Diario de viaje: Cataratas del Iguazú (2)
Segunda entrega de mi aventura por una de las grandes maravillas del mundo, las Cataratas del Iguazú.
Disfruten.
Garganta del Diablo y saltos argentinos fotografiados desde el lado brasileño
Continuará…
Sus artículos, libros y textos… Juntos, en un solo lugar.
Segunda entrega de mi aventura por una de las grandes maravillas del mundo, las Cataratas del Iguazú.
Disfruten.
Garganta del Diablo y saltos argentinos fotografiados desde el lado brasileño
Continuará…
Les dejo hoy la primera entrega de mi ensayo fotográfico sobre las Cataratas del Iguazú. Aquí, las fotos del viaje de ida (ver en una de ellas el Río Uruguay desde 36.000 pies de altura), el Latino Hotel de Puerto Iguazú y la primera parte del Parque Nacional Iguaçu (del lado brasileño).
Ojalá les gusten.
Viaje de ida
Latino Hotel
Triple Frontera
Lado brasileño: Parque Nacional Iguaçu
Continuará…
Hoy haremos algo diferente. Para variar.
Les regalo varias imágenes de un artista al que amo, y el dueto para soprano y bajo Virga Jesse floruit del Magnificat de Bach .
Les recomiendo que hagan sonar la música y luego vayan descendiendo por los cuadros de este verdadero maestro del surrealismo mientra la escuchan.
Ya me dirán lo que opinan.










Impresionante combinación, ¿verdad?
Sí. El Maestro. ¿Qué puedo decir?
Vean.
Trailer.
Halloween.
1978.
Y sí, la nena está viendo The thing…
Por Jerome K. Jerome. Traducción de Marcelo Dos Santos. Todas las notas me pertenecen.
El clima es algo que me sobrepasa. Nunca he logrado entenderlo. El barómetro es inútil: es tan engañoso como el reporte del diario.
Había uno colgado en un hotel de Oxford donde estuve la primavera pasada. Cuando llegué, marcaba “bueno estable”. Afuera diluviaba, como había hecho durante todo el día, y yo no podía creer lo que veía. Le di unos golpecitos, y la aguja saltó para señalar “muy seco”. El lustrabotas pasó y se quedó mirándolo, y dijo que esperaba que se estuviera refiriendo al día siguiente. Yo imaginaba que se refería a la semana anterior, pero el lustrabotas dijo que no, que él no lo creía.
Le di otro golpecito a la mañana siguiente, y subió todavía más, mientras la lluvia caía con más fuerza que nunca. El miércoles lo fui a ver de nuevo, y la aguja se movía alternativamente entre “bueno estable”, “muy seco” y “muy caluroso”, hasta que el tope la detuvo y no pudo seguir subiendo. Hizo todo lo que pudo, pero el instrumento estaba construido de tal manera que no podía pronosticar buen tiempo con más entusiasmo que como lo estaba haciendo sin romperse. Era evidente que hubiera querido hacerlo si hubiese podido, y anunciar sequía, escasez de agua, insolación, simún y cosas así, pero el tope al extremo de la escala se lo impedía, debiendo conformarse con un sencillo e insuficiente “muy seco”.
Mientras tanto, la lluvia seguía cayendo en forma torrencial, el río se había desbordado y toda la parte baja de la ciudad estaba bajo el agua.
El limpiabotas dijo que era obvio que habría un prolongado período de buen tiempo alguna vez, y leyó en voz alta el poema que estaba impreso encima de nuestro oráculo, que decía:
“Lo predicho hace tiempo, dura mucho;
lo revelado poco ha, pronto pasa.”
El buen tiempo jamás llegó ese verano. Yo creo que la máquina debe haber estado hablando de la primavera siguiente.
Después están esos barómetros nuevos, los largos y finos. No les encuentro ni pies ni cabeza. De un costado muestran el tiempo a las 10 de la mañana de ayer, y del otro el de las 10 de hoy, pero no siempre puede uno estar allí a las diez para enterarse. Se eleva o baja para indicar lluvia o tiempo bueno, con mucho o poco viento, y en un extremo dice “Nly” y en el otro “Ely” (¿qué tiene que ver Ely con todo esto? (1)), y, si uno le da unos golpecitos, no hace nada. Y tienes que corregirlo para el nivel del mar, y reducir la temperatura a grados Fahrenheit, y aún así no sé lo que dice.
Al fin y al cabo, ¿quién quiere que le pronostiquen el tiempo? Ya es suficientemente horrible cuando llega, como para aumentar nuestra miseria diciéndonoslo por adelantado. El pronosticador que a mí me gusta es el viejo que, en una mañana particularmente oscura de cierto día en que particularmente deseamos que esté lindo, mira a su alrededor con su ojo adiestrado, y dice:
—Oh, no, señor. Yo pienso que va a despejar. Sí, va a despejar y será un hermoso día, señor.
—¡Ah! ¡Este sabe!— decimos, y le deseamos un buen día, y salimos. —¡Es una maravilla lo que saben estos viejos!
Y sentimos hacia él un afecto que no se empequeñece por el hecho de que no solo NO despeja, sino que continúa lloviendo con pertinacia todo el día.
—Y, bueno…— decimos, —su intención fue buena.
Para el hombre que nos vaticina mal tiempo, por el contrario, nuestro corazón guarda solo pensamientos amargos y vengativos.
