Autobiografía de otro

Las primeras críticas a Autobiografía de otro reflejan una preocupación que a mi juicio es superflua. Obviamente, y no sabes hasta qué punto, el libro se escabulle más allá de géneros y estilos, pero no debes creer que el portazo sea un asunto literario. La destreza narrativa de Carlos María Martells consolida el logro estético de su singular autobiografía, pero si nos detenemos a examinar las cuestiones formales perderemos de vista la conmovedora y brutal saciedad del autor.

Leyendo Autobiografía de otro uno debe sucumbir a la taumaturgia del hombre que nos habla con severidad y concisión. Haber encontrado en unos selectos episodios la huella del sí mismo, lo hace similar al Adán en cuyas entrañas podían verse las marcas del mundo. Reconocer las temblorosas intuiciones de nuestra infancia, descubrir nuestro verbo adolescente, o en los decadentes episodios del postmodernismo la huella de una mente abocada a proclamar su angustia, dibuja una asombrosa simetría: como si cada uno de nosotros fuera la ocasión en la que todo sucede de nuevo.

Dado que el autor maneja una estrategia narrativa de auto-ocultamiento sería absurdo que se intentara adivinar las claves de una biografía a cuya extinción se aplica con tanta diligencia.

Lo que importa del libro de Martells es el empeño puesto no tanto en decir como en mostrar la inminencia de una revelación nada complaciente. Sus lúcidas decepciones, sangrante recusación de nuestra bobalicona esperanza, se ofrecen a un lector prisionero de ficciones cuyo origen se remonta al instante mismo de la Creación. La reflexión que sigue el rastro de este legendario equívoco cultural es afilada y podría decirse que Martells filosofa con un cuchillo. En lugar de golpear, penetra, cercena. Su autobiografía, y a eso debemos prestar atención, es una violenta meditación sobre la ilusión que nos domina: ese yo mendicante que va por la vida recibiendo limosnas de emancipación.

Es tan elegante el hartazgo que da forma al libro que bien podríamos caer en la tentación artística de considerarlo una obra esmaltada y pulida para deleitarnos. Quien así lo crea pasará por alto el reproche metafísico que su autor espeta en el borde del abismo. ¿Tanto costará entender la magnitud de este acontecimiento?

La ironía trágica del autor, con la aguzada determinación de su prosa, gobierna hasta la más huidiza de las emociones. El hercúleo esfuerzo puesto por Martells en impedir que salgan a la luz es algo que siempre debe agradecerse, aunque en este caso se haya consentido un desliz revelador. Creo recordar que solo en dos ocasiones aflora la ternura y en las dos afecta a esos seres que habitan en nuestra misma existencia, pero encadenados al calabozo de la condición animal.

Si alguno quiere gozar con la admiración de Martells por la poesía, con su juicio a la astenia de las artes, con su ácido maltrato al género novelesco, con su cínico descrédito de las doctrinas, con su profético aviso sobre los demonios que ya pululan en libertad, encontrará motivos de sobra en estas páginas.

Pero lo esencial del libro es el autor que al comprender la naturaleza del mundo se dispone a borrar las huellas que ha dejado en él.

La muerte de Dios y la muerte del Arte en fúnebre procesión hacia la gran sepultura a la que el autor quiere tirarse de cabeza confesando con una sonrisa que a nada más debe aspirar un hombre honrado.

Que la revelación de la verdad no sea fruto de la desesperación concede a este libro una categoría muy similar a la que alcanzaron algunos gnósticos cuando descubrieron en la historia del mundo el escenario de una matanza de la que no podemos escapar.

Decía William James que el cerebro la transmite pero que la conciencia se origina en otra parte. No le parecía convincente, como a algunos neurobiólogos de hoy, que un amasijo de sesos pueda producir esa inconcebible función del entendimiento que nos permite pensar y saber al mismo tiempo como lo estamos haciendo.

El libro de Martells pertenece a estos perturbadores interrogantes. ¿Qué significa todo esto? El autor se lo pregunta cuando, en cierta ocasión, acompañado por su perro, contempla la penumbra que invade lentamente el paisaje al anochecer.

