Posts etiquetados como ‘historia’
Mayo 24, 2010 | Por diefernandez | Claves: historia, política | # Enlace permanente
Distraer a la opinión pública, justificar cualquier acto de gobierno y resaltar los logros, aún cuando los mismos sean pocos. Esos son los reprochables criterios que se hallan implícitos y que se respetan fielmente desde la cúpula del poder.
Durante las últimas semanas gobernó la ambición de simpatizar a la masa y utilizar con despropósito la historia y los festejos por una fecha especial y significativa en la historia de la república, sea en su totalidad, o bien alguna celebración regional.
Ello justamente viene sucediendo apenas comenzó el año 2010, incluso desde antes, cuando se lo presentó como el año del bicentenario.
Hay una realidad innegable: El 25 de mayo se conmemora los dos siglos de un acontecimiento que catapultó los sueños de libertad de un pueblo sometido al poder colonial español y que fue representado por patriotas que desde aquellos conflictivos tiempos soñaron una república independiente, solvente e igualitaria.
El problema radica en como se aprovecha a nivel político la antesala a tal importante momento. Y allí nos retrotraemos a las ideas que inauguraron este texto. La opinión pública esta ávida de paz social y económica. Pero la compleja – y nada fácil – actualidad política de la Argentina ha puesto en jaque, y en severa crítica, a cada accionar del Gobierno Nacional, y también de los grupos opositores, que no deben creerse exentos.
En este contexto, la cercanía de una fecha “cumbre” cae como anillo al dedo para que todos, en especial aquellos que tienen el poder y capacidad para tomar decisiones, se disfracen temporalmente de patriotas nacionalistas, y realicen cada acción, tomen cada decisión, en el nombre del “bicentenario”. De distraer, justificar y resaltar se trata.
La peor variable de la memoria desordenada que solemos tener como país a nivel cultural, es la deformación de la idea y conocimiento que de sucesos pasados se tiene como pueblo.
Tanto se ha hablado del Bicentenario, y tan poco se ha explicado. La escasez de documentales o programas dedicados enteramente a la cuestión fue reemplazada por anuncios, propagandas políticas y discursos que simplemente se llamaban a unirse para celebrar el “bicentenario de la patria”.
Si el martes se festeja el Bicentenario…
¿Qué se festejará el 9 de Julio del 2016?
¿Qué se festeja precisamente?
El 25 de Mayo de 1810 se consolidó oficialmente la intencionalidad libertadora que por aquellos momentos gestaban un grupo de criollos que, sabidos de la caída del Rey Fernando VII en España a manos del conquistador Napoleón Bonaparte, tomaron partida de la compleja situación europea y convocaron para conformar lo que luego se recordaría como el primer Gobierno Patrio.
Ese conjunto de individuos, de diversa procedencia y formación, tomó las riendas políticas de un vasto territorio en crecimiento que sufría las injusticias del colonialismo español.
Dicho poder, representado por estas tierras del sur en la persona del Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros Cisneros, vio severamente cuestionada su autoridad en los hechos de la llamada “semana de mayo”. En ese lapso, el Cabildo abrió sus puertas para tomar la decisión final: la destitución del virrey y la conformación de la Primera junta de Gobierno.
Aquel “plantel” de elegidos se conformaba de la siguiente manera:
El Presidente de la Primera Junta fue Cornelio Saavedra (Militar). Los secretarios: Juan José Paso (Abogado) y Mariano Moreno (Abogado, político y periodista).
Los vocales de la Junta de Gobierno eran: Manuel Belgrano (Abogado y político devenido valientemente en militar), su primo Juan José Castelli (político y abogado), Manuel Alberti (Sacerdote), Miguel de Azcuénaga (Político y Militar), Juan Larrea (Comerciante de origen español) y Domingo Matheu (Político y Militar)
Lamentablemente, la feroz dinámica que aquellos tumultuosos tiempos de organización trajo consigo las profundas diferencias entre los personajes de la historia que, con miradas marcadamente diferentes, lucharon, desde las ideas, y desde la violencia física en casi todas las ocasiones, por imponer sus visiones de una república perfecta.
Los radicales sueños de progreso económico, educativo y social de héroes como Manuel Belgrano, Juan José Castelli y Mariano Moreno, totalmente a favor de la ruptura completa del vínculo con España, hallaron muy dura resistencia del conservador modelo de Gobierno que encabezaba Cornelio Saavedra, Jefe de las Milicias. La intención de no desligarse de la “Madre Patria”, y de someterse a los intereses de un nación más poderosa seguirán latentes con el paso de los años. Bernardino Rivadavia fue, irónicamente, uno de los estandartes de aquel modelo.
Y ese fue el eje que marcó el paso de los años, hasta la tan ansiada Independencia, y aún muchos, muchos años después de conseguida – y reconocida – la misma.
La falta total de concordancia y unificación de criterios, triste costumbre que nació con la patria, se extiende hasta la actualidad. Sin el uso de las armas de por medio, la confrontación mediática y la disparidad extrema de criterios en beneficio de las crisis institucionales es la realidad con la que se acerca el bicentenario de la revolución de Mayo.
La alegría popular que debería irradiar la aproximación del 25 de Mayo se opacó ante el avasallamiento del poder central por presentar sus credenciales ante la dubitativa población, y enmarcar cada acto masivo de gobierno dentro del concepto de patriótico. No obstante, no es patrimonio exclusivo de la administración actual estas artimañas. Las fuerzas opositoras – hoy – del gobierno también hacen uso de la celebración como oportunidad para la campaña, en vistas del 2011. Eso es lo lamentable, lo triste, y lo reprochable.
Y aunque nadie puede, en su sano juicio, pedir la unión de contrincantes políticos, lo mínimo que se podría esperar es la unificación de criterios.
El fin debería ser el reunir a una población peligrosamente dividida, y estimular el nacimiento del sentimiento nacionalista con conocimiento de causa, y no sencillamente estimular el apasionado pero vacío izamiento de una bandera por el solo hecho de creer adorar colores que gran mayoría no sabe como, cuando ni donde se decidieron.
Conocer genera mucha más seguridad y entendimiento entre hermanos, que la confrontación de individuos con discursos sin argumentos válidos más que la necesidad obligada de responder al poder mismo que baja desde los agrupamientos políticos más importantes y armados. Sean oficialismo o no.
Educar a largo plazo será el salvoconducto para un pueblo castigado por los errores propios del pasado y el presente. Lo único que faltaría es invertir con responsabilidad, no solo con la moneda, sino con la conciencia y la palabra. Soñar no cuesta nada. El reto es luchar por hacer realidad un sueño. Eso hicieron los verdaderos héroes del pasado. Aquellos que hacen 200 años imaginaron un país.
Febrero 1, 2010 | Por diefernandez | Claves: historia, política | # Enlace permanente
Desandando los largos pasos previos.
La real importancia de las Fuerzas Armadas en Argentina ha quedado empañada detrás de un enemigo común que enfrentan tanto el Ejército, la Fuerza Naval y la Aérea: La generalización, grueso error originado por el desconocimiento de la historia y el discurso populista y social que desciende desde la cúpula de un poder que mucho tuvo que ver con los hechos del – relativo – reciente pasado.
Esa generalización aísla a las tres fuerzas del conjunto de la sociedad. Pero la raíz de este aislamiento se remonta al pasado que, en un país masacrado por la injusticia y el desequilibrio, las condena, aún cuando las culpas sean repartidas.
La historia de las milicias argentinas marca claramente la ambigüedad en las sensaciones y percepciones que las mismas generan hacia el pueblo en general, de acuerdo al uso y las funciones que ejercieron a través del tiempo y su directa influencia en la evolución – o involución – de la República.
El levantamiento armado contra los ingleses en 1806 – hazaña repetida al año siguiente – se convirtió en el ejemplo inicial de defensa del territorio que, en aquellos momentos, todavía se sometía al poder español.
Fue durante la organización de la Revolución de Mayo de 1810 que las “milicias populares” dejaron de ser improvisados cuerpos armados, para organizarse institucionalmente – contextualizados con los vaivenes políticos propios de la época. El 29 de mayo se considera la fecha fundacional del Ejército Argentino.
El 30 de Junio de 1810 La Primera Junta de gobierno creó la Capitanía de Puertos de las Provincias Unidas del Río de la Plata – hoy la Prefectura -, origen del nacimiento de la Fuerza Naval Argentina.
Las guerras de independencia sentaron la base de todo movimiento armado que tendiera a proteger los límites de la república naciente y todo lo que ello implicaba, aún cuando durante gran parte del siglo XIX, desde las mismas entrañas del antiguo virreinato del Río de la Plata existieran personajes que valoraran más el ostentoso color del dinero para sus propios bolsillos que el futuro de un pueblo libre y destinado al progreso.
