Capítulo 7: El misterio navideño

Escritor: Johny Lima |Ilustrador: Paio |Cuento de Navidad 2008
República Popular de Rafaela, diez minutos después de la Navidad
Un cielo oscuro, salpicado de diamantes, las copas de los árboles de la Plaza 25 de Mayo, la Estatua del Señor San Martín Apuntando, las calles desiertas. Un silencio de Navidad cumpliéndose, apenas quebrado por el sonido lejano de cohetes, cohetes de rojos y violetas, de vueltas, de vamos y venimos en los aires, bailando su danza cumbiera; y la existencia del mundo, ajena al grupo de personas ahí en la plaza.
El chico guardó el revólver en la cartuchera, todavía sin poder creer lo que había pasado. Era imposible, no tenía sentido. ¿Cómo podía haber hecho eso?
Superman y la Pantera Rosa y Pedro miraban, sin poder entender lo que había pasado. Paloma y Baustista, con sus patines y sus colectivos verdes, miraban llorando. Los dos pistoleros enfrentados, y el Enemigo de la Navidad, ese hombre de negro, tan flaco que necesitaba pasar dos veces para dibujar una sombra, cayendo por el disparo.
La familia, que había abandonado su Navidad, su Lanús, por las señales, traídas por tres Reyes Vagos, cordobeses más que Monas y Potros… Y el Tortuga, misterioso Señor de las Visiones, acompañado de su loba lazarilla.
Todos ahí. Ninguno ahí. Presentes y al mismo tiempo en otro lado, tratando de entender. ¿Por qué a ellos, por qué esa Navidad, esa Navidad como un parto, de un dolor nuevo, de unos nervios, de una sombra que nunca habían sentido? Tampoco entendían al pibe, ¿cómo podía estar parado enfrente del viejo y no sentir nada, no asombrarse, no temblar?
Zarpado, pensaba, separado por kilómetros de los otros, porque las distancias las inventó la Humanidad, y las inventó con el corazón. Y su corazón estaba muy lejos de los otros, esos otros que no entienden que hice lo que tenía que hacer… Fue él, el que batió cualquiera, yo hice la mía.
Este pibe está loco…
¿Mamá, por qué hizo eso el señor?
No quiero mi camión si es por eso…
Nunca pensé que las señales trataban de mostrarme esto…
Afirmando la gorra, se acercó al viejo, que yacía, ahí cerquita, mientras la vida adentro iba bajando el volumen de a poquito. El ojo de vidrio, de a poco se moría y el chico no sabía cómo evitarlo. Llegó hasta al lado del hombre, se agachó, ignorante de los quejidos del jean, para preguntarle, por qué lo había hecho. Había otra salida, supongo. Obviamente, pero era parte del plan, siempre lo fue. No entiendo. Y hacés bien, no se trata de entender, pibe, no se trata de entender.
El viejo alzó las manos ensangrentadas y le acarició la cara, que fue maquillando de rojo. Desde el principio, las dudas, las palabras en la Ciudad de Córdoba, todo había sido orquestado para llegar a esa noche. Inclusivo los últimos eventos, los de esa Nochebuena fatídica, iban saliendo tal y como la adivina Circe lo había predicho. No se trata de entender, le dijo, se trata de sentir. Y ahora ellos, ellos allá, están sintiendo. Pero sienten miedo, sienten duda, no saben lo que está pasando. Ya van a ver…
¡Ahh, a propósito! Fuiste un buen chico, dijo el viejo de negro, y sacó de abajo de la túnica que se fundía con la noche, un revólver. Un revólver como el chico nunca había visto antes.
De a poquito, los cables, que le hacían cortocircuito, se le fueron acomodando, y todo eso que había creído hasta ese momento, agarro una pinta nueva, la pinta definitiva.
Estamos señores en la República Popular de Rafaela, siendo las cero horas, con quince minutos. Papá Noel, sí, aquel del que todos dudaban su existencia, yace, en “Mute” la vida, sobre el césped de la Plaza Central. Y un chico llovizna, sufre la pérdida del hombre de negro, mientras allá, un hombre sin una pierna, los Reyes Vagos, dos chiquitos con padres y regalos, una familia completa de Lanús y una loba lazarilla no lo pueden creer.
Papá Noel essiste. Essiste y acaba de morir enfrente de ellos.
De repente, una luz brota del ojo de vidrio. Qué carajo, piensan todos, pero a la estrella que brilla, la luz de Galadriel en versión navideña, poco le importan disquicisiones humanas, mundanas. La vida vuelve a subir el volúmen del hombre. Un millón de fantasmas rojos, azules, verdes y de otras yerbas baja desde el cielo, en trineos, cohetes, estrellas y hasta escobas, vehículos para todas las culturas. Se fusionan los mil Noeles, Santa Clauses, Nicolases, y demás etcéteras.
Al final, el hombre de negro se levanta, se levanta de blanco, y se aleja, en silencio, en dirección al horizonte, al horizonte señalado por San Martín.
Todos ahí. Ninguno ahí. Presentes y al mismo tiempo en otro lado, tratando de entender.
Pero no se trata de entender…
Capítulo 6: ¿Será una señal?|Pueden leerlo acá o acá
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