Perdido en el constante flujo de las generaciones que se suceden en perpetuo saludo de cortesía, consciente del penoso esfuerzo puesto en atrapar la evanescente entidad del sentido, Martells ha sabido liquidar la ficción memorialística y reducir la vida a esos tres o cuatro destellos en los que solo por un instante nos ha sido dado atisbar un no se sabe qué.

Autobiografía de otro preludia la certeza que galopa hacia nuestros ojos incrédulos y es, al mismo tiempo, la más extraña aparición imaginable en una época que no sabe a dónde va. La visión trágica, irónica y compasiva de Martells desdice las ficciones del mundo con tal radical nihilismo que no será raro el lector reconciliado con la devastación oculta en su propio espíritu.

La decadencia de la amistad

Una lejana pero muy querida amiga, me envió este cuento de Alejandro Dolina. No podía dejar de publicarlo para disfrutarlo entre todos. Gracias Mabelita por estar siempre pendiente y obsequiarnos este hermoso relato.

LA DECADENCIA DE LA AMISTAD – Alejandro Dolina

Muchos pensadores han creído notar que, en estos tiempos, la amistad es más un tema de conversación que una actividad concreta. Por cierto, es relativamente fácil encontrar personas dispuestas a componer canciones sobre los amigos. En cambio es bastante difícil conseguir que esas mismas personas le presten a uno dinero.
Según parece, el sentimiento amistoso se halla en decadencia. Todos los días uno tropieza con canallas que lejos de preocuparse por la escasez de amigos, se jactan de ella.
-Yo, amigos, lo que se dice amigos, tengo muy pocos, o ninguno- nos gritan en la cara. Y no advierte que el sujeto esta esperando que lo feliciten por semejante hazaña.
En los años dorados de Flores, cuando alcanzaban su apogeo la comprensión, la poesía y el juego del codillo, también existían enemigos de la amistad que preocupaban a los Hombres Sensibles.

Manuel Mandeb, el metafísico de la calle Artigas, colecciono algunas de sus obtusas opiniones en un opúsculo titulado maliciosamente Los amigos. Como ya es costumbre, transcribimos algunos párrafos.
“… La amistad debe nacer en la juventud o en la infancia. Nuestros amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavía, los que viven aventuras a nuestro lado. Y por lo general, la gente aprende y vive aventuras en la juventud. Después casi todo el mundo consigue algún empleo en casas de comercio y ya resulta imposible adquirir conocimientos nuevos o pelearse con una patota.
“…A los once o doce años, uno empieza a hartarse de la familia y encuentra que los muchachos de la esquina son mucho más divertidos que el tío Jorge. Durante más o menos una década nadie estará más cerca de nuestro corazón que esos muchachos. Y si uno quiere aprovisionarse de amigos, debe hacerlo en ese periodo. después será demasiado tarde…”

Según se aprecia, el criterio de Manuel Mandeb es interesante y tal vez verdadero. Sucede que en cierto momento de la vida uno descubre que esta rodeado de extraños: compañeros de trabajo, clientes, acreedores, vecinos y cuñados. Los amigos de verdad están lejos, probablemente encerrados en círculos parecidos.

Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas. Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan pálidas parodias de la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con los amigos viejos, que ya no estan. Cuando uno es joven no cuenta historias a sus amigos: las vive con ellos.