Proezas estratégicas como las de San Martín en San Lorenzo y en el cruce de la Cordillera de los Andes, o de Manuel Belgrano en el norte – el éxodo del pueblo jujeño – constituyen ejemplos de la vocación militar al servicio de los compatriotas, y del papel de las fuerzas en el futuro.
De todas maneras, y a pesar de esos logros, la razón original por la cual se crearon grupos armados en el creciente territorio nacional se reemplazó con nuevas reglas: El ataque a aquel que se interpusiera en las meras intenciones de negociados económicos.
Entonces, desde mediados del siglo XIX, las milicias enfrentaron pueblos, enfrentaron a compatriotas, y las guerras internas se convirtieron en la primera opción para elevarse por sobre el resto. La diplomacia sería la segunda opción.
El constante roce de militares de cualquier orden con la cúpula del poder desembocó, en forma paralela, en extremada injerencia de hombres educados y formados para el manejo armamentístico con la política – y viceversa.
Ese lazo trajo aparejada la tradición, durante gran parte del siglo XX, de los golpes de estado que interrumpieron casi constantemente la vida democrática, aún cuando el sistema fallara con regularidad y cuando la costumbre indica que en Argentina el mundo de la política rebalsa de la impureza extrema de la corrupción, la pésima administración de los recursos y el manejo indiscreto de la masa.
La notoriedad conseguida por las Fuerzas Armadas – cuyo tridente se completó con el nacimiento oficial de la Fuerza Aérea Argentina el 4 de enero de 1945– en razón de su implicancia con la evolución del país, generó que actualmente la población en general las perciba negativamente, – con la exageración que implica la ignorancia de parte de la historia y quienes llevaron adelante los peores actos que documente la misma – como una institución inservible a la que hay que quitarle todos derechos y todo respeto.
La muy mala imagen del hoy la generaron los altos mandos del ejército del ayer. Fue dicha fuerza la que mayores recursos humanos y políticos sometió a las barbaries de los golpes de Estado, aún cuando en la memoria colectiva quede marcada la última dictadura, masacre dentro de la cual se incluye al sector de los montoneros, cómplices del temor masivo que se infligió desde 1976 hasta 1983.
La triste historia de derrocamientos comenzó en 1930, cuando el General José Félix Uriburu desplazó al gobierno Radical de Hipólito Yrigoyen (aunque el ideólogo de aquel movimiento fue el General Agustín P. Justo, que dos años más tarde tomaría el poder entregado en manos de su antecesor)
En 1943 Arturo Rawson, Pedro Pablo Ramírez y Edelmiro Farrell desplazaron a Ramón Castillo, presidente surgido no de forma democrática, sino desde las entrañas misma del régimen conservador del golpe militar anterior.
Juan Domingo Perón, figura que dejó profundamente marcada su influencia en el andar político del país, sufrió el golpe de la denominada “Revolución Libertadora”, entre el 16 y 23 de Septiembre de 1955, encabezado por el general Eduardo Lonardi, acompañado por el general Pedro Eugenio Aramburu.
El arribo de fuerzas militares al poder en Argentina volvió a darse con la caída de Arturo Frondizi, radicalista que, aún cuando había devuelto al peronismo la habilitación para participar en elecciones (menos al mismo Perón), no soportó el triunfo de dicho partido e intervino las provincias donde habían triunfado. Ello impulsó el movimiento insurrecto, que catapultó a José María Guido a tomar el control del Ejecutivo, cuando todo hacía pensar que el sillón presidencial lo ocuparía el Comandante en Jefe del Ejército, General Raúl Poggi.
A la seguidilla de levantamientos militares le continuó aquella que el 28 de Junio de 1966, encubierta bajo el nombre de “Revolución Argentina”, derrocó a Arturo Illia (Radical), liderado por el General Juan Carlos Onganía, y la que contó con apoyo de los Estados Unidos y Europa.
Luego le sucedieron en el poder Marcelo Levingston y Alejandro Agustín Lanusse. El denso clima político, económico y social por esos tiempos culminó con elecciones libres en 1973 y el posterior triunfo del peronista Héctor Cámpora, suceso que le abrió las puertas a Perón para retornar del exilio.
El eje de la década del ’70 fue la turbulencia en su más peligrosa expresión. Tras un arribo caracterizado por la balacera y la muerte, el general falleció a un año de asumir, y legó el mando a su esposa y vicepresidenta, María Estela Martínez de Perón, cuya inacción facilitó la concreción del último y más cruento golpe de estado, en 1976.
El autodenominado “Proceso de reorganización militar” consistía en una Junta militar compuesta por un representante de cada una de las fuerzas (Ejército, Naval y Aérea) y un presidente elegido, no solamente con funciones propias del Ejecutivo, sino también propiedades legislativas.
En la memoria quedaron sellados los nombres de los integrantes de la primera junta, que gobernó hasta 1980: Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti.
No obstante, otras tres juntas con sus respectivos “Presidentes”, ostentaron malévolamente el poder:
En el periodo 1980-1981, Roberto Eduardo Viola (Presidente), Armando Lambruschini, Omar Domingo Rubens Graffigna.
Luego desde 1981 hasta 1982: Leopoldo Fortunato Galtieri (Presidente, aquel que impulsó la Guerra de las Islas Malvinas), Basilio Lami Dozo y Jorge Isaac Anaya
Finalmente, y como transición hacia las elecciones democráticas que ganaría el Radical Raúl Alfonsín: Cristino Nicolaides, Rubén Franco, Augusto Jorge Hughes (En este caso, el presidente, Reynaldo Benito Bignone, no perteneció a la Junta)
El terrorismo de Estado desde su concepción teórica se potenció en la práctica durante todo el periodo que duró la última dictadura, con la colaboración de grupos civiles conocidos como “montoneros”, que iniciaron una guerra interna a sangre y fuego con el poder ilegalmente instituido.
Actualmente, la mirada desconfiada hacia los militares en general se debe gracias a todos los detalles históricos mencionados y, también a los grupos políticos que, en detrimento del papel real que deben jugar las Fuerzas Armadas como garantes de la seguridad interna, “mal educan” a la población tildando a los militares como culpables de todo mal, omitiendo el “pequeño detalle” que muchos de quienes hoy dicen ser democráticos formaban parte de las filas de los grupos subversivos.
El golpe mortal que recibieron las Fuerzas Armadas para ser sepultadas bajo los escombros de la reprobación sucedió con el fallecimiento de Omar Carrasco, el 6 de marzo de 1994.
El conscripto de tan solo 19 años había ingresado al cuartel de Zapala, Neuquén, para cumplir con el servicio militar obligatorio. Tres días después fallecería tras el brutal ataque de un grupo de compañeros, aparentemente instados por superiores.
La información en los medios creó exacerbado malestar en la opinión pública, ya que a la brutalidad interna del acto en sí, acaecido en las entrañas del destacamento en Zapala, se sumó el alevoso intento de encubrimiento de los autoridades militares correspondientes y responsables, en una desesperada maniobra para ocultar la perversidad de tal accionar, lo cual generaría – como de hecho generó – la sensación popular que los procedimientos de formación y desarrollo estaban teñidos de violencia y crueldad.
El entonces Presidente Carlos Saúl Menem decretó la derogación del servicio militar, lo cual puso punto final a una institución que se instauró en pleno Roquismo, como política de organización y unificación cultural y militar del país.
El ministro de Guerra de Roca, Pablo Ricchieri, fue el principal impulsor de la aprobación del nuevo sistema, al que catalogó como un “un poderoso instrumento de moralización pública” que iba a “acelerar la fusión de los diversos y múltiples elementos étnicos que están constituyendo a nuestro país en forma de inmigraciones”.
La conscripción cumpliría un papel disciplinador, moralizador y nacionalizador, tal y como sucedía en el ámbito escolar. Con esa mera intención, se comenzó a practicar la obligatoriedad del servicio por medio del estatuto militar orgánico de 1901 (ley N° 4301), hasta cesado el mismo 193 años después.
Casi dos siglos después del paso inicial hacia la independencia, la tradición militar argentina sufre uno de sus momentos más críticos: aislados por el poder político y económico, denostados por la opinión pública, solo defendido por aquellos que conocen desde adentro el trabajo diario de cada una de las Fuerzas.
El futuro inmediato las ubica en un estamento mucho más bajo del que históricamente estaban acostumbradas. Nadie pide olvidar. La razón de recordar, es saber interpretar lo sucedido para no caer en lo mismo. Pero la memoria Argentina falla en un detalle: Acordarse implica aprender y enseñar todos los detalles. No una sola parte, no una sola mirada.
