El baile de la silla

Un nuevo paro docente en la provincia.  Otro más. Y me  pregunto: ¿habrá un modo de reclamar que no implique estropear el futuro de los chicos? La brecha entre los que pueden acceder a la educación privada y los que sólo pueden a la pública ya es abismal, insalvable. ¿Se acuerdan de la igualdad de oportunidades? ¿Del derecho a aprender?

Un nuevo piquete en la ciudad.  Otro más.  Y me pregunto: ¿habrá una forma de reclamar que no implique coartar la circulación de los demás?  Ya es imposible llegar a horario al trabajo, cumplir con los compromisos diarios, simplemente viajar.  ¿Se acuerdan del derecho a transitar libremente?

Una nueva protesta nos deja sin subtes, sin aviones, sin rutas, sin escuelas, sin salud.

La lista es larga, casi infinita, y cada día sigue creciendo… a pesar de lo que dice la ley.

Porque en realidad contamos con principios legales que suenan tan bonitos como utópicos. Que son palabras nada más.

Un puñado de verdades que sólo tienen sentido formal, que en lo cotidiano no existen.

Los argentinos debiéramos aprender a ejercer nuestros derechos sin atropellar los derechos de los demás. 

Habrá que ser más originales, más creativos, habrá que buscar nuevos caminos.  Si para tantas cosas podemos, para esto también hemos de poder.

Parece que jugáramos al baile de la silla de nuestra infancia.  Donde lo único que importaba era que, cuando parara la música, uno pudiera sentarse.  A los codazos, a los empujones, de cualquier forma. 

Todo vale.  En una lógica tremendamente egoísta me importa lo mío y nada más.

Cuánto me gustaría que pudiéramos superar esa niñez caprichosa y acercarnos a la juventud, donde empezamos a soñar grande, a pensar en el cambio, en construir.

¿Dónde están hoy esos sueños? ¿Cuáles son nuestros ideales? Apenas seguir colgados, enganchados del sistema.  Aunque el hacerlo implique bajar a unos cuantos.  Si yo consigo sentarme, ¿qué más da?

Rescatemos nuestro sentido de la solidaridad y de pensarnos en conjunto.  Rescatemos la posibilidad de crecer y de cambiar, de sentirlo posible.  Esa, creo, será la única forma de rescatarnos. 

Y también, de poder mirar a la cara a nuestros hijos sabiendo que hacemos lo posible por dejarles un país mejor.  Que no sólo, tristemente,  nos conformamos con lo que hay.

El mundo que quiero

El mundo que quiero para vos es un mundo más amable, menos problemático. 

Un mundo con más árboles y más ballenas.  Sin animales en peligro de extinción.

Un mundo que no estemos matando de a poco.  Donde los veranos vuelvan a parecerse a los veranos y en los inviernos haga frío otra vez. 

Un mundo más solidario, en el que sea moneda corriente hacer algo por el otro sin esperar nada a cambio.

Un mundo con mejores noticias, donde el diario de cada mañana no nos oprima el corazón.  Y los buenos no ganen solamente en las películas.

Un mundo de risa más fácil, para que no haya que luchar tanto por la porción de felicidad que nos corresponde.

Un mundo menos hostil.  Sin bombas y sin misiles.  Donde los conflictos se resuelvan dialogando. 

El mundo que quiero para vos es un mundo en el que la gente no tenga que atrincherarse ni esconderse.  Con menos puños crispados y más manos tendidas.

Un mundo más justo y más digno.  Donde quien tiene mucho no lo obtenga a expensas del que nada tiene.  Y nadie muera de hambre.

Un  mundo menos violento.  Donde no tengas que defenderte todo el tiempo.  Ni se margine al que es distinto.  Porque distintos somos todos.

Un mundo menos egoísta y más humano.  Con tiempo para ocuparse del otro y ayudarlo, en lo posible, con su dolor.

No es simple de imaginar, es cierto.  Excepto cuando te veo juntar tapitas de gaseosa y cartones para reciclar.  Cuando te miro acariciar a un perrito callejero y elegir entre tus queridos juguetes uno para la colecta de Navidad. 

Porque la vida se me inundó de sol el día que naciste, como a cada mamá.  Porque puedo leer en tus ojos la inocencia, la ternura y la capacidad de dar que tantas veces a los adultos nos falta.  Porque vos, y tantos otros como vos, no saben de mezquindades ni de egoísmos.  Pero sí saben de bosques, y de ballenas y de panzas que duelen de tanto reír.  Saben de acercarse al que está solo en el recreo,  y compartir lo mucho o poquito que en el kiosco hayan podido comprar. 

