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POLICIAS EN ACCION V: Donde hubo fuego…


“El 22 de marzo, Eduardo Duhalde presidió el acto en el cual fueron condecorados por su participación en Café Blanco veintidós oficiales de La Bonaerense, con Naldi a la cabeza. Piotti consiguió sumar ala condecoración el ascenso y el Gordo se convirtió en comisario mayor.

Horas después, el Gobernador inició la quema de la tonelada de cocaína guardada hasta entonces en la bóveda de “su” Banco Provincia, transportada hasta el cementerio de la Chacarita en medio de un impresionante despliegue de vehículos y Patas Negras. Duhalde remarcaba así su paternidad sobre el disputado operativo.

Con la premura, el mandatario provincial buscaba diferenciarse del habitual incumplimiento de los términos legales para la incineración de los estupefacientes en que suele incurrir la Justicia argentina. Los 580 kilos de la Operación Langostino, culminada en 1988, habían permanecido “en custodia” dos largos años, dando pie a todas las sospechas.

Duhalde, Naldi y toda la comitiva oficial se retiró poco después de iniciada la quema, que duró horas. Si se hubieran quedado, podrían haberse percatado de la maniobra de tres pícaros suboficiales de La Bonaerense. Aprovechando el relajamiento que tantas horas de insalubre plantón provocaron en sus jefes, los tres Patas Negras abrieron uno de los camiones depositados en el sector del crematorio, levantaron con esfuerzo el cadáver que se encontraba adentro y escondieron debajo del cuerpo dos kilos de cocaína.

Los oportunistas sabían que esa noche no podrían llevarse el botín y por eso decidieron dejarlo a buen recaudo; dos de ellos regresarían al día siguiente con alguna excusa y se lo llevarían para comercializarlo a través de cualquiera de los punteros que suelen proteger los policías.

A ninguno se le ocurrió pensar que todos los féretros que se hallaban en el lugar tenían por destino las llamas. Hasta que, al otro día, comprobaron que sus paquetitos habían corrido la misma ígnea suerte que .los otros noventa y ocho..

Desolados, regresaron al trabajo culpándose de su mutua estupidez. “

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Ricardo Ragendorfer-Carlos Dutil

POLICIAS EN ACCION IV: Mario “Chorizo” Rodriguez, la nueva policía porteña está en buenas manos…

“Yo trabajé tres años con Mario(Chorizo) Rodríguez, hice muchos trabajos para él y siempre le respondí. Pero ese tipo es un asesino, mata por la espalda. Todas las boletas que tiene las fabricó: Tribilín le traía los pistoleros y un tal Julio, de La Boca, un buche y un hecho para hacer. Ely el Lagarto Vargas hacían la mayoría de las operetas”, dijo Pedro Avio a los autores durante una larga entrevista en su casa de Las Toninas, adonde buscó refugio.

En la jerga policial se llama “opereta” al operativo armado de antemano, una encerrona donde -si las cosas salen según lo planeado-los delincuentes son abatidos sin excepción. Por lo general, algún prófugo se lleva el dinero. Avio relató, a modo de ejemplo, una que habría ocurrido “sobre el Camino de Cintura, a la vuelta del colegio Don Bosco, el de los curas, casi llegando a Morón”.

-Tribilín y Vargas, con una gente que yo no conocía, que eran de Transradio, donde vivía Vargas, “hicieron” dos Renault 12 rojos. Los guardaron una semana. ¿ Qué pasa a la semana? Los dueños hacen la denuncia y salta la captura. Bueno, ya estaba el ruido de los coches. Después, consiguieron fierros con “veneno”: Es decir, hacen una banda, detienen a los delincuentes con cinco o seis fierros, pero se los negocian: les dejan dos o tres y se guardan tres -explicó.

Avio continuó con su didáctica explicación: -Ya tenían el coche con veneno y los fierros de otro procedimiento, también con veneno. Después había que conseguir a los boludos que fueran a chorear. Tribilín consiguió unos chorros y les ofrecieron un laburo para hacer, de un capitalista de juego, en un primer piso: ‘mirá hay una plata así y asá’ y los van llevando. Los chorros ven el movimiento del capitalista, los pasadores que suben y bajan; los tipos pican

“A mí me ofrecieron ir, pero no me gustó”, acotó el sargento quien, pese a aceptar por momentos -y dar a entender en otrossu participación en la amplia gama de delitos a los que casi por rutina se dedican tantos policías, hizo siempre hincapié en que él no mató nunca por la espalda.