—¿Cree que aclarará?— le gritamos al pasar, alegremente.
—Bueno, no, señor. Me parece que va a estar así todo el día.— responde, meneando la cabeza.
—¡Viejo estúpido!— murmuramos —¿Qué sabrá él?— Y, si el arúspice demuestra haber estado en lo correcto, regresamos sintiendo aún más rencor hacia él, y albergando la vaga sospecha de que, de una u otra manera, todo ha sido culpa suya.
Era un día brillante y soleado el de esta mañana, a pesar de la escalofriante lectura de George acerca de “presión en descenso, perturbaciones atmosféricas pasando en línea oblicua sobre Europa Meridional” y demás que tanto nos había hecho enojar más temprano, y así, viendo que no podía quebrar nuestro ánimo y dándose cuenta de que estaba perdiendo el tiempo, en un descuido me robó el cigarrillo que yo había liado y salimos.
Entonces Harris y yo, habiendo terminado con unas pocas cosas que quedaban sobre la mesa, cargamos el equipaje hasta la calle y esperamos por un taxi.
Parecía un equipaje respetable, cuando pusimos todo junto. Estaba la Gladstone y otra maleta más pequeña, y los dos canastos, y un gran rollo de lona, y unos cuatro o cinco abrigos y sobretodos, y unos cuantos paraguas, y había un melón solo en una bolsa, porque era demasiado voluminoso para ir en ninguna otra parte, y un par de kilos de uvas en otra bolsa, y una sombrilla de papel japonés, y la sartén, que también era demasiado grande y terminamos envolviendo en papel madera.
Parecía demasiado, y Harris y yo comenzamos a sentirnos avergonzados, aunque no puedo decir por qué motivo. No pasaba ningún taxi, pero sí muchachos, y se empezaron a interesar por nuestro show, y se detenían.
El primero que llegó fue el chico de Biggs (2). Biggs es nuestro verdulero, y su principal talento es contratar los servicios de los chicos más relajados, faltos de principios y vagabundos que nuestra civilización haya logrado producir hasta el momento. Si aparece algo más vulgar y vil que lo común en la cosecha de muchachos de nuestro vecindario, es seguro que se trata de la última adquisición de Biggs.
Me dijeron que, en el tiempo del asesinato de la calle Great Coram (3), todos en nuestra cuadra pensaban que había sido el chico de Biggs (el que Biggs tenía ese año). La comisaría 19 lo detuvo, y si no hubiera sido, luego de un severo interrogatorio, capaz de probar una coartada perfecta, lo hubiera pasado muy mal. No conocí al repartidor de Biggs de aquellos tiempos, pero, por lo que he visto de ellos desde entonces, yo no hubiera prestado mucha atención a su coartada.
El muchacho de Biggs, como iba diciendo, apareció doblando la esquina. Era evidente que estaba muy apurado cuando vio el cuadro por primera vez, pero, al observarnos a Harris y a mí, y a Montmorency, y a las cosas, aflojó el paso y se detuvo a mirarnos. Harris y yo lo miramos con cara de pocos amigos, pero los muchachos de Biggs son tradicionalmente muy poco sensibles al lenguaje gestual. Se paró a un metro de nosotros, y, eligiendo una pajita para masticar, nos clavó la mirada. Evidentemente pensaba que el espectáculo iba a valer la pena.
Un minuto después, el chico del almacén pasó por la vereda de enfrente. El de la verdulería lo saludó:
—¡Hey! ¡Los de la planta baja del 42 se mudan!
El del almacén cruzó la calle, y tomo posición del otro lado de la puerta. Luego se detuvo el jovencito de la zapatería, y se unió a Biggs, mientras que el peón de “Los postes azules” ocupaba una posición independiente en nuestro auditorio.
—Estos no se van a morir de hambre, ¿no?— dijo el caballero de la zapatería.
—¡Ah! Es que tienes que llevar contigo una cosa o dos— respondió el de “Los postes azules” —, si vas a cruzar el Atlántico en un botecito.
—No van a cruzar el Atlántico.— intervino el de Biggs. —Van a buscar a Stanley (4).
A esta altura, se había reunido una pequeña multitud, y las personas se preguntaban unas a otras de qué se trataba. Un bando (la porción más joven y mentecata de la muchedumbre) sostenía que se trataba de una boda y señalaban a Harris como el novio; mientras que los más viejos e inteligentes de entre el populacho se mostraban más inclinados a apoyar la idea de que era un funeral, y que probablemente yo era el hermano del cadáver.
Al final, apareció un taxi vacío (en una calle en donde, como norma general, cuando uno no está esperando un taxi, pasan a un promedio de tres por minuto, y se detienen, y estorban), y, subiendo a bordo nuestras pertenencias y arrojando de él a los dos amigos de Montmorency, que evidentemente habían jurado no abandonarlo jamás, nos alejamos entre la hilaridad de la muchedumbre, mientras el chico de Biggs nos arrojaba una zanahoria para que nos trajera suerte.
Llegamos a Waterloo (5) a las once, y preguntamos de qué plataforma salía el tren de las once y cinco. Por supuesto, nadie lo sabía; nadie en Waterloo sabe núnca de dónde sale un tren determinado, ni a dónde va una vez que ha partido, ni nada que tenga nada que ver con ello. El maletero que se hizo cargo de nuestras cosas creía que por el andén dos, pero otro maletero con quien discutió el asunto, dijo que había escuchado el rumor de que lo haría por el uno. El jefe de estación, por su parte, estaba convencido de que lo haría por la vía de los trenes locales.
