Coronados de gloria… ¿o de olvido?

Publicado en Diario Clarín el 22.12.11

“Coronados de gloria vivamos.
O juremos con gloria morir”.
Esos versos, si nos detenemos un segundo a pensar, ponen la piel de gallina.
Y también pone la piel de gallina un dato atroz: la cantidad de suicidios entre nuestros veteranos de guerra supera a la cantidad de fallecidos en combate.
Porque así como tantos murieron cubiertos de gloria, otros se han quitado la vida cubiertos de olvido, de promesas incumplidas, de indiferencia.
La falta de memoria es, lisa y llanamente, la peor de las injusticias.
La que ninguno de aquellos chicos, que en ese abril del ´82 se hicieron hombres de prepo, empujados a una guerra para la que no estaban preparados, se merece.
Muchos de ellos han quedado custodiando las islas, sumiendo a sus familias en un dolor que no se supera. Y muchos hoy aún comparten nuestra mesa y nuestras vidas, cargando una mochila de recuerdos y angustias que sólo ellos saben lo que pesa.
No los descuidemos. No los ignoremos. Sepamos darles el lugar que se han ganado.
Malvinas es una herida abierta que no para de sangrar. La cicatriz está lejos. La sanación no va a llegar hasta que dejemos de ocultarla. Nadie se cura evadiendo la verdad, el único camino es hacerle frente.
Hoy, casi treinta años después, varios proyectos que tienen a los excombatientes como protagonistas duermen en el Congreso. Las mezquindades y oportunismos pudieron más. Como pudo más el abandono y la desidia, elegir mirar hacia otro lado.
Seguramente, el próximo 2 de abril habrá marchas y palabras grandilocuentes. Pero el sentimiento malvinero y el reconocimiento a nuestros héroes no tiene que agotarse allí.
La sociedad y el estado debemos honrarlos y agradecerles. Ayudarlos, de algún modo, a sobrellevar sus heridas.
Para que ninguno de ellos vuelva a decir BASTA porque el sufrimiento de la guerra más el olvido más la indiferencia resulta una suma demasiado dolorosa como para seguir viviendo.

Egresando…

En un momento como este podría ponerme a calcular cuánto tiempo exacto, cuántos años, cuántos meses. A recordar fechas y eventos. A encerrar lo vivido en una serie de datos de esos que a los adultos, por lo general, nos dejan tranquilos.
Pero con vos aprendí que las cifras, los montos y tantas otras variables que parecen dominar el mundo, en realidad no son importantes.
Las cosas más valiosas son imposibles de contabilizar. De medir, de pesar.
Entonces me quedo con tu carita del primer día. Tus ojos abiertos de par en par, susto y ganas, mitad y mitad. Un universo de preguntas. Un desfile de pequeños rostros extraños. Y un puñadito de valor para animarse a entrar.
Cargabas a duras penas una mochila llena de útiles, cuadernos, lápices de colores. Todo el miedo y toda la expectativa.
Y mi miedo no era más chiquito que el tuyo, te lo puedo asegurar. Aunque haya hecho un enorme esfuerzo por demostrarte lo contrario.
Muchos de aquellos rostros desconocidos son hoy tus amigos. Los que te enseñaron a compartir, a jugarte por alguien, a pelearte de vez en cuando y a pedir perdón. Lecciones fundamentales para la vida que te espera.
Sin duda la amistad es, por lejos, el mejor de los tesoros que pudiste encontrar. Pero atención que no es un tesoro cualquiera. No es como un cofre colmado de oro o un montón de alhajas costosas. Es un tesoro que está vivo, que necesita dedicación y cuidados para seguir latiendo.
Pronto vas a saber que el último paso de un camino coincide siempre con el primer paso del camino siguiente. Por eso, cada ciclo que se cierra es, al mismo tiempo, un comienzo, una aventura por descubrir.
Hoy tu mochila está nuevamente repleta. Guarda los recuerdos de una etapa imborrable. Momentos que te ayudaron a crecer. Aprendizajes de aula pero por sobre todo de recreos.
Y lo curioso es que aunque está llena, no te pesa. Quizá porque no sólo llevás en ella lo necesario para iniciar una nueva etapa, sino porque es preciso que la sientas liviana para que puedas, por fin, empezar a volar.

