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CRITICA DE UNA DE SUS MUESTRAS por HÉCTOR MÉNDEZ CALZADA Profesor Superior de Bellas Artes. Crítico de arte. Conferencista de la Historia del Arte

Dos peculiaridades básicas de la personalidad de Julio Lewitt resaltan en la presente muestra. Una es su multifacetismo, su ductilidad. Aún sin apartarnos del campo de la pintura, es dable constatar que se mueve, en oscilación bipolar, entre lo que podríamos llamar un expresionismo figurativo y un abstraccionismo concreto. Otra peculiaridad suya es la recuperación de lo artesanal frente a la producción serial, mecánica, del Minimal Art y de otras expresiones afines.

En cuanto a aquélla, su primera cualidad, coincide con la teoría de J. Elliott acerca del paralelismo entre el ver y el pensar, entre la plástica y la escritura, y con E. Souriau, en que existe una ineludible correspondencia entre las diversas formas del quehacer artístico, ya se trate de la música, de la poesía, de la pintura o de cualquier otra forma de arte.

Lewitt ha sabido hallar en forma espontánea – al margen de un subentendido saber teórico – el cauce adecuado para cada forma de sentir y de instalarse frente a la realidad circundante. Lo prueban sus libros, de factura artesanal, de parábolas y de cuentos – que él denomina cuentéticos, por su carácter sintético -, sus poesías, sus letras de tango como una rama menor de éstas, sus piezas musicales de sentido popular y, desde luego, sus pinturas y los dibujos con que ilustra su producción escrita. Esta variada obra – y ahora me refiero a su segunda peculiaridad – ha sido realizada según procedimientos muy personales, desde el soporte de la imagen, ya sea papel elaborado con sus manos, o tela, hasta el color logrado mediante pigmentos mezclados con resinas, sin obviar el enmarcado, tallado por sus manos. Es sobre este sustrato material de artesano que ha logrado Lewitt plasmar sus visiones interiores y su entorno.

Estamos ante una restrospectiva. De ahí la diversidad de la muestra, diversidad que responde a distintas pulsiones suscitadas por los más variados ambientes. Porque este artista viajero ha estado viviendo en México, en Brasil, en Los Ángeles, en Entre Ríos, en Mar del Plata. “Rapsodia tanguera en la Ópera de Viena”, composición totalmente imaginaria situada en un ambiente lejano, fue realizada en la década del setenta por el mismo que tiempo en que escribió e ilustró algo tan vernáculo como “Cartas de una madre” o como los tipos populares de Entre Ríos que hallamos en algunas de sus pinturas. “Arlequín” y “Maternidad Nº 1” pertenecen a la época de Mar del Plata, en la misma década. La pareja de tango del cuadro llamado “Luna”, así como los chicos de la calle del titulado “Pan”, “La espera” y “Amenaza a la familia” no pueden haber nacido sino en este nuestro entrañable Buenos Aires, tan caro a Julio Lewitt, que ha sabido encontrar y dar forma, pese a los pujos de globalización imperantes en la hora actual, a toda la poesía, a toda la metafísica, a todo el sentir trágico de nuestro pueblo, apelando, como fuente inagotable de inspiración, a la canción porteña por excelencia: el tango.


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