Hasta que ello no sea una realidad, las Fuerzas Armadas lucharán, como es su deber y misión, para subsistir contra el arrinconamiento del poder público y del grupo de la sociedad que se encolumna detrás del discurso vacío y único.
Mayo 24, 2009 | Por diefernandez | Claves: historia | # Enlace permanente
Siempre que se acerca una de las denominadas ‘fechas patrias’, la duda acerca del real conocimiento que la sociedad argentina tiene de las mismas aqueja a aquellos que desean ver reflejado el sentimiento nacionalista y patriótico más allá de la sumisión mental hacia un discurso populista falto de contenidos, más allá de un partido de la selección de fútbol, y aún mas distanciado del alivio que significa gozar de un día feriado.
El 25 de mayo marcó un quiebre en la evolución de un vasto y desunido territorio que seis años después se declararía como una República Independiente, aún cuando tuvieron que sucederse cruentas guerras para lograr un orden y organización que, lamentablemente, todavía no alcanza un nivel lo más cercano posible a lo óptimo.
La eterna dependencia que de fuerzas externas de alguna manera hasta el día de hoy sufre el país se remonta al poderío español en tierras rioplatenses, cuando el virreinato representante de la corona consumía los recursos naturales en detrimento de las poblaciones nativas que se sumergían en la pobreza y la marginación, mientras unos pocos ricachones regocijaban por las dulces divisas que percibían.
El avance de la Francia Napoleónica sobre la península ibérica provocó la pérdida temporal de autoridad por parte de la Corona, en manos del Rey Fernando VII, y la oportunidad para las colonias en América de aprovechar tal situación para levantarse contra ese poder “testimonial” – concepto tan de moda en el presente inmediato – y proclamarse independientes.
El proceso siempre estuvo lejos de ser fácil y de naturaleza unánime. A las puras intenciones sustentadas con grandes ideas de progreso económico y social de protagonistas destacables de la historia nacional como Manuel Belgrano y Mariano Moreno, se le opusieron infaltables mentes perversas que solo buscaron el rédito personal negociando con gobiernos extranjeros la independencia que tan trabajosamente se logró, al menos, dictar en los papeles.
Aquel 25 de Mayo en que el Cabildo, la casa matriz y catalizadora de todo deseo independentista, abrió sus puertas al debate y a la manifestación popular, se presentaron 9 personajes que pasarían a la historia como los protagonistas principales e iniciadores “oficiales” de la carrera hacia la liberación del territorio:
El Presidente de la Primera Junta fue Cornelio Saavedra (Militar). Los secretarios: Juan José Paso (Abogado) y Mariano Moreno (Abogado, político y periodista).
Los vocales de la Junta de Gobierno eran: Manuel Belgrano (Abogado y político devenido valientemente en militar), su primo Juan José Castelli (político y abogado), Manuel Alberti (Sacerdote), Miguel de Azcuénaga (Político y Militar), Juan Larrea (Comerciante de origen español) y Domingo Matheu (Político y Militar)
No obstante, el enfrentamiento entre algunos de sus componentes recuerda a la imposibilidad de consenso que se vive hoy en día entre las autoridades nacionales, provinciales y municipales.
La única diferencia es que hace 200 años, la muerte era la moneda corriente con la cuál se cobraban las diferencias aquellos que diferían en cuanto a la idea de un país libre y justo en materia social, política y económica.
¿Qué es la escarapela, además de un distintivo que se desprecia, aún en ‘fechas patrias’? Es el elemento que unificó, por orden de Belgrano, a los cientos de héroes de guerra que dieron su vida a través de los años por conseguir los objetivos en la Revolución de Mayo planteados.
La educación en Argentina formula un discurso estructurado y poco estimulador acerca de la esencial importancia de aquel evento, su antes y su después. El amor a los colores de la república y el respeto por la historia son dos conceptos que no encuentran su lugar dentro de los programas formales que se imparten en los centros de enseñanza.
Menos se motiva a la lectura para fortalecer el escaso conocimiento y la continuación del aprendizaje y el repaso a medida que los chicos y jóvenes avanzan sobre las etapas de la vida.
No es intención ni siquiera aproximada el adoctrinar a la juventud en una misma línea de pensamiento – por ello se aboga por el debate aún en edades tempranas, que enseñen a pensar “más allá” – o creer que todos deberían ser estudiosos y expertos en la historia nacional.
Solo se pide el más superficial interés para saber que se festeja – o que se debería festejar – y entender quienes fuimos, quienes somos, y analizar hacia donde vamos, en base a errores que nunca se terminan de corregir y repetir, y aciertos que siempre vale la pena destacar.
Tristemente, para este próximo 25 de Mayo, se vislumbra un torrente de discursos de campaña demagogos para ensalsar lo propio y defenestrar lo ajeno, lejos de todo recuerdo del pasado, lejos de los monumentos y los puntos neurálgicos donde se desenvolvió un suceso hito, aún cuando se haya dado dentro de los límites de lo que hoy es la Ciudad de Buenos Aires.
La sobre abundancia del término “bicentenario”, bastardeado por la burda propaganda política, implica pensar, hacia el seno mismo de nuestra sociedad: “Qué estamos festejando”, “Qué se conmemora”.
La duda más peligrosa de plantear, con posibles resultados poco felices, es aquella que nos impondría reflexionar en que “si nos importa o no, realmente, como sociedad, lo que se esté festejando este próximo 25 de mayo”.
Bienvenidas sean las respuestas.
Abril 20, 2009 | Por diefernandez | Claves: historia | # Enlace permanente
(La extensión de esta segunda parte me provoca pedir disculpas por un lado, debido al posible exceso de datos que provoque aburrimiento por la sobreabundancia de los mismos, y por el otro, compartir mi disfrute al redactar una nota que implicó un estudio – no tan profundo como hubiese querido – de una cuestión histórica por demás interesante)
En tiempos de crisis económica, el ahorro y gasto moderado son dos conceptos sobre los cuales se alinea el ciudadano corriente al momento de pensar sobre una compra de un bien y servicio, distanciado del manejo indiscriminado de la plata a niveles empresariales por un lado, y de la desesperación delictiva de aquellos olvidados por la política oficial.
En este marco, unos pequeños trozos de papel, llamados billetes, se constituyen en un elemento preciado y sobrestimado, más allá de su utilidad como herramienta de intercambio para cualquier operación comercial.
Paradójicamente, los billetes son generadores de un interesante debate, iniciado en la nota anterior, cuyas bases se sustentan en estudiar la vida y obra de los personajes que embellecen y colorean con sus rostros el papel y que pueden ponerse en duda o re afirmarse como merecedores de tal orgullo, aunque el orden de los valores no parezca reflejar su importancia en la historia argentina.
Detrás quedaron las exposiciones de Roca, San Martín y Belgrano. En esta ocasión se considerarán los ideales y las prácticas de tres protagonistas que nutrieron sus vidas de compromiso y dedicación respecto la vida política del país, pero con aciertos que se contrapusieron con varias actividades y pensamientos poco felices y reprochables.
Recordado popularmente como el “padre del aula”, Domingo Faustino Sarmiento fue más que un simple promulgador de políticas que aspiraban a enriquecer la educación en el país – materia que demostró con el paso de la historia ser tan fundamental como polémico y olvidado.
Imposible imaginarlo con una sonrisa después de visualizar durante tanto tiempo su gesto adusto y poco amistoso de los cuadros, Sarmiento ejerció una activa vida política en momentos de organización nacional tras el cese del conflicto entre unitarios y federales, hasta alcanzar la presidencia, en 1868, hasta 1874.
Amarrado pasionalmente al mundo de la literatura y los saberes desde chico gracias a la influencia de su familia, Sarmiento se rozó con la educación por primera vez en Francisco del Monte, San Luis, donde junto a uno de sus tíos construiría una escuela. A partir de allí, sea en San Juan o cuando se exilió en Chile, promulgó ideas innovadoras y también críticas, no solo en su materia por excelencia, sino en aspectos generales de las administraciones públicas de los lugares donde se encontraba.
Fue gracias al encargo del gobierno Chileno de visitar en misión diplomática Europa y parte de América, que se nutrió de ideales políticos, sociales, y en particular, pudo vivenciar los efectos de diversos sistemas educativos. Como nota de color, tuvo el honor de conocer al General San Martín, ya grande y exiliado en Francia, y entrevistarse con el padre de la Patria.
Paradojas de la historia, Domingo Sarmiento fue un hombre que despotricó y defenestró la figura de un personaje que evolucionó como uno de los estandartes de la tradición Argentina: El gaucho.
