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¡Qué porquería!

Gracias a vos. Gracias. Gracias a tu torpeza, a tu soberbia, a tu inercia, a tu inania, a tu absoluta, supina, mayúscula falta de capacidad, aquí estoy, en un día radiante, sentado en una terminal del Parque Nacional Iguazú, una de las más sorprendentes maravillas naturales del planeta, escribiendo este post.
Mirate en la foto. Mirate sufriendo, llorando, gimiendo, mientras el horrible de Kaká te grita el gol en la trompa.
Lo vengo diciendo desde hace mucho. Ya te lo he advertido desde este y otros medios.
Andate. Andate, Maradona.
No naciste para esto. Así como no podrías bailar “Giselle” en el Kirov, tampoco podés dirigir a la Selección Nacional Argentina.
Nos vas a dejar afuera del Mundial.
¿Es eso lo que querés? ¿Por qué? ¿Qué te hicimos? ¿Cuál es el odio, la ferocidad, la espantosa, abismal crueldad que querés ejercer sobre los argentinos? ¿Querés vengarte de nosotros porque estás resentido? ¿Porque sos petizo, feúcho? ¿Porque tu mujer se fue con otro? ¿Por qué? ¿Por qué estás empeñado en hacernos daño, en destruir una ilusión colectiva, algo que nos hace felices y que deseamos tan hondo, tan de adentro, que te basta con tomar un par de decisiones que todos sabemos que están equivocadas para arrebatárnoslo para siempre?
¿Por qué nos hacés eso? ¿Qué te hicimos? ¿En qué te lastimamos tanto nosotros, que te queríamos como te quisimos, que te llevábamos siempre en nuestras cabezas, en nuestros corazones, en nuestros pechos, en nuestras almas?
¿Por qué nos estás haciendo esta cosa horrible, Maradona?
¿POR QUÉ NO TE VAS DE UNA VEZ?

El Mundial para Argentina posiblemente ya no exista. Estás cumpliendo con tus deseos. Estás logrando lo que querías.
OK. Hacelo, si querés.
Pero si entre tus objetivos figurase por un solo momento la intención de evitar entrar en la historia para siempre como el hombre que dejó a la nación afuera de un mundial porque sí, porque quiso, por deseo destructivo, por maldad…
Andate ahora. Renunciá ya.
Porque los que —cuando te mirábamos antes— veíamos al pibe atorrante, villerito, habilidoso, que nos llenaba los ojos de fútbol y alegría, hoy solo vemos en tu rostro abotagado la máscara espantosa del fracaso.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


geads

El más grande

Era el 30 de marzo de 1915. Asunción, Paraguay. Un niño nacía. Un niño que, andando el tiempo, dejaría su huella en el mundo; una huella tan indeleble que hasta el día de hoy no ha podido ser borrada ni mucho menos sobrepasada.
Arsenio Pastor Erico, nieto de italianos, evidenció desde muy niño una enorme pasión por el fútbol, lo cual era inevitable ya que tanto su padre como sus tíos, hermanos y primos fueron, todos ellos, jugadores célebres, una especie de familia Bach o Bernoulli pero deportiva.
Debutando en el Club Nacional de Asunción con apenas 15 años, dos años después salvó su vida dos años más tarde gracias a los dirigentes del Club Atlético Independiente de Avellaneda.
Sucedió de esta forma: en 1932 se desató la sangrienta y bárbara Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia. Erico era aún menor de edad, por lo que no podía ser llamado a las filas del ejército de su país, y, en vista de ello, el Ejército guaraní le otorgó una dispensa especial para que acompañara a una selección de la Cruz Roja a jugar en la Argentina para recaudar fondos para la guerra.
Y nos volvimos locos. Su elegancia, su potencia física, su intuición a la hora de convertir, todas sus impares características —jamás vueltas a verse en un solo jugador, todas sumadas— sedujeron de tal modo a los directivos de Independiente, que movieron cielo y tierra para evitar que el jovencito volviera a su tierra, ya que en cuanto se hiciera mayor de edad lo reclutarían y lo enviarían a morir en el campo de batalla.
Independiente llegó hasta el mismísimo Ministro de Defensa de una nación en guerra para evitar que se lo repatriara, y tanto insistió que el gobierno de la nación hermana le dio un permiso especial —y único— para quedarse a vivir en la Argentina.
En su segundo partido comenzó a meter miedo. Corría 1934, y ya se había ganado algunos apodos: “El Saltarín Rojo”, “El Hombre de Goma”, “El Paraguayo de Oro”, “El Hombre de Mimbre”, “El Mago”, “El Aviador”, “El Duende Rojo”, “El Diablo Saltarín”, “Rey del Gol”, “Mister Gol”, “El Hombre de Plástico”, “El Virtuoso”, “El Semidiós” y muchos otros.
1937 fue el año que lo vio comenzar a convertirse en leyenda: 47 goles en la temporada. Erico estaba comenzando a desencadenar toda su temible potencia que lo convertiría en el terror de todas las defensas que tuvieran el triste deber de enfrentarlo. En 1938 fue campeón con el Rojo, anotando 43 goles. Bicampeón en 1939 con 40 más. 130 goles en tres torneos lo dejarían para siempre en la mitología futbolera del mundo.
Hacía de cabeza el 60% de sus goles: hacía goles con ambas piernas, con la cabeza, de palomita, de palomita pero anotando con los pies (o sea, goles de “escorpiones” como los que hacía Higuita atajando)… Nadie podía creer lo que veía cuando jugaba Erico.
En Argentina era un ídolo, un dios, alguien tan famoso (sin televisión) que Maradona, hoy en día, sería un desconocido comparado con él. Antes del Mundial de Francia, Argentina quiso convencerlo de nacionalizarse, pero el paraguayo, leal a su país, se negó. Y siguió negándose incluso después de que AFA le ofreciera 200.000 pesos (suficiente para comprarse cuarenta autos cero kilómetro).
Erico convirtió 297 goles en torneos oficiales de AFA, récord que no ha podido ser batido hasta el día de hoy.
En 1977, una falla vascular en su pierna izquierda hizo que hubiera que amputársela. Y la pierna, la misma pierna que tantas veces acarició la pelota para mandarla a la red, la misma perfecta, preciosa pierna izquierda que tantas veces llenó de lágrimas los ojos de la Hinchada Roja, no quiso irse sin él. Luego de complicaciones en la operación, Arsenio Pastor Erico se fue para siempre el 23 de julio de ese año.
Independiente corrió con los gastos del sepelio, y más de 100.000 admiradores lo acompañaron todo el trayecto desde la sede del club hasta el Cementerio de Morón (65 km), en un país devastado por la dictadura y en el que estaban prohibidas las reuniones públicas no autorizadas. Pero Erico era tan importante, tan trascendente, que incluso el frío genocida de Videla no quiso interrumpir la manifestación del dolor popular disolviendo la caravana pública.
Hola, Erico. Hola, hombre-record. Nos dejaste hace 32 años, pero nunca vamos a sentir que ya no estás. Nunca te vamos a decir adiós.

Si está enfermo no vaya al trabajo o a la escuela, quédese en su casa. Para obtener más información consulte www.cdc.gov/h1n1flu/espanol/


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