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Tres hombres en un bote (por no mencionar al perro) (12)

Por Jerome K. Jerome. Traducción de Marcelo Dos Santos. Todas las notas me pertenecen.

Capítulo VI
KINGSTON. INSTRUCTIVAS NOTAS SOBRE HISTORIA ANTIGUA DE INGLATERRA. INSTRUCTIVAS OBSERVACIONES SOBRE EL ROBLE TALLADO Y LA VIDA EN GENERAL. EL TRISTE CASO DE STIVVINGS JUNIOR. PENSAMIENTOS SOBRE LAS ANTIGÜEDADES. ME OLVIDO DE QUE ESTOY AL TIMÓN. INTERESANTES RESULTADOS. EL LABERINTO DE HAMPTON COURT. HARRIS COMO GUÍA.

Era una mañana gloriosa de fines de la primavera o principios del verano, como ustedes quieran llamarlo, cuando el encantador brillo del césped y el follaje se vuelve más profundo; y cuando el año parece una bella y joven doncella, temblando con extraños y tímidos pulsos por causa de su próxima femineidad.
Las encantadas callejuelas de Kingston, cuando se asoman al borde de las aguas, lucían tan pintorescas en la brillante luz del sol, con el espejado río y sus reposadas barcazas, el sombreado camino de sirga, las cuidadas aldeas de la orilla opuesta, Harris, con un blazer rojo y anaranjado, gruñéndoles a los remos, las sombras distantes del viejo palacio gris de los Tudor, todo ello hacía una soleada postal, tan brillante pero calma, tan llena de vida y aún así tan pacífica, que yo, siendo tan temprano como era, caí en un ensueño lleno de profundos pensamientos.
Y pensé en Kingston, Kyningestum, como se la llamó una vez, en los tiempos en que los reyes sajones eran coronados allí. El gran César cruzó el río en Kingston, y las legiones romanas acamparon en sus altas laderas. César, como años más tarde la Reina Isabel, aparentan haber estado en todas partes: solo que él era más respetable que la buena de la Reina Bess; él no iba a los pubs.
Ella se volvía loca por los bares, la Reina Virgen de Inglaterra. Apenas hay un pub en un radio de diez millas de Londres donde no haya sido vista, o donde no se haya detenido, o donde no se haya quedado dormida un día u otro. Yo creo que, suponiendo que Harris —por decirlo de alguna manera— diera vuelta la página y se transformara en un gran, buen hombre, y llegara a ser Primer Ministro, y muriera, los pubs que frecuentaba quedarían llenos de placas y carteles: “Harris se tomó una cerveza en esta casa”; “Harris se bebió dos whiskys fríos aquí en el verano del ´88″; “A Harris lo echaron de aquí en diciembre de 1886″.
¡No! ¡Serían demasiados! Los que se harían famosos serían los bares adonde nunca había entrado: “Única taberna del sur de Londres en la cual Harris nunca vino a tomar nada”, y la gente correría allí para ver cuál pudo haber sido el motivo.
¡Cuánto debe haber odiado a Kyningestum el pobre débil mental del Rey Edwy (1)! El festín de coronación debe haber sido demasiado para él. Tal vez la cabeza de jabalí rellena con fresas de junio (2) le cayera mal (sé que a mí me caería mal) y acaso ya tuviera suficiente de saqueos y alcohol (3), así que se escabulló de la ruidosa orgía para robar algunas horas de paz bajo el claro de luna con su amada Elgiva.
Los imagino de pie en la ventana, las manos entrelazadas, mirando el reflejo de la luna sobre el suave río, mientras les llegaban, suavizados por la distancia, los tumultos y sonidos discordantes de la fiesta.
Entonces, los brutales Odo y St. Dunstan violentaron la puerta con rudeza e ingresaron a la silenciosa habitación (4), arrojaron descomedidos insultos a la reina de dulce faz, y arrastraron a Edwy de nuevo, hacia el fuerte clamor del festín alcohólico.
Años más tarde, al sonido de la música de batalla, los reyes sajones y las fiestas sajonas fueron enterrados uno al lado del otro, y la grandeza de Kingston murió durante un tiempo, para renacer cuando Hampton Court se convirtió en el palacio de los Tudor y los Estuardo, y las barcas reales fueron remolcadas desde las orillas del río, y los galanes de brillantes mantos se paraban en la costanera para gritar con altanería: “¡Eh, del barco! ¡Por los clavos de Cristo, muchas gracias!” (5).
Muchas de las antiguas casas de los alrededores, hablan llanamente de aquellos días en que Kingston era un burgo real, y el largo camino hasta los portales de palacio se alegraba todo el día con el repiqueteo del acero y los palafrenes rampantes, y las revoloteantes sedas y terciopelos, y los bellos rostros. Las grandes y espaciosas casas, con sus persianas en las ventanas, sus enormes chimeneas, sus panoplias enjoyadas y sus complicados juramentos, fueron edificadas en los tiempos en que los hombres sabían construir. Los duros ladrillos rojos no han hecho sino asentarse mejor con los años, y las escalinatas de roble no crujen ni gruñen cuando uno intenta bajarlas en silencio.
Hablando de escaleras de robles, recuerdo que hay una, magníficamente tallada, en una de las grandes casas de Kingston. Hoy en día es un negocio en medio del mercado, pero evidentemente fue una vez la mansión de algún poderoso personaje. Un amigo mío, que vive en Kingston, entró a comprar un sombrero cierto día, y, en un momento de confusión, puso la mano en el bolsillo y lo pagó allí y en ese momento.
El comerciante (que conoce a mi amigo) se quedó naturalmente un poco sorprendido al principio, pero, recuperándose rápidamente, y sintiendo que debía hacer algo para procurar que momentos como ese se repitieran, le preguntó a nuestro héroe si le gustaría ver algo de roble tallado de excelsa calidad. Mi amigo dijo que sí, y el encargado lo llevó al fondo del negocio y escaleras arriba hasta la vivienda. Las balaustradas era una soberbia pieza de artesanía, y toda la escalera estaba cubierta de paneles de roble tallado que no hubieran estado fuera de lugar en un palacio.
De la escalera pasaron a la sala de estar, un salón amplio y bien iluminado, decorado con un vibrante aunque divertido empapelado de fondo azul. No había nada fuera de lo habitual, por lo demás, respecto del apartamento, y mi amigo comenzó a preguntarse por qué lo habían llevado allí. El propietario golpeó el papel, que devolvió un claro sonido a madera.
—Roble— explicó. —Todo roble tallado, hasta el mismo techo, tal como el que usted vio en la escalera.
—Pero, ¡por César, hombre!— estalló mi amigo —¿Quiere decir que cubrió todo el roble tallado con ese papel azul?
—Sí,— fue la respuesta —y me salió bien caro. Hubo que taparlo con chapas de madera primero, por supuesto. Pero ahora el cuarto es más alegre. Antes era excesivamente triste.
En realidad, no podría decir que culpo a aquel hombre (lo que sin duda lo tranquilizará mucho). Desde su punto de vista, que sería el del propietario promedio, deseoso de tomar la vida tan a la ligera como sea posible, y no del tipo del maniático de tiendas de antigüedades, la razón estaba de su lado. El roble tallado es muy bello a la vista durante un rato, pero no hay duda de que es en cierta forma deprimente para aquellos que no lo aprecian. Sería como vivir en la nave de una iglesia.
No, lo que era triste en ese caso era que al hombre no le importaba el roble tallado, y sin embargo tenía una casa entera cubierta de él, mientras que gente a la que le encantaba debía pagar sumas enormes para poseer un poco. Esta parece ser la regla en nuestro mundo. Cada persona tiene lo que no quiere, y otros poseen lo que ella quiere.
Hombres casados tienen esposas y no parecen quererlas, y los jóvenes solteros lloran porque no pueden conseguirlas. La gente pobre, que a duras penas puede mantenerse, tiene ocho niños saludables, y parejas de ancianos ricos, que no tienen a quién dejar su dinero, mueren sin hijos.
Y allí tienen a las chicas con los hombres. Las mujeres que les gustan a los hombres no quieren hombres. Dicen que estarían mejor sin ellos, que les molestan, que por qué no van y se enamoran de Miss Smith o Miss Brown, que son flacas y viejas y nunca han tenido ningún novio. Ellas no quieren amantes. No se van a casar nunca.
No hay que profundizar en estas cosas: uno se pone triste.
En nuestra escuela había un niño. Solíamos llamarlo Sandford y Merton (6), pero su nombre real era Stivvings. Era el muchacho más extraordinario que yo haya conocido. Creo que de verdad le gustaba estudiar. Metía miedo cuando se sentaba en la cama y leía griego, y sencillamente no había manera de mantenerlo alejado de los verbos irregulares franceses. Estaba lleno de ideas estrambóticas y antinaturales acerca de ser un orgullo para sus padres y un honor para la escuela, y tenía grandes deseos de ganar premios, y crecer y ser un hombre sabio y otros pensamientos igualmente retardados. Nunca conocí una criatura semejante, tan inofensiva como un niño no nacido.
Bueno, ese muchacho solía enfermarse más o menos dos veces por semana, así que no podía ir a la escuela. Nunca hubo un niño que se enfermara tanto como ese Sandford y Merton. Si había alguna enfermedad conocida en diez millas a la redonda de él, él la tenía, y en su forma más agresiva. Tenía bronquitis en plena canícula y fiebre del heno en Navidad. Después de un mes y medio de sequía, le agarraba fiebre reumática. Salía en un día neblinoso de noviembre y volvía con insolación.
Le dieron gas hilarante durante un año, pobrecito, y le sacaron todos los dientes y le pusieron una dentadura postiza porque sufría de terribles dolores de muelas; luego de eso, el dolor de muelas se convirtió en neuralgia y dolor de oídos. Nunca lo veíamos sin un resfrío, excepto durante las nueve semanas que tuvo escarlatina, y siempre sufría de sabañones y congelación. Durante la gran epidemia de cólera de 1871 nuestro vecindario se vio singularmente libre de ella. Solo hubo un caso denunciado en toda la parroquia: ese caso fue el joven Stivvings.
Cuando estaba enfermo tenía que quedarse en cama y comer pollo y crema pastelera y pasas de uva; y se quedaba allí tirado y llorando porque no lo dejaban hacer ejercicios de latín y le arrancaban de las manos la gramática alemana.
Y nosotros, los demás chicos, que hubiéramos sacrificado diez períodos de nuestra vida escolar por la gracia de estar enfermos un solo día, y no teníamos deseo alguno de dar a nuestros padres ninguna excusa para enorgullecerse de nosotros, ni siquiera nos agarrábamos una tortícolis. Andábamos por las corrientes de aire y nos hacían bien y nos refrescaban; y comíamos cosas que hacen daño y nos engordaban y nos abrían el apetito. No se nos ocurría nada que nos pusiera enfermos hasta que comenzaban las vacaciones. Entonces, el último día de clases, nos engripábamos y teníamos tos convulsa y toda clase de desórdenes, que nos duraban hasta que el año escolar recomenzaba; cuando, a pesar de todas nuestras maniobras en contrario, repentinamente nos poníamos bien de nuevo, y mejor que nunca.
Así es la vida; somos como césped cortado, colocado en un horno y puesto a secar.