Familiarizado con la más fina estirpe cultural europea, consideraba al gaucho un ser despreciable por su calidad de pobre, hombre de campo vago y traba al progreso nacional, al igual que catalogaba de esa manera al indio, y al caudillo, este último, un tipo de liderazgo surgido en el interior que él enfrentó y odio, desde el momento que Facundo Quiroga invadió su natal provincia de San Juan.
Estos duros y complejos pensamientos los volcó al papel cuando publicó “Facundo”, y “civilización y barbarie”, donde explicó esta polaridad adjudicándole a la ciudad el más puro sentido de mundo civilizado empapado de cultura y educación de primera línea, y al campo hogar de “salvajes”, que de lo único de seres humanos que poseían era la sangre.
Luego de ser gobernador de su provincia y verla crecer, renunció tras no coincidir en implantar el estado de sitio con el Gobierno Nacional, comandado por Bartolomé Mitre, cuando el caudillo Chacho Peñaloza se levantó en armas.
El 12 de Octubre asumió la presidencia que había ganado en las entonces poco claras elecciones. Como presidente inauguró la primera línea telegráfica con Europa y estimuló la construcción de una red de trenes que, más allá de sus intenciones, contaron con las barreras impuestas por las empresas británicas, que pensando en sus intereses de exportación hacia Londres, tendieron las vías en forma de “abanico”, lejos de la interconexión que Sarmiento soñaba.
Tal vez una de las grandes frustraciones del Sarmiento maestro y educador, fue no poder crear un ambiente propicio para albergar a inmigrantes europeos de Inglaterra y Francia, que preferían la prosperidad norteamericana, dándole paso al arribo de españoles e italianos – en mayor medida – para trabajar en los campos, en condición de pobres.
Una vez finalizado su mandato, paseó en cargos políticos durante la presidencia de Nicolás Avellaneda y el general Roca, para fallecer en el exilio, en el país vecino de Paraguay, el 11 de septiembre de 1888, fecha la cual 55 años después fue consagrada por la Conferencia Interamericana de educación como Día del maestro.
Grandes atributos conjugados con pensamientos tan peligrosos como “políticamente incorrectos”, Domingo Faustino Sarmiento se erigió como uno de los puntales de la historia inicial de Argentina, hecho que lo catapultó a inmortalizarse en el billete de $50.
No todo es coincidencia en la vida de los a veces mal llamado “próceres” que tiñen de vida a los billetes que los ciudadanos utilizan todos los días para movilizarse por la vida.
Juan Manuel de Rosas fue una personalidad que chocó contra lo que Sarmiento exaltaba y representaba, más allá de la diferencia en generaciones.
Estanciero y proveniente de una familia rica de Buenos Aires, Juan Manuel Ortiz de Rosas – tal cual es su nombre completo – nació el 30 de 1793, y vivió ligado al trabajo y la administración de grandes campos, amasando cierta fortuna y poderío territorial en la zona, al punto tal de poseer al momento de su exilio gran parte de lo que hoy se conoce como Palermo, en el área del parque 3 de febrero.
Se codeó con los ideales federales, en especial con el caudillo santafesino Estanislao López, aunque su arribo a la gobernación de Buenos Aires (1829), con facultades extraordinarias y el mote de “restaurador de las leyes”, en pleno auge de la guerra de la gran provincia con el resto del país, lo ubicó en una posición donde tuvo que lidiar elegantemente con el egoísta y unitario pensamiento porteño y las “pseudo amistades” con los caudillos.
Atendió las demandas de líderes natos y de gran peso como Ramírez (Entre Ríos) y el mismo Facundo Quiroga, con quien se lo relaciona en el episodio de su muerte, en Barranca Yaco, como gestor de su asesinato, debido al gran poder que iba adquiriendo el caudillo riojano en el interior gracias al impulso de sancionar una constitución federalista que el alentaba, que incluso lo colocó como posible competidor de Rosas por alcanzar Buenos Aires.
Juan Manuel de Rosas inició el camino de “conquista del desierto”, en su salvaje y autoritaria campaña de 1833 y 1834, que sería completada décadas después por el General Roca, en unos de los más sangrientos episodios que enfrentó a dos argentinas totalmente diferentes.
En su segunda gobernación, el gran estanciero olvidó la amabilidad, y salió a las calles a combatir la oposición ideológica con su grupo de choque, la famosa “Mazorca”, lo más parecido a una fuerza paramilitar para combatir al que pensara distinto.
Herramienta y objetivo tan “célebre” en la historia del país.
Para complicar aún más un panorama nacional lleno de desunión y guerras civiles, Francia, descontento por los acuerdos poco beneficiosos que sí había gozado Inglaterra cuando Rivadavia administraba “su” país aparte, bloqueó el puerto de Buenos Aires, e incluso llegó a pactar con militares como Lavalle para combatir con los federales del interior.
Para combatir ello, Rosas aplicó una férrea resistencia que incluso le valió la felicitación del mismísimo José de San Martín, que lo honró con su sable de regalo ante tal acción. Pero pasado este conflicto, el poco democrático gobernador de Buenos Aires se enfrentó con el creciente levantamiento del interior liderado por Justo José de Urquiza, ex aliado del Restaurador, y también hacendado en muchos puntos inescrupuloso y con demasiados intereses en juego.
La Batalla de Caseros ganada por el entrerriano determinó la salida de Rosas del poder, y del país, para morir en Inglaterra en 1877.
Irónicamente, sus restos fueron repatriados en 1989 por un presidente que con su extravagante peinado y patillas, recordaba – solo en apariencia, no en cuanto a prácticas e ideas – al caudillo riojano Facundo Quiroga, teóricamente muerto por órdenes de Rosas.
Otro dato de Color: Lejos una vez Rosas, todas sus tierras fueron convertidas por Sarmiento en una extensa zona de paseos donde prevaleciera la arquitectura europea y el verde natural, reflejados, entre otros, por el zoológico porteño. Rosas perdió en Caseros un 3 de Febrero, tal es el nombre del enorme parque inmerso en el barrio de Palermo.
¿Son estas suficientes razones para ubicarse, según los valores de los billetes, por delante de San Martín y Belgrano, o incluso para permanecer en el del $20 impreso? Muchos datos hacen dudar de ello.
El último personaje de este recorrido histórico promocionado por el devaluado objeto de intercambio por excelencia es Bartolomé Mitre, militar que muy joven luchó contra las fuerzas de Rosas, luego devenido en periodista y político.
Nacido en la Buenos Aires siempre conflictiva y acaparadora del poder, el 26 de Junio de 1821, Mitre saltó de cargo a cargo a nivel público: desde la legislatura, ministro de gobierno y relaciones exteriores del gobernador Valentín Alsina, ministro de guerra y marina, cabeza de la organización nacional por parte de la provincia.
La batalla de Pavón que ganan sus milicias por sobre las de Urquiza, lo colocan al tope del escalafón dirigencial, en 1862, momento en el cual se impulsaron cambios radicales – como la elaboración del Código civil y penal – pero en plena recuperación se halló en medio de la guerra con el Paraguay, para la cual se alió con Uruguay y Brasil y que lo encontró a Mitre en el campo de batalla.
Con Domingo F. Sarmiento en el poder, Mitre lideró el partido liberal – o nacionalista -, que perdería por fraude en las elecciones de 1874, y apagado su levantamiento en armas por Julio Argentino Roca, pasó cuatro años en prisión, donde se acercó a las letras, aún mas de lo que lo había hecho al crear el famoso diario “La Nación”, en 1870.
El desorganizado ambiente político lo vió nuevamente en escena para ubicarse como férreo opositor del corrupto mandato de Juárez Celman – Con Roca actuando tras bambalinas, tal cual sucede en momentos actuales -, junto a Leandro Alem, en la llamada Unión Cívica.
Lamentablemente, Mitre olvidó enseguida esa temporal unión, y pactó con Roca, quebrando su relación con Alem, que luego crearía el centenario e histórico partido de la Unión Cívica Radical.
Sus últimos años Mitre los pasó escribiendo en el diario, augurando un mejor país desde las filas conservadoras que él había antes combatido, hasta fallecer en 1906, para descansar en el cementerio de la Recoleta.
6 billetes, 6 valores diferentes, 6 personajes que enriquecieron, para bien o para mal, la historia de un país acostumbrado al desorden y las luchas internas poco honestas y claras, bañadas de tratados y acuerdos temporales y coyunturales, tal como aún se estila en la actualidad.
Cada uno contribuyó con las herramientas que las circunstancias y sus mentes privilegiadas le pusieron en su camino, utilizándolas en su favor únicamente en algunos casos, y en los menos pero más destacados, en pos de defender los interes de una nación hambrienta de independencia real que nunca concretamente llegó y una organización que nunca en políticas a largo plazo duró.