Desde la última fila

Nuestra historia empezó conmigo y mi panza en el centro de la escena, acaparando mimos, cuidados y atención. Y durante mucho tiempo siguió así, porque aunque el receptor primario de esos esmeros fueras vos, yo era tu partenaire de lujo, y compartíamos los aplausos.
Sin embargo, de a poquito y con disimulo, empecé a cederte protagonismo.
Pasé de figura principal a testigo privilegiada. Y en tal carácter asistí, con una emoción difícil de poner en palabras, a tu primer pasito, a tu primera entrada –lloroso- al jardín, a tu primer diente bajo la almohada.
Por entonces era tan claro e indiscutible que el centro de la escena te pertenecía, como que yo podía sentirme, todavía, imprescindible.
Hasta que un buen día me senté en una butaca de la primera fila. Desde allí te acompañé, como los apuntadores, para soplarte si hacía falta, pero sobre todo, para que te sientas seguro.
Lenta y progresivamente, de la primera fila pasé a la segunda y a la tercera. Y con el transcurrir de los años, seguí hasta ubicarme donde estoy hoy, casi al final de la sala.
No por apatía o desinterés, sino porque era preciso, para que crecieras, que yo me fuera corriendo.
En cualquier otro contexto moriría de celos. Pero la relación madre-hijo es diferente de todas las que conozco. No hay en ella batalla de egos ni lugar para el egoísmo. No admite problemas de cartel.
Con gusto te he cedido el escenario, y con gusto disfruto, en esta última fila, el verte actuar.
Aquí las cosas se perciben distintas, con otra perspectiva. El camino recorrido es largo, y muchos los desaciertos. Pero esta distancia en el espacio y en el tiempo me permite ser más indulgente, incluso conmigo misma.
Porque no creas que he sido siempre la mamá que quise. No creas que nunca dudé. Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que fueron más las veces que con mi mano temblorosa te guié, que aquellas que lo hice con total seguridad.
Sin embargo, hay algo que redime de los errores o que permite juzgarlos con menos severidad. El antídoto perfecto para las metidas de pata.
El mismo algo que, a pesar de los cambios de posición y de las nuevas formas, se mantiene inalterable.
Y es ese amor sublime, el único que sabe de absolutos y para siempres, que ejercemos las mamás. El que no por extraordinario, deja de ser para nosotras cosa de todos los días.

Tu cajita de cristal

Voy a contarte un secreto. Ahora mismo, mientras el bip de los monitores suena como música de fondo, y las suelas de goma de las enfermeras repiquetean sin parar.
Esta es nuestra vida hoy, este es nuestro lugar. Y está bien que así sea, porque aquí es posible cuidarte como lo merecés y lo necesitás, aunque seas muy chiquito para entenderlo todavía.
Pero allá, afuera de tu cajita de cristal, y más adelante, hay un mundo que te espera.
Un mundo lejos de los pinchazos y los estudios, de mis angustias y mi preocupación.
Porque parece imposible, pero van a llegar días llenos de otras cosas. Meriendas, paseos en bici, dientes bajo tu almohada. Tablas de multiplicar, bizcochuelos y cumpleaños.
Para eso trabajan los doctores, para darnos esa posibilidad.
Llegará también el día en que tendré que olvidarme por un momento cuán duro fue lo que pasamos porque voy a precisar retarte, decirte NO, decirte BASTA.
Ya sé que suena extraño, pero eso va a llegar. Aunque a veces hasta yo misma crea que viviré eternamente contando los gramos que subís o bajás y esforzándome por comprender términos médicos que jamás había escuchado.
Porque este es nuestro sitio ahora, pero al mismo tiempo nos sentimos raros.
Salvo en esos ratitos en que tu mano se agarra de mi dedo, o en que me ayudan a sacarte de tu cajita para apoyarte sobre mi pecho.
Ahí desaparece todo alrededor. No hay bips, no hay ajetreo, no hay nada ni nadie excepto vos y yo.
Si algo entendí últimamente es que un montón de cosas que me parecían importantes ya no lo son. Y a la vez, muchas otras que antes ignoraba se han vuelto imprescindibles. Como esos ratitos de los dos.
Aprendí que así de pequeño y frágil como te ves, podés darme lecciones de fortaleza, y que hace falta ser muy valiente para ponerse a tu altura.
Quizá por eso, es tu manito diminuta lo que con más fuerza me aferra a la vida.

