Archivo para la categoría ‘historia’

El fin de un asesino


“Una mañana como esta, lluviosa y destemplada, de 1956, comenzaron a llegar niños afectados de parálisis infantil, o mejor dicho, poliomielitis anterior aguda o Enfermedad de Heine-Médin. ¡Qué terrible! ¡Cuánto sufrimiento! Cada tres o cuatro años aparecía la epidemia. La del ‘43 fue
tremenda, y la del ‘56 peor todavía. ¡Había pulmotores hasta en los pasillos de la sala! El ruido de esos cilindros presurizados era ensordecedor y era trágico ver a los pobres niñitos metidos en esos armatostes. Los padres y los médicos, desesperados porque era poco lo que se podía hacer”.
Marily Contreras: El gato del campanario – El “Niños” ayer, hoy y siempre

Nadie de los que tenemos más de 40 años olvidaremos el terror que campeaba por las calles en los ‘60. La polio atacaba en nuestros barrios, en cada escuela había un chico inválido, en cada calle una familia destrozada.
Luego de tanta muerte, miedo y graves secuelas, se nos anuncia que la polio, la temible enfermedad de Heine-Médin, será erradicada por fin de nuestro planeta antes del fin del año en curso.
La pesadilla terminará, pues, después de haber sembrado la muerte y la incapacidad entre los hombres durante más de 5.700 años.

Se puede demostrar que la polio era una enfermedad temida y temible ya para los egipcios de la época predinástica. Un esqueleto del siglo XXXVII a.C. (700 años anterior, por tanto, a la unificación del mítico faraón Menes, fundador de la I Dinastía) presenta las deformidades típicas de la poliomielitis. Una estela egipcia de 1300 a.C. muestra a un joven funcionario con una pierna totalmente atrofiada, en una lesión también característica de esta enfermedad.
Es común la afirmación de que, como la peste o la viruela, ninguna civilización ni período humanos han estado libres del horror de la polio… hasta hoy.

Las epidemias de poliomielitis (todas modernas) arreciaron hasta fines de los años ‘50 y principios de los ‘60, y fueron verdaderamente masivas. Sin embargo, la efectividad de la enfermedad para causar la muerte o la parálisis es baja. Solo el 1% de los pacientes infectados morían o quedaban discapacitados, lo que no impidió que 35.000 niños norteamericanos terminaran dentro de un pulmotor en la epidemia de 1953, que haya en la actualidad 600.000 personas con secuelas físicas, o que el número total de víctimas a nivel mundial alcance hoy a varias decenas de millones de individuos.
Marily Contreras, en su extraordinario libro sobre la historia del Hospital de Niños “Ricardo Gutiérrez” (una cita de este libro abre el presente Zapping – Ed. Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2002), pinta un tenebroso cuadro de la polio entre los niños porteños, en medio del caos social e institucional en que quedó sumida la Argentina en 1955, tras el derrocamiento del Gral. Perón: los terribles tratamientos que se aplicaban pondrían los pelos de punta al sádico más encallecido. Puntas de fuego, corrientes eléctricas a través de los músculos atrofiados y baños de agua hirviente con vinagre eran los remedios propuestos para derrotar al asesino. Y todo es aún más terrible si pensamos en la edad de los pacientes. Dice Contreras: “La edad de los enfermitos oscilaba entre 1 y 14 años. Según las estadísticas del hospital, el mayor número de afectados se situaba entre los 2 y los 5 años”.
Muchas de las víctimas sólo fueron capaces de sobrevivir, transitoriamente o de por vida, luego de la invención del pulmotor por Philip Drinker y Louis Shaw en 1928, y su puesta en producción industrial en 1931, pero la triste suerte de esos pequeños pacientes condenados a pasar su vida entera dentro del gigantesco tanque que los hacía respirar se parecía mucho a una muerte en vida.
Era imprescindible encontrar y comenzar a producir una vacuna efectiva.

La polio es una infección viral aguda producida por tres cepas de un retrovirus llamado poliovirus, de la familia de los picornavirus. La primera de ellas se llama Tipo I o Brunilda, por haber sido aislada de la médula espinal de un chimpancé de ese nombre, inoculado experimentalmente con virus obtenidos de siete pacientes humanos en Baltimore en 1939. El Tipo II se conoce como Lansing, por haberse encontrado en el cerebro y la médula de un hombre joven que murió de polio en 1938 en la ciudad de Langsing, Michigan. La cepa Tipo III se denomina León, que era el nombre de pila de un niño de 11 años que murió de polio en Los Angeles en 1937. Esta última cepa se descubrió en su sistema nervioso central.
Si bien el método de transmisión de la enfermedad no está muy claro, parece propagarse a través del contacto bucal con la saliva, heces u otros fluidos corporales de una persona infectada, pero se ha propuesto también un mecanismo de contagio aéreo a distancia. Como veremos, no es éste el único misterio de la polio que no nos ha sido del todo revelado. El virus ingresa, pues, por la boca, atraviesa la membrana intestinal, llega al torrente sanguíneo y de allí se dirige a su blanco favorito, el sistema nervioso central, donde sus efectos pueden ser devastadores.
La polio se produce de tres formas diferentes: bulbar, bulboespinal y espinal. También tiene tres grados de destructividad: de tipo abortado, de tipo no paralítico y de tipo paralítico.
Si bien su rango predilecto de edades oscila entre los 6 meses y los 15 años, también los adultos podían contagiarse, como en el célebre caso del presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt. A pesar de su afinidad con los niños, los ataca con mucha menos ferocidad que a los adultos: raro era el caso de un hombre o una mujer de más de 18 años que sobreviviera a la poliomielitis. En los niños, la polio cursaba con menos síntomas cuanto más pequeño fuese el enfermo: en los bebés era prácticamente asintomática, y en las edades superiores presentaba una sintomatología inespecífica, fácil de confundir al principio con una gripe fuerte o cualquier otra enfermedad. Fiebre, síntomas respiratorios altos, malestar gastrointestinal, dificultad para tragar, diarrea; en suma, podía ser cualquier cosa. Sin embargo, el síntoma clave aparecía pronto: si era polio, llegaría la parálisis sin falta de sensibilidad. En el 90% de los casos infantiles, la enfermedad pasaba en unas pocas semanas, dejando al paciente inmunizado de por vida. En esos casos afortunados, solo cabía rezar para que no le dejara, también, su “regalo”: la discapacidad motriz permanente. Los chicos de menos de 10 años generalmente tenían suerte.

Para leer el artículo completo, click aquí.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

6 coincidencias totalmente fortuitas que cambiaron el mundo moderno (y 6)

Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano. Las notas me pertenecen.

Puesto número 1: El meteorito que nos dio el Cristianismo

El hecho de que haya más o menos 2.000 millones de cristianos en el mundo actual se debe mayormente a un solo tipo: Constantino el Grande. Es el emperador romano que legalizó a los cristianos, se convirtió él mismo y allanó el camino para que esta religión cubriera a toda Europa y de ahí se expandiera a todo el mundo.

