Un jubilado en la web

Mayo 1st, 2012 by Ernesto Eduardo Solís

VOLANTE

Padre

Abril 27th, 2012 by Ernesto Eduardo Solís

tapa

Anoche lo llamé a Rodrigo, pero es poco lo que podemos charlar de estas cuestiones tan íntimas por teléfono. Su mujer está siempre presente. Así que lo convoqué para desayunar esta mañana.

- Acabo de hablar bastante con Ana. ¿Sabés quién es Ana?

- No –manifestó el “acusado”, como sabiendo que lo que venía no sería muy grato para él.

- Ana es algo así como tu suegra, en la medida que vos estés dispuesto a aceptar que ella y yo somos los abuelos de tus hijas.

Mejor no les cuento acerca de la cara de Rodrigo, su intensa palidez y sus obvias ganas de estar en otro lado o que la tierra se lo tragase, si eso fuera posible en un departamento tan alto. Le conté que habían nacido sus hijas, que según su madre no eran sus hijas pero que según su abuela sí.

- Pá: yo creía que ese asunto estaba muy claro. María Eva confesó que no era mío, sino de otra pareja que tenía simultánea a nuestra relación.

- Bueno, parece que hay más de una verdad. Ana quiere que vaya a Córdoba a charlar del tema con ella. Es médica, y supongo que debe tener asideros científicos o algo así para afirmar con tanta seguridad acerca de nuestro parentesco con estas criaturas. Hasta tu hija lo sostuvo.

- Mirá, viejo, yo te diría que la cortes ahí. Si es mi hija y quieren reclamar, que sigan los pasos legales que correspondan. Yo no les voy a seguir el juego, y te pido que me apoyes.

- Pero: ¿vos estás seguro que no es tu hija?

- No, ¿cómo voy a estar seguro? Fueron varios meses de relación, ella me aseguró que tomaba anticonceptivos, y yo use en todos los casos preservativos. Bah, creo que fue en todos los casos. Pero hay algo muy importante en esto: ambos sabíamos que lo hacíamos por pasión, por placer y no para engendrar un chico.

- Te voy a contradecir en algo. Me preocupa esta gente y su tema. Te pido que no lo tomes a mal, pero voy a aceptar conversar con Ana. Creo que es una mujer que necesita un oído, y no tengo por qué rechazar su pedido.

- Pá, hacé lo que quieras tranquilo. Sólo te pido que no me comprometas en mi posición. Si me piden hacerme un ADN no me voy a oponer. Pero te adelanto algo: vas a ver que no soy el padre. Y no voy a dejar que arruinen mi matrimonio. Aquello fue una aventura. Linda, buena, la quiero mucho a María Eva.

- Por encima de todo lo que digas. ¿Qué vas a hacer si sos el padre de esa chica?

Rodrigo me puso la misma cara que tenía el día que le dije que su madre había muerto. Pavor, pánico, incredulidad… y una cuota de negación. Pero en algo esta vez fue distinto. Levantó, como triunfante, el llavero de su auto con el que antes jugaba nervioso y me sonrió, muy en ganador.

Nos despedimos y se fue. Así que me senté en la compu y elegí mi vuelo a Córdoba, para mañana.

Mellizas

Abril 26th, 2012 by Ernesto Eduardo Solís

Anoche soñé toda la noche con Elisabet, mi nueva analista. Yo le confesaba que estaba muy enamorado de ella, y nos besábamos. Hasta que hice un enorme esfuerzo por despertarme y pensar que lo único que estaba haciendo era complicar mi propio panorama que ya de por sí es un lío.

Y me volví a dormir y retomé el sueño. Ahora confundía a Blanca con mi analista. Ella me decía que me tuvo que dejar para que yo no supiera que estaba embarazada, y así fue como pudo tener a su hijo sin que yo me enterara.