Por la violencia en las aulas: debate y reflexión.

http://www.clarin.com/opinion/violencia-aulas-debate-reflexion_0_565743567.html

Papá es más bueno que yo

Lo tengo muy claro. No necesito ni que me lo digan. Pero igual me lo dicen siempre. Papá es más bueno que yo.
Sé que a escondidas le piden lo que saben que les voy a negar. Y que con él guardan secretos y travesuras de las que jamás me enteraré.
Papá tiene la loca idea de que jugar a la pelota en el living es posible, y de que comer un balde repleto de pochoclos no les va a hacer doler la panza.
No niega paseos ni golosinas, y se sabe de memoria el camino hasta la fábrica de figuritas, para comprar las poquitas que les faltan para completar el álbum.
Es raro escucharlo gritar, es difícil verlo enojado.
El caos no lo incomoda. Nunca, en todos estos años, lo escuché pedirles que ordenen o guarden sus cosas.
Papá les perdona el baño y el cepillado de dientes con una frecuencia escandalosa.
Y siempre le reprocharé el haber sido cómplice de ustedes el día en que, a mis espaldas, tiraron la leche por el inodoro, cansados de escucharme que se la terminen de una vez.
No le parece grave que no acaben la comida de su plato ni que vuelvan de jugar embarrados hasta las orejas. Y si el pelotazo reventó un vidrio, la culpa no será de ustedes. Jamás podrán contar con una mejor defensa.
Papá está al tanto de los últimos adelantos, juegos en video y novedades informáticas. Maneja con naturalidad ese lenguaje moderno que yo difícilmente algún día entenderé.
No importa lo cansado que esté, siempre va a empuñar su raqueta o a patear penales con tal de no decepcionarlos.
Papá es el valiente que terminó, uno por uno, con todos los monstruos que se escondían debajo de la cama o detrás de la cortina del baño.
Si me toca salir una noche, me despiden con una sospechosa alegría. Y es que la cena será una pizza y no habrá horarios para acostarse.
Papá es un genio, lo más, y un kapo con “k”, como suelen decir.
Si por él fuera crearía para ustedes un mundo sin clases y sin relojes. Un mundo pura diversión, siempre de vacaciones.
Pero aunque no parezca, y tal vez los decepcione, quiero decirles que papá y yo somos un equipo.
Ni él es tan permisivo ni yo tan estructurada.
En este difícil arte de la crianza vamos estableciendo códigos y acuerdos, y aunque cada cual juega su rol, si es necesario los intercambiamos.
Tenemos bastante claro qué nos parece importante y qué no. En qué aspectos no es grave ceder y en cuáles debemos mantenernos firmes a ultranza.
Pero fuera de esa certeza, no hay muchas otras. Ser padres es un camino en el que se aprende, como en tantos otros, a medida que se avanza.
Quizá no me crean, pero no estoy celosa. Y aunque él es tan bueno y yo soy tan mala, hay algo que no pueden dejar de reconocer: tendrán al mejor papá del mundo, de acuerdo… pero la que se los elegí soy yo.

