Desde la última fila
Nuestra historia empezó conmigo y mi panza en el centro de la escena, acaparando mimos, cuidados y atención. Y durante mucho tiempo siguió así, porque aunque el receptor primario de esos esmeros fueras vos, yo era tu partenaire de lujo, y compartíamos los aplausos.
Sin embargo, de a poquito y con disimulo, empecé a cederte protagonismo.
Pasé de figura principal a testigo privilegiada. Y en tal carácter asistí, con una emoción difícil de poner en palabras, a tu primer pasito, a tu primera entrada –lloroso- al jardín, a tu primer diente bajo la almohada.
Por entonces era tan claro e indiscutible que el centro de la escena te pertenecía, como que yo podía sentirme, todavía, imprescindible.
Hasta que un buen día me senté en una butaca de la primera fila. Desde allí te acompañé, como los apuntadores, para soplarte si hacía falta, pero sobre todo, para que te sientas seguro.
Lenta y progresivamente, de la primera fila pasé a la segunda y a la tercera. Y con el transcurrir de los años, seguí hasta ubicarme donde estoy hoy, casi al final de la sala.
No por apatía o desinterés, sino porque era preciso, para que crecieras, que yo me fuera corriendo.
En cualquier otro contexto moriría de celos. Pero la relación madre-hijo es diferente de todas las que conozco. No hay en ella batalla de egos ni lugar para el egoísmo. No admite problemas de cartel.
Con gusto te he cedido el escenario, y con gusto disfruto, en esta última fila, el verte actuar.
Aquí las cosas se perciben distintas, con otra perspectiva. El camino recorrido es largo, y muchos los desaciertos. Pero esta distancia en el espacio y en el tiempo me permite ser más indulgente, incluso conmigo misma.
Porque no creas que he sido siempre la mamá que quise. No creas que nunca dudé. Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que fueron más las veces que con mi mano temblorosa te guié, que aquellas que lo hice con total seguridad.
Sin embargo, hay algo que redime de los errores o que permite juzgarlos con menos severidad. El antídoto perfecto para las metidas de pata.
El mismo algo que, a pesar de los cambios de posición y de las nuevas formas, se mantiene inalterable.
Y es ese amor sublime, el único que sabe de absolutos y para siempres, que ejercemos las mamás. El que no por extraordinario, deja de ser para nosotras cosa de todos los días.
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