Archivo para la categoría ‘opinión’

La cuna de la vida

Por el psicólogo argentino Leonardo Bussi. Las notas me pertenecen.

Varias veces debo haber repetido que soy un hombre que gusta mucho de las fórmulas.
Una fórmula es un modo de expresión que suele resumir una hipótesis, o toda la serie de enunciados que conducen a la conclusión de un razonamiento.
Una fórmula puede ser la culminación de un razonamiento lógico o matemático, o puede ser también un modo de enunciar un sentimiento (”Te amo” es un ejemplo) o una idea cualquiera bajo el precepto que su expresión posea una cierta universalidad, de modo que la misma sea comprendida por su destinatario de un modo más o menos unívoco y sin que dicha universalidad implique valor de verdad al razonamiento.
“Las pastas engordan” es un ejemplo de una fórmula discutible pero fórmula en fin.
Para la literatura esto funciona del mismo modo: “Había una vez” es el preludio casi necesario a la introducción de cualquier cuento infantil clásico, así como: “Y vivieron felices por siempre” su lógica conclusión; otros dos tipos de fórmulas.

En líneas generales no suelo releer lo que escribo, porque ello me conduce a la decepcionante conclusión que todo lo que digo está plagado de “fórmulas” que nunca llegan a expresar lo que deseo ni del modo en que me gustaría hacerlo, al margen de otras impresentables faltas.
Soy reiterativo y torpe, muchas veces comienzo del mismo modo, y, lo que es peor, hablo de cosas muy disímiles usando los mismos ejemplos y el mismo lenguaje cosa que, desde cualquier aspecto de la semántica y la sintaxis, suena casi imposible. Pero bien, hoy, por ser mi cumpleaños (1), les pido cierta tolerancia respecto de esta poco feliz prosodia.
Y justamente por tratarse de esta fecha y quizás a modo de conjuro es que, al igual que lo hice el año pasado para esta época, quisiera hablar de la vida.
Comienzo entonces con ese redundante y poco preciso modo por el que acabo de excusarme, usando esa especie de “Había una vez” con la que suelo introducirme de lleno en ciertos asuntos:

Nadie sabe cómo, exactamente cuándo ni por qué apareció en nuestro planeta la vida.
De acuerdo a las investigaciones modernas, se especula con que hace aproximadamente unos 3.900 millones de años se dieron, en algún lugar y por razones que se desconocen, las condiciones necesarias para la aparición de los primeros organismos que pueden ser considerados seres vivos.
Así como el año pasado hablábamos de la dificultad que representaba definir con precisión el momento del inicio de la vida para cualquier organismo y a pesar de lo que nos dice el sentido común al respecto, existen toda una serie de dificultades también para definir exactamente lo que es la vida.
En líneas generales se considera que un ser está vivo si cumple ciertos requisitos tales como: organización celular, capacidad de reproducción o replicación, capacidad de alimentación, capacidad de producción de energía y capacidad de homeostasis, rasgo clave para esta definición, pues es la capacidad homeostática lo que permite la regulación de todos los mecanismos físicoquímicos presentes en cualquier organismo considerado vivo.
También podríamos definir la vida por su opuesto o su negación, aunque aquí hay un inconveniente, pues no hay un término preciso que defina esta oposición, al margen del término “inorgánico”, siendo la muerte es un estado que surge posteriormente a la aparición de la vida, un tipo de equilibrio homeostático y termodinámico diferente.
Dicho de otro modo, la muerte puede ser considerada un estado evolutivo de la vida; la evolución por cierto forma también parte del concepto definitorio de la vida, pero la muerte no es la negación de la vida: es, insisto, un estado diferente.
Existen ciertos organismos que en muy buena medida cumplen con varias de las condiciones mencionadas pero que no poseen autonomía metabólica, cuyas características homeostáticas están en discusión, y su existencia está sujeta a la existencia de otro organismo que los soporte, tal es el caso de los virus.
Sin embargo y bajo esta misma consideración podríamos decir que todos los seres vivos superiores, nosotros por ejemplo, somos organismos parasitarios cuya regulación homeostática y termodinámica depende de otros seres vivos.
Pero volviendo al surgimiento de la vida en nuestro mundo, la misma se creó gracias a la conjunción de algunos átomos básicos que son los que conforman todos los modos de vida conocidos hasta el momento.
Cuando se dice que la vida conocida está hecha a base de carbono, lo que se dice es que el elemento distintivo presente en todas las moléculas vivas es el carbono. Hay otro elemento fundamental en la estructura de la vida, el hidrógeno, pero el mismo no es tomado como elemento definitorio de la vida terrestre, pues por tratarse del elemento más común en el universo es probable que se encuentre en absolutamente todas las estructuras orgánicas sean estas del lugar del cosmos que sean.
De hecho se suele especular con que es probable que en otras regiones lejanas a nuestro planeta exista otro tipo de vida basada en el silicio (2), elemento que sin dudas, para crear dichas formas, se asociará con el hidrógeno y algunos otros átomos comunes en todo el universo.
Los átomos de carbono al igual que muchos otros átomos que componen la estructura fundamental de la vida, provienen de los diferentes procesos de fusión que se generan en los núcleos de las estrellas cuyas incalculables temperaturas hacen que de átomos livianos como el hidrógeno, por ejemplo, surjan átomos más pesados tales como el carbón o el nitrógeno.
Esto significa que sin dudas fue muy lejos de nuestro mundo donde se formaron los componentes básicos de la vida, y quizás también haya sido en algún lugar remoto del universo donde haya nacido la vida que, transportada por un meteorito o un cometa, terminó evolucionando hacia lo que actualmente somos.
Si esa unión de elementos se formó en nuestro mundo, es probable que dicho proceso se haya realizado espontáneamente en más de un lugar a la vez.
Pero no hay dudas de que debe haber habido un primer lugar en el cual los primeros átomos formaron el primer organismo vivo, ese lugar es el principio de todo lo que vive y evoluciona: ese lugar mítico es sin dudas la cuna de la vida.
Es probable que la primera biomolécula creada haya vivido una fracción de tiempo muy pequeña pues el ajuste de los mecanismos homeostáticos que regulan la existencia de cualquier organismo deben haber llevado millones de años de perfeccionamiento. Comparando la edad de la aparición de esa primera molécula que fue hace, como dije antes, unos 3.900 millones años (3), los 41 años que cumplo hoy parecen una minucia. Sin embargo la historia de la vida de todos y cada uno de los seres existentes en la actualidad tiene la misma edad que la creación, pues estamos formados de la misma materia de la que está hecha todo el universo.
Considerando que el planeta tiene 4.500 millones de años y comparando la historia del mundo con un reloj de 12 horas, los seres humanos, habríamos aparecido recién en los últimos 2 segundos, también una pequeñez en la historia cósmica.
Igualmente hoy no voy a preocuparme por estas cositas, máxime considerando que tengo planes para vivir para siempre y no estoy hablando de una metáfora, aunque lo parezca.
Pero hoy terminamos acá y otro día hablaremos de la inmortalidad… una especie fórmula del tipo de “Y vivieron felices por siempre” con el que concluye nuestra historia de hoy.

NOTAS:

1: Texto publicado originalmente el 4 de abril de 2008.