Para ponerle fin a la cuestión, subimos las escaleras y le preguntamos directamente al jefe de tráfico, quien nos dijo que acababa de encontrarse con un hombre que le había dicho que había visto el tren en la plataforma tres. Fuimos a la plataforma tres, pero los responsables de la formación nos explicaron que estaban casi seguros de que se trataba del Expreso de Southampton, o si no, el de ida y vuelta a Windsor. Pero estaban seguros de que no era el tren de Kingston, aunque no podían explicar el porqué.
Entonces, nuestro maletero dijo que pensaba que debía ser el que estaba por salir de la plataforma elevada, que creía que conocía el tren. Entonces fuimos a la plataforma elevada, y hablamos con el maquinista, y le preguntamos si iba a Kingston. Dijo que por supuesto no podía decirlo con certeza, pero que creía que sí. De cualquier modo, si no era el de las 11:05 a Kingston, estaba bastante seguro de que era el de las 9:32 a Virginia Water, o el expreso de las 10 en punto a la Isla de Wight, o para alguna parte en esa dirección, y que ya nos enteraríamos cuando llegáramos. Le pusimos una moneda de media corona en la mano y le imploramos que fuera el de las 11:05 a Kingston.
Le dijimos:
—En esta línea nadie sabe quién es ni adónde va. Usted conoce el camino. Salga sin hacerse notar y vaya a Kingston.
El noble caballero respondió:
—Bueno, no sé, señores. Pero supongo que algún tren tiene que ir a Kingston, y yo lo haré. Dénme la media corona.
Así que llegamos a Kingston en el Ferrocarril del Sudoeste.
Después supimos que el tren que nos había llevado era, en realidad, el correo de Exeter, y que lo habían estado buscando en Waterloo durante horas, sin saber qué había sido de él.
Nuestro bote nos estaba esperando en Kingston justo debajo del puente, y hacia él nos dirigimos, y acomodamos nuestro equipaje, y abordamos.
—¿Todo bien, señor?— preguntó el hombre.
—Muy bien.— respondimos, y con Harris a los remos y yo a la maniobra, y Montmorency, descontento y profundamente suspicaz a proa, zarpamos por fin, hacia las aguas que serían nuestro hogar por los siguientes quince días.
Continuará…
NOTAS:
1: “Nly” significa Northerly (”viento norte”) y “Ely” Easterly (”viento del este”), pero el autor simula no saberlo, y por eso hace el juego de palabras con el nombre propio.
2: Cebada, de la que se usa para elaborar cerveza.
3: El autor se refiere al brutal homicidio de la prostituta de 27 años Harriet Buswell, alias Clara Burton, ocurrido en la Nochebuena de 1872. Un médico alemán fue acusado, pero una coartada le permitió salir en libertad. Hasta el día de hoy no se ha podido identificar al asesino, cuyo accionar representa un antecedente directo de los sangrientos hechos que Jack el Destripador perpetraría 16 años más tarde. Junto al cadáver destrozado de Buswell se encontraron bolsas con manzanas, naranjas y nueces. J. aprovecha esta circunstancia para relacionar al repartidor de la verdulería con el crimen.
4: Henry Morton Stanley, célebre explorador inglés del África, famoso por haber rescatado al desaparecido David Livingstone, a quien encontró, muy enfermo, en una aldea a orillas del lago Tanganika. Mientras J. escribía esta novela, Stanley se hallaba explorando los lagos Alberto y Victoria y el sur de Sudán.
5: Una de las grandes terminales de trenes de Londres.
FOTO:
Jerome Klapka Jerome, ya maduro, con un Montmorency.
Entrevista de Alejandro Alonso
A primera vista, Rafael Pinedo parece un tipo afable y sencillo que ya bordea los cincuenta, pero que aún mantiene su espíritu joven. Quien lo viera sentado a una mesa del bar situado en la esquina de las avenidas Santa Fe y Pueyrredón (en la Ciudad de Buenos Aires) seguramente no adivinará su perfil de profesional de la informática, o sus vocación de actor “off-off”, y mucho menos que, detrás de esa facha “de entre casa”, se esconde el ganador el Premio Casa de las Américas de novela en 2002.
Tal vez, Rafa —como gusta que lo llamen— no termine de creerse esto de ser un autor premiado en Cuba (más precisamente por su novela “Plop”), que comparte el podio con otros argentinos reconocidos como David Viñas (1967) o Haroldo Conti (1975). De hecho, forma parte de una extensa lista de escritores argentinos galardonados por el Casa de las Américas en el género novela, cuyo último exponente fue Paola Cristina Yannielli, también argentina (por “La hermana, una novela sobre la vida de Emily Dickinson”) en 2003.
Rafael Pinedo dice: “Empecé a escribir desde muy chico, como algo natural que surgía de mi desaforada manía de leer todo lo que me caía entre las manos —cuenta Pinedo—. A los diecisiete o dieciocho años quemé todo y no volví a producir una línea hasta los cuarenta, momento en que, para acompañar a un amigo en crisis, fui a un taller de escritura con Ana Jusid. Para ser precisos, había escrito un cuentito un poco antes, para una tía que se estaba quedando ciega y me propuso que nos contáramos cuentos. Lo que nunca hice fue parar de leer como loco, sobre todo ficción.”
