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Tres hombres en un bote (por no mencionar al perro) (12)

Por Jerome K. Jerome. Traducción de Marcelo Dos Santos. Todas las notas me pertenecen.

Capítulo VI
KINGSTON. INSTRUCTIVAS NOTAS SOBRE HISTORIA ANTIGUA DE INGLATERRA. INSTRUCTIVAS OBSERVACIONES SOBRE EL ROBLE TALLADO Y LA VIDA EN GENERAL. EL TRISTE CASO DE STIVVINGS JUNIOR. PENSAMIENTOS SOBRE LAS ANTIGÜEDADES. ME OLVIDO DE QUE ESTOY AL TIMÓN. INTERESANTES RESULTADOS. EL LABERINTO DE HAMPTON COURT. HARRIS COMO GUÍA.

Era una mañana gloriosa de fines de la primavera o principios del verano, como ustedes quieran llamarlo, cuando el encantador brillo del césped y el follaje se vuelve más profundo; y cuando el año parece una bella y joven doncella, temblando con extraños y tímidos pulsos por causa de su próxima femineidad.
Las encantadas callejuelas de Kingston, cuando se asoman al borde de las aguas, lucían tan pintorescas en la brillante luz del sol, con el espejado río y sus reposadas barcazas, el sombreado camino de sirga, las cuidadas aldeas de la orilla opuesta, Harris, con un blazer rojo y anaranjado, gruñéndoles a los remos, las sombras distantes del viejo palacio gris de los Tudor, todo ello hacía una soleada postal, tan brillante pero calma, tan llena de vida y aún así tan pacífica, que yo, siendo tan temprano como era, caí en un ensueño lleno de profundos pensamientos.
Y pensé en Kingston, Kyningestum, como se la llamó una vez, en los tiempos en que los reyes sajones eran coronados allí. El gran César cruzó el río en Kingston, y las legiones romanas acamparon en sus altas laderas. César, como años más tarde la Reina Isabel, aparentan haber estado en todas partes: solo que él era más respetable que la buena de la Reina Bess; él no iba a los pubs.
Ella se volvía loca por los bares, la Reina Virgen de Inglaterra. Apenas hay un pub en un radio de diez millas de Londres donde no haya sido vista, o donde no se haya detenido, o donde no se haya quedado dormida un día u otro. Yo creo que, suponiendo que Harris —por decirlo de alguna manera— diera vuelta la página y se transformara en un gran, buen hombre, y llegara a ser Primer Ministro, y muriera, los pubs que frecuentaba quedarían llenos de placas y carteles: “Harris se tomó una cerveza en esta casa”; “Harris se bebió dos whiskys fríos aquí en el verano del ´88″; “A Harris lo echaron de aquí en diciembre de 1886″.
¡No! ¡Serían demasiados! Los que se harían famosos serían los bares adonde nunca había entrado: “Única taberna del sur de Londres en la cual Harris nunca vino a tomar nada”, y la gente correría allí para ver cuál pudo haber sido el motivo.
¡Cuánto debe haber odiado a Kyningestum el pobre débil mental del Rey Edwy (1)! El festín de coronación debe haber sido demasiado para él. Tal vez la cabeza de jabalí rellena con fresas de junio (2) le cayera mal (sé que a mí me caería mal) y acaso ya tuviera suficiente de saqueos y alcohol (3), así que se escabulló de la ruidosa orgía para robar algunas horas de paz bajo el claro de luna con su amada Elgiva.
Los imagino de pie en la ventana, las manos entrelazadas, mirando el reflejo de la luna sobre el suave río, mientras les llegaban, suavizados por la distancia, los tumultos y sonidos discordantes de la fiesta.
Entonces, los brutales Odo y St. Dunstan violentaron la puerta con rudeza e ingresaron a la silenciosa habitación (4), arrojaron descomedidos insultos a la reina de dulce faz, y arrastraron a Edwy de nuevo, hacia el fuerte clamor del festín alcohólico.
Años más tarde, al sonido de la música de batalla, los reyes sajones y las fiestas sajonas fueron enterrados uno al lado del otro, y la grandeza de Kingston murió durante un tiempo, para renacer cuando Hampton Court se convirtió en el palacio de los Tudor y los Estuardo, y las barcas reales fueron remolcadas desde las orillas del río, y los galanes de brillantes mantos se paraban en la costanera para gritar con altanería: “¡Eh, del barco! ¡Por los clavos de Cristo, muchas gracias!” (5).
Muchas de las antiguas casas de los alrededores, hablan llanamente de aquellos días en que Kingston era un burgo real, y el largo camino hasta los portales de palacio se alegraba todo el día con el repiqueteo del acero y los palafrenes rampantes, y las revoloteantes sedas y terciopelos, y los bellos rostros. Las grandes y espaciosas casas, con sus persianas en las ventanas, sus enormes chimeneas, sus panoplias enjoyadas y sus complicados juramentos, fueron edificadas en los tiempos en que los hombres sabían construir. Los duros ladrillos rojos no han hecho sino asentarse mejor con los años, y las escalinatas de roble no crujen ni gruñen cuando uno intenta bajarlas en silencio.
Hablando de escaleras de robles, recuerdo que hay una, magníficamente tallada, en una de las grandes casas de Kingston. Hoy en día es un negocio en medio del mercado, pero evidentemente fue una vez la mansión de algún poderoso personaje. Un amigo mío, que vive en Kingston, entró a comprar un sombrero cierto día, y, en un momento de confusión, puso la mano en el bolsillo y lo pagó allí y en ese momento.
El comerciante (que conoce a mi amigo) se quedó naturalmente un poco sorprendido al principio, pero, recuperándose rápidamente, y sintiendo que debía hacer algo para procurar que momentos como ese se repitieran, le preguntó a nuestro héroe si le gustaría ver algo de roble tallado de excelsa calidad. Mi amigo dijo que sí, y el encargado lo llevó al fondo del negocio y escaleras arriba hasta la vivienda. Las balaustradas era una soberbia pieza de artesanía, y toda la escalera estaba cubierta de paneles de roble tallado que no hubieran estado fuera de lugar en un palacio.
De la escalera pasaron a la sala de estar, un salón amplio y bien iluminado, decorado con un vibrante aunque divertido empapelado de fondo azul. No había nada fuera de lo habitual, por lo demás, respecto del apartamento, y mi amigo comenzó a preguntarse por qué lo habían llevado allí. El propietario golpeó el papel, que devolvió un claro sonido a madera.
—Roble— explicó. —Todo roble tallado, hasta el mismo techo, tal como el que usted vio en la escalera.
—Pero, ¡por César, hombre!— estalló mi amigo —¿Quiere decir que cubrió todo el roble tallado con ese papel azul?
—Sí,— fue la respuesta —y me salió bien caro. Hubo que taparlo con chapas de madera primero, por supuesto. Pero ahora el cuarto es más alegre. Antes era excesivamente triste.
En realidad, no podría decir que culpo a aquel hombre (lo que sin duda lo tranquilizará mucho). Desde su punto de vista, que sería el del propietario promedio, deseoso de tomar la vida tan a la ligera como sea posible, y no del tipo del maniático de tiendas de antigüedades, la razón estaba de su lado. El roble tallado es muy bello a la vista durante un rato, pero no hay duda de que es en cierta forma deprimente para aquellos que no lo aprecian. Sería como vivir en la nave de una iglesia.
No, lo que era triste en ese caso era que al hombre no le importaba el roble tallado, y sin embargo tenía una casa entera cubierta de él, mientras que gente a la que le encantaba debía pagar sumas enormes para poseer un poco. Esta parece ser la regla en nuestro mundo. Cada persona tiene lo que no quiere, y otros poseen lo que ella quiere.
Hombres casados tienen esposas y no parecen quererlas, y los jóvenes solteros lloran porque no pueden conseguirlas. La gente pobre, que a duras penas puede mantenerse, tiene ocho niños saludables, y parejas de ancianos ricos, que no tienen a quién dejar su dinero, mueren sin hijos.
Y allí tienen a las chicas con los hombres. Las mujeres que les gustan a los hombres no quieren hombres. Dicen que estarían mejor sin ellos, que les molestan, que por qué no van y se enamoran de Miss Smith o Miss Brown, que son flacas y viejas y nunca han tenido ningún novio. Ellas no quieren amantes. No se van a casar nunca.
No hay que profundizar en estas cosas: uno se pone triste.
En nuestra escuela había un niño. Solíamos llamarlo Sandford y Merton (6), pero su nombre real era Stivvings. Era el muchacho más extraordinario que yo haya conocido. Creo que de verdad le gustaba estudiar. Metía miedo cuando se sentaba en la cama y leía griego, y sencillamente no había manera de mantenerlo alejado de los verbos irregulares franceses. Estaba lleno de ideas estrambóticas y antinaturales acerca de ser un orgullo para sus padres y un honor para la escuela, y tenía grandes deseos de ganar premios, y crecer y ser un hombre sabio y otros pensamientos igualmente retardados. Nunca conocí una criatura semejante, tan inofensiva como un niño no nacido.
Bueno, ese muchacho solía enfermarse más o menos dos veces por semana, así que no podía ir a la escuela. Nunca hubo un niño que se enfermara tanto como ese Sandford y Merton. Si había alguna enfermedad conocida en diez millas a la redonda de él, él la tenía, y en su forma más agresiva. Tenía bronquitis en plena canícula y fiebre del heno en Navidad. Después de un mes y medio de sequía, le agarraba fiebre reumática. Salía en un día neblinoso de noviembre y volvía con insolación.
Le dieron gas hilarante durante un año, pobrecito, y le sacaron todos los dientes y le pusieron una dentadura postiza porque sufría de terribles dolores de muelas; luego de eso, el dolor de muelas se convirtió en neuralgia y dolor de oídos. Nunca lo veíamos sin un resfrío, excepto durante las nueve semanas que tuvo escarlatina, y siempre sufría de sabañones y congelación. Durante la gran epidemia de cólera de 1871 nuestro vecindario se vio singularmente libre de ella. Solo hubo un caso denunciado en toda la parroquia: ese caso fue el joven Stivvings.
Cuando estaba enfermo tenía que quedarse en cama y comer pollo y crema pastelera y pasas de uva; y se quedaba allí tirado y llorando porque no lo dejaban hacer ejercicios de latín y le arrancaban de las manos la gramática alemana.
Y nosotros, los demás chicos, que hubiéramos sacrificado diez períodos de nuestra vida escolar por la gracia de estar enfermos un solo día, y no teníamos deseo alguno de dar a nuestros padres ninguna excusa para enorgullecerse de nosotros, ni siquiera nos agarrábamos una tortícolis. Andábamos por las corrientes de aire y nos hacían bien y nos refrescaban; y comíamos cosas que hacen daño y nos engordaban y nos abrían el apetito. No se nos ocurría nada que nos pusiera enfermos hasta que comenzaban las vacaciones. Entonces, el último día de clases, nos engripábamos y teníamos tos convulsa y toda clase de desórdenes, que nos duraban hasta que el año escolar recomenzaba; cuando, a pesar de todas nuestras maniobras en contrario, repentinamente nos poníamos bien de nuevo, y mejor que nunca.
Así es la vida; somos como césped cortado, colocado en un horno y puesto a secar.