Y están impresos en los billetes. Nunca está de mas releerlos y pensarlos, para saber que pasó y que fuimos, que sucede hoy, y que hay que hacer y que no en un futuro que siempre, más allá de las proyecciones, a nivel política y economía, se presenta incierto.
Abril 13, 2009 | Por diefernandez | Claves: historia | # Enlace permanente
Literalmente, eso sucede varias veces en el día, cientos de ocasiones a la semana, para realizar los más pequeños intercambios comerciales por bienes y servicios, o las mayores adquisiciones de las que podamos gozar.
Elemento que abre las puertas a la satisfacción materialista del ciudadano – aún en su más sano y coherente sentido -, y objeto de discordia para quienes lo ven como el fin último y máximo.
El billete, un aparente inofensivo pedazo de papel, reviste un valor que estila y encausa el modo de vida de toda una población, ya que su posesión en ciertas cantidades tristemente se cataloga como el indicador – y separador – predilecto de las clases sociales y de las oportunidades en un mundo consumista y capitalista, más allá del temblor que el viejo sistema económica universal pueda sufrir.
No obstante, su sentido más estricto no debería impedir analizarlos de un modo más constructivo. Más allá de los efectos decorativos que los dotan de color y vida, los billetes guardan en sus frentes y contrafrentes una referencia a la historia de la nación, un pasado que nunca es inútil rever, aunque remar contra la corriente que implica las trabas educativas hace más costosa esa tarea.
Este ejercicio se torna más interesante luego que se conociese semanas atrás un proyecto del banco central de proveer a los billetes de nuevos y frescos rostros, en el marco del festejo del bicentenario de la Revolución de Mayo, cuestión que podría abrir un rico debate y un revisionismo necesario, más allá de compartir la presencia o no de ciertas figuras actuales.
Si se tomara cierta porción de una población, un muestreo heterogéneo que contemplara individuos de todas las edades, resultaría interesante obtener los datos concernientes al conocimiento de cada uno de los personajes que ilustran los billetes que se utilizan a diario.
¿Cuál sería ese resultado?
Aún a riesgo de caer en un mal prejuicio, la derivación de una hipotética encuesta no serían los más agradables. Tristemente es fácil constatar que las figuras nacionales impresas en elementos de tanto uso no gocen de cierta popularidad, cuando de enseñanza recibida a través de la vida se trata.
Una breve reseña básica de la vida y obra de quienes seriamente nos ven desde los billetes, cuya única modificación podría ser el cambio entre los mismos para darle un “valor simbólico” más acorde a lo sucedido respecto del crecimiento de la república a cada uno.
Ejemplo: San Martín, el padre de la patria, se encuentra en el billete de 5 pesos, cuando Roca, un ex presidente que borró a los indígenas del sur y repartió las tierras a discreción entre pocos, cubre el billete de mayor valor. ¿Hay coherencia?
Julio Argentina Roca, nacido el 17 de Julio de 1843 en tierras tucumanas, valió su popularidad para alcanzar el más algo grado en la escalafón política en la lamentable “-“Conquista del desierto”, un perfeccionamiento de la “campaña” organizada por Rosas décadas antes, para hacer desaparecer del mapa definitivamente en 1879 la “supuesta amenaza” del salvaje indio.
No obstante, su primera presidencia (1880-1886) arrojó saldo positivo, a nivel infraestructura y con respecto a lineamientos legales para encausar el camino político, económico y social del país.
Se crea el Banco Hipotecario Nacional, se sancionan los Códigos Penal y de Minería y se dictan las leyes de Registro Civil, de Matrimonios y de Educación, siendo esta última la famosa ley 1.420, que caracterizaba de laica, gratuita y obligatoria la asistencia a los centros educativos, que se expandieron a zonas rurales.
Lamentablemente, no fue un luchador de la pureza política, ya que colocar a su concuñado Miguel Juárez Celman en el poder para mantener desde atrás el control fraudulento del estado fue su más hábil jugada, para luego retomar la presidencia en 1898, tras aguantar el embate del naciente partido Unión Cívica, devenido más tarde en el radicalismo de Leandro Alem, tras la separación con Mitre, que “pactó” con el inteligente Roca.
Pros y contra de una figura que, como todas e independientemente de sus aciertos y errores, conforman la historia nacional.
Pero, ¿son estos méritos para encontrarse, según los billetes nacionales, por encima de San Martín, Belgrano, e inclusive el polémico Sarmiento?
José de San Martín, nacido el 25 de febrero de 1778, fue un prodigioso militar formado en las experimentadas filas españolas que luego se enfrentaron al poderío napoleónico, cuando Don José es nombrado Teniente Coronel.
Característico de su valiente y voluntariosa personalidad, volvió a sus tierras una vez enterado del movimiento independentista que con la palabra y su patriotismo práctico defendió, guerreando contra la nación que lo había formado.
Defensor de la honestidad y los intereses del pueblo, se enfrentó de por vida con Bernardino Rivadavia, amante del centralismo unitario, cuya corrupción y afinidad con los propósitos coloniales – en especial codeándose con el poderío inglés – fueron homenajeados con la avenida más larga del país. Paradójico.
Compartió las ideas federales de coparticipación política y económica de los caudillos como el salteño Martín de Güemes, y abogó por la evolución en cuanto a leyes y normas que abolieran la esclavitud y la repartición de tierras en desmérito de los pobres trabajadores, y fomentaran la producción de la industria nacional, en el marco de un proceso educativo abarcativo.
Sin embargo, su “obra cumbre” fue el cruce de los Andes, paso obligado para concretar su recorrido independentista contra los realistas españoles, en tierras chilenas y peruanas. Olvidado y odiado por el poder residente en Buenos Aires por no serles funcional a sus nefastos y egoístas intereses, San Martín tuvo que exiliarse para fallecer el 17 de Agosto de 1850, lejos de su patria.
¿No es esto suficiente material como para valorar más la figura de tal patriota?
El orden de los billetes que tanto usamos no indica eso, tanto para él como para Manuel Belgrano, abogado, economista, periodista devenido en militar, nacido el 3 de Junio de 1770, en Buenos Aires.
Activo participante de la Revolución de Mayo y los intentos de gobierno posteriores, dejó la diplomacia que sus saberes económicos y de derecho le proveían para colaborar con gran valor en el proceso de independencia, a lo que contribuyó, además de valiosos triunfos en el campo de batalla y el valeroso éxodo del pueblo jujeño desde el norte donde atacaban los realistas, con la creación de nuestro bello símbolo Nacional: La bandera.
Reconocida su labor por nada más y nada menos que José de San Martín, fue contrariamente olvidado por el falso poder central, cuando falleció en penumbras, dueño de la enfermedad, el 20 de Junio de 1820, sumido en la pobreza, estamento social al que cayó tras donar para creación de 4 escuelas los 40 mil pesos oro que le otorgó la Asamblea del año 1813 por sendos triunfos en Tucumán y Salta. ¿El dinero? Se sumergió en la oleada de la corrupción, para su sueño nunca ser cumplido enteramente.
Trágicas realidades que marcaron el rumbo de un Estado siempre en falta, aún en las etapas más apacibles y de mayor crecimiento en todos los sectores.
¿Son los billetes los indicadores de la importancia, si analizarla en grados o niveles se puede? Si y no. De forma positiva lo son, porque sus valores en pesos aparentan proveerle el número indicado a cada prócer. En su modo negativo, implica ser indiferente a ello, y estudiar las figuras en sus contextos espacio – temporales, bajo el siempre interesante lema “Saber lo que fuimos, para entender lo que somos y proyectar hacia donde vamos”.
El debate esta abierto, y todas las opiniones son válidas, siempre que se basen en el argumento. La segunda parte de la presente nota será la continuidad del mismo, repasando la vida y obra de quienes restan reveer:
Sarmiento, padre del aula pero político y militar de ideas “políticamente incorrectas”, Rosas, federa devenido en unitario, defensor del territorio nacional contra fuerzas extranjeras pero centro de excesivo poder local, y Mitre, ex presidente que “tranzó” en su momento por conveniencia, y que osciló entre los buenos augurios y la oscuridad de la prisión.
Continuará.
Octubre 31, 2008 | Por diefernandez | Claves: historia, política | # Enlace permanente
(Pido disculpas por la extensión de la siguiente nota. Intenté hacer un análisis crítico y resumido de lo sucedido en materia política en estos 25 años desde la vuelta a la Democracia y el impacto respecto a la idea de país que todavía estamos esperando ver realizada)
“Con la democracia se come, se educa y se cura”…
…pero en el país continúan existiendo pobres y gente de bajos recursos olvidados; los paros docentes están a la orden del día, los alumnos pierden clases y lo poco que estudian lo intentan hacer en escuelas que se caen a pedazos; y el sistema de salud esta colapsado y quebrado, con hospitales o salitas que en muchos casos no cuentan con elementos básicos de medicina y enfermería.