Porque cada uno de ustedes son capaces de cuestionarnos, de conmovernos, de arrancarnos lágrimas y sonrisas.  De despojarnos de nuestras miserias y descubrir en nosotros las cosas buenas.

Por todo eso es que, a pesar de tanta evidencia en contra, no puedo dejar de creer que ese mundo mejor es totalmente posible. 

Entonces, manos a la obra.


Un mapa y una lupa

Vas a enojarte conmigo. 

Porque no voy a llenar tu mochila con todas aquellas cosas que van a hacerte más fáciles el camino y la vida. 

Pensarás que no soy buena, que me falta generosidad.

Apenas voy a darte un puñado de principios, un mapa y una lupa.  Parece poco para enfrentar la más larga de las travesías.

Pero confío en tu brújula, en tu norte, en tu esencia y en aquello que compartimos.

Por eso me animo.

Te doy un mapa vacío. Todo por hacer.

Sólo tiene algunas señales.  Algunos límites que respetar.

Vas a estrujarlo más de una vez.  Y más de una vez vas a rescatarlo, cuando esté hecho un bollito, para volver a consultar.

Ese mapa te va a guiar para que seas, de la forma que elijas, una persona feliz en este mundo complicado.

En un mundo que va a tratar de confundirte y de ponerte a prueba permanentemente. 

Entonces tendrás que saber qué cosas te definen, y cuáles no.

Continúa leyendo el contenido de este post

Supermamás

Hace tanto tiempo que lo dejé de usar, que estoy segura de que ya ni me entra.

Sumar años y kilos también tiene su lado positivo.

El traje de supermamá está colgado en la última percha de mi placard.  Pero no pienso tirarlo a la basura.  Me sirve.  Al menos para recordar la enorme dosis de ingenuidad con la que arranqué en este oficio.

Por aquel entonces te cargaba con un brazo y con la mano libre revolvía la comida sin descuidar lo que hacían tus hermanos.  Intentaba dividir mi tiempo y mi atención por tres, me ocupaba de cada detalle, estaba atenta a todo y era incapaz de delegar una sola tarea. 

Si Dios me los había mandado así, de sopetón, era porque confiaba en que iba a poder, en que iba a estar a la altura de las circunstancias.  Lo que se olvidó fue de colgar del pico de las tres cigüeñas un instructivo, algún pequeño manual.

Entonces, en mi afán por cumplir eficientemente con la honorable misión encomendada, se me fue la mano. 

Así somos las supermamás.  Omnipotentes.  Omnipresentes.  Cuasi infalibles.

Hasta el día en que entendemos que no buscamos como recompensa ni aplausos ni ovaciones.  Que más vale aprender a pedir y aceptar ayuda, a compartir tareas, a darnos permiso.  Permiso para dudar, para estar tristes, para ponernos de malhumor. 

Estoy bastante curada de esa pretendida perfección.  Ya ni la intento.

Y no digas que los hechos me desmienten.

Claro que aún te tapo mientras dormís y te insisto para que comas hasta el último bocado.  Reviso tu cartuchera de vez en cuando y te persigo para llevar abrigo por si refresca.

La curación nunca es total.

Hay muchas cosas que no hacen falta, pero yo igual las voy a hacer.  Aunque no lo creas, la maternidad está llena de gestos innecesarios pero absolutamente imprescindibles.

Eso sí, el traje no me lo vuelvo a calzar.  Ni me lo pruebo, ya no me importa. 

Elijo ser más terrenal, y por lo tanto, más cercana.  Sin proezas pero sin disfraces.  Sin hazañas pero sin identidad secreta. 

Asumiendo mi rol con integridad y con compromiso, con toda mi humanidad.  Creo que no hay otra manera. 

Después de todo, una mejor mamá nunca es la más perfecta.  Es, simplemente, la que pone el alma en su misión.

Hoy me toca pedir a mí

Por fin llegó el día.  Hoy me toca pedir a mí.  Y desde ya te digo que seré muy ambiciosa.  Esta vez nada de libros, perfumes ni electrodomésticos. 

Pero no corras a tu alcancía ni le pidas prestado a papá. 

Quiero que me regales una sonrisa de esas tuyas que me ilumina el día, aunque haya sido un día agotador, lleno de problemas. 

Quiero un aleteo de esas alitas tiernas, que aún vuelan bajito, y todavía cerca de mí.  Es que mis alas están heridas… y  verte en acción me ayudará a curarlas.

Quiero un poco de tu inocencia y de tu inmensa capacidad de asombro.  Porque de tanto andar, a los adultos se nos va perdiendo.  Y no vale la pena vivir si ya no nos conmueve nada.

Un pedacito de tu imaginación sin límites.  Para soñar un mundo mejor.  Y un puñadito de tu esperanza, para creerlo posible.

