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La relación entre la Física Moderna y el Budismo

Excelente post escrito por Eduardo Bastías en el cual describe con increíble lucidez la cercania que existe entre el Budismo y la Física moderna.

Tanto el método científico como las filosofías orientales han llegado a un sinnúmero de conclusiones similares en lo relativo a la naturaleza de las cosas y de los fenómenos naturales. Esta relación es especialmente estrecha entre la física y el Budismo.

472004_math_book_ Muchas veces me han preguntado por qué me hice budista. La respuesta que siempre doy es que yo no me convertí al Budismo sino sencillamente fui descubriendo que yo ya era un budista aún sin saberlo. Luego me consultan: “¿pero qué te llevó a interesarte en el Budismo?”. Mi respuesta siempre ha sido: “La física”.

Siendo yo estudiante en la Universidad Santa María tuve la suerte de tener grandes profesores de física, como don Nicolás Porras y Luis Paredes, quienes me enseñaron no sólo a resolver problemas mediante ecuaciones sino que a pensar en las consecuencias filosóficas de los descubrimientos científicos. Sin embargo fue un profesor de Informática, Ricardo Acevedo, quien en una conversación me recomendó leer “El Tao de la Física”, libro que cambiaría mi vida.

?El Tao de la Física?, de Fritjof Capra fue uno de los primeros libros que exploraron la conexión entre la física moderna y las filosofías orientales. En este texto clásico, el autor bosqueja los lineamientos de la mecánica cuántica y de las tres principales filosofías orientales: el Budismo, el Hinduismo y el Taoísmo, destacando sus concordancias y similitudes. Otro texto que explora el estrecho vínculo entre la física moderna y las filosofías orientales es “La Danza de los Maestros de Wu Li”, de Gary Kuzav. Finalmente, el texto “El infinito en la Palma de la Mano”, de los autores Ricard y Thuan, se concentra específicamente en la intersección entre física moderna y Budismo.

Básicamente lo que estos autores han constatado es que tanto el método científico como las filosofías orientales han llegado a un sinnúmero de conclusiones similares en lo relativo a la naturaleza de las cosas y de los fenómenos naturales. Una de estas grandes convergencias es la idea del universo como una totalidad indivisible o, en otras palabras, la interconectividad de todas las cosas, particularmente del observador y del objeto observado. Esta idea que es el eje central tanto de las teorías de la relatividad como de la mecánica cuántica, ha estado siempre en el corazón mismo de las tradiciones filosóficas de oriente.

Incluso se puede ser mucho más específico y comparar experimentos clásicos, como el ERP o el péndulo de Focault, con elementos específicos como el concepto Budista de shuññata. La conclusión a la que llegan a menudo quienes estudian estos temas es que el método científico y algunos sistemas orientales de introspección, como la filosofía Budista, son métodos igualmente robustos y rigurosos. En ambos casos se trata de sistemas dialécticos que permiten avanzar hacia un conocimiento cada vez más refinado y, en ese sentido, verdadero.

No es casualidad que Albert Einstein, quien propuso la Teoría de la Relatividad General (y antes que eso la Específica) y también propuso la existencia de las partículas cuánticas de luz – posteriormente denominadas “fotones” – escribiera lo siguiente:

La religión del futuro será una religión cósmica. Deberá trascender la idea de un Dios que existe como persona y evitar el dogma y la teología. Abarcando tanto lo natural como lo espiritual, deberá fundarse en un sentido religioso nacido de la experiencia de todas las cosas, naturales y espirituales, consideradas un conjunto con sentido. El Budismo corresponde a esta descripción (…) Si existe una religión que podría estar en concordancia con los imperativos de la ciencia moderna, esa religión es el Budismo.

Fotografía por lusi.

El libre mercado no ha muerto, por Naomi Klein

Sea cual sea el significado de los acontecimientos de la semana pasada, nadie debería creer las exageradas afirmaciones de que la crisis de los mercados señala la muerte del libre mercado. La ideología del libre mercado siempre ha servido a los intereses del capital, y su presencia crece y disminuye dependiendo de la utilidad para dichos intereses.

