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Diciembre 7, 2009 | Por mdossantos | Claves: amor, biología, cumpleaños, evolución, fórmulas, leonardo bussi, marcelo dos santos, natural, origen, relaciones, selección, vida | # Enlace permanente
Por el psicólogo argentino Leonardo Bussi. Las notas me pertenecen.
Varias veces debo haber repetido que soy un hombre que gusta mucho de las fórmulas.
Una fórmula es un modo de expresión que suele resumir una hipótesis, o toda la serie de enunciados que conducen a la conclusión de un razonamiento.
Una fórmula puede ser la culminación de un razonamiento lógico o matemático, o puede ser también un modo de enunciar un sentimiento (”Te amo” es un ejemplo) o una idea cualquiera bajo el precepto que su expresión posea una cierta universalidad, de modo que la misma sea comprendida por su destinatario de un modo más o menos unívoco y sin que dicha universalidad implique valor de verdad al razonamiento.
“Las pastas engordan” es un ejemplo de una fórmula discutible pero fórmula en fin.
Para la literatura esto funciona del mismo modo: “Había una vez” es el preludio casi necesario a la introducción de cualquier cuento infantil clásico, así como: “Y vivieron felices por siempre” su lógica conclusión; otros dos tipos de fórmulas.
En líneas generales no suelo releer lo que escribo, porque ello me conduce a la decepcionante conclusión que todo lo que digo está plagado de “fórmulas” que nunca llegan a expresar lo que deseo ni del modo en que me gustaría hacerlo, al margen de otras impresentables faltas.
Soy reiterativo y torpe, muchas veces comienzo del mismo modo, y, lo que es peor, hablo de cosas muy disímiles usando los mismos ejemplos y el mismo lenguaje cosa que, desde cualquier aspecto de la semántica y la sintaxis, suena casi imposible. Pero bien, hoy, por ser mi cumpleaños (1), les pido cierta tolerancia respecto de esta poco feliz prosodia.
Y justamente por tratarse de esta fecha y quizás a modo de conjuro es que, al igual que lo hice el año pasado para esta época, quisiera hablar de la vida.
Comienzo entonces con ese redundante y poco preciso modo por el que acabo de excusarme, usando esa especie de “Había una vez” con la que suelo introducirme de lleno en ciertos asuntos:
Nadie sabe cómo, exactamente cuándo ni por qué apareció en nuestro planeta la vida.
De acuerdo a las investigaciones modernas, se especula con que hace aproximadamente unos 3.900 millones de años se dieron, en algún lugar y por razones que se desconocen, las condiciones necesarias para la aparición de los primeros organismos que pueden ser considerados seres vivos.
Así como el año pasado hablábamos de la dificultad que representaba definir con precisión el momento del inicio de la vida para cualquier organismo y a pesar de lo que nos dice el sentido común al respecto, existen toda una serie de dificultades también para definir exactamente lo que es la vida.
En líneas generales se considera que un ser está vivo si cumple ciertos requisitos tales como: organización celular, capacidad de reproducción o replicación, capacidad de alimentación, capacidad de producción de energía y capacidad de homeostasis, rasgo clave para esta definición, pues es la capacidad homeostática lo que permite la regulación de todos los mecanismos físicoquímicos presentes en cualquier organismo considerado vivo.
También podríamos definir la vida por su opuesto o su negación, aunque aquí hay un inconveniente, pues no hay un término preciso que defina esta oposición, al margen del término “inorgánico”, siendo la muerte es un estado que surge posteriormente a la aparición de la vida, un tipo de equilibrio homeostático y termodinámico diferente.
Dicho de otro modo, la muerte puede ser considerada un estado evolutivo de la vida; la evolución por cierto forma también parte del concepto definitorio de la vida, pero la muerte no es la negación de la vida: es, insisto, un estado diferente.
Existen ciertos organismos que en muy buena medida cumplen con varias de las condiciones mencionadas pero que no poseen autonomía metabólica, cuyas características homeostáticas están en discusión, y su existencia está sujeta a la existencia de otro organismo que los soporte, tal es el caso de los virus.
Sin embargo y bajo esta misma consideración podríamos decir que todos los seres vivos superiores, nosotros por ejemplo, somos organismos parasitarios cuya regulación homeostática y termodinámica depende de otros seres vivos.
Pero volviendo al surgimiento de la vida en nuestro mundo, la misma se creó gracias a la conjunción de algunos átomos básicos que son los que conforman todos los modos de vida conocidos hasta el momento.
Cuando se dice que la vida conocida está hecha a base de carbono, lo que se dice es que el elemento distintivo presente en todas las moléculas vivas es el carbono. Hay otro elemento fundamental en la estructura de la vida, el hidrógeno, pero el mismo no es tomado como elemento definitorio de la vida terrestre, pues por tratarse del elemento más común en el universo es probable que se encuentre en absolutamente todas las estructuras orgánicas sean estas del lugar del cosmos que sean.
De hecho se suele especular con que es probable que en otras regiones lejanas a nuestro planeta exista otro tipo de vida basada en el silicio (2), elemento que sin dudas, para crear dichas formas, se asociará con el hidrógeno y algunos otros átomos comunes en todo el universo.