Continuará…

NOTAS:

1: Eadwig el Hermoso, rey sajón de la Casa de Wessex, hijo y sucesor del Rey Edmundo. Los nobles no querían la relación con Elgiva (Æthelgifu) que J. va a describir enseguida. Eadwig murió el 1º de octubre de 959 d.C. Tenía tan solo 19 años.

2: En el original, sugar-plum: guillomo del Canadá, cornillo, saskatun o carrasquilla (Amelanchier canadensis). He elegido el sinónimo vulgar menos extraño para nosotros.

3: Mead, especie de aguamiel alcohólica hecha con miel fermentada.

4: Esta anécdota, si bien repetida por numerosos historiadores ingleses, no ha sido demostrada cierta.

5: Mucho más encantadora en el original: “What Ferry, ho! Gadzooks, gramercy.”. Esta frase en inglés moderno temprano hubiera hecho las delicias de Tolkien. Gadzooks es un eufemismo por God´s hooks, los clavos de Cristo. Pero no era educado mencionar el instrumento de tortura que mató a Jesús, por eso reemplazaban God por Gad. Gramercy es la versión anglicanizada del francés grand merci, “grandes mercedes” o “muchas gracias”.

6: Referencia al libro para niños de Thomas Day The History of Sandford and Merton, increíblemente popular durante los siglos XVIII y XIX. Trata de un joven aristócrata indolente y descuidado, que finalmente llega a la virtud tomando como modelo de vida al hijo de un campesino.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


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Tres hombres en un bote (por no mencionar al perro) (11)

Por Jerome K. Jerome. Traducción de Marcelo Dos Santos. Todas las notas me pertenecen.

El clima es algo que me sobrepasa. Nunca he logrado entenderlo. El barómetro es inútil: es tan engañoso como el reporte del diario.
Había uno colgado en un hotel de Oxford donde estuve la primavera pasada. Cuando llegué, marcaba “bueno estable”. Afuera diluviaba, como había hecho durante todo el día, y yo no podía creer lo que veía. Le di unos golpecitos, y la aguja saltó para señalar “muy seco”. El lustrabotas pasó y se quedó mirándolo, y dijo que esperaba que se estuviera refiriendo al día siguiente. Yo imaginaba que se refería a la semana anterior, pero el lustrabotas dijo que no, que él no lo creía.
Le di otro golpecito a la mañana siguiente, y subió todavía más, mientras la lluvia caía con más fuerza que nunca. El miércoles lo fui a ver de nuevo, y la aguja se movía alternativamente entre “bueno estable”, “muy seco” y “muy caluroso”, hasta que el tope la detuvo y no pudo seguir subiendo. Hizo todo lo que pudo, pero el instrumento estaba construido de tal manera que no podía pronosticar buen tiempo con más entusiasmo que como lo estaba haciendo sin romperse. Era evidente que hubiera querido hacerlo si hubiese podido, y anunciar sequía, escasez de agua, insolación, simún y cosas así, pero el tope al extremo de la escala se lo impedía, debiendo conformarse con un sencillo e insuficiente “muy seco”.
Mientras tanto, la lluvia seguía cayendo en forma torrencial, el río se había desbordado y toda la parte baja de la ciudad estaba bajo el agua.
El limpiabotas dijo que era obvio que habría un prolongado período de buen tiempo alguna vez, y leyó en voz alta el poema que estaba impreso encima de nuestro oráculo, que decía:

“Lo predicho hace tiempo, dura mucho;
lo revelado poco ha, pronto pasa.”

