Helado de por medio, te conocí

No era nada sencillo. Lo había pedido en reiteradas oportunidades pero recién en unos minutos se concretaría: conocer a la hija de mi novio… Tomé el colectivo como si nada, luego de responder un par de mensajes de texto que me invitaban a compartir unos helados… Ella quería verme… ¿Por qué razón lo deseaba? ¿Por qué yo compartía ese sentimiento?
Desde hacia algunos años yo escuchaba hablar de ella. Para mi novio era lo más importante en el mundo (más que yo? Seguramente que sí, pero como recriminárselo si muy posiblemente el día que yo tuviese hijos se iban a convertir en mi prioridad por sobre todos los mortales).
Sebastián (pues ese es su nombre) me había dicho que era bastante más alta que la media de las nenas de su edad (8 años) y que, como su ex, era “rechonchita”.
Cuando recién había puesto un pie en el transporte público que me llevaría al encuentro, vuelve a caer un mensaje que me interrogaba por el período restante para nuestra presentación formal. Unos segundos más tarde, los divisé.
Allí estaban sentados en el cantero de la heladería más concurrida de Florencio Varela. A medida que me acercaba los rostros se empezaron a iluminar. No pude disimular una sonrisa entre nerviosa y feliz.
No era tan grande como la imaginaba. Más bien era pequeña y tierna. Me cayó bien (y eso en mi es muy raro). Comenzamos una sociabilización y puesta al día bastante atropellada. Ella me hablaba como si me conociese de toda la vida. Y la acción de rechazo, freno o pared entre ella/mi novio y yo nunca se dio. O por lo menos, tanto ella como yo, supimos manejarlo… Teníamos un gran amor que compartir, no nos quedaba otra. Yo sabía cuanto él amaba a su hija (si fue esa la razón que nos mantuvo un tiempo sin poder concretar nuestro amor). Ella sabía cuanto me amaba su padre (yo había sido parte de la causa de su divorcio).
En ese preciso instante firmamos un contrato de convivencia si puntualizar en ello. Había sido menos traumático de lo que, seguramente, ambas pensábamos. Mi novio (su padre) se veía aliviado y hasta feliz. Nos quedaba en largo camino por recorrer, y por suerte ya habíamos dado nuestro primer paso juntos.

Nosotr@s podemos escribir una nueva historia

Inicio este espacio de comunicación repudiando a los clásicos y, en especial, a todo el mundo Disney. Estoy cansada de decirlo, escribirlo, cantarlo (y ya estoy intentando dibujarlo y bailarlo… además de hacer algunas estatuillas). LAS MADRASTRAS NO SOMOS (todas) MALAS… ¿Cómo los hijos de nuestras parejas no nos van a odiar, temer o ignorar si continuamente la historia de la mujer mala que pretende alejarlos de sus padres se repite cual mito?

Estoy cansada de ver en cuanta publicación fantasiosa masiva encuentro, el estereotipo de madrastra: fea, vieja y malvada o linda, joven y despiadadamente ambiciosa. Por favor, no puede ser que nuestro mundo se sostenga sobre este mito de la Madrastra= Bruja…

Por años hemos sufrido bajo la teoría de que la mujer debía ser madre para realmente considerarse, justamente, mujer. Ahora que, más o menos, estamos superando esta etapa nos continúan achacando desde los medios de comunicación con esta otra versión de la especie femenina no valorable (en el sentido económico/político). Ahora que escribo, me pongo un poco paranoica y parezco Armand Mattelart y Ariel Dorfman (sí, los dos juntos ¿y qué?), me pregunto si esto no será parte del sistema en que vivimos. Las madrastras (algunas veces, previamente amantes) no somos funcionales al mismo, no dejamos que nuestra satisfacciones este solo en las manos de un hombre, no pretendemos en un principio ser madres para alcanzar nuestra plenitud y tampoco anhelamos ser tan solo amas de casa.

Pero no solo esto nos juega en contra, porque (por extensión del estereotipo de madrastra) el hijastro es mostrado al mundo (sobre todo infantil) como el olvidado, relegado, maltratado y no querido como “verdadero” hijo… Más triste no había ¿no?
A todo esto se le debe sumar la no ficción que acompaña. Quiero decir, siempre existe un pariente interesado en sacar tajada de la situación que no hace más que “hablar mal” de esa persona que intenta ser parte de la familia sin desplazar a nadie.

Este punto es mucho más complicado porque el eco incansable del mito se repite una y otra vez y está ahí… respira, se mueve, vive, ¡Te rompe soberanamente los ovarios! No pretendemos que nuestros hijastros traicionen a sus progenitores. Por lo menos, yo NO PRETENDO ROBARLE A LA MADRE EL AMOR DE SU HIJA.

Ahhhh… Todo esto sirve para desahogarme, teorizar y hasta imaginar un rato. Ahora puedo decirlo: SOY MADRASTRA ¿Y QUÉ? No es mala palabra, desmitifiquemos su sentido negativo. Pese a quien le pese, soy parte de la tercera estructura familiar (si entendemos que la primera fue la de sus padres juntos y la segunda, la de ellos, separados). No intento entrar de lleno en su vida. Entiendo que necesitará tiempo, y eso es lo que nos sobra.

No soy una bruja, no soy malvada, no soy vieja, no soy fea, no soy joven, no soy linda, no soy despiadadamente ambiciosa… Se lo que soy, SOY UNA MUJER QUE SE ENAMORÓ ¿Qué, acaso es pecado? SOY UNA MUJER QUE QUIERE A LA HIJA DE SU NOVIO ¿Es muy loco creerlo? Y no solo eso, la quiero, la siento mi compañera y aún no la conozco. Me importa muy poco el contexto y el imaginario social que hay creado en torno a las madrastras. Yo soy diferente a esta farsa. Mi hijastra es única. Ambas amamos a la misma persona y de maneras diferentes, compatibles, potenciable. Nosotr@s podemos escribir una nueva historia.


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