misma, no es un tema menor: una escuela completa de científicos evolucionistas sostiene que el impactante desarrollo del cerebro humano, circunstancia que nos ha llevado a la posición de especie dominante en este planeta y aledaños, se debió, principalmente, a la necesidad de contar con un sistema nervioso central capaz de controlar y dominar nuestros increíbles pulgares oponibles y su funcionalidad de pinza, única entre todas las especies de la Tierra.
Ni siquiera el famoso “pulgar del panda” puede compararse con el nuestro, ya que el del oso chino no es un verdadero pulgar, ni aún un dedo, sino solo un sobredimensionado hueso sesamoideo.
Por tanto, asumimos que el tamaño y la complejidad de nuestros cerebros se debieron a la funcionalidad de las manos de nuestros antepasados homínidos, que exigió la creación de nuevas conexiones neuronales para manejar un órgano de tan elevada potencialidad. De este modo, la mano hizo evolucionar al cerebro, y éste, mejorado, a su vez, permitió a la mano realizar tareas cada vez más exquisitas e intrincadamente elaboradas. El Hombre entró así en un “círculo virtuoso” evolución de la mano a evolución del cerebro a evolución de la mano, que nos ha convertido en lo que somos actualmente.
Y todo gracias a la oponibilidad de nuestro pulgar.

Pero la protagonista de esta historia, tristemente, no tenía pulgares funcionales. La pinza carecía de una rama. Había que resolverlo de algún modo, y así se hizo.

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