El drama de cobrar en pesos y pagar en dólares

¿Cuánto tiempo hay que trabajar en Argentina para comprarse un BMW serie 3? Nueve años. En Europa, uno y medio. Trabajando aquí ese tiempo, sólo es posible comprarse un Fiat Uno. Se entiende que en las autopistas alemanas –increíble, pero cierto- haya Porsches 911de la “bundes Polizie” o que la mayoría de los móviles de la Scotland Yard inglesa sean BMW.

La mejor forma de comparar el nivel de vida en dos países es medir el tiempo de trabajo necesario para adquirir un mismo producto. El cálculo del “esfuerzo financiero” determina la “accesibilidad” de lo que se compra, desde una 4×4 a un yogurt.

Como veremos a continuación, Argentina es un país donde hay que trabajar el doble, y hasta el triple que en Europa, para comprar la mayor parte de los productos de uso diario. La razón es clara: la economía argentina está dolarizada en sus precios y pesificada en sus sueldos.

Si tomamos un ciudadano medio argentino que gane 1.500 pesos y vemos lo que puede comprar en comparación con un europeo que gane lo mismo en su moneda corriente, 1.500 euros, veremos que en Argentina casi todo sale, proporcionalmente, tres veces más caro. Así, un auto 0 Km. se paga aquí a precio dólar/euro, cuando en EEUU o en Europa ese mismo precio es pagado por trabajadores que ganan lo mismos 1.500 de media, pero en vez de pesos, dólares o euros: es decir, nominal y proporcionalmente, entre 3.5 y 4.5 veces más.

El proteccionismo histórico practicado por Argentina tiene a corto plazo un efecto benefactor sobre la industria nacional. Pero toda política de Estado concebida al margen del mercado internacional, esconde en el fondo una trampa, ya que se trata de un juego de “suma cero”: lo que se gana por un lado, se pierde por otro. En nuestro caso, proteger la industria nacional (oferta) se hace a cargo de penalizar al consumidor (demanda). Nos encontramos así con la paradoja de que se protege a nuestras fábricas a costa de hacerle pagar tres veces más al mismo trabajador al que se protege. Una política tan bienintencionada como poco práctica. Por mucho que la Presidenta se jacte de que Obama siga las recetas de Perón, algo falla en un país cuando unas zapatillas Nike se llevan la mitad del sueldo de la cajera de un supermercado.

“No queremos precios como en Uruguay”

“Hay un dirigente –dijo hace seis meses el ex presidente Kirchner en referencia a De Angeli- que nos dijo, casi en una actitud de caradurismo, que paguemos el lomo a ochenta pesos como los uruguayos… ¡qué poco le importan los argentinos!”.

Basta con revisar los precios web de algunas cadenas de hipermercados de Uruguay para comprobar que el kilo de asado está allá al equivalente a diez pesos. Los ochenta pesos de que se hablaron eran, sencillamente, mentira, pura propaganda. Se hace difícil creer que el hombre mejor informado del país no conozca ese dato, aunque viendo la pueril estrategia desinformadora del INDEC, se percibe como otra maniobra más para ocultar una realidad que desluce cualquier gestión política: llenar el chango en el “granero del mundo” resulta más caro que hacerlo en cualquier país europeo.

Salario medio anual

Euros/año/ pesos

Dinamarca

47.529 213.000

Alemania

41.691 187.000

España

20.438 91.971

Polonia

6.269 28.210

Media UE

34.412 154.854

Para ser precisos en la comparación, no hay que perder de vista que no todo el mundo en Europa gana lo mismo. Un alemán gana el doble que un español y seis veces más que un polaco. En el caso argentino, calculando un ingreso medio de 1.500 pesos

mensuales, nos encontraríamos que ese sueldo corresponde al 11% de la media europea.

Argentina $

España € (euros)

veces más caro (proporcionalmente)

Leche Pack 1 l.

2,8

0,6

4,3

Pollo/ kgr

6,5

2,5

2,6

Churrasco Kgr.

18

5,5

3,2

Paquete Fideos 500 gr.

2,5

0,5

4,4

Azucar k.

2

0,7

2,5

Aceitunas sin hueso kgr.

20

3

6,6

Rabas kg.

30

6,3

4,7

Jamón crudo 100 gr.

8,9

2

4,3

Jamón cocido 100 gr.

2,8

1,3

2

Queso en barra kgr.

3,1

1,1

2,8

Arroz Gallo Kgr.

5,8

2,4

2,3

Aceite Oliva Lira/Carbonell

20

2,6

7,4

Aceite girasol

4,8

1,4

3,2

Coca-Cola 1.5 l.

3

1,3

2,2

Cerveza Pilsen Carrefour 1 l.

3,2

0,7

4,2

Vino tinto Norton/Rioja Berberana

9,3

3,8

2,4

Peceto kg

20,4

18

1,2

Espumante “Norton” brut/Codorniu brut

16,6

6,32

2,6

TOTAL

180

60

3

Como puede apreciarse, el argentino paga 180 pesos por llevarse todos los productos de la lista, mientras que al español le bastan con 60 euros, que aunque al cambio salga más, implica menos esfuerzo: un día de trabajo frente a tres del argentino.

Queda en evidencia que el “asistencialismo social” de una economía fuertemente intervenida no sólo no consigue sus objetivos sino, para más “inri”, se ceba con especial dureza en las clases de menores ingresos. Si el umbral de pobreza se sitúa por debajo de los 1.000 pesos por familia, esa línea roja baja a los 333 euros en España y a 150 en Alemania, pues ese dinero allá rinde lo mismo que los 1.000 pesos de aquí. ¿Ese efecto benéfico del mercado, no es acaso más eficiente que el mejor de los planes Jefes de Familia?

Las políticas de control de precios, de defensa de la industria nacional y de sustitución de las importaciones no dejan de ser un experimento de dudosa efectividad. En aras de fomentar la industria nacional, los artículos de primera necesidad terminan saliendo tres veces más caros. La razón no es otra que la propia dinámica del mercado: al privarle de una competencia nacional e internacional que lo haga más eficiente, el mercado se acomoda siempre al precio más alto. Un caso paradigmático es el del blindaje del que goza la industria farmacéutica. Según una reciente investigación del diario “Clarín” muchos remedios cuestan aquí hasta siete veces más que en Europa. La única explicación: la falta de competencia.

El demonizado “liberalismo” – más allá de sus excesos fácilmente reconocibles y manejables- pone en evidencia que la competencia tiende a reducir los precios de los productos al mínimo.

Plomeros en un Golf TDi

Haciendo un breve repaso al “top ten” de los autos más vendidos en Argentina y en España en el 2008, nos damos cuenta de que aunque el mismo auto se vende en Europa un 30% más caro, el “esfuerzo financiero” es muy distinto. Así, comprar el auto más vendido en Argentina en el 2008, (VW Gol, $42.200) implica 2,3 años de trabajo a una media de 1.500 pesos de sueldo. El más vendido en España, el Renault Megane, sale por el equivalente de 71.910 pesos, pero sólo precisa de 9,5 meses de sueldo. Salvo en el caso del Opel Astra, al que se destinan 1,2 años de trabajo, el resto de los coches se adquieren con menos de uno, en comparación con los dos años y medio necesarios en Argentina. Es decir: comprar un auto aquí implica tres veces más esfuerzo que allá.

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Cuando Aníbal suma, dos y dos son cuatro, me llevo una…

Ya metidos en harina, el ministro deja de lado opiniones subjetivas y se lanza de lleno al terreno del dato: “Cali tiene 75 homicidios dolosos cada cien mil habitantes por año; Medellín, 56; Río, 40; Caracas, 37; Washington, 35; Bogotá, 32; Chicago, 15; Miami, 19; San Francisco, 13; San Francisco, 13, y Los Ángeles, 10″. “¿Sabe cuánto tiene la Argentina?: 3.8″.

Como buen prestidigitador, El Ministro comete un pequeño descuido… intencionado. Se habrán dado cuenta de que la primera serie de datos corresponde a las ciudades más peligrosas de América, mientras que el dato que presenta él, no es de ninguna ciudad, sino del conjunto del país. Obviamente, menor. ¿Un error de método? No, simplemente un buen truco de mago de las palabras. La treta es de una simpleza que haría sonrojar a cualquiera, pero en la vorágine de informaciones, datos y apreciaciones subjetivas, hay que reconocer que, como maniobra evasiva, funciona a la perfección.

La valoración global que el Ministro del Interior de la Nación hace sobre la encuesta es demoledora: “No es seria”.

Mercer es un proveedor mundial líder de servicios de consultoría, outsourcing e inversiones con más de 25,000 clientes en el mundo. Los 17,000 empleados de Mercer trabajan en más de 40 países. La compañía es una subsidiaria totalmente controlada de Marsh & McLennan Companies, Inc. que cotiza en las bolsas de valores de Nueva York, Chicago y Londres (símbolo ticker: MMC). http://www.mercer.com

No creo que ninguna de tres de las bolsas mas importantes del planeta dejen cotizar a una empresa poco seria, pero llegado a este punto, uno empieza a dudar de todo.Al volver a la encuesta elaborada por la consultora Mercer, Fernández dijo no saber “quién la inventa, cuál es el interés que tiene detrás, no sé que chapas exhiben (los responsables), no sé de dónde sacan los datos para mostrar qué. Nos muestran algo que le da beneficio a alguno que no sabemos quién es, pero no pueden mostrar que hay algún viso de seriedad (en los resultados)”.El recurso a la “Teoría de la Conspiración” suele dar muy buenos resultados en casos como este. Dado que se entra de lleno en el terreno de la fantasía política y la paranoia ideológica, estamos en campo abonado por la credulidad del lector predispuesto. La teoría consiste en buscar enemigos, preferiblemente de fuera, tan poderosos como difusos, cuyas motivaciones suelen ser oscuras e inconfesables y que sirven siempre como comodín para justificar los propios errores.

El malvado señor Mercer, habla a sus empleados de espaldas, sentado en su butacón de cuero rojo. En cuarenta años nadie le ha visto la cara.

- Chicos, cocínenme una encuesta mundial para hundir la popularidad de CFK y de su Ministro Fernández.
- ¿De qué país, señor?
- De Argentina, idiota.

El señor Mercer pulsó el botón rojo de su escritorio y una trampilla engulló a su jefe de encuestas del Hemisferio Sur.

- ¡A los cocodrilos, por mogólico e indocumentado!

Como colofón de esta cadena de razonamientos histriónicos, Aníbal Fernández se reserva las últimas palabras para negar la mayor: La encuesta, repitió, “es una estupidez. La Argentina debe ser uno de los países más seguros, si no el más seguro de América, no tengo ninguna duda de eso”.

Solo le falto salir por el pasillo, volteando las manos al grito de:

Hijos de Puta,
los de Mercer
Hijos de Puta,
los de Mercer

http://www.perfil.com/contenidos/2008/07/23/noticia_0045.htmlhttp://www.clarin.com/diario/2008/07/23/um/m-01721179.htmhttp://www.mercer.com/summary.htm?siteLanguage=100&idContent=1309685Informe consultoría.

Aníbal y el color del cristal con que lo mira

“Me gustaría que me digan desde dónde lo miran (…)”

Ese debe ser el único error que la consultora Mercer ha cometido: no haber telefoneado personalmente al Ministro para explicarle el método utilizado. Aunque la prudencia más elemental, si uno es el Ministro del ramo y va a opinar sobre el tema, aconseja documentarse previamente, salvo que no le importe que la gente lo tome por un charlatán. De haberlo hecho habría caído en la cuenta de que la consultora lo había explicado con meridiana nitidez:
“La seguridad personal se mide en función de la estabilidad interna, los índices de criminalidad, la aplicación efectiva de la ley, las relaciones con otros países y la facilidad de entrada y salida del país”. Más claro, agua.”La verdad es que es una estupidez rayana con la locura”.Forrest Gump decía que “tonto es el que hace tonterías”. En este caso, “estúpido” es el que hace “estupideces” y “loco” el que hace cosas insanas. En este punto, el Ministro sube una octava y agudiza el tono de sus críticas: estupidez y locura.

Dejando de lado los adjetivos, la cuestión de fondo es muy sencilla. La encuesta lo único que dice es algo que la abrumadora mayoría de los porteños corrobora: Buenos Aires es una ciudad insegura y, en ocasiones, peligrosa. Si esta en el puesto 135, algo más arriba o mucho mas abajo, es ya una cuestión de matiz. Ente otras cosas, porque la mayor parte de nosotros desconoce si es más o menos segura que Ciudad de México o Maracaibo. Lo que si es cierto es que la mayoría, subjetivamente, la percibe como una ciudad insegura.

“Que digan semejante cosa es no conocer lo que está pasando en Argentina” (…) “le erraron de medio a medio”.

Las encuestas se hacen precisamente para eso: para no “errarle” y para arrojar algo de luz sobre el tema de debate y así proporcionar a los gobernantes herramientas útiles para poder buscar soluciones concretas. Si en vez de tomarlo como lo que son, inocentes números, cuando no te gustan los tildas de locos y estúpidos, es comprensible que casi nunca se atine con las soluciones concretas que hay que buscar a los problemas cotidianos. De ahí que entre la clase política tengan tanto predicamentos los encuestadores acomodaticias que me dicen lo bien que hago las cosas. Fernández sin embargo, da muestras de su conocimiento del tema y aporta datos de indudable peso científico: hasta el “propio asesor de imagen” del jefe de Gobierno, Mauricio Macri, “que es un ecuatoriano, dijo en una nota que le hizo el Diario Perfil que no conocía ciudad más segura que la ciudad de Buenos Aires”. Un dato que arroja luz sobre el tema y con mucho mas peso especifico que una encuesta realizada en miles de ciudadanos. Es probable que 9 de cada diez habitantes de la ciudad contradigan al ecuatoriano en cuestión, pero Fernández se nota que tiene a Aristóteles como filosofo de cabecera: “las opiniones no deben ser contadas, sino pesadas”. (Eso lo dijo Aristóteles, no Caníbal Fernández)

Aníbal Fernández, el aprendiz de brujo

Una de las cosas que más nos llama la atención a los europeos que vivimos en Argentina es la poca seriedad de las declaraciones de los políticos: la irresponsabilidad de los responsables. Acostumbrados a unos gobernantes siempre serios, habitualmente precisos y hasta casi aburridos, nos resulta desconcertante el nivel de agresividad verbal con el que aquí se despachan los asuntos del día a día. Con demasiada frecuencia se recurre al exabrupto, a la descalificación grosera y simplista. Como en la época Medieval, el disenso en Argentina se entiende como un “crimen de Estado” y como tal, al menos verbalmente, debe ser respondido. En ocasiones, la fuerte carga de ironía y mordacidad utilizada por Ministros y Secretarios de Estado no desentona con el tono barriobajero de una discusión de tráfico o la subjetividad sublime de una tertulia de fútbol.

En julio del 2008 una consultora internacional, Mercer, hizo públicos los resultados de una encuesta mundial sobre seguridad. Como se hace siempre en estos casos, el rigor científico obliga a hacer públicos los criterios de medición y la metodología del análisis. Con la frialdad del número muerto, se explican las variables que se miden y comparan y como se miden y comparan, garantizando resultados 100% asépticos. Aunque a veces no lo parezca, la demoscopia es una ciencia exacta, pura matemática.

El problema es que, cuando sales mal parado en las encuestas, siempre resulta mas fácil descalificar al que las hace, o buscar oscuros intereses detrás de ellas, antes que asumir la realidad de un inocente mercurio cuyo único crimen es marcar la temperatura ambiente. El matemático se hace a un lado y entra en escena el brujo de los números, que casualmente siempre suele ser el responsable del tema en cuestión.

En el ranking de la encuesta mundial sobre seguridad, Buenos Aires quedo en una posición bastante comprometida, puesto 134 de 215. Aun teniendo en cuenta que la medición se hizo a nivel mundial, la capital no salio airosa comparada con otras ciudades latino americanas: más segura que Río de Janeiro, Sao Paolo y Caracas, el no-va-mas del crimen, pero más insegura que Asunción o Lima. Independientemente de que se vea la botella medio llena o medio vacía, Buenos Aires salio muy mal parada.

Un político europeo, para salir del paso de la comprometedora encuesta, echaría mano de un manual de Sociología Básica para vincular delincuencia con exclusión y crimen con mala distribución de la renta. Sin embargo, el ministro de Justicia, Caníbal Fernández, salio al cruce de los resultados utilizando la efectiva técnica de “negar la mayor”. No solo no es verdad que Buenos Aires haya quedado en la posición 134, no solo no es una ciudad insegura, sino todo lo contrario. Increíble, pero cierto. Sus declaraciones no tienen desperdicio. Vamos a revisarlas una por una.

Aníbal Fernández & Ricardo Jaime: ver para no creer

Dos de los mayores barras bravas del relativismo suicida son el Ministro de Justicia, Aníbal Fernández y el Secretario de Transporte, Ricardo Jaime. En cuestión de meses, ambos se han escudado en el absurdo para justificar su gestión, insultando a quien trate de ensombrecer su gestión. El primero al hilo de unas encuestas sobre la inseguridad en Argentina. El segundo, en relación a la tasación de Aerolíneas Argentinas.

El primero, cargó contra una consultora internacional de prestigio mundial cuando calificó Argentina como un lugar inseguro. “No sólo no es verdad –replicó Fernández- sino que Argentina es el país más seguro de América”. La encuesta había sido realizada por Mercer, un proveedor mundial líder de servicios de consultoría, outsourcing e inversiones con más de 25.000 clientes en más de 40 países y 17.000 empleados. La compañía es una subsidiaria totalmente controlada de Marsh & McLennan Companies, Inc., cotiza en las bolsas de valores de Nueva York, Chicago y Londres (símbolo ticker: MMC). Cualquier cosa, menos una panda de aficionados o un chiringuito de voluntariosos amateurs de la demoscopia. Sin embargo, el ascediente de la consultora pareció importarle poco a un Ministro que identifica prestigio la docilidad autista y silencio cómplice.

Por su parte, Ricardo Jaime calificó la tasación de UBS sobre Aerolíneas como “carente de toda seriedad”, aduciendo que la tasación había sido hecha “sobre premisas equivocadas y llega a conclusiones falsas sobre el patrimonio de Aerolíneas”. Las razones por las que, a su juicio, la tasación de UBS “carece de toda seriedad” no han sido desveladas hasta el momento. Tampoco las premisas equivocadas de las que habla, de las que no dio más razones que ésa, que eran equivocadas. La vieja táctica de la descalificación global sin bajar a detalles comprometedores que evidencien que en el fondo, ni siquiera sabe de qué se está hablando.

Las descalificaciones de Ricardo Jaime resultan una grosería propia de un analfabeto financiero. Que el responsable de Lapa, la única aerolínea del mundo en la que el personal cobraba por estar en tierra, acuse a alguien de “falta de seriedad” no deja de resultar una ironía.

Pero el juicio se complica si se tiene en cuenta que la tasación “carente de toda seriedad” ha sido realizada ni más ni menos que por la UBS, a la sazón, el mayor banco privado del mundo. Al igual que en el caso de Mercer, se hace difícil comprender cómo Marsans pudo encargar su tasación de parte a un “chiringuito financiero”. No en vano, UBS gestiona activos por 2.652 millones y tiene un valor en bolsa de 103.000 millones. Que Jaime diga que UBS cometió un error de principiante basando la tasación de Aerolíneas en “premisas equivocadas” es una grosería de tamaño sideral.

Si Argentina realmente desea insertarse en el mundo globalizado, debe respetar las reglas de juego por las que se rije el comercio mundial. De lo contrario, nadie se aventurará a entrar en un territorio hostil donde no se acepta más verdad que la que me conviene en función de mis intereses nacionales. Si todos los países hicieran lo mismo, el mundo seria, sencillamente, un lugar inhabitable.

Obama y Cristina I de Borgia y Dos Sicilias

La teoría de la selección natural sostiene que en un ambiente competitivo sólo los más fuertes sobreviven.

A pesar de su crueldad, la sabia “pachamama” nos muestra que el sistema funciona. Si el rey León cediese su harén a su hijo más juguetón e indolente, es probable que en una generación acabasen extinguiéndose por inanición de tanto comer yerba y perseguir pájaros inalcanzables.

El sistema electoral americano tiene mucho de National Geographic, pues muestra que el camino hacia el poder y la supervivencia está plagado de depredadores.

Al principio de la carrera sucesoria, Obama perdió las primarias demócratas en New Hampshire frente a la mujer de un ex presidente. Un traspiés que enderezó después de tres debates televisivos a cara de perro con la heredera natural del rebaño demócrata. Superado el trance, se tuvo que enfrentar en tres debates televisados frente al senador McCain.

De haberse aplicado la lógica argentina, hubiera bastado que el ex presidente Clinton hubiera designado como sucesora a la “reina consorte”, Hillary Rodham Clinton. Pero de haberlo hecho no se garantizaría que lo mejor para la familia Clinton coincidiese con lo mejor para el país.

La sucesión de Néstor Kirchner en el cargo de Presidente de la Nación fue uno de esos milagros de la naturaleza que uno no consigue explicarse. La decisión de nominar a su esposa como candidata presidencial fue coreada con un ruidoso “amén” por el oficialismo en pleno. Ni una sola boca se abrió para cuestionar su idoneidad, su conveniencia o acaso su oportunidad. Legal pero no legítimo.

A la decisión le siguió una gira internacional, con rango de jefa de Estado, pagada con fondos públicos. Un caso de ventajismo torpe y corrupción institucionalizada, al poner la maquinaria del Estado al servicio de intereses de parte. Inaudito.

La transición de poderes dentro del matrimonio K se llevó a cabo del mismo modo en que los reyes suceden a los reyes y los papas suceden a los papas. Pero ni la Monarquía ni el Papado obedecen a leyes temporales, pues no son instituciones “democráticas” al uso de los gobiernos de los Estados. Son anomalías históricas que han perdurado hasta nuestros días en base a una cuestión de fe o a derechos reales más o menos anacrónicos, pero consolidados.

El caso argentino sólo se explica dentro del marco de un régimen “nominalmente” democrático, pero que esconde en su interior las peores prácticas del caciquismo, de la partitocracia y de la endogamia sucesoria monárquica. De ahí que, en su fuero interno, ni Néstor ni Cristina Kirchner consideren que deban dar explicaciones al Parlamento. A fin de cuentas, están por encima de el y sus actos, como los del Sucesor de Pedro, sólo pueden ser juzgados por Dios, señor de la vida y de la muerte, que tan graciosamente como da, quita.

Economía ficción a toque de Clarin: Argentina, el coloso que no fue

Los gobernantes, las personas que toman decisiones que nos afectan a todos, se dividen en dos grandes grupos: los que aciertan y los que no. Por eso, el día que las Naciones Unidas declaren la “Falta de Puntería” como Crimen de Lesa Humanidad, ese día los responsables de la evolución de la economía argentina en los últimos treinta años deberían echarse a temblar. Basta con echar un vistazo al patio de los vecinos.

El PBI brasileño pasó de 162.000 millones de dólares en 1980 a 1.313.000 en 2007, un 710% más. De haber crecido al mismo ritmo, Argentina hubiera dado el salto de 209.000 a 1.692.000 millones. Tendría ahora la mitad del PBI de China o Alemania y sería la octava potencia mundial, justo por detrás de Italia y superando a España, Canadá, Brasil, Rusia e India.

El desempeño de la economía argentina en este periodo no admite paliativos ni análisis conciliadores: es sencillamente calamitoso. Ni aún queriendo se podría haber echo peor.

Gran parte de la responsabilidad la tiene el exceso de carga ideológica de la política argentina: en concreto, el desmedido celo por la redistribución de la riqueza, un fin noble como pocos, pero en ocasiones contraproducente. La experiencia dice que si se desliga de la productividad, el rasero del igualitarismo tiende a igualar a todos por debajo. Todos más iguales, sí, pero igual de pobres.

Chile y Brasil tienen una distribución de la renta más desigual que Argentina. Los pobres chilenos y brasileños están mucho más lejos de sus respectivos ricos que los argentinos. Pero una cosa es reducir la brecha entre el 10% más pobre y el 10% más rico y otra, hacerlo a costa de bajar la renta del 100% del país.

Nadie duda de las bondades de la redistribución de la riqueza, pero ese discurso bienintencionado en ocasiones se queda en la exaltación de lo obvio. A fin de cuentas, redistribuir la riqueza es relativamente fácil: basta un sistema impositivo progresivo que haga pagar más a quién más tiene. Lo realmente difícil, más que distribuir lo que ya hay, es crear riqueza donde no la hay. Ahí es donde se marcan las diferencias.

La experiencia de los últimos treinta años indica que el Estado, como empleador, fabricante y regulador asfixiante, pierde por goleada contra la iniciativa privada y el mercado libre con controles básicos, tal y como funciona en muchos países a los que les ha ido bien.

Si al 10% de argentinos más pobres se les diera a elegir entre ser un 710% más rico que hace treinta años o sólo un poco más pobres que la media de los pobres, no creo que tuviesen muchas dudas sobre qué elegir. Eso no es economía, es puro sentido común.

10 autos más vendidos Argentina 2008

precio $

Años de sueldo ($1500)

10 autos más vendidos España 2008

Años de sueldo (1500 eur)

$/euros

1. VW Gol

42200

2,3

Renault Megane

15980

0,8

2,8

2. Chevrolet Corsa

33900

1,8

Ford Focus

14610

0,8

2,2

3. Peugeot 207

44500

2,4

Citroën C4

17540

0,9

2,6

PBI 2007, (Si argentina hubiese crecido a la misma tasa que Brasil)

USA

13.843.825

Japón

4.383.762

Alemania

3.322.147

China

3.250.827

Reino Unido

2.772.570

France

2.560.255

Italia

2.104.666

Argentina

1.692.000

España

1.438.959

Canada

1.432.140

Brasil

1.313.590

Rusia

1.289.582

India

1.098.945

¿Veinte años no es nada? En 1980 el PBI de Argentina era un 30% superior al de Brasil. Hoy, la quinta parte.

¿Qué es lo que explica que unos países crezcan y otros no? ¿Cuál es la razón por la que países sin apenas recursos naturales suban como la espuma mientras que otros, que nadan en la abundancia, se estancan en ciénagas que duran décadas?

En el año 83 el PBI argentino era de 103.000 millones de dólares. El irlandés, cinco veces menor, apenas 20.000 millones. Veinticinco años después, son prácticamente idénticos: 259.000 millones.

A primera vista, puede parecer un espejismo, un efecto óptico o una prestidigitación estadística. Pero no lo es. Son datos fríos que ilustran cómo es perfectamente posible, con orden, seriedad y paciencia, pasar de ser el país más pobre de Europa a tener la quinta renta per cápita más alta del mundo. En los últimos treinta años, Irlanda creció un 674% frente al 139% argentino.

El caso chileno es calcado: en los últimos veinte años creció cinco veces más que argentina: 683%.

Para entender las razones del éxito basta con averiguar qué hicieron en común chilenos e irlandeses. Básicamente lo mismo: crear un marco estable que permitiera incentivar la iniciativa personal, fortalecer su competitividad internacional y atraer capitales extranjeros que sumasen a los propios en el esfuerzo inversor.

La base del “marco estable” del que gozaron tanto chilenos como irlandeses se basa en una inflación contenida, una deuda externa manejable y una búsqueda incansable de la excelencia educativa.

Las recetas aplicadas por ambos asombran por su accesibilidad, pues la disciplina fiscal y monetaria está al alcance de cualquier país soberano con voluntad política de aplicarlas.

La disciplina fiscal aplicada por irlandeses y chilenos consistió en gastar lo que se tenía o no endeudarse más de lo estrictamente razonable. En este aspecto es donde se aprecia una mayor diferencia con el caso argentino, pues la deuda externa ha sido históricamente su mayor lastre. La esencia del negocio bancario consiste en cobrar por disponer del dinero ajeno. La experiencia de los últimos treinta años indica que si un país recurre al crédito de forma crónica acaba pagando su prosperidad de hoy a costa de las deudas de mañana.

La disciplina monetaria de Chile e Irlanda obedece al enfoque tradicional y ortodoxo: las monedas valen lo que vale la riqueza del país que las sostiene. Por lo tanto, el tipo de cambio en realidad no cambia nada que no haya cambiado previamente en la riqueza del país. Si alterarlo fuera la razón del crecimiento, todos los países habrían tomado el atajo mágico del despegue económico con sólo cambiar su paridad.

Dejando de lado los casos chileno e irlandés, la comparación con el resto de las economías de la zona arroja resultados parecidos. Brasil, Méjico, Bolivia, Venezuela, Ecuador y Uruguay han crecido en los últimos treinta años a tasas muy superiores a las de Argentina: desde las cinco veces más de Uruguay a las veintinueve veces de Brasil. Llama la atención que en ese mismo periodo ni Bolivia, ni Ecuador, ni Venezuela hayan gozado de estabilidad política y sin embargo el desempeño de sus economías ha sido comparativamente muy superior.

Con la perspectiva que da el tiempo, y a la vista de unos datos tan llamativos, sería bueno suscitar un gran debate nacional que nos ayudara a comprender qué es lo que se ha hecho tan mal durante tanto tiempo. Sólo así podremos no repetir los mismos errores los siguientes treinta años.

Aerolíneas Argentinas: ¿quién le pone el cascabel al gato?

En Alemania y USA los grandes sindicatos son piezas fundamentales de la maquinaria económica. Actúan como contrapeso natural frente a las grandes corporaciones para evitar los excesos del liberalismo salvaje. El todopoderoso sindicato alemán IG Metall, que representa a 3,6 millones de trabajadores de la industria metalúrgica y el mítico UAW americano, United Auto Workers, son dos ejemplos conocidos. Pero su lógica, más allá de la entendible defensa de sus intereses de clase, está siempre impregnada de un pragmatismo tremendamente anglosajón: lo que es malo para la empresa es malo para todos.

El gremialismo del mundo asiático, por razones culturales, alcanza una identificación trabajador-empresa rayana a la sumisión y cuesta entenderlo desde nuestra óptica occidental. Aún así, ha contribuido a hacer de las relaciones laborales una balsa de aceite donde las huelgas son inexistentes y sus niveles de competitividad inalcanzables. En ambos casos, sin embargo, la carga política de los sindicatos –tradicionalmente de izquierdas- es un aspecto residual en la defensa cotidiana de sus intereses, que suelen ceñirse a aspectos puramente organizativos. Difícilmente se oye a sus dirigentes utilizar la terminología agresiva del marxismo incipiente del siglo XIX: los términos “clase trabajadora”, “capital”, “plan de lucha”, “boicot”, etc., son palabras que nos remontan a la segunda mitad del siglo XIX, pero que han llegado a nuestros días como eslóganes anacrónicos y oxidados.

En la cultura anglosajona el papel de los sindicatos es indiscutible. En los escandinavos, que tienen los niveles de desarrollo social más altos del mundo, es si cabe más fuerte. Pero viendo los casos de Alitalia y Aerolíneas Argentinas, la beligerancia extrema de los sindicatos nos ayuda a entender algunas cosas.

Cuando tuvo lugar la fusión de Air France con la holandesa KLM, dando lugar la primera compañía aérea europea y la tercera del mundo, KLM anuncio el despido de 4.500 trabajadores, el 13% de su plantilla, como consecuencia de los ajustes para crear sinergias y evitar redundancias. Y no pasó nada. La continuidad de la compañía lo exigía y fueron los propios sindicatos quienes aceptaron la dolorosa “automutilación” por el bien de todos.

Cuando poco después Air France-KLM comenzó a negociar para incorporar a Alitalia a su alianza, los sindicatos italianos bloquearon la compra. La razón era fácil de entender: se contemplaba la supresión del 40% de la plantilla de la aerolínea italiana, 7.000 puestos de trabajo. Hoy en día, tras agónicas inyecciones de dinero público, no el 40 si no el 100% de los trabajadores corren el riesgo de ver cómo la compañía desaparece.

Cuando comparamos los ratios de eficiencia de Aerolíneas Argentinas con Ryanair observamos cómo la aerolínea irlandesa movía los 6,5 millones de pasajeros con sólo 620 trabajadores, frente a los 8.000 que necesita Aerolíneas.

Por asombroso que parezca, entre Austral y Aerolíneas, en 2008 había 921 pilotos para volar los 26 aviones operativos de los que disponía la compañía. El doble de los 500 que había en 2001. Por su fuera poco, mientras un colega de LAN vuela 80 horas al mes, aquí vuela sólo 35, teniendo además la prebenda de tener que ser consultados para la reprogramación de vuelos.

Es obvio que Aerolíneas y Ryanair son dos modelos de gestión diferentes, pero las cifras son bastante esclarecedoras e indican una sobrecarga laboral llamativamente alta. Quien no lo entienda así podrá disertar hasta el aburrimiento sobre el modelo ideal de empresa, pública o privada, pero la realidad es tozuda y los números en ocasiones sacan los colores a quienes se empeñan en negar lo evidente.

Ahora bien, si hay que despedir a la mitad de la plantilla de Aerolíneas Argentinas, llega la pregunta del millón: ¿quién le pone el cascabel al gato?

Como suele ocurrir en estos casos, la respuesta es siempre la misma: el contribuyente.

Nadie puede negar la legitimidad de algunos reclamos sindicales, pero su falta de flexibilidad evidencia que anteponen sus intereses a la solución global del problema. Entre otras cosas porque los partidarios de la estatización saben, aunque no lo dicen en voz alta, que aunque la empresa pierda dinero, siempre está el Estado para tapar sus vergüenzas. Nadie duda la nobleza de su ideal, dotar al país de un sistema de transporte aéreo en condiciones. Lo que es más cuestionable es la condición que imponen: que ellos sean parte de la solución. Por esa misma regla de tres, los carniceros y taxistas del país podrían confederarse y al grito de “Todos somos taxistas y carniceros”, pedir al Congreso la estatización de panaderías y carnicerías y que el ubérrimo presupuesto nacional amamante a todo cristiano bien nacido.

Dedos largos

El día que robaron cien mil dólares de la Reserva Federal americana en un avión de United Airlines, la Policía Aeroportuaria detuvo a dos empleados, aunque el dinero nunca fue recuperado. La respuesta de los gremios fue inmediata: un paro que detuvo las actividades durante cinco horas y afecto a 5.000 pasajeros en Ezeiza, Aeroparque y Córdoba. ¿Hay relación entre una cosa y otra?, ¿No es esa una manifestación extrema de un corporativismo irracional?

Cuando Marsans señaló la agresividad de los gremios como el elemento que erosionó la empresa, se tomó la declaración como una excusa de mal pagador. Sin embargo, algo de razón había.

En el 2007 se registraron en Ezeiza 311 robos, un 70% más que el 2006. El reportaje de Telenoche, emitido por Canal 13 descubrió la existencia de una red de “aerochorros” que valiéndose de los scáneres de control, vaciaban sistemáticamente objetos de valor. La falta de mecanismos de control interno evidencia una situación terminal viciada por el aire enrarecido de una red de silencios cómplices cuasi mafiosa.

Aquellos que apuestan a una aerolínea de titularidad pública deberían considerar la experiencia de LAFSA, la empresa creada en 2003 que llegó a contar con 855 empleados y que nunca llego a volar, acumulando denuncias por fraude, sueldos desorbitados para cargos inoperantes y contrataciones irregulares. Un disparate de tal magnitud que debería servir como toque de atención sobre lo costoso que puede acabar siendo para el erario público este tipo de experimentos.

Puro capitalismo popular y autogestionario. Y mientras los sindicatos se atornillan en sus puestos de trabajo, Argentina sigue sin tener una aviación comercial moderna y competitive y volar sigue siendo un lujo.

La denostada Ryanair, con la sola ayuda de la municipalidad de Gerona, pasó de transportar 30.000 pasajeros en 2002 a 600.000 un año más tarde. ¿Tendría sentido que los poquitos trabajadores de la empresa, para defender a capa y espada sus puestos de trabajo, condicionasen el desarrollo no sólo de la ciudad, sino de la región entera, del país y de millones de viajeros?

Los gremios que manejan el problema están tomando como rehén a la sociedad entera. Con su retórica infinita no pueden ocultar su pésimo manejo del problema y comienza a resultar cansina, por reiterativa y falsa, la eterna acusación a gestiones anteriores: que si las privatizaciones de Menem, que si Iberia, Américan Airlines, Marsans, etc. Cuando en el futuro no quede más responsable que ellos mismos, ¿quiénes serán entonces los responsables?

Los amigos del “capitalismo popular” deberían tomar nota del éxito de la aerolínea irlandesa y empezar a considerar que, si bien los sindicatos pueden paralizar un país, al final es el propio país quién acaba pagando los platos rotos de su sinsentido.

Imagino la cara de incredulidad de muchos cuando lean anuncios como los que se vieron en internet:

“Ryanair venderá desde el martes un millón de billetes a un céntimo de euro”

¿No se lo cree? No es ninguna broma.

http://www.20minutos.es/noticia/353238/0/ryanair/vuelos/baratos/

El día en que los sindicatos de Aerolíneas sean capaces de conseguir con su gestión algo parecido, ese día en vez de cortarme las venas, me las dejo largas.

Irak: dos billones, con “b” de burro

La de Irak iba a ser una guerra rápida y barata. Y no resultó ni rápida ni barata, sino todo lo contrario, larga y demasiado cara.

Joseph Stiglitz el economista sensato y Nóbel al que todo el mundo cita últimamente, ha calculado que el coste de la guerra es diez veces más alto que el cálculo oficial. Sumándole a los gastos en material militar, los intereses para financiarlos, los seguros y atención sanitaria a excombatientes, la cifra se dispara. Si se contabiliza también el impacto directo sobre el barril de petróleo en su economía doméstica, la factura del “party” asciende a la friolera de dos billones de dólares.

Uno entiende lo que son 100 dólares, o mil, o si nos ponemos, un millón, que vienen siendo tres y poco millones de pesos. Pero 2.000.000.000.000 de dólares parece un camión de cargas pesadas del Discovery Chanel. Con los dólares ocurre lo mismo que con el vino: somos capaces de contar y recordar dos, tres, cinco y hasta siete vasos, pero a partir de ahí, nos da igual siete que setenta.

Si el PBI argentino en el 2007 fue de 259.000 millones de dólares, dos billones es la renta que generan cuarenta millones de argentinos exportando soja, comprando autos, vendiendo tierras, comiendo asado y bebiendo Quilmes durante siete años y medio, día y noche.

Con dos billones de dólares se podrían organizar 50 olimpiadas de Beijing (40.000 millones), o construir 5.000 megastadios del Nido, o comprarse 8.000 Jumbos 747, kilómetro cero. Eso si nos vamos de shopping y nos damos al desenfreno consumista. Si nos diera por la justicia social, por la caridad sin fronteras o por el simple sentido común, con dos billones se podría costear 10.000 veces el programa mundial de UNICEF de vacunación infantil o pagar veinte veces un programa de 10 años para escolarizar a todos los niños del mundo, segundo Objetivo del Milenio firmado por 187 naciones en la ONU en el año 2.000.

Con dos billones de dólares se podría pagar el presupuesto de la FAO durante dos mil años, o dar de comer hasta reventar durante cuatro años a los 852 millones de personas que pasan hambre en el mundo. Dinero hay, lo que faltan son ganas. Ya dijo Quino, que no es Nóbel pero tiene tanto sentido común como Stiglitz, que una cosa es el hambre y otra la gastronomía.

Iba a ser una guerra rápida y barata, y no lo fue. Al “error de cálculo”, hay que sumarle los 1.900 soldados caídos en combate, los 37.000 civiles muertos y a ésos los 14.000 marines y 120.000 irakíes heridos. La madre de un soldado o la viuda de un irakí de a pie si tuviera los dos billones los pagaría porque le devolvieran con vida a su hijo muerto, pero lamentablemente, a los muertos ni siquiera el Nóbel Stiglitz sabe si colocarlos en el activo o en el pasivo.

Nunca un error de cálculo salió tan caro. Y hay errores de cálculo de dimensiones trágicamente planetarias, casi homéricas. Irak le ha salido a las arcas del tesoro americano el doble de cara que la guerra de Corea y un treinta por ciento más que la Apocalipsis de Vietnam, que duro doce años.

Pero no todo son malas noticias para la Oficina del Presupuesto de EE.UU. Pueden respirar tranquilos porque la guerra de Irak ha salido más barata que la Segunda Guerra Mundial, que costó cinco billones de dólares, aunque de 1939 al 45 se liberó un continente entero, se peleó en el Pacífico desde San Francisco a Okinawa y se movilizaron dieciséis millones de soldados americanos.

La guerra de Irak, mucho más que el colapso de Wall Street, pesará en las próximas elecciones norteamericanas. Dejando de lado números planetarios, con sólo los 204.000 millones gastados en armamento en lo que va de campaña, 46 millones de estadounidenses podrían tener el seguro médico del que carecen, podría haber 3.5 millones de maestros más o construir dos millones de viviendas para los sin techo.

Los “cerebros” del plan, Wolfowitz, Cheney y Donald Rumsfeld, escribieron una de las páginas más tristes de la historia de la Humanidad, si es que aún puede escribirse con mayúscula. Ya que la justicia no se encargó de castigar sus fuertes vínculos con la industria armamentística, nos queda el consuelo de pensar que la Historia los pondrá en su sitio. El museo de Historia Natural de Washington haría bien en colocar réplicas de sus cabezas en los pasillos, adornadas con grandes orejas de burro. Los escolares que fueran de visita podrían tocar un botón rojo en su base y oír de sus prohombres un grito de sabiduría.

- iiiiiooooooo.


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