Desperté medio loco, y creyendo que todo aquello era cierto. Es que hay algo en mi nueva analista que me rememora a Blanca. Cierta cuestión de distancia o frialdad, una forma de ser algo particular.

Meditaba esa sarta de boludeces cuando desde la mesita de luz sonó mi celular. Era alguien que se identificó como Ana, la madre de María Eva, aquella chica cordobesa embarazada por mi hijo Rodrigo. ¡Vaya sorpresa!

- Marita tuvo un parto prematuro. Pero bien. Las nenas están en la incubadora, pero los diagnósticos son buenos. Todo fue bien.

- Bueno, me alegro. ¿En qué podemos colaborar?

- Mirá, Ernesto… Marita no quería que yo me comunicara, ella dice que las nenas son sólo suyas. Pero yo no sé… sentí la necesidad de que al menos vos lo supieras. Si me preguntás qué busco, no sé. Yo soy médica, y estas situaciones me ponen muy mal, las he visto tantas veces de afuera, que ahora que me toca a mí vivirlas, no quiero que me pasen por encima. ¿Vos me entendés?

- Digamos que un poco, pero no creas que por indiferencia. Creo que mi hijo es un boludo y…

- ¿Y qué me decís de mi hija? Desde que se vino a vivir conmigo, hace tres meses, que trato que ella encuentre una manera algo civilizada resolver este bollo. Marita nunca fue una chica fácil de entender, pero su propia vida fue compleja. ¿Vos conocés todos sus problemas?

- No, no… ni siquiera la conozco personalmente.

- ¿Por qué no te venís por aquí y charlamos? De paso la conocerías a ella y a… bueno… ¿nuestras nietas? Me gustaría mucho conocerte y, también, cambiar opiniones sobre este asunto. Al principio yo estaba algo angustiada. Pero ¿qué querés que te diga?, el tema de mis hijos no me salió nada bien. Mi marido era arquitecto y yo soy médica. Aspirábamos a hijos con ambiciones, pero ya ves… el mayor terminó como encargado de edificio y María Eva cantante de rock. No conocés a María Eva, pero sí a Oscar. Él te aprecia mucho y me ha hablado maravillas de vos. ¿Venís?

Si bien Ana sonaba amistosa y bien predispuesta, aquella charla me había dejado congelado, sin saber para dónde agarrar. Le dije que tenía que ver cómo venían mis cosas, y le pedí su teléfono. Es que antes quería hablar de todo esto con Rodrigo, que con su donación indiscriminada de fluidos reproductores me ha metido en esto. Ay.

Una vez más: ay.

Un velorio con sponsors

Abril 25th, 2012 by Ernesto Eduardo Solís

Hoy hubiera sido un día que hubiera dedicado a la meditación. Estoy muy impactado por la falta de repercusión de mi blog. Es decir: por la absoluta certeza de que escribo para nadie, que soy algo así como un lunático que habla solo.

Mientras rumiaba mi fracaso, sonó el teléfono de casa. Era Pedro, mi estimado amigo sexópata, que cuando no tiene nada que hacer llama a alguien.

- Es bueno que me hayas llamado, hablar con un amigo es mejor que el dolor de ser un loser.

- ¡Uh, ¿pero qué te pasa ahora?!

- ¿Te acordás del blog que empecé hace un tiempo, contando mi día a día?

- Sí, estaba interesantísimo…

- Pero dale… fíjate que ni siquiera vos lo leés.

- No jodas, que alguna vez lo leí. Es fino.

- Bueno, ni vos ni nadie lo lee. Y si mi madre viviera, tampoco lo leería.

- ¡Eh, che, pero ¿qué pasa?

- No sé. No es el primer blog que hago. En los primeros gastaba horas atendiendo a los comentarios que escribían los lectores. A los mejicanos les encantaba, me contestaban todo. También me escribían de Venezuela, Colombia, Uruguay, Chile ¡y hasta latinos en Estados Unidos!

- ¿Sería por los temas que tocabas?