El buen tiempo jamás llegó ese verano. Yo creo que la máquina debe haber estado hablando de la primavera siguiente.
Después están esos barómetros nuevos, los largos y finos. No les encuentro ni pies ni cabeza. De un costado muestran el tiempo a las 10 de la mañana de ayer, y del otro el de las 10 de hoy, pero no siempre puede uno estar allí a las diez para enterarse. Se eleva o baja para indicar lluvia o tiempo bueno, con mucho o poco viento, y en un extremo dice “Nly” y en el otro “Ely” (¿qué tiene que ver Ely con todo esto? (1)), y, si uno le da unos golpecitos, no hace nada. Y tienes que corregirlo para el nivel del mar, y reducir la temperatura a grados Fahrenheit, y aún así no sé lo que dice.
Al fin y al cabo, ¿quién quiere que le pronostiquen el tiempo? Ya es suficientemente horrible cuando llega, como para aumentar nuestra miseria diciéndonoslo por adelantado. El pronosticador que a mí me gusta es el viejo que, en una mañana particularmente oscura de cierto día en que particularmente deseamos que esté lindo, mira a su alrededor con su ojo adiestrado, y dice:
—Oh, no, señor. Yo pienso que va a despejar. Sí, va a despejar y será un hermoso día, señor.
—¡Ah! ¡Este sabe!— decimos, y le deseamos un buen día, y salimos. —¡Es una maravilla lo que saben estos viejos!
Y sentimos hacia él un afecto que no se empequeñece por el hecho de que no solo NO despeja, sino que continúa lloviendo con pertinacia todo el día.
—Y, bueno…— decimos, —su intención fue buena.
Para el hombre que nos vaticina mal tiempo, por el contrario, nuestro corazón guarda solo pensamientos amargos y vengativos.
—¿Cree que aclarará?— le gritamos al pasar, alegremente.
—Bueno, no, señor. Me parece que va a estar así todo el día.— responde, meneando la cabeza.
—¡Viejo estúpido!— murmuramos —¿Qué sabrá él?— Y, si el arúspice demuestra haber estado en lo correcto, regresamos sintiendo aún más rencor hacia él, y albergando la vaga sospecha de que, de una u otra manera, todo ha sido culpa suya.
Era un día brillante y soleado el de esta mañana, a pesar de la escalofriante lectura de George acerca de “presión en descenso, perturbaciones atmosféricas pasando en línea oblicua sobre Europa Meridional” y demás que tanto nos había hecho enojar más temprano, y así, viendo que no podía quebrar nuestro ánimo y dándose cuenta de que estaba perdiendo el tiempo, en un descuido me robó el cigarrillo que yo había liado y salimos.
Entonces Harris y yo, habiendo terminado con unas pocas cosas que quedaban sobre la mesa, cargamos el equipaje hasta la calle y esperamos por un taxi.
Parecía un equipaje respetable, cuando pusimos todo junto. Estaba la Gladstone y otra maleta más pequeña, y los dos canastos, y un gran rollo de lona, y unos cuatro o cinco abrigos y sobretodos, y unos cuantos paraguas, y había un melón solo en una bolsa, porque era demasiado voluminoso para ir en ninguna otra parte, y un par de kilos de uvas en otra bolsa, y una sombrilla de papel japonés, y la sartén, que también era demasiado grande y terminamos envolviendo en papel madera.
Parecía demasiado, y Harris y yo comenzamos a sentirnos avergonzados, aunque no puedo decir por qué motivo. No pasaba ningún taxi, pero sí muchachos, y se empezaron a interesar por nuestro show, y se detenían.
El primero que llegó fue el chico de Biggs (2). Biggs es nuestro verdulero, y su principal talento es contratar los servicios de los chicos más relajados, faltos de principios y vagabundos que nuestra civilización haya logrado producir hasta el momento. Si aparece algo más vulgar y vil que lo común en la cosecha de muchachos de nuestro vecindario, es seguro que se trata de la última adquisición de Biggs.
Me dijeron que, en el tiempo del asesinato de la calle Great Coram (3), todos en nuestra cuadra pensaban que había sido el chico de Biggs (el que Biggs tenía ese año). La comisaría 19 lo detuvo, y si no hubiera sido, luego de un severo interrogatorio, capaz de probar una coartada perfecta, lo hubiera pasado muy mal. No conocí al repartidor de Biggs de aquellos tiempos, pero, por lo que he visto de ellos desde entonces, yo no hubiera prestado mucha atención a su coartada.
El muchacho de Biggs, como iba diciendo, apareció doblando la esquina. Era evidente que estaba muy apurado cuando vio el cuadro por primera vez, pero, al observarnos a Harris y a mí, y a Montmorency, y a las cosas, aflojó el paso y se detuvo a mirarnos. Harris y yo lo miramos con cara de pocos amigos, pero los muchachos de Biggs son tradicionalmente muy poco sensibles al lenguaje gestual. Se paró a un metro de nosotros, y, eligiendo una pajita para masticar, nos clavó la mirada. Evidentemente pensaba que el espectáculo iba a valer la pena.
Un minuto después, el chico del almacén pasó por la vereda de enfrente. El de la verdulería lo saludó:
—¡Hey! ¡Los de la planta baja del 42 se mudan!
El del almacén cruzó la calle, y tomo posición del otro lado de la puerta. Luego se detuvo el jovencito de la zapatería, y se unió a Biggs, mientras que el peón de “Los postes azules” ocupaba una posición independiente en nuestro auditorio.
—Estos no se van a morir de hambre, ¿no?— dijo el caballero de la zapatería.
—¡Ah! Es que tienes que llevar contigo una cosa o dos— respondió el de “Los postes azules” —, si vas a cruzar el Atlántico en un botecito.
—No van a cruzar el Atlántico.— intervino el de Biggs. —Van a buscar a Stanley (4).
A esta altura, se había reunido una pequeña multitud, y las personas se preguntaban unas a otras de qué se trataba. Un bando (la porción más joven y mentecata de la muchedumbre) sostenía que se trataba de una boda y señalaban a Harris como el novio; mientras que los más viejos e inteligentes de entre el populacho se mostraban más inclinados a apoyar la idea de que era un funeral, y que probablemente yo era el hermano del cadáver.
Al final, apareció un taxi vacío (en una calle en donde, como norma general, cuando uno no está esperando un taxi, pasan a un promedio de tres por minuto, y se detienen, y estorban), y, subiendo a bordo nuestras pertenencias y arrojando de él a los dos amigos de Montmorency, que evidentemente habían jurado no abandonarlo jamás, nos alejamos entre la hilaridad de la muchedumbre, mientras el chico de Biggs nos arrojaba una zanahoria para que nos trajera suerte.
Llegamos a Waterloo (5) a las once, y preguntamos de qué plataforma salía el tren de las once y cinco. Por supuesto, nadie lo sabía; nadie en Waterloo sabe núnca de dónde sale un tren determinado, ni a dónde va una vez que ha partido, ni nada que tenga nada que ver con ello. El maletero que se hizo cargo de nuestras cosas creía que por el andén dos, pero otro maletero con quien discutió el asunto, dijo que había escuchado el rumor de que lo haría por el uno. El jefe de estación, por su parte, estaba convencido de que lo haría por la vía de los trenes locales.
Para ponerle fin a la cuestión, subimos las escaleras y le preguntamos directamente al jefe de tráfico, quien nos dijo que acababa de encontrarse con un hombre que le había dicho que había visto el tren en la plataforma tres. Fuimos a la plataforma tres, pero los responsables de la formación nos explicaron que estaban casi seguros de que se trataba del Expreso de Southampton, o si no, el de ida y vuelta a Windsor. Pero estaban seguros de que no era el tren de Kingston, aunque no podían explicar el porqué.
Entonces, nuestro maletero dijo que pensaba que debía ser el que estaba por salir de la plataforma elevada, que creía que conocía el tren. Entonces fuimos a la plataforma elevada, y hablamos con el maquinista, y le preguntamos si iba a Kingston. Dijo que por supuesto no podía decirlo con certeza, pero que creía que sí. De cualquier modo, si no era el de las 11:05 a Kingston, estaba bastante seguro de que era el de las 9:32 a Virginia Water, o el expreso de las 10 en punto a la Isla de Wight, o para alguna parte en esa dirección, y que ya nos enteraríamos cuando llegáramos. Le pusimos una moneda de media corona en la mano y le imploramos que fuera el de las 11:05 a Kingston.
Le dijimos:
—En esta línea nadie sabe quién es ni adónde va. Usted conoce el camino. Salga sin hacerse notar y vaya a Kingston.
El noble caballero respondió:
—Bueno, no sé, señores. Pero supongo que algún tren tiene que ir a Kingston, y yo lo haré. Dénme la media corona.
Así que llegamos a Kingston en el Ferrocarril del Sudoeste.
Después supimos que el tren que nos había llevado era, en realidad, el correo de Exeter, y que lo habían estado buscando en Waterloo durante horas, sin saber qué había sido de él.
Nuestro bote nos estaba esperando en Kingston justo debajo del puente, y hacia él nos dirigimos, y acomodamos nuestro equipaje, y abordamos.
—¿Todo bien, señor?— preguntó el hombre.
—Muy bien.— respondimos, y con Harris a los remos y yo a la maniobra, y Montmorency, descontento y profundamente suspicaz a proa, zarpamos por fin, hacia las aguas que serían nuestro hogar por los siguientes quince días.

Continuará…

NOTAS:

1: “Nly” significa Northerly (”viento norte”) y “Ely” Easterly (”viento del este”), pero el autor simula no saberlo, y por eso hace el juego de palabras con el nombre propio.

2: Cebada, de la que se usa para elaborar cerveza.

3: El autor se refiere al brutal homicidio de la prostituta de 27 años Harriet Buswell, alias Clara Burton, ocurrido en la Nochebuena de 1872. Un médico alemán fue acusado, pero una coartada le permitió salir en libertad. Hasta el día de hoy no se ha podido identificar al asesino, cuyo accionar representa un antecedente directo de los sangrientos hechos que Jack el Destripador perpetraría 16 años más tarde. Junto al cadáver destrozado de Buswell se encontraron bolsas con manzanas, naranjas y nueces. J. aprovecha esta circunstancia para relacionar al repartidor de la verdulería con el crimen.

4: Henry Morton Stanley, célebre explorador inglés del África, famoso por haber rescatado al desaparecido David Livingstone, a quien encontró, muy enfermo, en una aldea a orillas del lago Tanganika. Mientras J. escribía esta novela, Stanley se hallaba explorando los lagos Alberto y Victoria y el sur de Sudán.

5: Una de las grandes terminales de trenes de Londres.

FOTO:

Jerome Klapka Jerome, ya maduro, con un Montmorency.

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Rafael Pinedo

Entrevista de Alejandro Alonso

A primera vista, Rafael Pinedo parece un tipo afable y sencillo que ya bordea los cincuenta, pero que aún mantiene su espíritu joven. Quien lo viera sentado a una mesa del bar situado en la esquina de las avenidas Santa Fe y Pueyrredón (en la Ciudad de Buenos Aires) seguramente no adivinará su perfil de profesional de la informática, o sus vocación de actor “off-off”, y mucho menos que, detrás de esa facha “de entre casa”, se esconde el ganador el Premio Casa de las Américas de novela en 2002.
Tal vez, Rafa —como gusta que lo llamen— no termine de creerse esto de ser un autor premiado en Cuba (más precisamente por su novela “Plop”), que comparte el podio con otros argentinos reconocidos como David Viñas (1967) o Haroldo Conti (1975). De hecho, forma parte de una extensa lista de escritores argentinos galardonados por el Casa de las Américas en el género novela, cuyo último exponente fue Paola Cristina Yannielli, también argentina (por “La hermana, una novela sobre la vida de Emily Dickinson”) en 2003.
Rafael Pinedo dice: “Empecé a escribir desde muy chico, como algo natural que surgía de mi desaforada manía de leer todo lo que me caía entre las manos —cuenta Pinedo—. A los diecisiete o dieciocho años quemé todo y no volví a producir una línea hasta los cuarenta, momento en que, para acompañar a un amigo en crisis, fui a un taller de escritura con Ana Jusid. Para ser precisos, había escrito un cuentito un poco antes, para una tía que se estaba quedando ciega y me propuso que nos contáramos cuentos. Lo que nunca hice fue parar de leer como loco, sobre todo ficción.”
Además del premio por su novela en 2002, Rafael Pinedo —padre de dos hijos de cinco y siete años— obtuvo en el 2000 una mención en el VI Concurso Nacional de Poesía y Cuento “Río de la Plata”. Admite que su experiencia con talleres literarios fue variada: “Hay de todo, algunos fueron, como el de Ana, disparadores. Otros fueron inútiles. Pero básicamente lo más importante es que en ellos aprendí a corregir. Y me ponen en la obligación de producir. De hecho estoy pensando en retomar. Creo que es una muy buena experiencia; el tema, como siempre, es no obnubilarse, creer en el maestro (o la maestra), y buscar a alguien que sea buen lector, más que buen escritor. El riesgo es que se adopte el estilo del coordinador”.

