Los escritores somos así.
Seres abstemios, llenos de papel de calco. Que dejamos correr una pala de arena para tapar un recuerdo. Pero también incapaces de no escuchar la llamada interior: tierna, salvaje, llena de alcohol estúpido que quema, desde la boca hasta el esternón.
Así, sin más sentido, que la papelina infame del cocainómano.
Así, clamando ante la figura paterna o materna, que nos prohijó y nos lleno de humo.
O incómodos ante el terco agujero situado detrás de la frente. Aunque está escondido, en un raro sitio detrás de la tupida cabellera, ¿es el hipotálamo?. No sé, pero presentimos que es una ciénaga, llena de olor y grumo oscuro. Y desde ella, dirigimos la mirada, o la fantasía, o ambas a la vez. Con un único propósito: difamar al prójimo, desechar los miedos o abrir sin más, nuestro trágico sentimiento.
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quizá seamos eso y mucho más de complejos, pero sacamos todo, filtrándolo con nuestro delicado cedazo de la subjetiva sensibilidad…
muy buen post.
un beso.