-Entonces quedaron: tal y tal día, que era cuando el capitalista juntaba la plata. Y ese día los estaban esperando en la ratonera, viste. Los dejaron bajar y les dieron para que tengan. De paso, se quedaron con la plata. Así hace las estadísticas Mario Rodríguez -concluyó su antiguo ladero.

Según el sargento, Leguizamón y Vargas no eran los únicos “hombres de confianza” del Chorizo. El comisario Herrera (a) “el Negro”, el comisario Delgado (”que también aguantó a Ponce y Gerez en su mansión de General Pacheco”), el comisario Jofré y el suboficial mayor Carmona integrarían, según Avio, el grupo más cercano al comisario Rodríguez.

José Alberto Jofré fue el segundo de “Marito” tanto en la Brigada de La Matanza como en la de Lanús y, desde la detención de Ribelli, su reemplazante al frente de Sustracción Automotores.

-Un tipo serio, delicado, siempre de traje, fino, de bigotito, fuma en boquilla, siempre en Mercedes Benz y BMW; un tipo muy jodido. Ese no te amenaza. Ese venía a ser el que te daba el sobre para las boletas -10 describió Avio.

En la división de roles graficada por el suboficial, Delgado era una especie de “contador” de la brigada; mientras que a tipos como el comisario Herrera o el suboficial mayor Carmona les tocaba apretar el gatillo cuando era necesario. Además de repartir piñas y balazos, el Lagarto Vargas robaba camiones con mercadería que luego habría sido reducida o

, utilizada por su jefe en las empresas que Avio le atribuyó. Para Tribilín no sólo quedaban las “operetas”. También aportaba buena parte de las armas ilegales y se encargaba de los trabajos “políticos”:

-Tribilín tenía una “cueva” en Campo de Mayo, en la Puerta 4, un sótano, de donde saca granadas, fierros, lo que sea. Es un hampón, un enfermo capaz de matarte por diez gramos de cocaína. El y el Lagarto estuvieron en lo de López Echagüe -afirmó el suboficial.

“La Matanza era el lugar que más muertes tenía; a Mario Rodríguez le interesaban las estadísticas, ves, así sumaba puntos en la Jefatura: pagaba cinco lucas por boleta. Un suboficial rubio, de rulitos, que laburaba con Gerez y Ponce y que también los aguantó en Casanova, era el que llevaba la estadística de las boletas; tenía como un privado arriba, en la brigada”, explicó Avio.

-Rodríguez hacía las academias, de oficiales y suboficiales, cada quince días; y ahí hablaba a calzón quitado. Vos podías no estar de acuerdo, pero te tenías que callar la boca. Yeso fue un error; porque había gente que no se prendía y cuando iba a otro destino, con el tiempo, la cosa se fue sabiendo -continuó el sargento.

El hombre no pudo dejar de reconocer algo “bueno” en el estilo del comisario: a los que aceptaban las reglas de juego y demostraban eficiencia, el Chorizo les regalaba autos y casas.

Avio volvió a ponerse en el centro de los ejemplos relatando un operativo realizado contra una banda de delincuentes en 1993, “un buen trabajo”.

-Venían haciendo robos grandes: el banco de Los Polvorines, el de González Catán, varios. Me infiltraron en la banda y vi que estaba llena de polis: los hermanos Alanís, oficiales los dos; el oficial Adrián Albornoz, de Narcotráfico; el Peca Juárez. El jefe era un subcomisario de apellido Núñez y planeaban asaltar la planta de Jabón Federal -comenzÓ.

El sargento iba y venía por los detalles de cómo se llegó a la celada final, un recuerdo que guarda entre los mejores.

-Secuestramos como ciento ocho fierros. Pero Mario Rodríguez lo dejó ir al subcomisario ese. Le recordé que al tipo yo le había hecho la Inteligencia y que me iba a cortar. El me dijo que me quedara tranquilo. Pero se armó quilombo porque en esa época había como once grupos operativos en la brigada y sólo tres eran gente de Rodríguez. Algunos oficiales se le pararon de manos. El les dijo que ahí mandaba él y que sabía lo que hacía; ya otra cosa.

