El loco Godard
Hablar del cine de Jean-Luc Godard es sumergirse en aguas profundas. No tengo ni idea de cómo es, pero si puedo decir, cómo se siente. Hace algún tiempo vi Sympathy for the Devil y me enamoré de un Godard de ideas progresistas. La combinación de la poesía de LeRoi Jones con el manifiesto de Las Panteras Negras es indescriptible, además de los Rolling Stones cantando reiteradas veces Simpatía por el diablo.
Con Pierrot le fou (1965), encuentro a un Godard más lúdico, alucinante, que se juega el todo por nada. La película es una adaptación de la novela Obsession, de Lionel White, pero el director se apropió de ella para demostrar la separación que existe entre la literatura y el cine, cada uno con sus formas de narrar. De ahí surgió un guión cuya única pretensión es divertir a los seguidores del cine noir.
La trama va así: Ferdinand, “Pierrot” (Jean-Paul Belmondo) es un escritor que intenta abandonar su vida aburrida en París escapando con Marianne (Anna Karina), quien fue su amante hace cuatro años y ahora es perseguida por unos asesinos. Juntos vivirán la aventura de su vida, pero no siempre los finales son felices.
Lo que vemos en pantalla es la vanguardia extrema: una historia llena de frases sueltas, canciones, poemas, citas de escritores, gritos y vacíos. Sabemos que Godard forma parte de ese grupo selecto de directores de los 50 que rompieron los esquemas del cine tradicional europeo. Le gusta experimentar, así es como una historia trágica de amor y traición, con asesinatos por doquier, mafias y alusiones a la guerra, puede ser entretenida.
Leí en un texto que, con esta película, Godard logra la antítesis de la comunicación de sentimientos y de la expresión de ideas. Es perversión pura.
Si bien desde hace algunos días ando huyendo de la perversión y la bohemia, vuelvo a recaer con Godard, aunque, para mi, tenga otro rostro.
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