Quiero que me regales tu paciencia, la que ponés a prueba construyendo fuertes con tus ladrillos, la que a mí me falta. 

Un poquito de tu confianza en vos mismo.  No soy tan segura como pretendo que creas. 

Una porción de tu tiempo de niño, que no conoce de corridas más que para ir a jugar.  Ya no quiero estar siempre apurada.

Y una pizca de tu alegría.  No pasa un día entero sin que te rías.  Y necesito que me contagies.

Quiero que me regales la generosidad con la que repartís tus caramelos. No permitas que me olvide cuánto se disfruta al dar.

Quiero un puñado de tus palabras.  Porque, aunque no lo creas, a veces se me terminan y no sé por dónde empezar.

Quiero un poco de tolerancia.  Esa con la que dejás pasar ciertas cosas.  A  veces hago un mundo por algo que no vale la pena. 

Y un poquito de perseverancia.  La que te ayudó a memorizar las tablas que más te costaban.  Si supieras con qué facilidad los grandes nos damos por vencidos, te sorprenderías.

Quiero que me regales tu fe intacta.  La mía se ha ido gastando a fuerza de decepciones.  Y tu audacia, para que el miedo ya no me detenga.

Quiero un paseo en tu bici superveloz y después, hamacarnos juntos.  Necesito volver a ser feliz con las cosas simples.

La amplitud de tu pensamiento, para ser menos prejuiciosa.  Y un puñado de tu lucidez, para cuando pierdo de vista qué es lo importante.

Quiero un abrazo de oso, un tirón de orejas y un beso con mucho ruido.

Pido mucho.  Lo sé.  Pero no es tanto para vos, que ya me has dado el más grande de los regalos: el milagro de haber nacido.

Dos días de paz

Tanto esperarlo, por fin llegó.  Hacía semanas que lo venías planificando con tus amigos: quién en cada carpa,  cuáles travesuras.

No me dejaste hacer nada.  Apenas si pude espiar mientras guardabas tu ropa y luchabas para meter todo en la mochila.

Yo sólo quería ayudarte.  Si doblabas las remeras y los buzos iban a entrar mejor que hechos un bollo.  Pero no había caso.

“Mamá el que se va de campamento soy yo”  es una frase que repetiste y que escuché, hasta cansarnos los dos.

Y es que estamos en la edad exacta en que el amor de las madres tiene que camuflarse, adoptar una nueva forma.  Hoy mismo lo precisaste invisible.  Entonces yo esperé a que te durmieras y, lista en mano, repasé una a una las cosas que debías llevar.  Con orgullo y sorpresa descubrí que no te habías olvidado de nada.  Doblé tu ropa para hacerte lugar y volví a guardarlo todo, para que así lo encontraras al despertarte.

No me olvidé de comprarte la lupa ni pilas para la linterna.  Difícilmente una pueda olvidar algo que le recuerdan tantas veces por día, como vos me lo recordabas.

Me dijiste que ibas a cocinar y a pelar papas.  Me emociona imaginarlo.  Y pagaría por verlo.  ¿Será verdad?

Esta mañana no tuve que gritar.  Creo que fue la primera vez en tantos años de colegio.  La palabra mágica fue “campamento”, y saltaste de la cama.

En el camino te recordé que sacaras con cuidado tus cosas, que trataras de no perder nada, y que te abrigaras bien a la noche.  Sobre el protector solar y el repelente para los mosquitos hace una semana que venimos teniendo largas conversaciones.

Al bajar del auto no saliste corriendo como todos los días al llegar a la escuela.  Esta vez te detuviste un momento.  Me diste tiempo para descargar en tus cachetes el arsenal de besos que tenía para vos.  Sé que los necesitabas.  Y yo también.

Porque es verdad, en ciertos momentos de la crianza las cosas son así.  El hijo se hace grande y la mamá pequeña, casi imperceptible.  Como si para que uno creciera el otro casi, casi, tuviera que desaparecer. 

Pero es sólo una ilusión.  Lo cierto es que crecemos los dos.  Todos los días.  Sólo hay que estar atento y hacerle lugar a los cambios.

Un amor, por volverse invisible, no es menos amor.  Más bien lo contrario.  Es un amor generoso que le abre paso al otro y le permite demostrarse que puede por sí mismo.  Que no asfixia y lo deja ser.  Que aunque poco a poco le vaya entregando las riendas, no dejará de acompañar.  Y sobre todo, es una red de apoyo y contención que siempre estará allí, aunque no se vea.

Ya te avisé que voy a esperarte con tu torta favorita.  Y como siempre te digo, te voy a extrañar pero al mismo tiempo voy a estar feliz porque sé que te estás divirtiendo.

Benditos sean estos dos días de paz… ¡Pero qué raros son!