En épocas de auge, resulta provechoso predicar el laissez faire porque un Estado poco presente permite el crecimiento de las burbujas especulativas. Cuando esas burbujas estallan, la ideología se convierte en una traba y entra en estado de hibernación mientras el “gran gobierno” corre a prestar auxilio.

Ahora bien, que nadie se llame a engaño: la ideología volverá a rugir en cuanto haya concluido el rescate. Las deudas astronómicas que están acumulando los ciudadanos para sacar de apuros a los especuladores se convertirán entonces en parte de una crisis presupuestaria global que servirá de justificación para grandes recortes de los programas sociales. Se nos dirá también que nuestras esperanzas de un futuro verde son, por desgracia, demasiado costosas.

Lo que no sabemos es cómo responderá la opinión pública. No debe olvidarse que, en Estados Unidos, todos los menores de 40 años han crecido con la cantinela de que el Gobierno no puede intervenir para mejorar nuestra vida, que el Estado es el problema, no la solución, que el laissez faire es la única opción. Ahora, vemos de repente un Gobierno extremadamente activista e intervencionista dispuesto, al parecer, a hacer cuanto haga falta para salvar a los inversores de sí mismos.

Este espectáculo plantea de forma inexorable una pregunta: si el Estado puede intervenir para salvar las corporaciones que aceptaron riesgos temerarios en los mercados inmobiliarios, ¿por qué no puede hacerlo para impedir las ejecuciones hipotecarias de millones de estadounidenses?

Y, también, si es posible que puedan aparecer como por ensalmo 85.000 millones de dólares para comprar la aseguradora gigante AIG, ¿por qué una asistencia sanitaria pública (que debería proteger a los estadounidenses de las prácticas depredadoras de las aseguradoras médicas) es al parecer un sueño inalcanzable? Y, si cada vez más corporaciones necesitan fondos de los contribuyentes para mantenerse a flote, ¿por qué los contribuyentes no pueden plantear demandas a cambio, como topes a los sueldos de los ejecutivos o una garantía contra nuevas destrucciones de empleos?

Ahora que está claro que los gobiernos pueden intervenir en tiempos de crisis, les será mucho más difícil alegar impotencia en el futuro. Otro cambio potencial tiene que ver con las esperanzas del mercado acerca de futuras privatizaciones.

Durante años, los bancos de inversión globales han estado presionando a los políticos para conseguir dos nuevos mercados: el resultante de la privatización de las pensiones públicas y el resultante de una nueva ola de privatizaciones o casi privatizaciones de carreteras, puentes y sistemas de tratamiento de agua.

Estos dos sueños se han hecho mucho más difíciles de vender: los estadounidenses ya no están en disposición de confiar sus activos individuales y colectivos a los agentes temerarios de Wall Street, sobre todo porque parece más que probable que los contribuyentes tengan que pagar para volver a comprar sus activos cuando estalle la siguiente burbuja.

Dado el descarrilamiento de las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio, esta crisis también podría ser el catalizador de un enfoque radicalmente alternativo a la regulación de los mercados y los sistemas financieros mundiales. Estamos presenciando ya un movimiento hacia la “soberanía alimentaria”, en lugar de dejar el acceso a los alimentos a los caprichos de las grandes compañías. Quizá haya llegado la hora de ideas como el impuesto a los flujos de capitales, que frenaría la inversión especulativa, así como otros controles globales sobre los capitales.

Y ahora que la nacionalización ya no es una palabrota, las compañías del sector del petróleo y el gas deberían andarse con cuidado: alguien tiene que pagar el cambio a un futuro más verde, y tiene mucho más sentido que el grueso de los fondos proceda del más que rentable sector responsable de nuestra crisis climática. Mucho más sentido, desde luego, que crear otra peligrosa burbuja con el comercio de los derechos de emisión.

Con todo, la crisis que estamos presenciando pide cambios aún más profundos. La razón por la que se permitió la proliferación de los préstamos basura no es que los reguladores no comprendieran el riesgo, sino que tenemos un sistema económico que mide nuestra salud colectiva sobre la base exclusiva del crecimiento del PIB.