Además del premio por su novela en 2002, Rafael Pinedo —padre de dos hijos de cinco y siete años— obtuvo en el 2000 una mención en el VI Concurso Nacional de Poesía y Cuento “Río de la Plata”. Admite que su experiencia con talleres literarios fue variada: “Hay de todo, algunos fueron, como el de Ana, disparadores. Otros fueron inútiles. Pero básicamente lo más importante es que en ellos aprendí a corregir. Y me ponen en la obligación de producir. De hecho estoy pensando en retomar. Creo que es una muy buena experiencia; el tema, como siempre, es no obnubilarse, creer en el maestro (o la maestra), y buscar a alguien que sea buen lector, más que buen escritor. El riesgo es que se adopte el estilo del coordinador”.
¿Cuándo y por qué surgió “Plop”?
La novela surge de un par de imágenes que me aparecieron y se combinaron: la de una persona que está en el fondo de un pozo (el primer título era “Desde el fondo”) y ve como lo van tapando de tierra, y la de una mujer que pare un hijo caminando. Para darles coherencia tuve que armar todo un mundo. No tengo idea por qué. El primer texto es de septiembre de 1997. Cuando la novela ganó el premio, en enero de 2002, la estaba por reescribir completa.
¿Por qué es tan descarnada? ¿Fue premeditado o te condicionaba el ambiente?
Las imágenes generatrices eran descarnadas: una realidad en la que una mujer puede parir caminando no da para situaciones agradables. El resto fue surgiendo a partir de la intención de generar una sociedad coherente, para lo que tuve que leer bastantes libros de antropología (básicamente Malinovsky).
Elegiste relatarla por tramos, como si fueran postales, ¿por qué?
Porque Plop recuerda su vida con cada palada de tierra que le cae encima, y cada palada es una imagen. Esta respuesta es muy elegante, pero en realidad el origen es mucho más práctico: como no tenía experiencia en novela me propuse hacer una serie de cuentos enganchados.
¿Cuánto tiempo de taller tuvo, qué cosas ajustaste?
Caí con la novela armada en un sesenta o setenta por ciento al taller de Marcelo Birmajer. La fui redondeando allí. El mayor aporte de Marcelo fue marcar cuando estaba abriendo juicio, u opinando, sobre la situación. Su otro gran mérito es, además, no haber aportado una sola línea en el contenido ni en el estilo. Supo destrabar y aportar sin imponer su propia marca, respetando mi voz. Creo que ese es el mejor mérito de un coordinador de taller.
Para leer el reportaje completo, click aquí.
Este sí que es un concurso con premio: el ganador se lleva un libro.
La mecánica es sencilla: cada participante debe postear en forma de comentarios uno o más sonetos de estructura formal, cumpliendo en su totalidad las normas que se imponen abajo.
La única condición temática es que los versos sean combativos (a la manera honorable, como los de Almafuerte) o agresivos sin razón, discriminatorios, peleadores, camorreros, chauvinistas, racistas, sexistas, burlones, vulgares, malsonantes, en fin, despreciables (como el mío).
Entre aquellos que cumplan las reglas, se efectuará una votación pública. No se contarán los votos para los sonetos que no respeten las reglas formales. Se puede votar con una cuenta o con cien (logueado). Los votos de anónimos tampoco se tomarán en cuenta.
El concurso comienza hoy. La recepción de sonetos culmina el 4 de enero de 2010. Seguirá una votación de siete días. Los votos que sean emitidos en forma de soneto (siempre según las reglas) se contabilizarán doble y, a su vez, podrán ser votados, partiendo de una base bonus de dos votos.
1) El soneto constará de los catorce versos tradicionales, estructurados en tres cuartetos y un dístico no pareado.
2) Los versos deben ser endecasílabos.
3) La rima seguirá la forma siguiente: ABBA ABBA CDDC CD.
4) No hay excepciones a ninguna de las reglas anteriores.
A manera de ejemplo, les dejo una logradísima pieza de Almafuerte:
los que van por el mundo, delirantes,
repartiendo su amor a manos llenas,
caen, bajo el peso de sus obras buenas,
sucios, enfermos, trágicos… ¡sobrantes!
¡Ah! Nunca quieras remediar entuertos;
nunca sigas impulsos compasivos;
ten los garfios del Odio siempre activos
y los ojos del Juez siempre despiertos…
¡y al echarte en la caja de los muertos,
menosprecia los llantos de los vivos !
Y una mía, no tan conseguida, pero que da una idea cabal de lo que se pretende:
Su voz pausada, tan maravillosa
que al escucharla me volvía cobarde,
me reclamaba que no hiciera alarde
de nuestros besos, ¡tímida y graciosa!
De seguro, pensé, no olvidaría
sus ojazos brillantes cual candiles
ni su figura de los quince abriles
que llenaron de gozo el alma mía…
¡Ahora es gorda! ¡Yo la transportaría
cual rodando se llevan los barriles!
Tarik Carson es mi amigo personal. Pero no solo eso: también es uno de los escritores vivos más reconocidos del Uruguay.