2: Viejo tópico de la ciencia ficción, pero que científicamente es un grave error. El Buen Doctor (que, entre otras cosas, tenía un grado universitario en química) ha demostrado, en su soberbio ensayo The One and Only que la vida basada en el silicio es imposible. Pero ha ido más allá: también ha demostrado que toda la vida, terrestre o extraterrestre solo puede estar basada en el carbono. No importa cuánta vida extraterrestre descubramos, toda ella necesariamente será vida de carbono. Es el único elemento químico capaz de sustentar la vida.

3: En realidad, el momento exacto en que se originó la vida es desconocido. Fue en algún punto entre hace 4.400 y 2.700 millones de años. En todo caso, fue muy rápido (en términos geológicos), casi podría decirse que apenas se formó la Tierra, 4570 millones de años atrás.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

Tomates, papas y mariposas

Por el psicólogo argentino Leonardo Bussi.

Hace tiempo hablamos del Efecto Mariposa, tratando de explicar ciertos asuntos referidos a la entropía y el tiempo. Hoy nos valdremos del mismo ardid para tratar de entender por qué aumentó un 350% el precio de las papas.
Pero… hagamos un salto hacia atrás y comencemos por el principio del asunto.

Todo empezó la semana pasada, cuando estaba haciendo las compras, una de las tareas domésticas que mayor placer me produce o solía producirme antes del vértigo actual que siento al notar como aumentan casi a diario la mayoría de las cosas.
Estaba en la verdulería del supermercado tratando de elegir verdura fresca (empresa que no recomiendo), cuando recordé una vieja polémica referida al tomate.
Hace muchos años jugábamos con un grupo reducido de amigas y amigos al tutti frutti, cuando se armó una discusión que fue dirimida varios días después de concluida la partida.
Recordemos que Piaget realizó innumerables estudios referidos al modo en que se construyen las categorías y las series matemáticas y lingüísticas, demostrando empíricamente cómo, a medida que el individuo va desarrollándose, van creciendo las posibilidades de formar clasificaciones y agrupaciones de mayor complejidad y abstracción.
Cuando uno es más chico y comienza a jugar al tutti frutti, los rubros por los que compite son las cuatro o cinco categorías básicas que se estila emplear en el mismo: animales, vegetales, lugares, personajes famosos, etcétera.
Pero a medida que uno crece, el desafío en el juego toma otras características: las cuatro o cinco categorías básicas se transforman mediante subdivisiones en un interminable catálogo de clasificaciones.
“Animales” pasa a ser: “animales terrestres, marinos, mamíferos, vertebrados”; “vegetales” pasa a ser: “frutas, verduras, hortalizas”; “ciudades, países, provincias”, por “lugares”, etcétera.
Y claro que a medida que el juego se complica, comienzan las polémicas referidas a la adecuada pertenencia de tal o cual sustantivo a determinado grupo.
En esa partida de la que les hablaba la polémica surgió en torno al tomate dado que una de las participantes lo colocó en la categoría “frutas”, cuestión que objeté del mismo modo que se me había objetado a mí la colocación de Persia en el rubro “países”, bajo el argumento de que no era lícito colocar nombres de lugares o regiones que no figuraban actualmente en el mapa (Persia en su gran mayoría es hoy día Irán).
Días después, el asunto quedó aclarado llegándonos la iluminación libro mediante: el tomate es una fruta cuyas particulares características lo hacen especialmente apto de ser combinado con sal y materias grasas, también es excelente complemento de otras verduras y al ser cocinado con especias adquiere una textura y un sabor irreemplazable.
Por tratarse de una fruta, entonces, su sabor es tan intenso que debe incluirse en las ensaladas cortado en trozos más bien pequeños y es por ello que los tomates cherry tienen tanto éxito, pues el gusto dulzón del mismo se combina con un tamaño óptimo.
Pero en la góndola los tomates estaban en medio de hortalizas y tubérculos, no junto a las frutas; de allí mi fugaz recuerdo, que se disipó al posar mis ojos en el cartelito indicador del precio de las papas, el cual ascendía a la friolera de $ 5,50.
La papa es un producto originario de América, el cual, cuando los primeros navegantes comenzaron a robarlo y “exportarlo” tuvo una destacada participación en los platos de reyes y nobles europeos.
Y así como el trigo, producto traído a América por los mismos navegantes, encontró en nuestro continente suelos totalmente aptos para su producción, la papa halló en los suelos europeos terreno fértil para su existencia. Pasó entonces de la mesa de reyes, príncipes y ricos a ser uno de los principales alimentos del pueblo.
Y esto sucedió porque la producción de papas se masificó al igual que la de otros tubérculos, dado que los mismos son mucho más resistentes a ciertas inclemencias climáticas que los vegetales de hoja o tallos y que la mayoría de los frutales.
Sin embargo, y ahora sí volviendo al Efecto Mariposa que mencioné más arriba, hay cuestiones que son muy complicadas de determinar de antemano.
No solo el clima y las producción de paradojas del tiempo están sujetos a variaciones en sus efectos a partir de variaciones en las causas: con el precio de los alimentos sucede lo mismo. Es por ello que la economía suele ser uno de los sistemas complejos que mejor dan cuenta de la imposibilidad de contemplar todas las variables que entran en juego para la determinación de un resultado.
La mayoría de los economistas que suelen hacer pronósticos referidos al futuro o a la evolución de la economía contemplan más dentro de su discurso la defensa de los intereses de los grupos a los que representan antes que un análisis completo de todas las variables que entran en juego para determinar el rumbo de la economía. Esto es lo que sucedió con el “Efecto Tequila” y el “Efecto Vodka”, que hacían referencia a crisis económicas en México y Rusia respectivamente, la década pasada. Nadie imaginó la posibilidad de que un desmadre en los mercados mexicanos afectara a nuestro país, y la razón de ello fue que no se prestó atención a todas las variables posibles de contemplar, algo que hasta puede llegar a sonar lógico.
La papa, rica en calorías y gran productora de saciedad, se había convertido en uno de los principales alimentos de la gente tiempo atrás. Pero sucedió algo que nadie había pensado podía suceder: una plaga (Phytophthora infestans) terminó con el 90% de la producción de tubérculos en Inglaterra, lo que hizo que su precio ascendiera de modo astronómico, precio que la nobleza podía seguir y siguió pagando, pero para el pueblo ese alimento básico en su dieta se convirtió en inaccesible. La hambruna subsiguiente diezmó a más de dos millones de personas en el siglo XIX.
Pero ¡atención!, que no solo el clima y la falta de previsión hacen variar los precios, la especulación económica y política y el ánimo de enriquecimiento desmedido influyen también de modo determinante en el asunto.
Así que veamos dónde comprar y qué comprar, porque sin dudas son las personas las que juegan uno de los papeles más importantes en éste extraño cúmulo de cuestiones que moldean el futuro.
Ofuscado, decidí que no volvería a comer papas hasta que sucediera algo que hiciera que su valor fuera nuevamente accesible y me retiré en silencio hacia la góndola del pescado cuyo exorbitante precio me hizo acordar de que…
Bien, lo hablamos otro día.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

Carta desde el futuro

por Richard Heinberg.