Al sargento todavía hoy lo preocupa la libertad del tal Núñez, quien ahora sería comisario, “aunque el tipo nunca me hizo nada”.

-Mario Rodríguez, Jofré, el Vasco Huici -que después cayó por la AMIAy yo nos fuimos ala cueva donde los tipos guardaban la plata y la encontramos entre unos paneles del techo: dos palos ochocientos mil pesos. Los billetes se desparramaron por el piso y cuando terminamos de juntarlos, Rodríguez me tiró dos fajos: veinte lucas, para qué te voy a mentir -contó el policía.

Pero su agradecimiento de entonces se transformó en indignación poco después:

-Cuando vi el acta del procedimiento, casi me caigo de culo: figuraban ochocientos mil pesos, salió en todos los diarios. ..j Se afanaron dos palos, así nomás! Ya mí me tiraron veinte lucas -se lamentó. .

Pero, según el sargento, las “estadísticas” y los “rescates” no eran el único interés del comisario:

-A él le interesaba conservar La Matanza como base de operaciones para sacar la cocaína. Los hermanos Charly sacaban cada uno como cuatro kilos por semana. A la vuelta de la brigada había unos piringundines de putas, ¿no?; bueno, el canoso que los regenteaba laburaba para Rodríguez.

-¿Era cocaína rescatada en procedimientos? -No, era “merca” de afuera, la traían de Boliyia. A parecer, el asunto tenía sus bemoles:

-Una vez cayó la Federal a los piringundines y se armó un quilombo padre; casi se agarran a trompadas, porque Rodríguez los sacó cagando. Se pudrió todo, eh. Después vinieron a salvarlo los políticos, pusieron el pecho por él; los concejales, los diputados.

A fines del ‘93, Mario Rodríguez tuvo otro serio altercado; esta vez con el Negro Salguero, quien aspiraba a sucederlo al año siguiente:

-Casi se van a las manos. Después se la pasaron cagándose los “buches”, soplándose los “trabajos”, se mataban.

En aquella oportunidad, el apoyo de Pierri y de Klodczyk le permitió al Chorizo permanecer al frente de La Matanza durante un año más del que usualmente implica cada destino. Avio confirmó también la relación que sólo ellos desmienten:

-Con Pierri son como de la familia. Se reunían en un boliche que está a la vuelta de la brigada, que tiene un reservado: iban Pierri, Cozzi, también el ex intendente Russo. Pero ahí hablaban de “merca”, eh, no de otra cosa. “

LA BONAERENSE

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Ricardo Ragendorfer-Carlos Dutil

POLICIAS EN ACCION III: La pista Argentina

LA PISTA ARGENTINA

“No fue muy distinta su reacción cuando, en julio de 1996, el juez federal Juan José Galeano ordenó la prisión y el procesamiento de doce policías bonaerenses comandados por el comisario Juan José Ribelli, hombre de confianza del Jefe, por “asociación ilícita para delinquir” y “participación necesaria” en el atentado contra la AMIA; parte al menos de la cadena de obtención de la camioneta Renault Traffic que fue utilizada como coche-bomba contra el edificio de la calle Pasteur.

Para Klodczyk, para Piotti, así como para el Gobernador, seguía tratándose de casos aislados que La Bonaerense había autodepurado. Como el de los narcopolicías de Quilmes.

Pero la investigación de Galeano no sólo comprometió a jefes de la Institución en el peor atentado terrorista ocurrido en la Argentina, sino que expuso en detalle la perversa relación de la Policía con el hampa y destapó un estado de corrupción generalizado que permitió, por ejemplo, que durante casi dos años un falso testigo -preparado por policías dentro de unidades policialesdistrajera la investigación judicial de los policías implicados.

Dos de ellos fueron piezas importantes en la primera fase de la pesquisa, y su jefe trabajó en la misma en el momento en que era comandada por un comisario de vieja relación con el principal “testigo” de la causa, el reducidor Carlos Telleldín, el hombre que había “doblado” la Traffic que le sacaron los policías. y en su búsqueda de la verdad jurídica, Galeano no descarta que sean también uniformados los que conforman el siguiente eslabón de la cadena que llevó a la camioneta a la puerta de la AMIA.