Su maravilloso libro debut, “El hombre olvidado”, es una de esas piezas que merecen releerse en forma permanente, pleno de relatos intemporales y de factura magistral. Sus otros libros (“El corazón reversible”, cuentos; “Una pequeña soledad”, novela; “Ganadores”, novela y “Océanos de néctar”, novela), siguen mostrándonos su capacidad narrativa y su extraño y particular estilo.
Incursionando a menudo en la ciencia ficción, Tarik nos ha regalado momentos mágicos, uno de los cuales les ofrezco a continuación.
Atrévanse, que vale la pena.

En las postrimerías del siglo XXI, hubo un Homo sapiens que fue tremendamente famoso durante unos días, habiendo salido de la nada. En ese lapso, la televisión se afligió de tal manera por su personalidad que es posible que en los tiempos venideros su nombre aún siga resonando en la inconsciencia colectiva, aunque ya se haya cristalizado en el bronce, el mármol y el granito, y hasta en algunos libros de estrategia. Pues una cosa es un recuerdo en el cerebro, y otra el nombre grabado en la perdurable materia que observan los perros en los parques y avenidas. Sin embargo, ese hombre extraordinario se eclipsó en vida, drástica, luctuosamente, circundado por un misterioso cuidado de las autoridades, dejándole a la sensible sociedad humana un regusto morboso, retorcido, casi imposible de explicar.
Nos referimos al caso del célebre doctor Selmer, de quien se sabe tan poco realmente, que creemos justificado este relato de algunos detalles de su prolífica vida, comenzando por su última y aciaga noche.
Supongamos entonces que aquel día, al atardecer, se bajó de la limusina frente a su casa, sin siquiera mirar al conductor negro que le abría la portezuela. Detrás lo había seguido Biro2, bamboleándose sobre sus cortas piernitas de enano, cargando la gran cartera de cocodrilo negra con copias de la información magnética que acababa de presentar a los empresarios y a sus ayudantes militares.
Selmer se dirigió directamente a la biblioteca y se echó en su sillón preferido, sintiéndose cansado, con las manos sudadas y temblorosas aún, sin ganas de mirar siquiera a Biro2 y ordenarle que preparara la bañera y la cama y las drogas que le harían feliz esa noche. Miró un buen rato la belleza anárquica de los colores de los lomos de los viejos libros en los estantes y luego, con desgano, tomó uno del siglo XX. ¡Le debía tanto a aquel modesto librito! Releyó lo que había subrayado con tinta roja: “En este siglo, los gnomos no son más que una leyenda infantil. Pero en la antigüedad tenían un cuerpo real, hoy inexplicable…”.
En ese instante Biro2 habló, temeroso, mirándolo a los ojos. El doctor se levantó, con cierto hastío, y atendió el videófono.
—Doctor —dijo el hombre uniformado, con la piel del rostro curiosamente estirada—, le comunico que hemos recibido la Estrella de la Libertad, la Condecoración de la Pax, la Cruz de Hierro de Primera, la…
Oyendo la voz tan lejana, el doctor Selmer se sorprendió por la eficiencia y por el perfecto encastre de algunas acciones. Trató de alegrar su expresión adormilada y aburrida. Se detuvo a medio camino de hacerle un saludo militar al coronel (que ahora, tal vez, podría ser su amigo). Pero el coronel había cortado la comunicación. El doctor se sintió casi molesto y se conformó pensando en el horrible trabajo que le habían hecho en la cara, aunque el coronel parecía sentirse muy seguro de sí mismo, con un rostro de veinticinco años en un cuerpo de noventa. “Bueno —se dijo el doctor—, las cosas están cambiando. Por lo menos, han cambiado para mí. Podré dormir tranquilo y olvidarme de la satrapía para siempre…”
Trató de pensar en circunstancias más agradables. En el dormitorio, eligió un magneto ordenador titulado “Aliento y amor. Carácter maternal con palabras sucias. Exuberancia rubia.” Colocó el magneto y apretó unas teclas ordenando la acción para media hora después. Antes de entrar al baño, observó sigilosamente qué hacía Biro2 en la cocina. “Qué pena —pensó con tristeza—, sin saber la causa, hoy no deseo ni ver a este desgraciado. Tal vez, sea el recuerdo de Biro; tal vez, el abatimiento que me ha causado todo el caso…”
En la bañera tibia, dormitó un rato, hasta que oyó una suave voz:
—Querido —dijo la rubia de grandes senos, que estaba de pie fuera de la bañera, sonriendo con expresión algo estúpida—, estás tan melancólico hoy… Mamá te seca el culito y te lleva a la cama, bonito.
Tenía la voz aligerada, aunque el tono era perfecto. Tendrían que revisarle el panel o reprogramar los magnetos, pensó, mientras ella le masajeaba la espalda con la toalla húmeda. Después, ya de espaldas y mirándola desvestirse con suaves movimientos, se dijo: “No hay nada que no podemos hacer, pero, la mirada es… demasiado fría”. Bajó la luz y le pareció que acariciaba el símbolo del placer supremo. Pero aún cuando la había penetrado profundamente con el rígido tubo de silicona bien lubricado y ella cabalgaba sobre él, apretando las nalgas contra sus muslos descarnados, se sentía aburrido, con capacidad para retener el néctar sagrado un larguísimo rato, sin que la tristeza se replegara para dar lugar al éxtasis. Olió el caro perfume que le había puesto cuando estaba desactivada, inspiró profundamente antes de mirar sorprendido hacia la puerta. Sintió que se le congelaba el corazón. Biro2 estaba de pie, con la pesada cuchilla de trozar pollos alzada sobre su cabeza.