A pesar de estas sabias reflexiones de Mandeb, existió en Flores una agencia destinada a ofrecer amistad a los solitarios. Fue la celebre Proveeduría de Amigos de Ocasión. Sus fines de lucro eran innegables. Todavía hoy se recuerda su ’slogan’ publicitario: “Tenga un amigo desinteresado. Páguelo en cuotas”.
Con solo acercarse al mostrador, el cliente ya notaba un clima amistoso y amplio. Los empleados sabían como atacar.
-Buenas tarde. No sabes lo que me hizo esta mañana la bruja de mi mujer. Y a los treinta segundos uno se sentía entre amigos. Después, entre palmadas, guiños, pellizcones y confidencias, los comerciantes iban mostrando el amplio catalogo de la proveeduría. Tenían amigos silenciosos, dispuestos a escuchar cincuenta veces la historia de una operación. Amigos complacientes, siempre amables y elogiosos. Amigos efusivos que saludaban con abrazos y se despedían a los gritos. Amigos divertidos, ruditos en cuentos picantes y expertos en bromas pesadas. También se prestaba un servicio un tanto oneroso, especialmente para personas encumbradas. Consistía en el alquiler de una cohorte de adulones que acompañaban al cliente a todas partes, se reían de sus chistes, aplaudían sus ocurrencias y suscribían con entusiasmo cualquiera de sus pensamientos. Precediendo a esta comparsa, solía marchar un corneta, que abría la puerta de los bares y asomando la cabeza gritaba: -Ahi viene el doctor Del Prete…! El trabajo se hacia tan bien, que muchos de los contratantes ya no podíanprescindir de el nunca más. Muchos profesionales del barrio extinguieron su fortuna pagando este servicio de la agencia.
Un asunto que molestaba a los clientes era el rigor de los Amigos de Ocasión en sus horarios. Cuando vencía el plazo estipulado, se terminaba la amistad. Sin saludar, los contratados daban media vuelta y se iban, muchas veces interrumpiendo una carcajada o librándose bruscamente de un abrazo fraternal.
Sin embargo, hay que admitir que algunos aspectos del funcionamiento de la proveeduría eran bastante nobles.
Por ejemplo, la Sección Niños permitía que los padres eligieran a los amigos de sus hijos, sin correr riesgo alguno. Para ello se contaba con un numeroso plantel de chicos e incluso enanos, adiestrados en diferentes aptitudes.
Según el gusto paterno, podían encontrarse pibes atorrantes para avivar a los pequeños pelandrunes, niños estudiosos para estimular a los adoquines, y criaturas educadas y juiciosas para serenar a los más piratas. Desde luego, no pudo evitarse que muchos chicos se resistieran a la decisión de los padres. Así se oían con toda frecuencia en Flores frases como esta: – Camine a jugar con los amiguitos que le alquilo su padre, caramba…!
Asimismo existía un departamento para damas, con un amplio surtido de chimentos. Algunos malintencionados decían que las mujeres no contrataban amigas, sino enemigas, pero ese es otro asunto.
El fracaso más estruendoso fue el de la sección Amistades Mixtas. Nada cuesta razonar que los caballeros que solicitaban amigas escondían casi siempre otras intenciones. No se espante el lector pensando que nos internaremos en un tema tan manoseado como el de la amistad entre la mujer y el hombre. Vale la pena – eso si- recordar lo que dijo Manuel Mandeb a una amiga suya, tal vez alquilada en la proveeduría.
-Vea. Yo puedo ser su amigo si usted quiere. No trataré de seducirla ni me pondré romántico ni le haré propuestas indecorosas. Pero sepa que yo necesito que exista un amor potencial. Me resulta indispensable que exista una posibilidad en un millón de que algo surja entre nosotros. Le aclaro que es probable que si se da esa circunstancia yo salga corriendo. Pero es únicamente en virtud de esa remotísima chance que yo estoy aquí oyendo su conversación como un imbecil.
Los Hombres Sensibles nunca fueron buenos clientes de la agencia Amigos de Ocasión. Quizá porque sus presupuestos eran muy humildes. O a lo mejor porque les gustaba que los quisieran gratis. En cualquier caso, los muchachos del Ángel Gris tenían un criollo pudor en estas cuestiones. Para ellos andar declarando públicamente el grado de amistad que sentían por alguien era cosa de afeminados. Manuel Mandeb pasaba largas horas en la esquina de Artigas y Morón fumando con Jorge Allen, el poeta. Muchas veces ni se hablaban. Se contentaban con saber que el otro estaba allí.
Ya en su ultima etapa, la proveeduría empezó a ofrecer viejos amigos.
En un principio la idea consistía en rastrear -a pedido del cliente- el paradero de personas ausentes y lejanas. Pero como advirtieron que la tarea era demasiado complicada, resolvieron que era más fácil inventar antiguas amistades que rescatarlas del pasado.
Se preparo entonces un magnifico grupo de viejos mentirosos que ante la entrada de algún candidato de cierta edad, fingían reconocerlo y le soltaban cuatro o cinco recuerdos para ir tomando confianza.
Esta sección trabajaba mucho en las cenas anuales que suelen realizar los exalumnos de los colegios. Su misión consistía en ir reemplazando a los fallecidos y mantener siempre firme la concurrencia. Así, en cierta reunión de egresados del Colegio Nacional Nicolás Avellaneda, promoción 1921, se dio el curioso caso de que ninguno de los asistentes había pisado jamás ese establecimiento, lo que no les impidió evocar a profesores, reírse de pasadas travesuras y brindar por encuentros futuros.