- ¡Qué se yo! A mi me parece que lo que cambió fue internet. Hoy hay otro perfil de internauta, más de redes sociales. A los bloggeros ya nadie les da mucha bola. Pero, independientemente de eso debo ser autocrítico y creo que no soy García Márquez, Borges ni Cervantes. Debo aburrir.

- ¿Y qué vas a hacer?

- Lo voy a cortar. Llego hasta aquí y punto. ¿Sabés el tiempo que me lleva cada post?

- No vas a dejar a la historia en bolas.

- Sí. Voy a hacer una síntesis, como hacen en el final ciertas películas, que cuentan qué pasó luego con cada uno de los personajes. Por ejemplo, puedo poner “Pedro se ganó la lotería y se encerró en un prostíbulo y no quería salir, vivió hasta los 94 años las noches más febriles que humano alguno pudiera vivir. Su entierro contó con el esponsoreo de Pfizer, el dueño de la licencia de Viagra, la revista Playboy y los preservativos Tulipan.

- ¡Jua! Me encantó.

- Ya ves: todo es cuestión de saber relatar…

(SI SURGE ALGÚN COMENTARIO, PUEDEN DIRIGIRSE A MÍ DIRECTAMENTE A TRAVÉS DE ernestosolis@hispavista.com)

A la búsqueda de (aunque sea un) lector

Abril 24th, 2012 by Ernesto Eduardo Solís

Frente a sucesos de la magnitud que enfrento, y que me hacen suponer que los que se generarán no han de ser menores, imaginé que no puedo seguir adelante sin recuperar mi terapia.

- No vas a seguir conmigo –dijo escueto Pablo, mi ahora ex analista- si querés seguir te debo derivar.

- De acuerdo. Decime que querés hacer.

- Te doy, en principio, un par de opciones. Tenés que elegir por vos mismo. ¿Te interesa un analista hombre o mujer?

- Mirá, no se me ocurre que pueda haber diferencia. Pero podría probar ahora con una mujer, ¿vos qué pensás?

- La opción es para que vos elijas, elegís vos.

- Mujer –dije, con igual liviandad que si eligiera helado de frutilla o chocolate.

Por suerte, Elisabet –la analista recomendada- me dio la posibilidad de verme aquel mismo día. Una paciente suya andaba de vacaciones por unos meses y yo pude ocupar su turno.

A diferencia de Pablo, con su consultorio tan impersonal y frío, el lugar en que me recibió rezumaba calidez. Ella misma parecía una “vecina amable”, de esas que uno suele en el ascensor discurrir sobre el aumento de los impuestos o la variabilidad climática.

Debo confesar que las vecinas amables suelen producirme mucha ternura, sobre todo cuando son naturalmente simpáticas y accesibles. Es que dan para que uno se imagine abrazado a ellas, tanto bailando como trasladándolas también amablemente hasta la cama.

- Supongo que Pablo te habrá adelantado a qué se debe mi visita.

- No. No conozco a tu ex analista. Las derivaciones me vienen a través de la asociación profesional, con tu historia clínica. Digamos que hasta tu última sesión con tu analista anterior tengo cierto registro. El resto vas a tener que continuar conmigo. Si querés. Estamos en un periodo de aceptación mutua.

Y así fue como le conté lo que pasaba hoy. Como he quedado frente a un desafío descomunal que pareciera excederme.

- ¿Qué te excede? Por lo que parece siempre has sido un ejecutivo de empresa, no debería extrañarte que te ofrezcan una gestión como la que empezarías ahora…

- Sí, es posible que debiera ser así. Pero hay dos elementos en juego: uno que yo siempre estuve a cargo de la gestión económico-financiera de una organización, y no de todo el negocio. Eso pareciera ser otra cosa, algo más complicada y con connotaciones de un giro bastante distinto. Pero por otro lado, es que yo creía que podría ser jubilado. Como el resto de los mortales que alcanza su periodo de descanso, luego de años de actividad. Pero, de pronto, esto es una continuación…

- No alcanzo a ver aspectos que parezcan desagradarte.