Argentina vivió gran parte del siglo XX asediada por graves conflictos sociales y políticos y etapas de inestabilidad que incluso causaron renuncias en la parte más alta de la pirámide del poder. Ese desequilibrio impulsó 6 golpes de estado que derrocaron gobiernos democráticos, por muy malos que hayan sido, entre 1930 y 1976, alterando los ínfimos periodos de seguridad que los argentinos han logrado gozar en toda la historia, desde el nacimiento mismo de la República.
El 30 de Octubre de 1983 el pueblo en su totalidad pudo vivenciar al fin una elección libre, tras 7 años de oscuras penurias ocasionadas por el más feroz y violento de los golpes. Nefastos personajes encabezaron un proceso que manchó con sangre el prestigio de las Fuerzas Armadas, sedientos de poder y control autoritario – y agresivo – por sobre cualquier sujeto, organización o institución en el país, acompañados de movimientos paralelos que quisieron jugar a su manera, dejando en el medio a inocentes que, o bien fueron borrados del mapa, o bien sobrevivieron en medio del terror y el miedo.
El pasado no debe olvidarse, para no volver a caer en los mismos errores. Aprendizaje que la historia del país forzosamente nos obligó a entender.
Pero aunque la democracia es el sistema de gobierno “más perfecto” que pueda existir, debido a la posibilidad de libre circulación, expresión y elección de quienes dirigen a un país, en Argentina las fallas han sido constantes, y hasta el día de hoy, en muchos casos demuestran ser todavía irreparables.
Desde el instante en que Raúl Ricardo Alfonsín se alzó desde el partido Radical con el 52 % de los votos, por sobre el 40% del Partido justicialista – peronista, se inició una etapa de reconstrucción institucional y social, que lamentablemente nunca halló en su camino el acuerdo global que requería, y en la actualidad sufre las consecuencias de la falta de lineamiento político a nivel estatal – y distrital – más allá de la bandera partidaria que comande desde el Ejecutivo.
Alfonsín tuvo que lidiar con las cenizas que habían dejado atrás las malas hierbas dentro del cuerpo militar. Aunque fue él quien impulsó el importante juicio a las Juntas, el constante acoso, que se llegó a traducir en el lamentable levantamiento armado sobre el regimiento de la Tablada, lo empujó sin remedio a buscar conciliar con los rebeldes, hasta tener que sancionar las injustas leyes de Obediencia debida y punto final.
El desastre económico que había heredado de la dictadura no pudo ser nunca solucionado, al punto tal que se alcanzó la categoría de hiperinflación que hirió de muerte al primer gobierno democrático tras el infierno.
El sideral monto de deuda externa e interna y la falta de inversión, entre otras variables negativas, borraron de raíz las buenas intenciones de Alfonsín, complementado además por la falta de apoyo político por parte de las líneas opositoras, y errores propios de su administración.
En su lugar, asumió el peronista Carlos Saúl Menem, que llevó adelante una política de estabilización basada en la famosa ley de convertibilidad del austral, una devaluación y apertura empresaria hacia los intereses extranjeros. Por un corto lapso de tiempo, todo fue color de rosas.
Un presidente aparentemente carismático que se codeaba con el “jet set” presidencial a nivel global, presentaba una economía en crecimiento y expansión, argumentada en las nuevas posibilidades de la gente de adquirir productos importados y costosos a gusto. Nada importa si nadie toca el bolsillo.
La burbuja paradisíaca que el ex gobernador Riojano había creado era un mundo de ensueño tal que hizo posible la modificación de la Constitución en su favor, para lograr la reelección. Hasta anuncios de viajes a Asia en una hora sonaban coherentes.
Pero la burbuja estalló. Y el mundo de las privatizaciones que vendieron al país en manos extranjeras ya no pareció tan positivo. Viejas malas palabras a las que los argentinos nos hemos acostumbrado resurgieron: Desempleo y pobreza, inflación, inseguridad social y financiera.
Se lanzó el desesperado plan bonex, que congeló todos los plazos fijos, y se restringieron distintas actividades y beneficios. Se destruyó la industria y se achicó el aparato administrativo.
A su vez, escándalos de enorme proporción como la explosión en Río Tercero, las ventas ilegales de armas a Ecuador y Croacia y las crecientes denuncias de corrupción crearon un clima de confusión y disturbio.
En ese turbulento panorama tomó la posta Fernando de la Rúa que, junto a Carlos ‘Chacho’ Álvarez, justificaba su fama de “aburrido” adjudicándole a la situación del país un tono que no daba para la risa. Los hechos demostrarían que esa idea que la gente tenía de él no solo sería real, sino que se perfeccionaría con su lentitud e incompetencia a nivel político, hasta darle el empujón final al país por sobre el borde del abismo.
Su administración nunca vislumbró importantes aciertos: Aumento de los impuestos desde el presupuesto para el año 2000, recorte salarial, pérdida de credibilidad e inversión y renuncias de ministros y funcionarios de alto rango, incluido el mismísimo Vicepresidente, que en medio del escándalo de coimas en el Senado que el denunciaba, contrariamente a la actitud que podía esperársele, dejó su cargo, lo que dejó a nivel público herido mortalmente al Presidente.
La muerte de su gobierno se produciría a finales del 2001, cuando la economía se hundía sin remedio, y Domingo Cavallo, llamado desesperadamente creyendo que milagrosamente evitaría la caída, solo será recordado popularmente como el autor material del recordado “corralito”, que enfriaba los depósitos de la gente en los bancos, limitándolos a extraer solamente una suma mínima.
El clima de guerra que se vivió aquel fatídico mes se cobró caro el presente y futuro del país: De la Rúa tuvo que renunciar y escapar en helicóptero, la desesperación impulsó cientos de saqueos a comercios y mercados, y se sucedieron feroces represiones que acabaron con vidas.
Los días siguientes se respiraba tensión extrema, y como dato curioso dentro del desastre, la presidencia fue manoseada por diferentes individuos que disfrutaron de pocas horas el sabor del poder en su más alto cargo: Ramón Puerta, presidente Provisional del Senado; Adolfo Rodríguez Saá, gobernador de San Luis; y Eduardo Camaño, Presidente de la Cámara de Diputados.
Finalmente, Eduardo Duhalde tomaba el timón de un barco que zozobraba por todos los costados, sabiéndose parte de un periodo de transición hasta llamar a elecciones.
¿Alguien recuerda que fue el mismo Duhalde que apoyó al santacruceño Néstor Kirchner para competir con el incansable Carlos Menem? Así es. Afortunadamente, el riojano renunció a la segunda vuelta, entendiendo que perdería a manos del que durante su presidencia había sido un aliado – punto a tener en cuenta.
Con solo el 22 % de los votos, el 25 de Mayo del 2003 tomaba el bastón y se vestía con la banda un gobernador prácticamente desconocido para la opinión pública en general, pero que en sus primeros años como Presidente, logró estabilizar a la economía.
Se produjo un crecimiento apoyado en la leve suma del empleo, de los salarios y mayor inversión, manteniendo el cambio con el dólar en $ 3,10, privilegiando a la industria nacional, que logró reactivarse.
Asimismo, el ex gobernador de Santa Cruz sacó del cajón la olvidada política de Recursos Humanos que Alfonsín en su momento había iniciado, e instó a la justicia a hacerse cargo de los culpables de la dictadura iniciada en 1976 – aunque no todos los responsables de aquella barbarie fueron presentados en el banquillo. Muchos pululan por el poder ahora mismo.
Lamentablemente, los malos hábitos de Kirchner se hicieron notar a medida que se acercaban las elecciones presidenciales de 2007. La confrontación con distintos sectores como el campo, se hicieron características de su personalidad política, hasta trascender fronteras y enfrentarse con el país vecino y hermano, Uruguay, en un tire y afloje que a Kirchner, por alguna razón, le gusta y le sienta bien.
El manejo de los índices de Inflación arruinó el prestigio del INDEC como agencia de estadísticas modelo a nivel continental, y la centralización de los fondos en la Caja del Gobierno central, en detrimento de las provincias, le regalaron un poder excesivo, solamente delegado en pocos funcionarios estratégicamente elegidos.