¡Os saludo, gentes del año 2001! Están viviendo en el año en que nací; yo cuento ahora cien años, y les escribo desde el año 2101. Estoy haciendo uso de los últimos remanentes de la física avanzada que los científicos desarrollaron durante la era de ustedes, para enviarles este mensaje electrónico, que envío al pasado para que les llegue a sus redes informáticas. Espero que lo reciban, y que les proporcione motivos para detenerse y reflexionar sobre su mundo y las medidas a adoptar teniéndolo en cuenta.
De mí mismo sólo contaré lo que es necesario contar: soy un sobreviviente. He tenido una suerte extraordinaria en multitud de ocasiones y de muchas maneras, y considero que es una especie de milagro que pueda estar hoy aquí componiendo este mensaje. He pasado gran parte de mi vida intentando labrarme una carrera como historiador, pero las circunstancias de la vida me han obligado a aprender y practicar los oficios de agricultor, forrajeador, guerrillero, ingeniero, y ahora físico. Mi vida ha sido larga y azarosa … pero no he hecho todos estos esfuerzos para transmitiros esto. Son todos los acontecimientos que he presenciado durante este siglo lo que me siento obligado a contarles de esta forma tan extraordinaria.
Están ustedes viviendo el final de una era. Quizá no lo entiendan. Espero que cuando hayan terminado de leer esta misiva lo comprendan.
Quiero contarles lo que es importante que conozcan, aunque es posible que les parezca que alguna de esta información es difícil de digerir. Les ruego que tengan paciencia conmigo. Soy un hombre viejo, y no me queda tiempo para detalles amables. Si lo que les cuento les resulta increíble, considérenlo como ciencia ficción. Pero, por favor: presten atención. El artilugio comunicativo que estoy usando es bastante inestable y no hay mucha seguridad de cuánto de lo que les cuente consiga alcanzarles. Por favor: pasen esta información a los demás. Probablemente sea el único mensaje de este tipo que reciban jamás.
Como no sé cuánta información voy a poder transmitirles empezaré con los temas más importantes, los que sean de mayor utilidad para que puedanentender hacia dónde se dirige el mundo de ustedes…
La energía ha sido el principio organizador central —¿o debería decir desorganizador?— de los siglos XIX y XX. La gente descubrió nuevas fuentes de energía —carbón, y más tarde petróleo— en el siglo diecinueve, y luego inventó todo género de nuevas tecnologías para usar esta energía recién descubierta. El transporte, la manufactura, la agricultura, la iluminación, la calefacción, todos sufrieron una revolución, y los resultados alcanzaron hasta lo más profundo de las vidas de todos en el mundo civilizado. Todo el mundo se volvió profundamente dependiente de nuevos artilugios; de los alimentos traídos de lejos y fertilizados con productos químicos; de medicamentos elaborados mediante síntesis químicas y a partir de procesos industriales dependientes de combustibles fósiles; de la misma idea del crecimiento perpetuo (después de todo, siempre sería posible producir más energía para el transporte y las manufacturas, ¿no?). Pues bien, si los siglos XIX y XX representaron la parte ascendente de la curva de crecimiento, este siglo pasado ha sido la parte descendente, la caída en picado. Debería haber resultado perfectamente obvio para todo el mundo que las fuentes de energía con las que contaban eran agotables. Sin embargo, de algún modo, esta idea nunca penetró muy profundo. Supongo que es porque la gente tiende a acostumbrarse a un determinado estilo de vida, y a partir de ese momento ya no le presta demasiada consideración. Lo mismo pasa hoy también. La gente joven ahora nunca ha conocido ninguna cosa realmente diferente; nuestro estilo de vida les parece de lo más natural —escarbando entre los restos de la civilización industrial en busca de cualquier cosa que pueda tener una utilidad inmediata— como si fuera esta la forma en la que la gente hubiera vivido siempre, como si esta hubiera sido la forma a la que aspirábamos a vivir. Es por eso por lo que siempre me ha atraído la historia, de modo que pudiera obtener alguna perspectiva de las sociedades humanas y cómo cambian con el tiempo. Pero me estoy yendo por las ramas.
¿Dónde me había quedado…? Sí, la crisis de la energía. Bueno, todo comenzó más o menos en el momento en que nací. La gente entonces pensaba que iba a ser breve, que se trataba tan sólo de un problema técnico o político, que pronto todo volvería a la normalidad. No se paraban a pensar que “normal”, en un sentido histórico amplio, suponía vivir de la energía solar entrante y del crecimiento vegetativo de la biosfera. Perversamente, pensaban que “normal” significaba poder utilizar la energía fósil como si no existiera el mañana. Y supongo que casi dejó de existir ese mañana. Fue la clásica profecía autocumplida… casi.
Primeramente mucha gente pensó que los cortes podrían ser resueltos con “tecnología”. Lo cual, retrospectivamente, resulta bastante absurdo. Después de todo, todos sus modernos artefactos habían sido inventados para emplear una abundancia temporal de energía. No producían energía. Si, claro, estaban los reactores nucleares (¡Dios mío, esos aparatos resultaron ser una pesadilla!), pero costaban tanta energía para construirlos y desmantelarlos que apenas compensaban la energía que consumían con la que producían durante toda su vida útil. Lo mismo sucedía con los paneles fotovoltaicos; parece que nadie se detuvo nunca a calcular cuánta energía se necesitaba realmente para fabricarlos, empezando por los microchips de silicio. Resultó que la fabricación de los paneles consumía casi tanta energía como la que producían los propios paneles durante su vida útil. Sin embargo, se construyeron unos cuantos —¡ojalá se hubieran construido más!— y muchos de ellos aún funcionan (son los que ahora mismo están alimentando el sistema que me permite enviarles esta señal desde el futuro). La energía solar era una buena idea; el principal motivo de su retroceso simplemente fue que era incapaz de satisfacer la voracidad energética de los hábitos de la gente. Al agotarse los combustibles fósiles, ninguna tecnología podría haber mantenido los estilos de vida a los que la gente se había acostumbrado. Sin embargo, tardaron bastante en darse cuenta. Su patética fe en la tecnología resultó tener un carácter religioso, como si sus artefactos fueran objetos votivos que los conectaran con un dios invisible pero omnipotente, capaz de invertir las leyes de la termodinámica.
Naturalmente algunos de los primeros efectos de la disminución de la energía tomaron la apariencia de recesiones económicas, seguidas de depresiones sin fin. Los economistas habían estado operando sobre la base de su propia religión —una fe absoluta e inconmovible en el Dios Mercado— y en la ley de la oferta y la demanda. Pensaron que si el petróleo empezaba a acabarse, el precio subiría, ofreciendo incentivos a la investigación de energías alternativas. Pero los economistas nunca se tomaron la molestia de reflexionar a fondo. Si lo hubieran hecho, se habrían dado cuenta de que la reconversión total de la infraestructura energética de una sociedad necesitaría décadas, mientras que pudiera ser que la señal que el precio emitía por la disminución de la energía tardara tan sólo unas semanas o meses antes de que se necesitara el hipotético reemplazo. Más aún, deberían haberse dado cuenta de que para los recursos energéticos de base no existen reemplazos.
Los economistas sólo sabían pensar en términos de dinero: las necesidades básicas como el agua y la energía sólo aparecían en sus cálculos en términos de su costo monetario, lo que hacía que funcionalmente fueran intercambiables por cualquier otra cosa a la que se pudiera poner un precio: naranjas, aviones, diamantes, cartas de póker, cualquier cosa. No obstante, si se analiza a fondo, se ve que los recursos básicos en absoluto eran intercambiables con otros: una vez se acababa el agua, no podías beber cartas de póker, por muy valiosa que fuera tu colección. Tampoco podías comer monedas si nadie tenía alimentos que vender. Y así, a partir de un determinado momento, la gente empezó a perder la fe en su dinero. Y a medida que lo iban haciendo, se dio cuenta de que la fe había sido el primer factor que hacía que el dinero tuviera algún valor. Las monedas fueron colapsando, primero en un país, luego en otro. Hubo inflación, deflación, trueques y pillaje a escalas inimaginables, a medida que iban acabándose las cosas.
En la era en que nací, los comentaristas solían equiparar la economía global con un casino. Unas pocas personas obteniendo trillones de dólares, euros y yens a través del comercio de divisas, compañías y operaciones a futuro. Ninguna de estas personas hacía realmente nada útil; simplemente realizaba sus apuestas y, en numerosas ocasiones, obtenía ganancias colosales. Si seguías la cadena económica, podías ver que todo el dinero salía de los bolsillos de la gente común… pero esa es otra historia. De todos modos: toda esa actividad económica dependía de la energía, del transporte y las comunicaciones a escala global, y de la fe en las monedas. A principios del siglo veintiuno el casino quebró. Gradualmente empezó a funcionar una nueva metáfora. Del casino global pasamos a la feria municipal.
