La reina del té

Todo el proceso funerario fue bastante pomposo, y en un estilo ceremonioso y tradicional, algo que tal vez no veamos mucho en esta época tan aséptica hoy en estos temas. Pero este Negrini se nota que fue un personaje bastante top, y ahora que conozco cuál fue su fortuna personal, me doy cuenta acerca del origen de su prestigio.

Conocí a su última pareja, y a su primera mujer, que por el nivel de llanto parecía ser en realidad su actual esposa. Pero en estos casos cuesta entender en algo el entrelazado real de los afectos, sobre todo a partir del poder que suele conceder el dinero a muchas personas. Y el dolor que suele producir, también, su alejamiento o imposibilidad de conseguirlo.

Edith me explicaría luego cómo fue el proceso de separación de sus padres. Por entonces no existía el divorcio, por lo cual los abogados estimaron una cifra aproximada de todos los bienes gananciales, y su padre transfirió ese importe a su ex, incluyendo la mansión donde vivían, la quinta de veraneo en Punta del Este, uno de los autos, y un par de edificios y locales de renta en la ciudad, actual entrada mensual de su madre.

A partir de entonces sucedieron varias cuestiones especiales. Mientras el patrimonio de su madre se fue reduciendo inevitablemente, el de su padre quedó establecido legalmente con unas acciones y un auto. Para la ley, su nueva pareja “lo mantenía”, una adinerada señora empresaria agrícola que podría ser llamada “La reina del té”.

En todo momento, Edith dejó a las claras ante toda su familia y relaciones que yo era su pareja. Y me pidió muy especialmente que yo colaborara en llevar la principal manija del ataúd, exactamente frente a la que llevaba Cacho. “No habiendo hijos varones, es lo que corresponde”, según consejo de los representantes de la funeraria.

Finalizadas las exequias, Cacho me informó que, debido a la gran cantidad de cuestiones legales que debían afrontar, él y Edith no volverían a Buenos Aires hasta la semana entrante. Pero que el charter, de todas maneras me llevaría de vuelta con otros familiares. Así que comencé a preparar mi bolsito.

Hasta que sonó el teléfono del hotel. De la recepción me avisaban que el Dr. González Rivas me estaba aguardando, que deseaba charlar conmigo y que me esperaría en el bar.

El recepcionista me guió hasta el lugar en que me presentaría a mi interlocutor. Quedé algo sorprendido al descubrir que no estaba solo. A su lado, muy seria, permanecía María Elena, la reciente viuda.

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