Algo interesante sobre Paul Valery
Susel, David – Paul Valery o de Una Poetica Pitagorica
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Susel, David – Paul Valery o de Una Poetica Pitagorica
Yazmina Reza casi no da entrevistas, pero cuando sí (como este encuentro al que accede en Barcelona), las condiciones son muchas y no muy diferentes a las de una diva: hablar de Sarkozy lo justo y necesario, pero no de Carla Bruni ni de Cécilia la ex; que se transcriban textualmente sus respuestas, que se le muestre la entrevista antes de publicarla y que por ningún motivo se le fotografíe.
Ese autocontrol lo refleja también en el trabajo: persigue cada una de las puestas en escena que se realizan de sus obras, y analiza al dedillo las adaptaciones a los 35 idiomas a los que han sido traducidas; ella misma controla el inglés, alemán, francés, y el español, pero por si acaso tiene un equipo de traductores que la asesoran constantemente.
El paso del tiempo es una idea presente en sus novelas y en su teatro. ¿Es su obsesión?
Sí. En mi primer libro, que no está adaptado al teatro, Hammerklavier(Anagrama), ya escribía esta frase: “el tiempo, el único tema”. De una manera general, mis personajes, están obsesionados por el tiempo. En todo lo que escribí, la lucha contra el tiempo es el tema central. Y en El alba, la tarde o la noche lo es de modo evidente. Los hombres, en particular los hombres de acción, buscan por todos los medios distraerse de la muerte. Entablan con ella una carrera desatinada y vana pero que puede darles la ilusión de estar viviendo. Usted observará que el título del libro no contiene el tiempo presente. No está el mediodía, el día. Está siempre el mañana, y luego el mañana, y luego el mañana. Pero el mañana no existe ya que hay sólo un movimiento que cuenta. En este libro, Nicolás Sarkozy dice “la inmovilidad es la muerte”. En realidad, no hay de dónde agarrarse. Es a la vez irrisorio y trágico.
¿La escritura le ayudó a aclarar este tema?
La escritura sirve para consolar, raramente para aclarar. Pero hablo como escritora; como lectora, lo formularía de otro modo.
Yasmina Reza ha logrado un fenómeno sin precedentes. Dramaturga exitosa, ha dejado, por el momento, su trabajo como actriz, que hace años la trajo a la Argentina para interpretar a un personaje de Eric Satie. Sus piezas de teatro, siempre con una tendencia minimalista, con dos o tres actores, decorado casi nulo, y textos poderosos enganchan a miles de espectadores en todo el mundo. El éxito de Art, la obra que en nuestro país estuvo doce años en cartel, suele coincidir en algunos países con otras adaptaciones de sus textos, como pueden serEl hombre inesperado y Tres versiones de la vida . Un crítico del periódico inglés The Independent la acusó de ser la “reina de las grandes ideas lights“. Sin embargo, Estados Unidos, Inglaterra y Alemania se han rendido a sus pies. David Ives, su traductor en Estados Unidos, dice que su éxito se debe a que los actores desean interpretar sus obras.
Son obras hechas para actores. Como sea, Yasmina Reza no para, y acaba de estrenar Le dieu du carnage, con el protagónico de Isabelle Huppert en París y el de Ralph Fiennes en Londres.
¿Cree que sus obras tienen algo de universal?
Jamás tendría la pretensión de considerarlas universales. Una obra es universal cuando atraviesa el tiempo; ni siquiera los mares.
¿Le preocupan las traducciones y las adaptaciones de sus obras?
Por desgracia, soy muy cuidadosa. Digo “por desgracia” porque esto requiere mucho tiempo y energía. En las lenguas que me parecen esenciales y que puedo controlar, vigilo las traducciones. En ciudades como Londres o Berlín, soy muy atenta al conjunto de la producción. Por otro lado, a menudo tengo en diferentes países agentes que intentan hacer respetar mis exigencias.
¿Cómo surgen los personajes de sus obras?