¿Cuándo y por qué surgió “Plop”?
La novela surge de un par de imágenes que me aparecieron y se combinaron: la de una persona que está en el fondo de un pozo (el primer título era “Desde el fondo”) y ve como lo van tapando de tierra, y la de una mujer que pare un hijo caminando. Para darles coherencia tuve que armar todo un mundo. No tengo idea por qué. El primer texto es de septiembre de 1997. Cuando la novela ganó el premio, en enero de 2002, la estaba por reescribir completa.

¿Por qué es tan descarnada? ¿Fue premeditado o te condicionaba el ambiente?
Las imágenes generatrices eran descarnadas: una realidad en la que una mujer puede parir caminando no da para situaciones agradables. El resto fue surgiendo a partir de la intención de generar una sociedad coherente, para lo que tuve que leer bastantes libros de antropología (básicamente Malinovsky).

Elegiste relatarla por tramos, como si fueran postales, ¿por qué?
Porque Plop recuerda su vida con cada palada de tierra que le cae encima, y cada palada es una imagen. Esta respuesta es muy elegante, pero en realidad el origen es mucho más práctico: como no tenía experiencia en novela me propuse hacer una serie de cuentos enganchados.

¿Cuánto tiempo de taller tuvo, qué cosas ajustaste?
Caí con la novela armada en un sesenta o setenta por ciento al taller de Marcelo Birmajer. La fui redondeando allí. El mayor aporte de Marcelo fue marcar cuando estaba abriendo juicio, u opinando, sobre la situación. Su otro gran mérito es, además, no haber aportado una sola línea en el contenido ni en el estilo. Supo destrabar y aportar sin imponer su propia marca, respetando mi voz. Creo que ese es el mejor mérito de un coordinador de taller.

Para leer el reportaje completo, click aquí.

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Concurso: Sonetos agresivos y despreciables

Diciembre 9, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Este sí que es un concurso con premio: el ganador se lleva un libro.

La mecánica es sencilla: cada participante debe postear en forma de comentarios uno o más sonetos de estructura formal, cumpliendo en su totalidad las normas que se imponen abajo.
La única condición temática es que los versos sean combativos (a la manera honorable, como los de Almafuerte) o agresivos sin razón, discriminatorios, peleadores, camorreros, chauvinistas, racistas, sexistas, burlones, vulgares, malsonantes, en fin, despreciables (como el mío).

Entre aquellos que cumplan las reglas, se efectuará una votación pública. No se contarán los votos para los sonetos que no respeten las reglas formales. Se puede votar con una cuenta o con cien (logueado). Los votos de anónimos tampoco se tomarán en cuenta.

El concurso comienza hoy. La recepción de sonetos culmina el 4 de enero de 2010. Seguirá una votación de siete días. Los votos que sean emitidos en forma de soneto (siempre según las reglas) se contabilizarán doble y, a su vez, podrán ser votados, partiendo de una base bonus de dos votos.

Las normas son:

1) El soneto constará de los catorce versos tradicionales, estructurados en tres cuartetos y un dístico no pareado.

2) Los versos deben ser endecasílabos.

3) La rima seguirá la forma siguiente: ABBA ABBA CDDC CD.

4) No hay excepciones a ninguna de las reglas anteriores.

A manera de ejemplo, les dejo una logradísima pieza de Almafuerte:

Los que vierten sus lágrimas amantes
sobre las penas que no son sus penas;
los que olvidan el son de sus cadenas
para limar las de los otros antes;

los que van por el mundo, delirantes,
repartiendo su amor a manos llenas,
caen, bajo el peso de sus obras buenas,
sucios, enfermos, trágicos… ¡sobrantes!

¡Ah! Nunca quieras remediar entuertos;
nunca sigas impulsos compasivos;
ten los garfios del Odio siempre activos
y los ojos del Juez siempre despiertos…

¡y al echarte en la caja de los muertos,
menosprecia los llantos de los vivos !

Y una mía, no tan conseguida, pero que da una idea cabal de lo que se pretende:

En mi recuerdo, era tan hermosa
como la luz dorada de la tarde;
visión gloriosa que palpita y arde
en mi mirada triste y tormentosa.

Su voz pausada, tan maravillosa
que al escucharla me volvía cobarde,
me reclamaba que no hiciera alarde
de nuestros besos, ¡tímida y graciosa!

De seguro, pensé, no olvidaría
sus ojazos brillantes cual candiles
ni su figura de los quince abriles
que llenaron de gozo el alma mía…

¡Ahora es gorda! ¡Yo la transportaría
cual rodando se llevan los barriles!

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La garra perpetua

Diciembre 8, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Tarik Carson es mi amigo personal. Pero no solo eso: también es uno de los escritores vivos más reconocidos del Uruguay.
Su maravilloso libro debut, “El hombre olvidado”, es una de esas piezas que merecen releerse en forma permanente, pleno de relatos intemporales y de factura magistral. Sus otros libros (“El corazón reversible”, cuentos; “Una pequeña soledad”, novela; “Ganadores”, novela y “Océanos de néctar”, novela), siguen mostrándonos su capacidad narrativa y su extraño y particular estilo.
Incursionando a menudo en la ciencia ficción, Tarik nos ha regalado momentos mágicos, uno de los cuales les ofrezco a continuación.
Atrévanse, que vale la pena.

En las postrimerías del siglo XXI, hubo un Homo sapiens que fue tremendamente famoso durante unos días, habiendo salido de la nada. En ese lapso, la televisión se afligió de tal manera por su personalidad que es posible que en los tiempos venideros su nombre aún siga resonando en la inconsciencia colectiva, aunque ya se haya cristalizado en el bronce, el mármol y el granito, y hasta en algunos libros de estrategia. Pues una cosa es un recuerdo en el cerebro, y otra el nombre grabado en la perdurable materia que observan los perros en los parques y avenidas. Sin embargo, ese hombre extraordinario se eclipsó en vida, drástica, luctuosamente, circundado por un misterioso cuidado de las autoridades, dejándole a la sensible sociedad humana un regusto morboso, retorcido, casi imposible de explicar.
Nos referimos al caso del célebre doctor Selmer, de quien se sabe tan poco realmente, que creemos justificado este relato de algunos detalles de su prolífica vida, comenzando por su última y aciaga noche.

Supongamos entonces que aquel día, al atardecer, se bajó de la limusina frente a su casa, sin siquiera mirar al conductor negro que le abría la portezuela. Detrás lo había seguido Biro2, bamboleándose sobre sus cortas piernitas de enano, cargando la gran cartera de cocodrilo negra con copias de la información magnética que acababa de presentar a los empresarios y a sus ayudantes militares.
Selmer se dirigió directamente a la biblioteca y se echó en su sillón preferido, sintiéndose cansado, con las manos sudadas y temblorosas aún, sin ganas de mirar siquiera a Biro2 y ordenarle que preparara la bañera y la cama y las drogas que le harían feliz esa noche. Miró un buen rato la belleza anárquica de los colores de los lomos de los viejos libros en los estantes y luego, con desgano, tomó uno del siglo XX. ¡Le debía tanto a aquel modesto librito! Releyó lo que había subrayado con tinta roja: “En este siglo, los gnomos no son más que una leyenda infantil. Pero en la antigüedad tenían un cuerpo real, hoy inexplicable…”.
En ese instante Biro2 habló, temeroso, mirándolo a los ojos. El doctor se levantó, con cierto hastío, y atendió el videófono.
—Doctor —dijo el hombre uniformado, con la piel del rostro curiosamente estirada—, le comunico que hemos recibido la Estrella de la Libertad, la Condecoración de la Pax, la Cruz de Hierro de Primera, la…
Oyendo la voz tan lejana, el doctor Selmer se sorprendió por la eficiencia y por el perfecto encastre de algunas acciones. Trató de alegrar su expresión adormilada y aburrida. Se detuvo a medio camino de hacerle un saludo militar al coronel (que ahora, tal vez, podría ser su amigo). Pero el coronel había cortado la comunicación. El doctor se sintió casi molesto y se conformó pensando en el horrible trabajo que le habían hecho en la cara, aunque el coronel parecía sentirse muy seguro de sí mismo, con un rostro de veinticinco años en un cuerpo de noventa. “Bueno —se dijo el doctor—, las cosas están cambiando. Por lo menos, han cambiado para mí. Podré dormir tranquilo y olvidarme de la satrapía para siempre…”
Trató de pensar en circunstancias más agradables. En el dormitorio, eligió un magneto ordenador titulado “Aliento y amor. Carácter maternal con palabras sucias. Exuberancia rubia.” Colocó el magneto y apretó unas teclas ordenando la acción para media hora después. Antes de entrar al baño, observó sigilosamente qué hacía Biro2 en la cocina. “Qué pena —pensó con tristeza—, sin saber la causa, hoy no deseo ni ver a este desgraciado. Tal vez, sea el recuerdo de Biro; tal vez, el abatimiento que me ha causado todo el caso…”
En la bañera tibia, dormitó un rato, hasta que oyó una suave voz:
—Querido —dijo la rubia de grandes senos, que estaba de pie fuera de la bañera, sonriendo con expresión algo estúpida—, estás tan melancólico hoy… Mamá te seca el culito y te lleva a la cama, bonito.
Tenía la voz aligerada, aunque el tono era perfecto. Tendrían que revisarle el panel o reprogramar los magnetos, pensó, mientras ella le masajeaba la espalda con la toalla húmeda. Después, ya de espaldas y mirándola desvestirse con suaves movimientos, se dijo: “No hay nada que no podemos hacer, pero, la mirada es… demasiado fría”. Bajó la luz y le pareció que acariciaba el símbolo del placer supremo. Pero aún cuando la había penetrado profundamente con el rígido tubo de silicona bien lubricado y ella cabalgaba sobre él, apretando las nalgas contra sus muslos descarnados, se sentía aburrido, con capacidad para retener el néctar sagrado un larguísimo rato, sin que la tristeza se replegara para dar lugar al éxtasis. Olió el caro perfume que le había puesto cuando estaba desactivada, inspiró profundamente antes de mirar sorprendido hacia la puerta. Sintió que se le congelaba el corazón. Biro2 estaba de pie, con la pesada cuchilla de trozar pollos alzada sobre su cabeza.

