La hora del ave

La hora del ave

La sangre de la tumba está chorreando
en los altillos de los propietarios.
Desdeñosos los teléfonos arden
en el Cabildo Abierto
Los cónsules disputan sus truncas colecciones
maltratadas por pueblos sin prosapia,
clamando su desaire.
Se atenta en la tragedia de Rosario
con mensajes de runas obsoletas,
que exhiben copa, basto,
oro y espada
por ver como se mancha en las libretas
protocolo de tarifas y vagos resplandores
del fuego artificial del escenario.
Sigo el rastro brumoso, consumado
para ornar
cada una
de tus uñas comidas por la angustia,
limarlas y esmaltarlas,
con saliva de guerra enamorada.
Te adora mi inconsciencia de poeta,
entre muros ahumados,
tañidos de campanas y flautines,
huesos rotos.
Rotunda de cadáveres te amo,
con pupilas de lumbre pretenciosa,
por la muerte que llamamos vejez,
la edad de adultos seniles
semejantes a críos con pañales
y biberón lactante.
Casi nada.
Te quise en el instante del derrumbe,
gloriosamente humano de cenizas,
buscándote en ladrillos interdictos
que arrastran represalias.
Sin descanso me esfumo en la tiniebla.
Te amo de memoria
sobre destartaladas camas,
acre aliento entre sábanas de hilo,
para envidia de Venus,
como una madre desesperanzada.
No hay capricho en los ayes del herido,
que quepan en los sueños
con luces apagadas.
Cuando germinan los mejores versos
y el tintero está seco, de repente,
se acaban los famélicos permisos
de salida de presos del sistema;
la vanidad jadea ante los vidrios
la incipiente noción del egoísmo.
La estruendosa ronquera nos inquieta.
Se encienden las alarmas.

Lu