De la realidad. Quiero decir de la contemplación, o del conocimiento de los otros. Los escritores creemos inventar, pero sólo recomponemos.
El personaje escritor de “El hombre inesperado“ se pregunta “¿habrá alguien en este mundo que sepa leer este libro?”. ¿Le pasa a veces?
Por supuesto. Es una pregunta esencial.
¿Qué podrían reprocharle sus personajes?
Que no los haga más felices.
Cuando se pone a escribir, ¿ya sabe si está ante una obra de teatro o una novela?
Sí. Aunque no haya una gran diferencia en cuanto a la inspiración. Abordo los mismos temas dondequiera que sea y las fuentes son idénticas. Pero sé que el teatro y la novela van a arrastrarme a caminos muy diferentes. No es tanto la escritura lo diferente sino el después, el destino de la obra.
¿Los años de experiencia le sirven para escribir mejor?
Es una pregunta que todo escritor se hace. ¿Estamos progresando? Eso espero. No estoy totalmente segura. Diría que, en el mejor de los casos, nos atrevemos.
Qué diría Sarkozy ante el cuadro en blanco de “Art”?
Depende del contexto… ¡Es un hombre político! La mirada que Yasmina Reza impuso sobre el entonces candidato a la presidencia de Francia, Nicolás Sarkozy, tal vez sirva, con el paso de los años, para comprender cómo este hombre pudo haber llegado al Eliseo y cómo los franceses se vieron comandados por un personaje cuya paseo favorito es ir a Eurodisney de compras, según nos cuenta el libro. Reza ha logrado un retrato alejado de toda consideración política o ejercicio periodístico.
Ni crónica ni hagiografía, mucho menos chismografía, pero tampoco ficción, el experimento auscultatorio de Reza presenta un Sarkozy que, según cómo se lo mire, puede resultar un hombre de acción, un animal político o un adolescente insoportable. Un personaje casi siempre vacuo pero lleno de frases como “Me hubiera gustado nacer en Argelia. Cuando naces en Africa del Norte, sueñas con Francia, pero cuando naces en París no sueñas con nada”, que si logran pasar a la historia, será gracias a El alba la tarde o la noche.
¿Puede este libro trascender el fenómeno mediático del presidente Sarkozy?
Lo deseo profundamente. Nicolás Sarkozy me parecía emblemático de aquello sobre lo que tenía que escribir. No tanto él como persona, sino por lo que representaba. Quería dibujar la fisonomía existencial de un hombre político, y más ampliamente de un hombre de acción. Es un libro muy personal que, desde mi punto de vista, está en línea con libros más íntimos como Hammerklavier. Aquí, Sarkozy es la figura central de una constelación de hombres que observo y que trato de comprender desde hace tiempo.
Cómo escritora, ¿tuvo que renunciar a algo al enfrentarse a un personaje real?
No, porque me lo planteé como el trabajo de un pintor. Frente a mí tenía a un modelo, una persona que posaba todo el tiempo. Y escribía lo que quería. En cierta modo, es más un autorretrato mío…
Al final del libro dice que él y usted ya son otras personas…
Yo no cambié en nada, ya que mi posición siempre fue externa. Pero cuando lo vi en el Eliseo, vi que se convertía en otra persona, que ya no podía seguirlo. Vi que entraba en otro mundo…
¿Repetiría la experiencia?
¡No!
¿Qué aprendió sobre el poder?
Que uno no controla al poder, que el poder te controla. El poder altera todo. Quedé atrapada por la fascinación del poder, pero logré quedarme al margen para escribir una obra literaria. Hay muchos tipos de poder. Sarkozy tiene el poder político, pero también el de convertir a la gente normal en súbditos. El poder capturó a Sarkozy, pero él no lo comprendió del todo.
¿Qué es el poder, entonces?
El poder es reír y que toda la gente alrededor se ría.
¿Sarkozy leyó el libro?
