Archivo para la categoría ‘General’

La hora del ave

La hora del ave

La sangre de la tumba está chorreando
en los altillos de los propietarios.
Desdeñosos los teléfonos arden
en el Cabildo Abierto
Los cónsules disputan sus truncas colecciones
maltratadas por pueblos sin prosapia,
clamando su desaire.
Se atenta en la tragedia de Rosario
con mensajes de runas obsoletas,
que exhiben copa, basto,
oro y espada
por ver como se mancha en las libretas
protocolo de tarifas y vagos resplandores
del fuego artificial del escenario.
Sigo el rastro brumoso, consumado
para ornar
cada una
de tus uñas comidas por la angustia,
limarlas y esmaltarlas,
con saliva de guerra enamorada.
Te adora mi inconsciencia de poeta,
entre muros ahumados,
tañidos de campanas y flautines,
huesos rotos.
Rotunda de cadáveres te amo,
con pupilas de lumbre pretenciosa,
por la muerte que llamamos vejez,
la edad de adultos seniles
semejantes a críos con pañales
y biberón lactante.
Casi nada.
Te quise en el instante del derrumbe,
gloriosamente humano de cenizas,
buscándote en ladrillos interdictos
que arrastran represalias.
Sin descanso me esfumo en la tiniebla.
Te amo de memoria
sobre destartaladas camas,
acre aliento entre sábanas de hilo,
para envidia de Venus,
como una madre desesperanzada.
No hay capricho en los ayes del herido,
que quepan en los sueños
con luces apagadas.
Cuando germinan los mejores versos
y el tintero está seco, de repente,
se acaban los famélicos permisos
de salida de presos del sistema;
la vanidad jadea ante los vidrios
la incipiente noción del egoísmo.
La estruendosa ronquera nos inquieta.
Se encienden las alarmas.

Lu

Los anónimos

659 óleo_tabla Caruncho cabezas con sombrero y pájaro21 Enero, 2012, 14:06

LOS ANÓNIMOS.
En las inconsistencias, apoyarse.
Paul Celan
Los anónimos son
desapacibles, medrosos.
El ofensor se dedica
a provocar la afrenta de incordiarnos.
A mitad de camino
entre rima y verso libre
el anónimo provoca
una leve ansiedad,
un estertor profundo.
Hipertensión.
Colapsos.
Hermenéuticas.
Hay algunos anónimos ilustres.
Hay otros con perlitas en los dedos.
Tienen saliva y boca de mujer,
pico de pato,
numismáticas, emblemas, estampillas.
Los anónimos son
vahajes en la puerta de un sepulcro
desconocido.
Alardes de bravura disfrazada.
Los secos esqueletos de la muerte
del alma.
Un silogismo de cobardes.
Una marcha garbosa.
Un zurcido en la falda.
El nombre del anónimo es el tuyo,
-quiera Dios o quiera el Rey de turno,
vulgar tragicomedia-.
Escrito lo imagino en tinta de arroz
a cielo abierto.
Tachado por las dudas.
Puerco espín coronado.
Crepuscular.
Ausente.
Significa lo mismo en cada gesto.
El modo de apoyar inconsistencias
La vana levedad del ser fluctuante.
Lo frágil, lo fugaz, lo vacilante.
La gota de rocío. La tristeza.
El tuyo es nombre de todos los nombres
de agónicos hatajos esparcidos
a fuerza de luchar en las tormentas.
Anónimo articula con Recuerdo.
Desata murrias o melancolías
en saga,
en línea recta o serpentina.
El mensaje va dentro de poema.
Desembocará anónimo en los ríos
de lágrimas selladas.
El poema carece de pronombres,
de motes, semejanzas y alusiones.
Desbroza el corazón, de toda laya.
El corazón anónimo cloquea.
Por no olvidarte, aquí, en esta noche
las letras se han quitado el apellido.
Estoy hundiéndome,
sumida en voces sin orquesta,
cumpliendo el sacerdocio de añorarte.
Cloc. Cloc.
Abriendo los correos,
ahuyentando las firmas.
Saltando los escollos. como charcos.
Cloc. Cloc.
Deseando que sea día de sol endomingado.
Es un trabajo duro.
Lo siento. Estoy exhausta.

Fabricando un poema

lu 1Fabricando un poema.