Con el tiempo, la actividad de la agencia fue amenguando. Contribuyo a este hecho cierta mala prensa que siempre tiene la amistad entre los espíritus escépticos. En Flores, y en todos los barrios, se contaban leyendas sobre las traiciones de los amigos y sobre las ventajas de la soledad. Todavía en nuestro tiempo hay personas que se complacen en declarar que los perros son más leales y sinceros que los humanos. Cabe sobre esto una pequeña reflexión.
Tal vez sea cierto que los perros no traicionan. Pero esto no es en realidad una virtud del animal. Ocurre simplemente, que la módica organización mental del perro le impide realizar procesos tan complicados como una estafa. Es decir: los perros no pueden traicionarnos, por la misma razón que no se les permite escribir novelas.
Hoy cuando ya no existe la Agencia Amigos de Ocasión, vale la pena preguntarse si no será necesario inventar algo para reemplazarla. Será difícil, desde luego. Nadie podrá rescatar a los amigos perdidos. Poco podrá hacerse para librarnos de los desconocidos que llenan nuestro tiempo. En todo caso, cada uno de nosotros deberá cuidar lo poco que tenga. Sin componer canciones ni escribir poemas. Se trata únicamente de sentarse un rato en la vereda o de matear en silencio con los que están más cerca de nuestro espíritu. Si uno no tiene ya a los de antes, cabe decir que tal vez existen en el mundo amigos viejos a los que todavía no conocemos.

Yo mismo, las otras noches resolví salir de mi encierro y lleno de ilusiones me encamine a cierta esquina que conozco. Tenia ganas de fumar en silencio junto a tres o cuatro sujetos que se estacionan en ese lugar. Pensaba además cosechar algún guiño amistoso después de estos años en que estuve tan ocupado. Pero algo raro debe haber sucedido, porque no había nadie.

De “Crónicas del Ángel Gris”

Tócala de nuevo… Sam…

Iván estaba en la cola de la verdulería, el último día del año 2009, y una lluvia ligera, pero insistente, no paraba de caer sobre la city.
La anciana, mirando la lluvia, a través de los ventanales, dejó caer un:
“Cuando apenas llueve, mas fácil es olvidar…”.

La mente de Iván no dejo terminar la frase de la mujer y voló por momentos similares en un juego de relaciones. Se imaginó a Humprey Bogart y a Ingrid Bergman en una escena de Casablanca, que se le atribuye al personaje de Rick (Bogart), y que sin embargo ningún personaje pronuncia.
El personaje de Ilsa (Ingrid Bergman) dice: “Play it, Sam. Play ‘As Time Goes By’” (”Tócala, Sam. Toca: Según pasa el tiempo”).
Más adelante, Rick dice a Sam “You played it for her, you can play it for me. Play it!” (”La tocaste para ella, la puedes tocar para mí ¡Tócala!”.

Luego Iván la relacionó con la frase “Play it again, Sam”, que es el título original de la película Sueños de seductor, de Woody Allen.
En la película: Allan Felix (Woody Allen) es aconsejado por un Humphrey Bogart imaginario, salido de su mente cinéfila, que le dice como tratar a las mujeres.
Por último recordó una de las frases de la película:
“I love the rain – it washes memories off the sidewalk of life”
(Me encanta la lluvia… barre los recuerdos en las veredas de la vida…).

Aún asombrado de la profundidad de las palabras de la mujer, de cuanta sabiduría contienen las mismas, la noble anciana termina la frase:
“Cuando apenas llueve, mas fácil es olvidar… el paraguas…”