- Cierto.

- ¿Entonces?

- ¿Qué contradictorio, no? Yo veo los problemas, pero soy el mismo que no los evito.

- A lo mejor no te animás a reconocer que estás contentísimo con esta nueva designación.

- Sí, diste en la tecla. Hay algo adentro mío que reniega de asumir la responsabilidad que me ofrecen. Pero, claro, estoy orgulloso por varias razones… Y ese doble sentimiento me produce una cosa medio angustiosa…

- ¿Y qué pasa si avanzás con el sentimiento de orgullo que sentís, desplazando un poco esa angustia que identificás?

Bueno, esta es una pequeña ventanita que abrí al lector para que vea cómo me podría ir con mi nuevo analista, y saque sus propias conclusiones.

Y ya que estamos en diálogo con vos, queridísimo lector, tirame cada tanto una soga, decime algo. Los únicos comentarios que recibo  son de extraños lectores automáticos de Word Press que me invitan a consumir. ¿Te gusta mi historia, o la leés porque no encontraste otra cosa que hacer? ¿Te parece un bodrio, y por eso ya ni entrás a mi blog, y por tanto ni siquiera podés leer esta invocación? Ché, todos necesitamos un feedback positivo. Ah, sí, y plata también. Feliz martes.

Una charla con mi hijo

Abril 23rd, 2012 by Ernesto Eduardo Solís

Rodrigo ya está acostumbrado a mis llamados extemporáneos. Él creía que con mi jubilación terminaba mi estrés, mi locura y –sobre todo- que le rompiera las pelotas dos por tres para que me ayude en algo. Pero el tiro le salió por la culata. Destino de hijo único, vivo pidiéndole una mano. Así que debió visitarme de emergencia, pues pensé que el tema de Martín debía compartirlo conmigo.

Mientras venía Rodrigo a casa, me comuniqué al celular de Elba. Le expliqué sobre mi preocupación acerca de la enfermedad de Martín, y que me llamara a casa en cuanto pudiera hablar tranquila. Me llamó al toque.

Así fue como me enteré finalmente de todo. Luego de un episodio crítico, a Martín le habían realizado un chequeo profundo y su cuadro era muy complejo. Elba me explicó que su corazón estaba dañado hasta tal punto que parecía el de un viejito de más de cien años. Que iba camino a tener, tarde o temprano, que ser trasplantado, o sufrir procesos de gran complejidad. Y que la única manera de atemperar el proceso sería el de abandonar trabajo, responsabilidades, emociones y vicios. A partir de ahora Martín era un fuerte discapacitado, y todos los que estamos a su alrededor debemos colaborar.

Pregunté cuál era el riesgo. Pero, lamentablemente, todo es riesgo. Nada lo rescata y, salvo que se produzcan situaciones que corrijan las variables alteradas, su vida pende de un hilo. Sus médicos opinan que su corazón es tan frágil que hasta tienen miedo de que lo pudiera alterar una emoción impensada como la de un sueño indeseable o un susto falso.

Repetí puntualmente a Rodrigo todo lo que me contaron sobre Martín. Me escuchó atentamente y agachó la cabeza. Me dijo que él siempre había temido que terminara mal, pero nunca pensó que pudiera ser por salud. Su amigo había jugado siempre con fuego a través de todos los excesos que se le habían ocurrido y que nunca pudo parar. Me preguntó si yo creía que el miedo a la muerte pudiera detenerlo ahora. Él cree que nunca le había tenido miedo, más bien que la desafiaba como si fuera algo posible de vencer.

Pero de la historia, le preocupó también mi papel.

- ¿Vos estás seguro de lo que vas a hacer? –me preguntó Rodrigo.

- Bueno: ya estoy trabajando. No te olvides de que mi jubilación no me alcanza.