Los átomos de carbono al igual que muchos otros átomos que componen la estructura fundamental de la vida, provienen de los diferentes procesos de fusión que se generan en los núcleos de las estrellas cuyas incalculables temperaturas hacen que de átomos livianos como el hidrógeno, por ejemplo, surjan átomos más pesados tales como el carbón o el nitrógeno.
Esto significa que sin dudas fue muy lejos de nuestro mundo donde se formaron los componentes básicos de la vida, y quizás también haya sido en algún lugar remoto del universo donde haya nacido la vida que, transportada por un meteorito o un cometa, terminó evolucionando hacia lo que actualmente somos.
Si esa unión de elementos se formó en nuestro mundo, es probable que dicho proceso se haya realizado espontáneamente en más de un lugar a la vez.
Pero no hay dudas de que debe haber habido un primer lugar en el cual los primeros átomos formaron el primer organismo vivo, ese lugar es el principio de todo lo que vive y evoluciona: ese lugar mítico es sin dudas la cuna de la vida.
Es probable que la primera biomolécula creada haya vivido una fracción de tiempo muy pequeña pues el ajuste de los mecanismos homeostáticos que regulan la existencia de cualquier organismo deben haber llevado millones de años de perfeccionamiento. Comparando la edad de la aparición de esa primera molécula que fue hace, como dije antes, unos 3.900 millones años (3), los 41 años que cumplo hoy parecen una minucia. Sin embargo la historia de la vida de todos y cada uno de los seres existentes en la actualidad tiene la misma edad que la creación, pues estamos formados de la misma materia de la que está hecha todo el universo.
Considerando que el planeta tiene 4.500 millones de años y comparando la historia del mundo con un reloj de 12 horas, los seres humanos, habríamos aparecido recién en los últimos 2 segundos, también una pequeñez en la historia cósmica.
Igualmente hoy no voy a preocuparme por estas cositas, máxime considerando que tengo planes para vivir para siempre y no estoy hablando de una metáfora, aunque lo parezca.
Pero hoy terminamos acá y otro día hablaremos de la inmortalidad… una especie fórmula del tipo de “Y vivieron felices por siempre” con el que concluye nuestra historia de hoy.
NOTAS:
1: Texto publicado originalmente el 4 de abril de 2008.
2: Viejo tópico de la ciencia ficción, pero que científicamente es un grave error. El Buen Doctor (que, entre otras cosas, tenía un grado universitario en química) ha demostrado, en su soberbio ensayo The One and Only que la vida basada en el silicio es imposible. Pero ha ido más allá: también ha demostrado que toda la vida, terrestre o extraterrestre solo puede estar basada en el carbono. No importa cuánta vida extraterrestre descubramos, toda ella necesariamente será vida de carbono. Es el único elemento químico capaz de sustentar la vida.
3: En realidad, el momento exacto en que se originó la vida es desconocido. Fue en algún punto entre hace 4.400 y 2.700 millones de años. En todo caso, fue muy rápido (en términos geológicos), casi podría decirse que apenas se formó la Tierra, 4570 millones de años atrás.




geads
Octubre 28, 2009 | Por mdossantos | Claves: economía, efecto mariposa, hambres, hambrunas, hongos, inflacion, leonardo bussi, marcelo dos santos, mariposas, micosis, papas, patatas, plagas, precios, tomates | # Enlace permanente
Por el psicólogo argentino Leonardo Bussi.
Hace tiempo hablamos del Efecto Mariposa, tratando de explicar ciertos asuntos referidos a la entropía y el tiempo. Hoy nos valdremos del mismo ardid para tratar de entender por qué aumentó un 350% el precio de las papas.
Pero… hagamos un salto hacia atrás y comencemos por el principio del asunto.
Todo empezó la semana pasada, cuando estaba haciendo las compras, una de las tareas domésticas que mayor placer me produce o solía producirme antes del vértigo actual que siento al notar como aumentan casi a diario la mayoría de las cosas.
Estaba en la verdulería del supermercado tratando de elegir verdura fresca (empresa que no recomiendo), cuando recordé una vieja polémica referida al tomate.
Hace muchos años jugábamos con un grupo reducido de amigas y amigos al tutti frutti, cuando se armó una discusión que fue dirimida varios días después de concluida la partida.
Recordemos que Piaget realizó innumerables estudios referidos al modo en que se construyen las categorías y las series matemáticas y lingüísticas, demostrando empíricamente cómo, a medida que el individuo va desarrollándose, van creciendo las posibilidades de formar clasificaciones y agrupaciones de mayor complejidad y abstracción.
Cuando uno es más chico y comienza a jugar al tutti frutti, los rubros por los que compite son las cuatro o cinco categorías básicas que se estila emplear en el mismo: animales, vegetales, lugares, personajes famosos, etcétera.
Pero a medida que uno crece, el desafío en el juego toma otras características: las cuatro o cinco categorías básicas se transforman mediante subdivisiones en un interminable catálogo de clasificaciones.
“Animales” pasa a ser: “animales terrestres, marinos, mamíferos, vertebrados”; “vegetales” pasa a ser: “frutas, verduras, hortalizas”; “ciudades, países, provincias”, por “lugares”, etcétera.
Y claro que a medida que el juego se complica, comienzan las polémicas referidas a la adecuada pertenencia de tal o cual sustantivo a determinado grupo.