No lo sé. Pero creo que dentro de unos años Sarkozy leerá el libro con nostalgia, como testimonio de su juventud, la última señal de su juventud.
Otra vez el paso del tiempo…
Intento ver cómo los hombres habitan el tiempo.
Gentileza: Revista Ñ
Cerca de cuarenta años atrás comenzaron a circular entre nosotros los libros del Marqués de Sade. Tanto los no obscenos como La marquesa de Gange o Los crímenes del amor, como los prohibidos y conocidos de oídas, tales La filosofía en el tocador y las Ciento veinte jornadas de Sodoma, en ediciones apuradas mexicanas y locales. Siguió toda serie de ensayos sobre el autor, mucho sonido y furia, y luego Sade pasó a ser respetado aunque por razones creemos que equívocas. El surrealismo tardío, por ejemplo, intentó hacerlo –una vez más– uno de los suyos. Creo que el autor y la obra pueden ser ahora pensados de otra manera. Filosóficamente Danatien Alphonse François de Sade (1740-1814) no fue un apéndice de enciclopedistas e iluministas como Diderot, D’Alembert y compañía, ni un cómodo satírico poltrón autor de fáciles cuchufletas como Voltaire. Sus fuentes parecen estar mucho más relacionadas con autores laterales como D’Holbach y sobre todo La Mettrie. Digamos con los materialistas totales y utilitaristas, aunque se relaciona polémicamente con todos ellos. Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) es el autor de un breve escrito tituladoEl hombre máquina. Médico cirujano de profesión trató de establecer dando un paso más allá que los sensualistas puros, como Condillac, la condición material y el funcionamiento “maquinal” del hombre. El escrito, más allá de su pesadez y de su pomposo estilo, es interesante por las cosas que adelanta y tal vez hasta por las que profetiza; involuntariamente claro está. Declara de consuno con su título la materialidad del hombre y su funcionamiento maquinal. Gentes como La Mettrie y similares se hallan ya consubstanciados con la idea de progreso: son optimistas científicos. Pero Sade –como lo será poco después el contemporáneo que más se le parece: el italiano Giacomo Leopardi– no es ningún acólito de las bondades de una naturaleza divinizada a medias, y a medias a punto de ser explotada mediante la movilización total. Sade intentará llevar el razonamiento –o la apariencia de tal– de personas como los materialistas y sensualistas hasta sus últimas consecuencias. Si la materia viviente, orgánica, tiene una nunca muy bien definida extensión apendicular con la naturaleza inorgánica, la explotación sin límites y cortapisas de ésta debe llevar, por lógica consecuencia, a la explotación de la naturaleza humana, ya que ésta no consiste más que en una serie de animales-máquinas que no sólo desean sino que puede razonar sus deseos, y para ese razonar se llevan al absurdo los postulados materialistas y sensualistas. Así es como en muchas de sus obras las repetidas laceraciones y torturas practicadas sobre cuerpos esclavizados son seguidas de intrincados diálogos filosóficos que llevan al propio delirio raciocinante este monismo absoluto. La naturaleza se hace única garante de lo existente y así los cuerpos ajenos son tanto objeto de experimentación como de explotación. El catálogo razonado de perversiones –como el practicado en Las 120 jornadas – ¿no parece un derivado prospectivo, pero llevado hasta el desatino, de los posteriores catálogos de las ciencias naturales? ¿No es –desde el punto focal que ensayamos aquí– que Sade se nos aparece como un Linneo de la sexualidad humana vista exclusivamente como variantes metamórficas de posturas, adiciones y yuxtaposiciones? ¿No son –bajo es- te punto de vista– sus perversiones fría, clínicamente razonadas, algo así como un correlato de las especies híbridas y hasta las nuevas especies que son posibles de “fabricar” mediante toda serie de injertos? No es la enumeración por la enumeración en sí y por un exacerbado gusto por la combinatoria y por el bric-à-brac que aparecen en este autor tantas combinaciones de acoplamientos, sino un llevar hasta el disparate la propia