Galeano, además, giró a la Corte Suprema bonaerense escuchas y actuaciones que muestran hasta qué punto estaba comprometido con la “piratería del asfalto”, el robo y doblado de vehículos, y el narcotráfico, nada menos que el jefe de la División Sustracción de Automotores, a la sazón Juan Ribelli. La lista de delitos cometidos por sus hombres en directa relación con el atentado se ampliaba y multiplicaba a todo su ámbito de acción.

y esto ya era otro cantar. Si el neoliberalismo puede justificar e incluso alentar los “errores” de la violencia estatal, la protección policial a la delincuencia que se supone combate y que tiene por objetivo los bienes de la clase alta local y extranjera, su asociación con ella aun en el medular tráfico de drogas. escapa a su paraguas.

No en vano Domingo Cavallo se despidió del Ministerio de Economía anunciando que, luego de domar la inflación, se disponía a luchar contra la corrupción en la Seguridad y en el Poder Judicial, dos poderes estrechamente relacionados, subordinado el uno al otro, mandante y natural contralor, convertido en los últimos años casi en cómplice.

y la avanzada de Duhalde sobre el Poder Judicial de la provincia no fue a la zaga de la llevada a cabo por Menem en el ámbito de la Nación.

No parece casual que los dos hombres del entorno duhaldista que pilotean su relación con el Poder Judicial, Alberto Piotti y su tocayo Pierri, presidente de la Cámara de Diputados, sean los que mayor conocimiento e influencia parecen tener en la Policía.

El presidente Carlos Menem se llevó a los Estados Unidos los resultados del trabajo de los hombres de Galeano, para mostrarlos como un logro de su gobierno. Como si el máximo responsable político de los terroristas no fuera su delfín, su principal fuente de votos, su más íntimo aliado.

En Buenos Aires, mientras tanto, se habló de internas políticas y policiales y se especuló con que el “intento de robo” de que fuera víctima el senador Eduardo Menem en los días previos a la caída de Ribelli era, en realidad, una devolución de favores ante la inminente decisión de Galeano.

Desde entonces, la escalada de sospechas, suspicacias y desplantes entre Menem y Duhalde fue en aumento. y con ellos, el nivel de violencia en la discusión política.

Las encuestas realizadas por aquellos meses del.’96 indicaban que el ochenta por ciento de la población temía o no confiaba en quienes deberían ser sus protectores. No se trataba ya de los “desmanes” conocidos de “los muchachos de siempre” sino una parte sustancial del meneado “riesgo argentino”.

A esa altura, la Policía Bonaerense aparecía como el verdadero enemigo de una sociedad que quiere dejar atrás el terror de otros años, pero no se anima a enfrentarlo, y como una concreta amenaza contra la propiedad, la economía y la vida de las personas que habitan la provincia de Buenos Aires.

El esquema de corrupción y poder de los Patas Negras sufrió un quiebre decisivo. Pero los jerarcas de La Bonaerense, siguiendo el ejemplo de Menem y Duhalde, prefirieron culpar de su mala suerte a las “exageraciones” de la prensa.

Esta vez, el Gobernador levantó el tono de sus promesas y anunció dureza en el castigo, reformas estructurales, más tribunales de ética y hasta renuncias. Esbozó incluso una autocrítica por “falta de tiempo” para la renovación policial.

Pero, fiel a su estilo, avaló a sus hombres cuando volvió a calificar

como “el mejor jefe que tuvo la Policía en toda su historia” a Pedro Klodczyk y le entregó el diseño de la cúpula que debería sucederlo. Fue el día que anunció su relevo. También cuando convirtió el reemplazo de Piotti en un incongruente ascenso a la Secretaría General de la Gobernación. Quedaba claro que se había visto obligado a efectuar los cambios; por las encuestas, por las internas, por la prensa.”

La Bonaerense

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Ricardo Ragendorfer y Carlos Dutil

POLICIAS EN ACCION II: “La mejor policía del mundo” (Duhalde dixit)


“Las sucesivas depuraciones que las administraciones democráticas de la provincia se vieron obligadas a efectuar debido a los desmanes policiales no impidieron que, todavía hoy, los cuadros de La Bonaerense hundan sus raíces en los años del terrorismo de Estado.