En esa partida de la que les hablaba la polémica surgió en torno al tomate dado que una de las participantes lo colocó en la categoría “frutas”, cuestión que objeté del mismo modo que se me había objetado a mí la colocación de Persia en el rubro “países”, bajo el argumento de que no era lícito colocar nombres de lugares o regiones que no figuraban actualmente en el mapa (Persia en su gran mayoría es hoy día Irán).
Días después, el asunto quedó aclarado llegándonos la iluminación libro mediante: el tomate es una fruta cuyas particulares características lo hacen especialmente apto de ser combinado con sal y materias grasas, también es excelente complemento de otras verduras y al ser cocinado con especias adquiere una textura y un sabor irreemplazable.
Por tratarse de una fruta, entonces, su sabor es tan intenso que debe incluirse en las ensaladas cortado en trozos más bien pequeños y es por ello que los tomates cherry tienen tanto éxito, pues el gusto dulzón del mismo se combina con un tamaño óptimo.
Pero en la góndola los tomates estaban en medio de hortalizas y tubérculos, no junto a las frutas; de allí mi fugaz recuerdo, que se disipó al posar mis ojos en el cartelito indicador del precio de las papas, el cual ascendía a la friolera de $ 5,50.
La papa es un producto originario de América, el cual, cuando los primeros navegantes comenzaron a robarlo y “exportarlo” tuvo una destacada participación en los platos de reyes y nobles europeos.
Y así como el trigo, producto traído a América por los mismos navegantes, encontró en nuestro continente suelos totalmente aptos para su producción, la papa halló en los suelos europeos terreno fértil para su existencia. Pasó entonces de la mesa de reyes, príncipes y ricos a ser uno de los principales alimentos del pueblo.
Y esto sucedió porque la producción de papas se masificó al igual que la de otros tubérculos, dado que los mismos son mucho más resistentes a ciertas inclemencias climáticas que los vegetales de hoja o tallos y que la mayoría de los frutales.
Sin embargo, y ahora sí volviendo al Efecto Mariposa que mencioné más arriba, hay cuestiones que son muy complicadas de determinar de antemano.
No solo el clima y las producción de paradojas del tiempo están sujetos a variaciones en sus efectos a partir de variaciones en las causas: con el precio de los alimentos sucede lo mismo. Es por ello que la economía suele ser uno de los sistemas complejos que mejor dan cuenta de la imposibilidad de contemplar todas las variables que entran en juego para la determinación de un resultado.
La mayoría de los economistas que suelen hacer pronósticos referidos al futuro o a la evolución de la economía contemplan más dentro de su discurso la defensa de los intereses de los grupos a los que representan antes que un análisis completo de todas las variables que entran en juego para determinar el rumbo de la economía. Esto es lo que sucedió con el “Efecto Tequila” y el “Efecto Vodka”, que hacían referencia a crisis económicas en México y Rusia respectivamente, la década pasada. Nadie imaginó la posibilidad de que un desmadre en los mercados mexicanos afectara a nuestro país, y la razón de ello fue que no se prestó atención a todas las variables posibles de contemplar, algo que hasta puede llegar a sonar lógico.
La papa, rica en calorías y gran productora de saciedad, se había convertido en uno de los principales alimentos de la gente tiempo atrás. Pero sucedió algo que nadie había pensado podía suceder: una plaga (Phytophthora infestans) terminó con el 90% de la producción de tubérculos en Inglaterra, lo que hizo que su precio ascendiera de modo astronómico, precio que la nobleza podía seguir y siguió pagando, pero para el pueblo ese alimento básico en su dieta se convirtió en inaccesible. La hambruna subsiguiente diezmó a más de dos millones de personas en el siglo XIX.
Pero ¡atención!, que no solo el clima y la falta de previsión hacen variar los precios, la especulación económica y política y el ánimo de enriquecimiento desmedido influyen también de modo determinante en el asunto.
Así que veamos dónde comprar y qué comprar, porque sin dudas son las personas las que juegan uno de los papeles más importantes en éste extraño cúmulo de cuestiones que moldean el futuro.
Ofuscado, decidí que no volvería a comer papas hasta que sucediera algo que hiciera que su valor fuera nuevamente accesible y me retiré en silencio hacia la góndola del pescado cuyo exorbitante precio me hizo acordar de que…
Bien, lo hablamos otro día.




geads
Octubre 26, 2009 | Por mdossantos | Claves: calentamiento, caos, catastrofe, crisis, cultivos, ecologica, economica, energética, epidemias, filosofia, global, guerras, hambres, marcelo dos santos, richard heinberg, siglo, xx, xxi, xxii | # Enlace permanente
por Richard Heinberg.
¡Os saludo, gentes del año 2001! Están viviendo en el año en que nací; yo cuento ahora cien años, y les escribo desde el año 2101. Estoy haciendo uso de los últimos remanentes de la física avanzada que los científicos desarrollaron durante la era de ustedes, para enviarles este mensaje electrónico, que envío al pasado para que les llegue a sus redes informáticas. Espero que lo reciban, y que les proporcione motivos para detenerse y reflexionar sobre su mundo y las medidas a adoptar teniéndolo en cuenta.