El ataque a la Zona Roja se había decidido con eficiencia. Acuartelaron a los técnicos y en pocas horas se dirigieron las operaciones de acercamiento electrónico, penetración de las defensas, explosión de las cargas atómicas, etcétera. Los enemigos (eran seres de piel rojo-amarillenta y mentalidad extremadamente maligna), tal vez no tuvieron tiempo de percibir y hacer cálculos sobre el futuro. Esto hubiera sido del agrado de los militares más altruistas del bando terrestre, siempre y cuando los malignos no reaccionaran a tiempo. Porque aún después del ataque había temores, gente descompuesta en los silos nucleares, un gran trabajo sobre los inodoros, vómitos, consumo de tabletas, etcétera. Pero, en seguida, desde los observatorios los técnicos registraron los infernales destellos radiactivos que por milenios sanearían la Zona Roja. Nadie albergó dudas sobre la misión defensiva, exclusiva y terriblemente defensiva. No hubo otro camino, luego de los trabajos del doctor Selmer. Aunque hacía siglos que estas criaturas agresivas, enigmáticas y hasta desconocidas —que evitaban comerciar con los terráqueos— preocupaban a la Junta y a las estaciones de escucha y defensa de la Tierra, el horroroso riesgo no se podía extender más…
De pronto, todo estaba acabado definitivamente, y, después de algunas horas de cautelosa espera, el peligro de réplica sería nulo. Este peligro, sin embargo, fue ignorado o soslayado con indiferencia por el doctor. Pero la solución final se debió a sus observaciones de un extrañísimo fenómeno de recepción de antenas biológicas, que se transformó en la salvación de la Tierra, o más bien, de su sistema de vida.
El doctor era originario de la clase D, en las satrapías. Había sido un estudiante destacado y tuvo la suerte de ser elegido para pasar a la C y proseguir estudiando. Luego subió a la clase B, e ingresó a los estudios superiores. Por el detalle de su procedencia, fue el último en subir donde estuviera. Su clase D original no tenía autorización para crear recomendaciones u otro tipo de ventajas. Esto constituía una traba invencible, cuando la materia era de tipo subjetivo, blanda, no exacta. Pero su cerebro entrevió la sutileza desde el principio, y se dirigió instintivamente hacia lo exacto, donde los mejores respaldos y acomodos no fueran irresistibles a la hora de obtener una suma correcta. Eligió la cirugía estética y la ingeniería del plástico orgánico. En poco tiempo, con esfuerzo considerable, descubrió nuevas utilizaciones para los genitales de gorilas, toros y padrillos de raza, y otros animales de porte considerable para los gustos casi exclusivamente decorativos de la época. Presintió que una elección perfecta le traería algo provechoso, imprescindible para las clases que valían ser mencionadas. El estudio árido y aislado lo templó mientras esperaba una oportunidad. Cuando ya había injertado a una cantidad de personajes y figurones y era buscado con desesperación, la computadora dispuso algo infame para él. Una misión en la Estación Lunar, donde experimentaban con los riñones GR69, los aditivos sexuales de silicona activados con microscópicas pilas atómicas, los injertos de los más diversos testículos de animales, sus diversas glándulas, etcétera. Además, a la Estación Lunar nadie quería ir. Era la primera línea defensiva de las fuerzas terrestres y, además, el aburrimiento extremo. Él ya había sospechado que, si se mantenía en la Clase A, tarde o temprano la envidia lo enviaría allí con alguna tarea intranscendente, riesgosa, difícil. Sabía que no podría “crecer” más, que estaba desplazando a demasiada gente.
Sospechó que, si no descubría algo realmente importante en la Estación, al regresar a la Tierra lo degradarían a los miserables hospitales de las zonas contaminadas de las satrapías; a su origen.
En la Estación había una gran base militar, algunos laboratorios con cantidad de morpólipos y enanos macrocéfalos en jaulas especiales, y las minas. Los laboratorios no funcionaban y la experimentación era mínima. La mayoría de los técnicos permanecían todo el tiempo en sus departamentos, en el casino o en los restaurantes sin hacer nada. Se inyectaban, tomaban tabletas o alcohol, simplemente porque ya habían superado todas las sensaciones conocidas o imaginables. Un grupito, en cambio, se deleitaba destrozando con sondas las carísimas androides de los colegas, siguiendo una antigua costumbre que había perdido, en general, casi toda razón de ser.
Este sistema de existencia, algo más deficiente que el sistema terrestre, alegró al doctor, ya que le permitía moverse con libertad, sin mayores controles. Debía continuar los trabajos con los morpólipos y los macrocéfalos y el comportamiento de los genes recesivos bombardeados con diversas radiaciones. No era su especialidad inyectarles el GR69, o disecarlos y observar la evolución de la carne, pero era algo elemental que haría con mucha rapidez. Además, el trabajo estaba estructurado para que nadie tuviera mucho que hacer, salvo pulsar teclados. Y no existía ningún interés por lo nuevo, pues habían perdido la capacidad de imaginar un mundo mejor. Nada podía ser mejor que el Sistema.