Continuará…

NOTAS:

1: Eadwig el Hermoso, rey sajón de la Casa de Wessex, hijo y sucesor del Rey Edmundo. Los nobles no querían la relación con Elgiva (Æthelgifu) que J. va a describir enseguida. Eadwig murió el 1º de octubre de 959 d.C. Tenía tan solo 19 años.

2: En el original, sugar-plum: guillomo del Canadá, cornillo, saskatun o carrasquilla (Amelanchier canadensis). He elegido el sinónimo vulgar menos extraño para nosotros.

3: Mead, especie de aguamiel alcohólica hecha con miel fermentada.

4: Esta anécdota, si bien repetida por numerosos historiadores ingleses, no ha sido demostrada cierta.

5: Mucho más encantadora en el original: “What Ferry, ho! Gadzooks, gramercy.”. Esta frase en inglés moderno temprano hubiera hecho las delicias de Tolkien. Gadzooks es un eufemismo por God´s hooks, los clavos de Cristo. Pero no era educado mencionar el instrumento de tortura que mató a Jesús, por eso reemplazaban God por Gad. Gramercy es la versión anglicanizada del francés grand merci, “grandes mercedes” o “muchas gracias”.

6: Referencia al libro para niños de Thomas Day The History of Sandford and Merton, increíblemente popular durante los siglos XVIII y XIX. Trata de un joven aristócrata indolente y descuidado, que finalmente llega a la virtud tomando como modelo de vida al hijo de un campesino.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


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Tres hombres en un bote (por no mencionar al perro) (11)

Por Jerome K. Jerome. Traducción de Marcelo Dos Santos. Todas las notas me pertenecen.

El clima es algo que me sobrepasa. Nunca he logrado entenderlo. El barómetro es inútil: es tan engañoso como el reporte del diario.
Había uno colgado en un hotel de Oxford donde estuve la primavera pasada. Cuando llegué, marcaba “bueno estable”. Afuera diluviaba, como había hecho durante todo el día, y yo no podía creer lo que veía. Le di unos golpecitos, y la aguja saltó para señalar “muy seco”. El lustrabotas pasó y se quedó mirándolo, y dijo que esperaba que se estuviera refiriendo al día siguiente. Yo imaginaba que se refería a la semana anterior, pero el lustrabotas dijo que no, que él no lo creía.
Le di otro golpecito a la mañana siguiente, y subió todavía más, mientras la lluvia caía con más fuerza que nunca. El miércoles lo fui a ver de nuevo, y la aguja se movía alternativamente entre “bueno estable”, “muy seco” y “muy caluroso”, hasta que el tope la detuvo y no pudo seguir subiendo. Hizo todo lo que pudo, pero el instrumento estaba construido de tal manera que no podía pronosticar buen tiempo con más entusiasmo que como lo estaba haciendo sin romperse. Era evidente que hubiera querido hacerlo si hubiese podido, y anunciar sequía, escasez de agua, insolación, simún y cosas así, pero el tope al extremo de la escala se lo impedía, debiendo conformarse con un sencillo e insuficiente “muy seco”.
Mientras tanto, la lluvia seguía cayendo en forma torrencial, el río se había desbordado y toda la parte baja de la ciudad estaba bajo el agua.
El limpiabotas dijo que era obvio que habría un prolongado período de buen tiempo alguna vez, y leyó en voz alta el poema que estaba impreso encima de nuestro oráculo, que decía:

“Lo predicho hace tiempo, dura mucho;
lo revelado poco ha, pronto pasa.”