Así que ahí lo tienen, ateos. Todo es culpa de él.
Pero Constantino no siempre fue cristiano. Cuando todavía no era emperador, en 310 d.C., estaba luchando una guerra civil contra otro tipo que reclamaba el trono, un tal Majencio. El derecho al trono de este Majencio estaba basado en el único hecho de que creía que su nombre sonaba muy bien.
Luego de varios meses de combates, Constantino y Majencio se enfrentaron para la batalla definitiva. El ejército de Majencio doblaba en número al de Constantino, pero, como se supo después, este último tenía a Dios de su lado.
Unas horas antes de la batalla, Constantino “vio con sus propios ojos en los cielos el emblema de la Cruz saliendo de la luz del sol, y con ella el mensaje `Con este símbolo ganarás´ (1)“.
Y así fue.

La coincidencia que destrozó el mundo
Dependiendo de qué tan religiosa sea la persona con la que hablamos, el símbolo que vio en el cielo fue o bien un milagro o bien una ridiculez que vio, imaginó o inventó después de la batalla para hacer más memorable su victoria. Aparentemente fue solo un gigantesco meteorito que de casualidad pasaba justo.
Así que la estructura religiosa completa del mundo actual dependió de un pedazo de roca espacial.
Pero bueno, eso no explica las palabras “Con este símbolo ganarás” volando por el cielo. Daría toda la impresión de que hubiera decidido mejorar su experiencia de avistamiento del meteorito ingiriendo un poquito de ácido del bueno (2).

Si de alguna manera la trayectoria del meteorito fue tal que la cola dibujó palabras en el cielo en el mismísimo idioma de aquel hombre, bueno, entonces probablemente tengamos que darle algún crédito a esa escuela de pensamiento que se basa en la intervención divina.

Y ¿cómo cambió el mundo?
Ocurrió que en efecto ganó Constantino y se convirtió en Emperador de Roma. Cambiado para siempre por los eventos de la batalla, publicó el Edicto de Milán, que garantizó tolerancia religiosa ¡para todos!

Bueno, para todos no.

El cristianismo comenzó a ganar popularidad y, algunas décadas más tarde, fue declarado única religión oficial del imperio. Y el resto es… ya saben.

NOTAS:

1: Del latín: In hoc signo vinces.

2: Aunque no es infrecuente que las colas de los cometas formen cruces en el cielo, esvásticas incluidas. Si les parece increíble, dénse una vuelta por este artículo que escribí hace un tiempo.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

6 coincidencias totalmente fortuitas que cambiaron el mundo moderno (5)

Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano.

Puesto número 2: El ataque cardíaco que salvó al mundo occidental
¿Vieron que todo villano de historieta y todo archienemigo de James Bond tiene un intrincado plan para apoderarse del mundo? Totalmente ridículo, ¿verdad? ¿El mundo entero? ¡Andá…! Nadie puede esperar lograr eso.
O tal vez los villanos reales no piensan lo suficientemente en grande, porque se puede hacer. De hecho, si no hubiera sido por un ataque al corazón oportunamente ocurrido, ya hubiese pasado.

La ridícula coincidencia
Bienvenidos a Europa Central, aproximadamente a mediados del siglo XIII. Hace algunos años, escucharon hablar por primera vez de una nación lejana y poderosa, gobernada por un tipo llamado Genghis Khan, que estaba destruyendo a los odiados musulmanes. “¡Grande!”, dijeron. “¡El enemigo de nuestros enemigos es nuestro amigo! ¿Qué podría salir mal?”.

Europa.

Entonces TODO empezó a salir mal. Les dijeron que ahora ese ejército misterioso estaba aniquilando completamente a los rusos. ¡Eh, eso no está nada bien! ¡Rusia es cristiana! ¡Son herejes ortodoxos, seguro, pero siguen siendo cristianos!
Entonces, un buen día, realmente se encontraban con su nuevo amigo. Excepto que en vez de traerles Coca y papas fritas, había llegado para masacrarlos a ustedes y a todos sus seres queridos.
Amigos: esto era la invasión mongola de Europa. Y esa Europa de mierda, con sus caballeros torpes y sus campesinos hambreados y armando piquetes todo el día, no podía hacer absolutamente nada para detenerla. Los mongoles, liderados por Genghis Khan y más tarde por su hijo Ogedei, derrotaron a ejércitos tan grandes como los de Hungría, Austria y por último al del Sacro Imperio Romano. Finalmente saquearon Polonia (gracias a Dios que a ese pobre país nunca le volvió a pasar), y luego posaron su mirada en el siguiente país densamente poblado: Alemania.

No se preocupen, muchachos. Seguramente les hubiera ido muy bien.

Entonces, el jefe mongol, Ogedei Khan, se murió de un ataque. Y todo su ejército se tuvo que volver a Mongolia.
¿Por qué? Porque las tradiciones culturales mongolas exigían que todo el mundo volviera a casa cuando se nombraba a un nuevo Khan. Todos sabían que Guyuk, el hijo de Ogedei, lo sucedería, pero igualmente tenían que volver a Mongolia para “elegirlo” en una ceremonia de votación simbólica. O también podían votar a otro y terminar sin cara.

Pero ¿cómo fue que cambió el mundo?
Más de lo que ustedes piensan, en realidad. Un libro publicado recientemente muestra que la completa destrucción del corazón del mundo musulmán y la comparativamente escasa destrucción de Europa por parte de los mongoles fue lo que permitió a Occidente convertirse en el centro de poder que fue después.
Además de apilar pirámides de cráneos y arrancar los fetos de los úteros de sus madres, lo que básicamente hicieron los mongoles fue conectar el mundo. Se abrieron nuevas rutas comerciales y se generaron nuevos contactos entre grandes centros de población que antes de la invasión no tenían ninguna relación entre sí.
Así que cuando hicieron mierda a China y al Medio Oriente, Europa comenzó a tener contacto con el Este. Esto, a su debido tiempo, motivó la Era de la Exploración. He aquí la causa de que el Oeste tenga armas nucleares y computadoras y tecnología hoy en día, mientras que el resto del mundo sigue con sus carretas y sus rebaños de cabras.
Gracias, Mongolia.

Continuará…

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

6 coincidencias totalmente fortuitas que cambiaron el mundo moderno (4)

Octubre 2, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano.

Puesto número 3: El tratado territorial imprevisto que generó un imperio


Como pueden ver, es fácil tomar a los grandes hombres y a sus logros como predestinados. Después de todo, Napoleón fue un general brillante, por lo que uno tiende a asumir que, pasara lo que pasase, él hubiese tomado el poder en Francia y hubiera igualmente llegado mucho más cerca de conquistar el mundo que nadie más en la historia moderna.
Bueno…

La ridícula coincidencia
Lo que sucede es que Napoleón no nació en Francia, sino en la isla francesa de Córcega, en 1769. Y es que el año anterior, Córcega no era francesa. Napoleón, si hubiera nacido un año antes, habría sido italiano.

