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La felicidad no siempre trae suerte

Antes dije que tengo cierto prejuicio por las comedias románticas, aunque menos por las británicas. Así que me arriesgué a ver Happy –go- lucky después que vi a su protagonista Sally Hawkins presentando un premio en los Golden Globe. Está dirigida por Mike Leigh.

Poppy es una maestra de primaria feliz y despreocupada que se burla de todo. Se toma la vida a la ligera pero de una manera conciente. Tiene buenas relaciones con sus compañeros de trabajo, los niños la quieren, sale con sus amigas a “cazar” chicos a los bares, y es muy criticada por su hermana menor ya que, a sus treinta años, no se estabiliza emocionalmente. Nada ni nadie altera su forma de vida, hasta que conoce a Scott (Eddie Marsan) un profesor de manejo histérico y amargado al que no le hace gracia ninguna de las bromas de Poppy.

En una escala de 0 a 10, Happy, un cuento sobre la felicidad (2008) tendría un 5. Si bien tiene momentos divertidos la trama no cierra, no hay un cambio en los personajes ni están bien sustentados sus estilos de vida, incluso hay una ambigüedad sexual en Poppy que no termina por esclarecerse.

A Sally Hawkins la prefiero como Kate en El sueño de Cassandra, de Woody Allen. Con respecto a Leigh, no he visto otra película de él, pero creo que Vera Drake, me gustaría más.

Las malas compañías

Hoy recordé mucho a unos amigos que –mejor- no nombraré. Ellos fueron parte importante de lo que llamo “mi despertar”, no el de Shining de Kubrick, sino un despertar de la conciencia por medio del cine y la literatura. La relación que comenzó por asuntos laborales terminó en una amistad y mi admiración por ellos. Juntos hicimos lo que no todos logran: divertirnos con el trabajo.

Lo mejor de ese grupo eran los momentos de largas y repetidas discusiones y café en las que yo sólo escuchaba. Yo, era Neo ante Morpheus, y al final decidí por la píldora correcta. Fueron clases magistrales sobre el mundo desde la visión de cada uno: dos historiadores y un licenciado en letras, dos simpatizan con el gobierno y uno con la oposición, los tres narradores, poetas, esposos, padres y, obviamente, seguidores del buen cine. Los tres con esa acidez que te deja un buen sabor, a “alegría de vida”, como el jugo de limón. Hoy los recordé, precisamente por esa mirada tan particular de ser que tienen mis amigos y que vi reflejada en cada escena de Si la cosa funciona (Whatever Works, 2009) la nueva comedia de Woody Allen.

El personaje de Boris, interpretado por Larry David –el guionista de Seinfeld y creador de Curb Your Enthusiasm- es el tipo amargado que no cree en la humanidad. Una serie de eventos van enfatizando su molestia con el mundo, especialmente dos intentos de suicidio fracasados. La llegada de una chica joven, y muy inocente, cambiará la monótona vida de Boris para caer nuevamente en las delicias terrenales: el amor, el sexo y la compañía.

Boris es tan insoportablemente querido como mis amigos. Dice las cosas de frente, duda de la existencia divina, no teme al escarnio público por defender sus ideas controvertidas, está conciente de que el ser humano es mediocre, incapaz y cretino: “tienen que instalar inodoros automáticos en los baños públicos porque no se puede confiar en que la gente apriete el botón”, dice en una sus discusiones.

No soy muy seguidora de Woody Allen -algunos me odiarán por esto- , pero lo poco que he visto de él me gusta, sobretodo por esa manera sarcástica de llevar la cotidianidad en sus guiones. Mis amigos tienen un poco de esas referencias tan comunes en las comedias de Allen: el uso y mal uso de los clichés, el desmitificar a Dios (“es gay, es un decorador”), las paranoias, el gusto por las jovencitas y demás achaques que traen los años. Pero en el fondo son todos unos seres adorables y, a pesar de lo catastrófico del ser humano, siempre apuestan a que la cosa funcione. Mi amigo JL lo resume en una frase: “se feliz”.

Y a propósito de malas compañías me pregunto si, además de mi gran amigo Juan Bacaro, ¿alguien más seguirá este blog?…


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