Medianoche: triple crimen en Ituzaingó

Lo último que vio fue a aquellas tres personas perdiéndose en la niebla.
Don José, herido de muerte, siguió arrastrándose y desde la puerta de la cocina los vio huir y esa imagen sería lo último que se llevaría de esta vida. Antes habían estado festejando el cumpleaños de Gastoncito, el nieto del medio de su segunda hija, que cumplía cinco años. Se le conmovería el alma, al ver la alegría que tenía su nieto, cuando al abrir los regalos vio la pelota. No se lo esperaba. Rubencito, el menor, enseguida trató de sacársela, como siempre hacía con todos los regalos de sus hermanos. José Manuel, el nieto mayor llevaba su nombre, fue a encarar al abuelo y a decirle, como quién no quiere la cosa, que el próximo mes cumpliría los ocho años y que esperaba unos botines nuevos para estrenarlos en el club. El viejo José se rió y a modo de complicidad le guiño un ojo. Al terminar la fiesta y después que se fue todo el piberío, Alejandra, la hija predilecta del viejo, lo obligó a que se quedara a dormir para que no tomara frío.
Casi de medianoche, cuando finalmente Alejandra pudo hacer dormir a los tres “indios” se puso a lavar los platos en la cocina mientras que Raúl, su marido y Don José terminaban de jugar una interminable partida de ajedrez.
No los oyeron entrar, ni siquiera ladró Messi, así le puso Raúl al viejo pastor inglés, como un capricho personal, decía que tenía el pelo que se le caía a los ojos y que era un perro igual que el del Barcelona. Actuaron como un comando, sigilosamente los apuñalaron sin poder ni pegar un grito. Se tomaron todo el tiempo del mundo en desvalijar la casa. No había motivo para ensañarse como lo hicieron.

Los diarios dirían: Otro caso de horror se sumó esta noche a la “sensación de inseguridad” de la que habla el gobierno: un matrimonio y otra persona (sería el padre de uno de los miembros de la pareja) aparecieron asesinados en una casa de Ituzaingó.
Un vecino, efectivo de la policía Federal, fue quien descubrió lo que había ocurrido, al ir a golpear la puerta de la vivienda, convencido de que “algo estaba mal”. El policía se encontró con los cadáveres en la cocina, mientras en uno de los dormitorios dormían los tres pequeños hijos del matrimonio, sin haberse percatado aparentemente de lo que sucedía. La policía de Ituzaingó trabaja intensamente tratando de recoger alguna pista que ayude a empezar a desentrañar el salvaje episodio.

Examen final

Ferrer Vich, Bernardo
Examen final

Miguel estaba seguro de no fracasar en esta última prueba: llevaba notas con esquemas en el dobladillo de los pantalones, diagramas pintados en los puños de su camisa y una grabadora con indicaciones en la chaqueta.

Sin embargo, todo se vino abajo cuando ella le gritó:

— ¡Por Dios cariño, desnúdate ya y ven a la cama!

Trenes, androides y chupetines

Antón, por unos segundos, perdió el tren. Ahora tendría que esperar un largo rato por el último. El que lo llevaría al hotel. A su refugio temporal. Esa ciudad le resultaba absolutamente extraña. Todos trenes automáticos, como la mayoría de sus gentes. Androides pululando de un lado a otro y todo en absoluto silencio.
Había cruzado Ciudad Buen Ayre sin darse cuenta y se hizo hora de regresar. Llegó al muro de circunvalación de la ciudad, casi sin proponérselo, por una mala combinación en una aséptica estación y quedó totalmente perdido.
Salió del Metro a respirar un poco de aire, ya tenía paga la tasa de ese día, por el consumo del aire purificado, que el señor intendente, Mauricius Macrus, cobraba a todos los habitantes y visitantes de Cuidad Buen Ayre, y recorrió sin proponérselo un largo camino. Cansado entró a la primera estación de Metro que encontró.
En el andén, dos androides limpiadores recogían cualquier suciedad del piso. El suelo era pulido una y otra vez con extrema exactitud. Todo en el más absoluto silencio.
Extrañaba su ciudad, sus gentes, sobre todo lo ampuloso que resultaban al expresarse, como gesticulaban cada conversación, la pasión que ponían al contarte una historia. Esta ciudad le resultaba hostil, inhumana.
Mientras esperaba el último tren, sacó del bolsillo de la chaqueta un chupetín que tenía desde hacía tanto tiempo, que apenas se le veían las letras en el papel del envoltorio.
Le quito el papel y se lo llevó a la boca. Nunca más volvería a disfrutar de algo tan exquisito.
Sin darse cuenta, el papel del envoltorio del chupetín se había deslizado al piso y los dos androides vinieron a recogerlo. No pudieron agarrarlo porque sin querer Antón lo había pisado y se le quedó enganchado en la suela de goma del zapato. El androide 10 llamó a los androides policías y estos, con voz metálica, lo intimaron a que obedeciera.
Antón, que tenía puestos unos video-auriculares, al notar la presencia de tantos androides se levantó del banco y eso fue lo último que hizo.
Uno de los androides policías sacó su pistola de rayo desintegrador y le aplicó en ese mismo lugar la sentencia que el Código Penal Instantáneo dictaba para esos casos (el CPI permite juzgar y sentenciar en el momento cualquier contravención al Código de Urbanismo). En un momento Antón quedó reducido a cenizas.
Mientras los androides policías se alejaban, el androide 09 recogía todas las cenizas y el androide 10 pulía el piso. Enfrente, en un cartel luminoso se podía leer: “Mantengamos limpia a Ciudad Buen Ayre”.