El ojo en la cerradura

Hace un mes abríamos bien grandes los ojos y nos tapábamos la boca, horrorizados.
Desde nuestros púlpitos sagrados nos rasgábamos las vestiduras y nos disponíamos, sin más, a lapidarla.
Porque allí donde lo resolvemos todo, la mesa de cualquier café o una charla de peluquería, como decidimos la formación del seleccionado de fútbol o quién es el asesino en el caso de moda, lanzamos nuestro implacable veredicto: culpable.
Con una soberbia atroz, ignorando que la vida es una cosa de lo más compleja y que muchas veces apenas si hacemos lo que podemos. Que no somos libres para arrojar ni una sola de todas las piedras que tiramos.
Levantamos nuestro impoluto dedo para señalarla, para acusarla, como si esa necesidad enferma de meternos en los asuntos ajenos nos diera algún derecho o nos dotara de alguna superioridad.
Más bien todo lo contrario, creo que esa curiosidad morbosa sólo pone al descubierto nuestras propias miserias, nuestra mediocridad.
¿Acaso tenemos vidas tan pobres que precisamos alimentarlas con lo que viven los demás?
¿No sería más provechoso dedicar igual tiempo y energía en mirarnos hacia adentro? Si empleáramos la mitad del esfuerzo que ponemos en meter el ojo en la cerradura ajena, a un ejercicio introspectivo, a enmendar nuestras propias macanas; seríamos mejores personas.
Hoy nos sacudió una noticia muy triste. Aquella mujer que hace un mes ungimos pecadora del momento, ha perdido a su bebé. Un dolor tan desgarrador que el solo hecho de imaginarlo nos parte en dos. Entonces ahora nos solidarizamos con ella, la acompañamos en su tristeza, le deseamos fuerza y entereza para poder superarlo.
La rescatamos del fuego de la hoguera. La elevamos, del suelo al cielo, sin escalas ni vergüenzas, a pura hipocresía.
Con esa increíble habilidad para gambetear responsabilidades, diremos que corresponden a los medios, a las revistas, a la tevé basura.
Ya basta de cuentos.
La culpa, en estos casos, tanto la tiene el chancho como el que le da de comer.

El otro carnaval

Dicen que sólo son tres días, que se termina en marzo, pero todos sabemos que no es verdad.

Está a punto de empezar, para nosotros, el otro carnaval.

Casi que ha comenzado, con algún adelantado que no puede esperar.

Año electoral, otra vez.  Eso significa, en buen criollo, hordas de candidatos a la caza de votos.  A como dé lugar.

Los que están arriba, en las carrozas, ensalzan sus logros y disimulan los yerros.  Se aferran.

Los que vienen a pie, se zarandean como locos y agitan sus banderas para figurar.

No se echan espuma y serpentina a la cara.  No es tan divertido.  Se tiran con la gente que no tiene techo, con las cifras de la inflación y con el drama de la inseguridad.

Para el público ilustrado, ensayan propuestas atractivas a medida de las clases medias y altas.  Se trenzan en debates donde no abundan las ideas, pero al menos podemos notar quién pudo pagarse el jefe de campaña más caro y el mejor asesor de imagen.

Para las masas, un desfile de sandeces que incluyen desde bailar sin gracia en el programa de mayor audiencia, hasta contar chistes o simular entretenerse frente al imitador que los ridiculiza.

Los slogans suenan a chiste malo.  Muy malo.  Y los spots publicitarios nos bombardean hasta el hartazgo.

La oratoria es brillante.  Pero sólo bla bla bla.

El despliegue es monumental, nunca escatiman en gastos. 

Todo es estridente y exagerado.  Grandilocuente y efectista. Puro show.

El ruido ensordecedor de las murgas no nos deja pensar. 

Estamos resignados.  Nos preguntamos solamente si ganará el aparato o la figurita de moda.  Si la estructura que lleva a cientos de miles, como rebaño, al cuarto oscuro, o el que es más pintón. ¿Acaso es la única duda?  De que nada cambiará, parece que estuviéramos seguros.

Por eso creo, argentinos, que es hora de parar este corso.  De decir basta.  Queremos propuestas serias.  Y después de esas propuestas, queremos hechos.  De una vez por todas tenemos que crecer y demandar algo más que carisma y popularidad. 

Si maduramos, nuestra clase política estará obligada a hacerlo.

A sacarse los disfraces, a quitarse las caretas.  Apelarán a otra cosa que no sea nuestra fragilidad de memoria o nuestra desidia.

Apostemos por esos valores que no tienen tanta prensa pero son los que de verdad importan: honestidad, coherencia, capacidad.

Demostremos que somos un pueblo al que no pueden seguir subestimando, que somos más que los espectadores de un corso patético.  Y que se termine este carnaval.

Entrar en su mundo

No hace falta que se lo pidas.  Ellos siempre te abren las puertas de su mundo y te invitan a pasar.  Son increíblemente generosos.

Se corren un poquito y te hacen un lugar en su infancia.  Dándote la posibilidad de volver a verlo todo con ojos de niño.

Sólo hay que sacarse el uniforme de grande, el disfraz de persona seria, y dejarse llevar.

Para hamacarse mil veces, compartiendo esa sensación de libertad y cosquillas en la panza mientras la hamaca sube hasta el cielo y parece que vamos a alcanzarlo.

Para emocionarse hasta llorar viendo una peli.  Y permitirnos volver a creer en aquellas cosas que, se supone, los adultos ya no creemos.

Para reírnos hasta no poder más en una guerra de almohadas o de cosquillas.

Ellos te dan la oportunidad de volver a la niñez, de rescatar emociones y travesuras.  Porque no tienen los miedos ni los pudores que a los grandes, tantas veces, nos frenan y nos impiden disfrutar.

Para el niño el mundo es un lugar enorme y fascinante, pero que a la vez, puede entrar en la palma de su mano. 

Todo está por hacerse, todo está por empezar.  Todo necesita ser explorado y descubierto.  Tienen que probarlo, y ya. 

Hay que revolcarse en el barro, meter el dedo en la torta y chapotear en los charcos… Hay que decir todas las palabrotas,  saltar en los sillones, tocar los timbres y salir corriendo…  Hay que reírse hasta reventar y preguntar hasta el infinito.

Los chicos tienen una pureza y una autenticidad conmovedoras.  Son alegres, compasivos y activos militantes de la vida.  Esencialmente optimistas, saben, por naturaleza, disfrutar a cada instante de las cosas. 

Si alguna que otra vez, en lugar de preocuparnos tanto por los deberes y los límites, nos permitiéramos contagiarnos de su inocencia y de su ternura, seguramente el mundo distinto que soñamos para ellos estaría mucho, pero mucho más cerca.

El baile de la silla

Un nuevo paro docente en la provincia.  Otro más. Y me  pregunto: ¿habrá un modo de reclamar que no implique estropear el futuro de los chicos? La brecha entre los que pueden acceder a la educación privada y los que sólo pueden a la pública ya es abismal, insalvable. ¿Se acuerdan de la igualdad de oportunidades? ¿Del derecho a aprender?

Un nuevo piquete en la ciudad.  Otro más.  Y me pregunto: ¿habrá una forma de reclamar que no implique coartar la circulación de los demás?  Ya es imposible llegar a horario al trabajo, cumplir con los compromisos diarios, simplemente viajar.  ¿Se acuerdan del derecho a transitar libremente?

Una nueva protesta nos deja sin subtes, sin aviones, sin rutas, sin escuelas, sin salud.

La lista es larga, casi infinita, y cada día sigue creciendo… a pesar de lo que dice la ley.

Porque en realidad contamos con principios legales que suenan tan bonitos como utópicos. Que son palabras nada más.

Un puñado de verdades que sólo tienen sentido formal, que en lo cotidiano no existen.

Los argentinos debiéramos aprender a ejercer nuestros derechos sin atropellar los derechos de los demás. 

Habrá que ser más originales, más creativos, habrá que buscar nuevos caminos.  Si para tantas cosas podemos, para esto también hemos de poder.

Parece que jugáramos al baile de la silla de nuestra infancia.  Donde lo único que importaba era que, cuando parara la música, uno pudiera sentarse.  A los codazos, a los empujones, de cualquier forma. 

Todo vale.  En una lógica tremendamente egoísta me importa lo mío y nada más.

Cuánto me gustaría que pudiéramos superar esa niñez caprichosa y acercarnos a la juventud, donde empezamos a soñar grande, a pensar en el cambio, en construir.

¿Dónde están hoy esos sueños? ¿Cuáles son nuestros ideales? Apenas seguir colgados, enganchados del sistema.  Aunque el hacerlo implique bajar a unos cuantos.  Si yo consigo sentarme, ¿qué más da?

Rescatemos nuestro sentido de la solidaridad y de pensarnos en conjunto.  Rescatemos la posibilidad de crecer y de cambiar, de sentirlo posible.  Esa, creo, será la única forma de rescatarnos. 

Y también, de poder mirar a la cara a nuestros hijos sabiendo que hacemos lo posible por dejarles un país mejor.  Que no sólo, tristemente,  nos conformamos con lo que hay.


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