Per aspera ad astra: por el camino más difícil a las estrellas…

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Per aspera

 ad

astra

 

 
 

 A la virtud de los unos… a la insensatez de casi todos…

 

El nirvana se toma por asalto…

 (Budha)

 

 

 

 

El almirante Takajiro Ohnnishi, creador y Sumo Sacerdote del cuerpo de Kamikazes, terminó su alocución entre lágrimas diciendo: “Si estamos dispuestos y resueltos a sacrificar veinte millones de japoneses en los Kamikazes, la victoria será nuestra…”

 

***

 

Kathsùmi –una mujer iluminada de virtud– se puso el Kimono de su boda y se suicidó cortándose el cuello. Antes de hacerlo, escribió una misiva.

 

Amado Dan: Mi corazón rebosa de alegría al saberme pronto nuevamente a tu lado. Soy feliz, porque donde estaré esperándote, ya no habrá más pruebas. No te preocupes por mí, yo ya he dejado este orbe para aliviar tu tristeza. Me honra haberte pertenecido en cuerpo y alma, y espero haber sido digna de tu amor. Te dejo este poema que es el sentir de nuestro Emperador y de nuestro pueblo:

 

“El cerezo es el primero entre los árboles; el guerrero es el primero entre los hombres”.

(Antiguo poema Japonés)

Este mundo es efímero, seguro que sí, pero el otro es eterno. Te estaré esperando.

Kathsùmi.

Pd: Agradécele nuevamente al capitán por hacerte llegar este escrito.

 

***

 

 

Luego de leer aquella nota, la imperturbable mirada de Dan se quebró de manera muy gradual, como buscando algún vestigio de paz y armonía que sobreviviera en el ambiente. Apenas fueron tres inacabables lágrimas las que cayeron sobre la inscripción de la bandera que él portaba, y que todo piloto debía de llevar antes de emprender su vuelo sin retorno. Esa bandera decía lo siguiente:

 

“Todo por el Emperador; estamos deseosos de morir por él”

 

Él se dirigió al capitán, su mirada a la nada…

–Sé que las tácticas ordinarias son ineficaces y también soy consciente de que debemos ser sobrehumanos para vencer al enemigo; no obstante, soy feliz, porque una vez muerto, mi espíritu volverá y seguirá luchando.

 

Antes de partir, Dan le entregó al capitán un Haikù –que es una de las formas de poesía tradicional japonesa más extendidas en el mundo, y que escribió con su propia sangre, haciéndose una moderada abertura en el dedo índice con su espada samurai, y le pidió el favor de dejarla en la tumba de Kathsùmi cuando se comprobara la colisión de “Flor de Ciruelo” –o Kawanishi Baika traducido al idioma japonés–, que era el nombre del avión suicida que él pilotearía.

–Lo prometo –le respondió el capitán.

 

Los últimos minutos…

 

Ya en el vuelo, Dan podía sentir hasta el olor de Kathsùmi, su pesada respiración sobre su pecho, producto de algún abstruso sueño sin fin; el rostro en la mañana cuando ella esperaba algún beso que había quedado pendiente… después de una noche sin límites donde ambos se tuvieron a su antojo; el roce de su piel con la suya cuando ella dormía y él la acariciaba y jugaba a sorprenderla, aun sabiendo que no la sorprendería, pues ella lo esperaba… 

 

Presionando fuertemente el timón de “Flor de Ciruelo”, recordó la primera vez que Kathsùmi se entregó a él; el primer beso, las primeras caricias, los primeros halagos. Rememoró también, aquel mágico momento en el que cada uno descubría qué había debajo de cada prenda, navegando desde la piel hasta llegar al corazón colmado de expectativa por liberar lo más profundo.

 

Los últimos segundos…

 

La colisión frontal era inminente, angustiante y por demás elocuente; la carga psicológica de Dan parecía ser el peso de toda una vida, de toda la historia, y el peso de ésta, significaría finalmente la suya…

Luego, luego la nada… digo la nada por adjetivar el término de alguna manera concreta, plasmante; semejante intento de aproximación a la definición de este vocablo es precisamente lo único concreto, luego… luego no hay nada.

Dan y “Flor de Ciruelo” se estrellaron contra un portaviones enemigo, y el cielo se encargó de albergar sus moléculas y llevarlas nuevamente a transformarse; quizás, en ellos mismos, pero con otros nombres, sabores, colores, aromas, formas, designios…

 

***

 

 

El capitán se dirigió al féretro de Kathsùmi, la miró fríamente y, en un sentido instante de luz, apuñó tenazmente el haikù de Dan, para luego desprenderse de él.