El remedio que ensayó la administración radical fue peor que la enfermedad. El gobernador bonaerense Alejandro Armendáriz no tuvo mejor idea que desarmar los bolsones más conflictivos de la herencia militar, desparramando criminales de uniforme por toda la provincia, contaminando los pocos vestigios de salud que podrían haber quedado en la Institución.

En una fuerza que a diferencia de la Federalse caracteriza por el alineamiento político de sus cúpulas, el peronismo, en cambio, siempre tuvo un mayor rapport con sus jefes. Al fin y al cabo, fue durante el primer gobierno peronista que se firmaron las leyes que crearon la Policía Federal y sus hermanas provinciales y les dieron la uniformidad militarista con que hoy las conocemos. Una de las pocas cosas que la “Revolución Fusiladora” de 1955 dejó en pie. Fue entonces cuando la Policía Bonaerense se constituyó como tal.

y si la Renovación resultó un fallido intento por entablar otro tipo de relación, el duhaldismo significó un regreso a las fuentes. El ex vicepresidente de la Nación había aprendido la lección que recibiera su antecesor, Antonio Cafiero. Luis Brunatti, el documentalista que el otrora jefe de la Renovación Justicialista nombró como ministro de Gobierno, había cometido el peor de los errores: ladrar, sin tener con qué morder. Sus intentos por democratizar y expurgar a los Patas Negras sin contar con aliados de peso dentro de su estructura lo llevaron al extremo de tener que pedir una pistola para llegar hasta su casa, durante la última de las muchas concentraciones que los uniformados le hicieron en la plaza San Martín de La Plata.

Duhalde hizo de la seguridad una bandera en su campaña por la Gobernación. En 1991 el tema estaba al tope de la lista de preocupaciones de la población y él no se cansó de prometer “mano dura” contra la delincuencia, uniéndola en su discurso al combate contra el narcotráfico. y dispuso que la Policía fuera parte esencial de su relación con la embajada norteamericana. Contra la opinión de la oposición, que criticó constantemente la falta de una “política de seguridad”, el Gobernador demostró tenerla; y bien clara. La fue explicitando en la práctica; la puso en marcha.

Comenzó por la propaganda: la “Policía del siglo XXI” fue el primero de una recurrente lista de eslóganes a los que rindió culto.

Además, convirtió a la Subsecretaría de Seguridad en Secretaría, sacándola de la órbita del Ministerio de Gobierno, y la puso bajo su control directo. De un plumazo, Duhalde logró lo que jamás pudo Menem con el brigadier Andrés Antonietti, y su engendro apagaincendios. El ministro Carlos Corach todavía busca con su proyecto concentrar en la cartera de Interior todas las fuerzas de seguridad de la Nación.

Enviaba así un mensaje claro a la sociedad -policías incluidosacerca de la importancia que le otorgaría al tema.

Gracias a uno de esos ardides leguleyos que tanto gustan a nuestros abogados-políticos, sustrajo a la nueva Secretaría de Seguridad y a su Policía del control de la Legislatura, cuyo reglamento le permite interpelar sólo a los ministros del Ejecutivo.

Para el mando político de la Fuerza eligió, en dos ocasiones, a ex jueces federales con buen rating, claras simpatías en la embajada norteamericana, notorios vínculos con policías duros de la dictadura militar y no tan pasados amores con agrupaciones neonazis y grupos carapintadas. Carentes de inserción en el aparato partidario, el Gobernador fue la Única fuente de legitimidad política de Eduardo Pettigiani, primero, y de Alberto Piotti, después.

Su propia injerencia en el área quedó en claro con la designación de un amigo en el vértice de la cúpula del brazo ejecutor de su política: Pedro Klodczyk, quien no necesitaba pedirle permiso al secretario de turno . para entrar al despacho de Duhalde.

La elección no fue caprichosa. Corrían los últimos días de 1991 y, tras la muerte del jefe Juan Angel Pirker, la Policía Federal se debatía en medio del escándalo provocado por el secuestro del empresario Mauricio Macri a manos de “La banda de los comisarios”. Duhalde necesitaba diferenciarse y, al mismo tiempo, lavarle la cara a la anárquica policía con la cual debería mantener la seguridad en su provincia. y Klodczyk era el hombre ideal para mostrarlo como “El Pirker de La Bonaerense”, el segundo de los eslóganes agitados por sus operadores de prensa. Claro que, para ello, Duhalde le: daría una mano decisiva. Su promesa electoral de convertir a La Bonaerense en la “Policía del siglo XXI”, en el marco de un impreciso Plan de Seguridad Provincial, descansaba sobre un pacto con los uniformados.