De esa manera arbitraria mandó a su esposa y senadora, Cristina Fernández, a tomar su lugar en el sillón presidencial. Más allá del holgado triunfo que la denominada “concertación” cosechó en las urnas – en medio de denuncias de mal conteo de los votos – la continuidad de la metodología de administración implementada por el ahora presidente del desordenado Partido Justicialista fue potenciado, hasta alcanzar niveles extremos de confrontación y defensa férrea e incoherente de cuestiones como: La resolución 125 de retenciones al sector agropecuario, la millonaria inversión en el innecesario Tren Bala y el traspaso de los fondos jubilatorios al estado, para contar con más dinero en una caja que se debilita a causa de la crisis financiera mundial y la falta total de proactividad histórica.
Estos son algunos “hitos” de la administración kirchnerista, aunque la lista se engrosa, en particular durante el año que corre.
Actualmente Argentina se adentra una vez más en la turbulencia. El temblor que encuentra sus fundamentos en la desunión total que existe en la política, la falta de acuerdos reales y concretos.
Suena utópico pensar en un desacuerdo de criterios que no envenene a las instituciones. La discrepancia en el país se trata de una cuestión de ubicación e intereses temporales, y no ideologías o lineamientos con continuidad en el tiempo.
¿Somos como sociedad capaces de pensar y realizar algo trascendental?
(Interesante pregunta retórica de Jorge Lanata) La posible respuesta puede ser tan compleja como imposible de efectuar.
El término ‘largo plazo’ en materia económica, social y política no existe. En cambio se privilegia las decisiones del momento, y la idea de ‘borramos el pasado inmediato, cuenta nueva y a empezar de cero’, o peor aún, remar desde ‘menos cero’.
Entonces el balance de los últimos 25 años crecerá en déficit en el futuro inmediato, si es que solo se aplican determinaciones paliativas y no se proyecta de hoy a 10, 15, 20 años.
“Con la democracia se come, se educa y se cura”…pero la democracia demostró ser ineficaz, y la comida no llega a la boca de todos, la educación es mediocre y la enfermedad del poder corroe hasta los rincones más puros de una sociedad que, detrás de la solidaridad y la calidez, esconde violencia y egoísmo.
Las promesas se hacen para cumplirlas. Si sabes que no las harás realidad, no prometas, solo actúa, y a atenerse a las consecuencias.
Octubre 12, 2008 | Por diefernandez | Claves: historia | # Enlace permanente
La gran maravilla que significa el estudio de la historia permite conocer los diversos sucesos a través del tiempo que determinaron el desarrollo, evolución del ser humano y las sociedades que se han conformado – y que también han desaparecido. El saber del pasado apasiona a quien quiera que se interese por entender ‘que fuimos’, ‘que somos’, y hacia ‘donde vamos’.
Infinitos autores e historiadores documentaron sus puntos de vista en millones de libros, que guardan bajo el manto sagrado de la palabra escrita diferentes líneas ideológicas que intentan explicar y relatar su entendimiento de la historia.
Siempre que se arriba a una fecha histórica a recordar y/o conmemorar a nivel mundial (o local), los pensadores se hacen presentes para debatir en una imaginaria mesa redonda y exponer sus perspectivas con respecto al acontecimiento en cuestión.
Ello puede originar una sana discusión en ámbitos más íntimos (familia y amistades), sin olvidar la riqueza que implica nutrirse de varias de las miradas que gente estudiosa ha realizado. Escuchar una sola campana implícitamente adoctrina y cierra la mente. Cada persona debe hacerse una idea propia de la historia, en base a la lectura atenta y comprometida.
En la actualidad, las invasiones e intervenciones inescrupulosas de potencias mundiales contra países aparentemente desprotegidos puede entenderse como una práctica cruel, falsamente justificada bajo el concepto de “ayuda a reestablecer el orden” o “lucha contra el terrorismo”.
Aunque estas últimas ideas son excusas del mundo moderno, las intenciones de apropiarse de tierras ajenas han movido al ser humano desde el mismo instante que supo decir ‘hola’.
Los intereses económicos – y religiosos – y la sed de poder han logrado acciones masivas de destrucción y muerte, manchando de sometimiento e injusticia el suelo de extensos territorios en todo el globo. Es la historia de la humanidad.
Una de las invasiones más destructivas la causó un hombre que en algunos aspectos es ‘idolatrado’ y recordado como el gran descubridor: Cristóbal Colón. Empujado por sueños de fama y poder económico que ostentaba desde su humildad de comerciante en Génova, solicitó a los Reyes Católicos, ocupados en la unión política y religiosa del territorio español – Musulmanes y judíos habían sido recientemente expulsados – financiamiento para realizar un viaje marítimo de enorme escala para la época, con la mera intención de abrir nuevos canales de intercambio comercial con Asia.
El vecino Portugal había abierto el camino hacia África, aprovechando la situación para generar sus propias riquezas. Desde ese aspecto, España había quedado relegada en un marco de bienestar local y expansión europea, estimulados por la necesidad y ambición de hallar inmediatamente nuevas tierras de donde extraer ganancias.
De todas maneras, los Reyes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón se mostraron poco interesados en apoyar tal emprendimiento. Por esa razón, le regalaron a Colón una confiable tripulación de contrabandistas y criminales, que acompañarían al Almirante repartidos en las tres Carabelas: “Santa María” (la más grande de todas), “La Niña” y “La Pinta”.
La expedición partió el 2 de Agosto de 1492, y ocurrió entre el 12 y 13 de Octubre – aunque para la historia quedaría pautado el 12, debido a la connotación maléfica del día 13 – el llamado “grito de Triana”, en honor al marinero de La pinta, Juan Rodríguez Bermejo, que dio noticia del avistamiento de las nuevas tierras, hecho negado por el ambicioso Almirante.
Apenas los pies europeos pisaron suelo desconocido, se abrieron gigantes puertas para el arribo indiscriminado de la fuerza “civilizadora” del viejo continente, que solo atinó a destruir toda comunidad establecida en lo que luego se conocería como el nuevo continente: América.
Los fieles habitantes de estas tierras, creyéndose inocentemente parte de un encuentro productivo para sus pequeñas sociedades, vieron truncamente obstruidos cualquier derecho sobre las tierras que les pertenecían y que defendieron como pudieron de la ceguedad que la corrupción del poder les ocasionó a los europeos, creídos centro del Universo, más allá de las reprobables y/o inentendibles costumbres que desempeñaban los “salvajes” (como tristemente fueron llamados), como sacrificios y admiraciones a dioses.
Los españoles tiraron la primera piedra, y luego, como efecto dominó, Europa entera vio como cientos de emprendimientos personales – pequeños y no tan pequeños – se aventuraban a invadir las costas de un continente destinado a la dependencia total, en todos sus aspectos – Y ese destino al día de hoy determina muchas de las decisiones y acciones que se ejecutan a nivel regional.
Sin saberlo – pero sin temor aplicando todas las tretas y herramientas para engañar a los ingenuos indígenas -, Cristóbal Colón inició uno de los mayores genocidios que la humanidad haya presenciado. Millones de individuos fueron aniquilados, y ciudades enteras arrasadas.
No hay que caer en el error de justificar la llegada de Colón sencillamente explicando que ‘si no nos descubrían, por ahí seríamos indios salvajes’, ni ninguna tontería como esa. En primer lugar, si no hubiese sido el navegante genovés, cualquier potencia emergente europea habría chocado indefectiblemente con América. La expansión y adquisición de nuevas tierras era la idea común en la época.
Y aunque tal vez actualmente alguien reniegue del origen mayoritariamente español – e italiano – de nuestra gente (contra el cual tanto despotricó posteriormente Sarmiento), comparando con el eventual desarrollo de Estados Unidos, influenciado por los “organizados” ingleses, el análisis de los sucesos ocurridos hace más de 500 años genera una discusión motivadora e interesante.
La postura conquistadora “a toda cuesta” de Colón y sus predecesores, ocasionó un oleaje inmenso de codiciosos y un gran revuelo a nivel histórico, que generó el nacimiento de nuevas sociedades, por encima de las ya preexistentes, independientemente de la posterior aparición, cientos de años después, de luchadores de la libertad y la independencia.
Julio 8, 2008 | Por diefernandez | Claves: actualidad, historia | # Enlace permanente
“¿Queréis que las provincias de la unión sean una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli…?”
Francisco Narciso de Laprida, Presidente del Congreso reunido en Tucumán, pronunció con firmeza y decisión las palabras que alentaron a los diputados reunidos a votar afirmativamente, para luego redactar el “acta de emancipación”. Era el 9 de Julio de 1816.
“Nos, los representantes de las Provincias Unidas de Sud América, reunidos en Congreso General, invocando al Eterno que preside el universo, en el nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al cielo, a las naciones y a los hombres todos del Globo la justicia que regla nuestros votos; declaramos solemnemente a la faz de la tierra que voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueran despojadas, e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”.