Último hombre

Sacheri, Eduardo
Último hombre

López había cumplido siempre. Había ganado y perdido, cosa por cierto evidente. Pero jamás había abandonado su puesto. Jamás había sacado el cuerpo por cobardía. Jamás había temido hacer un sacrificio. Era un back enérgico y silencioso, lector de buenos libros. No le molestaba jugar de último hombre. Ni que la pelota estuviese, en sus pies, eternamente de paso. Hacía el quite, buscaba con la mirada a los vociferantes mediocampistas, y se la sacaba de encima con algo de premura y una cierta mácula de torpeza. No se sentía menos por ello. Sabía que, sin su presencia allí, en el fondo, el equipo podía venirse en picada, por más que los delanteros se florearan con toques y gambetas. ¿No había sido una catástrofe, acaso, aquella segunda rueda el otro año, cuando él había estado parado por la operación de meniscos? Al técnico casi lo internan del disgusto: los contrarios se hicieron festines memorables. La defensa, sin él, era un colador endemoniado, un puente cándido por el que podía pasar hasta una anciana en muletas y llegar cara a cara con el arquero. De modo que, aunque a veces le produjera cierto hastío el desdén de los volantes, la cómoda pereza de los delanteros, la pegajosa y algo inútil admiración de los laterales, López era un hombre en paz.

La noche definitiva era una de esas noches en las que llueven lluvias mansas, parsimoniosas, leves y frías. Irían, cuanto mucho, veinte minutos del segundo tiempo. Cero a cero, trabado en el medio, cosa natural en dos equipos jugados al empate en el afán de sacarle el cuello a la guillotina del descenso. López hacía lo suyo. Trababa. Ordenaba. Sometía al árbitro al consabido rosario de jeringueos y reproches.

La hecatombe no se anunció a través se señales contundentes. Simplemente se inició cuando López salió a cortar una pelota dividida con el siete contrario, un jovencito rápido y atrevido, que siempre amagaba por adentro y salía por afuera. López no se inquietó, aunque su rival llegó a bajar la pelota un segundo antes que él cortara. Lo dejó en cambio detenerse en seco, hamacarse, sobrarlo. Y cuando el otro por fin disparó por afuera, López se lanzó a la pileta húmeda del lateral con la certeza de que sus 95 kilos serían suficientes para trabar el balón y proyectar al jovencito hacia los carteles del costado.

Cuando se incorporó, la pelota descansaba junto a su botín izquierdo. El otro yacía, aturdido, en un charco cercano al banderín del córner. Había cumplido según el manual del perfecto zaguero, y algunos aplausos regados desde la grada semidesierta le entibiaron el alma. Faltaba únicamente buscar con la mirada al tres o a algún volante, para que abrieran el juego. Pero entonces pasó lo que nunca había pasado antes. López bajó de nuevo los ojos. Vio sus pies embarrados, su rodilla raspada, sus medias bajas, y la pelota brillante, reluciente. Los gritos desde el medio le llegaron de inmediato, pero López decidió que debía esperar a que algo terminase de tomar forma dentro suyo. Tal vez el nueve contrario advirtió sus vacilaciones, porque se le vino al humo con la lengua afuera para atorarlo en su torpeza. López llegó a oír que el técnico le gritaba que la colgara, que la colgara, pero en lugar de obedecer no pudo evitar bajar de nuevo la cabeza y volver a verla, como nunca hasta entonces, hasta enamorarse de ella hasta el último rincón de su alma. Entrecerró los ojos. Inspiró profundamente. Oyó con una nitidez absoluta el galope tendido del delantero, notó su respiración agitada, le vio la codicia ególatra que siempre llevan en el rostro los delanteros.