- Sí, como me voy a olvidar, si fui yo mismo quien te ayudó a retomar la actividad. Pero una cosa es que te haya conseguido unas cobranzas como para pucherear; que luego aceptes ser el jefe del departamento, y ahora el capo máximo de una empresa monstruosa. Eso es volver al estrés, a las responsabilidades y amarguras que da el conducir una operación…

- Querido Rodriguito: si vos mañana no podés seguir con tu laburo y sólo podés confiar en mí para que te remplace ¿querrías que yo acepte reemplazarte?

- Seguro que sí, pero ¿qué tiene que ver?

- Que a Martín lo metiste vos en mi casa. Y él, al único padre que terminó conociendo fue a mí no sólo porque no conoció al suyo, sino porque aquí fue siempre recibido como un hijo más. Pasaba en mi casa los fines de semana, las vacaciones, las fiestas… ¿Cómo no voy a ayudarlo cuando me tiran por la cara que se está muriendo.

- Martín ¿se está muriendo?

- Es una manera de decir, en realidad está muy delicado. Pero si queremos ayudarlo en esta penosa situación que está pasando, no podemos andar con chiquitas. Yo he decidido ayudarlo, claro que quiero.

La verdad que yo hasta entonces no estaba tan decidido a aceptar. Pero la zozobra de Rodrigo me hizo fortalecer la idea.

Y claro que voy a aceptar.

Un nuevo giro en mi vida

Abril 22nd, 2012 by Ernesto Eduardo Solís

Mi vida laboral marcha sobre ruedas. Las cobranzas se han acelerado, multiplicando las comisiones de una manera tan favorable que me hacen arrepentir de no haber antes decidido a dedicarme a una tarea tan sencilla y rendidora.

Si bien debí sacrificar a mis dos empleados, las tareas se realizan sin mayores problemas. Roque y Paula trabajan medio día conmigo, y luego de sus almuerzos, a la tarde, van camino a las distintas mesas de juego donde dicen divertirse como nunca. Y luego informan. El resultado de sus trabajos ha sido hasta ahora sumamente exitoso, y doña Cadanópulos vive resarciéndolos por sus aciertos.

Si bien yo temía haber deteriorado mi relación con Elba (la dueña de todo) por no haber aceptado ser parte del team de espías de sus casas de juego, eso no sólo no ocurrió nunca, sino todo lo contrario. Y una prueba contundente fue lo sucedido el viernes pasado.

Elba me invitó a cenar en su casa. Organizó un asado a cargo del maestro asador Martín, su pareja y algo así como mi hijo dilecto en el afecto. Imposible no aceptar un evento de tales características.

Me llamó poderosamente la forma en que me recibió Martín. Se había abrazado a mí y no me soltaba.

- Gracias, papá… -me dijo muy cálidamente en el oído- gracias por todo.

Martín nunca se había animado a declarar semejante cosa. Si bien nos queríamos como padre e hijo, él nunca había dejado de ser el real gran amigo de toda la infancia y adolescencia de Rodrigo. Pero me hacía cargo de que el tipo que más podía parecerse a un padre en cualquier sentido no dejaba nunca de ser yo mismo.

Me di cuenta que aquel asado era una excusa. Pero me costaba entender del todo excusa para qué.

Mientras cenábamos, nuestra charla no trascendía más allá de cuestiones laborales de rutina. Hasta que al finalizar, ambos se tomaron de las manos y me enfrentaron.

- Mirá, Ernesto –dijo Martín- mis últimos chequeos médicos no han dado muy buenos resultados…

- ¿Me pareció a mí o no estás fumando? –lo sorprendí- Es la primera vez que charlo con vos y no hay humo entre nosotros.

- No fuma más –dijo Elba, categórica.

- Así es. Mis médicos me han puesto contra la pared. Me han amenazado de la peor manera: me dijeron “o sexo o tabaco, o sexo o laburo, o sexo o alcohol y comida”. Y, dado que elegí sexo me quedaré sin tabaco, laburo, alcohol y comida.