Disponiendo de año en año de menos energía, y con monedas inestables lastrando las transacciones, la fabricación y el transporte redujeron su escala. Daba igual lo poco que Nike pagara a sus obreros en Indonesia: una vez que el transporte marítimo alcanzó niveles prohibitivos, los beneficios de la globalización de sus operaciones se desvanecieron. Sólo que Nike no podía simplemente empezar a reconstruir sus fábricas en los Estados Unidos, porque llevaban cerradas décadas. Lo mismo sucedió con todos los demás fabricantes de productos textiles, electrónicos, etc. Toda la infraestructura de fabricación local había sido destruida en aras de la globalización, para producir bienes más baratos y beneficios empresariales mayores. Y ahora reconstruir aquella infraestructura requeriría una ingente inversión financiera y energética, justo cuando el dinero y la energía empezaban a escasear.
Las tiendas estaban vacías. La gente no tenía empleo. ¿Cómo iban a sobrevivir? La única forma de hacerlo era reciclando sin cesar todas las cosas usadas que habían sido fabricadas antes de la crisis de la energía. Al principio, después de los shocks iniciales, que vinieron en forma de oleadas, la gente vendía sus cosas en subastas por internet (cuando había electricidad). Luego, cuando resultó evidente que la falta de un transporte eficiente hacía problemático el aprovisionamiento de bienes, la gente empezó a comerciar con cosas, arreglándolas, usándolas en la medida de lo posible para salir adelante. La cruel ironía era que la mayoría de sus cosas consistían en coches y artefactos electrónicos, que ya nadie podía usar. ¡Eran inútiles! Cualquiera que tuviera herramientas manuales y supiera usarlas podía considerarse rico. Y así sigue siendo.
La civilización industrial ciertamente había producido muchísimas cosas inútiles durante su breve existencia. Durante los últimos cincuenta o sesenta años, la gente ha empezado a desenterrar cualquier montaña artificial que encontrara, en busca de algo que resultara tener alguna utilidad. ¡Qué montones de basura más horribles! Con todos los respetos, siempre me ha costado entender por qué —e incluso cómo— ustedes podían tomar billiones de toneladas de valiosísimos y antiquísimos recursos básicos y convertirlos en montañas de basura maloliente, sin que apenas mediara un período de empleo útil entre ambos. ¿No podrían al menos haber fabricado objetos duraderos y bien diseñados? Debo decir que la calidad de las herramientas, muebles, casas, etc. que hemos heredado de ustedes —y que nos vemos obligados a utilizar, dado que pocos de nosotros podemos permitirnos el lujo de reemplazarlos— es desmoralizadoramente escasa.
Bueno, pido disculpas por estos últimos comentarios. No pretendo ser grosero. En realidad algunas de las herramientas manuales que han quedado son bastante buenas. Pero tienen que entenderme: el estilo industrial de vida al que ustedes se han acostumbrado va a tener terroríficas consecuencias para sus hijos y sus nietos. Vagamente consigo recordar haber visto —cuando era muy joven y tenía quizá cinco o seis años— algunos viejos programas de televisión de la década de 1950: Ozzie and Harriet, Father knows best, Lassie… Retrataban un mundo ingenuo, en el que los niños crecían en pequeñas comunidades rodeados de amigos y familiares. Los adultos, que eran amables y sabios, conseguían resolver con facilidad todos los problemas. Todo parecía estable y benigno.
Cuando yo nací, ese mundo, si es que alguna vez existió, ya había desaparecido hacía tiempo. En los tiempos en que ya tuve edad suficiente para enterarme de mucho de lo que pasaba por todo el mundo, la sociedad parecía empezar a reventar por sus costuras. Empezó con los apagones eléctricos, que al principio era de unas pocas horas. Luego llegó la escasez del gas natural. No sólo fue que pasábamos frío la mayor parte del invierno, sino que además lo de los apagones empeoró dramáticamente porque gran parte de la electricidad se producía a partir de gas natural. Y luego vino la escasez de petróleo y nafta. Llegado ese momento (supongo que sería un adolescente por entonces) la economía estaba hecha jirones y reinaba el caos político.
Cuando estaba saliendo de la adolescencia empezó a desarrollarse una determinada actitud, fácil de identificar, entre la gente joven. Era un sentimiento de gran rabia hacia cualquiera que tuviera más de una determinada edad, tal vez treinta o cuarenta años. Los adultos habían consumido tantos recursos que ahora no quedaba nada para sus propios hijos. Naturalmente, cuando esos adultos habían sido jóvenes se habían limitado a hacer lo que hacía todo el mundo. Les parecía normal talar bosques centenarios para obtener pulpa con la que fabricar guías telefónicas, o consumir hasta el último litro de gasolina para sus derrochadores todoterrenos, o enchufar el aire acondicionado a poco que tuvieran un poco de calor. Para los niños de mi generación todo esto no ocupa más que una nebulosa en su memoria. Lo que nosotros hemos conocido es otra cosa. Nosotros hemos vivido en la oscuridad, con carestía de alimentos y de agua, con saqueos en las calles, con gente pidiendo limosna en las esquinas, con unos fenómenos meteorológicos imprevisibles, con contaminación y basura que ya no pueden ser recogidos y ocultados a la vista. Para nosotros, los adultos eran el enemigo.
En algunos lugares, las guerras entre generaciones siguieron, bajo la forma de resentimientos encubiertos. En otros hubo ataques aleatorios a gente mayor. En otros, existieron purgas sistemáticas. Me avergüenza reconocer que, aunque no ataqué físicamente a gente mayor, sí participé cuando se les insultaba y avergonzaba públicamente. Esa pobre gente —alguna aún bastante joven, vista desde mi edad actual— se sentían tan confundidos y traicionados como nosotros mismos. Ahora sí puedo ponerme en su lugar. Intenten hacer lo mismo: traten de recordar la última vez en que fueron a una tienda a comprar algo y la tienda no lo tenía (este pequeño ejercicio mental constituye realmente un desafío para mí, pues hace décadas que no piso realmente una “tienda” que tenga mucho de nada, pero estoy intentando expresarlo en términos que ustedes puedan entender). ¿Se sintieron frustrados? ¿Se enfadaron pensando: “He recorrido un camino tan largo para esto, y ahora tengo que cruzar la ciudad para ir a otra tienda para conseguirlo”? Bueno, multipliquen esta frustración y esta rabia por cien o por mil. La gente pasaba a diario por estos trances, para cualquier objeto que necesitaran consumir, cualquier servicio, cualquier necesidad burocrática a la que se hubieran acostumbrado. Más aún, esos adultos habían perdido la mayoría de sus pertenencias al reventar la economía. Y ahora pandillas de jovencitos les robaban lo poco que les quedaba, insultándoles al hacerlo. Debió de ser una experiencia devastadora para ellos. Insoportable.
Ahora que yo mismo soy un anciano, me siento más tolerante hacia la gente. Todos estamos intentando sobrevivir, haciendolo lo mejor que podemos.
Supongo que sentirán ustedes curiosidad acerca de lo que ha pasado durante este último siglo, política, guerras, revoluciones, etc. Bueno, les cuento lo que sé, pero hay muchas cosas que desconozco. Durante los últimos sesenta años no hemos tenido nada parecido a una red global de comunicaciones, tal como existía antes. Hay amplias partes del mundo de las que no sé prácticamente nada.
Como podrán imaginar, cuando la escasez de recursos energéticos golpeó a los Estados Unidos y la economía empezó a caer en picado (es curioso que aún use esa expresión: sólo los más viejos entre nosotros, como yo mismo, han visto nunca caer en picado un avión o ni siquiera volar), la gente empezó a enojarse y a buscar a alguien a quién echar las culpas. Naturalmente, el gobierno no quiso ser el culpable, de modo que los bastardos que estaban en el poder (lo siento, sigo sin tener ninguna simpatía hacia ellos) hicieron lo que los líderes políticos siempre han hecho: crearon a un enemigo exterior. Enviaron barcos de guerra, bombarderos, misiles y tanques al otro lado del océano con propósitos de lo más siniestros. A la gente le decían que lo hacían para proteger su “Estilo de Vida Americano”. Bueno, no existía nada sobre la tierra que pudiera conseguirlo. ¡Era el “Estilo de Vida Americano” lo que constituía el problema!
Los generales consiguieron matar unos pocos millones de personas. De hecho pueden haber sido decenas o cientos de millones; los informativos nunca fueron muy claros al respecto, ya que estaban censurados por los militares. Había protestas contra la guerra en las calles, y persecuciones de gente que protestaba contra la guerra: a algunos de ellos los detuvieron y los metieron en campos de concentración. El gobierno se volvió totalmente fascista en sus métodos hacia el final. Existían levantamientos locales, que eran sofocados brutalmente. Pero no sirvió de nada. Las guerras agotaron los escasos recursos que quedaban, y después de cinco años terribles, el gobierno central simplemente se fue a pique. Se le acabó el combustible, por así decirlo.