Nacía una nueva Nación independiente. El sueño de libertad que se había comenzado a gestar en la semana de Mayo de 1810 se convertía en una realidad, aunque la unión nacional tan deseada desde aquel momento es, incluso hasta el día de hoy, muy difícil de vivenciar.
Aunque se rompían oficialmente los lazos con España, las cuestiones internas – traducidas en varios casos en luchas mortales – se convirtieron en una conspiración constante que atentó contra la intención de crear un lazo que lograra adherir todos los sectores del país. Y los rastros de la discordancia se sienten hasta nuestros días.
Atrás quedaban las limitadas intenciones independentistas de Rivadavia, Pueryrredón, Alvear y compañía, que se sublevaban contra los vastos y valientes esfuerzos de gente como San Martín, Belgrano y Moreno, quienes deben enorgullecernos como argentinos. De todas maneras, el camino recién se iniciaba.
Los egoístas y avaros intereses personales de muchos que manejaban las riendas políticas en el territorio nacional, encubiertas bajo el “manto sagrado” de ideales partidistas, en un contexto de pleno debate acerca de los pasos a seguir en el plano institucional, se tradujeron en ambigüedades que duraron años. Y esas rivalidades enfrentaron – y enfrentan – a muchos compatriotas.
Desde Morenistas y Saavedristas, unitarios y federales, acuerdistas y antiacuerdistas, radicales y peronistas. Dicotomías por derecho y pensamientos, guerras verbales, y muchas veces, cuerpo a cuerpo. La convivencia política nunca fue realmente posible en Argentina.
Estos “casi eternos” enfrentamientos confabularon contra las variadas oportunidades que la República en toda su historia vio pasar para romper con el techo de nación “sub desarrollada” y realmente convertirse en un país en “vías de desarrollo”, más allá de los pocos buenos momentos políticos, económicos y sociales que se han documentado.
¿Es Argentina realmente independiente? A nivel externo, nuestros incontables recursos fueron mal explotados, y se han vendido a firmas extranjeras muchos de ellos, y cuando se han hecho bien las cosas, una política mal aplicada o casi obligada – no consultada – ha tirado abajo tremendo esfuerzo. Pero muy lejos se encuentra la independencia financiera y económica, en un mundo globalizado y capitalista, en crisis ambiental y alimenticia. Argentina “siempre pudo” marcar cierta diferencia, Pudo, pero “no quiso”.
Admirados por solidarios y cálidos, odiados por egocéntricos y “cancheros”, los argentinos convivimos con los extremos diariamente, pero siempre es tan difícil hallar los grises, y cuando lo hacemos, algún detalle determina que ello no alcanza.
La poca estabilidad de la democracia y las instituciones durante gran parte del siglo XX fue el factor principal que evitó cualquier tipo de crecimiento sustentado.
Pero no toda la responsabilidad se la llevan quienes tomaron el poder a la fuerza. Muchas de las políticas económicas que manejaron Presidentes y Ministros y compañia no contemplaron las consecuencias, ni siquiera en el “durante”. Las políticas de estado en nuestro país no existen. Asimismo, al decir “independencia”, pareciera que solo nos referimos a los sucesos de hace casi dos siglos, cuando el concepto atañe mucho más que su mera mención en un libro de texto.
Podemos referirnos a independencia de los tres poderes de la Nación. Independencia de los funcionarios que deben responder a la ciudadanía, no a un mandamás que obliga y presiona.
Y como ciudadanos, los argentinos fuimos y somos también, en parte culpables. Por que votamos en democracia – aunque a comienzos de siglo los sufragios carecían de orden legal en su totalidad – y porque de ignorancia e impaciencia, apoyamos a gente en momentos delicados, sin saber lo que pasaba, ni lo que sucedería después.
Y hasta el día de hoy sufrimos por el pasado. Es innegable que no hay que olvidar, para no caer en los mismos errores. También es cierto que hay que evitar que lo sucedido influya negativamente en las decisiones del hoy.
Lamentablemente, tenemos que convivir día a día con el desacuerdo, la indefinición, o en todo caso, los “arreglos”, las decisiones unilaterales, o las determinaciones y procedimientos insuficientes. Y a nivel social y económico, las evidencias saltan a la vista. Hemos avanzado, nos hemos estancado. Y en algunos aspectos, como el educativo, hasta hemos retrocedido.
¿Hay buenas perspectivas a futuro? ¿Adónde iremos a parar?… tal vez una pregunta retórica, pero la sociedad argentina necesita saber la respuesta. Y con seguridad y hechos. No solo con promesas, para luego ver los efectos de malos caminos tomados. Por el momento, soñar y esperanzarse, no cuesta nada…
Junio 15, 2008 | Por diefernandez | Claves: historia | # Enlace permanente
La historia nos indica que fuimos, que somos, y hacia donde vamos. En la historia conviven las dos caras de la moneda: la felicidad y la tristeza, el jolgorio y la tragedia. Y los personajes que la han escrito y continúan escribiéndola personifican a todos los comportamientos humanos posibles: Honestidad, honor, responsabilidad y seriedad, también corrupción, violencia, desprotección y charlatanería.
¿Quién fue San Martín, más allá de Libertador? ¿Por qué se lo recuerda a Belgrano, además de ser el creador de la Bandera Nacional? ¿Cómo fomentó Sarmiento la educación en Argentina?
Cuestiones básicas que conforman – o deberían conformar – los planes de estudio del ciclo primario, secundario, incluso terciario y universitario de todo el país.
Lamentablemente, la convivencia en el ámbito educativo entre los docentes, los alumnos, las autoridades y el aprendizaje real, cada vez resulta más complicada. Y ello atenta seriamente contra los conocimientos fundamentales que se requieren para la formación de los adultos y profesionales del mañana.
¿Dónde está el respeto hacia la historia y sus componentes? José de San Martín falleció el 17 de Agosto, Manuel Belgrano el 20 de Junio. Y no el 20 de Agosto ni el 16 de Junio. Ya es ridículo conmemorar el deceso. Más ridículo, y totalmente desubicado, mover una fecha por el solo hecho de “motivar” al turismo para un fin de semana largo. Pero esta decisión se ampara en la ley 24.445, sancionada y promulgada entre diciembre de 1994 y Enero de 1995. La misma indica que dichos feriados “serán cumplidos el día que corresponda al tercer lunes del mes respectivo”.
Aún cuando puede aparentar una tontería, esta decisión del Congreso parece encuadrar perfectamente con el deterioro educacional argentino, aún cuando no posea relación directa. Muchos jóvenes hoy en día no saben quienes fueron realmente San Martín y Belgrano. Vale la pena recordar que el feriado del 11 de Septiembre, en conmemoración a Domingo Faustino Sarmiento, ha dejado de ser tal.
Muchos comerciantes y empresarios se benefician altamente con un fin de semana largo y el afluente de turistas que se movilizan por todo el país, rico en paisajes y comodidades. Y nadie niega que el descanso en un feriado es un poco de oxígeno que permite “sobrevivir” a las idas y vueltas que se viven día a día durante la semana.
Ello no es justificativo para deshonrar a quienes engrandecieron al país con actos valerosos y contribuciones significativas que marcaron el camino del cual, aún hoy en la actualidad, nos desviamos constantemente.
“Afortunadamente”, el 25 de Mayo, día en que se creó el Primer Gobierno Patrio, y el 9 de Julio, día en que se celebra la ansiada Independencia, aún mantienen su carácter de inamovibles, así como también el 24 de Marzo (Día Nacional de la memoria por la Verdad y la Justicia) y el 2 de Abril (Día del veterano y de los caídos en la Guerra de Malvinas). Estos últimos merecidamente – y lamentablemente – ganaron su lugar dentro del calendario argentino, consecuencia de dos hechos horribles que bañaron de sangre al pueblo argentino, muy cercanos en el tiempo, y por ende, muy frescos.
Para llegar a este momento de la carretera, Argentina, como sociedad y como país, tuvo que en algún punto poner primera y arrancar. Pero por muchos años, en distintos momentos, creímos ir por autopista. Y a dos años del bicentenario, muchos asuntos como nación siguen pendientes. El federalismo tal vez sea la “gran cuenta pendiente”.
Pero para evitar esa “falta de cumplimiento” para con la historia, debemos recordar a los protagonistas de la misma, y entenderlos, estudiarlos, analizarlos…mínimamente, saber de quienes se habla y cual fue su aporte.
Homenajeando a quienes se podrían considerar “los padres de la Patria”, un saludo enorme y afectuoso a todos los padres de familia. ¡Feliz día!
Ultimos Comentarios