Nunca supe lo que López sintió en ese momento. Yo supongo que fue una súbita intuición de la negritud insoslayable de la muerte. De hecho, cuando el contrario se le tiró a los pies, López hamacó sus 95 kilos, balanceó su cadera inexperta, y dejó que el botín acariciara levísimamente la pelota. A los treinta y tres años Juan López acababa de tirar un caño en el borde del área. El técnico escupió el pucho y le gritó que la largase. López lo contempló sin prisa y sin cariño. Cuando adelantó el balón y se lanzó tras él al trote, lo había olvidado para siempre. Llegó hasta el mediocampo sin que le salieran al cruce. El único estorbo eran los gritos de los suyos, que sin comprender el milagro se la pedían como si tal cosa, como si él no fuese capaz de avanzar con la cabeza en alto, con el gesto sereno, con una libertad indómita que le nacía en el vientre y lo invitaba a seguir yendo.

El técnico, fuera ya de sus cabales, lo insultaba en escalas polícromas y lo conminaba a largarla y a volverse. El iluso no sabía que López corría irrevocable a su destino, o al menos a uno de todos los destinos que habitan la vida de un hombre. Cuando al fin le salió el volante central López le amagó por dentro y se le escabulló por el callejón del diez. Pero en su apuro inexperto la tiró algo larga, de modo que el ocho de ellos se le vino al humo, seguro de llegar primero. Para entonces el técnico acababa de cruzar el umbral del desconsuelo. López había pasado a dos contrarios, pero había metido tal desbarajuste en los relevos que nadie sabía donde cuernos pararse. No estaban listos para eso. López nunca había subido. Retacón como era, no servía para ir a buscar los centros. De modo que el otro central trataba de acomodar a los dos laterales, en la seguridad de que el contraataque era inminente y los iba a agarrar papando moscas; mientras los volantes chillaban pidiendo una pelota ya definitivamente perdida.

Pese a todo, y cuando el marcador se lanzaba con los botines de punta, López adelantó la diestra con la presteza de un delantero consumado y empujó con lo justo el balón un metro escaso. Sintió el dolor inconfundible de un tobillo aplastado bajo los tapones del rival, pero ni siquiera sopesó la posibilidad de detenerse.

Ahora corría cerca de la raya, y de vez en cuando la alejaba de la línea con sutiles toques de una zurda que hasta entonces le había servido sólo para apretar el embrague. Eufórico, seguro de sí, estiró el brazo derecho, señalando la extensa pampa abierta a las espaldas del marcador de punta. «Carucha» Pontón, el win izquierdo, le entendió la seña y salió disparado. López, sin mirarlo, le puso una pelota inaudita con la cara externa del pie derecho, para que la bola pasase por fuera del marcador e hiciese la comba volviendo hacia la cancha, justo a tiempo para que Carucha la cazara, al vuelo, y picara hasta el fondo bien habilitado.

Por primera vez en su vida, López encorvó el cuerpo y se lanzó en velocidad hacia el área. Uno de los centrales le hizo el honor de pretender sacarlo con el cuerpo. Pero López no era uno de esos contrahechos que suelen jugar de nueve para no transpirar ni despeinarse. Se lo sacó de encima con un par de forcejeos del brazo izquierdo. Mientras seguía lanzado en su carrera entendió que había elegido bien a quién lanzar el pelotazo: Carucha, Dios lo bendiga, estaba llegando al banderín y sacudiendo la cabeza buscándolo a él, a López, al seis, al último hombre de toda la vida, para que la mandara guardar de una buena vez por todas. No buscaba a esos amargos pseudo infalibles de corazón tibio que se consideran elegidos para el terso destino de la delantera. No, nada de eso. Lo buscaba a él, a López, al burro de carga, al percherón del lechero, para que tentara el destino de convertir un gol de hazaña.