De mí mismo sólo contaré lo que es necesario contar: soy un sobreviviente. He tenido una suerte extraordinaria en multitud de ocasiones y de muchas maneras, y considero que es una especie de milagro que pueda estar hoy aquí componiendo este mensaje. He pasado gran parte de mi vida intentando labrarme una carrera como historiador, pero las circunstancias de la vida me han obligado a aprender y practicar los oficios de agricultor, forrajeador, guerrillero, ingeniero, y ahora físico. Mi vida ha sido larga y azarosa … pero no he hecho todos estos esfuerzos para transmitiros esto. Son todos los acontecimientos que he presenciado durante este siglo lo que me siento obligado a contarles de esta forma tan extraordinaria.
Están ustedes viviendo el final de una era. Quizá no lo entiendan. Espero que cuando hayan terminado de leer esta misiva lo comprendan.
Quiero contarles lo que es importante que conozcan, aunque es posible que les parezca que alguna de esta información es difícil de digerir. Les ruego que tengan paciencia conmigo. Soy un hombre viejo, y no me queda tiempo para detalles amables. Si lo que les cuento les resulta increíble, considérenlo como ciencia ficción. Pero, por favor: presten atención. El artilugio comunicativo que estoy usando es bastante inestable y no hay mucha seguridad de cuánto de lo que les cuente consiga alcanzarles. Por favor: pasen esta información a los demás. Probablemente sea el único mensaje de este tipo que reciban jamás.
Como no sé cuánta información voy a poder transmitirles empezaré con los temas más importantes, los que sean de mayor utilidad para que puedanentender hacia dónde se dirige el mundo de ustedes…
La energía ha sido el principio organizador central —¿o debería decir desorganizador?— de los siglos XIX y XX. La gente descubrió nuevas fuentes de energía —carbón, y más tarde petróleo— en el siglo diecinueve, y luego inventó todo género de nuevas tecnologías para usar esta energía recién descubierta. El transporte, la manufactura, la agricultura, la iluminación, la calefacción, todos sufrieron una revolución, y los resultados alcanzaron hasta lo más profundo de las vidas de todos en el mundo civilizado. Todo el mundo se volvió profundamente dependiente de nuevos artilugios; de los alimentos traídos de lejos y fertilizados con productos químicos; de medicamentos elaborados mediante síntesis químicas y a partir de procesos industriales dependientes de combustibles fósiles; de la misma idea del crecimiento perpetuo (después de todo, siempre sería posible producir más energía para el transporte y las manufacturas, ¿no?). Pues bien, si los siglos XIX y XX representaron la parte ascendente de la curva de crecimiento, este siglo pasado ha sido la parte descendente, la caída en picado. Debería haber resultado perfectamente obvio para todo el mundo que las fuentes de energía con las que contaban eran agotables. Sin embargo, de algún modo, esta idea nunca penetró muy profundo. Supongo que es porque la gente tiende a acostumbrarse a un determinado estilo de vida, y a partir de ese momento ya no le presta demasiada consideración. Lo mismo pasa hoy también. La gente joven ahora nunca ha conocido ninguna cosa realmente diferente; nuestro estilo de vida les parece de lo más natural —escarbando entre los restos de la civilización industrial en busca de cualquier cosa que pueda tener una utilidad inmediata— como si fuera esta la forma en la que la gente hubiera vivido siempre, como si esta hubiera sido la forma a la que aspirábamos a vivir. Es por eso por lo que siempre me ha atraído la historia, de modo que pudiera obtener alguna perspectiva de las sociedades humanas y cómo cambian con el tiempo. Pero me estoy yendo por las ramas.
¿Dónde me había quedado…? Sí, la crisis de la energía. Bueno, todo comenzó más o menos en el momento en que nací. La gente entonces pensaba que iba a ser breve, que se trataba tan sólo de un problema técnico o político, que pronto todo volvería a la normalidad. No se paraban a pensar que “normal”, en un sentido histórico amplio, suponía vivir de la energía solar entrante y del crecimiento vegetativo de la biosfera. Perversamente, pensaban que “normal” significaba poder utilizar la energía fósil como si no existiera el mañana. Y supongo que casi dejó de existir ese mañana. Fue la clásica profecía autocumplida… casi.
Primeramente mucha gente pensó que los cortes podrían ser resueltos con “tecnología”. Lo cual, retrospectivamente, resulta bastante absurdo. Después de todo, todos sus modernos artefactos habían sido inventados para emplear una abundancia temporal de energía. No producían energía. Si, claro, estaban los reactores nucleares (¡Dios mío, esos aparatos resultaron ser una pesadilla!), pero costaban tanta energía para construirlos y desmantelarlos que apenas compensaban la energía que consumían con la que producían durante toda su vida útil. Lo mismo sucedía con los paneles fotovoltaicos; parece que nadie se detuvo nunca a calcular cuánta energía se necesitaba realmente para fabricarlos, empezando por los microchips de silicio. Resultó que la fabricación de los paneles consumía casi tanta energía como la que producían los propios paneles durante su vida útil. Sin embargo, se construyeron unos cuantos —¡ojalá se hubieran construido más!— y muchos de ellos aún funcionan (son los que ahora mismo están alimentando el sistema que me permite enviarles esta señal desde el futuro). La energía solar era una buena idea; el principal motivo de su retroceso simplemente fue que era incapaz de satisfacer la voracidad energética de los hábitos de la gente. Al agotarse los combustibles fósiles, ninguna tecnología podría haber mantenido los estilos de vida a los que la gente se había acostumbrado. Sin embargo, tardaron bastante en darse cuenta. Su patética fe en la tecnología resultó tener un carácter religioso, como si sus artefactos fueran objetos votivos que los conectaran con un dios invisible pero omnipotente, capaz de invertir las leyes de la termodinámica.