 

 Hasta ese momento, el capitán solo había expresado una marcada tendencia a la inmutabilidad –seguramente por su ponderada formación militar–; sin embargo, se quebró saliendo del velatorio de Kathsùmi, no sin antes dar el pésame a los deudos, y se dirigió a una añosa roca de tres niveles para exteriorizar finalmente sus lágrimas; esas que no solían mostrarse fácilmente.

Él sabía que, el valor de sus lágrimas, las de Kathsùmi, las de Dan y las de todo su atribulado país, solo se valorarían al final de las épocas, cuando germinaran las semillas del cambio y florecieran en el círculo del tiempo.

 

Resultaría imposible e inenarrable, describir el dolor que circundaba en aquel momento el sentir del capitán; pensó, quizás, que Dan y Kathsùmi ya habían sido liberados del suplicio, y esto le otorgó una profunda pero leve paz. Él también tenía un amor, pero también la certeza del inminente dolor; solo era cuestión de tiempo. Él también, junto a su esposa, terminarían igual que Dan y Kathsùmi, solo era cuestión de tiempo… Pensó imitar a Dan –pero esta vez estando ella en vida–, y escribirle algo a su amor que consolara de alguna forma su desesperanza antes de morir. ¿Otro haikù? 

Por cierto… ¿Y el Haikù de Dan…? Perdón…lo estaba olvidando… el Haikù de Dan expresaba lo siguiente:

 

La vida es dolor,

y el dolor lo es todo,

 quiero vivir…  

 

***

 

El 6 de agosto de 1945, tristemente recordado como “el día de la doble aurora”, hubo una explosión catastrófica, que destrizó el pueblo de Hiroshima; tres días después, los aliados se encargaron de devastar, también, Nagasaki.

 

¿Es posible que sienta nostalgia por una realidad en la que no estuve presente? ¿Cuál fue, en todo caso, la frontera que aún no crucé? Si es que todavía no he vivido o no logro recordarlo, ¿qué fue entonces lo que he perdido?

Digo esto porque anoche, ya conmigo mismo, le pregunté a una roca de tres niveles que decía llamarse el testigo del tiempo, dónde terminaba el recuerdo…

–En un lugar llamado olvido… –me respondió.

–Perdón, me equivoque en la pregunta, quiero decir, ¿cuándo termina el recuerdo?

–Cuando empieza un motivo para dejar de recordarlo…

–¿Crees que pueda existir algún legítimo motivo como para dejar en el vacío absoluto desesperadas súplicas y vencidos pedidos de disculpa de la humanidad para con la humanidad? –le pregunté añorando alguna respuesta–. ¿Quizá otro haikù que me haga recordar?

 

-Hierbas de verano…

es cuanto queda…

de las visiones de los soldados… – me respondió…

 (Haikù perteneciente al gran poeta japonés del siglo XVII Matsuo Basho)

 

 

Interpreté muy bien aquella metafórica respuesta, pero confieso no haber quedado conforme; sobre todo porque buscaba vislumbrar y/o clarificar mi presente inmediato, y no mi mañana infinito.

 

–¿Qué fue lo que perdí? ¿Cómo puedo llegar a saberlo?

“¡Solo debes tener una reminiscencia, nada más!”

“Intentando estimularte para emprender tan apoteósica y no menos delirante empresa” –dije para mis adentros.

“¿Entonces? –seguía divagando–. ¿Por dónde es que debo empezar, para así, y de una buena vez, llegar… adónde?”. 

–Per aspera ad astra…– me dijo el testigo del tiempo…

 

 ***

 

 Nota de autor:

La alocución del almirante Takajiro Ohnnishi, ha sido transcripta tal cual lo señala el libro “Armas suicidas” de A.J Barker, y que fue publicado por la editorial San Martín; así como también, algunos fragmentos de la carta de Kathsùmi a Dan.
 

 

La metáfora infinita

 

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La metáfora infinita

 

A la demencia… que no es igual a la locura…

 

Alegoría a aquellas historias que nacen en la medianoche y mueren ante la primera luz del alba…

 

En medio de las voces, las luces y el estruendo de las festividades del pueblo, una romanza inexplicable circundaba sutil en sus oídos, llamándolos. Aquella voz ––resonancia que solo ellos podían oír––, los retrotraía, los envolvía.

 

Pronto, y sin saber porqué, coincidieron en la arena húmeda de la isla de Las Dalfhlas. Cuentan que esa isla es el lugar donde terminan todos los recuerdos; los antiguos solían llamarla…Olvido…”La isla del olvido”.