Foto: La casa de los Bonaparte, única razón por la que Córcega es importante.

Antes del día en que presumiblemente el paisaje corso se abrió para vomitar al bebé Napoleón desde las entrañas de la tierra envuelto en una tormenta de fuego, la isla se encontraba bajo el dominio genovés. Más específicamente, estaba bajo el dominio de cualquier genovés barbudo y roñoso que fuese lo suficientemente rico como para sobornar al Duque de Génova y obtener a cambio el cargo de Gobernador. Desafortunadamente, la isla estaba, además, constantemente en rebelión o siendo conquistada por cuanto turco pasara por allí.
Finalmente, después de cinco siglos de luchar, Génova dijo “Que se vayan al carajo” y abandonó Córcega. El Duque se la vendió a un francés.
Ese francés, cualquiera sea la razón, se la revoleó a la Corona francesa. Durante los siguientes años, Francia comenzó a mandar de contrabando soldados a Córcega y a amontonarlos en las fortalezas.
Finalmente, en 1768, Génova y Francia firmaron un tratado, cediendo oficialmente la isla a este último país.

Y ¿cómo fue que cambió el mundo?
Un año después Napoleón salió de su mamá. Incluso a pesar del hecho de que nació en una familia italiana, vino al mundo técnicamente en suelo francés, y aún entonces, solo tentativamente, porque Córcega se estaba rebelando otra vez, ahora contra su nuevo amo. Pero era ciudadano francés, lo que más tarde le permitiría enrolarse en el ejército galo.
Fast forward un par de décadas. La Revolución Francesa llega a Córcega, y lo siguiente de lo cual se entera la gente es que un idiota italiano de alguna isla perdida de la que nadie ha oído hablar jamás, está gobernando Francia y haciendo un gran trabajo por añadidura.


Si el tratado territorial se hubiera demorado un solo año, o si el acuerdo hubiera llegado tarde, o si el Duque hubiera querido quedarse Córcega, o si hubiera pasado cualquiera de las mil cosas que hubieran podido arruinar el traspaso, el italiano nunca hubiera podido entrar al ejército francés para comenzar a acumular poder, o sea, nunca hubiera habido un Napoleón.

Continuará…

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

6 coincidencias totalmente fortuitas que cambiaron el mundo moderno (3)

Septiembre 30, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano.

Puesto número 4: La caja de cigarros que ganó la Guerra de Secesión

¿Qué haría si se encontrara una caja de cartón tirada en el medio del campo, como si dijéramos, una caja de cigarros o algo así? ¿La ignoraría? ¿Se la tiraría de una patada a una ardilla? ¿Pensaría que contiene algo horrible, como páncreas humanos robados por la Mafia de los Órganos y huiría de ella?

Durante la Guerra de Secesión, el cabo de la Unión Barton W. Mitchell encontró, justamente, una de esas cajas de aspecto poco prometedor, pero no hizo nada de lo dicho. En lugar de ello, la abrió, y esa es la razón por la cual los Estados Unidos hoy son un solo país en vez de dos.

La ridícula coincidencia
A fines de 1862, el ejército confederado estaba teniendo éxito en su invasión de Maryland. El Comandante Supremo confederado, General Robert E. Lee, redactó un documento denominado “Orden Especial 191″, que describía con extremado detalle cada movimiento de cada brigada de su ejército durante los siguientes meses. Entregó una copia de la Orden solo a sus generales de máxima confianza, incluyendo a “Paredón” Jackson.

Te podía destrozar con solo mirarte

“Paredón”, empero, era demasiado perezoso como para escribir órdenes individuales para cada uno de sus comandantes, así que lo que hizo fue darles a todos copias de la 191 completa. Uno de esos comandantes era Daniel Harvey Hill, que hizo lo que hacemos siempre con nuestros formularios impositivos y con nuestras sentencias judiciales: la usó para envolver tres cigarros, puso los cigarros en una caja de cigarros, la perdió en un campo y se olvidó del asunto y de todo lo que tuviera alguna relación con ello.


“La verdad es que soy un mal comandante”

Algunos días después, el anteriormente mencionado explorador unionista Barton W. Mitchell encontró la caja en ese campo, probablemente pensando “¡Mierda, qué suerte! ¡Cigarros gratis!”.
De algún modo se dio cuenta de que el envoltorio de los cigarros tenía el aspecto de un documento importante, y se lo envió a su comandante. El comandante, a su vez, se lo pasó a su comandante. A través de quién sabe cuántas oportunidades de perderse, de que le sangraran encima, de que se lo comiera un caballo o de que el tipo que lo tenía en el bolsillo fuera alcanzado por una bala de cañón y convertido en partículas desintegradas, el pedazo de papel se las arregló para sobrevivir lo suficiente como para que un asistente reconociera la escritura como la letra del mismísimo Robert E. Lee.
Y le dio el papel al General de la Unión George McClellan.

Pero ¿cómo cambió el mundo?
¿Escucharon hablar de la Batalla de Antietam? ¿El día más sangriento de toda la historia norteamericana? Ganó el Norte, y a partir de ese día el Sur no tuvo absolutamente ninguna posibilidad de ganar la guerra.
Bueno, ganó la Unión porque básicamente disponía de un equivalente de una Guía Estratégica Oficial de la invasión de Robert E. Lee al estado de Maryland.
De allí en adelante, la victoria de la Unión estaba prácticamente garantizada. Lincoln se sintió seguro como para firmar la Declaración de Gettysburgh, la esclavitud fue abolida oficialmente, el Sur se reunificó con el resto del país y la palabrería sobre secesionar de los Estados Unidos terminó para siempre. O por lo menos hasta que se nos ocurrió elegir a un presidente negro.

Continuará…

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

6 coincidencias totalmente fortuitas que cambiaron el mundo moderno (2)

Septiembre 29, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano.

Puesto número 5: La solicitud de ingreso a Bellas Artes que mató a 50 millones de personas

Bueno, tal vez hayamos sido un poco duros con Princip. Después de todo, no hubiéramos sufrido la Segunda Guerra Mundial si una Academia Nacional de Bellas Artes no hubiese sido tan exigente con sus condiciones de admisión.
Por ejemplo: ¿qué les parece este cuadro?

Bastante bueno, ¿no? Probablemente no sería lo que uno colgaría en su casa, pero por lo menos tiene un aspecto profesional.

Si fueran el director de la Academia, ¿aceptarían a su autor como alumno? Si contestan que no, entonces son como los directivos de la Academia de Bellas Artes de Viena, que no quisieron aceptar a una personita llamada Adolf Hitler.