Mientras los préstamos basura estuvieron impulsando el crecimiento económico, nuestros gobiernos los apoyaron de modo activo. Por ello, lo que de verdad pone ahora en entredicho la crisis es el compromiso irreflexivo con el crecimiento a cualquier precio. Esta crisis debería llevarnos a que nuestras sociedades midan de un modo radicalmente diferente la salud y el progreso.

No obstante, nada de esto sucederá sin una intensa presión pública sobre los políticos en este momento decisivo. Y no una presión educada, sino una vuelta a las calles y al tipo de acción directa que desembocó en el new deal durante la década de 1930. Sin semejante presión, se producirán cambios superficiales y un regreso lo más rápido posible al aquí no ha pasado nada.

Naomi Klein es columnista de ´The Nation´ y ´The Guardian´. Su último libro es ´La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre´

Fuente: Publicado en el Periódico La Vanguardia, leído en el Blog Espiritualidad y Política

¿Cazador o cazado?.Las trampas del deseo

Este blog en mucho de sus contenidos está inspirado en un concepto que desarrolló Carlos Castaneda en sus libros (la serie Las enseñanzas de Don Juan),el concepto es el siguiente:

Lo que diferencia al CAZADOR de la PRESA es que el cazador CONOCE LA RUTINA la presa, esto es que nuestro PENSAR RUTINARIO nos hace facilmente PRESAS de un sistema que nos transforma en CONSUMIDORES IRRACIONALES de ¿arte?, ¿información? y cosas. imponiendo un sistema de creencias de dudosa efectividad para lograr la satisfacción del individuo pero que permite mantener el status quo de la sociedad de consumo.

Eduard Punset entrevistó a Dan Ariely, un economista conductual de la Universidad de Massachussetts, que se dedica al estudio de nuestros comportamientos más cotidianos desde un punto de vista psicológico y económico. En uno de sus últimos libros explica las conclusiones acerca de que nos influye realmente a la hora de tomar decisiones. Para muchos economistas el hombre realiza siempre un razonamiento lógico antes de elegir un producto determinado entre distintas opciones. Pero Ariely,mediante una serie de experimentos concluye que está afirmación no es del todo cierta, y que tras una decisión aparentemente adoptada de modo racional se esconden muchos componenentes irracionales basados en creencias y experiencias previas.

Publicado por juananruiz at 4:32 pm under libros, organización personal, psicología

Acabo de leer el libro de Dan Ariely: “Las trampas del deseo“. He disfrutado con todos y cada uno de los capítulos e iré poniendo aquí más resúmenes de algunos de ellos. Uno de los que más me ha gustado se titula “Mantener las puertas abiertas” y habla de como las opciones suelen distraernos de nuestros objetivos principales

Normalmente nos cuesta trabajo tomar decisiones, queremos estar seguros de no cerrarnos posibilidades que en un futuro podríamos necesitar(la chancha y los viente). Si vamos a comprar una PC queremos estar tranquilos de que no se nos quedará escaso de memoria o que será compatible con periféricos que más adelante podemos necesitar, finalmente acabamos comprando un equipo más potente y caro del que necesitamos, por si acaso. Situaciones similares pueden sucedernos eligiendo pareja, buscando un hotel para ir de vacaciones o a la hora de lanzarnos a un nuevo proyecto. A veces, esta falta de decisión nos bloquea de tal manera, que finalmente perdemos más que si nos hubiéramos decididos por la hipotética peor opción.

Pero además de estos momentos de indecisión también tenemos que considerar el coste que genera la dispersión. Nos resistimos a decir que no a un sinfín de cosas que no llegan a convencernos del todo: asistir a ciertos eventos, abandonar la lectura de un libro que no nos interesa, perder el contacto con personas que ya han salido de nuestras vidas. No queremos abandonar ninguna posibilidad.

Nos resistimos a “cerrar puertas”, no queremos quedar mal con nadie, no queremos equivocarnos y finalmente dispersamos tanto nuestro tiempo y nuestro esfuerzo que no podemos concentrarnos en lo que sería realmente importante.

Sincerator

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