El ataque a la Zona Roja se había decidido con eficiencia. Acuartelaron a los técnicos y en pocas horas se dirigieron las operaciones de acercamiento electrónico, penetración de las defensas, explosión de las cargas atómicas, etcétera. Los enemigos (eran seres de piel rojo-amarillenta y mentalidad extremadamente maligna), tal vez no tuvieron tiempo de percibir y hacer cálculos sobre el futuro. Esto hubiera sido del agrado de los militares más altruistas del bando terrestre, siempre y cuando los malignos no reaccionaran a tiempo. Porque aún después del ataque había temores, gente descompuesta en los silos nucleares, un gran trabajo sobre los inodoros, vómitos, consumo de tabletas, etcétera. Pero, en seguida, desde los observatorios los técnicos registraron los infernales destellos radiactivos que por milenios sanearían la Zona Roja. Nadie albergó dudas sobre la misión defensiva, exclusiva y terriblemente defensiva. No hubo otro camino, luego de los trabajos del doctor Selmer. Aunque hacía siglos que estas criaturas agresivas, enigmáticas y hasta desconocidas —que evitaban comerciar con los terráqueos— preocupaban a la Junta y a las estaciones de escucha y defensa de la Tierra, el horroroso riesgo no se podía extender más…
De pronto, todo estaba acabado definitivamente, y, después de algunas horas de cautelosa espera, el peligro de réplica sería nulo. Este peligro, sin embargo, fue ignorado o soslayado con indiferencia por el doctor. Pero la solución final se debió a sus observaciones de un extrañísimo fenómeno de recepción de antenas biológicas, que se transformó en la salvación de la Tierra, o más bien, de su sistema de vida.

El doctor era originario de la clase D, en las satrapías. Había sido un estudiante destacado y tuvo la suerte de ser elegido para pasar a la C y proseguir estudiando. Luego subió a la clase B, e ingresó a los estudios superiores. Por el detalle de su procedencia, fue el último en subir donde estuviera. Su clase D original no tenía autorización para crear recomendaciones u otro tipo de ventajas. Esto constituía una traba invencible, cuando la materia era de tipo subjetivo, blanda, no exacta. Pero su cerebro entrevió la sutileza desde el principio, y se dirigió instintivamente hacia lo exacto, donde los mejores respaldos y acomodos no fueran irresistibles a la hora de obtener una suma correcta. Eligió la cirugía estética y la ingeniería del plástico orgánico. En poco tiempo, con esfuerzo considerable, descubrió nuevas utilizaciones para los genitales de gorilas, toros y padrillos de raza, y otros animales de porte considerable para los gustos casi exclusivamente decorativos de la época. Presintió que una elección perfecta le traería algo provechoso, imprescindible para las clases que valían ser mencionadas. El estudio árido y aislado lo templó mientras esperaba una oportunidad. Cuando ya había injertado a una cantidad de personajes y figurones y era buscado con desesperación, la computadora dispuso algo infame para él. Una misión en la Estación Lunar, donde experimentaban con los riñones GR69, los aditivos sexuales de silicona activados con microscópicas pilas atómicas, los injertos de los más diversos testículos de animales, sus diversas glándulas, etcétera. Además, a la Estación Lunar nadie quería ir. Era la primera línea defensiva de las fuerzas terrestres y, además, el aburrimiento extremo. Él ya había sospechado que, si se mantenía en la Clase A, tarde o temprano la envidia lo enviaría allí con alguna tarea intranscendente, riesgosa, difícil. Sabía que no podría “crecer” más, que estaba desplazando a demasiada gente.
Sospechó que, si no descubría algo realmente importante en la Estación, al regresar a la Tierra lo degradarían a los miserables hospitales de las zonas contaminadas de las satrapías; a su origen.

En la Estación había una gran base militar, algunos laboratorios con cantidad de morpólipos y enanos macrocéfalos en jaulas especiales, y las minas. Los laboratorios no funcionaban y la experimentación era mínima. La mayoría de los técnicos permanecían todo el tiempo en sus departamentos, en el casino o en los restaurantes sin hacer nada. Se inyectaban, tomaban tabletas o alcohol, simplemente porque ya habían superado todas las sensaciones conocidas o imaginables. Un grupito, en cambio, se deleitaba destrozando con sondas las carísimas androides de los colegas, siguiendo una antigua costumbre que había perdido, en general, casi toda razón de ser.
Este sistema de existencia, algo más deficiente que el sistema terrestre, alegró al doctor, ya que le permitía moverse con libertad, sin mayores controles. Debía continuar los trabajos con los morpólipos y los macrocéfalos y el comportamiento de los genes recesivos bombardeados con diversas radiaciones. No era su especialidad inyectarles el GR69, o disecarlos y observar la evolución de la carne, pero era algo elemental que haría con mucha rapidez. Además, el trabajo estaba estructurado para que nadie tuviera mucho que hacer, salvo pulsar teclados. Y no existía ningún interés por lo nuevo, pues habían perdido la capacidad de imaginar un mundo mejor. Nada podía ser mejor que el Sistema.
Al principio, observó que los macrocéfalos —a los que había imaginado como gnomos degenerados— se recuperaban primero de las radiaciones y que, además, tenían más inteligencia y fortaleza que los morpólipos. Eran extremadamente resistentes a los rayos cósmicos. También eran inmunes a algunas enfermedades espaciales, de las pocas conocidas. Los intentos de superación de la subraza, sin embargo, produjeron un fenómeno poco estético, raro, intranscendente hasta donde sabían. El mejoramiento les hacía crecer los cráneos. Anteriormente se incluían en la especie Gen Verrier Recesivo, y ahora había pasado a una dimensión degenerativa imprevisible. En aquel momento, el problema era la adaptación de los cuellos ante el crecimiento descontrolado de los cráneos.
De los morpólipos se podían extraer menos conocimientos aún. Sus tendencias seguían las acciones reproductivas. Los rayos cósmicos y las enfermedades espaciales los deformaban un poco más, y eran proclives a las influencias enemigas, cuando los enemigos se acercaban demasiado al Sistema. Debían tener un cuidado especial con ellos; en los meses de máximo peligro, se los transportaba a la Tierra para que los posibles agresores no tomaran sus mentes. Esto ocurrió antes y hubo que aniquilarlos a tiempo. Aunque los muertos no fueron más de quinientos mil, la Junta Protectora fue sucedida por otra más rígida. Por ese problema, los científicos que experimentaban con ellos —los mismos que luego tuvieron que exterminarlos en cámaras especiales— fueron degradados a la Clase D, a los leprosarios. El suceso, luctuoso, sin duda, ya estaba olvidado, pero el doctor Selmer lo había interpretado como un hecho político creado por algunos científicos, y por ello desde el principio tenía cuidado en tratar con aquellos seres, y muchos otros no tan inferiores. Sobre todo, cuando se quedaba trabajando en el laboratorio durante las noches lunares. Allí, cuando la vigilancia se descuidaba, violaban a los técnicos o hacían otras tropelías de poca monta. Para calmarlos en ese aspecto, los surtían con androides estropeadas, que ellos ni siquiera tocaban (los expertos, sin embargo, seguían afirmando que eran incapaces de distinguir la diferencia entre un humano y un androide).

Para leer el relato completo, click aquí.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


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Wuthering heights

Diciembre 6, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , | # Enlace permanente

Siempre estuve enamorado de esa mujer, de su estilo vocal de soprano ligera ultraprofesionalizado, de su danza acrobática y por momentos ridícula, de su cuerpo delgadísimo (entonces) y de sus grandes pechos (ahora y siempre), de su precisión poética y de su poder de conjurar contundentes imágenes, y del soberbio homenaje que, en esta canción, le hace a la única novela de Ellis Bell, una de las piezas literarias más notables y conmovedoras de la historia humana.
Agotados por el dinosaurio, pueden disfrutar.

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Tres hombres en un bote (por no mencionar al perro) (10)

Diciembre 4, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Por Jerome K. Jerome. Traducción de Marcelo Dos Santos. Todas las notas me pertenecen.

Capítulo V
LA SEÑORA P. NOS DESPIERTA. GEORGE EL HARAGÁN. LA ESTAFA DEL PRONÓSTICO METEOROLÓGICO. LA DEPRAVACIÓN DEL NIÑO. LA GENTE SE REÚNE A NUESTRO ALREDEDOR. SALIMOS CON GRAN ESTILO Y LLEGAMOS A WATERLOO. INOCENCIA DE LOS OFICIALES FERROVIARIOS DE LA LÍNEA DEL SUDOESTE RESPECTO DE COSAS TAN MUNDANAS COMO LOS TRENES. ESTAMOS A FLOTE, A FLOTE EN UN BOTE ABIERTO.