Hablando de acontecimientos políticos, vale la pena mencionar que en los primeros años de los recortes, las filosofías políticas existentes tenían pocas cosas que ofrecer que realmente fueran útiles. La derecha se dedicaba totalmente a proteger a los ricos de ser avergonzados en público, y a desviar todo el sufrimiento hacia la gente pobre y los chivos expiatorios extranjeros: árabes, norcoreanos, etc., mientras que la izquierda estaba tan acostumbrada a combatir las pequeñas mezquindades empresariales que no era capaz de darse cuenta del hecho de que los problemas a los que se enfrentaba ahora la sociedad no podían ser resueltos mediante la redistribución económica. Personalmente, y como historiador, tiendo a tener más simpatía por la izquierda, porque pienso que la acumulación de riqueza que se estaba produciendo era simplemente obscena. Sospecho que gran parte de sufrimiento podría haberse evitado si toda esa riqueza se hubiera repartido desde el principio: se podría pensar que una vez se les parara el carro a todas las grandes corporaciones y los plutócratas billionarios aligeraran lastre, todo iba a ir bien. Pues bueno, no había manera de que todo fuera a ir bien. Era imposible.
De modo que aquí tenían estas dos facciones políticas combatiéndose a muerte, culpándose mutuamente, mientras todos a su alrededor se morían de hambre o se volvían locos. Lo que la gente realmente necesitaba era un poco de información básica y consejos de sentido común, alguien que le dijera la verdad (que su estilo de vida se estaba acabando) y que le ofreciera unas pocas estrategias de supervivencia colectiva inteligentes.
Mucho de lo que ha sucedido durante el siglo pasado es lo que cabía esperar de acuerdo con las previsiones de sus científicos: hemos visto cambios climáticos dramáticos, extinción de especies y terribles epidemias, tal como los ecologistas del final del siglo anterior habían advertido. No pienso que esto sea motivo de satisfacción para los descendientes de esos ecologistas. Conseguir decir “se los dije” es un consuelo bastante lamentable en esta situación. Los tigres y las ballenas han desaparecido, y probablemente decenas de miles de otras especies; pero nuestra falta de comunicaciones globales fiables hace que sea difícil que alguien sepa qué especies y dónde. Para mí, las aves canoras son un recuerdo grato pero lejano. Supongo que mis colegas en China y en África tendrán largas listas. El cambio climático ha sido un problema real para el cultivo de alimentos, e incluso simplemente para sobrevivir. Nunca sabes de un año para otro qué bandadas de insectos conocidos o desconocidos van a aparecer. Es mucho peor que un desastre; es una amenaza a la vida. Y este es solo uno de los factores que han llevado a la dramática reducción de la población humana en este último siglo.
Mucha gente lo llama La Gran Extinción. Otros lo llaman “La Gran Poda”, “La Purificación”, o “La Gran Limpieza”. Algunos términos son más amables que otros, pero en realidad no hay formas amables de describir los actuales acontecimientos, las guerras, epidemias y hambrunas.
Los alimentos y el agua han constituído importantes factores en todo esto. El agua potable lleva décadas de escasez. Una de las formas de hacer que la gente joven se enoje conmigo es contarles historias de cómo en los viejos tiempos la gente usaba millones de millones de litros de agua para sus céspedes. Cuando les describo cómo funcionaban los retretes, simplemente no lo pueden creer. Algunos piensan que soy un mentiroso. En estos días el agua es un asunto serio. Si la desperdicias, puede que muera alguien.
Hace ya décadas que la gente empezó —por pura necesidad— a aprender a cultivar su propia comida. No todo el mundo tuvo éxito, y hubo mucha hambre. Una de las cosas más frustrantes era la falta de buenas semillas. Muy poca gente entendía algo de ahorrar las semillas de una campaña para otra, de modo que los stocks de semillas existentes se agotaron rápidamente. También existía el gran problema de las modernas variedades híbridas: pocas de las hortalizas de invernadero plantadas producirían buenas semillas para el año siguiente. Las plantas de diseño genético eran incluso peores, causando todo tipo de problemas ecológicos cuyas consecuencias aún seguimos padeciendo, en especial la muerte de abejas y otros insectos beneficiosos. Las semillas de alimentos bien polinizados son como oro en polvo para nosotros.
He viajado a pie y a caballo cuando era más joven, en la década de los cincuenta y los sesenta, y preparamos algunos informes para el mundo exterior. Desde lo que yo he visto y oído, parece que gente de diferentes sitios lo ha conseguido por vías diferentes, y con diversos grados de éxito. Irónicamente, quizá, las etnias indígenas que más se han visto perseguidas por la civilización probablemente sean las que lo estén haciendo mejor. Aún conservaban gran cantidad de conocimientos de cómo vivir en el campo. En algunos sitios, la gente está conviviendo en comunidades rurales improvisadas; otros están intentando sobrevivir en lo que queda de los grandes centros urbanos, rompiendo el hormigón y cultivando lo que pueden al tiempo que reciclan y comercian toda la vieja basura que quedó atrás cuando la gente huyó de las ciudades en los años veinte. Como historiador, una de mis mayores frustraciones es la rápida desaparición del conocimiento. Ustedes tenían la manía de meter la información más importante en medios de almacenamiento electrónico y papel ácido que se está desintegrando rápidamente. Para la mayor parte tenemos fotografías, con imágenes que se van desvaneciendo, algunos libros al azar y revistas destrozadas.
Algunos de nuestros jóvenes miran los anuncios en las viejas revistas y tratan de imaginar cómo habrá sido la vida en un mundo de aviones, electricidad y coches deportivos. ¡Debe de haber sido Utopía, el paraíso! Otros de nosotros no tenemos una visión tan optimista del pasado. Supongo que es parte de mi trabajo como historiador: recordar a todo el mundo que las imágenes de los anuncios eran sólo una cara de la historia; la otra eran la galopante explotación de la naturaleza y de la gente y la ceguera ante las consecuencias, las cuales condujeron a los horrores del siglo pasado.
Ustedes seguramente se asombrarán de que les traiga alguna buena noticia, algo positivo acerca del futuro de su mundo. Bueno, como pasa con la mayoría de las cosas, depende de la perspectiva que adopten. Muchos de los supervivientes aprendieron valiosas lecciones. Aprendieron qué es importante en esta vida y qué no. Aprendieron a atesorar buen suelo, semillas viables, agua limpia, aire sin contaminar, y amigos con los que poder contar. Aprendieron la importancia de hacerse cargo de la propia vida, antes que esperar que se haga cargo cualquier gobierno o empresa. Ahora ya no existen “empleos”, de modo que el tiempo de la gente depende de sí misma. Ahora piensan más por sí solos. En parte como resultado de esto, las viejas religiones han sido dejadas de lado en gran medida, y la gente ha redescubierto la espiritualidad en la naturaleza y en sus comunidades locales. Los niños hoy están ansiosos por aprender y crear su propia cultura. Los traumas del colapso de la civilización industrial son cosa del pasado; eso ahora es historia. Ha comenzado un nuevo día.
¿Podéis cambiar el futuro? No lo sé. Hay todo tipo de contradicciones lógicas inherentes a esa pregunta. Yo mismo apenas acierto a comprender los principios de la física que me están permitiendo transmitirles esta señal. Es posible que a partir de la lectura de esta carta puedan hacer algo que cambie mi mundo. Es posible que puedan salvar un bosque o una especie, o conserven alguna vieja reliquia en forma de semilla, o que contribuyan a prepararse ustedes y el resto de la población para los recortes de energía que les esperan. Mi vida podría cambiar como resultado de ello. Habríamos establecido algún tipo de bucle cósmico entre el pasado y el futuro. Es una cuestión muy interesante, digna de reflexión.
Hablando de la física, quizá debería mencionar que he llegado a aceptar una visión de la historia basada en lo que he leído sobre la teoría del caos. Según dicha teoría, en los sistemas caóticos los pequeños cambios en las condiciones iniciales pueden llevar a grandes cambios en los resultados. Es que la sociedad y la historia del hombre son sistemas caóticos. Si bien lo que la mayoría de la gente hace está determinado por circunstancias materiales, sigue habiendo un margen de maniobra, y lo que hagan puede producir una diferencia significativa en la tendencia descendente. Retrospectivamente parece que la supervivencia humana en el siglo veintiuno dependía de una multiplicidad de pequeños esfuerzos, aparentemente insignificantes, realizados por individuos y grupos marginales en el siglo veinte. El movimiento antinuclear, el movimiento conservacionista, el movimiento en contra de la biotecnología, los movimientos en favor de los alimentos y la agricultura orgánicos, los movimientos de resistencia de los pueblos indígenas, las pequeñas organizaciones dedicadas a la cosecha de semillas… todos ellos han tenido un profundo y positivo impacto sobre los acontecimientos posteriores.
Supongo, hablando en términos lógicos, que si ustedes fueran a cambiar la red de causalidades que ha llevado a mi existencia actual, es posible que algunos acontecimientos pudieran impedir mi presencia aquí. En tal caso, esta carta constituiría la nota de suicidio más extraña de toda la historia…
Pero es un riesgo que estoy dispuesto a correr. ¡Hagan lo que puedan! Y mientras están en ello ¡por favor, trátense con respeto y amabilidad! ¡No dejen de tener en cuenta a nadie, ni a nada!