Naturalmente algunos de los primeros efectos de la disminución de la energía tomaron la apariencia de recesiones económicas, seguidas de depresiones sin fin. Los economistas habían estado operando sobre la base de su propia religión —una fe absoluta e inconmovible en el Dios Mercado— y en la ley de la oferta y la demanda. Pensaron que si el petróleo empezaba a acabarse, el precio subiría, ofreciendo incentivos a la investigación de energías alternativas. Pero los economistas nunca se tomaron la molestia de reflexionar a fondo. Si lo hubieran hecho, se habrían dado cuenta de que la reconversión total de la infraestructura energética de una sociedad necesitaría décadas, mientras que pudiera ser que la señal que el precio emitía por la disminución de la energía tardara tan sólo unas semanas o meses antes de que se necesitara el hipotético reemplazo. Más aún, deberían haberse dado cuenta de que para los recursos energéticos de base no existen reemplazos.
Los economistas sólo sabían pensar en términos de dinero: las necesidades básicas como el agua y la energía sólo aparecían en sus cálculos en términos de su costo monetario, lo que hacía que funcionalmente fueran intercambiables por cualquier otra cosa a la que se pudiera poner un precio: naranjas, aviones, diamantes, cartas de póker, cualquier cosa. No obstante, si se analiza a fondo, se ve que los recursos básicos en absoluto eran intercambiables con otros: una vez se acababa el agua, no podías beber cartas de póker, por muy valiosa que fuera tu colección. Tampoco podías comer monedas si nadie tenía alimentos que vender. Y así, a partir de un determinado momento, la gente empezó a perder la fe en su dinero. Y a medida que lo iban haciendo, se dio cuenta de que la fe había sido el primer factor que hacía que el dinero tuviera algún valor. Las monedas fueron colapsando, primero en un país, luego en otro. Hubo inflación, deflación, trueques y pillaje a escalas inimaginables, a medida que iban acabándose las cosas.
En la era en que nací, los comentaristas solían equiparar la economía global con un casino. Unas pocas personas obteniendo trillones de dólares, euros y yens a través del comercio de divisas, compañías y operaciones a futuro. Ninguna de estas personas hacía realmente nada útil; simplemente realizaba sus apuestas y, en numerosas ocasiones, obtenía ganancias colosales. Si seguías la cadena económica, podías ver que todo el dinero salía de los bolsillos de la gente común… pero esa es otra historia. De todos modos: toda esa actividad económica dependía de la energía, del transporte y las comunicaciones a escala global, y de la fe en las monedas. A principios del siglo veintiuno el casino quebró. Gradualmente empezó a funcionar una nueva metáfora. Del casino global pasamos a la feria municipal.
Disponiendo de año en año de menos energía, y con monedas inestables lastrando las transacciones, la fabricación y el transporte redujeron su escala. Daba igual lo poco que Nike pagara a sus obreros en Indonesia: una vez que el transporte marítimo alcanzó niveles prohibitivos, los beneficios de la globalización de sus operaciones se desvanecieron. Sólo que Nike no podía simplemente empezar a reconstruir sus fábricas en los Estados Unidos, porque llevaban cerradas décadas. Lo mismo sucedió con todos los demás fabricantes de productos textiles, electrónicos, etc. Toda la infraestructura de fabricación local había sido destruida en aras de la globalización, para producir bienes más baratos y beneficios empresariales mayores. Y ahora reconstruir aquella infraestructura requeriría una ingente inversión financiera y energética, justo cuando el dinero y la energía empezaban a escasear.
Las tiendas estaban vacías. La gente no tenía empleo. ¿Cómo iban a sobrevivir? La única forma de hacerlo era reciclando sin cesar todas las cosas usadas que habían sido fabricadas antes de la crisis de la energía. Al principio, después de los shocks iniciales, que vinieron en forma de oleadas, la gente vendía sus cosas en subastas por internet (cuando había electricidad). Luego, cuando resultó evidente que la falta de un transporte eficiente hacía problemático el aprovisionamiento de bienes, la gente empezó a comerciar con cosas, arreglándolas, usándolas en la medida de lo posible para salir adelante. La cruel ironía era que la mayoría de sus cosas consistían en coches y artefactos electrónicos, que ya nadie podía usar. ¡Eran inútiles! Cualquiera que tuviera herramientas manuales y supiera usarlas podía considerarse rico. Y así sigue siendo.
La civilización industrial ciertamente había producido muchísimas cosas inútiles durante su breve existencia. Durante los últimos cincuenta o sesenta años, la gente ha empezado a desenterrar cualquier montaña artificial que encontrara, en busca de algo que resultara tener alguna utilidad. ¡Qué montones de basura más horribles! Con todos los respetos, siempre me ha costado entender por qué —e incluso cómo— ustedes podían tomar billiones de toneladas de valiosísimos y antiquísimos recursos básicos y convertirlos en montañas de basura maloliente, sin que apenas mediara un período de empleo útil entre ambos. ¿No podrían al menos haber fabricado objetos duraderos y bien diseñados? Debo decir que la calidad de las herramientas, muebles, casas, etc. que hemos heredado de ustedes —y que nos vemos obligados a utilizar, dado que pocos de nosotros podemos permitirnos el lujo de reemplazarlos— es desmoralizadoramente escasa.