Fue la señora Poppets (1) la que me despertó a la mañana siguiente.
Dijo:
—¿Sabe que son las nueve en punto, señor?
—¿Las nueve de qué?— pregunté, levantándome.
—Las nueve de la mañana.— contestó a través del ojo de la cerradura —Pensé que se habían quedado dormidos.
Desperté a Harris y se lo dije.
—¿No era que querías levantarte a las seis?
—Quería.— respondí —¿Por qué no me llamaste?
—¿Cómo podría haberte llamado, si no me despertaste?— replicó —Gracias a ti, no estaremos en el agua hasta después de las doce. No sé para qué te tomaste el trabajo de despertarte, al fin y al cabo.
—Hmm,— contesté —tienes suerte de que lo haya hecho. Si no, habrías seguido durmiendo toda la quincena.
Nos seguimos gruñendo mutuamente de esta suerte durante varios minutos, hasta que nos interrumpió un desafiante ronquido proveniente de George.
Eso nos hizo recordar su existencia por primera vez desde que nos habíamos despertado.
Ahí estaba el hombre que quería saber a qué hora tenía que llamarnos, de espaldas, con la boca abierta y las rodillas en alto.
No sé por qué será, pero les aseguro que la vista de otro hombre dormido en una cama cuando yo estoy despierto me vuelve loco. Me parece sumamente chocante ver las horas preciosas de la vida de un hombre, los momentos inapreciables que nunca volverán, siendo desperdiciados en un sueño bestial.
Ahí estaba George, tirando a la basura de un ocio repugnante su valiosa vida, de cada segundo de la cual debería rendir cuentas luego, desmayado, inútil. Podría haber estado levantado, llenándose de huevos con panceta, molestando al perro o seduciendo a la sirvienta, en lugar de estar despatarrado allí, en ese olvido que pesaba en el alma.
Era un pensamiento horrible. Aparentemente, nos vino a Harris y a mí al mismo tiempo. Determinados a salvarlo por esta noble decisión, nuestra propia pelea quedó olvidada. Corrimos hacia él y le arrancamos las mantas; Harris se arrojó sobre él golpeándolo con una zapatilla, yo le grité en el oído y por fin se despertó.
—¿Quésloquepasssssaaa…?— observó, sentándose.
—¡Arriba, cabeza de chorlito!— rugió Harris —¡Son las diez menos cuarto!
—¿Qué?— gimió, saltando de la cama para caer en la bañera —¿Quién demonios puso esto aquí?
Le dijimos que había que ser tonto para no ver la bañera.
Terminamos de vestirnos, y, cuando terminamos, recordamos que habíamos puesto los cepillos de dientes, el peine y el cepillo de pelo en la valija (ese cepillo de dientes será mi muerte, lo sé), y tuvimos que ir a la planta baja y pescarlos de la maleta. Cuando la hubimos cerrado de vuelta, George quiso la máquina de afeitar. Le dijimos que esa mañana se iría sin afeitar, porque no íbamos a abrir esa valija de nuevo por él ni por nadie como él.
Dijo:
—No sean absurdos. ¿Cómo voy a ir al centro así?
Ciertamente sería duro para el centro, pero ¿qué nos importaba el sufrimiento humano? Como dijo Harris en su lenguaje común, vulgar: el centro se lo iba a tener que aguantar.
Bajamos para desayunar. Montmorency había invitado a otros dos perros para que vinieran a despedirse de él, y los tres mataban el tiempo peléandose en el umbral. Los calmamos con un paraguas y nos sentamos para comer unas costeletas y un poco de fiambre.
Harris dijo:
—Lo mejor es tener un buen desayuno.— y atacó dos costillas, diciendo que las comería mientras estaban calientes, y que el fiambre podía esperar.
George tomó el diario y nos leyó los accidentes de botes y el pronóstico meteorológico, que profetizaba “lluvia, frío, húmedo a bueno” (peor que la forma normalmente horrorosa en que es el tiempo aquí), “tormentas eléctricas ocasionales, sudestada con depresiones generales sobre los condados de las Midlands, Londres y el Canal (2), presión en descenso”.
Pienso que, de todas las estupideces y tonterías de las que está plagado el mundo, este “pronóstico meteorológico” es una de las más agraviantes.
Recuerdo unas vacaciones a fines del otoño, completamente arruinadas por haber cometido el error de creer en reporte del tiempo de un diario local.
“Se esperan chaparrones intensos con tormentas eléctricas para el día de hoy”, decía el lunes, así que cancelamos nuestro picnic y nos quedamos en la casa todo el día, esperando la lluvia. Y la gente pasaba por la calle, en calesas y carruajes, feliz y contenta, con el sol brillante y ni una nube en el cielo.
—¡Ah!— decíamos, mirando por la ventana —¡Van a volver empapados!
Y nos reíamos pensando en cómo se iban a mojar, y avivábamos el fuego y ordenábamos nuestras colecciones de algas y caracoles. Al mediodía el sol daba de lleno en nuestra habitación, el calor se había vuelto opresivo y nosotros nos preguntábamos cuándo irían a comenzar los chaparrones intensos y las tormentas eléctricas.
—A la tarde, a la tarde, ya lo verás.— nos decíamos los unos a los otros —Vas a ver cómo se empapan. ¡Qué lindo!
A la una, la casera vino a preguntar si no pensábamos salir, con un día tan espléndido.
—¡No, no!— respondimos, con una sonrisa de superioridad —Nosotros no. No queremos quedar empapados, no, señor.
Y cuando caía la tarde y todavía no había señales de lluvia, intentábamos alegrarnos con la idea de que caería toda junta, justo en el momento en que los paseantes comenzarían a volver a sus casas, y de ese modo se mojarían mucho más. Pero no cayó ni una gota, y así terminó un hermoso día despejado, seguido por una noche magnífica.
A la mañana siguiente leímos que iba a ser “un día despejado, soleado, de mucho calor”, y nos vestimos con ropas ligeras y salimos, y, a la media hora, comenzó un lluvia feroz, y se levantó un viento frío y cortante, y ambos persistieron con firmeza durante todo el día, y volvimos a casa resfriados y con reumatismo y terminamos en cama.

Continuará…

NOTAS:

1: “Muñequitas”.

2: Guernsey y Jersey, dos islas situadas en el Canal de la Mancha, frente a la costa francesa.

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“El Manuscrito Voynich” en Círculo de Lectores

Diciembre 2, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

William Parsons, Tercer Conde de Rosse, notable astrónomo irlandés, observó por primera vez en 1845 a la Galaxia Whirlpool (M51 o NGC 5194), descubriendo de este modo la primera prueba de que existían las galaxias espirales.
Sin embargo, un libro fechado en 1666 (o sea, nada menos que 179 años antes), ya muestra claras ilustraciones de galaxias espirales. ¿Qué sucede aquí? Nadie lo sabe.

Mi tercer libro trata exclusivamente sobre este misterioso volumen. Ha merecido ya cinco ediciones en siete países y dos idiomas, y parece seguir su andadura perfectamente bien.
Y acabo de enterarme de que se viene la sexta edición. Círculo de Lectores, empresa de referencia en la literatura en castellano y catalán, ha formalizado la compra de mi libro de manos de mi editor, Aguilar (del Grupo Santillana), para producir con él una de las lujosas ediciones de Círculo, que, dicho sea de paso, llevan vendidos 400 millones de ejemplares en el mundo hispanoparlante.
Según se me informa, la edición de Círculo de “El Manuscrito Voynich” saldrá a la venta durante el año entrante, y será una manera más para conectarse con el, para mí, misterio literario más desconcertante de todos los tiempos.

Para que se vayan poniendo a tono, les dejo la introducción general al libro. Espero que les interese.

En el estado norteamericano de Connecticut, sobre la costa del Estrecho de Long Island, se encuentra la ciudad portuaria de New Haven. Pasando la intersección de las calles Prospect, College y Grove, luciendo su sólida mole de mármol blancogrisáceo entre Grove y High Street, el visitante puede admirar el señorial aspecto de la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale.
Construido entre 1960 y 1963, el edificio fue recubierto del soberbio mármol de Vermont por una excelente razón: este material filtra la radiación de la luz solar para proteger mejor el contenido de la Biblioteca.
En su interior, junto a venerables glorias del ingenio humano como un ejemplar de la primera edición de la Biblia de Gutemberg (el primer libro impreso con una imprenta de tipos móviles), es posible observar un pequeño volumen en cuarto. Su número de catálogo es el MS 408 y su caligrafía es incomprensible.
Como el manuscrito no lleva título, siempre se lo ha conocido por el nombre de su descubridor moderno. Se lo ha llamado “el Manuscrito Voynich”.