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

2001: el profano contraataca

Octubre 20, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Por Alejandro Alonso. Publicado en Axxón en 2001.

Adivinen cuál es la nota periodística de moda. ¿Cuál es el lugar común en el que fanáticos de la cf y profanos en el tema se animan a incursionar no una, sino mil veces? Sí, acertaron… Me refiero, obviamente, a esa fibra de revisionismo que obliga a unos y a otros a la comparación entre este 2001 que supimos conseguir y aquel que proyectara en la década del ´60 Arthur Clarke.
Cualquier periodista se siente con derecho a hacer la exégesis de las palabras del escritor. O, peor aún, a hacer la comparativa. Bien, ¡me tienen hasta la coronilla! Pero no es por la razón que ustedes imaginan…
Vamos desde el principio (y aquí renegaré un poco de mis primeras palabras y entraré durante uno o dos párrafos en ese territorio común). Casi cualquier científico que trabaje en la tecnología de reconocimiento del habla natural, ve en HAL 9000 su antecedente más significativo. Lo mismo para quienes desarrollan algoritmos de inteligencia artificial, o interfases más amigables entre máquinas y personas. ¿Tiene sentido entonces comparar lo logrado a la fecha con aquello que Clarke profetizó? ¿No será que todos, de alguna forma, nos vimos influenciados por este modelo y obramos en consecuencia?
En una interesante charla que dio Gregory Benford hace cuatro años en España con motivo de la entrega de los Premios UPC (de hecho aparece publicada completa en el volumen correspondiente a 1996, Ed. Nova, nº 96), el escritor decía: “A menudo los científicos leen ciencia ficción cuando son jóvenes y luego la dejan, pero muchos conservan un lugar para ella en su corazón. Algunos, como yo, hacemos de puente entre ambas comunidades”.
La cuestión, creo yo, no está en comparar arbitrariamente cuánto acertó Clarke (o cualquier otro escritor) acerca de nuestro futuro, sino en entender cabalmente que mucho de nuestro presente fue moldeado por esa ciencia ficción que le precedió. Y este es un punto crucial que separa lo que de ciencia ficción conoce el lego y lo que nosotros, fanáticos del género, sabemos mejor. ¿Confuso?

Empecemos por el principio. ¿De qué hablamos cuando hablamos de ciencia ficción? ¿Cuál es la función y qué es lo que caracteriza a la cf?

Algunos tips:

* La cf no se limita a contar cómo será el futuro. No es futurología. Si bien, a menudo, utiliza ese contexto y ese escenario para contar sus historias. En general la cf cuenta historias que pasan por lo humano, lo social, procesos que pueden (o no) tener su correlato en nuestra propia historia. Piénsenlo de esta manera: si la cf hiciera futurología, entonces sería un fracaso al no haber predicho la magnitud de la Internet y sus consecuencias.