El buen tiempo jamás llegó ese verano. Yo creo que la máquina debe haber estado hablando de la primavera siguiente.
Después están esos barómetros nuevos, los largos y finos. No les encuentro ni pies ni cabeza. De un costado muestran el tiempo a las 10 de la mañana de ayer, y del otro el de las 10 de hoy, pero no siempre puede uno estar allí a las diez para enterarse. Se eleva o baja para indicar lluvia o tiempo bueno, con mucho o poco viento, y en un extremo dice “Nly” y en el otro “Ely” (¿qué tiene que ver Ely con todo esto? (1)), y, si uno le da unos golpecitos, no hace nada. Y tienes que corregirlo para el nivel del mar, y reducir la temperatura a grados Fahrenheit, y aún así no sé lo que dice.
Al fin y al cabo, ¿quién quiere que le pronostiquen el tiempo? Ya es suficientemente horrible cuando llega, como para aumentar nuestra miseria diciéndonoslo por adelantado. El pronosticador que a mí me gusta es el viejo que, en una mañana particularmente oscura de cierto día en que particularmente deseamos que esté lindo, mira a su alrededor con su ojo adiestrado, y dice:
—Oh, no, señor. Yo pienso que va a despejar. Sí, va a despejar y será un hermoso día, señor.
—¡Ah! ¡Este sabe!— decimos, y le deseamos un buen día, y salimos. —¡Es una maravilla lo que saben estos viejos!
Y sentimos hacia él un afecto que no se empequeñece por el hecho de que no solo NO despeja, sino que continúa lloviendo con pertinacia todo el día.
—Y, bueno…— decimos, —su intención fue buena.
Para el hombre que nos vaticina mal tiempo, por el contrario, nuestro corazón guarda solo pensamientos amargos y vengativos.
—¿Cree que aclarará?— le gritamos al pasar, alegremente.
—Bueno, no, señor. Me parece que va a estar así todo el día.— responde, meneando la cabeza.
—¡Viejo estúpido!— murmuramos —¿Qué sabrá él?— Y, si el arúspice demuestra haber estado en lo correcto, regresamos sintiendo aún más rencor hacia él, y albergando la vaga sospecha de que, de una u otra manera, todo ha sido culpa suya.
Era un día brillante y soleado el de esta mañana, a pesar de la escalofriante lectura de George acerca de “presión en descenso, perturbaciones atmosféricas pasando en línea oblicua sobre Europa Meridional” y demás que tanto nos había hecho enojar más temprano, y así, viendo que no podía quebrar nuestro ánimo y dándose cuenta de que estaba perdiendo el tiempo, en un descuido me robó el cigarrillo que yo había liado y salimos.
Entonces Harris y yo, habiendo terminado con unas pocas cosas que quedaban sobre la mesa, cargamos el equipaje hasta la calle y esperamos por un taxi.
Parecía un equipaje respetable, cuando pusimos todo junto. Estaba la Gladstone y otra maleta más pequeña, y los dos canastos, y un gran rollo de lona, y unos cuatro o cinco abrigos y sobretodos, y unos cuantos paraguas, y había un melón solo en una bolsa, porque era demasiado voluminoso para ir en ninguna otra parte, y un par de kilos de uvas en otra bolsa, y una sombrilla de papel japonés, y la sartén, que también era demasiado grande y terminamos envolviendo en papel madera.
Parecía demasiado, y Harris y yo comenzamos a sentirnos avergonzados, aunque no puedo decir por qué motivo. No pasaba ningún taxi, pero sí muchachos, y se empezaron a interesar por nuestro show, y se detenían.
El primero que llegó fue el chico de Biggs (2). Biggs es nuestro verdulero, y su principal talento es contratar los servicios de los chicos más relajados, faltos de principios y vagabundos que nuestra civilización haya logrado producir hasta el momento. Si aparece algo más vulgar y vil que lo común en la cosecha de muchachos de nuestro vecindario, es seguro que se trata de la última adquisición de Biggs.
Me dijeron que, en el tiempo del asesinato de la calle Great Coram (3), todos en nuestra cuadra pensaban que había sido el chico de Biggs (el que Biggs tenía ese año). La comisaría 19 lo detuvo, y si no hubiera sido, luego de un severo interrogatorio, capaz de probar una coartada perfecta, lo hubiera pasado muy mal. No conocí al repartidor de Biggs de aquellos tiempos, pero, por lo que he visto de ellos desde entonces, yo no hubiera prestado mucha atención a su coartada.
El muchacho de Biggs, como iba diciendo, apareció doblando la esquina. Era evidente que estaba muy apurado cuando vio el cuadro por primera vez, pero, al observarnos a Harris y a mí, y a Montmorency, y a las cosas, aflojó el paso y se detuvo a mirarnos. Harris y yo lo miramos con cara de pocos amigos, pero los muchachos de Biggs son tradicionalmente muy poco sensibles al lenguaje gestual. Se paró a un metro de nosotros, y, eligiendo una pajita para masticar, nos clavó la mirada. Evidentemente pensaba que el espectáculo iba a valer la pena.
Un minuto después, el chico del almacén pasó por la vereda de enfrente. El de la verdulería lo saludó:
—¡Hey! ¡Los de la planta baja del 42 se mudan!
El del almacén cruzó la calle, y tomo posición del otro lado de la puerta. Luego se detuvo el jovencito de la zapatería, y se unió a Biggs, mientras que el peón de “Los postes azules” ocupaba una posición independiente en nuestro auditorio.
—Estos no se van a morir de hambre, ¿no?— dijo el caballero de la zapatería.
—¡Ah! Es que tienes que llevar contigo una cosa o dos— respondió el de “Los postes azules” —, si vas a cruzar el Atlántico en un botecito.
—No van a cruzar el Atlántico.— intervino el de Biggs. —Van a buscar a Stanley (4).
A esta altura, se había reunido una pequeña multitud, y las personas se preguntaban unas a otras de qué se trataba. Un bando (la porción más joven y mentecata de la muchedumbre) sostenía que se trataba de una boda y señalaban a Harris como el novio; mientras que los más viejos e inteligentes de entre el populacho se mostraban más inclinados a apoyar la idea de que era un funeral, y que probablemente yo era el hermano del cadáver.
Al final, apareció un taxi vacío (en una calle en donde, como norma general, cuando uno no está esperando un taxi, pasan a un promedio de tres por minuto, y se detienen, y estorban), y, subiendo a bordo nuestras pertenencias y arrojando de él a los dos amigos de Montmorency, que evidentemente habían jurado no abandonarlo jamás, nos alejamos entre la hilaridad de la muchedumbre, mientras el chico de Biggs nos arrojaba una zanahoria para que nos trajera suerte.
Llegamos a Waterloo (5) a las once, y preguntamos de qué plataforma salía el tren de las once y cinco. Por supuesto, nadie lo sabía; nadie en Waterloo sabe núnca de dónde sale un tren determinado, ni a dónde va una vez que ha partido, ni nada que tenga nada que ver con ello. El maletero que se hizo cargo de nuestras cosas creía que por el andén dos, pero otro maletero con quien discutió el asunto, dijo que había escuchado el rumor de que lo haría por el uno. El jefe de estación, por su parte, estaba convencido de que lo haría por la vía de los trenes locales.
Para ponerle fin a la cuestión, subimos las escaleras y le preguntamos directamente al jefe de tráfico, quien nos dijo que acababa de encontrarse con un hombre que le había dicho que había visto el tren en la plataforma tres. Fuimos a la plataforma tres, pero los responsables de la formación nos explicaron que estaban casi seguros de que se trataba del Expreso de Southampton, o si no, el de ida y vuelta a Windsor. Pero estaban seguros de que no era el tren de Kingston, aunque no podían explicar el porqué.
Entonces, nuestro maletero dijo que pensaba que debía ser el que estaba por salir de la plataforma elevada, que creía que conocía el tren. Entonces fuimos a la plataforma elevada, y hablamos con el maquinista, y le preguntamos si iba a Kingston. Dijo que por supuesto no podía decirlo con certeza, pero que creía que sí. De cualquier modo, si no era el de las 11:05 a Kingston, estaba bastante seguro de que era el de las 9:32 a Virginia Water, o el expreso de las 10 en punto a la Isla de Wight, o para alguna parte en esa dirección, y que ya nos enteraríamos cuando llegáramos. Le pusimos una moneda de media corona en la mano y le imploramos que fuera el de las 11:05 a Kingston.
Le dijimos:
—En esta línea nadie sabe quién es ni adónde va. Usted conoce el camino. Salga sin hacerse notar y vaya a Kingston.
El noble caballero respondió:
—Bueno, no sé, señores. Pero supongo que algún tren tiene que ir a Kingston, y yo lo haré. Dénme la media corona.
Así que llegamos a Kingston en el Ferrocarril del Sudoeste.
Después supimos que el tren que nos había llevado era, en realidad, el correo de Exeter, y que lo habían estado buscando en Waterloo durante horas, sin saber qué había sido de él.
Nuestro bote nos estaba esperando en Kingston justo debajo del puente, y hacia él nos dirigimos, y acomodamos nuestro equipaje, y abordamos.
—¿Todo bien, señor?— preguntó el hombre.
—Muy bien.— respondimos, y con Harris a los remos y yo a la maniobra, y Montmorency, descontento y profundamente suspicaz a proa, zarpamos por fin, hacia las aguas que serían nuestro hogar por los siguientes quince días.

Continuará…

NOTAS:

1: “Nly” significa Northerly (”viento norte”) y “Ely” Easterly (”viento del este”), pero el autor simula no saberlo, y por eso hace el juego de palabras con el nombre propio.

2: Cebada, de la que se usa para elaborar cerveza.

3: El autor se refiere al brutal homicidio de la prostituta de 27 años Harriet Buswell, alias Clara Burton, ocurrido en la Nochebuena de 1872. Un médico alemán fue acusado, pero una coartada le permitió salir en libertad. Hasta el día de hoy no se ha podido identificar al asesino, cuyo accionar representa un antecedente directo de los sangrientos hechos que Jack el Destripador perpetraría 16 años más tarde. Junto al cadáver destrozado de Buswell se encontraron bolsas con manzanas, naranjas y nueces. J. aprovecha esta circunstancia para relacionar al repartidor de la verdulería con el crimen.

4: Henry Morton Stanley, célebre explorador inglés del África, famoso por haber rescatado al desaparecido David Livingstone, a quien encontró, muy enfermo, en una aldea a orillas del lago Tanganika. Mientras J. escribía esta novela, Stanley se hallaba explorando los lagos Alberto y Victoria y el sur de Sudán.

5: Una de las grandes terminales de trenes de Londres.

FOTO:

Jerome Klapka Jerome, ya maduro, con un Montmorency.

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Concurso: Sonetos agresivos y despreciables

Este sí que es un concurso con premio: el ganador se lleva un libro.

La mecánica es sencilla: cada participante debe postear en forma de comentarios uno o más sonetos de estructura formal, cumpliendo en su totalidad las normas que se imponen abajo.
La única condición temática es que los versos sean combativos (a la manera honorable, como los de Almafuerte) o agresivos sin razón, discriminatorios, peleadores, camorreros, chauvinistas, racistas, sexistas, burlones, vulgares, malsonantes, en fin, despreciables (como el mío).

Entre aquellos que cumplan las reglas, se efectuará una votación pública. No se contarán los votos para los sonetos que no respeten las reglas formales. Se puede votar con una cuenta o con cien (logueado). Los votos de anónimos tampoco se tomarán en cuenta.

El concurso comienza hoy. La recepción de sonetos culmina el 4 de enero de 2010. Seguirá una votación de siete días. Los votos que sean emitidos en forma de soneto (siempre según las reglas) se contabilizarán doble y, a su vez, podrán ser votados, partiendo de una base bonus de dos votos.

Las normas son:

1) El soneto constará de los catorce versos tradicionales, estructurados en tres cuartetos y un dístico no pareado.

2) Los versos deben ser endecasílabos.

3) La rima seguirá la forma siguiente: ABBA ABBA CDDC CD.

4) No hay excepciones a ninguna de las reglas anteriores.

A manera de ejemplo, les dejo una logradísima pieza de Almafuerte:

Los que vierten sus lágrimas amantes
sobre las penas que no son sus penas;
los que olvidan el son de sus cadenas
para limar las de los otros antes;

los que van por el mundo, delirantes,
repartiendo su amor a manos llenas,
caen, bajo el peso de sus obras buenas,
sucios, enfermos, trágicos… ¡sobrantes!

¡Ah! Nunca quieras remediar entuertos;
nunca sigas impulsos compasivos;
ten los garfios del Odio siempre activos
y los ojos del Juez siempre despiertos…

¡y al echarte en la caja de los muertos,
menosprecia los llantos de los vivos !

Y una mía, no tan conseguida, pero que da una idea cabal de lo que se pretende:

En mi recuerdo, era tan hermosa
como la luz dorada de la tarde;
visión gloriosa que palpita y arde
en mi mirada triste y tormentosa.

Su voz pausada, tan maravillosa
que al escucharla me volvía cobarde,
me reclamaba que no hiciera alarde
de nuestros besos, ¡tímida y graciosa!

De seguro, pensé, no olvidaría
sus ojazos brillantes cual candiles
ni su figura de los quince abriles
que llenaron de gozo el alma mía…

¡Ahora es gorda! ¡Yo la transportaría
cual rodando se llevan los barriles!

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Tres hombres en un bote (por no mencionar al perro) (10)

Diciembre 4, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Por Jerome K. Jerome. Traducción de Marcelo Dos Santos. Todas las notas me pertenecen.