Bueno, pido disculpas por estos últimos comentarios. No pretendo ser grosero. En realidad algunas de las herramientas manuales que han quedado son bastante buenas. Pero tienen que entenderme: el estilo industrial de vida al que ustedes se han acostumbrado va a tener terroríficas consecuencias para sus hijos y sus nietos. Vagamente consigo recordar haber visto —cuando era muy joven y tenía quizá cinco o seis años— algunos viejos programas de televisión de la década de 1950: Ozzie and Harriet, Father knows best, Lassie… Retrataban un mundo ingenuo, en el que los niños crecían en pequeñas comunidades rodeados de amigos y familiares. Los adultos, que eran amables y sabios, conseguían resolver con facilidad todos los problemas. Todo parecía estable y benigno.
Cuando yo nací, ese mundo, si es que alguna vez existió, ya había desaparecido hacía tiempo. En los tiempos en que ya tuve edad suficiente para enterarme de mucho de lo que pasaba por todo el mundo, la sociedad parecía empezar a reventar por sus costuras. Empezó con los apagones eléctricos, que al principio era de unas pocas horas. Luego llegó la escasez del gas natural. No sólo fue que pasábamos frío la mayor parte del invierno, sino que además lo de los apagones empeoró dramáticamente porque gran parte de la electricidad se producía a partir de gas natural. Y luego vino la escasez de petróleo y nafta. Llegado ese momento (supongo que sería un adolescente por entonces) la economía estaba hecha jirones y reinaba el caos político.
Cuando estaba saliendo de la adolescencia empezó a desarrollarse una determinada actitud, fácil de identificar, entre la gente joven. Era un sentimiento de gran rabia hacia cualquiera que tuviera más de una determinada edad, tal vez treinta o cuarenta años. Los adultos habían consumido tantos recursos que ahora no quedaba nada para sus propios hijos. Naturalmente, cuando esos adultos habían sido jóvenes se habían limitado a hacer lo que hacía todo el mundo. Les parecía normal talar bosques centenarios para obtener pulpa con la que fabricar guías telefónicas, o consumir hasta el último litro de gasolina para sus derrochadores todoterrenos, o enchufar el aire acondicionado a poco que tuvieran un poco de calor. Para los niños de mi generación todo esto no ocupa más que una nebulosa en su memoria. Lo que nosotros hemos conocido es otra cosa. Nosotros hemos vivido en la oscuridad, con carestía de alimentos y de agua, con saqueos en las calles, con gente pidiendo limosna en las esquinas, con unos fenómenos meteorológicos imprevisibles, con contaminación y basura que ya no pueden ser recogidos y ocultados a la vista. Para nosotros, los adultos eran el enemigo.
En algunos lugares, las guerras entre generaciones siguieron, bajo la forma de resentimientos encubiertos. En otros hubo ataques aleatorios a gente mayor. En otros, existieron purgas sistemáticas. Me avergüenza reconocer que, aunque no ataqué físicamente a gente mayor, sí participé cuando se les insultaba y avergonzaba públicamente. Esa pobre gente —alguna aún bastante joven, vista desde mi edad actual— se sentían tan confundidos y traicionados como nosotros mismos. Ahora sí puedo ponerme en su lugar. Intenten hacer lo mismo: traten de recordar la última vez en que fueron a una tienda a comprar algo y la tienda no lo tenía (este pequeño ejercicio mental constituye realmente un desafío para mí, pues hace décadas que no piso realmente una “tienda” que tenga mucho de nada, pero estoy intentando expresarlo en términos que ustedes puedan entender). ¿Se sintieron frustrados? ¿Se enfadaron pensando: “He recorrido un camino tan largo para esto, y ahora tengo que cruzar la ciudad para ir a otra tienda para conseguirlo”? Bueno, multipliquen esta frustración y esta rabia por cien o por mil. La gente pasaba a diario por estos trances, para cualquier objeto que necesitaran consumir, cualquier servicio, cualquier necesidad burocrática a la que se hubieran acostumbrado. Más aún, esos adultos habían perdido la mayoría de sus pertenencias al reventar la economía. Y ahora pandillas de jovencitos les robaban lo poco que les quedaba, insultándoles al hacerlo. Debió de ser una experiencia devastadora para ellos. Insoportable.
Ahora que yo mismo soy un anciano, me siento más tolerante hacia la gente. Todos estamos intentando sobrevivir, haciendolo lo mejor que podemos.
Supongo que sentirán ustedes curiosidad acerca de lo que ha pasado durante este último siglo, política, guerras, revoluciones, etc. Bueno, les cuento lo que sé, pero hay muchas cosas que desconozco. Durante los últimos sesenta años no hemos tenido nada parecido a una red global de comunicaciones, tal como existía antes. Hay amplias partes del mundo de las que no sé prácticamente nada.