El gobierno se comprometía a re equipar a la Fuerza y a no interferir en sus asuntos internos. A cambio, pedía subordinación, presencia en las calles y mano dura. La propuesta sedujo a los Patas Negras; más allá de sus defectos y virtudes profesionales, en la Policía provincial nadie desconocía la amistad que unía a Duhalde con el Jefe, Klodczyk y esa amistad era, precisamente, la prenda que garantizaba el cumplimiento de las promesas, para los policías, y de la política de seguridad, para el Gobernador.

El énfasis fue puesto en el armamentismo en detrimento del “factor humano”. Duhalde disciplinó a su bloque parlamentario en apoyo de la financiación presupuestaria para las compras millonarias de equipos; aun a costa de la transparencia de las mismas. Deseducó, porque no otra cosa es, en esta época, no actualizar ni perfeccionar la educación de los hombres de la Fuerza.

En todo este tiempo, la capacitación de sus hombres corrió con notoria desventaja frente al armamentismo desatado, y el compromiso asumido ante la sociedad de una mayor exigencia en la selección e incorporación del personal fue lisa y llanamente olvidado. A tal punto que cada vez que alguna crisis se lo exige Duhalde vuelve sobre el tema.

La realidad muestra que hoy, aún carente de un marco jurídico-político que ponga la Institución al servicio de la población, sin instrucción, sin una estructura idónea ni controles, y con armas de todos los calibres, el de Duhalde semeja un ejército de monos con navajas. , Los resultados no tardaron en palparse. Pese a que los datos de la realidad, las denuncias, los números incompletos de las estadísticas, hablaban de un nivel de corrupción y violencia en constante aumento, sólo algunos casos salieron a la luz. Aun así, Duhalde logró que no adquirieran la trascendencia que su gravedad merecía.

Para la segunda mitad de 1993, las consecuencias de la política duhaldista eran inocultables: el espionaje ideológico realizado por la Policía en toda la provincia puso en negro sobre blanco sus lineamientos más profundos. La desaparición de personas a manos de los Patas Negras, denunciadas por el informe anual sobre Derechos Humanos del Departamento de Estado de los Estados Unidos, era apenas la punta del iceberg.

El remedio para Duhalde consistió en cambiar a Pettigiani por Piotti, un hombre que mantuvo siempre fuertes lazos con la derecha más violenta y una estrecha amistad con los uniformados que habían llegado a dirigir La Bonaerense.

La elección confirmó lo que aparece como uno de los nudos gordianos de la carrera política del Gobernador desde que decidió acompañar a Carlos Menem como vicepresidente: su alianza con la DEA.

Como parte de su cacareado compromiso de luchar contra el narcotráfico, o por la “buena letra” que algunos aseguran que se vio forzado a cumplir a partir de la supuesta existencia de dos comprometedores dossiers en manos estadounidenses, la “guerra al narcotráfico” signó su relación con la embajada norteamericana.

Las dos versiones se contradicen con la práctica. Si La Bonaerense se convirtió en el paladín de los grandes operativos antinarcóticos contra bandas internacionales que utilizarían a la Argentina como “país de tránsito”, también aparece hoy como protectora, socia o empleada de las bandas locales vinculadas a aquéllas.

A pesar de la opinión de su cancillería, ala DEA pareció importarle poco la metodología de sus aliados, en tanto sirviera a los nunca claros intereses de su cruzada contra los grandes carteles de narcotraficantes. y los métodos yanquis derrapan a menudo fuera de nuestra legalidad.

La política de seguridad de Duhalde permaneció incólume; sólo se trataba de “errores”, de “excesos”, de “casos aislados”. A la comparación con Pirker y el mote de “jefe antidrogas” con que lo promocionaban, Pedro Klodczyk agregó el título de “Mejor Jefe de la Historia”

Una y otra vez prometió “investigar hasta las últimas consecuencias”, comisiones anticorrupción, tribunales de ética, castigos y purgas; y cada vez convalidó la práctica del no-puedo, los relevos que terminaban en traslados, la teoría de que el más indefenso tiene la culpa: la más alevosa impunidad.