 

La luminiscencia de la luz de la luna no tardó en acariciar sus cuerpos, y de pronto los acogió. Internamente, sintieron una poderosa percepción de sí mismos con relación a ellos mismos, como una esperada y unificada dualidad; entonces vislumbraron ––al saberse portadores de sus respectivos símbolos–– estar en presencia de una revelación antes de tiempo… 

 

Tomados de la mano… ellos divagaron mirando el firmamento, y jugaron a figurarse que podían unir el estrellado cielo con el azul profundo del mar. Imaginaron una sublime escalera de piedra que nacía de las profundidades del océano y se extendía en forma vertical hasta llegar a comunicarse con los dioses, ¡Sí!, allá arriba, donde la magnitud del enigma que nos rodea llora al ver un mundo a punto de morir…

 

 

Ambos portaban, cual oscura metáfora infinita, sus asignadas dagas de plata que seguían con su talante habitual: orquestar sus amores, pero también sus muertes. Aquellos símbolos contaban con dos enigmáticas particularidades: la primera, era que a ella le correspondía la cara tallada en bajo relieve que le permitía, por su cóncava forma de mujer, albergar la cara tallada en alto relieve que le había sido estipulada para él; ambos perfiles encajaban a la perfección y, uniéndose, conformarían una sola daga, un solo ser.

 

 

 …Obtuvieron estas dagas gracias al obsequio espontáneo de Yolanda, una mujer que vivió su vida sumergida en la magia de las cuevas gitanas de Granada, escuchando rumbas y flamencos. Ella lograba cohesionar ––mediante el uso de la cartomancia, la lectura de las runas, y su demente meditación––, la realidad sensible de los humanos con la parte irracional de su razón: los resultados, casi siempre eran escabrosos.

 

 En la isla de Las Dalfhlas, ellos, ensimismados ––y también excitadísimos por la inaplazable llegada de la consumación––, solo esperaban la luz de la sombra… hora en que las sombras, por un instante, logran ocultarse gracias a la luz que emana de su propia penumbra… para, una vez llegado este momento, cumplir con el deseado propósito: volver donde todo tuviera algún sentido, donde todo les fuera develado… haciendo un largo viaje cuyo final era incierto…

 

 ––Usa la daga… ––se dijeron los amantes, mientras veían la súbita aparición de un mensaje sobre la arena––, solo verás mi sangre, luego mi ser…

––Si la uso para ti, ¿quién pondrá entonces fin a mis días?

––Seré yo quien lo haga… ––sentenció Yolanda––, ustedes solo unifiquen las dagas… pues sus muertes están escritas aquí… en la arena de Las Dalfhlas…

 

 Dos cuerpos sin vida, aún abrazados y con una misteriosa sonrisa enigmática, fueron hallados sobre la arena de la isla el día después. 

 

 * * *

 

 

Fue necesaria la llegada del gélido invierno con sus sublimes relámpagos y tormentas ––más un inanimado tiempo extra, inerte y sin vida––, para que el dilatado horizonte dejara ver, gracias a la luminosidad de los truenos, cómo se deslizaba una daga de plata por la rocosa escalera que, a esas alturas, ya sobrepasaba el Nirvana… Luego, cual inesperada divinidad manifiesta, las manos de Yolanda emergieron desde las profundidades del océano para atenazar la daga.

 

Una vez que confiscó aquel símbolo, ella fue expulsada por el mar hasta llegar a la orilla.

 

Solitaria y sin prisa al caminar(1), Yolanda mostraba, mientras sus pasos se perdían en la arena, su enorme cabellera de color azabache y su piel desnuda y blanca como la espuma.

 

Ella escuchó una penetrante voz ––¿acaso la suya?–– susurrándole: –– La locura es una de tus ventajas, Yolanda.

Mirando la daga, finalmente unificada, le respondió: ––Si tuvieses la posibilidad de convertirte en o en los Dioses que habitan tu universo, ¿renunciarías a serlo?

 

––¿Adónde llevas la daga? ––enunció aquella voz evadiendo la pregunta de Yolanda.

