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Blues del Planeta Rojo

Julio de 1931. Uummannaq Fjörd, costa occidental de Groenlandia.
Un grupo de esquimales inuit ven en la distancia una mancha oscura, incrustada en el hielo del glaciar.
Dos cuerpos humanos, dos momias congeladas semienterradas en el hielo, abandonadas allí desde Dios sabe cuánto tiempo atrás.
Los inuit, tras ímproba lucha, consiguen desenterrar los cuerpos y llevarlos al pueblo.

El estado de conservación de los cadáveres es bueno: poco costará identificarlos.
Se trata de un groenlandés y un alemán, Rasmus Willumsen y Alfred Wegener, respectivamente. Habían desaparecido durante una expedición científica el año anterior, mientras intentaban construir una base meteorológica en zonas desoladas.
Nunca volvieron, y murieron congelados. El día en que se perdió contacto con ellos, el viento ártico había llevado la temperatura de Uummannaq a menos de 54ºC bajo cero.
Los esquimales notifican del hallazgo al campamento base, y la consternación cunde entre los científicos, porque Wegener y Willumsen eran compañeros queridos, científicos respetados y hombres de coraje a toda prueba. Para muestra basta un botón: en esta, su última expedición, su colega y amigo de toda la vida Johannes Georgi espera a Wegener en la estación a medio construir. El meteorólogo lleva 15 trineos mecánicos (en etapa experimental por estos tiempos) con dos toneladas de alimentos y suministros, tripulados por 14 hombres contando a Alfred. El horrible frío obliga a sus compañeros a desistir de hacer el viaje, pero Wegener insiste en que Georgi y los suyos morirán si no reciben la carga. La temperatura cae y cae, hora tras hora. Mas él no se rinde: tras cinco semanas de espantosa lucha contra el clima, y con la sola compañía de un guía inuit, el profesor alcanza a Georgi y a los suyos, y consigue entregar los alimentos y refugiarse en la estación. Sin embargo, los trineos a motor han dejado de funcionar, demostrando que ha sido una mala idea dejar los perros en el campamento de origen.
Contra la opinión de los esquimales presentes, Weggener insiste en regresar a la base para volver con más suministros. En esta ocasión lo acompaña Willumsen. No lo lograrán. Al día siguiente estarán ya muertos, y sus cuerpos deberán esperar meses antes de ser recobrados.
El mundo ha perdido uno de sus científicos más importantes, y uno de los más influyentes en las ideas de las generaciones venideras.

La muerte de Wegener representó el final de su trabajo, pero también el principio de la historia que narraré en este artículo.
El astrónomo, meteorólogo, geólogo, climatólogo, geofísico y explorador alemán Alfred Lothar Wegener nació en 1880, y poco de remarcable tuvo su vida hasta la Primera Guerra Mundial. Combatió en ella como soldado, y sufrió una grave herida que lo mantuvo hospitalizado durante meses.
Fue allí, en su inactividad forzada de guerrero herido, donde comenzó a meditar en las curiosas observaciones de dos científicos anteriores: Alexander von Humboldt y Osmond Fisher, los que descubrieron asombrados, en épocas distintas, que…

Alfred Wegener, por entonces apenas un muchacho, convalecía de sus heridas en un hospital británico. La Gran Guerra no iba bien, y los franceses no ayudaban.
Su afán por la geografía y la meteorología lo llevan a leer, leer, leer…
Y encuentra en un libro la hipótesis del naturalista alemán del siglo XIX, Humboldt, de que la única explicación posible a las correspondencias morfológicas de la costa oriental de Sudamérica y la occidental de África era que ambos continentes habían estado unidos en el pasado.
Fisher, un geólogo inglés contemporáneo de Humboldt, había observado lo mismo y formulado idéntica teoría. Tanto uno como el otro fueron acosados y ridiculizados por causa de sus teorías, que de inmediato fueron sepultadas y olvidadas.
Wegener descubrió incluso que uno de sus propios contemporáneos, Frank Taylor, había publicado en 1910 un documento en donde hablaba de lo mismo, obteniendo los mismos resultados: la burla y el ridículo.
Wegener, entonces, se propuso investigar.

Comprendió que el problema de Humboldt, Fisher y Taylor había sido enunciar la teoría de la deriva sin establecer prueba ninguna, ni proponer explicación convincente de tal, monumental fenómeno.
Pero, como suele decirse, la mente de Wegener era distinta: tenía una enorme capacidad para relacionar hechos de diversas ramas del conocimiento y compendiarlos en una sola hipótesis, destinada a demostrar o rebatir una observación.

Su razonamiento fue que, si en un momento muy remoto (que de inmediato fechó en -300 millones de años, el Carbonífero) los continentes habían estado unidos (en un supercontinente que de inmediato denominó Pangea, “toda la Tierra”), el registro geológico y paleontológico debería ser similar.
De modo que comenzó a reunir evidencia geológica y paleontológica que demostraba que América y África habían estado efectivamente unidas en un pasado más o menos reciente. Publicó sus descubrimientos en su libro Die Entstehung der Kontinente und Ozeane (El origen de los continentes y los océanos, 1915), bautizando su teoría como “Deriva Continental”. Entre las pruebas presentadas por Wegener se encontraba la comunidad de fósiles de Glossopteris, Mesosaurus, helechos y cicadáceas entre Brasil y Sudáfrica, la igualdad del registro paleoclimático, la identidad de la estructura de las rocas, etc.
La respuesta que tuvo Wegener fueron muy hostil, principalmente porque, a pesar de la evidencia de que efectivamente los continentes se habían separado desde el Carbonífero, el alemán no disponía de una explicación del mecanismo mediante el cual las masas terrestres se movían. El geólogo llegó a imaginar masas continentales que atravesaban la corteza terrestre, tal como un rompehielos “quiebra” las superficies de hielo, creando a sus espaldas un sendero que, al tiempo, vuelve a cerrarse. Es fácil imaginar las burlas que provocó esta absurda explicación, máxime cuando todas las evidencias geológicas la negaban por completo. Cuando se le preguntó por las causas del fenómeno de deriva, arriesgó que lo provocaban las mareas y la centrífuga causada por la rotación terrestre. Nuevo jolgorio de sus opositores. El último error de Wegener fue la estima de la velocidad de navegación de los continentes: aseguró que Europa y Norteamérica se desplazaban a 2,5 metros por año. Esta cifra, totalmente inconcebible (prácticamente la de un Fórmula 1 geológico) es diez veces superior a la más rápida observada en cualquier era geológica, y cien veces mayor que la más veloz verificada para los continentes nombrados en particular.

Sin embargo, algunos adhirieron a la teoría de la deriva continental. El suizo Argand estimó correctamente que la deriva continental y sus colisiones anexas eran la causa de la formación de los Alpes, mientras que el sudafricano Du Toit aportó nuevas toneladas de fósiles idénticos en iguales estratos geológicos de Brasil, Argentina y su país natal.
Wegener recibió otros apoyos en vida, pero la mayoría de los científicos se resistieron, aferrándose a las teorías de continentes estáticos y puentes de tierra para explicar el registro fósil. Así luchó, sin esperanzas, para convencerlos, hasta su muerte entre el hielo groenlandés.
La confirmación definitiva llegaría, tristemente para Wegener, más de veinte años después de su muerte, con el concepto de tectónica de placas (TDP).

FOTO: Imagen de NASA en falso color, mostrando el Monte Olympus prácticamente de perfil, lo que permite apreciar su prodigiosa altura (30.000 metros). Su cráter se proyecta, literalmente, al espacio.

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Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


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