La Policía Bonaerense fue aligerando gatillos al mismo ritmo con que Menem y Duhalde insistían en la instauración de la pena de muerte: la ponía en práctica, extra judicialmente. Ya medida que la situación social fuera deteriorándose, el delfín menemista lo necesitaría cada vez más.

La gran prueba llegó en marzo de 1996. Con la brutal represión policial contra estudiantes y periodistas en La Plata, Duhalde mostró las garras; y no trepidó en apelar a la violencia para acallar el descontento. En los días previos a su salvaje demostración, el gobierno bonaerense se había ocupado de dejar en claro que no toleraría “estallidos” en su provincia.

Todo el país vio por televisión a los estudiantes, a los dirigentes de los Derechos Humanos, a los transeúntes ya los malditos periodistas, puestos en el nivel del Enemigo Público Número Uno, apaleados, detenidos y baleados por obesos jefes policiales desbocados.

y los acusados de la jornada no fueron, claro está, sus mastines; si no Hebe de Bonafini, la omnipresente agrupación Quebracho, los remanidos “agitadores”. Su Policía no había hecho más que cumplir órdenes y preservar el orden, más allá de algunos “excesos” casi comprensibles. “


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Ricardo Ragendorfer – Carlos Dutil

POLICIAS EN ACCION 1: Lo que hay que saber antes de salir de casa…


LA POLITICA

“Cada vez que se habla de seguridad en la República Argentina, la gran mayoría de sus críticos se refieren a la provincia de Buenos Aires. Desde hace unos años, coincidiendo en cierto modo con la “colonización blanca” de sus espacios verdes, el énfasis aparece puesto en el conurbano bonaerense; ese gigantesco cordón donde los extremos socioeconómicos se codean, se sobresaltan mutuamente.

No solo está en juego la proverbial sensibilidad propietaria de la masa votante de la clase media y media-baja; también, la sensación térmica de los ricos, de los famosos, de los funcionarios y ex funcionarios enriquecidos, de los empresarios más poderosos del país.

Ningún político que se precie desconoce esto y la importancia que tiene el tema en una gestión de gobierno; mucho menos, lo lacerante que puede ser en determinados momentos. Sobre todo si su ámbito de acción es, precisamente, la provincia más rica y poblada del país.

Un hombre como Eduardo Duhalde, de larga militancia en el áspero sur del Gran Buenos Aires -el de las tradicionales islas de Banfield, de Lomas, de Adrogué y Burzaco, de Temperley, verdaderos bolsones de clase media-alta rodeados de fábricas y sindicatos, y de villas con la mayor de las miserias, no puede desconocer la importancia de la seguridad.

Es más, necesita estar empapado del tema. En particular, de los mecanismos para hacerla efectiva.

Duhalde ejerció con habilidad el gobierno de Lomas de Zamora, uno de los partidos más conflictivos del GBA. Conoce el territorio y a sus habitantes lo suficiente como para haberse convertido en su indiscutido líder político por años. Creció en esa geografía de calles inevitablemente destruidas, imposibles de ubicar, ca6ticas; adonde llegaron los asentamientos de las víctimas del modelo neoliberal antes que los countrys amurallados. Acaso por provenir de uno de esos abigarrados nudos comerciales que entrelazan las distintas realidades sociales del conurbano, Duhalde mantiene relaciones de larga data y buen cimiento con la Policía Bonaerense; una virtud fundamental.

y en tiempos de transformación y ajuste como el impuesto por el menemismo -del que Duhalde es un componente tan esencial como Domingo Cavallo, en los que inevitablemente se agudizan las contradicciones sociales (con perdón del setentismo), la Policía pasa de ser un resorte importante para gobernar a convertirse en un arma estratégica. y los Patas Negras, como los bautizaron sus pares de la Federal en despectiva alusión a las botas cortas que alguna vez lucieron en su uniforme, jamás fueron una fuerza fácil de manejar para el poder político. Si un federal no está de acuerdo con una orden, te lo va a discutir hasta la insubordinación; ya vos te queda claro que ese tipo no va a cumplir con lo que le mandaste, sino que va a tratar de que quedes como un idiota. El bonaerense, en cambio, te va a decir siempre “sí, doctor, lo que usted ordene”, de un modo a veces servil; pero cuando diste la vuelta, te clavó un puñal por la espalda -graficó el secretario de un juzgado federal bonaerense.