* La cf predice, sí, pero esa es tan solo una función particular del género… y muy estrecha. También advierte, refleja y destaca procesos y situaciones, especula, ensaya, y juega con diversos aspectos de nuestra realidad. En este contexto, deben interpretarse las historias netamente alienígenas o las ucronías. Los límites están establecidos por la verosimilitud y la coherencia interna del relato.

* Trasvasar una aventura de piratas o de vaqueros o una guerra al espacio exterior, no hace mucho por darle magnitud y elevación al género. Pero hay que reconocer que, bien utilizados, son recursos válidos, y fueron elegido en muchas de las historias más interesantes de la cf. Ejemplo de esto es “Tropas del espacio” ó “El juego de Ender”. Incluso la serie “Star Trek”. En esta última, se nos obliga a una suspensión mayor de la realidad (por ejemplo, el hecho evidente de que no habrá en este cuadrante del espacio semejante cantidad de razas antropomórficas). Sin embargo, algunas de las historias de STNG, están indiscutiblemente entre las páginas (televisivas) más notables de la cf.

Y, en este devenir, la literatura moldea la forma en que pensamos. ¿Cuánto hizo la cf por evitar una guerra termonuclear global? ¿Cuánto por aumentar nuestra tolerancia con el que es distinto (y ese periodista incauto, que no vio la metáfora, pensaba que sólo hablaba de marcianitos…)? ¿Cómo podría ser nuestro futuro sin las tres leyes asimovianas de la robótica o el ascensor espacial de Clarke, por citar dos de los ejemplos más conocidos?
Lo más maravilloso es que el lector de cf vive en una suerte de permanente estado de fascinación, en el que reconoce profecías autocumplidas y en el cual, influido por esas ideas, actúa y construye el futuro en su ámbito de influencia.

¿Y qué sigue? “Un mundo feliz”, “Gataca”, “Marte Rojo”, “Blade Runner”…

Decía Charly García (con Serú Girán) en “Mientras miro las nuevas olas”:

Quiero estar en la playa cuando se han ido
los que tapan toda la arena con celofán.
Recordar las estrellas que hemos perdido
y pensar a suerte y verdad nuestro porvenir.
¿Será cómo yo lo imagino
o será un mundo feliz?
Quiero estar convencido después del ruido
descubriendo por qué olvidamos y volvemos a hablar.

Y pensar qué sería de nuestras vidas
cuando el fabricante de mentiras deje de hablar.
Mientras miro las nuevas olas,
yo ya soy parte del mar.

Por un 2001 de cf (y con final feliz), ¡salud!

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

La raíz del problema

Octubre 19, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Que los hombres y las mujeres no nos entendemos es cosa sabida. O, mejor, en realidad, que nosotros no las entendemos a ellas. Desde pequeño he guardado la sospecha de que ellas nos entienden y conocen perfectamente, más de lo que nos entendemos nosotros mismos.
Y gran parte de la falta de conocimiento proviene de los problemas de comunicación. Expliqué hace algún tiempo por qué los hombres no podemos prestar atención a lo que nos dicen las mujeres por más de unos pocos segundos.
Pero hete aquí a este pastor de la Iglesia de la Celebración de Wisconsin, especialista en terapia de pareja, que nos explica mucho mejor algunos temas cerebrales que diferencian a hombres de mujeres, y que explican verdaderamente todos nuestros problemas intergéneros.
Lo hace, además, con un sentido del humor y un histrionismo dignos de mejor causa.
Es un poco largo (10 minutos) pero, como decía el viejo autor judío: “Quien quiera oír, que oiga”.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

Propaganda fallida

Octubre 10, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Del psicólogo argentino Leonardo Bussi:

Como el tiempo pasa mucho más rápido de lo que uno supone, desde hace ya un par de semanas, y antes aún, universidades, colegios, institutos, escuelas, centros educativos, centros culturales y muchos otros similares, publicitan sus ofertas educativas para este año lectivo en diarios, revistas, volantes, afiches y otros medios gráficos.
Y eso me hizo recordar una publicidad callejera que vi hace algunos añas atrás referida a la propuesta de cierta universidad privada. Dicha publicidad hacía una comparación metafórica entre los resultados obtenidos por quienes transitaran sus aulas y los logrados por quienes estudiaran en otro lugar.
Así podía verse en uno de los carteles de la campaña en cuestión referida a la carrera de Ciencias Económicas un ábaco con una leyenda abajo que rezaba “Otras Universidades” y al lado, línea divisoria mediante, una moderna máquina de calcular con un sobreimpreso de letras negras que decía “Nuestra Universidad”.
Creo que la idea es clara: mediante una imagen y una leyenda, la “privada” intentaba explicar el resultado en cuanto a excelencia académica obtenido por sus alumnos comparado con el resultado obtenido por quienes estudiaran en otro sitio.
En otro de esos afiches que hacía referencia a la carrera de Psicología, había una madeja de hilo deshecha, algo desordenada y desprolija, con la misma leyenda de “Otras Universidades”. A su derecha, luego de la línea divisoria, había otra madeja de hilo prolijamente enrollada con la leyenda “Nuestra Universidad”.
Si el ábaco y la calculadora hacían referencia a los resultados obtenidos en sus cálculos por un contador egresado de esa “privada” comparados a los resultados obtenidos en la misma tarea por un profesional egresado de “otras”, uno puede concluir que la madeja de hilo refiere al resultado obtenido con sus pacientes por un egresado de la “privada” comparados con los resultados en la misma tarea por los egresados de “otras”
Verán que he circunscrito la función de los contadores a la realización de cálculos y la de los psicólogos a la clínica obviando otros aspectos posibles de la actividad de ambos, tal es lo que podía ver yo en el afiche y hace a los fines de lo que quiero decir.
En ese momento pensé —y lo pienso ahora también— que las diferencias académicas en líneas generales están siempre más marcadas por diferencias ideológicas que epistemológicas.
Tratando de no embarullarme y mezclar una cosa con otra, pues en más de un sentido la política se imbrica con la educación y lo epistemológico, creo que suponer que el resultado final —si es que se puede hablar de tal cosa— de una terapia psicológica es “devolver” a su ámbito anterior a un paciente, convertido en una madeja de hilo perfectamente prolija y enrollada. Esta es una postura ideológica que ciertamente no comparto.
A mi entender el fin de las Ciencias Sociales debe ser el de cuestionar el orden establecido, el statu quo de una sociedad que se esmera demasiado por producir individuos que son una madeja prolija y ordenada, incapaces de interrogar al poder establecido, y cuyo discurso responde a la perfección al engranaje social que dicho statu quo desea sostener.
Sin dudas la sociedad es el ámbito donde los seres humanos desplegamos nuestro discurso y, siendo la sociedad productora (en muchos sentidos) de ese discurso con el que nos identificamos sin saberlo es, justamente, función de quienes poseen las herramientas para su análisis el denunciar sus vicios.
El malestar en la cultura es un producto de la sociedad, de nuestra sociedad, y supongo que no debe ser parte de los planes de los individuos que padecen de tal mal atravesar un proceso terapéutico con el solo fin de seguir siendo engranajes que encajen nuevamente en esa cultura, en esa sociedad que es la principal causante de sus padecimientos.
Y es por ello que supongo que la expectativa de obtener una nueva mirada respecto de los propios padeceres poco debe tener que ver con el deseo de volverse una madeja de hilo prolijamente enrollada.
Todas las teorías psicológicas serias, sea cual sea la concepción que tienen del sujeto o su conducta, hacen referencia a que no es posible el éxito terapéutico si la posición subjetiva del paciente no se ve conmovida, es decir, si no se deshace de algún modo el armado de la madeja de hilo perfectamente enrollada con la que el paciente llegaba al consultorio, porque no hay que confundirse pensando que un estado de angustia e incluso un estado de confusión neurótica responde a un tipo de desorganización que requiere ser reorganizada, pues es altamente probable que esa desorganización requiera ser profundizada, es decir, hacer que esa confusa madeja de ideas, sensaciones, emociones y sentimientos con los que las personas suelen hallarse al momento de tener que afrontar una crisis, siga su curso.
No creo que la función social de la psicología —insisto: sea cual sea su concepción del sujeto— consista en reinstalar en conformidad con la misma sociedad que produce su padecer a los individuos. Creo firmemente que la función de la psicología y de todas las Ciencias Sociales en general debería ser cuestionar el orden productor de malestares.
Ninguna sociedad ha sido receptiva a los cambios propuestos por las ciencias, ninguna sociedad ha aceptado fácilmente los cuestionamientos propuestos desde los círculos académicos, ni desde ningún otro —seamos sinceros—. Sin embargo todo el mundo opina que la función de la Física debe ser la de aportar nuevos avances y descubrimientos y cuando ellos plantean mayores diferencias con lo establecido mayor, más beneficioso y más revolucionario será el avance.
¿Por qué no somos capaces de suponer el mismo fin de cuestionamiento y avance cultural a la Psicología, la Sociología o la Filosofía por citar solo algunas?
Con cierto orgullo les confieso que he transitado los pasillos de la facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires acompañado por alumnos y profesores que tenían muy en claro que el cuestionamiento de lo establecido responde siempre a la necesidad de construir una sociedad mejor, aunque para ello sea necesario desenrollar todas las madejas de hilo del universo.
Quienes busquen formarse en la producción de madejas perfectamente enrolladas y conformes con el orden reinante, vayan a buscar conocimiento en alguno de esos lugares que prometen hacer nada por nadie.
Eso sí, lo harán con suma prolijidad.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

