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Cine que embriaga y hace feliz

El fabuloso destino de Amélie Poulain es una de esas películas que veo varias veces, desde distintos lugares, distintas formas de pensar y sentir.

Es una lección hermosa. No porque yo quiera ser la niña buena y solitaria que ayuda a la gente mientras sueña con el amor perfecto, si no porque no puedo dejar de ver algunas situaciones personales y cotidianas retratadas en más de una escena. Me pasa igual que con esas “señales” que creemos ver en todas partes cuando estamos esperando algo y que sentimos que todo lo que nos rodea se pone de acuerdo para hacernos recordarlo… esa es mi experiencia con Amélie.

La historia es archiconocida, Le fabuleux destin d’Amélie Poulain se trata de una niña que crece sin mucho afecto y se convierte en una mujer solitaria, tímida y soñadora. Una noche descubre una cajita escondida que cambiará su destino y la llevará a encontrar el amor con el qye siempre ha soñado.

Una fábula tan común se vuelve maravillosa de la mano del director Jean-Pierre Jeunet y la actuación de Audrey Tautou. El rojo y el verde estallan en la pantalla con esa estética a lo Greenaway que identifica la obra de Jeunet. (Siguiendo la referencia que comencé ayer con La ciudad de los niños perdidos)

Dicen que Amélie es la película francesa más taquillera de todos los tiempos, no estoy segura de eso, pero sí creo que es una de las más hermosas del cine europeo. Su director dijo que fue pensada para dar felicidad a la gente, por lo que algunos la catalogan como cine-champaña, que embriaga y hace feliz. Es un cuento de hadas moderno de los que recuerdan que los sueños se hacen realidad, por muy tonto que suene a estas alturas del partido.

Creo firmemente que hay un Nino Quincampoix para cada mujer, y que eso puede ser divertido… como también son divertidos estos tras cámaras de la película: AQUÍ

A Jeunet le quito el Caro

No se puede negar la experiencia visual que representa ver una película de Jeunet- Caro. La ciudad de los niños perdidos, (La Cité des enfants perdus, 1995), no es tan espantosa como Delicatessen, por el contrario, supone una historia infantil, pero no deja de tener ese sello hermosamente asqueroso y dantesco de los directores franceses Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro.

Krank es un hombre que envejece prematuramente porque no sabe soñar, por lo que se dedica a raptar niños para robarles sus sueños a través de una máquina. Es ayudado por un grupo de clones (talentosísimo Dominique Pinon), su madre y otros cuantos malvados. Al otro lado del mar, en una ciudad portuaria, pobre, gris, los niños comienzan a desaparecer, hasta que un valiente hombre fuerte de circo y una pequeña niña prematura deciden liberar a los niños. Más o menos así va la película.

Es un cuento con personajes increíbles, que me recuerda a La antena, del argentino Esteban Sapir donde un poderoso millonario ha robado las voces de una ciudad y ahora se empeña en robar las palabras a través de una mujer-máquina… Esta me recuerda a su vez a la inigualable clon-malvada que acabará con la ciudad de abajo, en Metrópolis, de Fritz Lang. Supongo que esto hace el cine: un sinfín de imágenes repetidas que se reproducen en modos y tiempos distintos en nuestra mente.

Un drama fantástico que, incluso, puede rayar en lo ridículo si no se sabe calificar como cine de autor, de culto. Muy barroca para mi gusto. Demasiado bizarra para repetirla.

De la dupla Jeunet-Caro… me quedo con el primero. Seguramente mañana veré Amélie, una de mis películas preferidas, donde Jeunet, al separarse Caro, explota el color manteniendo la misma estética de la vanguardia francesa.

¡Chanceux!


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