––A las cuevas gitanas de Granada… según mi buena lógica… ya encontraré alguna pareja de amantes…

 

* * *

 

 

Hace poco leí, en un “actualizadísimo” tratado filosófico ––por cierto, ¿habrá alguna diferencia sustancial con los antiguos tratados?, vaya uno a saber––, que la mente no puede funcionar en condiciones de aislamiento con respecto al mundo externo, y que el vacío sensorial es ocupado por progresivas y cada vez más violentas alucinaciones visuales, táctiles y auditivas. Yolanda buscaba el éxtasis ––que es un “estar fuera de sí” para la tradición cristiana––, a través de su turbada meditación, y para alcanzar ese estado, utilizaba como método el ortodoxo sistema basado en la privación sensorial que desarrollaban los místicos cristianos de la Edad Media; los resultados de sus trances –creo haberlo mencionado antes––, casi siempre eran escabrosos.

 

 ––Yolanda aún no debe despertar… pues, según su buena lógica… ella debe hacerlo en las cuevas gitanas de Granada…

 

 * * *

      

Aún ––y esto lo digo honestamente––, no logro entender esta ficción. Creo interpretarla de alguna manera, pero sé que nunca llegaré a descifrarla… motivo por el cual, pregunto al lector: ¿ellos solo vivieron en los sueños de Yolanda… producto del trance por el cual ella estaba atravesando? ¿Yolanda solo vivió en los sueños de aquellos amantes? ¿Fue solo el sueño de todos los sueños? O… y esto es lo mas escabroso… ¿soy yo el que aún no logro despertar en las cuevas gitanas de Granada?

 

***

___________________

[1] Frase célebre perteneciente al brillante músico y poeta chiclayano José Antonio De La Madrid y Pozada. Dicen que solía recordar esa frase cada vez que la vida lo sometía a ese mayúsculo juego de azar como lo es la temible y dulce posibilidad de reinventar amores…  

 

 

Cuando las Ecuaciones Colapsan…

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Iracundo, el elegante caballero destrizó la “Valenciana”, la hermosa guitarra de Antonio, legado de su difunto padre: –¡Esa guitarra merece ser tocada con una profunda base teórica!, base que tú no tienes! ¡Limitado!

–Las manos, el virtuosismo, el conocimiento y la teoría, son solo canales para expresar lo que usted no tienepronunció Antonio acongojado–. ¡Alma señor! ¡Alma para la música! ¡Alma para lograr que ella lo acaricie! ¡Alma para que le dé vida a la vida misma y que aparezca, mediante ella, el consuelo después de la desesperanza! ¡Alma para que usted… ¿señor?, pueda contar con ella siempre… más allá del “virtuosismo académico teórico” si lo hay! –y sobrevino un silencio.

–¡Le rompiste, su ilusión! –interrumpió resignada la madre de Antonio.

–¡Te equivocas mamá! Ilusión es aquel mágico sentimiento que se rebela a aceptar que todo sea como es y se quede como está, dejando el alma en cada acto.

–¡No llores mi amor! No dejaré que él arruine tus sueños de ser guitarrista.

–¡Mis sueños están intactos, mamá! –respondió con sapiencia el aún imberbe Antonio–. Donde los sueños habitan y van tomando sus formas, espera siempre un tesoro escondido, mamá, ¡siempre! Un tesoro que aguarda ser descubierto, sabiendo que está reservado única y exclusivamente para los que resisten. Dile a mi padrastro que disfrute el placer de romper una de las tantas vías que nos comunican con los dioses…

Con el silencio que dejan los que parten sin decir adiós… Antonio se retiró.

 

Entre el “Siento” y el “Entiendo”

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 ”Entre el “Siento” y el “Entiendo”

 

Breve divagación y/o ensayo transitorio.
Duración: apenas mil dudas, alguna que otra certeza y la memoria impune de aquel sábado abstracto y añil Heliópolis ya al amanecer…
 
En ocasiones, nos es preciso dirimir y resolver en el acto heterogéneas situaciones con relación a nuestro vasto mundo interno y al no menos propio y seguramente menos mágico mundo-universo exterior; entre la elección de una falsa y efímera “certeza” divagada… y una realidad inescrutable, solo existe un suspiro… no más. Gran dilema, por cierto, pues entre el “Siento” y el “Entiendo” y sus respectivas contradicciones, entre lo que es preciso y lo que no lo es, siempre habrá un conflicto; dicotomía inalterable y dramáticamente obvia las más de las veces…

 

 

 

El sentido de pertenencia

el sentido de pertenencia

 

El sentido de pertenencia

 Solemos usar el “mi” desde el sentido de la posesión, desde la unilateral visión que tenemos del sentido de pertenencia.

Ahora bien:

Imaginemos, por un instante, nominar ese “mi” como una parte de nosotros mismos, sintiéndolo y sabiéndolo parte de uno, pero jamás creyéndolo exclusivamente nuestro…

Serìa mejor, ¿no lo creen?

 

 


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