Docu-ficción sensacionalista
Quizás, si esta película fuera sobre Hugo Chávez, por ejemplo, el director británico Gabriel Range sería buscado por la justicia, acusado de terrorista, hubiesen expropiado sus tierras y los adeptos al presidente venezolano pedirían su extradición y la pena de muerte por promover falsos testimonios. Mi amigo Juan, quien me la prestó, debe estar de acuerdo conmigo.
Pero esto es cine, y del bueno. No tanto por la película, sino por el género: docu-ficción.
Death of a president (2006) es una ficción filmada como documental que relata la historia de la muerte del ex presidente George W. Bush a manos de un veterano de guerra. Más allá del tema del asesinato y de lo que haría el gobierno norteamericano si esto pasara en esta época, la película tiene que ver con las disparidades de la sociedad americana, el rechazo a las guerras antiterroristas justificadas por el imperio, el prejuicio que sufren los musulmanes después del 11 de septiembre y el manejo de la información por parte de los grandes medios de comunicación.
El 19 de octubre de 2007, luego de una reunión con empresarios en Chicago, Bush sufre un atentado y muere horas después en un hospital. Agentes del FBI, su asistente personal y los involucrados en el hecho dan sus testimonios sobre lo acontecido. Un ciudadano sirio, presuntamente vinculado con Al Qaeda, es acusado y condenado a cadena perpetua, pero la verdad no está toda dicha. El gobierno norteamericano sólo necesita un culpable.
Aunque Death of a president fue catalogada como sensacionalista y varias cadenas norteamericanas se negaron a proyectarla, obtuvo el Premio de la Crítica en el Festival Internacional de Cine de Toronto.
Como dicen los que saben: “un falso documental es un desafío” y lo que más me gustó de esta película fue que, conjugando imágenes reales con efectos especiales, logró remover mis pensamientos ideológicos. Dedico este post a mi amigo I porque sabe de buen cine y porque, seguramente, también piense lo mismo que yo. Solo me queda decir que George W. Bush, en la vida real o en la ficción, sigue siendo un desgraciado.


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