La ridícula coincidencia
En 1905, un joven Adolf Hitler dejó su pequeña aldea natal y se fue a Viena, con sus ojitos brillantes de ilusión y sus sueños de llegar a ser un gran artista. Desafortunadamente para el planeta Tierra, la Academia le denegó el ingreso. Dos veces.
Poco después de su segundo fracaso en intentar que lo admitieran, su madre murió, y sucede que ella era la que lo mantenía. Sin amigos, sin consejo, sin trabajo y sin carrera que desarrollar, el joven Adolf se vio obligado a mudarse a los miserables barrios marginales de Viena, los cuales estaban llenos de sucios representantes de las minorías étnicas, incluyendo checos, croatas, italianos y, los peores de todos: judíos.
Hitler declaró que se volvió antisemita estando en Viena. Específicamente, hubo un judío ortodoxo que se le cruzó un día, y él nunca más pudo sacarse esa fea visión de la cabeza. Si solo hubiera estado en otra parte, digamos entre una banda de amigos, pintores y artistas liberales en un dormitorio de la Academia de Bellas Artes de Viena.

Esta foto es inexplicablemente terrorífica, ¿no?


Después de varios años en Viena entre todos aquellos repugnantes no alemanes, Hitler tuvo que irse a vivir a Muncih. Un año más tarde, alguien decidió pedir un sandwich y desató la Primera Guerra Mundial.
Sin nada mejor que hacer, Adolf se enroló en el Ejército, ascendiendo rápidamente hasta terminar como miembro de la Policía Militar alemana, que le encargó una misión: infiltrarse en un pequeño grupo de revoltosos conocido como Partido Nacional Socialista Obrero Alemán.
Si solamente hubiera estado ocupado con otra cosa, como pintar minas desnudas en la Academia Nacional de Bellas Artes de Viena. Y SIN pensar en absoluto en cuánto odiaba a los judíos.

Pero ¿cómo cambió el mundo?
Tardó apenas una década para pasar de infiltrarse en el partido nazi a ser electo Canciller del Reich y convertirse en el rostro moderno del Mal. Nunca sabremos qué hubiera pasado si hubiera ido a la Academia de Arte. Demonios, si se hubiera quedado en Austria, hubiera sido reclutado por el ejército austríaco en vez de por el alemán. Y casi seguro lo habría matado un soldado ruso en una de las muchas, muchísimas derrotas austrohúngaras en la Primera Guerra Mundial.

Continuará…

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

6 coincidencias totalmente fortuitas que cambiaron el mundo moderno (1)

Septiembre 28, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano.

Lo que dicen respecto del viaje en el tiempo es verdad. Vas al pasado y cambiás una pequeña cosa, y de repente el futuro está lleno de nazis y dinosaurios.
Si miramos la historia para atrás, vamos a comprobar que, una y otra vez, los gigantescos cambios que modelaron nuestro mundo dependieron en última instancia y en forma total de increíbles coincidencias. Uno cambia una de estas coincidencias, y todo el curso de la historia cambiará también.

Puesto número 6: El sandwich que desató una guerra


Probablemente tu profesor de historia te enseñó que la Primera Guerra Mundial empezó con el asesinato de un archiduque austríaco llamado Francisco Fernando, gatillando un efecto dominó de eventos que causó millones de muertos. Lo que a lo mejor ignores es que la fuerza que derribó la primera ficha del dominó fue un sandwich.

Había una vez un tipo llamado Gavrilo Princip. Era un estudiante y guerrillero bosnio, que formaba parte de un grupo llamado “Mano Negra”. Suena como una maléfica organización de sabios locos que maneja secretamente el mundo, ¿no? Desafortunadamente, era algo bastante menos espectacular: una banda de independentistas eslavos.
Y, por alguna extraña razón, odiaban terriblemente a Francisco Fernando.

También, con esa cara…

La coincidencia que destrozó al mundo
Vamos a dejar las cosas bien en claro: Gavrilo Princip adoraba la idea de asesinar al Tío Franz. Es el modo en que ocurrieron las cosas lo sorprendente.
A mediados de 1914, Fernando, su esposa y el obligado grupo de figuras políticas menores y los colados de siempre que acompañan al tonto-a-punto-de-ser-asesinado, se desplazaban (estúpidamente) en un coche descubierto por las calles de Sarajevo.

La Mano Negra había elaborado un intrincado plan de asesinato, que básicamente consistía en algo así como “matar al imbécil de la manera que sea”. Desafortunadamente, como ciertamente ocurre con los planes de asesinato intrincados, algo salió mal.
Cuando el descapotable de Franz pasó frente a los asesinos, uno de ellos, un tal Nedeljko Čabrinović le tiró una granada. El problema es que estaba usando una granada de mierda de 1914, que tardó 10 segundos en detonar. Así que el auto del archiduque pasó tranquilamente y el que se comió la explosión fue el auto de la custodia que venía detrás. Los asesinos se perdieron entre la multitud en el caos de muertos y heridos subsiguiente.
Čabrinović se tomó una pastilla de cianuro que no lo mató, y después se tiró de cabeza a un río de 1 metro de profundidad en otro inepto intento de ahogarse. Franz y los suyos estaban, aparentemente, a salvo.
Pero Franz no estaba conforme, y quiso poner de nuevo su vida en peligro, de un modo totalmente insano. Contra la opinión de casi todo el mundo, insistió en ir al hospital a visitar a la gente que había herido la granada. Su chofer, desgraciadamente, no tenía la más puta idea de a dónde cuernos estaba yendo. Al final terminó yendo en zigzag por toda la ciudad de Sarajevo, hasta que acertó a parar por casualidad en la puerta de un café, donde —ya te lo imaginás— por casualidad estaba Gavrilo Princip comiéndose su sandwich post-asesinato-fallido.
Luego de la pausa para reaccionar ante tamaño golpe de suerte, Princip dejó el sandwich, agarró su pistola, y cambió el curso de la historia.

Pero ¿cómo cambió el mundo?
Primero, provocó la Primera Guerra Mundial…

En la imagen: culpa de Gavrilo Princip


…Luego, la debacle económica europea de la postguerra…

En la imagen: culpa de Gavrilo Princip


…Que fue la razón por la que Alemania votó a

En la imagen: culpa de Gavrilo Princip


…Que causó…

En la imagen: culpa de Gavrilo Princip


…La que terminó con…

En la imagen: culpa de Gavrilo Princip


…Que resultó en la Guerra Fría…

En la imagen: culpa de Gavrilo Princip


…Que llevó a…

En la imagen: culpa de Gavrilo Princip


…Y por último nos regaló…

En la imagen: culpa de Gavrilo Princip

Es así. La mayor parte del horror y la muerte del siglo XX no hubiesen ocurrido si Gavrilo Princip no hubiese tenido hambre y no se hubiera sentado a comer un sandwich en ese bar.