Como podrán imaginar, cuando la escasez de recursos energéticos golpeó a los Estados Unidos y la economía empezó a caer en picado (es curioso que aún use esa expresión: sólo los más viejos entre nosotros, como yo mismo, han visto nunca caer en picado un avión o ni siquiera volar), la gente empezó a enojarse y a buscar a alguien a quién echar las culpas. Naturalmente, el gobierno no quiso ser el culpable, de modo que los bastardos que estaban en el poder (lo siento, sigo sin tener ninguna simpatía hacia ellos) hicieron lo que los líderes políticos siempre han hecho: crearon a un enemigo exterior. Enviaron barcos de guerra, bombarderos, misiles y tanques al otro lado del océano con propósitos de lo más siniestros. A la gente le decían que lo hacían para proteger su “Estilo de Vida Americano”. Bueno, no existía nada sobre la tierra que pudiera conseguirlo. ¡Era el “Estilo de Vida Americano” lo que constituía el problema!
Los generales consiguieron matar unos pocos millones de personas. De hecho pueden haber sido decenas o cientos de millones; los informativos nunca fueron muy claros al respecto, ya que estaban censurados por los militares. Había protestas contra la guerra en las calles, y persecuciones de gente que protestaba contra la guerra: a algunos de ellos los detuvieron y los metieron en campos de concentración. El gobierno se volvió totalmente fascista en sus métodos hacia el final. Existían levantamientos locales, que eran sofocados brutalmente. Pero no sirvió de nada. Las guerras agotaron los escasos recursos que quedaban, y después de cinco años terribles, el gobierno central simplemente se fue a pique. Se le acabó el combustible, por así decirlo.
Hablando de acontecimientos políticos, vale la pena mencionar que en los primeros años de los recortes, las filosofías políticas existentes tenían pocas cosas que ofrecer que realmente fueran útiles. La derecha se dedicaba totalmente a proteger a los ricos de ser avergonzados en público, y a desviar todo el sufrimiento hacia la gente pobre y los chivos expiatorios extranjeros: árabes, norcoreanos, etc., mientras que la izquierda estaba tan acostumbrada a combatir las pequeñas mezquindades empresariales que no era capaz de darse cuenta del hecho de que los problemas a los que se enfrentaba ahora la sociedad no podían ser resueltos mediante la redistribución económica. Personalmente, y como historiador, tiendo a tener más simpatía por la izquierda, porque pienso que la acumulación de riqueza que se estaba produciendo era simplemente obscena. Sospecho que gran parte de sufrimiento podría haberse evitado si toda esa riqueza se hubiera repartido desde el principio: se podría pensar que una vez se les parara el carro a todas las grandes corporaciones y los plutócratas billionarios aligeraran lastre, todo iba a ir bien. Pues bueno, no había manera de que todo fuera a ir bien. Era imposible.
De modo que aquí tenían estas dos facciones políticas combatiéndose a muerte, culpándose mutuamente, mientras todos a su alrededor se morían de hambre o se volvían locos. Lo que la gente realmente necesitaba era un poco de información básica y consejos de sentido común, alguien que le dijera la verdad (que su estilo de vida se estaba acabando) y que le ofreciera unas pocas estrategias de supervivencia colectiva inteligentes.
Mucho de lo que ha sucedido durante el siglo pasado es lo que cabía esperar de acuerdo con las previsiones de sus científicos: hemos visto cambios climáticos dramáticos, extinción de especies y terribles epidemias, tal como los ecologistas del final del siglo anterior habían advertido. No pienso que esto sea motivo de satisfacción para los descendientes de esos ecologistas. Conseguir decir “se los dije” es un consuelo bastante lamentable en esta situación. Los tigres y las ballenas han desaparecido, y probablemente decenas de miles de otras especies; pero nuestra falta de comunicaciones globales fiables hace que sea difícil que alguien sepa qué especies y dónde. Para mí, las aves canoras son un recuerdo grato pero lejano. Supongo que mis colegas en China y en África tendrán largas listas. El cambio climático ha sido un problema real para el cultivo de alimentos, e incluso simplemente para sobrevivir. Nunca sabes de un año para otro qué bandadas de insectos conocidos o desconocidos van a aparecer. Es mucho peor que un desastre; es una amenaza a la vida. Y este es solo uno de los factores que han llevado a la dramática reducción de la población humana en este último siglo.
Mucha gente lo llama La Gran Extinción. Otros lo llaman “La Gran Poda”, “La Purificación”, o “La Gran Limpieza”. Algunos términos son más amables que otros, pero en realidad no hay formas amables de describir los actuales acontecimientos, las guerras, epidemias y hambrunas.
Los alimentos y el agua han constituído importantes factores en todo esto. El agua potable lleva décadas de escasez. Una de las formas de hacer que la gente joven se enoje conmigo es contarles historias de cómo en los viejos tiempos la gente usaba millones de millones de litros de agua para sus céspedes. Cuando les describo cómo funcionaban los retretes, simplemente no lo pueden creer. Algunos piensan que soy un mentiroso. En estos días el agua es un asunto serio. Si la desperdicias, puede que muera alguien.
Hace ya décadas que la gente empezó —por pura necesidad— a aprender a cultivar su propia comida. No todo el mundo tuvo éxito, y hubo mucha hambre. Una de las cosas más frustrantes era la falta de buenas semillas. Muy poca gente entendía algo de ahorrar las semillas de una campaña para otra, de modo que los stocks de semillas existentes se agotaron rápidamente. También existía el gran problema de las modernas variedades híbridas: pocas de las hortalizas de invernadero plantadas producirían buenas semillas para el año siguiente. Las plantas de diseño genético eran incluso peores, causando todo tipo de problemas ecológicos cuyas consecuencias aún seguimos padeciendo, en especial la muerte de abejas y otros insectos beneficiosos. Las semillas de alimentos bien polinizados son como oro en polvo para nosotros.