El libro fue considerado desde hace siglos como un manual de medicina, un libro esotérico o un herbario medieval. Estas apreciaciones están basadas sólo en el análisis de las profusas ilustraciones que cubren casi todas sus páginas, porque la escritura nunca ha podido ser descifrada. Resistiendo a todos los intentos de decodificación y traducción, el manuscrito ha superado incluso a los códigos que durante mucho tiempo se pensaron indescifrables. Ha batido las marcas de los jeroglíficos egipcios, de la escritura cuneiforme e incluso del intransigente pero al cabo vencido minoico lineal B. Ninguno de los procedimientos científicos utilizados para penetrar los secretos de otras lenguas y sistemas de escritura conocidos ha servido en absoluto para arrancar al Manuscrito Voynich de su silencio de centurias.

El Manuscrito Voynich constituye el quebradero literario de cabeza más asombroso de todos los tiempos. Su complejo e intrincado pasado se inicia de la Alta Edad Media para internarse entre los vericuetos históricos del Sacro Imperio Romano, la Guerra de los Treinta Años, la dinastía Habsburgo, la Compañía de Jesús y la Revolución Soviética, y su presente se imbrica con la más avanzada ciencia de los albores del siglo XXI. Los mejores científicos de cada época han trabajado sobre él, han expuesto sus teorías, han intentado descifrarlo por distintos métodos y todos y cada uno de ellos, gozoso o renuente, ha debido terminar confesando su fracaso.
¿Qué significa, en realidad, el Manuscrito Voynich? ¿En qué clase de lengua, código o sistema criptográfico está escrito? ¿Qué representan exactamente sus extrañas ilustraciones? ¿Por qué no hemos encontrado nunca un documento que se le asemeje? ¿Con qué motivos pudo elaborarse trabajosamente un libro entero destinado, según parece, a no ser leído por nadie jamás?
Los enigmas entretejidos acerca del Manuscrito Voynich parecen no tener fin. A cada pregunta respondida encontramos varios otros interrogantes sin contestación. A cada metro allanado en el camino de su solución el Manuscrito responde con una legua de rocas, barrancas y obstáculos en el sendero.
Aunque avisados de los motivos de los fracasos anteriores, sin embargo, estamos convencidos de que mucho conocimiento puede extraerse aún del estudio del libro. La investigación que se le ha dedicado permitió a los científicos arribar a interesantes descubrimientos acerca de las épocas que transitó, de los hombres que lo poseyeron y lo estudiaron y de los avatares históricos que le tocó presenciar. Mucho ha que la “voynichología”, como ha dado en llamarse al conjunto de esfuerzos y estudios sobre el manuscrito, se ha convertido en una ciencia, un pasatiempo y un tema de conversación inagotable y fascinante.

Este libro es la historia del único enigma literario que nos ha quedado en pie. Este libro habla del Manuscrito Voynich, de cerca emparentado con el mito y la maravilla y guerrero exitoso en la lucha por mantener su secreto y su misterio. El Manuscrito Voynich lleva ya 500 años soportando con estoicismo todos y cada uno de los esfuerzos realizados para descifrarlo, y, en opinión de los expertos, supone un desafío que, aún hoy, resulta superior a los talentos de cualquier lingüista o filólogo del mundo.
Se ha querido ver en el Manuscrito Voynich un manual de magia, un libro de alquimia, un engaño con motivación económica y aún un manual extraterrestre. En los albores del siglo XXI los expertos continúan disputando diversos aspectos históricos y técnicos acerca del libro, como por ejemplo su verdadera antigüedad, quién fue su misterioso autor, por qué se perdió su rastro, cuál fue el motivo de su redescubrimiento, en qué lengua está escrito y, por supuesto, la cuestión crucial acerca de él: ¿de qué trata? ¿Qué dice, en realidad, el extraordinario y sugestivo Manuscrito de Voynich? ¿Conseguiremos algún día descifrar su secreto?

A lo largo de esta obra el lector conocerá los errores difundidos como verdades absolutas a través de los siglos, las verdades desvirtuadas o descartadas como simples leyendas, las realidades científicas acerca del manuscrito y las teorías antiguas y modernas respecto de este atrayente enigma que ya ha durado medio millar de años.
Los esfuerzos para descifrar el Manuscrito Voynich continúan hoy, y el afán detectivesco e investigativo aplicado a ellos deriva del convencimiento de que la esencia del Hombre se cimenta en un proceso dinámico y eterno de expresión, comunicación y lenguaje. Ninguno de nosotros se aviene a creer que un largo volumen de más de 200 páginas, laboriosamente escrito a pluma e ilustrado e iluminado con minuciosidad, pueda no contener mensaje alguno. Por eso seguimos intentando comprenderlo.
Pero el misterio del Voynich persiste. Esa naturaleza elusiva y terrible que de una parte nos satisface por mantener el mito en nuestro mundo y nos repele a la vez ante la imposibilidad de aceptar que tan hermoso y coherente vehículo no transmita un mensaje con sentido y trascendencia, no hace más que intensificar nuestra curiosidad y nuestra férrea esperanza y determinación por sonsacarle sus secretos.

¿Qué creen los científicos acerca del Manuscrito Voynich?
Creen y han creído muchas cosas, pero es poco lo que han podido probar con certeza.
Si atendemos al catálogo de la biblioteca donde reside el libro desde hace 36 años, se trata de “un texto científico o mágico en un lenguaje no identificado, cifrado, basado aparentemente en caracteres romanos en minúsculas”. Solo eso.
¿Hay algo más? Por supuesto. La fascinante historia del manuscrito que el catálogo no cuenta, las increíbles tramas que se han tejido a su alrededor, los sorprendentes personajes que se han visto involucrados con él, y la dificultad que la ciencia ha encontrado para desentrañar, de una buena vez y para siempre, el único enigma literario no explicado de la historia y una de las aventuras más interesantes y maravillosas de los últimos cinco siglos.
Guardamos íntimamente el deseo de conocer sus secretos algún día, porque ya se sabe que Octavio Paz ha dicho que quien ha visto una esperanza nunca se olvida de ella.
Acompáñenos a conocer las mentiras y verdades, las conjeturas y certezas acerca de uno de los misterios más increíbles y desconcertantes de la historia del conocimiento.

FOTOS:

1: Superior: la galaxia espiral del folio f68r. Inferior: la Vía Láctea invertida, para mostrarla tal cual se ve desde debajo del plano galáctico.

2: Primera página del manuscrito: f1r.

3: Ejemplo de idioma voynichés Currier A, escrito por la Mano 1.

4: Estructura anatómica imposible en botánica en el folio f5v.

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Tres hombres en un bote (por no mencionar al perro) (9)

Noviembre 27, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Por Jerome K. Jerome. Traducción de Marcelo Dos Santos. Todas las notas me pertenecen.