Continuará…

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

Te llevo a todas partes

Septiembre 4, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Primera Guerra Mundial. Un joven oficial del XIº de Fusileros de Lancashire, recién casado, es embarcado de regreso a Londres desde las trincheras del Somme por razones médicas. Ya no podía combatir. No podía pensar. Su cuerpo derrengado por la enfermedad parecía a punto de sucumbir.
La patología del joven inglés fue diagnosticada como “fiebre de las trincheras”. No fue mortal, lo que fue una suerte, ya que, durante su convalescencia, el militar comenzó a escribir lo que daría en convertirse en una de las más grandes sagas fantásticas de la historia de la literatura.
El británico era el subteniente John R. R. Tolkien y el culpable de su enfermedad, el piojo humano.

Como veremos en este breve trabajo, adonde fue el hombre llevó a su lado (o, mejor dicho, sobre él) al piojo humano. Dentro del piojo, los microbios patógenos completaron el letal trío.
Verdaderamente, hemos llevado al piojo, lo llevamos y —por lo que parece— lo seguiremos llevando, a todas partes.
Cuando el ser humano se autodestruya, sólo tres especies llorarán su muerte. Son las tres únicas especies de animales a los que la evolución ha convertido en parásitos obligados del ser humano, es decir, aquellas que no pueden parasitar a nadie más. No nos llevaremos con nosotros a las ballenas, ni a los perros, ni siquiera al panda. Nos las llevaremos a ellas. A ellas tres. Nuestro autogenocidio causará su inmediata extinción.
Sus nombres: Pediculus (humanus) capitis, Pediculus (h.) corporis (para algunas fuentes, también Pediculus vestimenti) y Phthirus pubis (antes Pediculus pubianum). Las tres clases de piojos humanos. Una de ellas, uno de los mayores asesinos de la historia.
Los piojos son insectos anopluros que, a lo largo de la historia, han representado una molestia y un peligro. Molestia por la irritación y prurito que provocan sus picaduras. Peligro por las enfermedades que son capaces de transmitir.
Pediculus capitis y corporis, primos hermanos, son el origen de muchas costumbres humanas: en efecto, hasta las pelucas utilizadas por los Luises en Francia servían únicamente para ocultar las asquerosas y molestas entidades que pululaban en las cabezas de todos, desde el último campesino hasta Luis XV. Pueden verse en los museos unas elegantes manitas de marfil u oro que los jerarcas de aquellos tiempos utilizaban para rascarse por debajo de la peluca.
La costumbre militar de cortar el pelo al rape, en cambio, contra lo que se cree, no está destinada a controlar la población de piojos, sino a evitar que en el combate cuerpo a cuerpo el enemigo aferrara el cabello para exponer la garganta y degollar al legionario. Los romanos aprendieron esto con dolor durante su campaña contra los celtas y germanos, y, además, desde tiempos de César se sabía perfectamente que las enfermedades como el tifus y las fiebres no eran producidas por Pediculus capitis (piojo de la cabeza) sino por P. corporis (piojo del cuerpo y el vestido).
La mejor solución fue siempre el peinado cuidadoso (con peine fino), los lavados con vinagre (que, si bien no mataban al piojo, sí disolvían el cemento con que la hembra fija la liendre al cabello, facilitando su extracción) y el lavado de ropas y enseres con agua muy caliente. La ropa de uso debe cambiarse permanentemente y ésta es la causa de que el piojo del cuerpo medre en ambientes donde la ropa no puede lavarse (ejércitos en campaña, campos de refugiados, naves, prisiones). La ropa y los objetos pueden, además, ser colocados en el freezer por 30 minutos, ya que los fríos bajo cero son letales para piojos y liendres.

La biología del piojo es sorprendente por lo eficiente y ajustada al metabolismo humano. Decíamos al principio que el piojo sólo puede parasitar al hombre y a ninguna otra especie. El motivo de ello es lo que técnicamente se conoce como “parasitismo obligado”: el piojo humano no puede alimentarse de la sangre de ninguna otra especie. La realidad es que el hombre y el piojo evolucionaron paralelamente: a cada salto evolutivo humano, el piojo respondió con uno similar. La unicidad de esta relación parasitaria es tan estricta que un grupo de piojos humanos colocados sobre un chimpancé (la especie viviente que está relacionada más de cerca con los seres humanos) muere lastimosamente de hambre.
Por otra parte, su estilo reproductivo está perfectamente adaptado a la función que debe cumplir: de cada diez liendres (huevos del piojo), nueve producirán hembras, ya que un solo macho es capaz de fecundar esa cantidad de ejemplares femeninos. ¿Para qué, entonces, variar esa proporción ideal?

Aunque durante siglos se experimentó con tóxicos a fin de matar a los ejemplares adultos y a sus huevos, el problema estriba en que esos productos son tan venenosos para el hombre como para el piojo. Es por ello que, hoy en día, se está enfocando el asunto desde un punto de vista completamente nuevo. La primera medida sería, pues, utilizar el cabello corto (los piojos lo prefieren largo), pasar el peine fino con frecuencia, y, en caso de infecciones graves o repetidas, utilizar un buen pediculicida/escabicida.
Aunque los piojos son grises, la simple observación demuestra que tienden a imitar el color del cabello de su huésped. Son más frecuentes en los cabellos oscuros que en los rubios, y casi inexistentes en las canas y en los cabellos teñidos. Se especula que tanto el cabello canoso como el teñido o decolorado sufren variaciones en su textura física y en su rugosidad o porosidad. Tales cambios volverían ineficiente el cemento que la hembra utiliza para fijar los huevos al pelo, complicando en gran medida su ciclo reproductivo. Aunque la explicación precedente suena lógica, aún falta demostrarla experimentalmente.
Contrariamente a la creencia popular, los piojos no saltan de una cabeza a la otra. En realidad, sus patas son sólo caminadoras, con unas extremidades en forma de garra que le sirven para sostenerse del cabello. Si una persona está infestada, es porque sus cabellos tuvieron contacto directo con los de un portador de piojos, o bien usó utensilios infectados (peines, gorros, sombreros, etc.).
Tampoco es correcto que alguien pueda contagiarse de la arena, el pasto, el agua, etc. Como el piojo necesita alimentarse con sangre humana cinco veces al día, es obvio que a duras penas puede sobrevivir más de un día apartado de su huésped.
Los piojos de la cabeza suelen encontrarse en la nuca y detrás de las orejas. Las hembras (la mayoría de la población) viven un mes y son algo más grandes que los machos. Se sienten muy confortables en el contraste entre los 36º C del cuero cabelludo y la temperatura ambiente y, en este estado, comienzan a poner tres huevos por día, hasta un total de 90 durante toda su vida.
Un simple cálculo demuestra que si un chico tiene 5 hembras en la cabeza (una cifra bastante normal, más bien conservadora), en un mes tendrá 450 ejemplares entre huevos, juveniles y adultos. De todos ellos, 405 serán hembras, que en un mes… Aterrador, ¿no?