- Has asistido a la última carne de vaca que comerá en los próximos años. Al menos hasta que se cure –sentenció Elba.

- Y si te invitamos a esta ceremonia pagana, como te imaginarás, no va a ser porque te la vas a llevar de arriba. Necesitamos tu compromiso.

- Ah, si es por mí, claro que no te voy a dejar consumir tanto veneno. ¡Y más si es para defender tus posibilidades sexuales!

- No. Es porque queremos que me remplaces en el laburo.

Frente a mí tenía a Elba y Martín que me miraban desafiantes, como para explicarme con la mirada que se morían si contestaba que no.

El shock fue tan fuerte como el que había sufrido apenas días atrás, cuando empecé a leer las cartas de Clara.

- Dale, pa –dijo Martín, usando ese apócope que usaba Rodrigo cuando era chico, y que no había oído desde entonces referido a mí. Y se levantó y me abrazó – dale, Pa, ayúdame, decinos que sí. Mirá: yo voy a limpiar la parrilla y a dejar todo en orden, mientras vos arreglás con Elba. Dale…

Tratando de recomponerme, me di cuenta que estaba sucediendo algo que se me escapaba de las manos. Demasiadas cosas juntas. La misma mujer que unas semanas antes quería que yo fuera el buchón que descubriera a quienes la tragaba, ahora pretendía ungirme el principal delegado de sus negocios.

- Elba, creo que todo esto es demasiado serio y complejo como para cerrarlo aquí mismo…

- Martín se está muriendo –me dijo mordiéndose los labios, conteniendo un obvio llanto, y asegurándose que Martín no la oyera.

- Ok –dije, tratando también de disimular el agujero interno que me producía ese diálogo- sigamos conversándolo en la semana, llamame y arreglamos. En principio, acepto. No lo puedo dejar a Martín en esta. Ni a vos, qué se yo…

- ¡Martín! –gritó Elba, para que él la oyera- ¡Ernesto aceptó!

- ¿Cómo no voy a aceptar? –dije.

¿Una enfermedad fingida?

Abril 21st, 2012 by Ernesto Eduardo Solís

Todo indicaba que en la continuidad del intercambio epistolar que había tenido Clara en su vida, había dejado de obsesionarse por mis actividades durante mis giras por el interior. Pero esa percepción me duró poco.

“Ya estaba por renunciar a perseguir a Ernesto, hasta que se me ocurrió algo sensacional. ¿Te acordás de Lola García? Fue compañera nuestra del primario, y vivía en el mismo barrio que nosotras. Hoy es médica. Le comenté sobre mi historia con Ernesto, y decidimos rencontrarnos. Estuve ayer almorzando con ella, y le conté todos mis desvelos por las infidelidades de mi marido. ¿Y a que no sabés qué se le ocurrió que podríamos hacer? Cuando él planifique la próxima gira, me voy a enfermar mal, con un certificado trucho de ella, y le vamos a hacer posponer las giras. Van a tener que mandar a otro al interior, y después me curaré y volveré a caer frente a cada gira. Lola dice que la deje a ella, que va a manejar eso con gran maestría. Él no volverá a irse, y así dejará de engañarme…”

Me serví un vaso de whisky así de grande. Me senté en el sillón frente al balcón que da al parque. Me quise morir.

Ahora sí que las historias empezaban a coincidir con los recuerdos personales de mi propio pasado. Es que de tal manera habían nacido las dolencias de Clara: con un gran ataque que le había dado la semana antes que yo tuviera que viajar a la sucursal de Jujuy.

En realidad había sido un ataque profundo a mi vida privada.