He viajado a pie y a caballo cuando era más joven, en la década de los cincuenta y los sesenta, y preparamos algunos informes para el mundo exterior. Desde lo que yo he visto y oído, parece que gente de diferentes sitios lo ha conseguido por vías diferentes, y con diversos grados de éxito. Irónicamente, quizá, las etnias indígenas que más se han visto perseguidas por la civilización probablemente sean las que lo estén haciendo mejor. Aún conservaban gran cantidad de conocimientos de cómo vivir en el campo. En algunos sitios, la gente está conviviendo en comunidades rurales improvisadas; otros están intentando sobrevivir en lo que queda de los grandes centros urbanos, rompiendo el hormigón y cultivando lo que pueden al tiempo que reciclan y comercian toda la vieja basura que quedó atrás cuando la gente huyó de las ciudades en los años veinte. Como historiador, una de mis mayores frustraciones es la rápida desaparición del conocimiento. Ustedes tenían la manía de meter la información más importante en medios de almacenamiento electrónico y papel ácido que se está desintegrando rápidamente. Para la mayor parte tenemos fotografías, con imágenes que se van desvaneciendo, algunos libros al azar y revistas destrozadas.
Algunos de nuestros jóvenes miran los anuncios en las viejas revistas y tratan de imaginar cómo habrá sido la vida en un mundo de aviones, electricidad y coches deportivos. ¡Debe de haber sido Utopía, el paraíso! Otros de nosotros no tenemos una visión tan optimista del pasado. Supongo que es parte de mi trabajo como historiador: recordar a todo el mundo que las imágenes de los anuncios eran sólo una cara de la historia; la otra eran la galopante explotación de la naturaleza y de la gente y la ceguera ante las consecuencias, las cuales condujeron a los horrores del siglo pasado.
Ustedes seguramente se asombrarán de que les traiga alguna buena noticia, algo positivo acerca del futuro de su mundo. Bueno, como pasa con la mayoría de las cosas, depende de la perspectiva que adopten. Muchos de los supervivientes aprendieron valiosas lecciones. Aprendieron qué es importante en esta vida y qué no. Aprendieron a atesorar buen suelo, semillas viables, agua limpia, aire sin contaminar, y amigos con los que poder contar. Aprendieron la importancia de hacerse cargo de la propia vida, antes que esperar que se haga cargo cualquier gobierno o empresa. Ahora ya no existen “empleos”, de modo que el tiempo de la gente depende de sí misma. Ahora piensan más por sí solos. En parte como resultado de esto, las viejas religiones han sido dejadas de lado en gran medida, y la gente ha redescubierto la espiritualidad en la naturaleza y en sus comunidades locales. Los niños hoy están ansiosos por aprender y crear su propia cultura. Los traumas del colapso de la civilización industrial son cosa del pasado; eso ahora es historia. Ha comenzado un nuevo día.
¿Podéis cambiar el futuro? No lo sé. Hay todo tipo de contradicciones lógicas inherentes a esa pregunta. Yo mismo apenas acierto a comprender los principios de la física que me están permitiendo transmitirles esta señal. Es posible que a partir de la lectura de esta carta puedan hacer algo que cambie mi mundo. Es posible que puedan salvar un bosque o una especie, o conserven alguna vieja reliquia en forma de semilla, o que contribuyan a prepararse ustedes y el resto de la población para los recortes de energía que les esperan. Mi vida podría cambiar como resultado de ello. Habríamos establecido algún tipo de bucle cósmico entre el pasado y el futuro. Es una cuestión muy interesante, digna de reflexión.
Hablando de la física, quizá debería mencionar que he llegado a aceptar una visión de la historia basada en lo que he leído sobre la teoría del caos. Según dicha teoría, en los sistemas caóticos los pequeños cambios en las condiciones iniciales pueden llevar a grandes cambios en los resultados. Es que la sociedad y la historia del hombre son sistemas caóticos. Si bien lo que la mayoría de la gente hace está determinado por circunstancias materiales, sigue habiendo un margen de maniobra, y lo que hagan puede producir una diferencia significativa en la tendencia descendente. Retrospectivamente parece que la supervivencia humana en el siglo veintiuno dependía de una multiplicidad de pequeños esfuerzos, aparentemente insignificantes, realizados por individuos y grupos marginales en el siglo veinte. El movimiento antinuclear, el movimiento conservacionista, el movimiento en contra de la biotecnología, los movimientos en favor de los alimentos y la agricultura orgánicos, los movimientos de resistencia de los pueblos indígenas, las pequeñas organizaciones dedicadas a la cosecha de semillas… todos ellos han tenido un profundo y positivo impacto sobre los acontecimientos posteriores.
Supongo, hablando en términos lógicos, que si ustedes fueran a cambiar la red de causalidades que ha llevado a mi existencia actual, es posible que algunos acontecimientos pudieran impedir mi presencia aquí. En tal caso, esta carta constituiría la nota de suicidio más extraña de toda la historia…
Pero es un riesgo que estoy dispuesto a correr. ¡Hagan lo que puedan! Y mientras están en ello ¡por favor, trátense con respeto y amabilidad! ¡No dejen de tener en cuenta a nadie, ni a nada!

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