Con efectivos mal equipados, mal pagados y, sobre todo, mal reclutados y peor instruidos, La Bonaerense convirtió algunas de sus tareas en parte de su sistema de sobrevivencia: capitalistas de juego y comerciantes irregulares trabajan desde hace décadas en sociedad forzada con las comisarías, pagando un canon para seguir existiendo…

Todos los poderes de la sociedad conocen desde siempre esta situación y la consienten, por aquello de la crónica escasez de recursos y de la no menos crónica corruptela del poder político, que siempre supo sacar provecho. Fondos para bolsillos particulares y campañas electorales, complicidad en los propios negocios turbios, mano de obra disponible, son razones de peso.

El lugar de subordinación que ocupa la Policía dentro de los poderes del Estado torna imposible creer en su autonomía delictiva; ésos son, en todo caso, los verdaderos ejemplos aislados. Punteros barriales, concejales, diputados, gobernadores, son sus mandantes o protectores, según cargos y capacidad de acción.

Detrás de todo gran policía corrupto hay siempre un gran político. Hace veinte años, cuando el general Ramón Camps se hizo cargo de La Bonaerense, durante la última dictadura militar, se produjo un “salto cualitativo” en el estado de corrupción policial. Como siempre en estos casos, lo que empieza como “autofinanciamiento operativo” se convierte en operativo de financiamiento personal; sin que una alternativa sea mejor que la otra, aunque sí distintas.

El militar genocida y su temible director de Investigaciones, el comisario Miguel Etchecolatz, convirtieron a la Policía y especialmente a sus brigadas de Investigaciones en máquinas de matar que trabajaban a destajo y cobraban sus horas extra de entre los bienes robados a sus víctimas.

El asesinato y la tortura; el secuestro y su figura anexa, la extorsión; el “botín de guerra”; la rapiña, fueron las prácticas habituales en las cuales se formaron los hombres que hoy conducen la Institución, todos ellos mayores de 40 años. Especialmente los agentes “operativos”, como los llaman en su argot, es decir, los que van al frente de batalla policíaco: la calle.

Los “pozos” de Banfield, Quilmes y Arana, El Vesubio, Coti Martínez, el Puesto Vasco, el Sheraton, La Cacha, fueron algunos de los nombres que los Patas Negras dieron a las dependencias policiales que convirtieron en su propio “Circuito de Campos Clandestinos de Detención, dentro del Area 113″, según reza el Nunca más.

Pero no fueron las únicas: subordinadas al esquema militar de Camps y del siniestro jefe del Cuerpo I del Ejército, Carlos Suárez Mason, en todas las comisarías de sus unidades regionales, en todas sus brigadas se practicaron los mismos métodos criminales.

Aquellos años de terror estatal marcaron a fuego a la Institución: el reglamento por el cual todavía hoy se rige internamente es el mismo que impusiera Camps allá por 1980.

y en 1985 Etchecolatz fue acusado de integrar una célula golpista junto al hijo del ex general y otros terroristas de Estado “desocupados”, La Bonaerense resistió asimismo cada intento por dar de baja al apropiador de hijos de desaparecidos, el médico experto en torturas, Jorge Antonio Vergés.

“La Bonaerense es un nido de víboras imposible de gobernar. Los tipos que se formaron con Camps no conocen otra vida, están cebados. y si los enfrentás, te pudren todo. No hay que olvidarse que ellos pueden llevar el nivel de delincuencia a niveles insoportables. Los militares ya no tienen margen para aventuras golpistas en esta sociedad, pero la Policía le va a plantear más de un desafío a los políticos.”

El comentario, efectuado en una charla informal allá por 1984, pertenece a un comisario del escalafón profesional, con muchos años de trabajo en el edificio de la Calle 2 de La Plata, sede de la Jefatura. El hombre acababa de jubilarse y no era muy optimista en su análisis. El tiempo le dio la razón.”

“La Bonaerense”

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Carlos Dutil y Ricardo Ragendorfer