—No tomaremos el té;— dijo George (y el rostro de Harris se oscureció al oírlo) —pero podemos tomar una comida rotunda, grande, poderosa, a las siete: almuerzo, té y cena combinados.
Harris se reencontró con la alegría. George sugirió carne y pasteles de frutas, fiambre, tomates, fruta y verduras. Para beber, estuvimos maravillosamente de acuerdo con Harris, quien dijo que debíamos llevar esa cosa pegajosa a la cual mezclas con agua y llamas limonada, un montón de té y una botella de whisky, en caso de que, dijo George, estuviésemos molestos.
Me parecía que George insistía demasiado con la idea de estar enojados.
Creía que no era el espíritu correcto para ir en un viaje como este.
Pero me alegré de que lleváramos el whisky.
No llevaríamos cerveza ni vino. Son un error en el río. Te hacen sentir somnoliento y pesado. Un vaso por la noche cuando andas por los bares mirando a las muchachas está muy bien, pero no si los bebes cuando el sol te aplasta la cabeza y tienes mucho trabajo duro por hacer.
Hicimos un lista de las cosas que deberíamos llevar, y llegó a ser bastante larga antes de que nos separáramos esa noche. Al día siguiente, viernes, nos reunimos todos otra vez, para comenzar a empacar al anochecer. Llevamos una Gladstone (1) para la ropa, y dos canastos para las provisiones y los utensilios de cocina. Corrimos la mesa contra la ventana, apilamos todo en un montón en el medio del salón, nos sentamos a su alrededor y lo miramos.
Dije que yo empacaría.
Me enorgullezco de mi calidad para hacer equipajes. Empacar es una de las muchas cosas que siento que hago mejor que cualquier otra persona viviente (a veces me sorprendo a mí mísmo de cuántos de estos sujetos existen, me refiero a los que hacen las cosas peor que yo). Mi declaración impresionó a George y Harris, y les dije que mejor harían en dejar todo el asunto absolutamente en mis manos. Aceptaron la sugerencia con una prontitud en la que había algo de misterioso. George tomó su pipa y se desparramó en el sofá, mientras que Haris apoyó los pies sobre la mesa y encendió un cigarro.
Difícilmente eso era lo que yo había pensado. Lo que yo quería decir, por supuesto, era que yo dirigiría las acciones, y que Harris y George empacarían de acuerdo con mis órdenes, estimulándolos de vez en cuando con un “¡Oh, tú, pedazo de…”, “Aquí, déjame que te enseñe cómo se hace” y “Ahí lo tienes, era simple”, enseñándoles en realidad, podría decirse. La manera en que lo aceptaron me irritó. No hay nada que me irrite más que ver a otras personas sentadas ahí sin hacer nada mientras yo trabajo.
Una vez viví con un hombre que me volvía loco exactamente así. Era capaz de tirarse en el sofá y observarme hacer cosas durante una hora entera, siguiéndome con la mirada por todo el salón. Solía decir que le hacía mucho bien verme trabajar. Decía que le hacía sentir que la vida no era un sueño ocioso a través del cual abrirse paso desperezándose y bostezando, sino una tarea noble, llena de deberes y duras tareas. Decía también que a veces dudaba acerca de cómo había conseguido vivir hasta que me conoció, sin tener a nadie a quien mirar trabajar.
Pero yo no soy así. No me puedo sentar a observar a un hombre que trabaja como un esclavo. Tengo que pararme y supervisar, y caminarle alrededor con las manos en los bolsillos, diciéndole cómo hacer las cosas. Es mi naturaleza enérgica y no puedo evitarlo.
Sin embargo, no dije nada, y comencé a hacer la valija. Me pareció que era más difícil de lo que yo había creído, pero al final, cuando la tuve lista, me senté sobre ella y ajusté las correas.
—¿No vas a poner las botas?— dijo Harris.
Miré a mi alrededor, y me di cuenta de que me las había olvidado. Típico de Harris. No dijo una palabra hasta que tuve la maleta cerrada y con las correas ajustadas, por supuesto. Y George se rió, con una de esas risas suyas tan irritantes, insensatas, burlonas y estúpidas, que me vuelven loco.
Volví a abrir la valija, metí las botas dentro, y, justo cuando iba a volver a cerrarla, me vino a la mente una duda horrible: ¿había guardado mi cepillo de dientes? No puedo decir por qué, pero nunca sé si he empacado mi cepillo de dientes o no.
El cepillo de dientes es algo que siempre me atormenta cuando viajo. Sueño que me lo he olvidado, me despierto con sudores fríos y me pongo a buscarlo en medio de la noche. Por la mañana, lo empaco antes de haberme lavado los dientes, y tengo que abrir la valija, pero siempre está al fondo de todo y tengo que desempacar todo lo demás para encontrarlo. Cuando vuelvo a hacer la valija olvido ponerlo, y tengo que correr escaleras arriba en el último minuto y llevarlo a la terminal de trenes envuelto en mi pañuelo.
Por supuesto que tuve que sacar todo de nuevo, y por supuesto que no lo pude encontrar. Revolví las cosas hasta dejarlas en el estado que debió existir antes de que el mundo fuera creado, cuando reinaba el caos. Por supuesto, encontré los de George y Harris dieciocho veces, pero no podía hallar el mío. Por fin lo encontré adentro de una bota. Hice la valija otra vez.
Cuando terminé, George preguntó si había puesto el jabón. Le dije que me importaba un comino si había puesto el jabón o no, y la cerré de golpe y ajusté las correas, y descubrí que había dejado adentro mi bolsa de tabaco y tuve que volverla a abrir. La tuve lista a las diez y cinco de la noche, y todavía faltaban los canastos. Harris dijo que tendríamos que partir en menos de doce horas, y que pensaba que sería mejor que él y George hicieran el resto, y yo estuve de acuerdo y me senté. Entonces empezaron.
Empezaron con espíritu vivo, evidentemente para enseñarme cómo se hacía. Yo no hice comentarios, solo esperé. Cuando ahorquen a George, Harris será el peor empacador del mundo, y yo miré las pilas de platos y copas y cacerolas y botellas y jarras y tortas y ollas y postres y tomates y sentí que el asunto pronto se pondría emocionante.
Y lo fue. Empezaron rompiendo una copa. Eso fue lo primero que hicieron. Lo hicieron solo para demostrar lo que podían hacer, y para que uno se interesara.
Entonces Harris puso el frasco de jalea de frutilla sobre un tomate y lo aplastó, y tuvieron que sacar el tomate con una cuchara de té.
Entonces fue el turno de George, que pisó la manteca. Yo no dije nada, solamente me acerqué y me senté en el borde de la mesa para observarlos. Esto los irritó mucho más que cualquier cosa que pudiera haber dicho. Me di cuenta. Se pusieron nerviosos y excitados, y se pararon encima de cosas, y dejaron cosas detrás de ellos y cuando las necesitaban no las podían encontrar, y pusieron los bizcochuelos en el fondo, y luego pusieron cosas pesadas sobre ellos y aplastaron los bizcochuelos.
Regaron sal arriba de todo, y ¡respecto de la manteca! Nunca en mi vida he visto dos hombres que lograran hacer más con una libra y dos peniques de manteca. Una vez que George la retirara de la suela de su pantufla, intentaron ponerla en la olla. No quería entrar, y lo que estaba adentro no quería salir. Después la rasparon, y la pusieron sobre una silla, y Harris se sentó sobre ella, y la buscaron por toda la habitación sin encontrarla.
—Juro por mi honor que la puse en esa silla.— dijo George, mirando el asiento vacío.
—Te vi hacerlo no hace un minuto.— dijo Harris.
Entonces empezaron a dar vueltas por toda la sala buscándola, y al final se encontraron de nuevo en el centro, mirándose a los ojos.
—Es la cosa más extraordinaria que escuché.— dijo George.
—¡Y tan misteriosa!— dijo Harris.
Entonces George miró a la espalda de Harris y la vio.
—¡Así que aquí estuvo todo el tiempo!— exclamó, indignado.
—¿Dónde?— gritó Harris, girando.
—¿Podrías quedarte quieto?— rugió George, siguiéndolo.
Y la sacaron y la pusieron en la tetera.
Y Montmorency hacía lo suyo, por descontado. La ambición de la vida de Montmorency es ponerse en el paso y que lo insulten. Si puede colarse particularmente en un sitio donde no es bienvenido, y convertirse en un perfecto estorbo, y volver loca a la gente, y lograr que le tiren cosas a la cabeza, entonces siente que ese día no ha sido desperdiciado.
Conseguir que alguien tropiece con él y lo maldiga ininterrumpidamente durante una hora es su más alto anhelo y objetivo, y, cuando tiene éxito en lograrlo, su orgullo se vuelve insoportable.
Vino y se sentó sobre cosas, justo cuando tenían que ser empacadas, y se movió bajo la fijación de que, cada vez que Harris o George extendían la mano, era para tocar su fría y húmeda nariz. Puso la pata en la mermelada, y persiguió a las cucharas, y pretendió que los limones eran ratas, y se metió en el canasto y mató a tres antes de que Harris pudiese pegarle con la sartén.
Harris dijo que yo lo instigaba. Yo no lo instigaba. Un perro como ese no necesita que lo instiguen. Es el pecado original que trae naturalmente desde su nacimiento lo que lo hace hacer esas cosas.
Terminamos de empacar todo a la una menos diez, y Harris se sentó sobre el canasto grande y dijo que esperaba que no se hubiera roto nada. George dijo que si algo estaba roto, estaba roto, y ese pensamiento pareció reconfortarlo. Dijo también que se quería ir a la cama.
Todos nos queríamos ir a la cama. Harris se quedaría a dormir con nosotros esa noche, así que subimos.
Echamos suertes por las camas, y resultó que Harris dormiría conmigo. Dijo:
—Prefieres dormir de adentro o de afuera, J. (2)?
Dije que generalmente prefería dormir adentro de la cama.
Harris dijo que era un chiste viejo.
George preguntó:
—¿A qué hora quieren que los despierte, muchachos?
Harris dijo:
—A las siete.
Yo dije:
—No, a las seis.— porque quería escribir algunas cartas.
Harris y yo discutimos un poco, pero al final partimos la diferencia y dijimos que a las seis y media.
—Despiértanos a las seis y media, George.— dijimos.
Pero no hubo respuesta. Descubrimos que George se había dormido hacía rato, así que pusimos la bañera de modo que se cayera adentro cuando se levantara, y nos fuimos a dormir.

Continuará…

NOTAS:

1: Pequeña valija rectangular, con una bisagra que, al abrirse, revelaba dos compartimientos de igual tamaño.

2: Del lado de la pared o del contrario.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


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Götterdämmerung

Noviembre 26, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Siguiendo con el concurso literario de breves y ultrabreves organizado por Bicho de Letras, les muestro el último breve que presenté (y uno de los únicos dos que no ganó nada. Los otros tres sí lo hicieron). Díganme si les gustó.

El ruido de los trenes había quedado olvidado. Solo ellos dos, en el andén.
—No podés hacerme esto, Marcos— dijo Abraham.
—Es que no te puedo cambiar el cheque. Sí, cuando te lo di ya sabía que iba a ir para atrás y que te iba a tener que dar otro, pero ¿qué querías que hiciera?
—¡Que me lo hubieras dicho antes! Si me das un cheque a 120 días me matás. ¿Cuánto hace que nos conocemos? Sabés que tengo que pagar la sulfona el viernes. Contaba los dos días de clearing y el viernes se acreditaba. El importador no me va a querer aguantar, Marquitos. Y el laboratorio me va a matar. Tienen pedidos pendientes, y no les estoy cumpliendo.
—Es que si te cambio el cheque el que está muerto soy yo. No puedo más. No puedo.
—¡Tienen un pedido grande de dapsona! ¡Necesitan la sulfona ya! ¡Y no le puedo dar al importador un cheque que va a venir para atrás! ¡Me estás destruyendo, entendelo!
—¡Si te doy uno más cercano el que muere soy yo! No es así…
Se miraron a los ojos como si nunca se hubieran visto.
Y luego, de la mano cual amantes, saltaron frente al tren de Chacarita.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


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