Al principio, observó que los macrocéfalos —a los que había imaginado como gnomos degenerados— se recuperaban primero de las radiaciones y que, además, tenían más inteligencia y fortaleza que los morpólipos. Eran extremadamente resistentes a los rayos cósmicos. También eran inmunes a algunas enfermedades espaciales, de las pocas conocidas. Los intentos de superación de la subraza, sin embargo, produjeron un fenómeno poco estético, raro, intranscendente hasta donde sabían. El mejoramiento les hacía crecer los cráneos. Anteriormente se incluían en la especie Gen Verrier Recesivo, y ahora había pasado a una dimensión degenerativa imprevisible. En aquel momento, el problema era la adaptación de los cuellos ante el crecimiento descontrolado de los cráneos.
De los morpólipos se podían extraer menos conocimientos aún. Sus tendencias seguían las acciones reproductivas. Los rayos cósmicos y las enfermedades espaciales los deformaban un poco más, y eran proclives a las influencias enemigas, cuando los enemigos se acercaban demasiado al Sistema. Debían tener un cuidado especial con ellos; en los meses de máximo peligro, se los transportaba a la Tierra para que los posibles agresores no tomaran sus mentes. Esto ocurrió antes y hubo que aniquilarlos a tiempo. Aunque los muertos no fueron más de quinientos mil, la Junta Protectora fue sucedida por otra más rígida. Por ese problema, los científicos que experimentaban con ellos —los mismos que luego tuvieron que exterminarlos en cámaras especiales— fueron degradados a la Clase D, a los leprosarios. El suceso, luctuoso, sin duda, ya estaba olvidado, pero el doctor Selmer lo había interpretado como un hecho político creado por algunos científicos, y por ello desde el principio tenía cuidado en tratar con aquellos seres, y muchos otros no tan inferiores. Sobre todo, cuando se quedaba trabajando en el laboratorio durante las noches lunares. Allí, cuando la vigilancia se descuidaba, violaban a los técnicos o hacían otras tropelías de poca monta. Para calmarlos en ese aspecto, los surtían con androides estropeadas, que ellos ni siquiera tocaban (los expertos, sin embargo, seguían afirmando que eran incapaces de distinguir la diferencia entre un humano y un androide).
Para leer el relato completo, click aquí.
Por el psicólogo argentino Leonardo Bussi. Las notas me pertenecen.
Varias veces debo haber repetido que soy un hombre que gusta mucho de las fórmulas.
Una fórmula es un modo de expresión que suele resumir una hipótesis, o toda la serie de enunciados que conducen a la conclusión de un razonamiento.
Una fórmula puede ser la culminación de un razonamiento lógico o matemático, o puede ser también un modo de enunciar un sentimiento (”Te amo” es un ejemplo) o una idea cualquiera bajo el precepto que su expresión posea una cierta universalidad, de modo que la misma sea comprendida por su destinatario de un modo más o menos unívoco y sin que dicha universalidad implique valor de verdad al razonamiento.
“Las pastas engordan” es un ejemplo de una fórmula discutible pero fórmula en fin.
Para la literatura esto funciona del mismo modo: “Había una vez” es el preludio casi necesario a la introducción de cualquier cuento infantil clásico, así como: “Y vivieron felices por siempre” su lógica conclusión; otros dos tipos de fórmulas.
En líneas generales no suelo releer lo que escribo, porque ello me conduce a la decepcionante conclusión que todo lo que digo está plagado de “fórmulas” que nunca llegan a expresar lo que deseo ni del modo en que me gustaría hacerlo, al margen de otras impresentables faltas.
Soy reiterativo y torpe, muchas veces comienzo del mismo modo, y, lo que es peor, hablo de cosas muy disímiles usando los mismos ejemplos y el mismo lenguaje cosa que, desde cualquier aspecto de la semántica y la sintaxis, suena casi imposible. Pero bien, hoy, por ser mi cumpleaños (1), les pido cierta tolerancia respecto de esta poco feliz prosodia.
Y justamente por tratarse de esta fecha y quizás a modo de conjuro es que, al igual que lo hice el año pasado para esta época, quisiera hablar de la vida.
Comienzo entonces con ese redundante y poco preciso modo por el que acabo de excusarme, usando esa especie de “Había una vez” con la que suelo introducirme de lleno en ciertos asuntos:
Nadie sabe cómo, exactamente cuándo ni por qué apareció en nuestro planeta la vida.
De acuerdo a las investigaciones modernas, se especula con que hace aproximadamente unos 3.900 millones de años se dieron, en algún lugar y por razones que se desconocen, las condiciones necesarias para la aparición de los primeros organismos que pueden ser considerados seres vivos.
Así como el año pasado hablábamos de la dificultad que representaba definir con precisión el momento del inicio de la vida para cualquier organismo y a pesar de lo que nos dice el sentido común al respecto, existen toda una serie de dificultades también para definir exactamente lo que es la vida.
En líneas generales se considera que un ser está vivo si cumple ciertos requisitos tales como: organización celular, capacidad de reproducción o replicación, capacidad de alimentación, capacidad de producción de energía y capacidad de homeostasis, rasgo clave para esta definición, pues es la capacidad homeostática lo que permite la regulación de todos los mecanismos físicoquímicos presentes en cualquier organismo considerado vivo.
También podríamos definir la vida por su opuesto o su negación, aunque aquí hay un inconveniente, pues no hay un término preciso que defina esta oposición, al margen del término “inorgánico”, siendo la muerte es un estado que surge posteriormente a la aparición de la vida, un tipo de equilibrio homeostático y termodinámico diferente.