La verdad sobre el perro

Septiembre 18, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

“Los perros son superiores a los seres humanos como compañeros. No pelean, no discuten con uno. Nunca hablan de sí mismos, sino que escuchan cuando uno habla sobre sí mismo y mantienen la apariencia de estar muy interesados en nuestra conversación”.

Jerome K. Jerome, humorista, escritor y dramaturgo inglés victoriano, criador y propulsor de la raza fox-terrier.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

Lo conseguiste, Diegote

Mirate. ¿No te das lástima a vos mismo? Anoche nos bailó Paraguay. Te lo vengo diciendo desde hace meses. ¿Te sentís bien, traidor? No me molesta hinchar por Portugal —al fin y al cabo mi abuelito era portugués— pero…
¿Por qué nos cagás así?
Sos de lo peor.
Yo voté que vos sacabas 0 puntos en Olé.
Pero ahora te creo.
Chau, Diegote.
Por algo será.
Gracias por dejarnos afuera de un mundial.
Chau.
Chau.
Chau.
Y gracias a todos los giles que me putearon desde hace seis meses cuando yo dije que esto iba a pasar.
Idiotas.
Gracias, Diegote, por ser un traidor antiargentino.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

¡Qué porquería!

Gracias a vos. Gracias. Gracias a tu torpeza, a tu soberbia, a tu inercia, a tu inania, a tu absoluta, supina, mayúscula falta de capacidad, aquí estoy, en un día radiante, sentado en una terminal del Parque Nacional Iguazú, una de las más sorprendentes maravillas naturales del planeta, escribiendo este post.
Mirate en la foto. Mirate sufriendo, llorando, gimiendo, mientras el horrible de Kaká te grita el gol en la trompa.
Lo vengo diciendo desde hace mucho. Ya te lo he advertido desde este y otros medios.
Andate. Andate, Maradona.
No naciste para esto. Así como no podrías bailar “Giselle” en el Kirov, tampoco podés dirigir a la Selección Nacional Argentina.
Nos vas a dejar afuera del Mundial.
¿Es eso lo que querés? ¿Por qué? ¿Qué te hicimos? ¿Cuál es el odio, la ferocidad, la espantosa, abismal crueldad que querés ejercer sobre los argentinos? ¿Querés vengarte de nosotros porque estás resentido? ¿Porque sos petizo, feúcho? ¿Porque tu mujer se fue con otro? ¿Por qué? ¿Por qué estás empeñado en hacernos daño, en destruir una ilusión colectiva, algo que nos hace felices y que deseamos tan hondo, tan de adentro, que te basta con tomar un par de decisiones que todos sabemos que están equivocadas para arrebatárnoslo para siempre?
¿Por qué nos hacés eso? ¿Qué te hicimos? ¿En qué te lastimamos tanto nosotros, que te queríamos como te quisimos, que te llevábamos siempre en nuestras cabezas, en nuestros corazones, en nuestros pechos, en nuestras almas?
¿Por qué nos estás haciendo esta cosa horrible, Maradona?
¿POR QUÉ NO TE VAS DE UNA VEZ?

El Mundial para Argentina posiblemente ya no exista. Estás cumpliendo con tus deseos. Estás logrando lo que querías.
OK. Hacelo, si querés.
Pero si entre tus objetivos figurase por un solo momento la intención de evitar entrar en la historia para siempre como el hombre que dejó a la nación afuera de un mundial porque sí, porque quiso, por deseo destructivo, por maldad…
Andate ahora. Renunciá ya.
Porque los que —cuando te mirábamos antes— veíamos al pibe atorrante, villerito, habilidoso, que nos llenaba los ojos de fútbol y alegría, hoy solo vemos en tu rostro abotagado la máscara espantosa del fracaso.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

Exaltación

Por Alejandro Alonso

Después de quince años, ayer volví a ver “Amadeus”, la película de Milos Forman sobre la vida de Mozart, sobre la obra original de Peter Shaffer. Bien, sirva esto a modo de excusa: habiendo visto la película ayer tarde, la idea que intento exponer apenas ha tenido tiempo de ser esbozada. Los que me conocen están acostumbrados a este tipo de balbuceos, veamos qué sale de todo esto.
Sí, la película. Amadeus. Es maravillosa. Cuando tenía catorce o quince años atribuí esa maravilla a la acción, al ritmo impuesto a las escenas por la música, al incomparable conflicto central (Salieri tiene la vocación divina, pero no el talento; Mozart tiene el talento, pero el tipo es un “tiro al aire”: borracho y lujurioso), a la composición de los personajes… Sin embargo, aún hace quince años, yo sabía que había algo más, algo que no supe y que hoy puedo expresar con palabras. Esperemos que no sean muchas.
¿Qué tienen en común esta película y la aclamada “Como agua para chocolate” —dirigida por Sánchez Arau, 1991—; o con la novela “El perfume” de Patrick Süskind —1985—; o con la novela de Arthur Clarke, “Cita con Rama” o con el cuento largo “La persistencia de la visión” de John Varley?
Este punto en común es el que no pude expresar a mis quince y hoy propongo que descubramos. Un trabajo policial, casi.
Hagamos una pequeña enumeración de los hechos salientes, para refrescar la memoria. Seré un tanto bestial al acotar y resumir argumentos, pero quiero llegar al punto en común, no me importan los atajos.

Para leer el artículo completo, click aquí.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads


IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog