Archivo para la categoría ‘Historia militar’
Octubre 7, 2009 | Por mdossantos | Claves: anécdotas, asesinatos, cambiaron, cielo, civil, coincidencias, cometa, constantino, conversión, converso, convertido, cruz, ejército, emperadores, episodios, fernando espino, fortuitas, genghis, gengis, ghengis, guerra, guerras, hechos, historias, hoc, homicidios, imperio, in, increíbles, invasión, kan, khan, marcelo dos santos, mongola, mongoles, mongolia, romano, romanos, signo, tiempo, viaje, vinces | # Enlace permanente
Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano. Las notas me pertenecen.
Puesto número 1: El meteorito que nos dio el Cristianismo
El hecho de que haya más o menos 2.000 millones de cristianos en el mundo actual se debe mayormente a un solo tipo: Constantino el Grande. Es el emperador romano que legalizó a los cristianos, se convirtió él mismo y allanó el camino para que esta religión cubriera a toda Europa y de ahí se expandiera a todo el mundo.
Así que ahí lo tienen, ateos. Todo es culpa de él.
Pero Constantino no siempre fue cristiano. Cuando todavía no era emperador, en 310 d.C., estaba luchando una guerra civil contra otro tipo que reclamaba el trono, un tal Majencio. El derecho al trono de este Majencio estaba basado en el único hecho de que creía que su nombre sonaba muy bien.
Luego de varios meses de combates, Constantino y Majencio se enfrentaron para la batalla definitiva. El ejército de Majencio doblaba en número al de Constantino, pero, como se supo después, este último tenía a Dios de su lado.
Unas horas antes de la batalla, Constantino “vio con sus propios ojos en los cielos el emblema de la Cruz saliendo de la luz del sol, y con ella el mensaje `Con este símbolo ganarás´ (1)“.
Y así fue.
La coincidencia que destrozó el mundo
Dependiendo de qué tan religiosa sea la persona con la que hablamos, el símbolo que vio en el cielo fue o bien un milagro o bien una ridiculez que vio, imaginó o inventó después de la batalla para hacer más memorable su victoria. Aparentemente fue solo un gigantesco meteorito que de casualidad pasaba justo.
Así que la estructura religiosa completa del mundo actual dependió de un pedazo de roca espacial.
Pero bueno, eso no explica las palabras “Con este símbolo ganarás” volando por el cielo. Daría toda la impresión de que hubiera decidido mejorar su experiencia de avistamiento del meteorito ingiriendo un poquito de ácido del bueno (2).

Si de alguna manera la trayectoria del meteorito fue tal que la cola dibujó palabras en el cielo en el mismísimo idioma de aquel hombre, bueno, entonces probablemente tengamos que darle algún crédito a esa escuela de pensamiento que se basa en la intervención divina.
Y ¿cómo cambió el mundo?
Ocurrió que en efecto ganó Constantino y se convirtió en Emperador de Roma. Cambiado para siempre por los eventos de la batalla, publicó el Edicto de Milán, que garantizó tolerancia religiosa ¡para todos!
Bueno, para todos no.
El cristianismo comenzó a ganar popularidad y, algunas décadas más tarde, fue declarado única religión oficial del imperio. Y el resto es… ya saben.
NOTAS:
1: Del latín: In hoc signo vinces.
2: Aunque no es infrecuente que las colas de los cometas formen cruces en el cielo, esvásticas incluidas. Si les parece increíble, dénse una vuelta por este artículo que escribí hace un tiempo.




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Octubre 3, 2009 | Por mdossantos | Claves: anécdotas, asesinatos, cambiaron, coincidencias, ejército, episodios, fernando espino, fortuitas, genghis, gengis, ghengis, guerras, hechos, historias, homicidios, imperio, increíbles, invasión, kan, khan, marcelo dos santos, mongola, mongoles, mongolia, romano, tiempo, viaje | # Enlace permanente
Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano.
Puesto número 2: El ataque cardíaco que salvó al mundo occidental
¿Vieron que todo villano de historieta y todo archienemigo de James Bond tiene un intrincado plan para apoderarse del mundo? Totalmente ridículo, ¿verdad? ¿El mundo entero? ¡Andá…! Nadie puede esperar lograr eso.
O tal vez los villanos reales no piensan lo suficientemente en grande, porque se puede hacer. De hecho, si no hubiera sido por un ataque al corazón oportunamente ocurrido, ya hubiese pasado.

La ridícula coincidencia
Bienvenidos a Europa Central, aproximadamente a mediados del siglo XIII. Hace algunos años, escucharon hablar por primera vez de una nación lejana y poderosa, gobernada por un tipo llamado Genghis Khan, que estaba destruyendo a los odiados musulmanes. “¡Grande!”, dijeron. “¡El enemigo de nuestros enemigos es nuestro amigo! ¿Qué podría salir mal?”.

Europa.
Entonces TODO empezó a salir mal. Les dijeron que ahora ese ejército misterioso estaba aniquilando completamente a los rusos. ¡Eh, eso no está nada bien! ¡Rusia es cristiana! ¡Son herejes ortodoxos, seguro, pero siguen siendo cristianos!
Entonces, un buen día, realmente se encontraban con su nuevo amigo. Excepto que en vez de traerles Coca y papas fritas, había llegado para masacrarlos a ustedes y a todos sus seres queridos.
Amigos: esto era la invasión mongola de Europa. Y esa Europa de mierda, con sus caballeros torpes y sus campesinos hambreados y armando piquetes todo el día, no podía hacer absolutamente nada para detenerla. Los mongoles, liderados por Genghis Khan y más tarde por su hijo Ogedei, derrotaron a ejércitos tan grandes como los de Hungría, Austria y por último al del Sacro Imperio Romano. Finalmente saquearon Polonia (gracias a Dios que a ese pobre país nunca le volvió a pasar), y luego posaron su mirada en el siguiente país densamente poblado: Alemania.

No se preocupen, muchachos. Seguramente les hubiera ido muy bien.
Entonces, el jefe mongol, Ogedei Khan, se murió de un ataque. Y todo su ejército se tuvo que volver a Mongolia.
¿Por qué? Porque las tradiciones culturales mongolas exigían que todo el mundo volviera a casa cuando se nombraba a un nuevo Khan. Todos sabían que Guyuk, el hijo de Ogedei, lo sucedería, pero igualmente tenían que volver a Mongolia para “elegirlo” en una ceremonia de votación simbólica. O también podían votar a otro y terminar sin cara.
Pero ¿cómo fue que cambió el mundo?
Más de lo que ustedes piensan, en realidad. Un libro publicado recientemente muestra que la completa destrucción del corazón del mundo musulmán y la comparativamente escasa destrucción de Europa por parte de los mongoles fue lo que permitió a Occidente convertirse en el centro de poder que fue después.
Además de apilar pirámides de cráneos y arrancar los fetos de los úteros de sus madres, lo que básicamente hicieron los mongoles fue conectar el mundo. Se abrieron nuevas rutas comerciales y se generaron nuevos contactos entre grandes centros de población que antes de la invasión no tenían ninguna relación entre sí.
Así que cuando hicieron mierda a China y al Medio Oriente, Europa comenzó a tener contacto con el Este. Esto, a su debido tiempo, motivó la Era de la Exploración. He aquí la causa de que el Oeste tenga armas nucleares y computadoras y tecnología hoy en día, mientras que el resto del mundo sigue con sus carretas y sus rebaños de cabras.
Gracias, Mongolia.
Continuará…




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Octubre 2, 2009 | Por mdossantos | Claves: anécdotas, asesinatos, cambiaron, coincidencias, córcega, episodios, fernando espino, fortuitas, guerras, hechos, historias, homicidios, increíbles, marcelo dos santos, napoleón, tiempo, viaje | # Enlace permanente
Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano.
Puesto número 3: El tratado territorial imprevisto que generó un imperio

Como pueden ver, es fácil tomar a los grandes hombres y a sus logros como predestinados. Después de todo, Napoleón fue un general brillante, por lo que uno tiende a asumir que, pasara lo que pasase, él hubiese tomado el poder en Francia y hubiera igualmente llegado mucho más cerca de conquistar el mundo que nadie más en la historia moderna.
Bueno…
La ridícula coincidencia
Lo que sucede es que Napoleón no nació en Francia, sino en la isla francesa de Córcega, en 1769. Y es que el año anterior, Córcega no era francesa. Napoleón, si hubiera nacido un año antes, habría sido italiano.
Foto: La casa de los Bonaparte, única razón por la que Córcega es importante.
Antes del día en que presumiblemente el paisaje corso se abrió para vomitar al bebé Napoleón desde las entrañas de la tierra envuelto en una tormenta de fuego, la isla se encontraba bajo el dominio genovés. Más específicamente, estaba bajo el dominio de cualquier genovés barbudo y roñoso que fuese lo suficientemente rico como para sobornar al Duque de Génova y obtener a cambio el cargo de Gobernador. Desafortunadamente, la isla estaba, además, constantemente en rebelión o siendo conquistada por cuanto turco pasara por allí.
Finalmente, después de cinco siglos de luchar, Génova dijo “Que se vayan al carajo” y abandonó Córcega. El Duque se la vendió a un francés.
Ese francés, cualquiera sea la razón, se la revoleó a la Corona francesa. Durante los siguientes años, Francia comenzó a mandar de contrabando soldados a Córcega y a amontonarlos en las fortalezas.
Finalmente, en 1768, Génova y Francia firmaron un tratado, cediendo oficialmente la isla a este último país.
Y ¿cómo fue que cambió el mundo?
Un año después Napoleón salió de su mamá. Incluso a pesar del hecho de que nació en una familia italiana, vino al mundo técnicamente en suelo francés, y aún entonces, solo tentativamente, porque Córcega se estaba rebelando otra vez, ahora contra su nuevo amo. Pero era ciudadano francés, lo que más tarde le permitiría enrolarse en el ejército galo.
Fast forward un par de décadas. La Revolución Francesa llega a Córcega, y lo siguiente de lo cual se entera la gente es que un idiota italiano de alguna isla perdida de la que nadie ha oído hablar jamás, está gobernando Francia y haciendo un gran trabajo por añadidura.

Si el tratado territorial se hubiera demorado un solo año, o si el acuerdo hubiera llegado tarde, o si el Duque hubiera querido quedarse Córcega, o si hubiera pasado cualquiera de las mil cosas que hubieran podido arruinar el traspaso, el italiano nunca hubiera podido entrar al ejército francés para comenzar a acumular poder, o sea, nunca hubiera habido un Napoleón.
Continuará…




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Septiembre 30, 2009 | Por mdossantos | Claves: anécdotas, casualidades, civil, coincidencias, curiosidades, episodios, fernando espino, guerra, increíbles, marcelo dos santos, norteamericana, secesion, tiempo, viajes | # Enlace permanente
Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano.
Puesto número 4: La caja de cigarros que ganó la Guerra de Secesión
¿Qué haría si se encontrara una caja de cartón tirada en el medio del campo, como si dijéramos, una caja de cigarros o algo así? ¿La ignoraría? ¿Se la tiraría de una patada a una ardilla? ¿Pensaría que contiene algo horrible, como páncreas humanos robados por la Mafia de los Órganos y huiría de ella?
Durante la Guerra de Secesión, el cabo de la Unión Barton W. Mitchell encontró, justamente, una de esas cajas de aspecto poco prometedor, pero no hizo nada de lo dicho. En lugar de ello, la abrió, y esa es la razón por la cual los Estados Unidos hoy son un solo país en vez de dos.
La ridícula coincidencia
A fines de 1862, el ejército confederado estaba teniendo éxito en su invasión de Maryland. El Comandante Supremo confederado, General Robert E. Lee, redactó un documento denominado “Orden Especial 191″, que describía con extremado detalle cada movimiento de cada brigada de su ejército durante los siguientes meses. Entregó una copia de la Orden solo a sus generales de máxima confianza, incluyendo a “Paredón” Jackson.

Te podía destrozar con solo mirarte
“Paredón”, empero, era demasiado perezoso como para escribir órdenes individuales para cada uno de sus comandantes, así que lo que hizo fue darles a todos copias de la 191 completa. Uno de esos comandantes era Daniel Harvey Hill, que hizo lo que hacemos siempre con nuestros formularios impositivos y con nuestras sentencias judiciales: la usó para envolver tres cigarros, puso los cigarros en una caja de cigarros, la perdió en un campo y se olvidó del asunto y de todo lo que tuviera alguna relación con ello.

“La verdad es que soy un mal comandante”
Algunos días después, el anteriormente mencionado explorador unionista Barton W. Mitchell encontró la caja en ese campo, probablemente pensando “¡Mierda, qué suerte! ¡Cigarros gratis!”.
De algún modo se dio cuenta de que el envoltorio de los cigarros tenía el aspecto de un documento importante, y se lo envió a su comandante. El comandante, a su vez, se lo pasó a su comandante. A través de quién sabe cuántas oportunidades de perderse, de que le sangraran encima, de que se lo comiera un caballo o de que el tipo que lo tenía en el bolsillo fuera alcanzado por una bala de cañón y convertido en partículas desintegradas, el pedazo de papel se las arregló para sobrevivir lo suficiente como para que un asistente reconociera la escritura como la letra del mismísimo Robert E. Lee.
Y le dio el papel al General de la Unión George McClellan.
Pero ¿cómo cambió el mundo?
¿Escucharon hablar de la Batalla de Antietam? ¿El día más sangriento de toda la historia norteamericana? Ganó el Norte, y a partir de ese día el Sur no tuvo absolutamente ninguna posibilidad de ganar la guerra.
Bueno, ganó la Unión porque básicamente disponía de un equivalente de una Guía Estratégica Oficial de la invasión de Robert E. Lee al estado de Maryland.
De allí en adelante, la victoria de la Unión estaba prácticamente garantizada. Lincoln se sintió seguro como para firmar la Declaración de Gettysburgh, la esclavitud fue abolida oficialmente, el Sur se reunificó con el resto del país y la palabrería sobre secesionar de los Estados Unidos terminó para siempre. O por lo menos hasta que se nos ocurrió elegir a un presidente negro.
Continuará…




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Septiembre 29, 2009 | Por mdossantos | Claves: academia, anécdotas, archiduque, artes, asesinatos, bellas, cambiaron, coincidencias, episodios, fernando, fernando espino, fortuitas, francisco, gavrilo, guerra, guerras, hechos, historias, hitler, homicidios, increíbles, marcelo dos santos, mundial, munich, nazismo, pintura, prinzip, rechazo, segunda, tiempo, viaje, viena | # Enlace permanente
Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano.
Puesto número 5: La solicitud de ingreso a Bellas Artes que mató a 50 millones de personas
Bueno, tal vez hayamos sido un poco duros con Princip. Después de todo, no hubiéramos sufrido la Segunda Guerra Mundial si una Academia Nacional de Bellas Artes no hubiese sido tan exigente con sus condiciones de admisión.
Por ejemplo: ¿qué les parece este cuadro?

Bastante bueno, ¿no? Probablemente no sería lo que uno colgaría en su casa, pero por lo menos tiene un aspecto profesional.
Si fueran el director de la Academia, ¿aceptarían a su autor como alumno? Si contestan que no, entonces son como los directivos de la Academia de Bellas Artes de Viena, que no quisieron aceptar a una personita llamada Adolf Hitler.
La ridícula coincidencia
En 1905, un joven Adolf Hitler dejó su pequeña aldea natal y se fue a Viena, con sus ojitos brillantes de ilusión y sus sueños de llegar a ser un gran artista. Desafortunadamente para el planeta Tierra, la Academia le denegó el ingreso. Dos veces.
Poco después de su segundo fracaso en intentar que lo admitieran, su madre murió, y sucede que ella era la que lo mantenía. Sin amigos, sin consejo, sin trabajo y sin carrera que desarrollar, el joven Adolf se vio obligado a mudarse a los miserables barrios marginales de Viena, los cuales estaban llenos de sucios representantes de las minorías étnicas, incluyendo checos, croatas, italianos y, los peores de todos: judíos.
Hitler declaró que se volvió antisemita estando en Viena. Específicamente, hubo un judío ortodoxo que se le cruzó un día, y él nunca más pudo sacarse esa fea visión de la cabeza. Si solo hubiera estado en otra parte, digamos entre una banda de amigos, pintores y artistas liberales en un dormitorio de la Academia de Bellas Artes de Viena.

Esta foto es inexplicablemente terrorífica, ¿no?
Después de varios años en Viena entre todos aquellos repugnantes no alemanes, Hitler tuvo que irse a vivir a Muncih. Un año más tarde, alguien decidió pedir un sandwich y desató la Primera Guerra Mundial.
Sin nada mejor que hacer, Adolf se enroló en el Ejército, ascendiendo rápidamente hasta terminar como miembro de la Policía Militar alemana, que le encargó una misión: infiltrarse en un pequeño grupo de revoltosos conocido como Partido Nacional Socialista Obrero Alemán.
Si solamente hubiera estado ocupado con otra cosa, como pintar minas desnudas en la Academia Nacional de Bellas Artes de Viena. Y SIN pensar en absoluto en cuánto odiaba a los judíos.
Pero ¿cómo cambió el mundo?
Tardó apenas una década para pasar de infiltrarse en el partido nazi a ser electo Canciller del Reich y convertirse en el rostro moderno del Mal. Nunca sabremos qué hubiera pasado si hubiera ido a la Academia de Arte. Demonios, si se hubiera quedado en Austria, hubiera sido reclutado por el ejército austríaco en vez de por el alemán. Y casi seguro lo habría matado un soldado ruso en una de las muchas, muchísimas derrotas austrohúngaras en la Primera Guerra Mundial.
Continuará…




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Septiembre 28, 2009 | Por mdossantos | Claves: anécdotas, archiduque, asesinatos, cambiaron, coincidencias, episodios, fernando, fernando espino, fortuitas, francisco, gavrilo, guerras, hechos, historias, hitler, homicidios, increíbles, marcelo dos santos, prinzip, tiempo, viaje | # Enlace permanente
Por Fernando Espino para Cracked.com. Traducción de Marcelo Dos Santos. Texto nunca publicado en castellano.
Lo que dicen respecto del viaje en el tiempo es verdad. Vas al pasado y cambiás una pequeña cosa, y de repente el futuro está lleno de nazis y dinosaurios.
Si miramos la historia para atrás, vamos a comprobar que, una y otra vez, los gigantescos cambios que modelaron nuestro mundo dependieron en última instancia y en forma total de increíbles coincidencias. Uno cambia una de estas coincidencias, y todo el curso de la historia cambiará también.
Puesto número 6: El sandwich que desató una guerra

Probablemente tu profesor de historia te enseñó que la Primera Guerra Mundial empezó con el asesinato de un archiduque austríaco llamado Francisco Fernando, gatillando un efecto dominó de eventos que causó millones de muertos. Lo que a lo mejor ignores es que la fuerza que derribó la primera ficha del dominó fue un sandwich.
Había una vez un tipo llamado Gavrilo Princip. Era un estudiante y guerrillero bosnio, que formaba parte de un grupo llamado “Mano Negra”. Suena como una maléfica organización de sabios locos que maneja secretamente el mundo, ¿no? Desafortunadamente, era algo bastante menos espectacular: una banda de independentistas eslavos.
Y, por alguna extraña razón, odiaban terriblemente a Francisco Fernando.
También, con esa cara…
La coincidencia que destrozó al mundo
Vamos a dejar las cosas bien en claro: Gavrilo Princip adoraba la idea de asesinar al Tío Franz. Es el modo en que ocurrieron las cosas lo sorprendente.
A mediados de 1914, Fernando, su esposa y el obligado grupo de figuras políticas menores y los colados de siempre que acompañan al tonto-a-punto-de-ser-asesinado, se desplazaban (estúpidamente) en un coche descubierto por las calles de Sarajevo.
La Mano Negra había elaborado un intrincado plan de asesinato, que básicamente consistía en algo así como “matar al imbécil de la manera que sea”. Desafortunadamente, como ciertamente ocurre con los planes de asesinato intrincados, algo salió mal.
Cuando el descapotable de Franz pasó frente a los asesinos, uno de ellos, un tal Nedeljko Čabrinović le tiró una granada. El problema es que estaba usando una granada de mierda de 1914, que tardó 10 segundos en detonar. Así que el auto del archiduque pasó tranquilamente y el que se comió la explosión fue el auto de la custodia que venía detrás. Los asesinos se perdieron entre la multitud en el caos de muertos y heridos subsiguiente.
Čabrinović se tomó una pastilla de cianuro que no lo mató, y después se tiró de cabeza a un río de 1 metro de profundidad en otro inepto intento de ahogarse. Franz y los suyos estaban, aparentemente, a salvo.
Pero Franz no estaba conforme, y quiso poner de nuevo su vida en peligro, de un modo totalmente insano. Contra la opinión de casi todo el mundo, insistió en ir al hospital a visitar a la gente que había herido la granada. Su chofer, desgraciadamente, no tenía la más puta idea de a dónde cuernos estaba yendo. Al final terminó yendo en zigzag por toda la ciudad de Sarajevo, hasta que acertó a parar por casualidad en la puerta de un café, donde —ya te lo imaginás— por casualidad estaba Gavrilo Princip comiéndose su sandwich post-asesinato-fallido.
Luego de la pausa para reaccionar ante tamaño golpe de suerte, Princip dejó el sandwich, agarró su pistola, y cambió el curso de la historia.
Pero ¿cómo cambió el mundo?
Primero, provocó la Primera Guerra Mundial…
En la imagen: culpa de Gavrilo Princip
…Luego, la debacle económica europea de la postguerra…
En la imagen: culpa de Gavrilo Princip
…Que fue la razón por la que Alemania votó a…
En la imagen: culpa de Gavrilo Princip
…Que causó…
En la imagen: culpa de Gavrilo Princip
…La que terminó con…
En la imagen: culpa de Gavrilo Princip
…Que resultó en la Guerra Fría…
En la imagen: culpa de Gavrilo Princip
…Que llevó a…
En la imagen: culpa de Gavrilo Princip
…Y por último nos regaló…
En la imagen: culpa de Gavrilo Princip
Es así. La mayor parte del horror y la muerte del siglo XX no hubiesen ocurrido si Gavrilo Princip no hubiese tenido hambre y no se hubiera sentado a comer un sandwich en ese bar.
Continuará…




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Septiembre 4, 2009 | Por mdossantos | Claves: ectoparásitos, ectoparasitosis, enfermedades, fiebre, guerra, j r r tolkien, marcelo dos santos, muertes, muertos, mundial, parasitosis, pediculus, piojos, primera, tifus, transmisibles, trincheras, zoonosis | # Enlace permanente
Primera Guerra Mundial. Un joven oficial del XIº de Fusileros de Lancashire, recién casado, es embarcado de regreso a Londres desde las trincheras del Somme por razones médicas. Ya no podía combatir. No podía pensar. Su cuerpo derrengado por la enfermedad parecía a punto de sucumbir.
La patología del joven inglés fue diagnosticada como “fiebre de las trincheras”. No fue mortal, lo que fue una suerte, ya que, durante su convalescencia, el militar comenzó a escribir lo que daría en convertirse en una de las más grandes sagas fantásticas de la historia de la literatura.
El británico era el subteniente John R. R. Tolkien y el culpable de su enfermedad, el piojo humano.
Como veremos en este breve trabajo, adonde fue el hombre llevó a su lado (o, mejor dicho, sobre él) al piojo humano. Dentro del piojo, los microbios patógenos completaron el letal trío.
Verdaderamente, hemos llevado al piojo, lo llevamos y —por lo que parece— lo seguiremos llevando, a todas partes.
Cuando el ser humano se autodestruya, sólo tres especies llorarán su muerte. Son las tres únicas especies de animales a los que la evolución ha convertido en parásitos obligados del ser humano, es decir, aquellas que no pueden parasitar a nadie más. No nos llevaremos con nosotros a las ballenas, ni a los perros, ni siquiera al panda. Nos las llevaremos a ellas. A ellas tres. Nuestro autogenocidio causará su inmediata extinción.
Sus nombres: Pediculus (humanus) capitis, Pediculus (h.) corporis (para algunas fuentes, también Pediculus vestimenti) y Phthirus pubis (antes Pediculus pubianum). Las tres clases de piojos humanos. Una de ellas, uno de los mayores asesinos de la historia.
Los piojos son insectos anopluros que, a lo largo de la historia, han representado una molestia y un peligro. Molestia por la irritación y prurito que provocan sus picaduras. Peligro por las enfermedades que son capaces de transmitir.
Pediculus capitis y corporis, primos hermanos, son el origen de muchas costumbres humanas: en efecto, hasta las pelucas utilizadas por los Luises en Francia servían únicamente para ocultar las asquerosas y molestas entidades que pululaban en las cabezas de todos, desde el último campesino hasta Luis XV. Pueden verse en los museos unas elegantes manitas de marfil u oro que los jerarcas de aquellos tiempos utilizaban para rascarse por debajo de la peluca.
La costumbre militar de cortar el pelo al rape, en cambio, contra lo que se cree, no está destinada a controlar la población de piojos, sino a evitar que en el combate cuerpo a cuerpo el enemigo aferrara el cabello para exponer la garganta y degollar al legionario. Los romanos aprendieron esto con dolor durante su campaña contra los celtas y germanos, y, además, desde tiempos de César se sabía perfectamente que las enfermedades como el tifus y las fiebres no eran producidas por Pediculus capitis (piojo de la cabeza) sino por P. corporis (piojo del cuerpo y el vestido).
La mejor solución fue siempre el peinado cuidadoso (con peine fino), los lavados con vinagre (que, si bien no mataban al piojo, sí disolvían el cemento con que la hembra fija la liendre al cabello, facilitando su extracción) y el lavado de ropas y enseres con agua muy caliente. La ropa de uso debe cambiarse permanentemente y ésta es la causa de que el piojo del cuerpo medre en ambientes donde la ropa no puede lavarse (ejércitos en campaña, campos de refugiados, naves, prisiones). La ropa y los objetos pueden, además, ser colocados en el freezer por 30 minutos, ya que los fríos bajo cero son letales para piojos y liendres.
La biología del piojo es sorprendente por lo eficiente y ajustada al metabolismo humano. Decíamos al principio que el piojo sólo puede parasitar al hombre y a ninguna otra especie. El motivo de ello es lo que técnicamente se conoce como “parasitismo obligado”: el piojo humano no puede alimentarse de la sangre de ninguna otra especie. La realidad es que el hombre y el piojo evolucionaron paralelamente: a cada salto evolutivo humano, el piojo respondió con uno similar. La unicidad de esta relación parasitaria es tan estricta que un grupo de piojos humanos colocados sobre un chimpancé (la especie viviente que está relacionada más de cerca con los seres humanos) muere lastimosamente de hambre.
Por otra parte, su estilo reproductivo está perfectamente adaptado a la función que debe cumplir: de cada diez liendres (huevos del piojo), nueve producirán hembras, ya que un solo macho es capaz de fecundar esa cantidad de ejemplares femeninos. ¿Para qué, entonces, variar esa proporción ideal?
Aunque durante siglos se experimentó con tóxicos a fin de matar a los ejemplares adultos y a sus huevos, el problema estriba en que esos productos son tan venenosos para el hombre como para el piojo. Es por ello que, hoy en día, se está enfocando el asunto desde un punto de vista completamente nuevo. La primera medida sería, pues, utilizar el cabello corto (los piojos lo prefieren largo), pasar el peine fino con frecuencia, y, en caso de infecciones graves o repetidas, utilizar un buen pediculicida/escabicida.
Aunque los piojos son grises, la simple observación demuestra que tienden a imitar el color del cabello de su huésped. Son más frecuentes en los cabellos oscuros que en los rubios, y casi inexistentes en las canas y en los cabellos teñidos. Se especula que tanto el cabello canoso como el teñido o decolorado sufren variaciones en su textura física y en su rugosidad o porosidad. Tales cambios volverían ineficiente el cemento que la hembra utiliza para fijar los huevos al pelo, complicando en gran medida su ciclo reproductivo. Aunque la explicación precedente suena lógica, aún falta demostrarla experimentalmente.
Contrariamente a la creencia popular, los piojos no saltan de una cabeza a la otra. En realidad, sus patas son sólo caminadoras, con unas extremidades en forma de garra que le sirven para sostenerse del cabello. Si una persona está infestada, es porque sus cabellos tuvieron contacto directo con los de un portador de piojos, o bien usó utensilios infectados (peines, gorros, sombreros, etc.).
Tampoco es correcto que alguien pueda contagiarse de la arena, el pasto, el agua, etc. Como el piojo necesita alimentarse con sangre humana cinco veces al día, es obvio que a duras penas puede sobrevivir más de un día apartado de su huésped.
Los piojos de la cabeza suelen encontrarse en la nuca y detrás de las orejas. Las hembras (la mayoría de la población) viven un mes y son algo más grandes que los machos. Se sienten muy confortables en el contraste entre los 36º C del cuero cabelludo y la temperatura ambiente y, en este estado, comienzan a poner tres huevos por día, hasta un total de 90 durante toda su vida.
Un simple cálculo demuestra que si un chico tiene 5 hembras en la cabeza (una cifra bastante normal, más bien conservadora), en un mes tendrá 450 ejemplares entre huevos, juveniles y adultos. De todos ellos, 405 serán hembras, que en un mes… Aterrador, ¿no?
Para leer el artículo completo, click aquí.




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Agosto 7, 2009 | Por mdossantos | Claves: acción, argentinos, atentado, atómica, atomico, bigote gallo, bombas, gorgona, inedita, latinoamericanos, literatura, marcelo dos santos, narradores, narrativa, novela, nuclear, nucleares, suspenso, thriller | # Enlace permanente
De mi novela Gorgona (dedicado a Stone):
Hideo Nakagawa introdujo la pequeña porción de tejido meristemático de orquídea en el tubo de ensayo, y retiró la pinza, teniendo especial cuidado de no tocar con el acero los bordes del recipiente.
Había visto a Susi, del otro lado del doble vidrio que separaba el laboratorio de la oficina, hacerle la seña que significaba “Alguien te quiere ver”.
Susi era su hija, la única que le quedaba soltera, y era también la mujer más hermosa que Hideo hubiera visto en su vida. Esa belleza, esa piel de nácar y esos labios de terciopelo eran toda su fortuna. Él era un hibakusha, y, a pesar de ello, había sido capaz de engendrar un ser humano tan perfecto como ella. Ese solo hecho era suficiente para justificar toda su existencia.
Hideo salió del laboratorio-vivero, pasó la doble puerta aislante, y se quitó el barbijo, el gorro, los cubrezapatos y los guantes de látex. Se dejó puesto el delantal, porque se hubiera sentido desnudo sin él. Hacía tanto tiempo que lo usaba, que se había convertido en una segunda piel.
El visitante era un muchacho muy joven, tal vez el mismo que lo había llamado por teléfono. Cuando Hideo salió del vivero, sorprendió una mirada embelesada que el chico estaba dedicando a Susuki. El orgullo volvió a invadir el pecho del viejo japonés.
Llegó hasta él desde uno de los laterales, de manera que el chico respingó al escucharlo.
—¡Oh! Buenas tardes, doctor…
—Nakagawa. Hideo Nakagawa. Mucho gusto.— dijo el japonés —¿Usted es la persona que me llamó ayer?
—Sí, doctor. Mi nombre es Pedro Aguilar. Trabajo en el diario.
—Ah, sí. Hace unos meses me hicieron una nota para la revista dominical. Salió muy bien. Lindas fotos.
—Me alegro de que le haya gustado, doctor Nakagawa. El asunto es…
—Que usted quiere hacer una nota sobre mis orquídeas, y la señorita Alonso le dijo que…
—No. No es eso, doctor. Sí necesitaba hablar con alguien como usted, y como, a partir de la nota, usted se hizo amigo de Claudia Alonso…
—Una dama encantadora.— dijo Nakagawa con una sonrisa.
—Lo es. Bueno… La razón de mi viaje hasta Escobar para hablar con usted no son sus orquídeas clónicas, doctor, sino…
Los ojos, sumamente oblicuos, de Nakagawa, se ensombrecieron.
—…Sino Pikadon. — terminó, en un susurro.
—¿Perdón?
El oriental sonrió:
—Sobre Pikadon. Así la llamábamos nosotros. Así la sigo llamando yo. La Bomba.
El muchacho asintió gravemente.
—Así es, doctor. Pero si usted no quiere hablar, yo comprendería que…
El otro lo interrumpió con un suave gesto:
—No, no. Nada de eso. Veo el dolor en sus ojos, hijo. Veo el dolor y la preocupación. Recién, cuando usted no me miraba, vi cómo observaba a mi hija, y su mirada era distante y sublime…
El rostro de Pedro enrojeció.
—Pero ahora, al mencionar a Pikadon, su rostro se ha llenado de angustia. Nadie, a su edad, debería tener esa angustia impresa en el rostro. Prefiero la mirada admirativa que dirigió a mi hija. A Susana. Pero… dígame: ¿Por qué quiere saber sobre Pikadon? ¿Va a escribir un libro sobre Hiroshima? ¿Un artículo?
El muchacho paseó sus ojos acosados por la prolija oficina del japonés. En cada florero había una orquídea, y cada orquídea era diferente de las demás. Había pensado en decirle la verdad, pero no tan al principio. Temía que Nakagawa se riera de él.
Sin embargo, al estudiar el rostro arrugado del japonés, se dio cuenta de que Pikadon ocupaba un lugar demasiado importante en su vida como para que tomara a broma cualquier cosa que se refiriera e ella.
—Doctor Nakagawa… Es que no sé por dónde empezar.
—¿Quiere que empiece yo? — dijo el japonés amablemente. Y, sin esperar respuesta, prosiguió— Soy genetista, señor Aguilar. Me recibí en Tokyo, en 1951. Pasé mis primeros meses trabajando con el doctor Okasaki. ¿Ha oído hablar de los Fragmentos de Okasaki?
—No, doctor.
—Bueno… Se llama así a unos fragmentos de material genético. Genes separados de los cromosomas, sueltos en el interior del núcleo celular. Los descubrimos en 1954, Okasaki y yo. Son sumamente importantes en la investigación genética molecular.
—¿No deberían, entonces, llamarse Fragmentos de Okasaki-Nakagawa?
—Tal vez… Tal vez. Pero yo preferí darles sólo el nombre de mi amigo y maestro. Él falleció apenas unos días antes de la publicación de nuestro descubrimiento. No pudo verlo impreso en negro sobre blanco. Por eso preferí que llevasen su nombre. Pasaron los años, y, en el ’58, un tío mío, que vivía aquí, en Escobar, me ofreció alojarme, a mí y a mi familia, si decidía venir a vivir aquí. Y así lo hice. Abandoné Tokyo, levanté mi casa, y vine. ¿Desea un té?
—No, gracias. Pero…— Pedro miró a su alrededor —¿Y todo esto…?
—Cuando llegué aquí, descubrí que todas las orquídeas eran importadas, lo que encarecía enormemente su precio. Conseguí un crédito, instalé este vivero, y me dediqué a tratar de lograr la clonación del tejido meristemático de esas platas…
—¿El tejido meristemático?
—La parte que crece, hijo mío. El tejido en crecimiento del ápice del tallo. Tardé años, pero lo conseguí. Hoy, soy el primer productor argentino de orquídeas. Y, cuando un ejemplar es excepcionalmente bueno, mediante mi técnica de clonación y cultivo meristemático in vitro, puedo copiar esa planta especial y producir hasta trescientas mil copias idénticas a sí misma.
—Pero en Japón no investigaba sobre eso…
—No. Okasaki y yo investigábamos la leucemia. Como descubrimiento tangencial, encontramos los Fragmentos.
—¿Por qué la leucemia?
—Porque Okasaki estaba muriendo de esa enfermedad. Y yo…— sus ojos se nublaron —…Yo pasé toda mi vida pensando que también iba a sufrirla. Verá, joven Aguilar: ambos, Okasaki y yo, éramos hibakusha.
El muchacho lo miró sin comprender. El anciano japonés continuó:
—Es un término japonés que significa, poco más o menos, “sobrevivientes dolientes”. Ambos habíamos sobrevivido a la bomba de Hiroshima. A Pikadon, “el relámpago y el trueno”. Okasaki contrajo la leucemia. Yo no. Él está en el panteón de la ciencia. Yo estoy en Escobar, clonando orquídeas. No es una mala vida.
Los ojos de Nakagawa se desviaron hacia la enorme vidriera a través de la cual se veía el laboratorio estéril. Susi se movía con gracia entre los estantes llenos de tubos, la cabeza cubierta con la cofia de cirugía atractivamente ladeada.
—¿Le gusta mi hija?
—¿Qué? Eh… Sí, sí. Por supuesto. Es muy bonita.
El anciano sonrió.
—La mayor parte de las probabilidades indicaban que un hibakusha como yo, nunca hubiese llegado a ser el padre de una muchacha así.
—¿Por…? ¿A causa de la esterilidad de la radiación?
Por primera vez en la conversación, Nakagawa alzó la voz:
—¡Por el racismo! ¡Por el miedo! Durante los veinte años siguientes a la explosión, los hibakusha de Hiroshima fueron evitados por los afortunados que no habían tenido ninguna bomba de uranio explotando sobre sus cabezas. Tenían miedo de nosotros… ¿comprende? Tenían miedo de que la radiación hubiese afectado nuestros genes, de que engendráramos hijos anormales, de que…— se interrumpió —El 90% de los hibakusha murieron solteros, hijo, o viven solteros. Ninguna japonesa quería casarse con un sobreviviente… lo cual era bastante lógico, habida cuenta de que los primeros matrimonios y embarazos habían terminado de forma desastrosa… Pero el miedo genético llevó, como suele suceder, al miedo personal, y el miedo personal, al miedo racial. La gente empezó a evitar a los sobrevivientes, aunque hubieran aceptado el celibato. De ahí, a confinarlos en barrios especiales, en ghettos, hubo solo un paso. Y de allí a negarles trabajo, y educación, y salud… Fue todo uno. Todos los hibakusha teníamos una pensión especial, una especie de compensación vitalicia, pero… ¿Sabe cuántos de nosotros la cobrábamos? Menos del 5%.
—¿Por qué? ¿No querían pagárselas?
—Querían. Pero nosotros preferíamos no ir a cobrarla, porque eso ponía en evidencia nuestra condición de sobrevivientes. Así fue, hijo mío: luego de Pikadon, llegó para nosotros la soledad, luego la segregación, y luego… para la mayoría, la muerte.
—Pero usted sobrevivió…
—Así es, y he pensado durante años en eso… Aún no puedo explicarlo: tal vez la distancia a que me encontraba, acaso los vientos… No lo sé. Luego, ya en Tokyo, conocí a mi difunta esposa. Y le propuse matrimonio. Tenía cuarenta años de edad, y nunca me había atrevido a declararme a una mujer. Pero el amor que sentía por ella fue más fuerte que mis temores, y un día, le dije la verdad. Estaba seguro de que ella y su familia me echarían con cajas destempladas, y de que nunca volvería a verla, pero necesitaba ser honesto con ella. Yo era un hibakusha, y ninguna mentira, ningún engaño, ningún ocultamiento, podrían jamás cambiar ese hecho. De modo que se lo dije, y, para mi alegría y sorpresa, ella me aceptó. Le propuse evitar los embarazos, y ella me propuso hacerme una nueva serie de estudios genéticos en mis células sexuales. Y aquí estoy. Y aquí está Susuki. Y usted.
Pedro sintió que le costaba hablar, luego de escuchar el terrible relato del viejo científico. Pero sabía que lo que faltaba sería aún peor.

—Era una mañana hermosa.— dijo el doctor Hideo Nakagawa —Una de las mañanas más hermosas que yo hubiera visto en mi vida. Yo estaba en mi casa, preparando mi té, y pensando en la flota norteamericana, que la radio había dicho que estaba estacionada en el Mar de la China. Desde ella venían los bombarderos B-29 que atacaban Tokyo todos los días. Todos los santos días. Los llamábamos
B-San. Entraban a Japón por la mañana, especialmente a Tokyo, llevando sus cargas de bombas incendiarias… Miles de ellos. Tokyo era, en 1945, una ciudad edificada principalmente en madera y papel. ¿Se da cuenta? Los artilleros de la playa asistían impotentes a la entrada de las oleadas de
B-San, porque, si disparaban, y tenían la desgracia de acertar, un B-29 repleto de fósforo se estrellaba en medio de una ciudad compuesta de madera de cerezo y papel…— Nakagawa sollozó —Por eso, los artilleros sólo disparaban cuando los bombarderos se alejaban hacia el mar, para volver a la flota y reponer sus bombas. Intentaban derribarlos entonces, para que al día siguiente viniera uno menos… Tan solo uno menos…
El anciano científico tomó su segundo dedal de sake, de un solo sorbo, y continuó:
—Yo estaba en la sala, mirando el cielo, y mi madre estaba en la cocina. De repente, el cielo se iluminó con una luz brillantísima, tan brillante que el sol se convirtió, por comparación, en una bola de un naranja apagado. Mi madre acudió junto a mí, mientras nuestros ojos se llenaban de luz, tan intensa que las lágrimas corrían, incontrolables, por nuestras mejillas. Aún con los ojos cerrados, pude ver el contorno de los árboles y las demás casas, negros, negrísimos, entre el diseño de los vasos sanguíneos de mis párpados. Mis párpados se habían vuelto transparentes, transparentes… ¡Oh, Dios! No existe otra luz tan brillante en el Universo… Nunca he visto otra, y espero no volver a verla nunca más. Es como ver el nacimiento de una estrella en el fondo de su casa… Es terrible, terrible, terrible…
Susana Nakagawa se agitó en su silla. No era la primera vez que escuchaba a su padre relatar la explosión, pero esperaba que fuese la última. Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos y brillaban como gemas. Pedro pensó que jamás había visto una mujer tan bella como ella.
—Entonces, mi madre dijo algo… Lo dijo dos veces, mientras las lágrimas corrían por nuestros rostros, e intentábamos protegernos los ojos con los brazos… A pesar de todo, fuimos afortunados… A los que estaban más cerca, lo que les corría por el rostro no eran lágrimas, sino los fluídos internos de los ojos, y las córneas derretidas… Mi madre habló, y dijo, mientras la luminosidad del cielo se extinguía lentamente:
¡B-San ha lanzado algo! ¡B-San ha lanzado algo! Y así había sido…— dijo Nakagawa, con una sonrisa tristísima — .. Así había sido.
B-San había lanzado algo. Algo malo, algo horrible… En ese momento la abracé, pero mi abrazo duró solo un instante… Porque… Porque en ese momento nos alcanzó la onda expansiva.
Nakagawa inclinó la cabeza, y gruesas lágrimas corrieron por su rostro apergaminado.
—Una mano gigante y ardiente, la mano de un demonio, me alzó en el aire, y me hizo atravesar el techo de bambú. Sentí que otra mano monstruosa arrancaba a mi madre de mis brazos, mientras ambos éramos impulsados como garzas, hacia el cielo azul…
Pedro trató de decir algo, pero descubrió que no podía, que su lengua estaba aherrojada al paladar, como soldada por cadenas invisibles. Su nuez de Adán sólo consiguió subir y bajar convulsivamente y emitir un sonido ahogado.
—Entonces, pese al dolor que sentía en mis ojos, traté de abrirlos, porque quería saber dónde estaba mi madre. Cuando lo conseguí, el dolor fue intenso, pero la sorpresa fue mayor. El mundo estaba al revés: el suelo en llamas corría rápidamente sobre mí, y el cielo en llamas, un cielo anaranjado, infernal, desaparecía velozmente bajo mis pies.
¿Qué ha pasado?, me pregunté, mientras las llamas pasaban rápidamente junto a mí.
¿Qué es lo que ha hecho que el cielo esté en el lugar del piso? ¿Qué ha enviado el campo al lugar del cielo? ¿Lo comprende? Yo volaba por los aires, cabeza abajo, mientras el mundo se incendiaba.
El japonés hizo una pausa, tomó aliento, y prosiguió:
—Finalmente, caí a tierra, y me golpeé contra algo, y me desmayé. Cuando, al cabo de un rato, me desperté, el mundo seguía en llamas, y mis ropas ardían. Me revolqué desesperadamente, y conseguí apagarlas. Sangrando por mil heridas, y con el rostro y las manos quemadas y en carne viva, me puse de pie, y busqué a mi madre. Ya no había suburbio, ya no había campos, ni casas, ni árboles, ya no había más Hiroshima. El pasto ardía, y el olor de la carne quemada hacía el aire irrespirable. Había cadáveres quemados por todas partes, y niños… Tropecé con un niño de dos o tres años, que no era más que un pedazo de carbón, y los estanques y charcos se habían evaporado, y las bicicletas se habían convertido en amasijos retorcidos de metal humeante… Entonces vi a mi madre. Estaba tendida junto a lo que un segundo antes había sido una carretera, y una larga rama puntiaguda había salido disparada desde algún árbol y la había clavado al suelo en llamas como a una mariposa… Y sangraba, y su cabello y sus ropas estaban en llamas, y su sangre comenzaba a arder tan pronto tocaba el piso, llenando el aire de olor a morcilla… Nunca había visto yo arder la sangre… Y ella abrió los ojos, pero ya no había ojos, nada más que cuencas incendiadas, y trató de hablar… Y yo quise arrodillarme junto a ella, tomarle la mano, pero el suelo estaba tan caliente que no pude hacerlo. Y las suelas de mis sandalias me quemaron, y la piel de las plantas de mis pies se desprendió y cayó, y yo corrí y corrí, y corrí y seguí corriendo, abandonando a mi madre en llamas, abandonando a mi pueblo en llamas, abandonando mi ciudad en llamas, pisando con los pies descarnados el asfalto derretido, junto a otros, a muchos
hibakusha, y de pronto, alguien se detuvo, y se volvió hacia la ciudad, y dijo algo…
Con un gesto, el genetista pidió a su hija otro dedal de sake, y volvió a bebérselo de un trago.

—Entonces, yo también me di vuelta, y miré, y el cielo se había vuelto de un hermoso color purpúreo… Pero, mientras el cielo de Hiroshima se volvía de un violeta más bello que el de las más bellas flores del jacarandá, mientras mis compañeros y yo escuchábamos el grito de los moribundos y el llanto de los niños heridos y los chillidos de los bebés asados, la nube negra se cernió sobre el campo arrasado que una vez había sido mi ciudad… Una nube siniestra, con vetas fosforescentes: verdes, rojas, amarillas. Su interior estaba animado por los fantasmas de mil relámpagos multicolores, centellas ominosas como demonios. Y era negra, y tenía la forma de un hongo gigantesco… Y los relámpagos eran bellísimos y, a la vez, terroríficos. Y alguien dijo:
¡Pikadon!, y la palabra corrió todo a lo largo de la interminable fila de sobrevivientes dolientes que escapábamos de la ciudad en llamas, con los cabellos en llamas, con las ropas en llamas, pisando los cadáveres que se deshacían en cenizas bajo nuestros pies:
¡Pikadon! ¡Pikadon! Y
Pikadon se cernió sobre nosotros, y giró, y resplandeció, y creció hasta tener miles de metros de estatura, y supimos que ése era el monstruo que había matado a nuestra ciudad, que había aniquilado a los nuestros… Un gigante con ojos de relámpagos.
Pikadon.— Nakagawa suspiró, y dejó el dedal de sake sobre la mesa —Y esa es la historia, hijo mío. La historia del
hibakusha y
Pikadon. Aunque cueste creerlo, esto sucedió en realidad. Yo perdí allí a toda la gente que conocía. A todos. Así fue.
Pikadon, Hiroshima, 6 de agosto de 1945.




geads
Agosto 1, 2009 | Por mdossantos | Claves: 2001, 2002, corrupción, crisis, críticos, guerra, hambre, ii, malvinas, marcelo dos santos, miseria, mundial, normandía, opinión, pobreza, segunda, textos, tigre | # Enlace permanente
Publicado originalmente en mi Boletín Literario en 2002.
Nuestro director describe al año que termina con una metáfora sangrienta, una metáfora de tigres, tanques y soldados.
¿Seremos devorados? ¿Existe alguna chance de sobrevivir?
El autor de la nota no lo sabe, y temo que nosotros tampoco.
¿Hay que intentarlo? Sin duda. ¿Cómo se hace? Dos Santos no responde.
Pero, bien mirado, si 2002 es un Año del Tigre, debemos reflexionar y reconocer que, en un sitio u otro, de un tipo o de otro, todos los años son Años del Tigre.
Porque el Tigre está, como el bíblico mal, dentro de nuestros propios corazones.
Nosotros somos el Tigre.
Usted camina por el bosque francés, a principios del otoño. La aldea se llama Vimoutiers, y sabe que sólo unos kilómetros lo separan del pueblecito de Lisieux, en Normandía.
Usted camina, admirando los velos de niebla que ocultan los árboles, pensando en que la inextricable maraña de prados, arbustos y ligustrinas que tiene ante su vista fue, en tiempos, el campo de batalla de la más grande operación anfibia de la historia. La confusión de senderos, paredes y taludes se llama le bocage. El desembarco se llamaba Operation Overlord. Los alemanes le decían “La defensa del Muro Atlántico”. Los historiadores lo bautizaron “Día D”. Nosotros lo conocemos, sencillamente, como “Normandía”. 6 de junio de 1944. Han pasado 58 años. Y medio.
Acaso venga usted del cementerio norteamericano, ubicado junto a la “Playa Sword”. Tal vez haya visitado la sangrienta “Playa Utah” o la “Playa Omaha”, foco de la más salvaje resistencia nazi. Sólo el 40% de los norteamericanos que saltaron de las lanchas llegó vivo a Omaha.
Pero usted, en este atardecer neblinoso, camina por el sendero que llevaba, y lleva aún, a Vimoutiers.
Dobla un recodo.
Se detiene. Da unos pasos más, y allí está.
El Tigre. El Predador. El monstruo hambriento y salvaje.
El Tigre.
Aparece ante usted como una visión salida del infierno, más espantosa que el cementerio, más horrible que los cientos de miles de vidas segadas en plena adolescencia, más terrorífico que las heridas, que los ojos arrancados, que los miembros amputados, más aterrador que nada que usted haya imaginado nunca. Cáncer, sida, Hiroshima, ningún horror que usted pueda convocar se compara con La Fiera.
El Tigre.
Entre las volutas de gasa evanescente, entre la niebla húmeda del norte francés, aún acecha. Los años lo han respetado. Aún acecha.
Su silueta de felino desmesurado acecha entre las ramas.
Aún acecha. Las décadas no lo han tocado con sus dedos de cenizas, de gusanos, de herrumbre, de olvido.
Aún está allí. Vivo.
Y temible.
El Tigre.
Usted vuelve a respirar. La imagen de la muerte en un gato gigantesco, capaz de devorarlo de un solo golpe, capaz de aplastarlo con un solo paso, capaz de destriparlo con una sola garra.
Hace más de un minuto que usted no respira. Ahora lo hace, profundamente.
La noche se acerca. El Tigre lo observa, los músculos en tensión, las profundas corvas flexionadas, el tórax poderoso presto a desplegarse sobre usted, la presa inmóvil.
Usted respira una vez más.
El Tigre no se mueve.
Y usted, el pobre turista, el inocente pensador de la Historia, el solidario lamentador de desgracias ajenas, da un paso, y otro, y otro. Y otro más.
Como en un sueño, como en aquellas pesadillas en que intentamos correr para escapar del monstruo pero solo conseguimos arrastrarnos como larvas lamentables, usted se acerca.
Temblando, en silencio, se aproxima al Tigre.
El Tigre de Vimoutiers nació el 1º de junio de 1944, uno de tantos, uno de setenta y cinco hermanos nacidos ese mes, en ese año fatal. Uno de los 1441 Tigres que se produjeron, todos ellos entre abril de 1942 y agosto de 1944.
El Tigre. El más temible de los tanques alemanes. Con su peso de 58 toneladas, su cañón de 88 mm, capaz de destrozar a un Sherman a 3500 metros (el enemigo debía acercarse a 900 para lograr lo mismo), el horror de los aliados hacía que vieran Tigres en todas partes. Sólo 184 Tigres lucharon en Normandía, pero los Aliados llegaron a contar más de 400. El horror al gran felino hacía que los tanquistas norteamericanos vieran Tigres en la silueta de cualquier Panzer III ó IV común y corriente.
2002, Año del Tigre.
Quedan siete Tigres en el mundo –la mayoría en Rusia, reliquias del Frente Oriental-. Usted está frente al mejor conservado de los dos que quedan en Occidente. Dependiendo de qué bibliografía maneje usted, el Tigre que tiene ante sus ojos perteneció al Schweres Panzer-Abteilung 503 (Batallón Panzer Pesado 503) o al II SS PanzerKorps (II Cuerpo Panzer de las SS).
Y no puede menos que sentir miedo, la adrenalina de la muerte próxima, que debieron sentir aquellos que se enfrentaron con él en 1944.
1944. Otro Año del Tigre.
El Tigre llevaba cinco tripulantes, uno de ellos el jefe del carro. Durante la mayor parte de su historia operativa, el promedio de edad de los tripulantes del Tigre fue de 16 años, y el de los jefes de vehículo, de apenas 19.
¿Qué es un Año del Tigre? Es el año que nos plantea un dilema insoluble. Es el año de la paradoja inconducente, donde todas las opciones son malas, donde debemos decidir una cuestión imposible.
1944, Año del Tigre.
Piense en aquellos muchachitos alemanes. Niños casi, todos muertos en vida, todos destrozados de antemano, todos con tumbas anónimas preparadas para ellos en esa Francia terrible, adolescentes muertos, muertos vivos, encerrados en las entrañas metálicas de los grandes felinos destinados a la destrucción.
Niños que en Alemania tenían familias, madres, hermanos. Niños con maestros, con proyectos, con ilusiones. Niños muertos por el Año del Tigre.
Nos compadecemos de ellos. Sufrimos por ellos. ¿Es justo lo que sentimos?
No. El dilema insoluble, la espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas, el nudo gordiano que no podemos desatar ni cortar, es que esos niños masacraron 25 millones de civiles inocentes en Rusia durante la Operación Barbarroja. Niños alemanes de 16 años como ellos fueron los tripulantes de los submarinos alemanes que enviaron al fondo del mar miles de millones de toneladas, bajo la forma de mercantes, buques de pasajeros, convoyes comerciales. Destruyeron millones de vidas. En los últimos tiempos de la Segunda Guerra, casi todos los combatientes alemanes, los nobles y heroicos tanto como los atroces, mínimos criminales de guerra, tenían menos de 20 años, incluidas las tropas que guardaban Treblinka, Bergen-Belsen, Sobibor o Auschwitz-Birkenau.
¿Merecen que lloremos por ellos?
No lo sé, pero no olvidaremos el Ghetto de Varsovia, por muy jóvenes que fueran sus guardianes.
No lo sé, porque 1944 fue un Año del Tigre.
Otro Año del Tigre. 1945.
Tanta es y ha sido la maldad omnímoda, la crueldad fanática de los Estados Unidos en los dos últimos siglos y en éste propio, que nos sentimos obligados a defender a las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, poniéndonos, en toda discusión sobre ese tema, de parte del Gobierno Imperial japonés y de su pueblo.
¿Merecía Japón los bombardeos? No lo sé, porque hablo de un Año del Tigre.
¿Merece, hoy, las lágrimas de los bienintencionados?
No. No. Año del Tigre. Año del Tigre.
El gobierno de extrema derecha del Japón había cometido, antes de la Segunda Guerra Mundial, en la Guerra Sinojaponesa, atrocidades tan inconcebibles que hacen parecer a los carniceros nazis como aprendices incompetentes.
La población de la provincia china de Manchuria (y conste que hablo de población civil) sufrió más de un millón de muertos durante el primer año de la invasión nipona. Ni aún los dos conflictos más sangrientos de los siglos XIX y XX (si excluimos ambas Grandes Guerras), la Guerra de Secesión y la Guerra Civil Española, consiguieron mejorar la marca japonesa en Manchuria.
Los japoneses fusilaban a todos los hombres manchúes, sin distinción. A todos los hombres de entre 11 y 70 años. Los fusilaron a todos. Para quebrar la voluntad de los niños menores de 10 años, el ejército de ocupación japonés obligaba a los infantes chinos a fumar, desde la edad de cuatro años, diariamente, cigarrillos de opio y heroína. A los pocos días se convertían en adictos, y entonces se los dejaba morir de síndrome de abstinencia, una de las muertes más espantosas que imaginarse pueda. Más de doscientos mil pequeños corrieron esta monstruosa suerte.
Durante el segundo año de la invasión, los japoneses implementaron la guerra biológica contra la población civil china. Armaron miles de bombas de aviación que, en lugar del explosivo usual, contenían millones de insectos infecciosos: piojos portadores de la rickettsia del tifus y pulgas transmisoras de la peste bubónica.
Las municiones eran algo demasiado valioso como para desperdiciarlas fusilando chinos, de modo que comenzaron a bombardear a la población civil de esta manera. Sin embargo, los técnicos nipones descubrieron, desalentados, que la explosión de la bomba al impactar mataba a los chinos circundantes, pero también a los cuatrocientos kilos de pulgas o piojos que llevaba cada artefacto. No quedaba vector biológico vivo en los contornos.
Tuvieron otra idea: en lugar de bombas metálicas con una espoleta explosiva, diseñaron bombas inertes construidas de porcelana. La bomba no explotaba, sino que se partía al chocar con el suelo, y los insectos sobrevivían para cumplir su macabra tarea.
No se ha conseguido estimar cuántos civiles chinos murieron de tifus y peste en los años de la invasión, pero las cifras más serias hablan de de uno a dos millones de muertos al año.
Visto esto: ¿lloraremos por Hiroshima? ¿Lo merecen?
Año del Tigre.
Año del Tigre.
2001, Año del Tigre.
Torres Gemelas, Pentágono… Antes, Oklahoma, otra vez Torres Gemelas…
No lloraré por esos muertos. Año del Tigre.
¿Hace falta recordar Vietnam (tres millones de civiles muertos contra 56.000 muertos norteamericanos), Corea, los bombardeos sobre Dresde y Hamburgo, Panamá, Granada, la guerra de conquista contra México, el exterminio del Piel Roja, la Guerra de Secesión, el Ku-Klux-Klan, los linchamientos? ¿Es necesario que recorra el hambre de África, el aislamiento de Cuba, la deuda espuria que somete a la indigencia a los latinoamericanos, el pie calzado con botas herradas que oprime el cuello de tantos y tantos pueblos del mundo?
Año del Tigre. No sé si en este mundo hay justicia, pero el Tigre cobra las deudas.
Para no abrumar, dejaré de lado otros notorios Años del Tigre. No entraré en detalles acerca del Imperio Británico en la India, Francia en Argelia, las Guerras Napoleónicas, Ramsés el Grande, Escipión el Africano, Alejandro Magno, Nabucodonosor o los asirios.
Sólo dos casos más.
Dos Años del Tigre argentinos.
Recuerden.
Año del Tigre. 1982.
Argentina es masacrada en las Malvinas por Gran Bretaña, o, más propiamente, por la NATO.
Jóvenes soldados inexpertos y –algunos- oficiales patriotas y valientes. Muertos. Destrozados. Todos muertos.
¿Mereció Argentina tanta muerte?
No lo sé, hablo de un Año del Tigre.
Esa misma Argentina que llora por los soldados de Malvinas había, en 1975, enviado a la muerte a jóvenes de esa misma edad en el Operativo Independencia. La subversión entregaba las vidas de sus militantes de 17, 18, 19 años como si nada. Los militares mandaban a sus soldados conscriptos de 20 años a morir en la selva tucumana.
La dictadura militar del 76 (la misma que perdió en las islas) masacró a –por lo menos- 30.000 jóvenes argentinos, dirigentes gremiales de base casi todos, cuyo promedio de edad no superaba los 25 años, tal vez 30.
¿Lloramos por Malvinas?
¿Nos lo merecemos?
Como dice Clint Eastwood en Unforgiven: “Todos nos lo merecemos”.
Especialmente en un Año del Tigre.
Este año fatídico, este 2002 de hambre y corrupción, es también un Año del Tigre.
Ahora lo saben. Año del Tigre.
Esta democracia pedestre, hambreadora, injusta, ladrona, tristísima, nos pone frente a uno de los interrogantes insolubles, típicos de un Año del Tigre.
La gente ha volteado a un gobierno democrático. ¿Son los caceroleros muy distintos de los dictadores? El pueblo argentino ha atentado contra la democracia. Democracia de hambre y de muerte, es cierto, democracia opresiva y miserable, es verdad. Pero no olvidemos que la mayor parte de los caceroleros sólo buscaba que el Gobierno les devolviera su dinero atrapado en el corralito.
Ataques contra la democracia por motivos económicos. Dictadura, bah.
“Que se vayan todos”. Muy bien. Hagan la prueba. Vendrá otro dictador. Ustedes, argentinos, votaron a Alfonsín, a Menem, a De la Rúa. Sacaron de en medio a este último, en el inicio de este espantoso Año del Tigre.
¿Qué tienen ahora?
Un gobierno democrático si se considera la democracia con un criterio muy amplio, un gobierno democrático, tal vez, pero ilegítimo, no votado por el pueblo.
Año del Tigre.
¿Hay que sacarlo? ¿Deben “irse todos”? Año del Tigre.
¿Cuál es la alternativa a esta democracia?
Almafuerte la definió en 1915:
Democracia de inconscientes,
de resortes aceitados,
incapaz de las preñeces inefables
de las madres de los Cristos.
Democracia subalterna, sin historia,
que es idéntica por siempre
de una punta a la otra punta de los tiempos.
¡Que es la misma democracia miseranda
que conduces al asalto en batallones,
y la misma que desdoras,
sometida a las liturgias de la higiene
como un torpe lupanar!
Por supuesto que Almafuerte no se refería al presidente Duhalde sino al Kaiser Wilhelm, pero es lo mismo.
Es un Año del Tigre, y la pregunta no tiene respuesta. ¿Cuál es la alternativa a una democracia mala? ¿Quién viene si “los echamos a todos”? Videla. Uriburu. Onganía. Un dictador.
Cualquiera. Todos.
Año del Tigre.
Tal vez la solución no sea buscar mecanismos antidemocráticos como el “que se vayan todos”. No creo en las “democracias subalternas”, pero acaso sea factible mejorarlas.
Puede ser. Año del Tigre. 2002. Ojalá. Acaso.
Mientras el mundo se debate, en este 2002 felino y feroz, en el inicio de la guerra que Bush ha desatado contra el Islam y la Argentina se revuelve en el hambre y la miseria, usted mira al monstruo y retrocede.
Porque el Tigre no lo ataca.
El Tigre no lo come.
En Vimoutiers, cerca de Lisieux, usted mira al Tigre y comprende que el Gran Gato se sonríe con deleite.