Capítulo V
LA SEÑORA P. NOS DESPIERTA. GEORGE EL HARAGÁN. LA ESTAFA DEL PRONÓSTICO METEOROLÓGICO. LA DEPRAVACIÓN DEL NIÑO. LA GENTE SE REÚNE A NUESTRO ALREDEDOR. SALIMOS CON GRAN ESTILO Y LLEGAMOS A WATERLOO. INOCENCIA DE LOS OFICIALES FERROVIARIOS DE LA LÍNEA DEL SUDOESTE RESPECTO DE COSAS TAN MUNDANAS COMO LOS TRENES. ESTAMOS A FLOTE, A FLOTE EN UN BOTE ABIERTO.

Fue la señora Poppets (1) la que me despertó a la mañana siguiente.
Dijo:
—¿Sabe que son las nueve en punto, señor?
—¿Las nueve de qué?— pregunté, levantándome.
—Las nueve de la mañana.— contestó a través del ojo de la cerradura —Pensé que se habían quedado dormidos.
Desperté a Harris y se lo dije.
—¿No era que querías levantarte a las seis?
—Quería.— respondí —¿Por qué no me llamaste?
—¿Cómo podría haberte llamado, si no me despertaste?— replicó —Gracias a ti, no estaremos en el agua hasta después de las doce. No sé para qué te tomaste el trabajo de despertarte, al fin y al cabo.
—Hmm,— contesté —tienes suerte de que lo haya hecho. Si no, habrías seguido durmiendo toda la quincena.
Nos seguimos gruñendo mutuamente de esta suerte durante varios minutos, hasta que nos interrumpió un desafiante ronquido proveniente de George.
Eso nos hizo recordar su existencia por primera vez desde que nos habíamos despertado.
Ahí estaba el hombre que quería saber a qué hora tenía que llamarnos, de espaldas, con la boca abierta y las rodillas en alto.
No sé por qué será, pero les aseguro que la vista de otro hombre dormido en una cama cuando yo estoy despierto me vuelve loco. Me parece sumamente chocante ver las horas preciosas de la vida de un hombre, los momentos inapreciables que nunca volverán, siendo desperdiciados en un sueño bestial.
Ahí estaba George, tirando a la basura de un ocio repugnante su valiosa vida, de cada segundo de la cual debería rendir cuentas luego, desmayado, inútil. Podría haber estado levantado, llenándose de huevos con panceta, molestando al perro o seduciendo a la sirvienta, en lugar de estar despatarrado allí, en ese olvido que pesaba en el alma.
Era un pensamiento horrible. Aparentemente, nos vino a Harris y a mí al mismo tiempo. Determinados a salvarlo por esta noble decisión, nuestra propia pelea quedó olvidada. Corrimos hacia él y le arrancamos las mantas; Harris se arrojó sobre él golpeándolo con una zapatilla, yo le grité en el oído y por fin se despertó.
—¿Quésloquepasssssaaa…?— observó, sentándose.
—¡Arriba, cabeza de chorlito!— rugió Harris —¡Son las diez menos cuarto!
—¿Qué?— gimió, saltando de la cama para caer en la bañera —¿Quién demonios puso esto aquí?
Le dijimos que había que ser tonto para no ver la bañera.
Terminamos de vestirnos, y, cuando terminamos, recordamos que habíamos puesto los cepillos de dientes, el peine y el cepillo de pelo en la valija (ese cepillo de dientes será mi muerte, lo sé), y tuvimos que ir a la planta baja y pescarlos de la maleta. Cuando la hubimos cerrado de vuelta, George quiso la máquina de afeitar. Le dijimos que esa mañana se iría sin afeitar, porque no íbamos a abrir esa valija de nuevo por él ni por nadie como él.
Dijo:
—No sean absurdos. ¿Cómo voy a ir al centro así?
Ciertamente sería duro para el centro, pero ¿qué nos importaba el sufrimiento humano? Como dijo Harris en su lenguaje común, vulgar: el centro se lo iba a tener que aguantar.
Bajamos para desayunar. Montmorency había invitado a otros dos perros para que vinieran a despedirse de él, y los tres mataban el tiempo peléandose en el umbral. Los calmamos con un paraguas y nos sentamos para comer unas costeletas y un poco de fiambre.
Harris dijo:
—Lo mejor es tener un buen desayuno.— y atacó dos costillas, diciendo que las comería mientras estaban calientes, y que el fiambre podía esperar.
George tomó el diario y nos leyó los accidentes de botes y el pronóstico meteorológico, que profetizaba “lluvia, frío, húmedo a bueno” (peor que la forma normalmente horrorosa en que es el tiempo aquí), “tormentas eléctricas ocasionales, sudestada con depresiones generales sobre los condados de las Midlands, Londres y el Canal (2), presión en descenso”.
Pienso que, de todas las estupideces y tonterías de las que está plagado el mundo, este “pronóstico meteorológico” es una de las más agraviantes.
Recuerdo unas vacaciones a fines del otoño, completamente arruinadas por haber cometido el error de creer en reporte del tiempo de un diario local.
“Se esperan chaparrones intensos con tormentas eléctricas para el día de hoy”, decía el lunes, así que cancelamos nuestro picnic y nos quedamos en la casa todo el día, esperando la lluvia. Y la gente pasaba por la calle, en calesas y carruajes, feliz y contenta, con el sol brillante y ni una nube en el cielo.
—¡Ah!— decíamos, mirando por la ventana —¡Van a volver empapados!
Y nos reíamos pensando en cómo se iban a mojar, y avivábamos el fuego y ordenábamos nuestras colecciones de algas y caracoles. Al mediodía el sol daba de lleno en nuestra habitación, el calor se había vuelto opresivo y nosotros nos preguntábamos cuándo irían a comenzar los chaparrones intensos y las tormentas eléctricas.
—A la tarde, a la tarde, ya lo verás.— nos decíamos los unos a los otros —Vas a ver cómo se empapan. ¡Qué lindo!
A la una, la casera vino a preguntar si no pensábamos salir, con un día tan espléndido.
—¡No, no!— respondimos, con una sonrisa de superioridad —Nosotros no. No queremos quedar empapados, no, señor.
Y cuando caía la tarde y todavía no había señales de lluvia, intentábamos alegrarnos con la idea de que caería toda junta, justo en el momento en que los paseantes comenzarían a volver a sus casas, y de ese modo se mojarían mucho más. Pero no cayó ni una gota, y así terminó un hermoso día despejado, seguido por una noche magnífica.
A la mañana siguiente leímos que iba a ser “un día despejado, soleado, de mucho calor”, y nos vestimos con ropas ligeras y salimos, y, a la media hora, comenzó un lluvia feroz, y se levantó un viento frío y cortante, y ambos persistieron con firmeza durante todo el día, y volvimos a casa resfriados y con reumatismo y terminamos en cama.

Continuará…

NOTAS:

1: “Muñequitas”.

2: Guernsey y Jersey, dos islas situadas en el Canal de la Mancha, frente a la costa francesa.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


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Coplas Chauvinistas y Camorreras

Diciembre 3, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Las Coplas Chauvinistas y Camorreras (en adelante, CCC), son un género poético combativo y belicoso, tal vez inventado por el gran Tomás Sanz para un concurso en la revista Humo®.
Las mismas sirven para defender el barrio, la ciudad, la provincia o la nación propios, o bien para defenestrar, insultar o ridiculizar los ajenos.
Cumplen con reglas muy estrictas (como los haiku), y me parece que hay que entregarles un espacio para recuperarlas después de tantos años. Bueno, este es el momento.
Invito, pues, a todos los bloggers y lectores a que dejen en los comentarios sus propias CCC, cuanto más vulgares, agresivas y desaforadas, mejor. Algunas pueden tener cierta elegancia, tal vez.

Las normas de una CCC correcta son:

1) Consta de tres versos octosílabos.

2) La rima debe ser ABA.

3) El nombre del lugar defendido o insultado debe ir al final del primer verso.

4) Debe ser agraviante, burlona, despectiva o todo lo anterior.

5) Si es racista, homofóbica, discriminatoria, inmoral, insultante, o traumática, se acercaría mucho a la perfección estilística y formal.

No se trata de un concurso con premios, entiéndase bien. Aunque los lectores pueden votar y/o destrozar a los demás competidores. Mi ilusión máxima sería provocar una guerra, un atentado, una tentativa de homicidio (siempre virtuales), destruir amistades, parejas, etc., gracias a la colección de CCC que formaremos.

Les dejo algunas de mi cosecha para que vean bien de qué se trata:

En Ciudad Fernández Oro
los hombres son todos bajos
y no hay tenor en el coro.

Mi amigo, soy de Bragado…
Cuando guste visitarme
yo lo dejo embarazado.

He nacido en Balvanera:
si no te gusta ese barrio
tu vieja es una ramera.

Hoy día vivo en Almagro;
si decís cualquier cosita,
el ojete te deflagro.

Viví en un tiempo en Florida;
si no te gusta la zona
te la ensarto bien metida.

Conozco la Patagonia;
callate, porque te dejo
el culo como begonia.

Yo soy hombre y soy pampeano;
vos presentame a tu vieja
que te fabrico un hermano.

Son putos los cordobeses
aunque les muestres mujeres
pedirían los cogieses.

Soy de Comunicaciones,
si sos de algún otro cuadro
te gustan los maricones.

Yo vengo de Don Torcuato,
si vos sos sanisidrense,
te monta Zulma Lobato.

Nací en Rafael Castillo.
Mejor mirá pa´ otro lado
o voy pelando el cuchillo.

Si vos naciste en Caseros
seguro te han desvirgado
por todos tus agujeros.