En mi primer viaje a la sucursal de Salta, allá a fines de los ochenta, yo había conocido a Diana, una hermosísima mujer, casada con un ingeniero en petróleo que, a su vez, vivía de viaje por el interior. En principio ella pensaba que estaba al borde de su separación, y por eso no le fue difícil iniciar una relación conmigo. Con el tiempo me di cuenta que ambos –ella y yo- habíamos descubierta la facilidad de una relación basada en el propio equilibrio que creaba la situación de estar lejos de nuestras propias parejas. A mí me facilitaban un vehículo durante la gira, y ambos nos escapábamos a Jujuy a vivir la aventura. Fue lindo y se prolongó durante mucho tiempo. Hasta que se enfermó Clara.

Pero… en la carta se habla de una enfermedad fingida. Y si hoy soy viudo es porque mi mujer murió de un mal que de ninguna manera pudo haber sido fingido. No se si me entienden: ella murió.

Ahora tengo la cabeza peor: no entiendo nada.

¿Quién coño es esta doctora García? ¿Lola será su nombre?

Busqué en Google, en la guía y en la cartilla de nuestro sistema médico. Pero es absurdo: Lola parece ser un sobrenombre, y las doctoras García son tantas que no se sabe por dónde empezar…

Si Clara empezó por fingir un mal, y se le dio vuelta la tortilla al darse cuenta de que en realidad lo tenía, es un secreto que se llevó a la tumba.

Porque ella murió, ¿no?

¿O no?

Las revelaciones posmortem de Clara

Abril 20th, 2012 by Ernesto Eduardo Solís

Resulta que parece que hubo en mi pasado un tal Marcos, que me seguía e informaba sobre mis pasos en el interior.

Juro que me cuesta creerlo, esto es algo así como una novela policial. ¿Seguirme? ¿Para qué?

“Alguien que sé que me fue infiel una vez, me hace sospechar de cuántas más lo fue. ¿Una sola vez? ¿Dos? ¿Más de dos? ¿Antes o después de Blanca?

Ayer hablé por teléfono con la novia de Pedro, y ella me contaba que su novio se acuesta con todas las que puede, y que le han contado ya tantas historia que supone que le va a ser difícil cambiarle la cabeza (y mucho menos sus secreciones) en el corto lapso.

A ver: o hago algo para que no me sea infiel, o deberé acostumbrarme a tener un marido al cual le gusta penetrar todo lo que se le planta…

Y, te juro, para mí es un enigma esto de que se vaya una semana afuera una vez por mes y no pueda saber dónde anda o qué está haciendo. Desde que tiene celular me es un poco más fácil localizarlo. Pero escuchar no alcanza, ¿no? Una voz no alcanza para saber qué está haciendo, exactamente… vos me entendés…”

Con esto voy entendiendo por qué Clara desconfiaba de mí. Mi relación con Blanca me había quemado totalmente. Pero yo lo único que hacía era lo que hubiera hecho cualquiera en mi lugar, nada grave…

“¡Un horror, nena… a mi Ernesto le encantan las prostitutas! ¿Podés creer que se acostó cada noche con una distinta? Eso es lo que hace cuando está en el interior, ni más ni menos. Pero hay algo peor: Marcos descubrió que les paga a esas mujeres con dinero de los viáticos que le da la empresa, disimulándolo entre los gastos de hotel, alimentos, viajes y demás… ¿Cómo puedo parar eso? Ahora sí que estoy jodida. Una cosa es pagarle a una mina para que se aparte, y otra impedir que se mande esta vida licenciosa que lleva… gratis.”

Por primera vez, desde que empecé a leer la correspondencia íntima de Clara con su amiga, encontraba un triunfo personal. Cómo, sin querer, había derrotado a estas dos brujas y sus chismes.

Es que ella había podido encontrar la manera de sacarme para siempre a Blanca. Pero no había tenido en cuenta algo imposible de manipular: el uso de mi libertad sexual.

Si bien seguí leyendo las cartas siguientes, los relatos abundaban en referencias a cuestiones muy domésticas y que no me implicaban. ¿Habría Clara, por entonces, renunciado a preocuparse por mis actividades sexuales extramaritales?