Dicho de otro modo, la muerte puede ser considerada un estado evolutivo de la vida; la evolución por cierto forma también parte del concepto definitorio de la vida, pero la muerte no es la negación de la vida: es, insisto, un estado diferente.
Existen ciertos organismos que en muy buena medida cumplen con varias de las condiciones mencionadas pero que no poseen autonomía metabólica, cuyas características homeostáticas están en discusión, y su existencia está sujeta a la existencia de otro organismo que los soporte, tal es el caso de los virus.
Sin embargo y bajo esta misma consideración podríamos decir que todos los seres vivos superiores, nosotros por ejemplo, somos organismos parasitarios cuya regulación homeostática y termodinámica depende de otros seres vivos.
Pero volviendo al surgimiento de la vida en nuestro mundo, la misma se creó gracias a la conjunción de algunos átomos básicos que son los que conforman todos los modos de vida conocidos hasta el momento.
Cuando se dice que la vida conocida está hecha a base de carbono, lo que se dice es que el elemento distintivo presente en todas las moléculas vivas es el carbono. Hay otro elemento fundamental en la estructura de la vida, el hidrógeno, pero el mismo no es tomado como elemento definitorio de la vida terrestre, pues por tratarse del elemento más común en el universo es probable que se encuentre en absolutamente todas las estructuras orgánicas sean estas del lugar del cosmos que sean.
De hecho se suele especular con que es probable que en otras regiones lejanas a nuestro planeta exista otro tipo de vida basada en el silicio (2), elemento que sin dudas, para crear dichas formas, se asociará con el hidrógeno y algunos otros átomos comunes en todo el universo.
Los átomos de carbono al igual que muchos otros átomos que componen la estructura fundamental de la vida, provienen de los diferentes procesos de fusión que se generan en los núcleos de las estrellas cuyas incalculables temperaturas hacen que de átomos livianos como el hidrógeno, por ejemplo, surjan átomos más pesados tales como el carbón o el nitrógeno.
Esto significa que sin dudas fue muy lejos de nuestro mundo donde se formaron los componentes básicos de la vida, y quizás también haya sido en algún lugar remoto del universo donde haya nacido la vida que, transportada por un meteorito o un cometa, terminó evolucionando hacia lo que actualmente somos.
Si esa unión de elementos se formó en nuestro mundo, es probable que dicho proceso se haya realizado espontáneamente en más de un lugar a la vez.
Pero no hay dudas de que debe haber habido un primer lugar en el cual los primeros átomos formaron el primer organismo vivo, ese lugar es el principio de todo lo que vive y evoluciona: ese lugar mítico es sin dudas la cuna de la vida.
Es probable que la primera biomolécula creada haya vivido una fracción de tiempo muy pequeña pues el ajuste de los mecanismos homeostáticos que regulan la existencia de cualquier organismo deben haber llevado millones de años de perfeccionamiento. Comparando la edad de la aparición de esa primera molécula que fue hace, como dije antes, unos 3.900 millones años (3), los 41 años que cumplo hoy parecen una minucia. Sin embargo la historia de la vida de todos y cada uno de los seres existentes en la actualidad tiene la misma edad que la creación, pues estamos formados de la misma materia de la que está hecha todo el universo.
Considerando que el planeta tiene 4.500 millones de años y comparando la historia del mundo con un reloj de 12 horas, los seres humanos, habríamos aparecido recién en los últimos 2 segundos, también una pequeñez en la historia cósmica.
Igualmente hoy no voy a preocuparme por estas cositas, máxime considerando que tengo planes para vivir para siempre y no estoy hablando de una metáfora, aunque lo parezca.
Pero hoy terminamos acá y otro día hablaremos de la inmortalidad… una especie fórmula del tipo de “Y vivieron felices por siempre” con el que concluye nuestra historia de hoy.
NOTAS:
1: Texto publicado originalmente el 4 de abril de 2008.
2: Viejo tópico de la ciencia ficción, pero que científicamente es un grave error. El Buen Doctor (que, entre otras cosas, tenía un grado universitario en química) ha demostrado, en su soberbio ensayo The One and Only que la vida basada en el silicio es imposible. Pero ha ido más allá: también ha demostrado que toda la vida, terrestre o extraterrestre solo puede estar basada en el carbono. No importa cuánta vida extraterrestre descubramos, toda ella necesariamente será vida de carbono. Es el único elemento químico capaz de sustentar la vida.
3: En realidad, el momento exacto en que se originó la vida es desconocido. Fue en algún punto entre hace 4.400 y 2.700 millones de años. En todo caso, fue muy rápido (en términos geológicos), casi podría decirse que apenas se formó la Tierra, 4570 millones de años atrás.
Siempre estuve enamorado de esa mujer, de su estilo vocal de soprano ligera ultraprofesionalizado, de su danza acrobática y por momentos ridícula, de su cuerpo delgadísimo (entonces) y de sus grandes pechos (ahora y siempre), de su precisión poética y de su poder de conjurar contundentes imágenes, y del soberbio homenaje que, en esta canción, le hace a la única novela de Ellis Bell, una de las piezas literarias más notables y conmovedoras de la historia humana.
Agotados por el dinosaurio, pueden disfrutar.
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