Los ingleses de Malvinas
nos odian por mil razones,
pues los usamos de minas.

Soy de la Pampa de Achala;
donde me mires torcido,
ya te voy metiendo bala.

Es mi barrio el de Congreso.
Si te venís con tu novia,
te la parto como un queso.

Hombre macho en Chivilcoy…
Si sos mina y estás buena,
te meo, te garcho y me voy.

Yo vengo de Chilecito,
y a las chinitas les dejo
dilatado el aujerito.

Me la banco y soy del Centro;
si te llego a ver de noche
te la mando bien adentro.

Soy obrero de Ameghino;
si te me ponés de espaldas
te destrozo el intestino.

Sos puto, sos de Barracas.
Si te venís pa´ la Boca,
te agrandamo´ el de hacer caca.

Todo suyo, señoras y señores.
Humillen.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


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Ayuda para el post anterior

Diciembre 1, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , | # Enlace permanente


El Señor ama a TODAS sus criaturas. Incluso a este sujeto feo (me refiero al de la derecha).

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Tres hombres en un bote (por no mencionar al perro) (9)

Noviembre 27, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Por Jerome K. Jerome. Traducción de Marcelo Dos Santos. Todas las notas me pertenecen.

—No tomaremos el té;— dijo George (y el rostro de Harris se oscureció al oírlo) —pero podemos tomar una comida rotunda, grande, poderosa, a las siete: almuerzo, té y cena combinados.
Harris se reencontró con la alegría. George sugirió carne y pasteles de frutas, fiambre, tomates, fruta y verduras. Para beber, estuvimos maravillosamente de acuerdo con Harris, quien dijo que debíamos llevar esa cosa pegajosa a la cual mezclas con agua y llamas limonada, un montón de té y una botella de whisky, en caso de que, dijo George, estuviésemos molestos.
Me parecía que George insistía demasiado con la idea de estar enojados.
Creía que no era el espíritu correcto para ir en un viaje como este.
Pero me alegré de que lleváramos el whisky.
No llevaríamos cerveza ni vino. Son un error en el río. Te hacen sentir somnoliento y pesado. Un vaso por la noche cuando andas por los bares mirando a las muchachas está muy bien, pero no si los bebes cuando el sol te aplasta la cabeza y tienes mucho trabajo duro por hacer.
Hicimos un lista de las cosas que deberíamos llevar, y llegó a ser bastante larga antes de que nos separáramos esa noche. Al día siguiente, viernes, nos reunimos todos otra vez, para comenzar a empacar al anochecer. Llevamos una Gladstone (1) para la ropa, y dos canastos para las provisiones y los utensilios de cocina. Corrimos la mesa contra la ventana, apilamos todo en un montón en el medio del salón, nos sentamos a su alrededor y lo miramos.
Dije que yo empacaría.
Me enorgullezco de mi calidad para hacer equipajes. Empacar es una de las muchas cosas que siento que hago mejor que cualquier otra persona viviente (a veces me sorprendo a mí mísmo de cuántos de estos sujetos existen, me refiero a los que hacen las cosas peor que yo). Mi declaración impresionó a George y Harris, y les dije que mejor harían en dejar todo el asunto absolutamente en mis manos. Aceptaron la sugerencia con una prontitud en la que había algo de misterioso. George tomó su pipa y se desparramó en el sofá, mientras que Haris apoyó los pies sobre la mesa y encendió un cigarro.
Difícilmente eso era lo que yo había pensado. Lo que yo quería decir, por supuesto, era que yo dirigiría las acciones, y que Harris y George empacarían de acuerdo con mis órdenes, estimulándolos de vez en cuando con un “¡Oh, tú, pedazo de…”, “Aquí, déjame que te enseñe cómo se hace” y “Ahí lo tienes, era simple”, enseñándoles en realidad, podría decirse. La manera en que lo aceptaron me irritó. No hay nada que me irrite más que ver a otras personas sentadas ahí sin hacer nada mientras yo trabajo.
Una vez viví con un hombre que me volvía loco exactamente así. Era capaz de tirarse en el sofá y observarme hacer cosas durante una hora entera, siguiéndome con la mirada por todo el salón. Solía decir que le hacía mucho bien verme trabajar. Decía que le hacía sentir que la vida no era un sueño ocioso a través del cual abrirse paso desperezándose y bostezando, sino una tarea noble, llena de deberes y duras tareas. Decía también que a veces dudaba acerca de cómo había conseguido vivir hasta que me conoció, sin tener a nadie a quien mirar trabajar.
Pero yo no soy así. No me puedo sentar a observar a un hombre que trabaja como un esclavo. Tengo que pararme y supervisar, y caminarle alrededor con las manos en los bolsillos, diciéndole cómo hacer las cosas. Es mi naturaleza enérgica y no puedo evitarlo.
Sin embargo, no dije nada, y comencé a hacer la valija. Me pareció que era más difícil de lo que yo había creído, pero al final, cuando la tuve lista, me senté sobre ella y ajusté las correas.
—¿No vas a poner las botas?— dijo Harris.
Miré a mi alrededor, y me di cuenta de que me las había olvidado. Típico de Harris. No dijo una palabra hasta que tuve la maleta cerrada y con las correas ajustadas, por supuesto. Y George se rió, con una de esas risas suyas tan irritantes, insensatas, burlonas y estúpidas, que me vuelven loco.
Volví a abrir la valija, metí las botas dentro, y, justo cuando iba a volver a cerrarla, me vino a la mente una duda horrible: ¿había guardado mi cepillo de dientes? No puedo decir por qué, pero nunca sé si he empacado mi cepillo de dientes o no.
El cepillo de dientes es algo que siempre me atormenta cuando viajo. Sueño que me lo he olvidado, me despierto con sudores fríos y me pongo a buscarlo en medio de la noche. Por la mañana, lo empaco antes de haberme lavado los dientes, y tengo que abrir la valija, pero siempre está al fondo de todo y tengo que desempacar todo lo demás para encontrarlo. Cuando vuelvo a hacer la valija olvido ponerlo, y tengo que correr escaleras arriba en el último minuto y llevarlo a la terminal de trenes envuelto en mi pañuelo.
Por supuesto que tuve que sacar todo de nuevo, y por supuesto que no lo pude encontrar. Revolví las cosas hasta dejarlas en el estado que debió existir antes de que el mundo fuera creado, cuando reinaba el caos. Por supuesto, encontré los de George y Harris dieciocho veces, pero no podía hallar el mío. Por fin lo encontré adentro de una bota. Hice la valija otra vez.
Cuando terminé, George preguntó si había puesto el jabón. Le dije que me importaba un comino si había puesto el jabón o no, y la cerré de golpe y ajusté las correas, y descubrí que había dejado adentro mi bolsa de tabaco y tuve que volverla a abrir. La tuve lista a las diez y cinco de la noche, y todavía faltaban los canastos. Harris dijo que tendríamos que partir en menos de doce horas, y que pensaba que sería mejor que él y George hicieran el resto, y yo estuve de acuerdo y me senté. Entonces empezaron.
Empezaron con espíritu vivo, evidentemente para enseñarme cómo se hacía. Yo no hice comentarios, solo esperé. Cuando ahorquen a George, Harris será el peor empacador del mundo, y yo miré las pilas de platos y copas y cacerolas y botellas y jarras y tortas y ollas y postres y tomates y sentí que el asunto pronto se pondría emocionante.
Y lo fue. Empezaron rompiendo una copa. Eso fue lo primero que hicieron. Lo hicieron solo para demostrar lo que podían hacer, y para que uno se interesara.
Entonces Harris puso el frasco de jalea de frutilla sobre un tomate y lo aplastó, y tuvieron que sacar el tomate con una cuchara de té.
Entonces fue el turno de George, que pisó la manteca. Yo no dije nada, solamente me acerqué y me senté en el borde de la mesa para observarlos. Esto los irritó mucho más que cualquier cosa que pudiera haber dicho. Me di cuenta. Se pusieron nerviosos y excitados, y se pararon encima de cosas, y dejaron cosas detrás de ellos y cuando las necesitaban no las podían encontrar, y pusieron los bizcochuelos en el fondo, y luego pusieron cosas pesadas sobre ellos y aplastaron los bizcochuelos.
Regaron sal arriba de todo, y ¡respecto de la manteca! Nunca en mi vida he visto dos hombres que lograran hacer más con una libra y dos peniques de manteca. Una vez que George la retirara de la suela de su pantufla, intentaron ponerla en la olla. No quería entrar, y lo que estaba adentro no quería salir. Después la rasparon, y la pusieron sobre una silla, y Harris se sentó sobre ella, y la buscaron por toda la habitación sin encontrarla.
—Juro por mi honor que la puse en esa silla.— dijo George, mirando el asiento vacío.
—Te vi hacerlo no hace un minuto.— dijo Harris.
Entonces empezaron a dar vueltas por toda la sala buscándola, y al final se encontraron de nuevo en el centro, mirándose a los ojos.
—Es la cosa más extraordinaria que escuché.— dijo George.
—¡Y tan misteriosa!— dijo Harris.
Entonces George miró a la espalda de Harris y la vio.
—¡Así que aquí estuvo todo el tiempo!— exclamó, indignado.
—¿Dónde?— gritó Harris, girando.
—¿Podrías quedarte quieto?— rugió George, siguiéndolo.
Y la sacaron y la pusieron en la tetera.
Y Montmorency hacía lo suyo, por descontado. La ambición de la vida de Montmorency es ponerse en el paso y que lo insulten. Si puede colarse particularmente en un sitio donde no es bienvenido, y convertirse en un perfecto estorbo, y volver loca a la gente, y lograr que le tiren cosas a la cabeza, entonces siente que ese día no ha sido desperdiciado.
Conseguir que alguien tropiece con él y lo maldiga ininterrumpidamente durante una hora es su más alto anhelo y objetivo, y, cuando tiene éxito en lograrlo, su orgullo se vuelve insoportable.
Vino y se sentó sobre cosas, justo cuando tenían que ser empacadas, y se movió bajo la fijación de que, cada vez que Harris o George extendían la mano, era para tocar su fría y húmeda nariz. Puso la pata en la mermelada, y persiguió a las cucharas, y pretendió que los limones eran ratas, y se metió en el canasto y mató a tres antes de que Harris pudiese pegarle con la sartén.
Harris dijo que yo lo instigaba. Yo no lo instigaba. Un perro como ese no necesita que lo instiguen. Es el pecado original que trae naturalmente desde su nacimiento lo que lo hace hacer esas cosas.
Terminamos de empacar todo a la una menos diez, y Harris se sentó sobre el canasto grande y dijo que esperaba que no se hubiera roto nada. George dijo que si algo estaba roto, estaba roto, y ese pensamiento pareció reconfortarlo. Dijo también que se quería ir a la cama.
Todos nos queríamos ir a la cama. Harris se quedaría a dormir con nosotros esa noche, así que subimos.
Echamos suertes por las camas, y resultó que Harris dormiría conmigo. Dijo:
—Prefieres dormir de adentro o de afuera, J. (2)?
Dije que generalmente prefería dormir adentro de la cama.
Harris dijo que era un chiste viejo.
George preguntó:
—¿A qué hora quieren que los despierte, muchachos?
Harris dijo:
—A las siete.
Yo dije:
—No, a las seis.— porque quería escribir algunas cartas.
Harris y yo discutimos un poco, pero al final partimos la diferencia y dijimos que a las seis y media.
—Despiértanos a las seis y media, George.— dijimos.
Pero no hubo respuesta. Descubrimos que George se había dormido hacía rato, así que pusimos la bañera de modo que se cayera adentro cuando se levantara, y nos fuimos a dormir.