Treinta y tres hombres

Treinta y tres hombres atrapados en un pozo oscuro y profundo. 

Hambrientos de aire, de sol.  Luchando desesperadamente por sobrevivir.

Sólo podrá salvarlos un esfuerzo mancomunado ignorante de fronteras.  Y la esperanza, la solidaridad.

¿Alguien pudo haber pensando una metáfora mejor para reflejarnos?

Ojalá finalmente triunfe esa esperanza, ese esfuerzo común. 

Que se salven los mineros.  Que nos salvemos todos.

Día del Niño

Más allá de los mimos y los regalitos, que bien merecidos  los tienen por llenar nuestras vidas de amor… Ojalá podamos darles una sociedad con más justicia y seguridad. Un mundo más respetuoso, más igualitario. Una humanidad más comprometida con el semejante. Un planeta más saludable. Seamos mejores para ellos. Vale la pena el esfuerzo, ¿no creen?

Ruleta Rusa (el caso de Carolina y su bebé)

Ya no nos preguntamos más que una cosa, y es cuándo nos va a tocar. 

Porque estamos metidos en un juego perverso, en una especie de ruleta rusa donde, tarde o temprano, sucederá.

Mientras el planeta político sigue, como siempre, en gran medida ajeno a los reclamos y necesidades puntuales de los ciudadanos, la pregunta no nos deja en paz.

Ya no somos libres.  Aunque no estemos presos como los que nos acechan debieran estar.

Ya no somos libres porque no podemos andar descuidados, porque un segundo de distracción nos puede costar la vida.  Porque llevar a nuestros hijos a la plaza o realizar un trámite bancario se han convertido en actividades de alto riesgo.

La secuencia irrefrenable del horror cotidiano ha corrido los límites de nuestro espanto.  Nos fuimos acostumbrando a esperar que mañana sea aún peor que hoy.

Ya no hay frenos ni miramientos entre los delincuentes, posiblemente porque saben que no habrá castigo, y si lo hay, será leve y fugaz.

Apuntan a niños, disparan a ancianos, balean a una mujer embarazada.

El caso de Carolina nos estremeció a todos.  Y creo que no sólo por la cobardía y la saña con la que obraron los asaltantes.  Me parece que también fue porque tuvimos la oportunidad de ver la reacción de su esposo al enterarse de lo sucedido.

Mientras el hombre preguntaba y un policía le contestaba que le habían disparado a su mujer, fue imposible no reflejarnos en su desgarro y su desesperación.

Rara vez uno es testigo de una escena así.  El momento en que al ser querido se lo cuentan.

Entonces no sólo nos conmovió la brutalidad frente a la indefensión, la falta de respeto absoluta por lo más sagrado, la vida.  También nos conmovió pensar que cualquier día, cualquiera de nosotros, puede vivir el terrible instante de saber.  De saber que quien amamos fue sorprendido por la bala de esa ruleta rusa a la que jueces garantistas y legisladores distraídos nos obligan a jugar.

Favaloro. Diez años después.

Cuando pienso en él, de alguna forma, me siento culpable.

No fui yo quien apretó el gatillo.  Claro que no.  De hecho, creo que no hice otra cosa más que admirarlo durante toda mi vida.

Pero soy parte de una sociedad que muchas veces elige mirar hacia otro lado, que calla y consiente frente a la corrupción nuestra de cada día, como si no fuera posible hacer las cosas de un modo diferente.  Y se resigna.

Soy parte de una sociedad sorda y ciega, simplemente porque no se anima a ver ni a escuchar.  Y entonces se aturde con lo intranscendente, y deja pasar. 

De tanto dejar pasar estamos ya anestesiados, sin reacción.  Casi todo da igual.

Pero él destacaba.  Era un tipo increíble, por su enorme talento, por su humanidad.

Porque era honesto, brillante, comprometido, humilde.  Un hombre íntegro.  Un maestro.

Quizá demasiado para esta Argentina a veces tan corrupta, a veces tan brutal.

Favaloro, diez años después, no dejo de preguntarme si acaso te merecíamos.

Si no nos quedabas grande, y por eso no supimos escucharte ni entenderte.  Y entonces permitimos que un puñado de miserables te empujara al final.

Y eso me provoca culpa.  No fui yo quien apretó el gatillo.  Claro que no.  En una de esas fuimos todos.


IMPORTANTE. Los contenidos y/o comentarios vertidos en este servicio son exclusiva responsabilidad de sus autores así como las consecuencias legales derivadas de su publicación. Los mismos no reflejan las opiniones y/o línea editorial de Blogs de la Gente, quien eliminará los contenidos y/o comentarios que violen sus Términos y condiciones. Denunciar contenido.
AgenciaBlog