Deslumbrado, como un recién nacido, López cruzó como una exhalación la medialuna del área. Dio dos pasos y se elevó en el aire. Sintió las gotas de lluvia en el rostro. Sintió la luz de los flashes. Sintió la bocina de un tren que pasaba por detrás de la popular visitante. Y sintió la caricia abrupta del balón impactándole en la frente, abandonándolo rumbo al arco, dejándole una mancha de barro sobre la ceja, cerrándole para siempre la puerta al miedo y al olvido. Termino mi relato aquí, temiendo que algún lector futbolero se sienta defraudado al desconocer el destino final del cabezazo. No voy a rematar la historia apuntando si el balón se colgó de un ángulo, o si salió ocho metros por encima del travesaño. Si me explayo en esa materia estaré distrayendo la atención hacia un detalle intrascendente. Lo inolvidable, lo sagrado para mí, que estuve presente en la noche final en que López decidió cortar la soga, es su imagen al volver desde el área contraria. Sereno. Feliz. Altivo. La camiseta fuera del pantalón. Las medias bajas. El barro en las pantorrillas. Y una mirada absorta, emocionada, enternecida en la intuición de su libertad recién alumbrada. Una mirada sin destino fijo, apoyada en todo caso en un punto cualquiera del horizonte; de esas que los hombres sólo usan para mirarse a sí mismos.

Candy Cigarette

Este cuento participa en el blog “Bicho de letras” y la foto es de Sally Mann

Candy Cigarette, así se hacía llamar, cansada de contar siempre lo mismo, miró una y otra vez al fotógrafo de turno e hizo la clásica pose que tantas otras veces había hecho a lo largo de su vida. El brazo derecho, cruzado sobre estómago, como una barrera protectora de la maldad del mundo, el brazo izquierdo apoyado ligeramente y en el final de la mano, entre sus dedos, un cigarrillo. El reloj que llevaba en su muñeca derecha fue un regalo. Ni siquiera recordaba quién se había dado. Que más daba.

El cigarrillo se quemaba como tantos otros, se había hecho humo y cenizas.

-¿Cuantos años tenés…?

Secamente contesto:

-¿Cuántos quieres que tenga…?

-Desde cuándo haces esto…

No supo contestarle al periodista una simple pregunta y eso la dejó perpleja. Buscó entre sus recuerdos y no encontró nada que sirviera de respuesta.

Desafiante, solo atino a decir:

-Hace demasiado tiempo…

El cigarrillo se esfumó y Candy Cigarette volvió a su trabajo.

Sueños

El Dani Garnero en otro extraordinario aporte, nos envía un relato corto de J.J.Panno. Gracias por tu colaboración.

Panno, Juan José
Sueños

El sábado a la noche el delantero soñó que en el partido del día siguiente ejecutaba un penal y era gol porque amagaba y disparaba a la izquierda del arquero que se iba, engañado, hacia su derecha.

El domingo, el árbitro cobró un penal para su equipo y el delantero, que tenía muy presente el sueño, amagó a la derecha y le dio hacia la izquierda del arquero, casi con displicencia, respondiendo a la premonición.

El arquero, que se había volcado justamente hacia su izquierda, no tuvo que hacer mucho esfuerzo para detener la pelota.

El delantero se quedó estático, azorado. La perturbación se multiplicó cuando el arquero, al pasar a su lado, mientras sacaba la pelota le dijo en tono canchero: “los sábados a la noche me tiro a la derecha, los domingos a la tarde, no”

Te ofrecerá una copa llena de vino

El Dani Garnero nos envía un relato del poeta preislámico Tarafa.

Tarafa
Te ofrecerá una copa llena de vino

“Por la mañana, cuando vengas, te ofreceré una copa llena de vino, y no te importe beberte el licor de un solo trago; volverás a comenzar conmigo. Los compañeros de mis placeres son nobles mozos de rostros brillantes como luceros. Una cantadora, con su vestido de rayas y su túnica de color azafrán, viene todas las noches a alegrarnos. Su túnica descotada deja que las manos amorosas se paseen libremente por su seno….. Estoy entregado al vino y al placer; he vendido lo que poseía, he disipado los bienes adquiridos y los que había heredado. Censor que vituperas mi afición a los placeres y a los combates, dime: ¿tienes la receta para hacerme inmortal? Si tu sabiduría no puede alejar de mí el fatal momento, déjame que todo lo prodigue en los placeres, antes de que me alcance la muerte. El hombre que tiene inclinaciones generosas, bebe en ancha copa durante su vida. Mañana, censor rígido, cuando los dos muramos, veremos a cuál de nosotros consume una sed más ardiente.”


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