geads
Julio 23, 2009 | Por mdossantos | Claves: afa, argentino, arsenio, atletico, chaco, club, erico, goleador, guerra, independiente, marcelo dos santos, maximo, paraguay, pastor | # Enlace permanente
Era el 30 de marzo de 1915. Asunción, Paraguay. Un niño nacía. Un niño que, andando el tiempo, dejaría su huella en el mundo; una huella tan indeleble que hasta el día de hoy no ha podido ser borrada ni mucho menos sobrepasada.
Arsenio Pastor Erico, nieto de italianos, evidenció desde muy niño una enorme pasión por el fútbol, lo cual era inevitable ya que tanto su padre como sus tíos, hermanos y primos fueron, todos ellos, jugadores célebres, una especie de familia Bach o Bernoulli pero deportiva.
Debutando en el Club Nacional de Asunción con apenas 15 años, dos años después salvó su vida dos años más tarde gracias a los dirigentes del Club Atlético Independiente de Avellaneda.
Sucedió de esta forma: en 1932 se desató la sangrienta y bárbara Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia. Erico era aún menor de edad, por lo que no podía ser llamado a las filas del ejército de su país, y, en vista de ello, el Ejército guaraní le otorgó una dispensa especial para que acompañara a una selección de la Cruz Roja a jugar en la Argentina para recaudar fondos para la guerra.
Y nos volvimos locos. Su elegancia, su potencia física, su intuición a la hora de convertir, todas sus impares características —jamás vueltas a verse en un solo jugador, todas sumadas— sedujeron de tal modo a los directivos de Independiente, que movieron cielo y tierra para evitar que el jovencito volviera a su tierra, ya que en cuanto se hiciera mayor de edad lo reclutarían y lo enviarían a morir en el campo de batalla.
Independiente llegó hasta el mismísimo Ministro de Defensa de una nación en guerra para evitar que se lo repatriara, y tanto insistió que el gobierno de la nación hermana le dio un permiso especial —y único— para quedarse a vivir en la Argentina.
En su segundo partido comenzó a meter miedo. Corría 1934, y ya se había ganado algunos apodos: “El Saltarín Rojo”, “El Hombre de Goma”, “El Paraguayo de Oro”, “El Hombre de Mimbre”, “El Mago”, “El Aviador”, “El Duende Rojo”, “El Diablo Saltarín”, “Rey del Gol”, “Mister Gol”, “El Hombre de Plástico”, “El Virtuoso”, “El Semidiós” y muchos otros.
1937 fue el año que lo vio comenzar a convertirse en leyenda: 47 goles en la temporada. Erico estaba comenzando a desencadenar toda su temible potencia que lo convertiría en el terror de todas las defensas que tuvieran el triste deber de enfrentarlo. En 1938 fue campeón con el Rojo, anotando 43 goles. Bicampeón en 1939 con 40 más. 130 goles en tres torneos lo dejarían para siempre en la mitología futbolera del mundo.
Hacía de cabeza el 60% de sus goles: hacía goles con ambas piernas, con la cabeza, de palomita, de palomita pero anotando con los pies (o sea, goles de “escorpiones” como los que hacía Higuita atajando)… Nadie podía creer lo que veía cuando jugaba Erico.
En Argentina era un ídolo, un dios, alguien tan famoso (sin televisión) que Maradona, hoy en día, sería un desconocido comparado con él. Antes del Mundial de Francia, Argentina quiso convencerlo de nacionalizarse, pero el paraguayo, leal a su país, se negó. Y siguió negándose incluso después de que AFA le ofreciera 200.000 pesos (suficiente para comprarse cuarenta autos cero kilómetro).
Erico convirtió 297 goles en torneos oficiales de AFA, récord que no ha podido ser batido hasta el día de hoy.
En 1977, una falla vascular en su pierna izquierda hizo que hubiera que amputársela. Y la pierna, la misma pierna que tantas veces acarició la pelota para mandarla a la red, la misma perfecta, preciosa pierna izquierda que tantas veces llenó de lágrimas los ojos de la Hinchada Roja, no quiso irse sin él. Luego de complicaciones en la operación, Arsenio Pastor Erico se fue para siempre el 23 de julio de ese año.
Independiente corrió con los gastos del sepelio, y más de 100.000 admiradores lo acompañaron todo el trayecto desde la sede del club hasta el Cementerio de Morón (65 km), en un país devastado por la dictadura y en el que estaban prohibidas las reuniones públicas no autorizadas. Pero Erico era tan importante, tan trascendente, que incluso el frío genocida de Videla no quiso interrumpir la manifestación del dolor popular disolviendo la caravana pública.
Hola, Erico. Hola, hombre-record. Nos dejaste hace 32 años, pero nunca vamos a sentir que ya no estás. Nunca te vamos a decir adiós.




geads
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