El espía

Abril 19th, 2012 by Ernesto Eduardo Solís

Siento alrededor mío un enrarecido estado general: mis sesiones terapéuticas están suspendidas y mi relación con Edith se transformó en tensa y nerviosa. Es que doscientos cincuenta mil dólares es mucha plata.

Luego de la virtual ruptura con mi terapeuta, supuse que debería hacer alguna consulta adicional. ¿Con otro analista? ¿O con un médico, un abogado o un consultor?

Pero ya veré. Me di cuenta de que con toda esta historia con los australianos, había abandonado un poco el seguimiento del viejo intercambio de cartas de las amigas desaparecidas.

Así que decidí dedicar un buen rato a continuar enterándome de aquel extraño pasado que parecía desconocer.

“El lunes Ernesto me avisó que estará visitando sucursales toda la próxima semana. Esta vez le toca viajar al centro: Rosario, Córdoba y San Luis. Me dediqué a investigar si va con la otra, pero llegué a la conclusión de que no, porque ella está confeccionando un trabajo que debe terminar y eso le impide salir. Entonces me pregunté qué hará durante esa semana, encerrado en un hotel, lejos de las dos. ¿Y a que no sabés qué se me ocurrió? ¡Que voy a viajar también yo, sin que él se dé cuenta! Y así sabré qué hace realmente.”

Claro que lo que leí es increíble. ¿Lo habrá llevado a cabo? ¿Esa sola vez?

Sólo imaginarme a Clara persiguiéndome para saber qué hacía me hizo sentir muy raro. Es que si pasó, yo era absolutamente ignorante de la cuestión y no me sucedió ni mu. Pero ahora, a la distancia, la situación era escabrosa. ¿Qué más sabía Clara de mí?

“Pero, fíjate vos cómo son las cosas. Ernesto será muy infiel pero es muy prolijo y detallista. Cariñoso, a su manera, pero cariñoso al fin: cada vez que él viaja no deja de llamarme cada noche para contarme como anda, como fue su día, qué hizo. Y si yo lo sigo, él se alarmaría si llama a casa y no me encuentra: sería la primera vez. Y si llama a Rodrigo y le pide que me busque, él tampoco me encontraría. Así que tuve que descartar la idea de irme tras él para ver qué hace. Pero no dejo de preguntarme qué actividades desarrolla en los lugares a los que viaja, a quién ve. No es que sospeche nada. Pero da para desconfiar, ¿no?”.

Bueno, eso me tranquilizó. Claro que no me iba a durar mucho.

“Él nunca supo cuánto yo llegué a ahorrar. En realidad, bastante. Lo bastante como para pagarle a Blanca y para que aún me quede lo suficiente. Es que no voy a permitir que me vuelva a engañar, y los pesos que me quedan los voy a invertir bien. No lo seguiré yo, personalmente. Pero alguien, por mí, bien puede hacerlo. Al principio pensé que vos misma podrías hacerlo, pero no serviría porque él te conoce y, además, no se llevan bien que digamos. ¡Pero me acordé que me comentaste que tu sobrino Marcos necesita hacer alguna changa! La propuesta sería así: yo le pago el viaje y el hotel, los viáticos completos y unos pesos adicionales. La misión de él sería que no le pierda pisada a Ernesto y que me informe qué hace realmente en cada viaje. ¿No te parece genial?: tu sobrino tendría laburo y yo estaría tranquila (o no) sabiendo qué hace mi marido.”

¿Tuve un espía que me seguía los pasos en mis viajes por el interior? ¡Esto sí que no me lo esperaba! ¿Quién cazzo será el tal Marcos?

De pronto me di cuenta que acababa de dar con otro testigo involuntario de mi pasado. Así como Cecilia me aportó datos de los que carecía, ahora Marcos aparece en el horizonte.

Y así podríamos llamar a esto “El culebrón de Ernesto, El Infiel”.