Para leer el artículo completo, click aquí.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

2 de octubre de 1968

Agosto 26, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

Publicado originalmente en mi Boletín Literario.

Elsa Serrano es mexicana, se dedica a la restauración y está terminando una maestría en Estudios Mesoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Está por publicarse un libro que escribió junto a otra especialista, Historia, Mitos y Leyendas de los Mexicas. Sus artículos antropológicos aparecen con frecuencia en la revista Zonalta de México y en diarios y periódicos de la capital azteca. Es miembro de Seminarios sobre Cultura Nahuátl y Arte Prehispánico Mexicano, dirigidos por destacados indigenistas de fama internacional.
El poema que presentamos aquí, que a los argentinos nos recuerda algunas cosas acaecidas a fin del año pasado, se refiere a la sangrienta represión gubernamental en la Plaza de Tlatelolco, en México, que provocó varios cientos de muertes de estudiantes universitarios y una indeterminada pero enorme cantidad de desaparecidos. La revuelta estudiantil fue aplastada por el Ejército mexicano y por unos misteriosos hombres de guantes blancos (mencionados en el poema) que aún hoy, casi 35 años después del genocidio, aún no han sido identificados.
Cualquier semejanza con la realidad argentina actual —o de diciembre de 2001— no es pura coincidencia.

2 de octubre 1968

¡Se escuchó el helicóptero…!
La bengala verde brilló.

A lo lejos se escuchó una voz:
¡No se muevan, compañeros;
es una provocación!

Brilló la bengala roja,
la ametralladora sonó:
los hombres de guante blanco
emprendieron su labor.

Pasaron unos minutos
el guante blanco se ensangrentó…
¡En la plaza había un caos!

Caían nuestros hermanos
muertos alrededor,
corría toda la gente,
todo era confusión.

En esa plaza quedaron
los sueños de juventud.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

El Hibakusha y Pikadon

Agosto 7, 2009 | Por mdossantos | Claves: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | # Enlace permanente

De mi novela Gorgona (dedicado a Stone):

Hideo Nakagawa introdujo la pequeña porción de tejido meristemático de orquídea en el tubo de ensayo, y retiró la pinza, teniendo especial cuidado de no tocar con el acero los bordes del recipiente.
Había visto a Susi, del otro lado del doble vidrio que separaba el laboratorio de la oficina, hacerle la seña que significaba “Alguien te quiere ver”.
Susi era su hija, la única que le quedaba soltera, y era también la mujer más hermosa que Hideo hubiera visto en su vida. Esa belleza, esa piel de nácar y esos labios de terciopelo eran toda su fortuna. Él era un hibakusha, y, a pesar de ello, había sido capaz de engendrar un ser humano tan perfecto como ella. Ese solo hecho era suficiente para justificar toda su existencia.
Hideo salió del laboratorio-vivero, pasó la doble puerta aislante, y se quitó el barbijo, el gorro, los cubrezapatos y los guantes de látex. Se dejó puesto el delantal, porque se hubiera sentido desnudo sin él. Hacía tanto tiempo que lo usaba, que se había convertido en una segunda piel.
El visitante era un muchacho muy joven, tal vez el mismo que lo había llamado por teléfono. Cuando Hideo salió del vivero, sorprendió una mirada embelesada que el chico estaba dedicando a Susuki. El orgullo volvió a invadir el pecho del viejo japonés.
Llegó hasta él desde uno de los laterales, de manera que el chico respingó al escucharlo.
—¡Oh! Buenas tardes, doctor…
—Nakagawa. Hideo Nakagawa. Mucho gusto.— dijo el japonés —¿Usted es la persona que me llamó ayer?
—Sí, doctor. Mi nombre es Pedro Aguilar. Trabajo en el diario.
—Ah, sí. Hace unos meses me hicieron una nota para la revista dominical. Salió muy bien. Lindas fotos.
—Me alegro de que le haya gustado, doctor Nakagawa. El asunto es…
—Que usted quiere hacer una nota sobre mis orquídeas, y la señorita Alonso le dijo que…
—No. No es eso, doctor. Sí necesitaba hablar con alguien como usted, y como, a partir de la nota, usted se hizo amigo de Claudia Alonso…
—Una dama encantadora.— dijo Nakagawa con una sonrisa.
—Lo es. Bueno… La razón de mi viaje hasta Escobar para hablar con usted no son sus orquídeas clónicas, doctor, sino…
Los ojos, sumamente oblicuos, de Nakagawa, se ensombrecieron.
—…Sino Pikadon. — terminó, en un susurro.
—¿Perdón?
El oriental sonrió:
—Sobre Pikadon. Así la llamábamos nosotros. Así la sigo llamando yo. La Bomba.
El muchacho asintió gravemente.
—Así es, doctor. Pero si usted no quiere hablar, yo comprendería que…
El otro lo interrumpió con un suave gesto:
—No, no. Nada de eso. Veo el dolor en sus ojos, hijo. Veo el dolor y la preocupación. Recién, cuando usted no me miraba, vi cómo observaba a mi hija, y su mirada era distante y sublime…
El rostro de Pedro enrojeció.
—Pero ahora, al mencionar a Pikadon, su rostro se ha llenado de angustia. Nadie, a su edad, debería tener esa angustia impresa en el rostro. Prefiero la mirada admirativa que dirigió a mi hija. A Susana. Pero… dígame: ¿Por qué quiere saber sobre Pikadon? ¿Va a escribir un libro sobre Hiroshima? ¿Un artículo?
El muchacho paseó sus ojos acosados por la prolija oficina del japonés. En cada florero había una orquídea, y cada orquídea era diferente de las demás. Había pensado en decirle la verdad, pero no tan al principio. Temía que Nakagawa se riera de él.
Sin embargo, al estudiar el rostro arrugado del japonés, se dio cuenta de que Pikadon ocupaba un lugar demasiado importante en su vida como para que tomara a broma cualquier cosa que se refiriera e ella.
—Doctor Nakagawa… Es que no sé por dónde empezar.
—¿Quiere que empiece yo? — dijo el japonés amablemente. Y, sin esperar respuesta, prosiguió— Soy genetista, señor Aguilar. Me recibí en Tokyo, en 1951. Pasé mis primeros meses trabajando con el doctor Okasaki. ¿Ha oído hablar de los Fragmentos de Okasaki?
—No, doctor.

—Bueno… Se llama así a unos fragmentos de material genético. Genes separados de los cromosomas, sueltos en el interior del núcleo celular. Los descubrimos en 1954, Okasaki y yo. Son sumamente importantes en la investigación genética molecular.
—¿No deberían, entonces, llamarse Fragmentos de Okasaki-Nakagawa?
—Tal vez… Tal vez. Pero yo preferí darles sólo el nombre de mi amigo y maestro. Él falleció apenas unos días antes de la publicación de nuestro descubrimiento. No pudo verlo impreso en negro sobre blanco. Por eso preferí que llevasen su nombre. Pasaron los años, y, en el ’58, un tío mío, que vivía aquí, en Escobar, me ofreció alojarme, a mí y a mi familia, si decidía venir a vivir aquí. Y así lo hice. Abandoné Tokyo, levanté mi casa, y vine. ¿Desea un té?
—No, gracias. Pero…— Pedro miró a su alrededor —¿Y todo esto…?
—Cuando llegué aquí, descubrí que todas las orquídeas eran importadas, lo que encarecía enormemente su precio. Conseguí un crédito, instalé este vivero, y me dediqué a tratar de lograr la clonación del tejido meristemático de esas platas…
—¿El tejido meristemático?
—La parte que crece, hijo mío. El tejido en crecimiento del ápice del tallo. Tardé años, pero lo conseguí. Hoy, soy el primer productor argentino de orquídeas. Y, cuando un ejemplar es excepcionalmente bueno, mediante mi técnica de clonación y cultivo meristemático in vitro, puedo copiar esa planta especial y producir hasta trescientas mil copias idénticas a sí misma.
—Pero en Japón no investigaba sobre eso…
—No. Okasaki y yo investigábamos la leucemia. Como descubrimiento tangencial, encontramos los Fragmentos.
—¿Por qué la leucemia?
—Porque Okasaki estaba muriendo de esa enfermedad. Y yo…— sus ojos se nublaron —…Yo pasé toda mi vida pensando que también iba a sufrirla. Verá, joven Aguilar: ambos, Okasaki y yo, éramos hibakusha.
El muchacho lo miró sin comprender. El anciano japonés continuó:
—Es un término japonés que significa, poco más o menos, “sobrevivientes dolientes”. Ambos habíamos sobrevivido a la bomba de Hiroshima. A Pikadon, “el relámpago y el trueno”. Okasaki contrajo la leucemia. Yo no. Él está en el panteón de la ciencia. Yo estoy en Escobar, clonando orquídeas. No es una mala vida.
Los ojos de Nakagawa se desviaron hacia la enorme vidriera a través de la cual se veía el laboratorio estéril. Susi se movía con gracia entre los estantes llenos de tubos, la cabeza cubierta con la cofia de cirugía atractivamente ladeada.
—¿Le gusta mi hija?
—¿Qué? Eh… Sí, sí. Por supuesto. Es muy bonita.
El anciano sonrió.
—La mayor parte de las probabilidades indicaban que un hibakusha como yo, nunca hubiese llegado a ser el padre de una muchacha así.
—¿Por…? ¿A causa de la esterilidad de la radiación?
Por primera vez en la conversación, Nakagawa alzó la voz:
—¡Por el racismo! ¡Por el miedo! Durante los veinte años siguientes a la explosión, los hibakusha de Hiroshima fueron evitados por los afortunados que no habían tenido ninguna bomba de uranio explotando sobre sus cabezas. Tenían miedo de nosotros… ¿comprende? Tenían miedo de que la radiación hubiese afectado nuestros genes, de que engendráramos hijos anormales, de que…— se interrumpió —El 90% de los hibakusha murieron solteros, hijo, o viven solteros. Ninguna japonesa quería casarse con un sobreviviente… lo cual era bastante lógico, habida cuenta de que los primeros matrimonios y embarazos habían terminado de forma desastrosa… Pero el miedo genético llevó, como suele suceder, al miedo personal, y el miedo personal, al miedo racial. La gente empezó a evitar a los sobrevivientes, aunque hubieran aceptado el celibato. De ahí, a confinarlos en barrios especiales, en ghettos, hubo solo un paso. Y de allí a negarles trabajo, y educación, y salud… Fue todo uno. Todos los hibakusha teníamos una pensión especial, una especie de compensación vitalicia, pero… ¿Sabe cuántos de nosotros la cobrábamos? Menos del 5%.
—¿Por qué? ¿No querían pagárselas?
—Querían. Pero nosotros preferíamos no ir a cobrarla, porque eso ponía en evidencia nuestra condición de sobrevivientes. Así fue, hijo mío: luego de Pikadon, llegó para nosotros la soledad, luego la segregación, y luego… para la mayoría, la muerte.
—Pero usted sobrevivió…
—Así es, y he pensado durante años en eso… Aún no puedo explicarlo: tal vez la distancia a que me encontraba, acaso los vientos… No lo sé. Luego, ya en Tokyo, conocí a mi difunta esposa. Y le propuse matrimonio. Tenía cuarenta años de edad, y nunca me había atrevido a declararme a una mujer. Pero el amor que sentía por ella fue más fuerte que mis temores, y un día, le dije la verdad. Estaba seguro de que ella y su familia me echarían con cajas destempladas, y de que nunca volvería a verla, pero necesitaba ser honesto con ella. Yo era un hibakusha, y ninguna mentira, ningún engaño, ningún ocultamiento, podrían jamás cambiar ese hecho. De modo que se lo dije, y, para mi alegría y sorpresa, ella me aceptó. Le propuse evitar los embarazos, y ella me propuso hacerme una nueva serie de estudios genéticos en mis células sexuales. Y aquí estoy. Y aquí está Susuki. Y usted.
Pedro sintió que le costaba hablar, luego de escuchar el terrible relato del viejo científico. Pero sabía que lo que faltaba sería aún peor.


—Era una mañana hermosa.— dijo el doctor Hideo Nakagawa —Una de las mañanas más hermosas que yo hubiera visto en mi vida. Yo estaba en mi casa, preparando mi té, y pensando en la flota norteamericana, que la radio había dicho que estaba estacionada en el Mar de la China. Desde ella venían los bombarderos B-29 que atacaban Tokyo todos los días. Todos los santos días. Los llamábamos B-San. Entraban a Japón por la mañana, especialmente a Tokyo, llevando sus cargas de bombas incendiarias… Miles de ellos. Tokyo era, en 1945, una ciudad edificada principalmente en madera y papel. ¿Se da cuenta? Los artilleros de la playa asistían impotentes a la entrada de las oleadas de B-San, porque, si disparaban, y tenían la desgracia de acertar, un B-29 repleto de fósforo se estrellaba en medio de una ciudad compuesta de madera de cerezo y papel…— Nakagawa sollozó —Por eso, los artilleros sólo disparaban cuando los bombarderos se alejaban hacia el mar, para volver a la flota y reponer sus bombas. Intentaban derribarlos entonces, para que al día siguiente viniera uno menos… Tan solo uno menos…
El anciano científico tomó su segundo dedal de sake, de un solo sorbo, y continuó:
—Yo estaba en la sala, mirando el cielo, y mi madre estaba en la cocina. De repente, el cielo se iluminó con una luz brillantísima, tan brillante que el sol se convirtió, por comparación, en una bola de un naranja apagado. Mi madre acudió junto a mí, mientras nuestros ojos se llenaban de luz, tan intensa que las lágrimas corrían, incontrolables, por nuestras mejillas. Aún con los ojos cerrados, pude ver el contorno de los árboles y las demás casas, negros, negrísimos, entre el diseño de los vasos sanguíneos de mis párpados. Mis párpados se habían vuelto transparentes, transparentes… ¡Oh, Dios! No existe otra luz tan brillante en el Universo… Nunca he visto otra, y espero no volver a verla nunca más. Es como ver el nacimiento de una estrella en el fondo de su casa… Es terrible, terrible, terrible…
Susana Nakagawa se agitó en su silla. No era la primera vez que escuchaba a su padre relatar la explosión, pero esperaba que fuese la última. Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos y brillaban como gemas. Pedro pensó que jamás había visto una mujer tan bella como ella.
—Entonces, mi madre dijo algo… Lo dijo dos veces, mientras las lágrimas corrían por nuestros rostros, e intentábamos protegernos los ojos con los brazos… A pesar de todo, fuimos afortunados… A los que estaban más cerca, lo que les corría por el rostro no eran lágrimas, sino los fluídos internos de los ojos, y las córneas derretidas… Mi madre habló, y dijo, mientras la luminosidad del cielo se extinguía lentamente: ¡B-San ha lanzado algo! ¡B-San ha lanzado algo! Y así había sido…— dijo Nakagawa, con una sonrisa tristísima — .. Así había sido. B-San había lanzado algo. Algo malo, algo horrible… En ese momento la abracé, pero mi abrazo duró solo un instante… Porque… Porque en ese momento nos alcanzó la onda expansiva.
Nakagawa inclinó la cabeza, y gruesas lágrimas corrieron por su rostro apergaminado.
—Una mano gigante y ardiente, la mano de un demonio, me alzó en el aire, y me hizo atravesar el techo de bambú. Sentí que otra mano monstruosa arrancaba a mi madre de mis brazos, mientras ambos éramos impulsados como garzas, hacia el cielo azul…
Pedro trató de decir algo, pero descubrió que no podía, que su lengua estaba aherrojada al paladar, como soldada por cadenas invisibles. Su nuez de Adán sólo consiguió subir y bajar convulsivamente y emitir un sonido ahogado.
—Entonces, pese al dolor que sentía en mis ojos, traté de abrirlos, porque quería saber dónde estaba mi madre. Cuando lo conseguí, el dolor fue intenso, pero la sorpresa fue mayor. El mundo estaba al revés: el suelo en llamas corría rápidamente sobre mí, y el cielo en llamas, un cielo anaranjado, infernal, desaparecía velozmente bajo mis pies. ¿Qué ha pasado?, me pregunté, mientras las llamas pasaban rápidamente junto a mí. ¿Qué es lo que ha hecho que el cielo esté en el lugar del piso? ¿Qué ha enviado el campo al lugar del cielo? ¿Lo comprende? Yo volaba por los aires, cabeza abajo, mientras el mundo se incendiaba.
El japonés hizo una pausa, tomó aliento, y prosiguió:
—Finalmente, caí a tierra, y me golpeé contra algo, y me desmayé. Cuando, al cabo de un rato, me desperté, el mundo seguía en llamas, y mis ropas ardían. Me revolqué desesperadamente, y conseguí apagarlas. Sangrando por mil heridas, y con el rostro y las manos quemadas y en carne viva, me puse de pie, y busqué a mi madre. Ya no había suburbio, ya no había campos, ni casas, ni árboles, ya no había más Hiroshima. El pasto ardía, y el olor de la carne quemada hacía el aire irrespirable. Había cadáveres quemados por todas partes, y niños… Tropecé con un niño de dos o tres años, que no era más que un pedazo de carbón, y los estanques y charcos se habían evaporado, y las bicicletas se habían convertido en amasijos retorcidos de metal humeante… Entonces vi a mi madre. Estaba tendida junto a lo que un segundo antes había sido una carretera, y una larga rama puntiaguda había salido disparada desde algún árbol y la había clavado al suelo en llamas como a una mariposa… Y sangraba, y su cabello y sus ropas estaban en llamas, y su sangre comenzaba a arder tan pronto tocaba el piso, llenando el aire de olor a morcilla… Nunca había visto yo arder la sangre… Y ella abrió los ojos, pero ya no había ojos, nada más que cuencas incendiadas, y trató de hablar… Y yo quise arrodillarme junto a ella, tomarle la mano, pero el suelo estaba tan caliente que no pude hacerlo. Y las suelas de mis sandalias me quemaron, y la piel de las plantas de mis pies se desprendió y cayó, y yo corrí y corrí, y corrí y seguí corriendo, abandonando a mi madre en llamas, abandonando a mi pueblo en llamas, abandonando mi ciudad en llamas, pisando con los pies descarnados el asfalto derretido, junto a otros, a muchos hibakusha, y de pronto, alguien se detuvo, y se volvió hacia la ciudad, y dijo algo…
Con un gesto, el genetista pidió a su hija otro dedal de sake, y volvió a bebérselo de un trago.
—Entonces, yo también me di vuelta, y miré, y el cielo se había vuelto de un hermoso color purpúreo… Pero, mientras el cielo de Hiroshima se volvía de un violeta más bello que el de las más bellas flores del jacarandá, mientras mis compañeros y yo escuchábamos el grito de los moribundos y el llanto de los niños heridos y los chillidos de los bebés asados, la nube negra se cernió sobre el campo arrasado que una vez había sido mi ciudad… Una nube siniestra, con vetas fosforescentes: verdes, rojas, amarillas. Su interior estaba animado por los fantasmas de mil relámpagos multicolores, centellas ominosas como demonios. Y era negra, y tenía la forma de un hongo gigantesco… Y los relámpagos eran bellísimos y, a la vez, terroríficos. Y alguien dijo: ¡Pikadon!, y la palabra corrió todo a lo largo de la interminable fila de sobrevivientes dolientes que escapábamos de la ciudad en llamas, con los cabellos en llamas, con las ropas en llamas, pisando los cadáveres que se deshacían en cenizas bajo nuestros pies:¡Pikadon! ¡Pikadon! Y Pikadon se cernió sobre nosotros, y giró, y resplandeció, y creció hasta tener miles de metros de estatura, y supimos que ése era el monstruo que había matado a nuestra ciudad, que había aniquilado a los nuestros… Un gigante con ojos de relámpagos. Pikadon.— Nakagawa suspiró, y dejó el dedal de sake sobre la mesa —Y esa es la historia, hijo mío. La historia del hibakusha y Pikadon. Aunque cueste creerlo, esto sucedió en realidad. Yo perdí allí a toda la gente que conocía. A todos. Así fue. Pikadon, Hiroshima, 6 de agosto de 1945.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads


IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog