El Pez

Este cuento nos lo envía, el Dani Garnero, un habitual colaborador de este blog.
Gracias por preocuparte.

Anónimo japonés del siglo VI
El pez

Hanako, una joven bella, aunque atolondrada, tenía un amante escrupuloso y pulcro que gustaba de hacer el amor con guantes. Antes de tocarla, el hombre vigilaba personalmente su baño y exigía que ella se fregara con piedra pómez de pies a cabeza, se depilara hasta el último vello y enjabonara cuanto pliegue y orificio había en su esbelto cuerpo, todo esto sin una palabra de afecto o de aprecio por sus encantos. Ahora bien, en el jardín de Hanako había un estanque donde todavía nadaba una carpa enorme y venerable. A pesar de sus cuarenta años de existencia, el viejo pez no tenia ninguna de las mañas del meticuloso enamorado de Hanako, por el contrario, era fuerte como un atleta y lleno de consideración, como deben ser los buenos amantes. No es raro, por lo mismo, que ella lo prefiriera como compañero.

La joven solía sentarse a la orilla del agua y al llamarlo por su nombre él subía a la superficie a jugar con ella. Una noche, después de recibir las higiénicas caricias del hombre con guantes, salió al jardín y se echó a la orilla del estanque a llorar. Atraído por los sollozos, el gigante subió del fondo y acercándose a la mano lánguida que tocaba apenas el agua, le chupó uno a uno los dedos con sus fuertes labios. Hanako sintió que su piel se erizaba y una sensualidad desconocida la recorría entera, sacudiéndola hasta la esencia misma de su ser. Dejó caer un pie al agua y el pez besó también cada dedo con la misma dedicación, y luego la otra mano y el otro pie, y enseguida ella puso las piernas en el estanque y la carpa frotó las escamas de plata de su vientre contra la piel de la muchacha. Hanako comprendió la invitación y se dejó caer en el barro del estanque, abierta y blanca como una flor de loto, mientras el atrevido pez rondaba en torno a ella acariciándola y besándola y obligándola a abrir las piernas y entregarse a sus caricias. El pez le soplaba chorros de agua por las partes más sensibles y así, poco a poco, fue ganando terreno y conduciéndola por las rutas del placer más sublime, un placer que Hanako no había tenido jamás en brazos de hombre alguno y menos, por supuesto, del amante enguantado.

Más tarde ambos reposaron flotando contentos en el barro del estanque bajo el escrutinio de las estrellas.

Cuando en Palermo Hollywood jugábamos al fútbol

Continuando con los cuentos nos envía uno nuevo el Dani Garnero ( Ya no hay potreros en la capital de nuestro país… )

De: Fernando Sorrentino
Cuando en Palermo Hollywood jugábamos al fútbol

Las empresas inmobiliarias ejercen cierta poética de intención lucrativa. Así, al barrio de Las Cañitas lo llamaron La Imprenta, y a mi barrio natal, que era Palermo a secas, Palermo Viejo. Y ahora, peor aún, lo rebautizaron Palermo Hollywood.

Las cinco primigenias repúblicas centroamericanas corren desde la frontera sur (terraplén del Ferrocarril San Martín) hasta la norte (calle Dorrego). Las calles, aunque arboladas, son irremisiblemente grisáceas.

El arco tiene sus postes en un árbol y la pared; el travesaño, invisible, es la altura del brazo vertical del arquero, estirado al máximo. Hay un arco en cada vereda, y, entre ellos, unos cincuenta metros. El partido, describiendo su geometría, se denomina cruzado.

Ecuánimes como los terremotos y como las epidemias, vandálicos futbolistas usurpan calzada y aceras, asestan pelotazos en las ventanas, salpican con el agua sucia de la cuneta, ponen en peligro el físico de los peatones. La justa reprobación, el sacro odio de los vecinos ultrajados es un aceite ominoso que cae sobre ellos.

Más allá del bien y del mal, a los jugadores la furia circundante los tiene sin cuidado. Las quejas y amenazas jamás consiguen abreviar un solo minuto el partido. Termina cuando tiene que terminar.

Salvo dos casos de fuerza mayor:

A veces, la pelota cae en una casa hostil. De allí puede no volver nunca, y es como un amigo querido que parte en un viaje sin retorno. O puede volver acuchillada y destripada, y es como recibir el cadáver mutilado de ese mismo amigo.

Otras veces es el advenimiento de la ley —bajo la hipóstasis de agentes de la comisaría 31— el que provoca en los deportistas la dispersión y la fuga, honorables si se logra salvar la pelota para próximos partidos.

Estas cosas nos ocurrían hacia 1952, hacia 1954…

Hace muchos años que no hay fútbol en la calle Costa Rica. Yo, vándalo de aquel entonces, recibo ahora ese recuerdo como si fuera un perfume.

La Leyenda de los sentimientos

La Leyenda de los Sentimientos. (Cuento)
MARIO BENEDETTI

Cuenta la leyenda que una vez se reunieron en algún lugar de la Tierra todos los sentimientos y cualidades de los seres humanos.

Cuando el Aburrimiento había bostezado por tercera vez, a la Locura como siempre tan loca les propuso: ¡vamos a jugar al escondite! La Intriga levantó la ceja intrigada y la Curiosidad sin poder contenerse le preguntó: ¿Al escondite? Y, ¿Cómo es eso?

Es un juego, explicó la Locura, en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón y cuando yo haya terminado de contar, el primero de ustedes que yo encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego. El Entusiasmo bailó entusiasmado secundado por la Euforia. La Alegría dio tantos saltos que terminó convenciendo a la Duda, e incluso a la Apatía, a la que nunca le interesaba hacer nada. Pero no todos querían participar. La Verdad prefirió no esconderse… ¿Para qué? si al final siempre la hallaban. Y la Soberbia opinó que era un juego muy tonto (en realidad lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella)…y la Cobardía prefirió no arriesgarse.

Un, dos, tres… comenzó a contar la Locura. La primera en esconderse fue la Pereza, como siempre tan perezosa se dejó caer tras la primera piedra del camino. La Fe subió al cielo y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no alcanzó a esconderse, cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos… que si un lago cristalino para la Belleza… que si una hendida en un árbol perfecto para la Timidez… que si el vuelo de una mariposa lo mejor para la Voluptuosidad… que si una ráfaga de viento magnífico para la Libertad… así terminó por acurrucarse en un rayito de sol. El Egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio: aireado, cómodo… pero sólo para él. La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (mentira, se escondió detrás del arco iris). La Pasión y el Deseo en el centro de los volcanes. El Olvido… se me olvidó dónde se escondió el Olvido, pero eso no es lo más importante. La Locura contaba ya novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve… y el Amor no había aún encontrado sitio para esconderse entre sus flores.

Un millón contó la Locura y comenzó a buscar. La primera en encontrar fue la Pereza… a sólo tres pasos detrás de unas piedras. Después se escuchó a la Fe discutiendo con Dios sobre Teología y a la Pasión y el Deseo los sintió vibrar en los volcanes. En un descuido encontró a la Envidia y claro, pudo deducir dónde estaba el Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo, él solo salió disparado de su escondite, que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a la Belleza, y con la Duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada en una cerca sin decidir aún dónde esconderse.

Así fue encontrando a todos. Al Talento entre la hierba fresca… a la Angustia en una oscura cueva… a la Mentira detrás del arco iris (mentira… en el fondo del mar). Hasta el Olvido… ya se había olvidado que estaba jugando a las escondidas. Pero sólo el Amor… no aparecía por ningún sitio. La Locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyo del planeta, en la cima de las montañas, y cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal y pensó: el Amor siempre tan cursi, seguro se escondió entre las rosas… tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas… cuando de pronto un doloroso grito se escuchó… las espinas habían herido los ojos del Amor, la Locura no sabía que hacer para disculparse: lloró… rogó… pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó en la Tierra al escondite, el Amor es ciego… y la Locura siempre lo acompaña.

Aquiles

-Abuelo Aquiles… abuelo Aquiles… El joven Peleo, llevaba orgulloso el nombre de su bisabuelo. Como todas las mañanas, venía a buscar a su abuelo para ir hasta las rocas enfrente del mar y que el viejo le contara historias de hazañas y aventuras de otras épocas y lejanas tierras.

El viejo Aquiles se levanto, como pudo, de un catre todo desvencijado y le rezó a su madre, la diosa Tetis. A sus setenta años era el mas viejo de toda Tesalia, su patria. Le dolía todo el cuerpo; el reuma, la gota y todo tipo de achaques había minado ese cuerpo que una vez había sido la envidia de los dioses. Era el precio que tenía que pagar por la elección que había tomado.

El que fuera una vez “el de los pies ligeros”, “el de la dorada cabellera”, “el más valiente de los griegos”, hoy era un anciano de cabellos blancos, todo arrugado y con un solo pensamiento: ¿Qué comería ese día?

Recordó que el profeta Calcante le predijo que se le daría a escoger entre una vida corta y gloriosa o larga en años y anodina. Nunca dudó de la elección tomada pero que pesada era la carga.

Las olas rompían entre las rocas y el abuelo Aquiles comenzó el relato en la parte que más le gustaba a su nieto Peleo:
-Héctor, el príncipe troyano defensor de su ciudad, supo que su sentencia de muerte había sido decretada por los dioses cuando hirió mortalmente a Patroclo, el amigo de Aquiles. El joven y hermoso, e íntimo amigo de Aquiles, Patroclo, yacía a sus pies y toda Troya se estremeció por ello.
Supieron enseguida que Aquiles solo pensaría en la venganza y que los dioses estarían de su lado. Furioso sale del campamento en busca de Héctor.
En un frenético duelo Aquiles le clava una lanza en el cuello a Héctor y arrastrándolo por los pies recorre toda la muralla de Troya. Sentía que toda la furia y la ira contenida, se le iba apagando mientras regresaba con el cadáver, como si fuese un presa, a su campamento.
Después de nueve días arrastrando, por el campo de batalla, el cuerpo inerte de Héctor, Aquiles se dedica a presidir los juegos funerarios en honor de, su amado, Patroclo.
Príamo, el padre de Héctor, fue a su tienda y logró convencerlo de que le permitiese celebrar los ritos funerarios de su hijo.

-Peleo… Peleo… La madre del rubio niño lo llama desde la cima del monte.
-Abuelo Aquiles, me llama mi madre, debo de ir para darle de comer a las cabras.

El abuelo se queda observando como rompen las olas en las rocas y se sintió vivo.
Nunca se sintió mejor que cuando le dijo a su amigo Ulises que la Guerra de Toya no era su guerra y que él, Aquiles, no necesitaba una vida con gloria pero efímera. Había elegido una vida de paz y tranquilidad en su vieja patria.

Los griegos sin Aquiles, jamás entraron a la ciudad. Menos con un caballo de madera dejado en la playa. Tampoco el joven París le clavó una flecha en su talón, dándole muerte. Helena murió de vieja en Troya junto a París. Luego de años de asedio, los griegos cansados de Agamenón marcharon de regreso a sus hogares. Ulises se perdió de regreso a Ática y su mujer Penélope tejería y destejería un sudario hasta que llegara su marido.

El sol estaba casi en el cenit y subió a la casa de Peleo, lo estaban esperando con su comida favorita un cordero asado.

El niño y la luna

El amigo “Dani Garnero” nos envió este cuento.
Merece la pena su lectura.

Walter Saavedra
El niño y la luna

Encorvado sobre el pescante regresa por la madrugada llevándose con él esa luna llena, redondamente gorda y blanca, y se duerme con las tripas retobadas, sin un beso de buenas noches.

El niño sueña. Sueña que esa luna llena, redondamente gorda y blanca, baja del cielo, hace nido en su pecho, le recorre el cuerpo como la caricia que le anda escaseando, cae en el hueco justo de su empeine y escapa con ella.

“¡Corre, niño, corre!”, le grita un ladrón y el niño corre haciéndole gambetas de luna llena a la miseria.

“¡Corre, niño, corre!”, le grita una prostituta y el niño huye sin dejar que la luna llena toque el suelo y se manche de barro y estiércol.

Y salen los vecinos, alarmados por un bochinche de perros trasnochados, y aplauden… Aplauden asombrados al niño malabarista que ahora inventa una rabona que deja una estela de chispas, luminosa como la vía láctea, y a la vuelta de una esquina niño y luna desaparecen, hundiéndose en la noche mas profunda.

Shhhh… No despierten al niño que ha encontrado, por fin, eso que nosotros llamamos… felicidad.

Bombas de profundidad

La miró fijamente, un largo rato, y encendió un cigarrillo. Se sintió furioso por haber caído en la trampa. Cayó, infantilmente, totalmente desguarnecido.

Ella impávida había descargado toda su artillería y podía verse que no disfrutaba de la ventaja obtenida.

Con el primer café fueron las municiones del calibre 22:

- No te creo nada, solo sabes decirme mentiras.

La segunda descarga, fueron perdigones y de un calibre más grueso:

- ¿Acaso te crees que soy tonta…? ¿Que no me doy cuenta de nada?

- ¿Qué no sé, que tenés una fulana?

La tercer oleada del ataque, fueron las mortales bombas de profundidad:

- Alguna vez te pusiste a pensar en alguien más que no seas vos…

Apuró el último trago de café y no tuvo más remedio que sacar la bandera blanca.

Las últimas bombas, las de profundidad, habían logrado impactar en el objetivo.

El tipo que pasaba por ahí

Lucio querido….!!!!!!

Domingo frío en la City Porteña. Con un incierto reinicio del fútbol por el conflicto entre la AFA y Torneos. En una palabra: un domingo “embolante” y peor todavía si no juega Boquita.

Quiero nuevamente atraparlo con otro cuento, tan bueno como el anterior, y por supuesto dedicarselo también a la tía Beba, a la Cuca (que no se si le gusta más levantarse ó quedarse en la cama), a su amiga Marcela y por supuesto a la Nona. Mención especial para la gran Lenguisky que no se como hace pero siempre se la rebusca en cualquier lugar del Orbe.

Y como dice el Coco: los ” players ” están nuevamente entonados y pienso un fin de año con nuevos títulos. Como corresponde a uno de los cinco equipos de primer nivel mundial….!!!!!

He aquí el cuento que lo disfrute: ¡¡¡ QUE JODER HOMBRE…..!!!

Dolina, Alejandro
El tipo que pasaba por ahí

Suele ocurrir en los equipos de barrio que a la hora de comenzar el partido faltan uno o dos jugadores. Casi siempre se recurre a oscuros sujetos que nunca faltan en la vecindad de los potreros. El destino de estos individuos no es envidiable. Deben jugar en puestos ruines, nadie les pasa la pelota y soportan remoquetes de ocasión, como Gordito, Pelado o Celeste, en alusión al color de su camiseta. Si repentinamente llega el jugador que faltaba, se lo reemplaza sin ninguna explicación y ya nadie se acuerda de su existencia.

Pero una tarde, en Villa del Parque, los muchachos del Ciclón de Jonte completaron su formación con uno de estos peregrinos anónimos. Y sucedió que el hombre era un genio. Jugaba y hacía jugar. Convirtió seis goles y realizó hazañas inolvidables. Nunca nadie jugó así. Al terminar el partido se fue en silencio, tal vez en procura de otros desafíos ajenos.

Cuando lo buscaron para felicitarlo, ya no estaba. Preguntaron por él a los lugareños, pero nadie lo conocía. Jamás volvieron a verlo. Algunos muchachos del Ciclón de Jonte dicen que era un profesional de primera división, pero nadie se contenta con ese juicio. La mayoría ha preferido sospechar que era un ángel que les hizo una gauchada. Desde aquella tarde, todos tratan con más cariño a los comedidos que juegan de relleno.

Saludos Bosteros.
El Dani Garnero.

El patio de las pelotas perdidas

Lucio, querido:
Te envío este hermoso cuento del maestro Dolina.
Me recuerda a mi infancia jugando con la “Pulpo” de goma a rayas amarillas y rojas por los pasajes de Liniers. Teníamos cansadas a todas las vecinas y como dice el cuento, las señoras, cuándo aterrizaban en los patios de sus casas, nos las cortaban. Preguntale a la tía Beba si hacía lo mismo.
Un abrazo.
Dani Garnero.

Alejandro Dolina:
El patio de las pelotas perdidas

Los demonios ladrones andan merodeando cerca de las canchas. Cuando la pelota se va lejos, la ocultan entre los yuyales o en las zanjas para que los jugadores no puedan encontrarla. Ya en la noche, llevan las pelotas perdidas a un patio secreto.

Los demonios realizan además acuerdos infames con vecinos chúcaros. Y en las madrugadas recorren techos, canaletas y terrazas para comprobar su despojo.

Nadie lo sabe, pero en el patio están todas las pelotas perdidas: duras reliquias con tiento, flamantes cueros profesionales, humildes “pulpos” de goma, infames bolas de plástico que doblan en el aire, ásperas veteranas que han conocido mil costurones.

Un día entre los días vendrá del sur un duende bienhechor que ha de sacar las pelotas cautivas para devolverlas a sus dueños Y todos sentirán la emoción de revivir viejos piques olvidados.

Viejo y querido tango

Escucho, en la radio, apenas unos segundos de “El último organito” y en ese arranque sutil, descarado, grandilocuente y de alguna manera hasta obscena, me transporta a un mundo olvidado. Con otros valores, otros tiempos, otra gente.

Me pasa siempre lo mismo con el viejo y querido tango, logra conmoverme hasta lo más profundo. Es que nos habla de inmigrantes llegados con toda la ilusión de hacer la América, de historias de amores y desamores, de pasión, de arrabal, de matones y del amor incondicional a la “vieja”. Quizás por eso te pega en el alma.

Pasan las personas, los gobiernos, las modas. Vienen otras generaciones y terminan primando los valores de toda la vida. Termina siempre desgarrándonos lo más simple, lo que nos hace emocionar hasta las fibras más profundas.

Siguen siendo esas palabras de Homero Manzi, las de un viejo organito que va moliendo tangos para que llore un ciego, las que nos lleven a ese otro mundo. El de ayer, el de antaño, el de siempre.

Las ruedas embarradas del último organito
vendrán desde la tarde buscando el arrabal,
con un caballo flaco y un rengo y un monito
y un coro de muchachas vestidas de percal.

Con pasos apagados elegirá la esquina
donde se mezclan luces de luna y almacén
para que bailen valses detrás de la hornacina
la pálida marquesa y el pálido marqués.

El último organito irá de puerta en puerta
hasta encontrar la casa de la vecina muerta,
de la vecina aquella que se cansó de amar;
y allí molerá tangos para que llore el ciego,
el ciego inconsolable del verso de Carriego,
que fuma, fuma y fuma sentado en el umbral.

Tendrá una caja blanca el último organito
y el asma del otoño sacudirá su son,
y adornarán sus tablas cabezas de angelitos
y el eco de su piano será como un adiós.

Saludarán su ausencia las novias encerradas
abriendo las persianas detrás de su canción,
y el último organito se perderá en la nada
y el alma del suburbio se quedará sin voz.

El tren y el viaje (2)

- Andreita, hija, estate quieta. ¡ Por favor !

- ¡¡¡ Ayyyyy !!! Es este tonto, má, que me tira del pelo.

- Raulito, mi amor, si no te quedas quietito mamita te va a dar un coscorrón.

Mejor me quedo quietito, mamá se puso furiosa.

Ahora, con Andrea, nos reímos como locos cuando recordamos los viajes en tren hasta

la casa de los abuelos. Esperábamos días para hacer ese fantástico viaje hasta el fin del

mundo. La casa grande, el terreno infinito y miles de árboles donde poder subirse y

tocar el cielo. Sí, éramos realmente felices.

Este relato participo en el concurso literario:
III Certamen de relatos breves
(99 palabras máximo)
RENFE Cercanías Madrid


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