Continuará…

NOTAS:

1: Pequeña valija rectangular, con una bisagra que, al abrirse, revelaba dos compartimientos de igual tamaño.

2: Del lado de la pared o del contrario.

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Los Premios Darwin (7)

Noviembre 23, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Publicado originalmente en The Darwin Awards. Traducción de Marcelo Dos Santos bajo autorización de la Dra. Wendy Northcutt. Texto nunca publicado en castellano.

Doble galardón: Premio Darwin vs. Mención Honorífica – Caso confirmado
(15 de abril de 2001, Tennessee, Estados Unidos) El día anterior al cierre del ejercicio fiscal, un ganador del Premio Darwin de Memphis intentó ganarle al tren pasando con las barreras bajas, solo para chocar de frente con otro vehículo que venía desde el lado opuesto y cuyo conductor tenía el mismo, estúpido plan. Uno de los conductores murió haciendo de esta monumental idiotez la primera ocasión en que hemos sido testigos de un Premio Darwin estrellándose contra el titular de una Mención Honorífica. El accidente ocurrió sobre una de las vías; el tren pasó por la otra sin incidentes.

Mención Honorífica – Caso confirmado
(31 de enero de 2001, Pennsylvania) Un hombre de Huntingdon Valley a quien se le cayeron las llaves en el inodoro de un baño químico quedó atrapado en las instalaciones cuando intentó recuperarlas. Gritó pidiendo ayuda durante 45 minutos hasta que unos niños que jugaban en un campo adyacente lo oyeron y llamaron a sus padres. La policía se vio obligada a destruir el baño portátil para rescatarlo. Estuvo de pie durante hora y media, sin zapatos ni pantalones, en el limo maloliente. Los médicos debieron atenderlo por cortes y magulladuras, y quitarle el asiento del inodoro que le había quedado aprisionado en la cintura. Creemos que el ego de la víctima nunca recuperará su tamaño original.

Mención Honorífica – Caso confirmado
(Noviembre de 2001, Gales del Sur) ¿Un conductor borracho que viola una luz roja? No gana Darwin.
¿Un hombre con un solo brazo manejando un auto sin adaptar? No gana Darwin.
¿Un hombre manejando mientras habla por teléfono? No gana Darwin.

Pero… ¿Un hombre borracho, con un solo brazo, violando una luz roja mientras sostiene el teléfono con su único brazo bueno? Darwin… casi. Sobrevivió para disfrutar de su Mención Honorífica.
Stuart fue detenido por la policía de Swansea luego de violar una luz roja, lo cual hizo mientras hablaba por teléfono. Había perdido su otro brazo por debajo del codo, el que no le servía para sostener el volante ni cambiar las marchas.
Tenía en su sistema prácticamente el doble del límite de alcohol permitido por la ley. Casi pierde la vida, pero perdió su licencia, que le fue suspendida por 18 meses.

Premio Darwin – Caso confirmado
“El uso incorrecto de las tijeras de podar puede dañar los filos”.
(30 de mayo de 2001, Hillsboro, Oregon) Ismael, de 25 años, iba manejando una camioneta Toyota cuando perdió el control del vehículo, derrapó derribando un buzón, colisionó contra un poste de electricidad, volcó de costado, e hizo caer las líneas de alto voltaje. En este punto, Ismael abrió la puerta superior, trepó al costado del vehículo y abandonó el camino de la evolución.


Inspeccionó la situación con un par de tijeras de podar en la mano. La policía opina que quiso cortar el cable que yacía sobre el vehículo, y que murió electrocutado cuando las hojas tocaron el conductor de 7.500 voltios. La autopsia demostró que la corriente pasó a través de su corazón y salió por la planta del pie izquierdo. Lo encontraron inmóvil, boca abajo, con las tijeras aún en la mano.
Su estupefacto acompañante sobrevivió, solo para ser arrestado por otro hecho no relacionado con este incidente.

ILUSTRÓ: Jay Zeebarf.

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Tres hombres en un bote (por no mencionar al perro) (8)

Noviembre 20, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Por Jerome K. Jerome. Traducción de Marcelo Dos Santos. Todas las notas me pertenecen.

Capítulo IV
LA CUESTIÓN ALIMENTARIA. OBJECIONES AL ACEITE DE PARAFINA EN LA ATMÓSFERA. VENTAJAS DEL QUESO COMO COMPAÑERO DE VIAJE. UNA MUJER CASADA DESERTA DE SU HOGAR. MÁS PREVISIONES POR SI NOS ENOJAMOS. HAGO LAS VALIJAS. PERVERSIONES DE LOS CEPILLOS DE DIENTES. GEORGE Y HARRIS HACEN LAS VALIJAS. SOPRENDENTE CONDUCTA DE MONTMORENCY. NOS RETIRAMOS A DESCANSAR.