Encontré un montón de buenas palabras,
materia prima imprescindible
para fabricar un poema.
Les quité el polvo.
Las ordené sobre el escritorio, en fila india.
Les planté una escarapela sobre el cuerpo mórbido
y me dispuse a escribir
con la seguridad del oficio
y la inspiración bajo el brazo.
Varios días las prediqué:

Corazón de María. Madre mía.
Pero, el poema no aparecía.

El deber llamó a mi ventana:
Pagar la cuentas,
procurarme el sueldito;
barrer los pisos.
Subsumir la dignidad en diario memorándum.
Sucundum, sucundum.
En fin, ejemplos triviales.
La cotidianidad de la no-muerte
en empeños domésticos.

La imposibilidad de lo imposible
y las filtraciones de la lengua
me dejaron varada
en un célebre primer plano,
con lo inaudito del ritmo,
lo inaudible del tópico,
la tibia disciplina
del principio de la frontera oculta.

Volví a la mesa de trabajo.
con visiones ilusorias:
y multiplicidad de ejemplos,
que hirieron de repente
con su simple brizna,
condición y trayectoria
de vanas herejías.

Travesía dorada de arbitrario epicentro.
Corpus en remisión.
Argumento, maltrato y guía.
Suplirnos vulnerando el tedio.
Trillón de enigmas
tiranos al azar en la hoja seca.

Intentar lo intenté.
muriendo en la constancia,
con carta lacrada,
pulsador y timbre.
con traje y en camisa de franela,
con novilunio, sol, tormento lento.
Con vestidos de seda
he tentado a mi musa
encallada en el soplo de montañas y aludes,
en el aire borroso de ríos esplendentes,
en físicas planicies y cataratas áureas.

Inútil pasatiempo.
El poema no arriba.
Contumaz, vagabundo.
El poema no arriba.
El poema se encharca, se enloda, se abandona.
Se pierde en los tropismos,
araña las orugas,
gatea como un crío,
desciende al sumidero.

Lo poeta se cansa.
Comprende que la vida es mariposa
horizontal y efímera,
embriagada en botas de vino.
Lo poeta abandona.
Comprende que no escribe la palabra,
escribe la presencia.
Comprende que sin el palmo amado,
sin la boca cercana de su beso
la falla torna en grieta
y el calor lo consume.

La lección se termina.
Mañana, seguiremos al acecho.

El príncipe de Gales

El príncipe de Gales

El Príncipe de Gales

“treinta huevos, diez pesos”

tiene la nariz roja de cerveza

o de hartura,

el pelo colorado y un tatuaje

en el brazo dormido.

Por eso, lo llamamos

El Príncipe de Gales:

su enorme parecido

con el real tocayo que vive en un palacio

asombra al transeúnte.

Por la mañana pasa

con su grito atorrante:

“treinta huevos, diez pesos”,

porque anuncia los huevos con furgón y parlantes.

Unos huevos caseros que alimentan familias

y abastecen el hambre

de los barrios humildes

y los barrios privados.

¡Qué huevos esos huevos, amarillos y bancos,

maná de los corderos

del Príncpe de Gales.

El Príncipe de Gales

nos sonríe sin dientes,

envuelve, cobra y vende

“treinta huevos, diez pesos”,

con su porte inefable.

El Príncipe de Gales

domina continentes,

planifica las guerras con su falda elegante

y se ríe con nobles implantes y ortodoncia.

El Príncipe de Gales

se gana su sustento con imperial recaudo:

nieve, llueva o truene,

“treinta huevos, diez pesos”

treinta veces comidos

con una libra y media de esterlinas sin fondos

al Sur desheredado del Príncipe de Gales.

El Príncipe de Gales

no comprende de cuentas,

no sabe Economía,

los bancos no le prestan, pues no los necesita.

El Príncipe de Gales,

el otro, el argentino,

no comprende de cuentos,

ni sabe Economía,

los bancos no le prestan, pues no lo necesitan.

El Príncipe de Gales,

changarín, buscavidas,

ofrece huevos grandes

a cuatro la docena.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

Blogs de la no-gente (cito a Chomsky)

Ahora que parece que el mundo internáutico se está recomponiendo, y unificando para su función específica de control de la población, podemos afirmar, que estamos triunfando en algo: NO PUEDEN ACALLAR la voz de tantas personas que exigen justicia, buen trato, educación, y que resisten ante los cínicos, pusilánimes y canallas que se llevan el mundo por delante.

Iré subiendo alguno de los poemas que escribí en este largo período de ausencia.

Lu