dislocación y desmembramiento de la naturaleza practicada por los enciclopedistas y empiristas. Antes que Dostoievski acuñara su luego repetido “Si Dios no existe todo está permitido”, un siglo antes, Sade pone en escena la lógica consecuencia, de fines y de medios, que tal no-existencia llevaría aparejada. Pero no sólo sobre la naturaleza inerte que se aprestaba a ser explorada y explotada científica y ya industrialmente, sino sobre la propia corporalidad ajena que era bajo esos supuestos co-extensiva y pasible del mismo grado de explotación. Más aun, pasible de todavía un mayor grado de explotación por el conocimiento físico, sensible –es decir estético– que podía extraerse en paralelo de tales experimentaciones. Gorer nos insiste en su libro sobre Sade que todo es un canto a la anarquía como en las “visiones” más que confusas de William Blake. Es obvio que no, y que uno y otro, si bien contemporáneos, no pertenecían a la misma familia espiritual ni estaban hechos de la misma estofa. Sade es un terreno total, un realista absoluto. Pero no se cree el ripio del progreso y crea, para poder expresarlo, un nuevo giro y una vuelta de tuerca estilística de la clásicamente llamada sátira menipea. Retoma para ello la tradición de su paisano Rabelais y mezcla conscientemente lo bajo y lo alto, lo sublime y lo obsceno, lo alucinatorio y ya lo hiperrealista. Sade incorpora de manera satírica todos los lugares comunes del razonar mecanicista-utilitarista, pero lo hace de manera tan temprana y pionera que todavía hoy se insiste en verlo como a uno de sus más radicales apólogos. Cuando es –por el contrario– sí radical, pero en responder a los imperativos de la movilización total poco antes de que ésta apareciera en suelo europeo. Fue, por el contrario, no un sociólogo interesado en rarezas el que diera el Do en relación con la obra de Sade. Un historiador y teórico del arte de clara impronta teológica, Hans Sendmayr, le dedica algunos párrafos oblicuos pero importantes en dos de sus obras, La pérdida del centro y La muerte de la luz . En ambas, aunque con algunos comprensibles circunloquios académicos, muestra a Sade junto con Goya, como aquellos que más drásticamente encararon lo que llama “terrenalización del infierno”. Ambos son o intentaron ser hijos de las Luces. Ambos padecieron muy cercanamente el terror desencadenado por esas mismas luces. Ambos comprendieron modo sui que si a la tríada topológica, mantenida por miles de años, de cielo-tierra-infierno se le que quitaba o negaba su base teológico-metafísica, y era suprimida por decreto la primera parte del terceto y reemplazada por el cielo laico escrutado por los físicos, el inframundo se trasladaba entonces a lo meramente terreno, llano, horizontal. Goya regresó a la pintura de sabbats y aquelarres, es decir a pintar monstruos extra-mundanos pero que actúan muy terrenalmente; Sade a edificar con su escritura lo que luego se llamaría “universo concentracionario”; pero que él se encargara antes que nadie de describir. Universo donde habitan repetidamente monstruos que han perdido toda aura extra-mundana. Demonios que han perdido la fe en el demonio porque han leído la enciclopedia donde se les dice que no existe tal cosa. Faltaba un sólo paso –como apuntara también Sedlmayr–: la puesta en escena concreta, histórica, de ese universo. Los campos de concentración del siglo siguiente se encargarían de ponerlos en práctica. Soviéticos y nazis desembarazados definitivamente de toda creencia en lo extra, tanto infra como ultra humano, pusieron en práctica aquello que para Sade era proyección antiutópica. Pero adonde habría de conducir sin dudas la extrema racionalización de los fines y de los medios. Con el paso previo por un naturalismo neutralizador donde el hombre era equiparado a una mezcla de animal y máquina y donde éste había perdido su razón de ser trascendente.
A 40 años de las primeras publicaciones de las obras del Marqués de Sade en la Argentina, el autor de la nota analiza la capacidad anticipatoria de esos textos del siglo XVIII.
Gentileza: Revista Ñ
Una de las referencias centrales que nos permite abrir una genealogía sobre el margen es el texto del filósofo argelino-francés Jacques Derrida: Marges de la philosophie, publicado en París por Minuit, en el año 1972. (La primera traducción al castellano, Márgenes de la filosofía, fue realizada por Carmen González Marín y publicada en el año 1988, en Madrid por Ediciones Cátedra).
Derrida se pregunta en el primer apartado del libro titulado: Tímpano, si este texto filosófico que escribe puede convertirse en el margen de un margen. Si es así el margen pasaría a ser una reserva inagotable. Derrida nos dice que “más allá del texto filosófico, no hay un margen blanco, virgen, vacío, sino otro texto, un tejido de diferencias de fuerzas sin ningún centro de referencia presente (…)”. (J. Derrida, Márgenes de la filosofía. Madrid, Ediciones Cátedra, tercera edición, 1998, p. 30).
En la presentación del libro en castellano, la traductora introduce un apartado titulado: El margen y el texto. Allí, González Marín menciona dos cuestiones con respecto al margen: en primer lugar, la lectura deconstruccionista o deconstructiva permite dudar del hecho de que el significado del texto sea precisamente lo que se está proponiendo. Por lo tanto, llevar a cabo este tipo de lectura consiste en prestar atención a las zonas marginales o suplementarias del texto, por ejemplo, las notas al pie de página, los trabajos considerados pocos relevantes, todo aquello que queda expulsado del cuerpo central: tanto lo visible, como lo invisible. En segundo lugar, el interés por la marginalidad en Derrida, dice la autora, es una señal de la indecidibilidad acerca del espacio donde hallar la verdad, o el sentido y no meramente un deseo filológico de rastrear en lo desapercibido. No se trata de establecer una conversión de lo marginal en central, pues el centro y el margen se manifiestan en definitiva en un único territorio, el de la textualidad. (C. González Marín, Márgenes de la filosofía, tercera edición, 1998, págs. 10 y 11).
Para Belausteguigoitia, el margen se constituye en un lugar estratégico tanto de posición y de análisis, como existencial. El margen crea un espacio extra-límite que se extiende siempre en los bordes o más allá de ellos. Del margen se derivan unas lógicas propias de actuar que pueden ser asumidas como formas de resistencia. Por lo tanto el margen conforma un espacio epistemológico en el que se producen nuevas formas de identificación del margen y de lo marginal.
En los márgenes se mueve el sujeto marginal que es definido como el otro. Por ejemplo: se puede estar en los márgenes de la Academia, en los márgenes de las disciplinas o desplazarse al margen del margen (no estudiar a Virginia Woolf o a Rosario Castellanos, sino a sus nanas o criadas).
El concepto de margen en Belausteguigoitia tiene mucho que ver con el modelo deconstruccionista planteado por Derrida, pues como la lectura deconstruccionista o deconstructivista, la posicionalidad en los márgenes va creando y multiplicando otros espacios de conocimiento que no se sustituyen unos a otros, sino que se superponen o se mantienen estableciendo diferencias y lecturas múltiples.
La dinámica del margen es buscar el otro del otro. En la Academia, consiste en poder extender las disciplinas y los temas logrando conexiones con otras disciplinas o con otras perspectivas, mezclando y contaminando, como hace Belausteguigoitia, y extendiendo la teoría, o desjerarquizando y desobediendo los cánones, para obtener nuevas lecturas e interpretaciones complejas de los fenómenos.
Belausteguigoitia lee el margen como lugar de resistencia. En los márgenes se localizan los sujetos que no pueden articularse o representarse. En los márgenes se localizan también otras formas de representación, como las máscaras y las posdatas, que han sido expulsadas de los centros. De los márgenes surgen entonces un sujeto subalterno o un sujeto de la resistencia y otras formas de representación, mediadas por distintos traductores y visualizadas a través de diversas estrategias.
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