Entonces discutimos la cuestión de los alimentos. George dijo:
—Comencemos por el desayuno (George es tan práctico). Ahora, para el desayuno vamos a querer una sartén (Harris dijo que era indigesta, pero nosotros le dijimos que no fuera imbécil y George continuó), una tetera y una olla, y la hornalla a alcohol metílico.
—A aceite no— dijo George con una mirada muy significativa, y Harris y yo asentimos.
Una vez llevamos un horno a aceite, pero ¡nunca más!. Nunca vi nada que tuviera tanta tendencia a escurrirse como el aceite de parafina. Esa semana fue como vivir dentro de una refinería de petróleo. Lo pusimos a proa y, desde ahí, inundó hasta el timón, impregnando el bote y todo lo que este contenía conforme avanzaba, e invadió el río y saturó el paisaje y arruinó la atmósfera. A veces soplaba un viento aceitoso del oeste, y otras veces un viento aceitoso del este, y a veces un viento aceitoso del norte, y tal vez un viento aceitoso del sur, pero no importa si procedía de las nieves del Ártico o que hubiese crecido en la desolación de las arenas del desierto, llegaba hasta nosotros cargado con la fragancia del aceite de parafina.
Y el aceite se escurrió y arruinó la puesta de sol, y, si vamos a hablar de la luz de la luna, positivamente humeaba vahos de parafina.
Intentamos escapar de él en Marlow. Dejamos el bote debajo del puente y atravesamos a pie la ciudad para huir, pero nos siguió. La ciudad entera estaba llena de aceite. Pasamos por el cementerio detrás de la iglesia, y parecía que enterraban a la gente en pozos de aceite. High Street apestaba a aceite, y no podíamos creer que la gente quisiera vivir allí. Y caminamos millas y millas hasta Birmingham, pero no hubo caso: el país entero estaba cubierto de aceite.
Al fin de nuestro viaje nos reunimos de noche en un campo solitario bajo un roble partido, y formulamos el solemne juramento (habíamos estado jurando por esto una semana entera en la forma normal en que lo hace la clase media, pero este era un gran problema), un solemne juramento de no llevar nunca aceite de parafina en un bote con nosotros, excepto, por supuesto, en casos de enfermedad (1).
Por consiguiente, en esta instancia, nos limitamos al alcohol de quemar o alcohol metílico. Incluso él ya es bastante malo. Comes torta metilada y galletas metiladas. Pero el alcohol metílico es mucho menos dañino que el aceite de parafina cuando es introducido en el organismo en grandes cantidades.
Como ingredientes para el desayuno, George sugirió huevos y panceta, que son fáciles de cocinar, carne fría, té, pan y manteca y mermelada. Para el almuerzo, dijo, podíamos llevar bizcochos, fiambre, pan y manteca y mermelada. Pero QUESO NO. El queso, como el aceite, tiene una elevada opinión de sí mismo. Quiere el bote entero para él solo. Atraviesa la canasta y le da sabor a queso a todo lo que haya. No se puede decir si se está comiendo una tarta de manzana, una salchicha alemana o frutillas con crema. Todo parece queso. Hay demasiado olor en el queso.
Recuerdo a un amigo mío, que una vez se compró dos hormas de queso de Liverpool. Eran unos quesos espléndidos, maduros y ricos, que tenían un olor de doscientos caballos de fuerza, garantizado para ser olido a tres millas de distancia y capaz de derribar a un hombre a doscientos metros. En ese momento yo también estaba en Liverpool, y mi amigo me preguntó si me molestaría traele los quesos a Londres, porque él recién vendría uno o dos días después y no sabía si se podían guardar mucho tiempo.
—Será un placer, muchacho— respondí. —Será un placer.
Buqué los quesos y me los llevé en un taxi. Era una especie de desastre en desintegración, arrastrado por un sonámbulo chueco y roncador (2) al cual su propietario, en un momento de entusiasmo durante la conversación, llamó caballo. Puse los quesos en el techo, y comenzamos una marcha inestable que hubiera derrotado a la apisonadora de vapor más rápida jamás construida, y todo siguió así, tan alegre como las campanas del cementerio, hasta que dimos vuelta la esquina. Alí, el viento llevó de lleno el aroma de los quesos a nuestra cabalgadura. Eso lo despertó, y, con un resoplido de terror, se precipitó hacia adelante a tres millas por hora. El viento seguía soplando firmemente en su dirección, y antes de llegar al final de la calle ya estaba corriendo a una velocidad de casi cuatro millas, dejando a los lisiados y a las ancianas bien entrenadas completamente sin chance.
Se necesitaron dos maleteros y el conductor para detenerlo en la estación; y no creo que lo hubieran logrado siquiera si uno de ellos no hubiera tenido la presencia de ánimo de ponerle un pañuelo sobre la nariz y de encender un pedazo de papel madera.
Saqué mi boleto y marché orgullosamente por el andén con mis quesos, mientras la gente se caía de espaldas respetuosamente a ambos lados. El tren estaba repleto, y me tuve que meter en un camarote donde ya había siete personas. Un caballero adusto protestó, pero yo entré, sin hacerle caso, y, poniendo los quesos en el portaequipajes, me deslicé hasta mi asiento con una leve sonrisa, y comenté que hacía calor.
Pasaron unos momentos, y el anciano comenzó a moverse, incómodo.
—Está muy cerrado aquí.— dijo.
—Muy opresivo.— dijo el hombre sentado junto a él.
Y entonces empezaron a olisquear, y, a la tercera inspiración, lo recibieron de lleno en el pecho, y, sin decir una palabra, se pusieron de pie y salieron del vagón.
Una dama robusta se paró, y dijo que era vergonzoso que una mujer casada respetable fuera acosada de esa manera, y tomando una cartera y ocho paquetes se marchó también.
Los cuatro pasajeros restantes se quedaron sentados por un rato, hasta que el hombre de aspecto solemne sentado en el rincón, que por su ropa y su apariencia general parecía pertenecer al ramo funerario, dijo que le hacía recordar a un cadáver de bebé, y los otros tres trataron de pasar por la puerta al mismo tiempo y se lastimaron.
Sonreí al caballero de negro, y le dije que parecía que tendríamos el vagón para nosotros solos; él rió, divertido, y dijo que había gente que se ahogaba en un vaso de agua. Pero luego, cuando el tren comenzó a moverse, empezó a lucir extrañamente deprimido, y así, cuando pasamos por Crewe, le pregunté si quería acompañarme a beber algo. Aceptó, y nos abrimos paso por la fuerza hasta el vagón comedor, donde gritamos, pataleamos y agitamos nuestros paraguas durante quince minutos, hasta que vino una joven y nos preguntó si queríamos algo.
—¿Qué quiere?— pregunté, dirigiéndome a mi amigo.
—Media corona de cognac solo, si es tan amable, señorita— respondió él.
Y, después de terminar su trago, salió silenciosamente y se metió en otro vagón, lo que me pareció descortés.
A partir de Crewe tuve el compartimiento para mí solo, a pesar de que el tren iba lleno. A medida que nos íbamos deteniendo en las estaciones, la gente, viendo mi vagón vacío, corría hacia él. —¡Aquí, Maria, hay mucho lugar!—. —¡Muy bien, Tom, vayamos allí!—, gritaban. Y corrían llevando sus pesadas valijas y luchaban en la puerta para entrar primeros. Y tan pronto como uno abría la puerta y pisaba el camarote, caía fulminado en los brazos del hombre que lo seguía, y todos entraban y tomaban una bocanada de aire y se doblaban en dos, y se apretujaban en otros vagones, o bien pagaban la diferencia y se iban a primera.
Desde Euston, llevé los quesos a la casa de mi amigo. Cuando su mujer entró en la sala, olió por un instante y luego dijo:
—¿Qué pasó? Dígame lo peor.
Yo dije:
—Son quesos. Tom los compró en Liverpool y me pidió que los trajera.
Y agregué que esperaba que entendiera que yo no tenía nada que ver, y ella dijo que estaba segura de eso, pero que tendría que tener unas palabras con Tom acerca del asunto, cuando volviera a casa.
Mi amigo tuvo que quedarse en Liverpool más de los previsto, y, tres días más tarde, en vista de que no regresaba, su mujer me mandó llamar. Me dijo:
—¿Qué dijo Tom acerca de esos quesos?
Le repliqué que me había dado instrucciones: que los colocaran en un lugar húmedo y que nadie los tocara.
Ella dijo:
—No creo que nadie se sienta capaz de tocarlos. ¿Él los ha olido?
Yo creía que sí, y agregué que parecía tenerles gran afecto.
—¿Piensa que se enojará si le doy una libra de oro a un hombre para que se los lleve y los entierre?
Respondí que creía que nunca volvería a sonreír.
Entonces tuvo una idea. Dijo:
—¿Le importaría guardárselos usted? Permítame que se los envíe.
—Señora— contesté, —a mí me gusta el olor del queso, y siempre recordaré el viaje del otro día desde Liverpool como el final feliz de unas vacaciones perfectas. Pero en este mundo, tenemos que tomar en cuenta a nuestros semejantes. La dama bajo cuyo techo tengo el honor de residir es viuda, y probablemente también huérfana. Presenta fuertes, e incluso le diría elocuentes, objeciones a ser lo que ella llama “abusada”. Siento instintivamente que la presencia de los quesos de su marido en su casa sería exactamente lo que ella definiría como “un abuso”, y nunca se dirá que yo he abusado de una viuda o de una huérfana.
—Muy bien, entonces,— dijo la esposa de mi amigo, poniéndose de pie —todo lo que tengo que decir es que me llevaré a los niños e iremos a un hotel hasta que esos quesos se hayan comido. Me niego a seguir viviendo en la misma casa que ellos.
Y mantuvo su palabra, dejando la casa a cargo de la criada, la cual, cuando le preguntaron si podría soportar el olor, contestó “¿Qué olor?”, y quien, al colocarla frente a frente con los quesos y al serle ordenado respirar hondo, dijo que creía percibir un leve perfume a melones. Se razonó que la atmósfera de la casa poco daño podría hacerle, y se la abandonó allí.
La cuenta del hotel totalizó cincuenta guineas, y mi amigo, después de hacer las cuentas, concluyó que los quesos le habían contado ocho libras y seis peniques la libra. Dijo que adoraba un buen pedazo de queso, pero que estaba más allá de sus posibilidades financieras, y que estaba decidido a deshacerse de ellos. Los arrojó al canal, pero lo obligaron a pescarlos de nuevo porque los marineros se quejaban de que les provocaban mareos. Después de eso, esperó a una noche sin luna y los abandonó en la morgue de la parroquia, pero el forense los descubrió y armó un escándalo espantoso.
Dijo que era un complot para dejarlo sin su medio de vida despertando a los cadáveres.
Mi amigo se deshizo de ellos por fin, llevándonos a una ciudad balnearia y enterrándolos en la playa. Eso hizo que el lugar se ganara una excelente reputación. Los visitantes dijeron que nunca habían notado lo fuerte que era ese aire de mar, y los médicos comenzaron a enviar allí a sus pacientes débiles o con enfermedades respiratorias por muchos años más.
Loco como soy por el queso, por lo tanto, apoyé a George en su negativa de llevarlo en nuestro bote.

Continuará…

NOTAS:

1: El aceite de parafina puede ser utilizado medicinalmente como laxante. Mediante ciertos procesos se le quita el aroma a parafina, y se lo llama entonces “aceite mineral”.

2: Broken-wind (EPOC, o enfermedad pulmonar obstructiva crónica), es una grave enfermedad de los equinos, que en la Argentina se llama “ronquido”. Los caballos que la padecen se llaman “roncadores”.

FOTO:

Griff Rhys Jones, Dara O’Brien y Rory McGrath en el Támesis. Se trata de tres ingleses que en 2007 repitieron con exactitud el trayecto descripto en la presente novela, desde Kingston a Oxford. Los aventureros llevaron consigo a su perro Loli en homenaje a Montmorency.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


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Tres hombres en un bote (por no mencionar al perro) (7)

Noviembre 13, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Por Jerome K. Jerome . Traducción de Marcelo Dos Santos. Todas las notas me pertenecen.

Tuvimos que descartar la primera lista que hicimos. Quedaba en claro que el curso superior del Támesis no permitía la navegación de un buque del tonelaje necesario para transportar todas las cosas que habíamos considerado indispensables; así que tiramos la lista y tratamos de hacer otra.
George dijo:
—Estamos equivocados desde un principio. No tenemos que pensar en las cosas que queremos llevar, sino solo en aquellas de las que no podemos prescindir.
A veces George parece bastante inteligente. Se sorprenderían. Yo lo llamo honestamente sabiduría, no meramente a propósito del presente caso, sino como referencia general a nuestro viaje por el río de la vida. Cuánta gente, en un viaje, carga el bote hasta los topes hasta que está en serio peligro de encallar con montañas de tonterías, que ellos creen esenciales para el placer y la comodidad del trayecto, pero que en realidad son solo cargas inútiles.
¡Cómo apilan sobre el pobre navío, hasta la altura del tope del mástil, ropas finas y grandes casas, con sirvientes inútiles, y un grupo de amigos inflados por los que no darían dos peniques y que no darían tres peniques por ellos, con entretenimientos caros que nadie disfruta, con formalidades y modas, con pretensiones y ostentación, y —oh, la carga más pesada e insana de todas— el temor a lo que pensará el vecino, con lujos de mal gusto, con placeres que aburren, con actuaciones huecas que, como la corona de hierro que les ponían a los criminales antiguamente, sólo hacen sangrar y desmayarse a la dolorida cabeza que la lleva!
Es solo carga, hombre. ¡Leña seca, nada más! Tírala por la borda. Hace el bote tan pesado que no se lo puede ni remolcar, y casi te desmayas a los remos. Lo vuelve tan torpe y tan difícil de maniobrar, que nunca encuentras un momento de libertad entre la ansiedad y la desesperación, nunca tienes un rato de descanso para el ocio ensoñador, sin tiempo para admirar las ventosas sombras extendiéndose suavemente durante el viaje de regreso, o los brillantes rayos de sol danzando arriba y abajo sobre las crestas de las olas, ni los grandes árboles de la ribera contemplando sus propias imágenes en el agua, o los bosques, todos verdes y dorados, o las lilas blancas y amarillas, o los arbustos sombríos, o los pastos, o las orquídeas, o los azules nomeolvides.
¡Tira la leña por la borda, hombre! Deja que tu bote de la vida navegue ligero, liviano, cargado solo con lo que verdaderamente necesita: un casa acogedora y placeres simples, uno o dos amigos —que merezcan ese nombre—, alguien a quien amar, alguien que te ame, un gato, un perro, una pipa o dos, algo que comer y algo con qué vestirse, y un poquito más que algo para beber, pues la sed es una cosa peligrosa.
Descubrirás que tu bote es más fácil de remolcar, que no se empantana tan seguido, y que no te importará tanto cuando lo haga, buena mercancía para batallar contra las aguas. Y tendrás tiempo para pensar, además de trabajar. Tiempo para beber la luz del sol de la vida, tiempo para escuchar la música eólica que el viento de Dios dibuja a nuestro alrededor al tocar las cuerdas del instrumento que guarda el corazón humano, tiempo para…
Les ruego me disculpen. Me distraje un poco.
Bueno, le dejamos la lista a George, y él comenzó a hacerla.
—No llevaremos carpa— sugirió George —sino que iremos en un bote cubierto. Es mucho más simple y siempre es más cómodo.
Parecía ser una buena idea, y la adoptamos. No sé si han visto alguna vez ese tipo de bote: uno fija unos arcos de hierro sobre el bote, luego le coloca encima una lona enorme y la ata todo alrededor, de borda a borda, convirtiendo de este modo al bote en una especie de casita, y queda maravillosamente abrigado, aunque tal vez algo claustrofóbico. Pero bueno, todo tiene su lado malo, como dijo el hombre cuando se murió su suegra y tuvo que pagar el funeral.
George dijo que es ese caso debíamos llevar una manta cada uno, una lámpara, un jabón, peine y cepillo (entre los tres), un cepillo de dientes (cada uno), una jofaina, un poco de dentífrico (1), elementos de afeitarse (¿no suena como un ejercicio de francés? (2)) y un par de toallones para bañarnos. He notado que la gente hace grandes previsiones cuando van a cualquier lugar con agua, pero que no se bañan mucho cuando llegan allí.
Es lo mismo cuando uno va al mar. Siempre digo (cuando estoy en Londres pensando sobre el asunto) que me voy a levantar bien temprano todas las mañanas y me voy a dar un chapuzón antes de desayunar, y religiosamente meto en la valija un par de trajes de baño y una toalla grande. Siempre compro mallas rojas. Me gusta como me veo con un short rojo. Va muy bien con mi complexión física. Pero cuando llego al mar, de algún modo siento que ya no deseo ese baño matutino ni remotamente como lo quería cuando estaba en la ciudad.
Por el contrario, siento más bien que quiero quedarme en la cama hasta el último minuto, y luego bajar a desayunar. Una o dos veces ha triunfado la virtud, y me he levantado a las seis, me he vestido a medias, tomado mi malla y mi toalla, y me he tambaleado, presa del desánimo, hasta la playa. Pero no lo he disfrutado. Parece que guardan un viento del este particularmente cortante para mí, cuando voy a nadar por la mañana. Toman todas las piedras puntiagudas y las ponen arriba de todo, y agarran las rocas y las afilan y las cubren con una delgada capa de arena para que yo no pueda verlas, y toman el mar y se lo llevan unas dos millas mar adentro, así que tengo que abrigarme con los brazos y desplazarme a los saltitos, temblando, en seis pulgadas de agua. Y cuando llego hasta el mar, se pone iracundo y maleducado.
La primera ola es gigantesca y me agarra y me arroja lejos en posición de estar sentado tan fuerte como puede, aplastándome contra una piedra que han puesto ahí especialmente para mí. Y, antes de que yo pueda decir “¡Ay! ¡Uy!”, la ola retrocede y me arrastra al medio del océano. Comienzo a nadar frenéticamente hacia la playa, y empiezo a pensar si veré a mi familia y a mis amigos de nuevo, y a desear haber sido más bondadoso con mi hermana cuando niño (cuando yo era niño, quiero decir). Y justo cuando había abandonado toda esperanza de sobrevivir, la ola se retira y me deja despatarrado como una estrella de mar en la arena, y miro hacia atrás y descubro que he estado luchando por mi vida en dos pies de agua. Vuelvo a los saltitos, me visto, me arrastro hasta mi casa, y encima tengo que fingir que me ha gustado.
Pero en la presente instancia, los tres hablábamos como si fuésemos a tomar un largo baño todas las mañanas.
George dijo que era un gran placer levantarse en el bote en la fresca mañana, y darse una zambullida en el límpido río. Harris dijo que no había nada como nadar antes del desayuno para abrirte el apetito. Dijo que a él siempre le abría el apetito. George dijo que si eso iba a hacer que Harris comiera más de lo que comía habitualmente, entonces se sentía obligado a oponerse al baño matutino de Harris.
Dijo que sería un trabajo ímprobo arrastrar corriente arriba comida suficiente para alimentar a Harris.
Yo le señalé a George, sin embargo, lo enormemente placentero que sería tener a Harris limpio y fresco a bordo luego de haberse bañado, incluso si debíamos llevar unas pocas toneladas de comida para él, y mis palabras iluminaron a George y dejó a un lado sus protestas contra los baños de Harris.
Nos pusimos de acuerdo, finalmente, que debíamos llevar TRES toallones, para no tener que dejar a uno esperando.
Respecto de la ropa, George dijo que dos trajes de franela serían suficientes, habida cuenta de que podríamos lavarlos nosotros mismos en el río cuando se ensuciaran. Le preguntamos si alguna vez había intentado lavar trajes de franela en un río y contestó que no, no él, pero que conocía a un hombre que lo había hecho y que era bastante fácil, y Harris y yo fuimos lo suficientemente débiles como para creer que sabía de los que estaba hablando, y como para pensar que tres jóvenes respetables, sin posición ni influencia, y con absolutamente ninguna experiencia en lavado de ropa, realmente podrían lavar sus camisas y pantalones en el río Támesis con solamente un poco de jabón..
Íbamos a descubrir en días posteriores, cuando ya era demasiado tarde, que George era un miserable impostor que evidentemente no sabía nada acerca del asunto. Si hubieran visto los trajes después de… pero, como dicen los escritores, nos estamos anticipando.
George nos presionó para que lleváramos una muda de ropa interior y numerosas medias, en caso de que estuviéramos descontentos y quisiéramos cambiarnos, y también muchos pañuelos, porque servirían para limpiar cosas, y un par de botas de cuero aparte de nuestros zapatos náuticos, porque las necesitaríamos si llegábamos a pelearnos.

Continuará…

NOTAS:

1: El autor dice tooth powder, “polvo para los dientes”. El dentífrico en pasta aún no se comercializaba en 1891.

2: Incomprensible en castellano: some shaving tackle, que en inglés suena algo así como “samsheivintácl”. A J. le parece que suena a francés, vaya uno a saber por qué..

FOTO:

En el jardín de la casa de J. en Wallingford. De izquierda a derecha: George, el jardinero de la casa, J., su hija Rowena Jerome y… sí, Montmorency (o uno de ellos, por lo menos).

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